HOLAA! Aquí vuelvo con un nuevo capítulo recién salido del horno. Una cosa que quiero decir antes de que ustedes empiecen a leer es que, cuando empecé a pensar en este fanfic, se me ocurrió poner alguna canción que quede bien con el capítulo para que ustedes puedan escucharla mientras leen. Esto es opcional, no obligo a nadie.
Pues para probar qué tal va esta dinámica, la primera canción que voy a utilizar y que creo que combina con este capítulo es Without You de Three Days Grace. Los créditos de la canción van para el grupo (al que adoro 3 3 3). Y si quieren, pueden poner en las reviews qué canción podría ser banda sonora de este capítulo. Para eso existe la libertad de expresión ;).
Venga, les dejo en paz, jeje. Disfruten!
Capítulo 3
Me incorporé inhalando una gran bocanada de aire, como si alguien me hubiese "resucitado" con un desfibrilador. Sentado en el suelo, y con la respiración agitada, miré a ambos lados y me vi en el cementerio de la ciudad.
-¿Cómo he llegado hasta aquí? -me pregunté mientras me ponía en pie.
Pensé que todo lo que me había pasado unos minutos antes había sido un sueño, pero me fijé en mis ropas y me di cuenta de que todo fue real.
-Por fin has despertado. -dijo una voz a mis espaldas.
Saqué mis hojas ocultas y me di la vuelta mientras preguntaba:
-¿Quién eres?
El desconocido que se situaba delante de mí levantó los brazos en señal de rendición: un hombre alto, robusto y de tez morena. Llevaba unos pantalones y unas botas fabricados con pieles de animales y cosidos a mano, y su torso desnudo a excepción de un brazalete en su brazo derecho, una piel de animal que le cubría el hombro derecho y unos brazales que cubrían sus antebrazos estaba decorado con tatuajes en costillas y brazos. Su cabeza estaba cubierta con un tocado de cabeza de lobo y su rostro también estaba pintado con rayas rojas por la barbilla y por debajo de sus ojos, completamente blancos y brillantes. Por el arco que tenía a la espalda y el tomahawk (por si no lo sabéis es un hacha pequeña de mano) que llevaba en la cintura deduje que era un indio americano.
-Tranquilo, yo también soy un Asesino. -me enseño el brazal izquierdo que tenía grabado el símbolo de los Asesinos- ¿Ves? Te vi en medio de la calle y, cuando vi que tu cinturón tenía el símbolo de los Asesinos, decidí traerte a este sitio. ¿Cómo aparecí aquí? Eso no sé responderlo.
-¿Cuánto he estado inconsciente?
-Más o menos tres días. Justo el tiempo que tardé en curarte las heridas de bala. Usé un hechizo curativo que usaba mi tribu.
"¿Tres días?" me pregunté, pensando en todo lo que ese Fausto y los templarios podrían haber hecho en la ciudad. Algo me dijo que debía confiar en aquel indio americano, por lo que decidí presentarme extendiendo mi mano.
-Perdóname por no presentarme. Me llamo Jack Skellington. Y tú eres...
-Ratonhnhaké:ton -respondió estrechándome fuertemente la mano.
-¿Qué? -pregunté, desconcertado. ¡Aquel nombre no lo había oído en mi vida!
-Tú llámame Connor y estarás más tranquilo.
-Está bien, Connor. Ya que no he estado consciente todo este tiempo, ¿puedes explicarme qué ha pasado?
-Bueno, solo tengo que hacerte una pregunta para comprobar mis suposiciones: ¿aquí tenéis sol?
-Bueno, no se puede decir que es un sol verdadero, pero hay noche y día. ¿Por qué lo preguntas?
-Ya decía yo... es que durante estos tres días no ha salido el sol ni una sola vez.
Me quedé petrificado al escuchar aquellas palabras y automáticamente até cabos: por lo visto Fausto, gracias al Fruto, había creado una noche eterna en Halloween Town. No conocía sus motivos ni me importaban. Lo único que tenía en mente era intentar destruir el Fruto, si eso hacía que todo volviese a ser como antes... bueno, casi todo, porque estaba seguro de que me sería imposible recuperar a Sally.
-Oye, por curiosidad, -pregunté a Connor- ¿cómo has sabido que han pasado tres días si no ha salido el sol?
-Encontré un reloj de bolsillo junto a ti y la hora no me cuadraba con toda esta oscuridad.
-¿Un reloj de bolsillo? ¿Aún lo conservas?
-Bueno, pensé que era tuyo, así que decidí quedármelo hasta que te despertases.
De una de las bolsas que colgaban de su cintura, Connor sacó mi reloj de bolsillo y me lo dejó. Lo abrí y miré la hora: las siete y cuarto. Claro, hay un problema: tanto a las siete y pico de la mañana como de la tarde aún es de día (aquí no funciona el cambio horario, así que no es excusa). También miré de reojo la foto de Sally que había en la tapa, justo al lado de la esfera del reloj, y una profunda tristeza invadió mi alma. Cerré el reloj bruscamente para evitar pensar en lo que le había pasado y dije, mientras guardaba el reloj en el bolsillo del pantalón:
-Bueno, Connor, ya es hora de que te invite a mi casa.
Antes de empezar a andar me fijé en que, a excepción de mis hojas ocultas, me habían quitado todas las armas.
-Oh, mierda. -murmuré antes de suspirar y añadir- Oye, Connor, ¿puedes ayudarme a recuperar mis armas?
-Claro, siempre es un placer ayudar a un miembro de la Hermandad.
-Gracias.
La suerte estaba de mi parte porque cerca del cementerio escuché unas voces:
-Oye, ¿sabes cómo se usa esta ballesta?
-¡Claro imbécil! Es una ballesta normal y corriente, solo que con un diseño distinto. Y hay que decir que es muy bonita.
-Ya, pero no cabe ningún virote en ella.
-¡Pues disparará otra cosa, joder! Mira que eres pesado.
Entonces me di cuenta de que estaban hablando de mi ballesta.
-Vamos, ya sé cómo recuperar mi equipo.
No avancé más de dos pasos cuando algo hizo que me detuviese, como congelándome. Escuché un graznido y dirigí la vista hacia su procedencia: posado sobre una lápida cubierta de hiedra había un cuervo de ojos amarillos de cuyo pico pendía algo brillante. Acerqué mi mano enguantada al ave, que dejó caer el objeto. Pronto lo reconocí: era el colgante con el anillo de boda de Sally. Lo primero que hice tras ver la joya fue quitar las plantas que cubrían la lápida. Se me encogió el corazón cuando leí en la piedra el nombre de mi amada. Mis piernas callaron y caí de rodillas delante de la lápida. Mis sentimientos se encontraban divididos: por un lado quería gritar de dolor, maldecir a Fausto de todas las maneras posibles, hacer que todos y cada uno de los Templarios ardiesen y sufrieran como si estuviesen en el mismo Infierno, "escarbar la tierra con los dientes", como dice el poema de Miguel Hernández, para desenterrar a quien en su día fue el amor de mi vida; pero por otro lado quería dedicarle a Sally un luto silencioso, adornado con un llanto mudo. Si yo pudiese derramar lágrimas, estoy seguro de que en ese instante habría humedecido la tierra en la que estaba arrodillado con ellas.
Como si el cielo hiciera caso de mis penas, empezó a llover. cada una de las gotas que caía era una lágrima que yo no podía derramar. Miré mi mano derecha, donde tenía mi anillo de boda y volví a mirar el colgante. Cogí mi anillo, lo coloqué en la fina cadena dorada y observé cómo se juntaban ambas alianzas sin poder evitar una sonrisa triste al recordar lo unidos que estábamos los portadores de las mismas, antes de colgarme la cadena del cuello y ocultarla bajo la ropa gracias al primer botón de la parte superior de mi nuevo traje de Asesino. Me puse en pie y volví a sacar el reloj de bolsillo con el símbolo de los Asesinos grabado en la tapa para mirar la imagen de Sally.
-Él es el culpable de todo esto. -murmuré- Y no saldrá impune. Lo prometo.
Miré de reojo la esfera del reloj pero no para saber la hora, sino para ver reflejado en el cristal uno de mis ojos de cuervo.
-¿Era tu esposa? -preguntó Connor.
Asentí como respuesta y pronto dije, casi con la voz entrecortada:
-Pero ahora tenemos otros asuntos de los que encargarnos. Como eliminar a esos templarios.
-¿Pues a qué esperamos? Yo voy delante.
Cuando Connor pronunció esas palabras desapareció delante de mis narices.
-¿Pero dónde demonios se ha ido?
-Estoy aquí. No me he movido.
Delante de mis ojos, y dejándome perplejo, el indio americano reapareció.
-¿Cómo has hecho eso? -pregunté, sin salir de mi asombro.
-Cosas de viajes espirituales que hice en mi juventud. Pero no te preocupes, si ves esos matorrales que están detrás de mí moverse sin razón alguna, podrás localizarme.
Volvió a desaparecer y pude comprobar lo que me había dicho: los matorrales empezaron a agitarse, y eso que no hacía viento.
"Bien, ahora me toca a mí", pensé. Intenté caminar sigilosamente por otro lado cuando, de forma involuntaria, me vino a la mente el cuervo que me dio el colgante y, sin quererlo, me transformé en ave y me elevé unos metros. Tardé unos pocos segundos en volver a adoptar mi forma original y caí estrepitosamente al suelo. El ruido pareció alertar a los guardias, ya que oí a uno de ellos decir:
-¿Qué ha sido eso?
-No lo sé. Voy a investigar.
Pensé rápido en qué debía hacer y pronto vi un árbol, así que me concentré, adopté la forma de cuervo y me posé en una rama, a la espera del guardia. Pronto lo vi, era un templario de Rodrigo Borgia, con un farolillo en la mano. Se me escapó un graznido (por lo visto eso venía incluido), y el soldado del Renacimiento alzó la vista hacia mí y gritó a sus compañeros:
-¡Aquí no hay nada! Solo un cuervo.
"Venga, da la vuelta", pensé ansioso, hasta que pasó justo lo que quise. Según el guardia se volvió, despegué de la rama y, en medio del aire, recuperé mi forma para caer encima del soldado y clavarle mi hoja oculta en el cuello. Todo sin hacer ruido. Aproveché y cogí su espada para usarla como arma provisional hasta que recupere mi equipo.
Escondí el cadáver y me oculté rápidamente entre unos matorrales situados enfrente de donde Connor se había escondido. Delante de mí había un pequeño campamento con una hoguera y tres guardias... bueno, cuatro si contamos al que asesiné. Al lado de la fogata estaban todas mis armas.
-Qué raro, Giovanni no ha vuelto. Será mejor que no nos despistemos, algo me da mala espina.
Mientras pensaba en cómo eliminar a los tres, vi a Connor aparecer y asesinar a dos de los soldados, a uno clavándole la hoja oculta en la nuca y al otro introduciendo el tomahawk en su pecho.
-¡¿Pero qué cojones...?! -exclamó el que quedaba, asustado y sacando su espada- ¿Cómo has aparecido aquí?
-Yo me preocuparía por mis espaldas. -dijo Connor.
Me acerqué al guardia por detrás y le di una fuerte patada en el hueco de la rodilla. Sonó un crujido, el soldado se arrodilló y le corté el cuello con la espada robada.
-Ha sido muy fácil. -oí decir a Connor.
-Ya. -respondí, tirando el arma a un lado- De todos modos no tenían nada que hacer contra nosotros.
Mientras recogía mis armas, el indio me preguntó:
-¿Tú te encargaste de aquel soldado?
-¿Quién, el tal Giovanni? Sí, ¿por qué lo preguntas?
-Bueno, antes revisé el terreno y no vi ningún arbusto ni nada para ocultarse.
-Ah vale. ¿Sabes cuando ese tipo dijo que solo había un cuervo?
Connor asintió, de brazos cruzados.
-Vale, puedes creértelo o no, pero te aseguro que aquel pájaro negro que se encontró era yo. Puedes creerlo o no, pero es la verdad.
-Ya, es como las veces en las que uso el poder del lobo para ocultarme.
-Algo parecido. Solo que yo no me vuelvo invisible.
-Y de ahí viene el tema de los ojos amarillos.
-¿Cómo?
-Cuando te despertarte de golpe vi por unos segundos un brillo amarillo en las cuencas de tus ojos.
-Oh, bueno, eso es cosa de herencia familiar. Bueno, será mejor que nos vayamos por si acaso vengan mas templarios.
De repente escuché en mi cabeza una fuerte pitido que me obligó a inclinarme hacia delante, apoyando la mano en mi cráneo y apretando los dientes porque me dolía mucho la cabeza. Lo que me sorprendió fue que escuché en mi mente la voz de mi padre:
Siento haber pasado sin llamar. Pero es que tengo que decirte algo que se me olvidó antes. Ahora estamos, por así decirlo, "conectados". Así que no te asustes si de repente te hablo o hago cosas raras con tu mente. Me despido por un tiempo, pero sabes que estaré cuidando de ti desde el aire. Es todo lo que puedo hacer
En mi mente volvió el silencio. Durante unos segundos me mantuve inclinado, con las manos apoyadas en las rodillas.
-¿Estás bien? -preguntó Connor.
-Sí, supongo. -respondí, tras agitar un poco mi cabeza- Vámonos.
No tuvimos muchos inconvenientes al ir a mi casa. Lo único que había que hacer era entrar sin que los templarios nos descubriesen. Examiné rápidamente el edificio hasta localizar una ventana abierta.
-Entraremos por ahí. -dije, señalando la entrada.
-Vale.
Connor dio unos pasos atrás y, sin dejarme decir palabra, cogió carrerilla y saltó, antes de transformarse en un gran águila prácticamente transparente, y voló rápidamente hasta el interior de la ventana, donde recuperó su forma original.
-Bien, me toca.
Tras unos pocos segundos de concentración adopté la forma de cuervo y me dirigí hacia donde estaba Connor, antes de volver a ser yo dentro de mi casa.
-Es enorme -dijo el indio mientras bajábamos las escaleras hasta la sala de estar.
-Bueno, no es lo mejorcito del mundo, pero al menos no hay goteras. -respondí con una media sonrisa.
Cuando estuvimos a punto de llegar al final de las escaleras, apareció Garret, seguramente escondido tras la esquina, revólver en mano y apuntándome a la cabeza con el arma:
-¡Oye, oye! -exclamé, levantando las manos- ¡Que soy yo, Garret!
El vampiro bajó la pistola y, con los ojos abiertos como platos, pronunció una sola palabra:
-¿Jack? -se pasó la mano por el pelo antes de sonreír y añadir, más contento que unas pascuas- ¡Tío, creía que estabas muerto! Bueno, más de lo que ya estás.
-Estuve a punto de irme al más allá. Pero aquí estoy.
Garret me echó un vistazo de arriba abajo. Él llevaba una camiseta sin mangas blanca y un vendaje ligeramente manchado de sangre le cubría el hombro izquierdo.
-¿De dónde has sacado esa ropa? Ah, bueno, da igual.
Sin avisar me dio un fuerte abrazo. La verdad, me hacía falta tras todo lo que me había pasado.
-Yo también me alegro de verte Garret.
Cuando nos separamos, Garret miró por encima de mi hombro, con una ceja enarcada.
-¿Ese indio viene contigo? -preguntó, curioso.
-No te preocupes mucho por él. Es de los buenos. Connor, te presento a Garret, mi amigo de la infancia y tal vez el vampiro más sanguinario que he conocido.
-Mucho gusto.
Garret frunció los labios, pensativo y dijo a Connor:
-¿Comanche?
-¿Qué? -pregunté, extrañado.
-Quiero saber de qué tribu es.
-No, no soy comanche. Mi tribu y la suya compartimos rasgos, pero no soy comanche.
-¿Apache?
-Nos llevamos mal.
-¿Cherokee?
-Grandes guerreros. Pero no tanto como nosotros.
-Ufff. -el vampiro apoyó la mano en su cuello tatuado con un pentáculo y añadió- Vale, me rindo.
-Soy Mohawk.
-Anda, la única tribu que no me conozco. Pero no estamos aquí por eso. ¿Dónde has estado, Jack?
-Lo dicho, Garret. En una cuerda floja entre el más allá y el suelo que estoy pisando.
-Bueno, una buena explicación atendiendo a lo que pensábamos. Oye, siento no haber evitado que se llevaran a Sally. Esos malditos templarios tenían balas de plata. Oye, ¿sabes si ella está bien?
Bajé el rostro cuando me vino a la mente el fatídico final de mi muñeca de trapo.
-Lo siento, no debí preguntar eso.
Yo iba a abrir la boca cuando escuché la voz del alcalde.
-Oye, Garret, ¿qué ocurre...?
El alcalde y yo nos miramos unos segundos antes de que una chispa de rabia se encendiera en mí. Empecé a caminar hacia él, primero pesadamente y luego aceleré el paso.
-Tú... -dije, con la voz manchada de ira.
-¡Jack, puedo explicarlo!
-¡No hay explicación, traidor!
Me disponía a abalanzarme sobre el alcalde cuando noté que tiraban de mí hacia atrás. Miré a ambos lados y vi a Garret y a Connor agarrándome con fuerza.
-¡Soltadme! Voy a arrancarle los ojos a ese traidor hijo de puta.
-¡¿Pero se te ha ido la cabeza, Jack?! -exclamó Garret- ¡Cálmate, hombre!
-¡¿Que me calme?! -contesté antes de gritar, con la voz rota y descargando toda mi rabia y dolor- ¡POR SU CULPA SALLY ESTÁ MUERTA!
Entonces el mismo pitido que un momento atrás sonaba en mi cabeza volvió, esa vez con mucha más fuerza.
-¡Sal de mi mente! -exclamaba, agitando mi cabeza de un lado al otro.
-¡¿Tienes idea de lo que has estado a punto de hacer?!
La voz furiosa de mi progenitor me obligó a elevar la vista. Ahí estaba, delante de mí, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
-Déjame en paz, ¿quieres? -dije, desafiando a Corvo con la mirada.
-Como quieras -respondió, encogiéndose de hombros, sin cambiar su semblante.
Otro pitido empezó a torturarme con una potencia tan alta que no pude evitar un grito.
-Duele, ¿verdad? -continuó- Pues también es muy doloroso que te llamen traidor.
-Tú has visto lo que ha hecho. -dije, rendido.
-Eso es muy cierto. -exhaló un profundo suspiro y añadió- Mírame, hijo.
Alcé la vista y vi a Corvo delante de mí, agachado y mirándome con esa ternura tan propia y exclusiva de una figura paternal.
-A veces hay que mirar por debajo de la superficie para saber la verdad.
Pasó la mano por delante de mi rostro, lo que provocó que se "activase" la vista de águila. Miré al alcalde y observé que su cuerpo desprendía un brillo azulado, lo que me indicaba que era un aliado y que por nada del mundo podía clavar mi hoja oculta en su cuello. Y eso no era todo, en lo que me fijé fue en su rostro, marcado por el miedo. Entonces escuché en mi cabeza la voz de mi progenitor.
¿Así quieres que te vean tus amigos? Él no acabó con la vida de Sally, no tiene la culpa. Por tanto no la cargues con alguien inocente. Quiero que tengas en cuenta una cosa: controla tus sentimientos, porque a veces te pueden jugar malas pasadas.
Entonces recuperé la visión normal y, arrepentido, agaché la cabeza. Fue entonces cuando Connor y Garret me soltaron y me dejé caer de rodillas, sin levantar la cabeza aún. Unos segundos después me miré las manos, apoyadas sobre mis rodillas y las cerré en un puño antes de romper a llorar.
-Lo siento. Siento haberte amenazado de esa manera. Nada de esto es culpa tuya. -dije entre gemidos, antes de levantar el rostro y decir, con toda la sinceridad del mundo y la voz rota- Por favor, perdóname.
Mantuve mi mirada suplicante en los ojos de Edward (es el nombre del alcalde, para refrescar la memoria) antes de que este girase su cabeza, adoptando su expresión positiva.
-Todos cometemos errores, Jack. Y como buen amigo tuyo que soy, acepto las disculpas.
-Gracias. -respondí, intentando sacar una sonrisa de entre mis lágrimas invisibles.
-Además, siento lo de Sally. Y tengo que confesarte una cosa: después de aquello, conseguí enterrarla en el cementerio con ayuda de los chicos de Oogie Boogie. No sé, creo que es un acto de respeto.
-Lo sé, vi la tumba cuando volvía hacia aquí. -me incorporé antes de añadir- Y te lo agradezco de corazón.
-Bueno, menos mal que hemos zanjado este asunto. -intervino Garret- Y hablando de tu familia, Jack, lo último que oí antes de quedarme sopa tras el balazo de plata fue a los templarios frustrados porque no encontraban a Sam. Solo para que sepas que al menos ella está a salvo. Que, por cierto, a saber dónde está.
Tras pensar un instante en el posible paradero de Samantha dije:
-Creo que tengo una idea de dónde puede estar. Quedaos aquí un momento.
Subí a la habitación de Sam porque tenía la certeza de que estaría en su escondite secreto. Resulta que esa habitación tiene un armario empotrado con fondo falso, es decir, tiene una puerta donde debería estar el fondo del armario. Ese es el escondite secreto de mi niña. Solo ella y yo lo conocemos.
Me fui directo al armario y abrí las puertas.
-Sam, ¿estás ahí?
Pasaron unos segundos antes de que se abriera un poco el fondo falso y una voz delicada respondió:
-¿Papá? ¿Eres tú?
-Sí, princesa, soy yo. ¿Has estado aquí escondida todo este tiempo?
La puerta interior del armario se abrió de golpe y Samantha se tiró a mi cuello, sollozando.
-Venga, ya pasó todo. -la consolaba mientras la estrechaba contra mi pecho, dejando que se desahogase- No pasa nada.
-Te he echado de menos. -decía entre gimoteos.
-Yo también, preciosa.
Cuando nos separamos, se secó las lágrimas de su ojo y preguntó:
-¿Y mamá? Oí cómo se la llevaban.
Bajé un poco la vista y dije, evitando que se formase un nudo en mi garganta.
-Tu madre... -respiré profundamente para buscar el valor que necesitaba en esos instantes- Mira, Sam, he hecho todo lo posible para que no le pasase nada malo, pero...
-¿No estará...? -dijo, mientras nuevas lágrimas emanaban de su ojo.
-Lo siento.
Al verla tan afligida no se me ocurrió otra cosa para consolarla que abrazarla de nuevo, dejando que sus lágrimas mojasen mi hombro.
-Ven aquí. -dije, con todo el cariño que podía expresar- Sé cómo te sientes: estás asustada, perdida y no sabes qué hacer. Lo sé porque yo también me siento así. Yo quería a tu madre más que a mi propia vida. Pero tenemos que seguir adelante. Te juro que todo esto saldrá bien. ¿Me entiendes?
-Sí... -respondió, gimoteando. Luego preguntó, curiosa- ¿Qué es eso que brilla en tu cuello?
Entonces recordé el colgante y me separé de Sam antes de quitarme la joya y decirle:
-¿Ves esto?
-El collar de mamá. -respondió, sorprendida.
-Bien. Quiero que me prometas una cosa. -le puse el colgante, con una sonrisa nostálgica- Cuida este collar como si tu vida dependiese de ello. No te lo quites por nada del mundo. ¿Entiendes?
Sam asintió y añadí, sin dejar de sonreír para tranquilizarla.
-A cambio yo te prometo que arreglaré esto. Puede que no recuperemos a tu madre, pero al menos quiero que seas feliz, ¿vale?
Ella levantó el dedo meñique de su mano derecha mientras decía:
-¿Promesa de meñique?
-Promesa de meñique.
Entrelazamos nuestros dedos y ella añadió, por fin sonriendo, aunque tímidamente.
-Sabes que estas promesas no se pueden romper.
-Mi princesa, sabes perfectamente que nunca rompo una promesa.
Bueno, aquí se acaba. ¿Qué tal les pareció? Dejen las reviews para contarme la opinión de ustedes (en serio, lo aprecio) y en el próximo capítulo los respondo. Hasta la próxima!
CynthiaHalloween9: A mí también me dio pena el hecho de matar a Sally, pero es que no puedo evitar hacer sufrir a los personajes de mis escritos :I
Lady Lyuva Sol: Con respecto al paradero de Sam y el estado de Garret, ya todo eso está respondido en el capítulo ;). Te digo lo mismo que a CynthiaHalloween9 en lo referente a la muerte de Sally *snif* y, además, me gusta dejar en ascuas a mis lectores. Hace que estos quieran más historia (lo sé por fics que he leído :3)
Raquel: Bueno, si me matas no puedo seguir escribiendo jeje.
A tod s gracias por comentar :'D
