"Fuego": Sobre tu sonrisa

.

.

La primera vez que vi a Afrodita fue hace muchísimos años.

Recuerdo que pensé que parecía una niña, con su cabello largo y enrulado, jugueteando a su espalda, esas mejillas sonrojadas y la sonrisa casi inhumana que siempre adornaba su rostro.

Hoy, lo veo y no puedo pensar otra cosa sino que es extremadamente hermoso. Sus ojos, de un azul tan claro que casi podrían ser transparentes, se ubican en perfecta línea recta vertical, con el mismo ancho y terminando a la misma altura de donde comienzan las comisuras de su boca. Luego viene el lunar que tiene bajo el ojo izquierdo, un pequeño punto oscuro que sobresale a miles de metros sobre la piel blanca. Las cejas son prolijas y delgadas, difuminándose sobre los párpados de forma sutil, dando a veces la impresión de que nunca empiezan o nunca terminan.

Su nariz no es recta, si uno se fija bien, tiene el tabique unos milímetros desviado; seguramente producto de algún entrenamiento o alguna misión, pero, aún así, es perfecta, pequeña y de punta redonda. Quizá si la línea de su mentón no estuviera enfatizada y el cuello no fuera tan regio y ancho, bien podría pasar por una damisela.

Y he aquí mi única oportunidad de enamorarme de una mujer, pero gracias a los dioses que no fue así.

Curiosamente su boca es bastante femenina; su labio inferior, y mi favorito, es casi el triple de grueso que el superior, rosados y sensuales. Lo que no daría por probar el sabor de sus labios, porque mis manos recorrieran esa piel blanca y tersa. Lo que no daría por apagar este fuego que me consume cada día que despierto y no te tengo. Lo que no daría por aspirar el enervante perfume a flores que dejas como una estela a tu paso. Es simplemente utópico.

Lo que daría por poder llamarte mío.

¿En qué momento te metiste tan profundamente en mi corazón? ¿Cómo fue que te apropiaste de mis suspiros? ¿Cuándo empecé a pensar en ti? Y, sobre todo ¿Por qué es que aún no puedo sacarte de mi cabeza? Porque lo he intentado, Afrodita, he querido deshacerme de ti y tu belleza, sobre todo desde ese día en que supe de ti y Deathmask. Es patético que hubiera necesitado verte salir de su templo luego de un tiempo compartido con él, justo como ahora, para darme cuenta, por que no quise darme cuenta antes y ahora no sólo el fuego me consume, también me duele, me arde y me hace odiarte de a ratos.

No es tu culpa, ni siquiera tienes idea de todo lo que provocas en mi interior. Todo es culpa de mi utopía de amor, porque lo único que haces es sonreírme y saludarme, nada más. ¿Por qué no puedo sacarte? ¿Por qué eres tan invencible? ¿Por qué nadie puede contra ti, ningún hombre, el que sea? Nadie puede borrarte, nadie te exorciza de mi alma.

Todo esto lo causaste con una sonrisa, Afrodita.

—Hola Aioria, ¿cómo estás?

¿Yo? ¿Aún? Enamorado de ti…

.

.