Narra Harrison

Aburrimiento y más aburrimiento.

Mis padres se habían ido hacía unas horas a visitar a los abuelos, al igual que mis hermanas y aquí estaba yo, observando el techo de mi habitación.

Cuando oí el sonido de la puerta cerrarse, una sensación de felicidad me invadió por completo, pero después de haber vaciado la mitad de la nevera, haber escuchado los gritos de la vecina que me gritaba para que bajara el volumen de la música y haber visto una película cualquiera en la televisión, me encontraba sin saber cómo entretenerme.

No podría soportar mucho más sin hacer nada, así que cogí el móvil para llamar a Leah, que al tercer tono contestó.

– ¿Ya me echabas de menos? –preguntó. La verdad es que el día anterior la había "obligado" a pasarlo conmigo, ya que Alice había invitado a la mitad de sus amigos a casa y eso era inaguantable.

Estaba por darle una respuesta cuando oí una voz al otro lado de la línea que no reconocí como suya.

– ¿Con quién estás? –pregunté con un tono de voz más seco del que pretendía.

– Es Kate, hemos quedado para ir a comprar algunos regalos que nos faltan para mañana. Por cierto, James va a venir con nosotras, ¿por qué no te vienes tú también?

Hice un rápido balance de la situación, sacando mentalmente una lista de ventajas y desventajas llegando a la siguiente conclusión:

Ventajas:

· ver a Leah.

· Dejar de parecer medio muerto tumbado en la cama sin nada que hacer.

Desventajas:

· Tener que soportar las tonterías de enamorados de James y Kate.

· Ir de compras. No estaba hecho para eso y menos en esta época del año, donde todas las personas van a los centros comerciales para comprar los regalos de Navidad, como si no hubieran tenido tiempo durante el resto del año.

· Estar rodeado de personas que fingen ser amables solo porque es Navidad. La verdad es que esa época del año me gustaba, básicamente porque no teníamos colegio y porque nos juntábamos todos los de la familia. Pero, por otra parte, la Navidad está llena de hipocresía. Lo que en realidad debería ser una época donde demostrar los valores de cada uno, ahora se basaba en suponer que cuanto más gastaras en tus regalos, más cariño sentías hacia esa persona. Tristemente, se había convertido en una estrategia comercial.

Evalué la pequeña lista, dándome cuenta de que los puntos negativos eran más que los positivos pero aún así, acepté.

– Vale. En media hora estoy en tu casa.

– ¿Quién eres tú y que has hecho con mi Harrison? –Sin darme cuenta una sonrisa estúpida se me dibujó en la cara tras escuchar como acababa de llamarme –el Harrison que yo conozco nunca aceptaría a pasar un día en el centro comercial y menos en estas fechas.

(***)

Nada más llegar, las chicas se despidieron de nostras para irse directamente a buscar las tiendas de ropa, mientras que nosotros nos dirigimos a una de videojuegos.

Pasamos gran parte del día allí, saliendo de una tienda para entrar en otra y así sucesivamente hasta que decidimos sentarnos a tomar unos helados para descansar un poco.

– Son odiosos. –protesta Leah al ver una de las muchas demostraciones de amor entre James y Kate.

– Lo sé. –afirmé mientras dirigía mi mirada hacia ella- ¿quieres un poco? –pregunté acercando mi helado a sus labios, aunque tras recibir una respuesta afirmativa de su parte, el helado de chocolate terminó ensuciando todo su rostro.

– ¿Te he dicho alguna vez que te odio? –refunfuñó mientras que con una servilleta se limpiaba.

– En el fondo me amas, y lo sabes.

– Míralos –oí la voz de James. –Y luego dicen que sólo son amigos.

– Es que eso es lo que somos. –contestó Leah.

– Porqué tu quieres… -murmuré en un susurro que por suerte nadie alcanzó a escuchar.

– ¿Podemos volver a casa? Me duelen los pies y ya he comprado todo lo que necesitaba. Además, creo que le haremos un favor a estos dos. –dijo señalando a la pareja formada por nuestros amigos.

– Por mí, perfecto, pero sabes que la parada de autobús queda un poco lejos de aquí ¿verdad? –Asintió soltando un pequeño bufido –súbete, anda.

Leah me miró sin mucho convencimiento, pero al final se resignó y acabó accediendo, para después subirse a mi espalda.

–Nos vemos mañana. Ah, y sed buenos amigos e invitadnos a los helados por haberos tenido que aguantar todo el día. –nos despedimos haciendo broma y nos fuimos de allí ante las miradas extrañas de algunas de las personas que habían en la pequeña heladería.

(***)

– Vamos. –tiré de la mano de Leah para bajar del autobús.

– Bueno, pues… Nos vemos mañana en clase. –dijo una vez nos encontrábamos en la calle.

– Ni hablar, te vienes a cenar a casa. Ya le he enviado un mensaje a mi madre, no tienes opción.

Me había dicho que sus padres no estarían en casa hasta dentro de dos días, ya que una tía de su madre se había puesto enferma. Nada más decírmelo mandé un mensaje para avisar de que se iba a quedar con nosotros y sabía que no habría ningún problema en ello. Llevamos siendo mejores amigos desde que tengo uso de razón, casi se podría decir que yo puedo recorrer su casa con los ojos cerrados y viceversa. Hemos comido juntos un montón de veces, hasta hemos dormido en una misma cama y recuerdo que mi familia y la suya pasaron un fin de semana en la playa, pero a medida que íbamos creciendo parecía que nos distanciábamos y no quería que eso pasara bajo ningún concepto.

Al llegar a casa nos encontramos a Alice viendo una película de dibujos y a Sarah gateando por la alfombra.

– Ya llegamos –saludé esperando recibir respuesta, pero parecieron ignorarnos. Fui a por la solución más simple y me coloqué frente la televisión.

– Quítate, no veo. –Y ahí está mi hermana, tan amable cuando se lo propone.

– ¿Dónde están papá y… -me callé de golpe al escuchar una pequeña carcajada de Sarah que no auguraba nada bueno. Me giré y la vi con unos rotuladores de Alice dirigiéndose lo más rápido que podía a la pared. Por suerte llegué a tiempo consiguiendo que no pudiera manchar nada, pero su llanto no tardó en empezar.

– Han ido a comprar pizza para cenar, no creo que tarden. –me respondió sin quitar la vista de la pantalla.

Sarah no se calló en un buen rato, más bien dicho, no se calló hasta que la cogió Leah. Mi hipótesis de que ese pequeño monstruo me odia, cada día va cogiendo más fuerza.

Es difícil de creer, pero de los tres hermanos, ella es la que trae más problemas, aunque luego te sonríe y olvidas todo lo que ha hecho con anterioridad. Luego está Alice, que es la más perspicaz y que, bueno, si se lo propone puede dejar la casa patas arriba en menos de diez segundos. Y después estoy yo, que me siempre me han dicho que era un niño muy tranquilo, pero creo que últimamente me están pervirtiendo.

– Haddy. –pronunció la pequeña. Nunca había intentado decir mi nombre completo, supongo que Harrison le parecía demasiado complicado y me puso su propio apodo. Me giré hacia ella viendo como señalaba hacia un rincón de la sala.

Y sí, allí estaba su gran obra de arte. Aunque yo hubiera estado a tiempo de pararla antes de que garabateara en la pared, se ve que Alice no le había prestado demasiada atención el poco rato que las habían dejado solas.

Y, evidentemente, aunque la culpa la tuviera Alice o ellos mismos por haberlas dejado sin vigilancia, como el hermano mayor que era, el castigo me lo iba a llevar yo.