Si a mí me había pillado por sorpresa la pregunta de Sarah, a Leah aún más. Bajó la mirada para mirar a mi hermana, y al ver que ésta la miraba impaciente para obtener una respuesta, se giró lentamente para mirarme a mí.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, vislumbré un brillo que nunca antes había visto en sus ojos, pero a lo mejor fue producto de mi imaginación ya que bajó la mirada rápidamente.
–Sí –respondió al fin mirándome fijamente de nuevo.
No se puede describir con palabras la sensación que me invadió en ese momento, nunca había sentido nada parecido. Era como si mi interior gritara de felicidad. Pero luego, bajó la vista hasta su regazo para mirar a Sarah y prosiguió:
–llevamos siendo amigos muchísimo tiempo.
Oh, no. No habría sido capaz de decir eso. Toda mi felicidad desapareció en el tiempo que tardó en pronunciar esas palabras.
Si antes había sentido ganas de gritar de felicidad, ahora quería gritar de frustración. ¿Así que eso era todo lo que sentía por mí? ¿Solamente aprecio por todos los años que habíamos pasado juntos?
Quería irme y pensar en lo que acababa de decir, pero entonces recordé algo. Ese brillo en sus ojos no me había transmitido lo mismo que ella con sus palabras. Vi algo más. Y no iba a rendirme hasta descubrir lo que realmente sentía y se empeñaba tanto a esconder.
(***)
Me despertó el móvil vibrando en la mesilla de noche.
No me había dormido hasta pasadas las cuatro de la madrugada por culpa de los pensamientos que rondaban en mi cabeza. Me incorporé soltando alguna que otra maldición mientras me frotaba los ojos e intentaba adaptarme a la poca luz que entraba por la ventana.
Vi que era un mensaje de Leah y puse los ojos en blanco, pero enseguida lo leí.
"Sé que estás enfadado y te mereces una explicación. En mi casa a las once y media. ¿Qué dices?"
Después de que Leah respondiera a la pregunta de mi hermana, nos habíamos quedado un rato más paseando por el centro comercial, pero era evidente que su respuesta no me había hecho ninguna gracia.
Quería hacerme el orgulloso y no contestar, pero el hecho de que quisiera darme una explicación me motivó a responderle.
"Vale. Allí estaré".
Tras ducharme y vestirme, bajé a desayunar.
Para mi sorpresa, ya estaban todos levantados.
–Mamá –la llamé desde la puerta de la cocina –cuando termine de desayunar iré a casa de Leah, ¿vale?
–Claro. Pero te quiero aquí a la hora del almuerzo. Van a venir Vee y Scott a comer.
¿Eh? Eso me dejó confuso. La verdad es que no estaba muy al corriente de cómo iban las cosas entre ellos, pero cuando iba a preguntar un grito procedente del comedor irrumpió en mis pensamientos.
–¡Harrison! Ven antes de que me coma yo tus tortitas.
(***)
Llamé al timbre y pocos segundos después abrieron la puerta.
–¡Harrison! –me dio dos besos como ya tenía por costumbre –pasa, pasa. Leah está arriba esperándote.
La madre de Leah era encantadora, pero desafortunadamente no se podía decir lo mismo de su padre. Por suerte, casi nunca estaba en casa, así que eran pocas las veces que coincidía con él.
Subí las escaleras e hice el camino que casi podría realizar con los ojos cerrados hasta su habitación. La puerta estaba abierta, así que entré directamente.
–Oh. ¡Hola! –se levantó de la silla donde había estado sentada y se acercó a mí.
–Hey.
Vi que su ceño se frunció. Habitualmente la saludaba con alegría y siempre, le daba un beso en la mejilla. Como hoy vio que no tenía la intención de hacerlo, fue ella la que me lo dio.
–¿Hey? ¿Ese va a ser tu saludo?
Me acerqué a ella y besé su mejilla a regañadientes, para acto seguido dejarme caer en su cama boca abajo.
Noté sus manos en mi espalda, y di un brinco por la sorpresa. Pero como era una sorpresa agradable, no me quejé.
Empezó masajeando por encima de la tela, pero no tardó en darse cuenta de que le molestaba y subió la camiseta hasta mi cabeza.
No quería romper el momento de tranquilidad del que estaba disfrutando, pero las dudas me estaban consumiendo y debía sacar el tema.
–Tenemos que hablar.
–Lo sé…–suspiró.
–Bueno, si no vas a decir nada ya empiezo yo. ¿Qué se supone que pasó ayer? En un momento estabas pronunciando una simple palabra que me hizo sentir más feliz de lo que recuerdo en mucho tiempo, y segundos después dijiste una frase que me dejó totalmente descolocado.
No se oía nada salvo mi respiración agitada por soltar todo lo que pensaba rápidamente.
–No sé ni para que he venido, si total no vas a decir nada. –continué con la intención de levantarme.
–Tengo miedo. –susurró con una voz apenas audible.
–¡¿Miedo de qué?! –grité y al instante me arrepentí de ello –¿De que no te trate como mereces? ¿De que si estuviera contigo me iría con otra a la mínima de cambio? Parece que no me conozcas.
–No es eso –continuó, hablando con un tono de voz muy bajo.
–¿Entonces qué es? Necesito saberlo antes de que me vuelva loco.
–¡Estoy asustada de lo que siento por ti! –ahora sí levantó la voz –Y sí, te conozco, y precisamente por eso tengo miedo. Has sido el mejor amigo que pudiera haber deseado, soportándome todos los días, incluso cuando menos lo merecía. Tengo miedo de empezar algo contigo y que cambies. O que por cualquier circunstancia lo nuestro no funcione y te pierda para siempre.
Me quedé sin habla. A pesar de que cada una de las palabras que había dicho se me había quedado grabada, lo que más me sorprendió fue lo primero que dijo.
–Entonces…Eh… ¿Entonces sí sientes algo por mí?
–Desde hace bastante, de hecho. –contestó mientras agachaba la mirada y como acto de nerviosismo se tocaba el labio inferior.
Ahora que sabía que mis sentimientos eran correspondidos, no podía dejar que sus miedos nos impidieran estar juntos. Iba a hacer lo posible para demostrarle que no tenía razones para temer que eso sucediera.
Me incorporé y levanté el mentón de Leah para que me mirara a los ojos y decirle que todo iba a salir bien. Pero en cuanto nuestras miradas se encontraron, sin necesidad de palabras nos transmitimos lo que ambos deseábamos en realidad.
Mis labios salieron en busca de los suyos y no tardaron en encontrarlos.
Mis manos se fueron a su espalda para atraerla más hacia mí y las suyas se enredaron en mi cabello poco después. Sus labios suaves, pero a la vez carnosos encajaban a la perfección con los míos. Debía estar soñando, todo era demasiado perfecto para ser real.
Había imaginado ese momento un montón de veces, pero sin embargo esto estaba superando mis expectativas.
El beso que habíamos empezado con intensidad, se fue ralentizando para acabar transformándose en uno tierno y lento con el que pretendíamos demostrar todos y cada uno de nuestros sentimientos.
Hubiera deseado seguir así toda una vida, pero evidentemente algo tenía que estropear el momento.
Saqué el móvil de mi bolsillo y solté un suspiro de frustración.
–Mierda. Mi madre va a matarme. Llego tarde al almuerzo, después te llamo.
Dejé un casto beso en sus labios y volví a casa lo más rápido que puede.
