Narra Harrison

Genial. Simplemente genial.

Mis padres se iban durante todo el fin de semana, así que iba a tener la casa para mí solo por dos largos días. Bueno, solo del todo no iba a estar… Tendría que invitar a alguien para no aburrirme.

Alice no se quiso quedar conmigo, prefirió alojarse en casa de Vee para poder jugar con Tyler y a Sarah no la quisieron dejar conmigo tanto tiempo, supongo que hacen bien en dejarla con la abuela.

Narra Nora

Ese fin de semana iba a ser para nosotros dos solamente.

La verdad es que necesitábamos desconectar un poco de la rutina y hacer algo diferente, así que pensamos en ir a una pequeña casa cerca de las montañas.

- ¿Estáis listos?- dije mientras asomaba la cabeza por la puerta del baño donde pude ver a la pequeña de la casa sentada a un lado del lavamanos y a Patch ayudando a Alice a recoger su cabello en una coleta.- Nos están esperando abajo.

- En un segundo bajamos.- contesto él.

Cogí la pequeña maleta y me dirigí al salón, donde Harrison, mi madre y Vee ya estaban esperando.

- ¿Estás segura de querer que se quede en tu casa?- le pregunté a Vee- sabes perfectamente que esos dos juntos son como un terremoto.

-Tranquila, no hay problema. Si no me hacen caso siempre puedo atarles en una silla.- bromeó. En ese momento llegó Patch con las pequeñas y se posicionó a mi lado.- Por cierto, el otro día Scott me dijo que quería hablar con vosotros, no tengo ni idea de qué así que no preguntéis.- advirtió aunque ninguno había dado indicios de querer preguntar.

Iba a responder cuando noté una manita tirando de mis pantalones. Sarah.

- Mamá- protestó reclamando atención. La cogí en brazos y me di cuenta de que íbamos a tener algún que otro problema.

- Princesa, hoy irás a casa de los abuelos y mañana papá y mamá vendremos a recogerte ¿sí?

- No- contestó ella con un hilito de voz negando ligeramente con la cabeza.

Finalmente, y no sin antes oír el llanto de Sarah mostrando su disconformidad por irnos sin ella, conseguimos emprender nuestro pequeño viaje.

(***)

Me desperté desconcertada al notar una mano acariciando mi mejilla. Abrí un poco los ojos y me encontré con su penetrante mirada.

- No recuerdo haberme quedado dormida.- dije aún medio adormilada.

- Estabas muy cansada, esta noche apenas dormiste.- me sonrió.

Me incorporé y Patch me ofreció su mano para ayudarme a bajar.

Cogimos las maletas que habíamos dejando en la parte trasera del coche y entramos en la que sería nuestra casa durante ese fin de semana, que a pesar de ser pequeña era de lo más acogedora.

Tras inspeccionarla y colocar las pocas pertinencias que habíamos llevado nos sentamos en el salón para planear el día.

- ¿Qué quieres hacer?- me preguntó mientras acariciaba levemente mi rodilla.

- Si te digo la verdad, dormir. Cuando estamos en casa no paramos en todo el día. Necesito relax.- contesté con sinceridad- Pero ya que estamos aquí podríamos salir a dar un paseo y ver los alrededores.

- Me parece bien.

Salimos y me percaté de que todo estaba cubierto por una fina capa de nieve, seguramente cuando entramos no me había dado cuenta al estar aún medio dormida.

- Menudo frío hace aquí, me estoy helando.- en acabar la frase y ver la cara de Patch supe lo que estaba pasando por su mente.

- Si quieres volvemos dentro y te hago entrar en calor…- dijo mientras movía las cejas y se acercaba hacia mí.

Quise zafarme de su agarre, pero al hacerlo resbalé y mi trasero dio contra el frío suelo. Patch se acercó con cara de preocupado, pero yo sólo pude reírme por mi torpeza, contagiándolo a él también.

Pronto decidimos volver a entrar debido al frío que hacía.

Una vez dentro me dirigí directamente a la cocina, me moría de hambre.

- ¿A dónde crees que vas?- Patch se interpuso en mi camino barriéndome el paso hacia la cocina- hoy tienes prohibido hacer cualquier cosa que requiera esfuerzo. Rectifico, cualquier cosa que requiera esfuerzo fuera de la cama.- lo miré mal- Bueno a lo que iba, si tienes hambre ya cocino yo, aunque no te aseguro que el resultado sea comestible.

- Pero…- mis palabras fueron silenciadas por sus suaves labios.

(***)

Después de terminar el almuerzo Patch prendió la chimenea y nos sentamos en el largo sofá compartiendo una manta.

Al final la comida estuvo rica, aunque no preparó nada del otro mundo, para mí fue más que suficiente.

Los pequeños detalles eran los que nos mantenían unidos día a día.

Estuvimos toda la tarde acurrucados en el sofá, hablando de temas intranscendentes y compartiendo infinitas muestras de afecto.

- ¡Oye! Para ya de tirar de la manta, me estás dejando sin.- protestó. Y la verdad es que tenía razón, me había apoderado de casi toda.

- No te quejes, podría ser peor. Recuerda cuando Harrison tenía pesadillas y tenías que quedarte a dormir con él. Al día siguiente te levantabas en el borde de la cama y con ningún trocito de sábana encima.- le recordé. Harrison era de lo más tierno, pero al dormir no se estaba quieto. Algunas veces lo habíamos encontrado durmiendo con la cabeza en el lugar que le corresponde a los pies.

- Harrison…- pareció reflexionar- Los niños. Deberíamos llamar a ver si todo está bien, igual que a tu madre y también a Vee.- dijo sin apenas tomar aire.

No me sorprendió su reacción. Aunque hacia las otras personas se mostraba más bien frío y como un chico despreocupado, era el que más sufría en cuanto de su familia se trataba.

- Hey… Respira.- levanté mi cabeza para mirarlo a los ojos y puse mi mano en su mejilla- si algo estuviera mal, seguro que ya nos habrían llamado, pero si tienes que estar más tranquilo antes de dormirnos los llamamos ¿sí?

Asintió y dejó un pequeño beso en mi cabeza.

- Tengo una idea. ¿Por qué no voy a comprar nubes de esas blanditas y las calentamos en el fuego? Cuando era pequeña me encantaban.

- Ya empiezas con tus caprichos…- dijo e hice pucheros para intentar hacerle pena, sabía que era una idea un poco infantil, pero me apetecían- ¿no estarás embarazada, verdad?- soltó de repente.

- ¿Qué? ¡No! Sólo me apetecía, pero da igual.

Al final, después de asegurarle que tendría cuidado al llegar hasta la pequeña tienda que había a unos cinco minutos en coche, me dejó ir.

(***)

- ¡Llegué!- grité mientras colgaba mi abrigo en el perchero ubicado detrás de la puerta.

- ¿Por qué has tardado tanto? Estaba por salir a buscarte.

- Es que el chico de la tienda era muy guapo y… ya sabes.- me fulminó con la mirada y me limité a darle un corto beso- ¡Chocolate! Huele a chocolate…

Se encaminó hacia la cocina y volvió de ella con dos tazas humeantes en cada mano.

Pensé que todo era tan irreal que parecía un sueño, pero de pronto un pellizco disipó mis dudas.

- ¿Qué haces?- pregunté mientras le daba un leve empujón con la mano que tenía libre.

- Decías que esto era un sueño y yo te he demostrado que era real.- mierda. Al parecer no sólo lo había pensado, también lo había dicho en voz alta.

(***)

Estábamos sentados tranquilamente saboreando el chocolate caliente, cuando noté la penetrante mirada de Patch sobre mí.

-¿Qué pasa?- pregunté con incertidumbre.

- Nada. Sólo pensaba.- contestó él sin desviar la vista.

- Y, ¿se puede saber en qué?

- En ti. Como la mayor parte del tiempo.

Inconscientemente acaricié el contorno del anillo que me dio Patch muchos años atrás, cuando terminó la guerra entre los nefilim y los ángeles caídos.

Ese anillo me proporcionaba seguridad y me ayudaba a mantener los pies en el suelo, recordándome que todo puede cambiar en un instante.

También era muy especial para mí porque con él me había hecho el corte en mi marca de nacimiento, del cual salió la sangre que mezclé con la de Patch, consiguiendo así que un ángel caído pudiera sentir.

- Especifica.- le contesté queriendo saber más detalles.

- Creo que es increíble que sigamos juntos.

- ¿Y por qué no íbamos a estarlo?

- No lo sé, sólo que a veces todo parece demasiado bueno para ser real.

No contesté. Me dediqué a meditar sus palabras.

- Ángel.

- ¿Sí?

- ¿De verdad era guapo el chico de la tienda?- eché una carcajada a pesar de que acababa de romper el entorno mágico que se había creado, pero es que podían cambiar muchas cosas, pero sus celos no se iban a desaparecer nunca.

- No. Era realidad me atendió una viejita.- respondí. Él me miró mal, con un poco de rencor por haberle mentido. Cogí sus mejillas entre mis manos e hice que me mirara- Te quiero.- acto seguido sentí como su cuerpo se destensaba.

- Sigues siendo mía.- contestó él con una sonrisa de lado.

- Siempre.