–¡No le tires de las orejas, Sarah! –oí a mi madre gritar mientras me iba acercando al salón, donde ellas se encontraban.

Una sonrisa se instaló en mi cara viendo como mi hermana menor gateaba tan rápido como le era posible tratando de perseguir al pobre animalito que intentaba escapar de su alcance.

Desde hacía poco más de un día, un nuevo individuo convivía con nosotros. Alice había estado pidiendo desde mucho tiempo atrás un cachorrito ya que a Tyler le habían regalado uno por su cumpleaños y ella opinaba que Max, que así es como se llamaba, necesitaría un compañero con el que jugar.

Ya que por parte de mis padres fue un no rotundo desde el primer momento, intentó convencer a mis abuelos que enseguida se vieron entusiasmados con la idea pero que finalmente no consiguieron llevarla a cabo por la misma razón.

Así que como buenos abuelos que consienten a sus nietos, se presentaron a casa con un pequeño conejito que enseguida nos tuvo enamorado a todos. Bueno, mis padres habían seguido tercos con su idea de no querer mascotas, pero aunque no lo admitieran sabía que le acabarían cogiendo cariño.

Me acerqué a Sarah que en ver que me aproximaba dejó de gatear para mirarme fijamente.

–Nejito. –comentó señalando con su pequeño dedo hacia el animal.

–Sí, un conejito. Pero no puedes tirarle de las orejas porque se va a enfadar, ¿vale?

–Shi. –asintió mientras que pareció que le pedía disculpas al conejo con la mirada.

–¿Sabes? Tenemos que buscarle un nombre, así cuando quieras que te haga caso lo podrás llamar.

–Se llama Cookie, ya le puse nombre. –dijo Alice apareciendo en el salón.

–Cookie, ¿como las galletas? Ni hablar. Búscale otro.

Vi por su cara que se había ofendido y que iba a decir algo para defenderse, pero la voz de Sarah no se lo permitió.

–Nada.

–¿Nada? –pregunté confundido.

Hizo una mueca y volvió a repetir lo que había dicho con anterioridad más despacio. En ver que seguía sin comprenderla, su ceño empezó a fruncirse indicando que se estaba enfadando.

–¡Ah, ya sé! –exclamó de pronto mi otra hermana –quiere decir Nala. Ayer por la tarde estuvimos mirando la película del Rey León.

–¿Y eso es interesante por qué…? –suspiré frustrado por no encontrarle sentido a los acontecimientos.

–Eres tonto. ¿No has visto la película? –asentí levemente con la cabeza –pues entonces deberías saber que Nala era la mejor amiga de Simba, la que se acaba casando con él, se convierte en reina y después…

–Vale, vale entendí. Ya veo que tengo que mejorar mi memoria.

–Nada, nada, nada –repetía incansablemente la pequeña de la casa. Me reí porque parecía que nos estuviera diciendo que nadáramos.

–Sí, Sarah. Nala. –afirmó Alice. Al parecer habían llegado a un acuerdo y ese sería su nombre definitivo. Sólo esperaba que estuvieran en lo cierto y fuera un conejo hembra.

Pasamos un rato más observando al animalito corretear por todo el salón hasta que se acercó a Sarah, que seguía sentada en la alfombra, y le empezó a morder sin mucha fuerza sus diminutos zapatos.

Rápidamente me levanté con el fin de cerrarlo en su jaula.

Cuando volví al salón me derrumbé en el sofá al lado de Alice, que por su cara se podía ver claramente que llevaba demasiado tiempo sin hacer nada y que ya empezaba a estar cansada de eso.

–Me aburro, ¿por qué no…? –dejó la frase a medias, por lo que supuse que hubo tenido una idea mejor –¡ya sé! Juguemos a ser mayores. Tú eres una chica que vienes a mi tienda porque quieres que te pinte las uñas. Espera, te traigo todos los pintauñas que tengo para que puedas elegir.

Empecé a maldecir en voz baja cuando de repente oí el sonido del timbre indicando que la persona que estaba esperando ya había llegado.

–¡Alice! –grité para que me oyera –ha llegado Leah. Lo de las uñas no va a poder ser, pero busca a papá, seguro que le encantará jugar contigo a ese juego.

Me encaminé a la puerta, esperando que a Alice no se le pasara por la cabeza decir que había sido idea mía.

Al abrir la puerta, me encontré a Leah que me dirigió una mirada distinta a la habitual.

Como el salón ya estaba ocupado, nos dirigimos directamente a mi habitación donde nos sentamos en mi cama.

Estuvimos hablando un buen rato sobre cosas irrelevantes que en su mayoría trataban sobre apuntes que teníamos incompletos y de la bonita pulsera que le regaló James a Kate.

Cuando íbamos a sacar otro tema de conversación, la voz de mi padre llegó desde las escaleras.

–¡Harrison! Ya casi es la hora de cenar y tu madre necesita un par de cosas que se pueden comprar en la tienda de la esquina. Ella está bañando a Sarah y bueno… yo como que después de pasar por la "tienda" de Alice no estoy muy presentable para poder salir a la calle. ¿Os importaría ir a vosotros?

–¿Por qué no va Alice? La tienda está muy cerca. ¿No está siempre diciendo que ya no es una niña? Pues dejemos que vaya ella.

–No creo que…

–Sí, sí, –reconocí la voz de mi hermana –puedo ir sola. La chica de la tienda ya me conoce de cuando voy allí con mamá. Venga por favor, no tardaré nada e iré con cuidado.

Supuse que mi padre acabó cediendo ya que no siguió insistiendo para que fuéramos nosotros.

–Bueno… -continuó Leah –no quiero que te lo tomes a mal, pero hoy una tal Emma, me ha enviado un mensaje para decirme que sería mejor que me alejara de ti. A lo mejor ha sido una equivocación, pero… –paró de hablar para mirarme –ah, ¿entonces sí la conoces…?

Mi cara seguramente había sido la delatadora de la respuesta.

–Sí, estuve saliendo con ella un par de semanas, pero fue imposible. –comenté sin querer mentirle. Me sorprendió ver como se le formaba una mueca de disgusto en el rostro. Aunque no me gustaría disgustarla, en cierto modo me alegré que se molestara en saber que había intentado algo con otra chica.

–Pero… Nunca me habías hablado de ella. Como tú dijiste una vez, pensaba que entre nosotros no había secretos. –expresó desviando su mirada de la mía.

–Lo sé, eso fue porque… –callé por unos instantes –Bueno, no te lo dije porque no quería que pensaras cosas que no son.

–¿Qué no pensara cosas que no son? –repitió sin comprender.

–Olvídalo.

–Bien, ¿puedo preguntar por qué dices que fue imposible mantener una relación con ella?

–La verdad es que no funcionó porque tú… –interrumpí mis palabras al darme cuenta de lo que acababa de decir. Me dejé caer bocabajo en la cama, tapándome la cara con las manos.

–Continúa.

"No funcionó porque tú ocupabas mi mente, aunque mi novia fuera ella".

Se tumbó a mi lado levantando con suavidad mi brazo, para meterse en el hueco que se había formado.

Giré levemente la cabeza para ver que su rostro y el mío habían quedado a muy poca distancia.

–Por favor, quiero saberlo. –susurró.

Me estaba debatiendo entre si debía contárselo o no, cuando un grito proveniente de abajo hizo que me levantara de inmediato.

Algo no iba bien, lo intuía.

Bajé las escaleras lo más rápido que pude sintiendo que Leah venía detrás de mí del mismo modo.

Al llegar al vestíbulo, divisé a mi madre frente la puerta principal con un papel entre sus dedos. Su cara estaba casi tan blanca como el papel que sostenía y parecía que iba a caerse en cualquier momento.

Por suerte, mi padre llegó pocos segundos después sosteniéndola en cuanto se percató de la situación.

Al sentir el brazo de Leah rozar el mío, reaccioné y recogí la nota que se había escapado de los dedos de mi madre para seguidamente leerla.

"Vuestra bonita hija no ha querido decirme donde se encuentra su gran amiguito Tyler, aunque le haya advertido que si no me lo decía por las buenas, lo haríamos a mi manera. Parece que lo de ser testarudo es algo que lleváis todos en esta familia, que lástima. Si no decide decirme pronto donde vive la familia feliz, tendréis noticias mías.

PD: tranquilos, si es buena chica, no le pasará nada.

-G"