"Aire": De suspiros ajenos.

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Los días en que el aire sopla con una furia turbulenta y el cielo se nubla, son perfectas para la clase de labores sucias a las que se dedica. Volviendo de una misión, con más sangre ensuciando sus manos que corriendo por sus venas, se dedica a cuidar de sus amadas rosas.

Las admira, por su perfume, por esa belleza fascinante, por sus exóticos colores, pero sobre todo, las adora por sus espinas. Porque las rosas son tan hermosas como peligrosas; porque hay que acercarse con cuidado o terminarás herido.

Él es como una de sus rosas: hermoso y mortal. Por lo mismo lo rechazan, por lo mismo está solo y por lo mismo todos lo desean. Pero pocos han tenido el cuidado de no meter mano con demasiada confianza y espinarse, de no confiarse por su belleza y olvidarse de lo dolorosa que puede resultar la herida. Pocos se han dejado embaucar y han logrado cortarlo de la protección del rosal para adornar sus mesas, pero a veces se olvidan que hay que cuidarle o se marchitará.

—Te extrañé…—suspiró a su oído, abrazándolo por la espalda.

E intenta negarse, pero sabe que es inútil, que terminará cediendo. Quizá sea el matiz entre locura y desesperación que él le imprime a sus besos, quizá sea porque sabe que es tan o diado como él, que está aún más solo y al menos así ya no se siente tan miserable, porque hay alguien más jodido aún.

Afrodita se aferra a tenerlo dentro. Enreda sus piernas de hiedra alrededor del tronco de su espalda. Entierra las uñas en la piel de sus hombros, emitiendo gemidos de placer y queja por igual.

Siente que su cabeza se hunde en las almohadas, acercándose peligrosamente a la cabecera. Anhela el vacío que próximamente vendrá. Quiere llenarse de él para olvidarse por un momento de cuán vacío está. ¿Es acaso mucho pedir? Después de todo él está igual de solo y más desesperado.

Lo siente embestir con más fuerza. Los dedos de los pies comienzan ya a retorcerse y su espalda a arquearse. Pronto, la ráfaga vendrá, como un tornado de aire arrasando todo en su interior. Una cosquilla sube por su espina dorsal: ¿será acaso ese el resultado de la noche?

Voltea sus ojos a la ventana y las cortinas nublan su vista, danzando uniformes a la caricia del viento. Desearía que su acompañante pudiera ver ese pinto bajo la piel de su pecho. Que viera que a pesar de latir más rápido, no bombea más sangre.

El sonrojo va desapareciendo. Lento, el firme órgano pierde forma, quedando dormido entre las oscuridades de su interior. Le siente suspirar sobre su cuello con cada respiración recuperada. Ahora es certeza, las luces no explotarán dentro de su cabeza.

Y una vez más, envuelto de suspiros ajenos, arropándose en piel ajena: Afrodita y Shura sueñan.