Hola de nuevo a todos! Aquí vengo con un nuevo capítulo de este fantástico Crossover. Disfrútenlo :3


Capítulo 2

Esa misma tarde yo me vi esperando delante de la estantería que era la entrada a la sala secreta donde yo guardaba el Fruto del Edén. Al poco rato llegaron Altaïr y Ezio, con sus túnicas de Asesinos puestas.

-Mejor prevenir que curar, ¿no? -dijo el italiano.

-Hombre precavido vale por dos. -respondí, encogiéndome de hombros- Bien, entremos.

Usé mi vista de águila para detectar el libro que hacía de palanca para despejar la entrada. Cuando incliné hacia atrás el tomo falso, la estantería se desplazó hacia un lado, dejando al descubierto un pasillo iluminado con varias antorchas. Por ahí entramos los tres hasta llegar a una puerta con una calavera en el centro. Metí los dedos en sus cuencas y tiré hacia atrás, activando un mecanismo que hacía que la calavera se descompusiese como un puzle y se volviese a recomponer formando el símbolo de los Asesinos antes de que la puerta se abriese. Entramos a la sala llena de armas y nos acercamos a la gigantesca tela roja con el símbolo de los Asesinos en dorado, tras la que se ocultaba la caja fuerte que contenía el Fruto.

-Bien, Ezio. -dije, situándome delante de la tela- Si es cierto lo que me dijiste, el Fruto habrá desaparecido de aquí.

Levanté la tela y abrí la caja fuerte con una combinación que solo conocíamos los Maestros Asesinos y yo... y Ezio tenía razón.

-No está... -murmuré, con el ceño fruncido- ¿Pero cómo...?

De repente el suelo tembló con tanta fuerza que casi perdemos el equilibrio.

-¿Qué demonios ha sido eso? - preguntó Ezio cuando terminó el breve terremoto.

-No sé, -intervino Altaïr- pero presiento que no es nada bueno.

-Altaïr tiene razón. -dije- Que nadie salga de sus casas. Avisad a todos los habitantes de la ciudad, incluido el alcalde y esperadme fuera.

-¿Qué vas a hacer? - preguntó el italiano.

-Soy el único que no lleva túnica de Asesino. -contesté con una media sonrisa- Venga, daos prisa.

Ambos Asesinos se marcharon dejándome solo en aquella habitación. Me dirigí al armario donde yo guardaba mi traje de Asesino y dije, como si la vestimenta me oyese:

-¿Me echabas de menos?

Unos pocos minutos después me vi con la túnica puesta, el sable envainado, las pistolas enfundadas, mi ballesta heredada de mi padre Corvo a la espalda y las hojas ocultas colocadas en mis brazos. El cuervo de ojos amarillos se posó sobre mi brazo y yo le ordené:

-Busca al resto de cuervos que veas. Este asunto parece algo gordo.

El ave graznó y se fue volando por el agujero que había en la parte superior de la sala. Luego me marché y justo delante de la estantería me encontré a Sally.

-¿Pasa algo, Jack? Hace nada he notado un temblor.

-No sé, Sally, pero pase lo que pase no salgas de aquí. No tardaré mucho en volver.

Cuando me disponía a salir, Sally me agarró del brazo, obligándome a colocarme enfrente de ella.

-Prométeme que tendrás cuidado, Jack. -me dijo, mirándome con sus bellos ojos llenos de preocupación en aquel momento.

-Tranquila, lo tendré. -respondí con una sonrisa antes de besarla mientras apoyaba mi mano en su mejilla. Cuando nos separamos, añadí, para reconfortarla- Dalo por hecho.

Cuando me di la vuelta me topé con Garret flanqueando la puerta, cruzado de brazos. Su camisa blanca estaba remangada hasta los codos, mostrando sus antebrazos prácticamente llenos de tatuajes.

-¿Qué se supone que haces? -pregunté.

-Voy contigo.

-Vale, entiendo que quieras ayudarme, pero...

-Mira, Jack, somos como hermanos, así que tengo el derecho y obligación de ayudarte en lo que sea.

-Y me parece estupendo, pero la mejor manera en la que puedes ayudarme es quedarte aquí y cuidar a Sally y Sam hasta que yo vuelva, ¿comprendes?

Garret suspiró y respondió, con una media sonrisa:

-Está bien. Pero será mejor que tengas cuidado, porque tengo un mal presentimiento. Y yo que tú le haría caso de los instintos de un vampiro.

-Gracias por el consejo, Garret. Lo tendré en cuenta.

El vampiro se apartó de la puerta y salí de mi casa. La noche había caído y la luna menguante brillaba en lo alto del cielo. Divisé en el tejado de un edificio alto a Ezio y Altaïr, seguramente esperándome. Como Asesino que soy, me oculté en las sombras y, rápidamente, escalé el edificio hasta llegar a donde los Asesinos se encontraban en pie.

-¿Le habéis contado lo que ha pasado al alcalde?

-Esto... -respondió Ezio, con una mueca de disgusto- Jack, tengo que darte malas noticias... no encontramos al alcalde.

-¡¿Cómo?!

-Había desaparecido. No sabemos donde...

-Ahora no hay tiempo para explicaciones, Ezio. -interrumpió Altaïr- Tenemos problemas mayores ahora mismo.

Seguí con la vista el dedo de Altaïr que señalaba hacia las calles que estaban debajo de nosotros. No pude creerme lo que vi.

-¡¿Pero qué...?!

En medio de las calles desiertas había una especie de séquito de soldados templarios (la cruz roja de sus ropas los delataba), aunque parecían proceder de varias épocas, concretamente tres: un grupo estaba compuesto por guerreros medievales, con sus pesadas armaduras y grandes espadas; un segundo grupo ya lo había conocido yo seis años atrás, los que vestían a la moda de los siglos XV-XVI; y un último grupo formado, según su vestimenta y los mosquetes que empuñaban, por soldados ingleses de la Guerra de Independencia Norteamericana. Encabezando el ejército mezclado había tres caballos negros como el carbón y de ojos ambarinos, brillantes y furiosos como si reflejasen las mismas llamas del Infierno. Sus jinetes cubrían sus rostros con capuchas. Liderando la comitiva había alguien (o algo) flotando. Era prácticamente una túnica desgarrada flotante con la capucha cubriendo algo que no pude distinguir desde la altura a la que estaba. Eso sí, lo que pude distinguir sin problema fue un sombrero de copa de gran altura.

-No, -murmuré- esto no puede estar pasando.

Entonces apareció el alcalde, quien caminaba con paso lento, tal vez demasiado, como si estuviese empujado por una fuerza que lo manejaba en contra de su voluntad. ¿Lo peor de todo? Llevaba el Fruto del Edén en las manos, y parecía que se lo llevaba a quien iba flotando delante de los caballos. Este misterioso personaje alargó uno de sus brazos huesudos acabados en unas manos que poseían largas uñas como garras para coger la esfera dorada, y con la otra mano hizo un gesto con el que el alcalde aparentemente hipnotizado, se marchase tal y como había venido, desapareciendo de entre la comitiva. No pensé en qué le estaba pasando al alcalde porque una mezcla de rabia y decepción dolorosa invadió mi alma. No pude creerme que uno de mis mejores amigos de infancia (sin contar a Garrert) me había traicionado en aquel momento.

La voz áspera del ente que levitaba interrumpió mis pensamientos:

-¡Me han contado que los Asesinos defienden con uñas y dientes este artefacto que tengo en mis manos! -levantó el Fruto y continuó- ¡Pero veo que a veces lo que te cuentan no es del todo cierto! Ahora bien, si es verdad que vuestra Hermandad lucha con fiereza, demostrádmelo aquí y ahora.

-Yo me quedaré aquí, -dijo Ezio- para ayudaros desde lo alto. Vosotros bajad.

-Hecho. -dijimos Altaïr y yo al unísono.

Justo al lado del edificio había un carro de paja. Altaïr decidió bajar deshaciendo la escalada por el edificio para evitar ser descubierto, dejándome la posibilidad de hacer el salto de fe. Cuando aterricé en el heno, salí inmediatamente del carro y corrí hasta una esquina tras la que me oculté. Todo eso sin hacer ruido alguno.

-¿No aparecéis? -continuó el desconocido, antes de soltar una carcajada que, sinceramente, me puso muy nervioso- Está bien, ya que no salís por vuestra cuenta, tendré que haceros salir, sobre todo a uno de vosotros en concreto. Traedla.

-¡JACK!

Aquel grito desesperado de Sally me había dejado paralizado. ¿Cómo pudieron cogerla estando Garret en casa? Entones recordé lo que había pasado seis años atrás, cuando Oogie Boogie me había torturado haciendo prácticamente lo mismo.

-No fue fácil noquear al vampiro que protegía a esta preciosidad. Unos cuantos hombres cayeron, pero recibió una bala de plata en el hombro y ahora está inconsciente. Supuestamente había en la casa una niña, pero por lo visto sabe jugar muy bien al escondite.

Suspiré aliviado porque al menos no habían cogido a Sam. Pero en ese momento debía centrarme en sacar a Sally de ahí y echar a los invasores.

-¡Suéltala! -exclamé- ¡Ella no tiene nada que ver con esto!

-Claro que sí tiene que ver. Lo que quiero decir es que, si das la cara, dejaré en paz a tu muñequita de trapo.

Dudé durante un momento, y comprendí que no tenía otro remedio. Busqué a Altaïr con la mirada y lo encontré agachado detrás de unas cajas. Nos miramos durante unos segundos y con un movimiento de su cabeza, el Asesino me indicó que saliese mi escondite. En ese momento entendí qué pretendía: yo me encargaría de salvar a Sally y ambos maestros Asesinos tratarían de coger el Fruto. Uno no se puede fiar nada de los templarios.

Dejé el lugar donde me ocultaba y me situé en medio de la calle. Allí pude distinguir mejor el aspecto de aquel fantasma, espectro, o lo que fuese: su rostro parecía estar hecho de cuero viejo y arrugado, su nariz solo estaba compuesta por dos orificios y sus ojos eran completamente negros y tenían un punto blanco y brillante en el centro.

-Al fin te presentas. -dijo mientras sonreía, mostrando unos dientes amarillos y podridos- Veo que eres hombre de palabra. Eso es algo que aprecio...

-Basta de palabrería. -interrumpí, con el ceño fruncido y el semblante muy serio- Suelta a Sally y nadie saldrá mal parado.

-Menudo tipo más duro. Bien, cumpliré lo que me pides si tus amigos se dejan de jueguecitos.

"¿Cómo demonios los ha descubierto?" pensé, poniéndome nervioso. Aquel tipo no era normal.

-Sorprendido, ¿verdad? Si te soy sincero, no pertenezco a este mundo por lo que, si yo fuera tú, no me andaría con rodeos.

Por lo visto Ezio y Altaïr comprendieron la situación porque el italiano bajó del edificio donde estaba y Altaïr se colocó a mi izquierda.

-Lo que me faltaba. -murmuró el Asesino de Masyaf, con el rostro salpicado de odio.

Dirigí la vista hacia el jinete que estaba enfrente de Altaïr: vestía una larga túnica oscura y su rostro anciano lucia una poblada barba blanca.

-Al-Muhalim, ¿verdad? -murmuré.

Como respuesta, Altaïr asintió con la cabeza. Al-Muhalim fue maestro de Altaïr, pero el Fruto lo corrompió y por poco mata a su pupilo... pero en realidad fue el alumno quien derrotó a su Maestro.

Los otros dos jinetes se quitaron la capucha, descubriendo sus rostros en proceso de descomposición: uno llevaba encima unos kilos de más y vestía ropas de pontífice (si no ha ido al cielo es que no ha sido buen papa); y el otro templario lucía un espeso bigote, su cabello estaba recogido en coleta y sus ojos reflejaban crueldad y arrogancia.

-Porco di merda. -oí murmurar a Ezio, escupiendo sus palabras.

Con echarle otro vistazo al pontífice comprendí los insultos del italiano: delante de nosotros estaba nada más y nada menos que Rodrigo Borgia, también conocido como el Español y Alejandro VI. Uno de los peores papas de todos los tiempos (me documento mucho).

-Hace mucho tiempo que no nos veíamos, Ezio. -dijo Borgia, con una media sonrisa de superioridad.

-No pienses que te he echado de menos. -respondió Ezio, apretando los dientes- Aunque yo tuve la suerte de morir de viejo, tú tuviste la desgracia de que tu propio hijo acabase con tu vida.

El rostro del Español se crispó en una mueca de desprecio, pero pronto lo disimuló con una nueva sonrisa.

-Esta vez no tendrás el capricho de clavar en mi cuello tu hoja oculta, Asesino.

-¡Vaya, menudo momento más emotivo el que estoy presenciando! Pero es algo tarde y la función debe acabar. Cogedlos.

-¡¿QUÉ?! -exclamé, mientras dos de los soldados ingleses me agarraban los brazos por detrás, al igual que a Ezio y Altaïr.

-Nunca te fíes de un alma condenada como yo. -dijo, acentuando su sonrisa putrefacta- Mira, cuando llegué aquí y esta maravilla de objeto -esto lo dijo admirando el Fruto- aterrizó en mis manos, supe que alguien trataría de arrebatármelo. Además, nunca había tenido tanto poder al alcance así que, ¿me prestarías tu ciudad por un tiempo? No sé, ¿para siempre?

Soltó una carcajada que parecía venir del mismo Diablo. Miré brevemente a Sally y a mis compañeros de Hermandad mientras pensaba en algo para quitarnos de encima a los templarios que nos habían apresado. Iba a ser algo arriesgado, pero no nos quedaba más remedio.

Miré de nuevo a Ezio y Altaïr, quienes pronto comprendieron mis intenciones.

-¿A la de tres? -pregunté, aunque la respuesta era más que obvia.

Altaïr asintió y fue él quien comenzó la cuenta:

-Uno.

-Dos. -continuó Ezio.

-Tres.

Según terminé de pronunciar el número me libré rápidamente de mis opresores clavándoles mis hojas ocultas en sus corazones a la misma vez que Altaïr y Ezio hacían otro tanto. Cogí de mi espalda la ballesta cuya munición era capaz de desintegrar a quienes eran alcanzados por ella y disparé contra el invitado no deseado... pero detuvo el proyectil con la mano como si nada. Entonces sí que me asusté porque aquella ballesta era mi último recurso.

-Yo te lo dije. Conmigo no andes con juegos.

Elevó el brazo y el Fruto emitió un brillo tan intenso que me obligó a cubrirme el rostro con un brazo. Cuando la luz se apagó, vi a los Maestros Asesinos en el suelo, al parecer, inconscientes.

-Jack...

La voz tenue de Sally hizo que me volviese para ver algo horroroso: unos rayos provenientes del Fruto atravesaban su cuerpo como grandes agujas. Cuando estos afilados haces de luz desaparecieron, ella cayó de rodillas y se desplomó de lado, con los ojos cerrados.

-¡SALLY! -grité con la voz desgarrada mientras corría hacia el cuerpo sin vida de mi muñeca de trapo, a sabiendas de que no serviría de nada.

Me sentía impotente, quería hacer cualquier cosa, pero la realidad me dio una dolorosa bofetada: Sally ya no estaba conmigo y no había manera de traerla de vuelta.

-¡Oh, qué penita! Una historia de amor con final triste... Patético

Esas palabras supusieron una inyección de rabia que recorrió todos y cada uno de mis huesos. Saqué mi hoja oculta con el propósito de lanzarme sobre aquel desconocido, aunque fuese lo último que hiciera. Así que, con un grito de dolor e ira me abalancé sobre el invasor, pero este se defendió haciendo que el Fruto emitiese una pantalla protectora a su alrededor, contra la que reboté unos metros.

Cuando logré incorporarme, vi cómo un cuervo de ojos amarillos caía en picado sobre el espectro, pero como si este tuviera ojos en la nuca, agarró al ave por el cuello y lo que vi me dejó petrificado: según la huesuda mano tocó al pájaro, este adoptó la forma, aunque no del todo física, de mi padre. Lo peor de todo era que, por su rostro que era una mezcla entre ave y calavera, parecía que aquel ente le cortaba el aire.

-¿Sigues negándote a abandonar del todo el mundo de los vivos, Corvo?

Tras decir esto lanzó a un lado a mi progenitor, ya convertido en cuervo. Aquella distracción me costó cara porque cuando me volví oí un disparo y sentí un fuerte impacto en el torso que me obligó a dar un paso atrás. Otro disparo. Sentí cómo la bala atravesaba mi cuerpo de lado a lado y cómo se cortaba mi respiración. Cuando logré levantar la cabeza vi al hombre del bigote tirando al suelo las pistolas que había usado contra mí.

-Balas de plata. Nunca fallan. -dijo, con una sonrisa de orgullo.

Lo que faltaba. Las balas de plata afectan a todas las criaturas sobrenaturales por igual: hombres lobo, vampiros... hasta yo soy vulnerable a ese tipo de proyectiles.

-Un tipo listo. -intervino el espectro Adelante, señor Lee. Acaba con él.

-Será todo un placer.

El tal Lee cogió un mosquete y, mientras lo cargaba, su "jefe", por llamarlo de algún modo, dijo con sorna:

-No te preocupes demasiado, muy pronto te reunirás con tu amada.

Soltó una nueva carcajada que no hizo más que alimentar mi rabia. Noté que, de forma espontánea, comenzó a crecer una llama en mi brazo derecho. Sin pararme a preguntarme cómo ha podido pasar, y usando las últimas fuerzas que me quedaban, lancé una fuerte llamarada contra el espectro, alcanzándole de lleno en la cara. Emitió un fuerte grito de dolor y se cubrió el rostro con las manos. Cuando se dio la vuelta, la mitad de su cara estaba prácticamente calcinada, emanaba cólera por los poros y sus ojos parecían los de un animal salvaje.

-¡Dame el mosquete, Charles! -exclamó, arrebatando el arma a su acólito- Acabaré con él yo mismo.

Se acercó a mí y clavó la bayoneta del mosquete en medio de mi pecho. No pude contener un gemido de dolor.

-Se me olvidó presentarme cuando nos conocimos. Siento mis modales: me llamo Fausto...aunque eso ya no importa, ¡porque te voy a mandar al otro barrio!

Disparó y caí desplomado al suelo. Incliné la cabeza hacia un lado y, a pesar de tener la visión borrosa, pude ver el cuerpo de Sally. Un cuervo de ojos amarillos se posó junto a mi brazo extendido y me graznó. No sé si era por mi agonía, pero creí escuchar la voz de Corvo gritando mi nombre.

Entonces... todo se volvió oscuridad.


Cuando desperté, me vi tumbado en el suelo de una especie de realidad en negativo. Me puse en pie para tratar de situarme y me di cuenta de tres agujeros que había en mi cuerpo y recordé los disparos y al tal Fausto. Empecé a rotar sobre mí mismo para examinar aquel sitio.

-¿Dónde demonios estoy? -dije, sin quererlo, en voz alta, creando eco en aquel lugar.

-Si te lo explicase no lo entenderías.

Me volví al escuchar la voz profunda de mi padre y vi al cuervo de ojos amarillos en proceso de un aterrizaje forzoso. Justo antes de tocar el suelo el ave se transformó en Corvo... aunque le costó mantenerse en pie.

-Uf, este tal Fausto me dejó muy tocado. -se miró el brazo derecho que todavía tenía plumas. Lo agitó y cuando ya fue un brazo normal, añadió- Mucho mejor. Oye, pareces un colador con esos agujeros.

Desvié la mirada y me crucé de brazos, nostálgico.

-Oye, lo he visto todo y sé cómo te sientes. -escuché sus pasos acercándose a mí. -Cuando perdí a tu madre creí que mi mundo se desmoronaba. Pero había una luz que aún iluminaba el camino. Es luz era este esqueleto hecho y derecho que tengo delante. Tú me diste ese empujón que tanto necesitaba para seguir adelante. Con esto te digo que debes sentirte afortunado.

-¿Y cuáles son los motivos que te hacen pensar eso? -pregunté, casi sin expresión en mi voz y mirando fijamente a mi progenitor.

-Bueno, pues concretamente dos. -respondió con una media sonrisa- Tu amigo Garret y tu princesa que tanto se parece a ti.

-¿No decías que Garret era una mala influencia para mí?

-Oye, tampoco hay que juzgar un libro por su portada. Mira, y vuelvo a lo de antes, tienes un motivo muy grande para proteger a esas personas que tanto aprecias. ¿Quieres que Sam viva con miedo día tras día? No, ¿verdad? Pues tienes ya una razón para echar a esos templarios, hijo. Y esta vez te voy a ayudar.

-¿Cómo? Si tú...

-Ya sé que estoy más muerto que vivo. Pero no estamos en la realidad tal y como la conoces. Tú quédate quieto. Ahora vuelvo.

Se alejó unos pasos y adoptó la forma de cuervo antes de salir volando.

-¡Espera!

Me encontré de nuevo solo en aquel espacio vacío. No sé por qué pero algo me dijo que hiciese caso a las palabras de Corvo.

No había pasado mucho tiempo desde que el cuervo se fue cuando sentí que algo me atravesaba el cuerpo por la espalda con tanta fuerza que me hizo caer de rodillas. Noté un fuerte mareo y apoyé una mano en el cráneo mientras me apoyaba en el suelo con la otra. Agité la cabeza y parpadeé varias veces antes de verme reflejado en el suelo, sin saber si debía asustarme o sorprenderme: dentro de mis cuencas vacías había aparecido un brillo amarillo, como si fueran ojos. Parpadeé de nuevo y el brillo desapareció. Sin salir de mi asombro, escuché la voz de mi padre:

-Parece que ha funcionado. ¿Qué tal te encuentras?

-No... no lo sé.

Me levanté como pude y apoyé las manos en mis rodillas, momento en el que me di cuenta de que los agujeros de bala habían desaparecido y que mi vestimenta de Asesino había cambiado radicalmente: era totalmente negra y con algunos toques metálicos. Las botas cubiertas de correas me llegaban hasta las rodillas, la túnica-gabardina estaba desgarrada en algunas zonas y la prenda que me cubría el torso, con correas al igual que las botas me llegaba hasta el cuello y tenía una solapa con un botón que, por lo que deduje, se podía abrir un poco. Me miré las manos y me fijé en que la izquierda tenía un guante con unas especies de garras metálicas.

-¿Qué acabas de hacerme? -pregunté, más perplejo que otra cosa.

-Bueno, tendrás que seguirme si quieres averiguarlo. -respondió mi padre mientras caminaba hacia atrás.

Empecé a seguirlo hasta que, de forma repentina, se abrió un gran abismo, literalmente, entre nosotros y me paré en seco justo en el borde.

-Vamos, ¿a qué esperas? -dijo desde el otro lado- Ya has visto cómo lo hago yo. Ahora te toca a ti.

-¿Estás de broma? No creerás que voy a convertirme en un cuervo. Tú puedes hacerlo porque... bueno, tu alma ha adoptado la forma de un cuervo. No tiene otra ciencia.

-No creas que fue tan fácil para mí. Se trata de concentración, hijo. Aunque hará falta un pequeño empujón en tu caso.

Chasqueó los dedos y el suelo desapareció bajo mis pies. Empecé a caer al vacío sin poder contener un grito. En medio de la caída escuché en mi cabeza la voz de Corvo:

-¡Cálmate y concéntrate, chico! Piensa en la forma de un cuervo y el resto vendrá solo.

Hice lo que mi progenitor dijo, así que me concentré, dibujé en mi mente la forma de un cuervo y, poco tiempo después, abrí los ojos y me vi volando para salir de aquel abismo infinito. ¿Qué sentí en aquel instante? Pues fue algo así como una inyección de adrenalina debido sobre todo a lo repentina que era la situación. Según salí de allí adopté mi forma original, aunque el aterrizaje fue algo forzoso. Mi corazón muerto iba a mil por hora.

-Creo que he sido demasiado duro contigo. -dijo mi padre- ¿Estás bien?

-¡¿Bromeas?! -logré decir entre jadeos por la emoción del momento. Entonces empecé a reír y terminé exclamando- ¡Nunca me había sentido mejor!

-¡Pues estupendo, hombre, porque lo has hecho genial! Mira, te abrazaría, pero te atravesaría como una cortina de humo. -cuando consiguió ponerse medianamente serio, añadió- Mira, ahora en serio. Este regalo que te he dado te va a servir de mucho para salvar la ciudad de esos templarios. Ese tal Fausto, que no tengo ni idea de quién es ni cómo me conocía, y sus cómplices creen que estás muerto o más de lo que estás ya, así que no se esperarán nada que venga de ti. Aprovecha eso para hacer lo que mejor se te da como Rey de Halloween que eres: infundir terror a tus víctimas.

-Eso no será problema. Por cierto... ¿cómo demonios sobreviví a las balas de plata?

-Pues no lo sé, pregúntaselo a quien está ahí fuera.

-¡¿Quién?!

No pudimos seguir hablando porque un gigantesco destello que me cegó lo impidió.


¡Y aquí acaba el segundo capítulo! Por favor, que l s fans de Sally no me peguen! Es que si no lo hago no veo otro modo de seguir la historia. Les dejo esta vez muy entretenidos a todos porque este capítulo ha sido más largo (cuatro mil y pico palabras). Espero vuestras reviews, que las responderé en el próximo capítulo. Hasta el siguiente!

Lady Lyuva Sol: Me alegro que eches de menos mis fics. Yo también echaba en falta escribir un rato...pero los estudios van primero. Y lo que hice para los momentos de Jack papá fue recordar lo que me decía mi padre de pequeña (aún me dice cosas como "guapa" y tal). Y Garret... Bueno, para este fic necesitaba un vampiro chachi... así que ahí está Garret jeje.

CynthiaHalloween9: SII, ADORO LOS VAMPIROS (no cuentan los de Crepúsculo, sin ofender a nadie)