Alice

Tras veinte minutos intentando convencer a mi padre de que podía ir sola a comprar, salí de casa guardándome el dinero en el bolsillo de la chaqueta.

Tuve la sensación de que alguien me estaba siguiendo, pero despejé esos pensamientos rápidamente, pensando que seguramente sería porque nunca había ido sin compañía por la calle y sentía cierta inseguridad.

Al llegar a la tienda y ser recibida por la cálida sonrisa de Amber, la propietaria, me sentí aliviada.

–Alice –saludó y seguidamente rodeó el mostrador para llegar hasta mí. Tras dirigir una mirada rápida a la puerta la volvió a fijar en mí. –¿Vienes sola hoy?

–Sí. Mamá estaba bañando a Sarah, a papá le pinté las uñas y le daba vergüenza que lo vieran y Harrison estaba en su habitación con su novia, así que solo quedaba yo para venir.

–Oh –se sorprendió Amber –¿así que el pequeño Harrison ya tiene novia? Recuerdo cuando era un renacuajo y venía por aquí con tu madre…

Continuó rememorando, pero sinceramente no la escuché. Sabía que había hecho mal en decir que mi hermano tenía novia, pero Harrison me debía algunas y contarle un chisme a la mujer más cotilla del barrio, era una buena forma de vengarme.

Rebusqué en mis bolsillos y me di cuenta de que me había dejado la lista con las cosas que debía comprar.

–Uh… –susurré –me he dejado la lista. –valoré la opción de volver a casa a por ella, pero creí que para que confiaran en mí la próxima vez debía superar la prueba sin ningún error, así que intenté recordar lo que estaba escrito en ella. –creo que necesitábamos arroz, una barra de pan, un paquete de sal y… oh, sí, Nutella.

Estaba segura de que eso último no se encontraba escrito en la lista, pero una vez pagado, ya no habría nada que hacer.

Pagué el dinero correspondiente y me aseguré de que el bote de Nutella estuviera dentro de la bolsa antes de abandonar la tienda.

Me detuve antes de cruzar la calle, mirando hacia los lados para ver si venía algún coche, cuando de repente noté una mano haciendo presión sobre mis labios. Por instinto, la mordí.

Una voz ronca soltó un grito ahogado y me soltó. Quería echar a correr, pero él fue más rápido y me cargó como un saco de papas. Pataleé y grité pero no sirvió de ayuda.

–Estos niños de hoy en día… –comentó el hombre que me tenía agarrada cuando una madre pasó con su hijo por nuestro lado –cielo, cuando lleguemos a casa podrás comerte el helado. –continuó con fingida voz dulce y cariñosa.

Por más que gritara que era un embustero y que pidiera socorro, la poca gente que se encontraba en la zona pensó que estaba haciendo una pataleta y no movió ni un solo dedo para ayudarme.

El tipo, que reconocí como el hombre que había visto en el parque unos días antes, me metió en la parte trasera de un coche gris. Los cristales traseros del vehículo se encontraban recubiertos de tal forma que no podía ver el exterior y las puertas, por las cuales intenté escapar, se encontraban bloqueadas.

El coche se puso en marcha y decidí que debía hablar.

–¿Adónde me llevas?

Esperé, pero solo recibí silencio por su parte.

–Mi padre me encontrará, y cuando lo haga, estarás en grandes problemas.

Sabía que papá iría a buscarme, o por lo menos, confiaba en que lo hiciera.

–Tu padre tiene mucho más de lo que merece. –le oí la voz por primera vez.

–Cállate. Tú no sabes nada. –espeté furiosa.

–Claro que sé. Mucho más que tú, de hecho.

Iba a replicar, pero de repente el auto se paró.

Me sorprendió la corta durada del trayecto, pero lo vi como un factor positivo porque significaba que no estaríamos muy lejos de mi casa. Unos brazos sujetaron los míos y poco después me encontraba de pie frente una casa que parecía común, igual a las demás que se encontraban alrededor. Al entrar y percibir un extraño olor, supe que nadie había estado allí en mucho tiempo.

–Suéltame. Sé caminar sola. –protesté mientras intentaba librarme de su agarre.

Él hizo caso omiso de mis palabras y me continuó empujando a través de la casa hasta que llegamos a una habitación. Observé a mi alrededor y me di cuenta que estaba decorada con cosas que debieron pertenecer a algún niño.

–No te muevas de aquí –dijo mientras me dejaba en el centro de la pequeña cama que hizo un molesto ruido bajo mi poco peso. Seguro que nadie se tumbaba allí desde hacía años. –Ah, y por tu bien será mejor que no grites.

Le lancé una mirada despectiva, pero seguí sus instrucciones.

–Bien. Te preguntarás porque estás aquí ¿no?

–Porque eres un enfermo. No tienes a nadie que te quiera y pretendes hacer daño a gente que no tiene la culpa de eso.

Siempre me habían dicho que debía controlar mi lengua, pero no pude contenerme. Sentía una repugnancia indescriptible hacia aquel tipo. No sabía muchas cosas sobre él, pero el otro día oí a mamá hablando de él con Harrison y supe que era el padre de Scott. Por lo tanto, seguramente me encontraba en su habitación.

–Será mejor que cuides esa boquita si no quieres verme cabreado. A lo que iba, tienes que decirme como puedo encontrar a Tyler y a su madre. ¿Dónde viven?

–¿Por qué iba a contártelo?

No pensaba decirle nada.

Vee siempre había sido como una tía para mí y Tyler, bueno, él era mi mejor amigo desde que tenía uso de razón. El único que no me acaba de gustar, era el padre de Tyler. Siempre se encontraba trabajando, y las pocas veces que lo veía cuando iba a su casa, siempre estaba quejándose por cualquier tontería. Mamá siempre decía que Vee se merecía algo mucho mejor y le había aconsejado muchas veces que pusieran fin a su relación, pero ella le contestaba que debían seguir juntos por Tyler.

–Porque si no lo haces, lo que va a ocurrir no será nada bueno –contestó sacándome de mis pensamientos –Y no querrás que le pase nada a tu amiguito ni a tus hermanos, ¿verdad?

No contesté, la respuesta era obvia. Pero tampoco tenía intenciones de decirle donde podía encontrarlos.

(***)

No sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero a juzgar por la oscuridad que se empezaba a intuir a través de las cortinas que cubrían la ventana, habrían pasado unas dos horas.

Había creído que vendrían a por mí, y lo seguía creyendo, pero por primera vez se me pasó por la cabeza que a lo mejor cuando me encontraran, ya fuera demasiado tarde.

Debía buscar una alternativa.

Miré a mí alrededor y supe que por las ventanas era imposible escapar. Aunque no estaban a mi alcance, si hubiera amontonado las cosas de la habitación, hubiera conseguido llegar hasta ellas, pero el problema es que para llegar a la habitación había subido por unas escaleras, lo que significaba que me encontraba a una distancia considerable del suelo.

Entonces, pensé que podía hacer uso de los poderes mentales, pero no me veía capaz. Harrison solo me había dado dos clases, y en ellas no conseguí avanzar mucho. Él tenía mucha paciencia conmigo, y aunque me decía que era normal que al principio me costara, yo pensaba que nunca podría ser como ellos.

De repente mis pensamientos se vieron disipados por un fuerte golpe proveniente del piso inferior.

Nora

El trayecto hacia la antigua casa de Vee lo hicimos en riguroso silencio.

Por mi cabeza, a pesar de que me esforzara para conseguir lo contrario, solo veía imágenes escalofriantes.

En el fondo de mi corazón, sabía que a Alice no le podía haber pasado nada. O eso es lo que quería creer.

Al final, habíamos decidido no llamar a la policía porque teníamos miedo de que Gavin tomara una decisión precipitada si intuía la presencia de las autoridades.

Patch detuvo el auto enfrente de la casa y bajé rápidamente mientras sentía que él y Harrison hacían lo mismo.

Me paré en medio de la carretera en ver que la puerta se encontraba abierta y presentí que alguna cosa no iba bien.

Patch pasó por mi lado advirtiéndole a Harrison que se quedara conmigo y que esperáramos fuera mientras él se adentraba rápidamente en la casa.

Miré a Harrison y solo con la mirada supe que ninguno de los dos estábamos de acuerdo con esa decisión, así que seguimos sus pasos y entramos tras él.

Nada más cruzar la puerta, vi a un Gavin tirado en el suelo, al parecer, inconsciente.

No me cuestioné lo que le habría pasado, ya que mi único objetivo era encontrar a Alice.

Subimos las escaleras a toda prisa, abriendo todas las puertas que encontrábamos para finalmente dar con la correcta. De ella salían pequeños sollozos que identifiqué como los de Alice. Extrañamente, no parecían sollozos de miedo o dolor, sino de alivio.

Abrí la puerta lo más rápido que pude, pero la imagen que vi allí me hizo trastrabillar hacia atrás.

Pensé que estaba alucinando, pero cuando choqué con el pecho de Harrison me di cuenta de que era la realidad.

Mi hija se encontraba sentada en el regazo de Scott.

De Scott… Parnell.