Me place anunciarles que sigo viva xD Sé que os he dejado con la intriga muuuucho tiempo, demasiado tal vez, entiendo que me hayais abandonado pero apreciaria si no lo hicierais. Ando de merecidas vacaciones, de echo esta semana que he estado en mi casa me he puesto a escribir para que no me lincheis o si lo haceis lo hagais con gomaespuma :P
No he abandonado A través de los Espejos, nunca lo haría ya que es un fic que adoro escribir. Pero ya tocaba el segundo de este nuevo ¿no? Para los que me habeis pedido un segunda parte de Caramelos de Lujuria, les digo que por ahora no, pero el día que ande aburrida y con algunas copas de más juro que me lo pensaré xD
Muchas gracias a aquellos que dejaron review: Eydren Snape, Ryu (L, mar90, Sayuri Asekura, Eileen Prince Snape, dadezme, Araceli, luthien Snape, dulceysnape, minerva91, fuego14.
Os kiero! Disfruten!
Capitulo 2
El revuelo fue poco a poco formándose entre las vestales. Muchos podrían haber pensado que al ser virgenes o por lo menos al haber prometido voto de castidad, prácticamente huirían de la llegada de un hombre. Y eso es lo que al principio habían hecho, era por eso que Hermione había sido elegida para la tarea de cuidar a su ex-profesor de Pociones. Pero luego, tras pensarlo mejor, un par de vestales se habían ofrecido para ayudarla "con buena caridad". Hermione estaba segura que planeaba algo nada casto.
Una de ellas era Melanie Lestrange, más conocida por todas como Mel, su apellido no dejó indiferente a Hermione cuando ella llegó aquí. Preguntó e investigó llegando a la conclusión que el único modo, al parecer, de salvarse de pasar la vida en Azkaban había sido el de internarse allí. Era mejor y más confortable al menos. El Ministerio lo había aceptado creyendo realmente en la redención de la joven Lestrange. Ella la había conocido un poco allí, no era muy mala persona simplemente revelde. Era inseparable de otra vestal de la misma dudosa reputación llamada Belén Malfoy, más conocida como Belu. Ella era más diferente a Mel, más decidida y mucho más peligrosa, si es que en este convento se podía ser así. Solían fumar y beber a escondidas, se escapaban por la noche y volvían por la mañana. Hermione estaba segura que el voto de castidad era saltado esas noches.
La hora de llegada del preso eran las siete de la tarde, faltaban cinco minutos para ello y el santuario, normalmente tranquilo y sereno era todo un caos. Había muchas que no querían presenciarlo temiendo que aquel preso era el mismísimo diablo, otras solo querían verlo para gritarle, pegarle y escupirle por matar a un mago tan bondadoso como Albus Dumbledore, por el contrario otras como las anteriormente mencionadas, Lestrange y Malfoy, estaban excitadas por ese cambio en sus vidas. Hermione por su parte no sabía como sentirse.
Ella no quería cuidarlo, con mucho gusto se lo daba a Mel y Belu para que hicieran su trabajo, pero por algo la Sacerdotisa había rebajado la oferta de las ya mencionadas vestales exigiendo que de Snape se encargarse Hermione.
De repente un alboroto se formó en la entrada del convento. Al parecer el preso había llegado.
Snape cerró los ojos cuando de repente toda la luz del sol le cayó encima al quitarle aquella bolsa de cuero negro que le habían puesto en la cabeza para evitar que viera el camino de ida hacia su nueva "morada". Él sabía que era el protocolo ya que al volar en escobas el preso podría conocer el camino y dar retroceder en sus pasos para escaparse. Cosa estúpida ya que para algo existía la aparición.
Una vez sus ojos se hubieron acostumbrados se encontró frente a los dos guardias que le habían escoltado hacia su destino. Uno de ellos, joven y de aspecto aniñado había sido alumno suyo en Hogwarts, Samuel Witwicky, era quien le había transportado en su escoba, dejando como vigilante trasero a su compañero, el cual no conocía y debido a su acento alemán, probablemente fuera de Durmstrang. El chico apenas hablaba, todo lo contrario que Witwicky, que se había pasado todo el camino contándole cuan apenado estaba de tener que cumplir con su trabajo y apresarlo de tal manera. El chico sería de los pocos que aún quedaban que confiaban en él.
Él lo podría haber manipulado, podría haber hablado con él para que corriese más que su compañero, lo desatase, le quitase el hechizo antiaparición, y así él podría escapar con facilidad. Pero debía confesar que estaba cansado de huir, llevaba 21 años al mando de dos amos, había estado en dos guerras de las cuales había salido vivo, no ileso, pero vivo al menos. Y aún así, después de que él debería haber muerto en aquella ultima guerra, después de matar a alguien que significaba tanto como su padre, después de eso, lo habían detenido. Y por primera vez podría decirse que Severus Snape estaba harto de ser él mismo, de luchar. Su vida no tenía sentido ahora.
¿Qué iba a hacer si se escapaba? ¿Vivir en otro país, huyendo de un lado a otro? ¿Y si lo perdonaban? Todo sería igual, o incluso peor, Severus no estaba hecho para la vida tranquila, nunca lo había estado. No tenía mujer, hijos ni nadie por quien luchar para estar fuera, nadie lo iba a recibir con los brazos abiertos. Esa gente...¿gente? Más bien esa persona hacía tiempo que estaba muerta. Asesinada por él mismo.
No, no había razón por la cual luchar. Viviría la vida que le había tocado vivir de forma pasiva ¿Tocaba ahora en un santuario? Bien, al menos las vestales le alegrarían la vista.
Las dos escobas habían aparcado delante del foso rodeaba completamente todo el santuario, dejandolo completamente incomunicado e inaccesible, para visitantes y para las vestales que intentasen escapar. De repente la oxidada maquinaria que movía el puente levadizo comenzó a moverse dejando caer poco a poco la pesada puerta de hierro y madera. Una nube de polvo envolvió a los visitantes temporales cuando finalmente ésta toco tierra firme. Se escuchó una tos discreta en aquel silencio que se había formado de repente y tras ésto el ruido de unos tacones caminando.
La sacerdotisa se acercó a los tres hombres, mas su mirada estaba clava en aquel hombre con ese aura tan oscura que lo envolvía. Su preso. Nunca habia tenido un reo, los calabozos nunca habían sido utilizados más que para guardar animales y otras bestias que llegaban al santuario perdidas o heridas, se las curaba, se las orientaban y eran soltadas de nuevo a su libertad. Pero nunca un humano, y menos un hombre. Ella suspiró, no le agradaba mucho la idea de alojar a un hombre en sus tierras, pero era cosa del Ministerio. Ella no podía hacer nada.
"Buenos dias, oficiales" dijo ella con un tono recto y frio, para Hermione, Helena Sherrinford era una copia joven y hermosa de McGonagall. Ambas eran altas y con el pelo recogido en un roete, sus labios se volvía una fina linea si escuchaba algo que le molestaba, sus ceños se fruncía de forma constante, sus reglas debían ser acatadas sin rechistar y se escandalizaban bastante con cualquier muestra de afecto.
"Buenos dias, Sacerdotisa Helena, le traemos el preso que le ha sido adjudicado" dijo un oficial con rostro aniñado que, según parecía poner en la identificación, su nombre era Samuel Witwicky. El otro guardia permanecía callado y apuntando con la varita al preso, tenía un rostro cuadrado, un pelo rubio y ojos azules y fríos, que le hizo suponer que se trataba de un extranjero. Aunque no lo sería en estas tierras donde los pelos rubios y los ojos de ese color azul abundaban.
"Su nombre es Severus Snape, un preso de grado tres" continuó Samuel, Helena recordó aquel grado, solo utilizado para los presos que faltaban por juzgar en casos de asesinato. "Aqui tiene la información que necesita" dijo el joven oficial entregandole una carpeta repleta de papeles, probablemente, donde se explicaba de forma más detallada las precauciones que debía tener con aquel hombre. Ella la tomó y esperó a que Samuel siguiese hablando "En principio su estancia está pautada para dos meses, pero puede acortarse o alargarse, será informada si algo así pasa"
"De acuerdo" dijo ella, simple y casta, mujeres como ella odiaban hablar demasiado con hombres, había sido criada como una Sacerdotisa, rodeada de mujeres que despotricaban sobre los hombres. Había aprendido a desconfiar de ellos y a no temerles.
"Bien, entonces es todo suyo, muchas gracias por ayudar al Ministerio" dijo de forma educada Samuel, Helena hizo una mueca de disgusto y tomó la cadena de hierro que le tendió el oficial. La cadena pesaba y la magia fluia por ella hasta llegar a las muñecas del preso asi como a sus tobillos, estaba especialmente diseñada para evitar que éste hiciese magia y poder huir facilmente. Ella por instinto tiró de la cadena que hizo al preso dar un paso obligado hacia delante, ganandose un gruñido por su parte.
"Sigame, Sr Snape" dijo antes de girarse y comenzar a caminar hacia dentro.
"Hasta pronto, profesor" se escuchó la voz del joven Witwicky antes de que ambos policías partiesen.
Un ruido metalico y estruendoso se escuchó cuando la puerta se cerró mientras los pasos de la sacerdotisa se alejaban de él. Los bordes de dicha puerta brillaron dejandole claro que la magia, como en Azkaban, lo rodeaba, y por la forma que habían brillado se podía decir que era lo bastante poderosa, hechizos potentes y antiguos que incluso solo fueran conocidos por la sacerdotisa y escasas vestales.
Justo cuando dejaron de escucharse pasos y el silencio lo invadió, los grilletes que se ajustaban a sus muñecas y sus tobillos, desaparecieron. Como en tantas peliculas muggles, no pudo evitar tocarse la piel casi en carne viva que había quedado por la rozadura continua de las cadenas. Esperaba que lo curasen y no lo dejasen morir de alguna infección.
Miró la celda con gran detenimiento. Estaba bastante limpia en comparación con las otras celdas que había frente a él y sobretodo en comparación con la celda que había ocupado en Azkaban. Era grande, en una de las paredes habia una cama con un colchón que parecía confortable, ninguna tabla de madera como en la prisión, estaba cubierta por una tela blanca impoluta. En la otra pared había un espejo donde debajo había un lavamanos.
Severus caminó hacia allí y abrió el grifo, de donde comenzó a salir el liquido transparente que tanto le había hecho falta en Azkaban. Acercó sus manos, uniendolas y cogiendo un poco de agua para echarsela en el rostro, aquel lavamanos blanco se llenó al instante de toda la suciedad que cubría su rostro. Las gotas de agua sucia y gris corrían de su barba sin afeitar. Estuvo un tiempo hasta que su rostro estuvo más o menos limpio. Se miró al espejo por primera vez en un largo tiempo y una mueca de disgusto se formó en él, nunca le había gustado tener barba. Su mano se desvió hacia donde se suponía que debía haber una toalla colgada pero solo estaba la barra metálica vacía.
De repente nuevos pasos comezaron a escucharse camino hacia su celda. No pudo evitar caminar hacia los barrotes e intentar ver quien era. Y nada más verlo su boca se entreabrió cual pescado. Definitivamente era una mujer, una hermosa vestal se acercaba hacia su celda caminando con un movimiento de caderas que parecía hasta rítmico. La tunica blanca impoluta se ajustaba a aquellas curvas y se deslizaba arriba y abajo como la seda por su piel. Llevaba capucha, blanca también, que le impedía ver su rostro salvo algunos mechones rizados que se habían escapado con el movimiento. Severus tragó fuerte y rezó porque ella fuese la encargada de él. Era perfecta, tal y como le gustaban las mujeres, no muy delgadas.
Cada vez estaba más cerca y a cada paso que daba se sentía más y más nervioso. Si todos los dias le visitase aquella celda se convertiría en su lugar favorito. No haría nada, claro está, con una vestal lo ultimo que podía tener sería sexo, pero al menos se alegraba la vista por unos minutos.
Severus se apartó un poco de los barrotes cuando aquella fantastica mujer vestida de blanco cual angel recien caido del cielo, se paró frente a su celda. No pudo evitar comersela con la mirada detectando así que llevaba algunas cosas en sus manos. Un par de toallas, cuchilla de afeitar y papel higienico. Quizás si que ella fuese la encargada de él y los dioses hubiesen oido sus oraciones por primera vez.
Su expectación fu a más cuando la misteriosa vestal comenzó a bajarse la capucha y así el pudiera ver su rostro. No supo si fue ella o su mente quien pareció ralentizar el momento de verla completa. Lo primero que pudo ver fue su el color palido de su barbilla, blanco como la perla, nada enfermizo al contrario que su tono. Después de aquella muestra de su piel sus labios rojos como las fresas, humedos e hidratados que llamaban a probarlos, fue lo que siguió, para después continuar con aquella nariz respingona y esos ojos color avellana que parecían ventanas a su alma, tan expresivos que ni la legeremancia hacia falta en estos casos.
La capucha cayó sobre sus hombros y su espalda en un movimiento suave de la tela. Ella lo miraba como esperando algo y no fue hasta pasado unos segundo que él no se dio cuenta de con quien habia estado fantaseando.
¡Hermione Granger!
Su seguridad habia alcanzado su punto máximo cuando ella habia estado a escasos centimetros de él, incluso al principio cuando el la observaba de forma extraña ella había estado segura de si misma. Pero fue cuando él abrió sus ojos como platos, claro signo de que la habia reconocido, cuando se sintió volver a aquellos años de escuela en los que ella se encogía queriendo desaparecer ante su mirada ceñuda. Mirada que, después de recuperarse del asombro, estaba enyesada en su rostro desaliñado.
"Señor Snape le traigo sus cosas" le informó con una voz más inestable de lo que pensaba "Soy la encargada durante su estancia así que todo lo que necesite pidalo y puede que se lo concedamos" siguió ella ante su antenta mirada, no pudo evitar notar como él rodaba los ojos ante la frase 'puede que se lo consigamos' seguro que pensaba que nunca le darían nada de lo que él pedia. "Apartese un poco de la verja"
Éste sin preguntar dio un par de pasos más hacia atrás, Hermione levantó la varita y, tras murmurar algo incomprensible, la puerta se abrió. Snape estuvo a punto de decir algo para burlarse de la seguridad cuando de repente, y sin previo aviso, unos grilletes dorados se abrazaron a sus tobillos y muñecas y una fuerza invisible lo empujó hacia la pared donde quedó sujeto por cuatro cadenas. Una en cada extremidad. Severus de forma inutil luchó contra sus sujeciones.
"No luche, solo se quitarán cuando usted esté de nuevo solo en su celda o cuando yo lo permita" dijo ella mientras caminaba hacia el lavabo y colgaba las toallas en su sitio. Pudo ver que lo había usado, probablemente para asearse un poco después de tanto tiempo en Azkaban, donde corrían los rumores de que los presos no podían lavarse muy a menudo. Por su aspecto desaliñado, esa barba de más de tres días, su ropa sucia y roída y un olorcillo desagradable que parecía captar, le decía que esos rumores eran ciertos.
Ella dejó la cuchilla por ahora en el lavabo soltando en la cama una túnica grisácea. Helena en un principio le habia dado una tunica blanca e impoluta, de talla mayor que las suyas, pero ella se había negado. Tal y como conocía al Profesor estaba segura que se preferiría quedarse con su ropa roída antes que ponerse una tunica blanca. Atendiento a sus exigencias La Sacerdotisa había cambiado el color de dicha tunica.
"Ahora le soltaré para poder asearle, no trate de tocarme ya que mi tunica me protegerá ante usted" volvió a decir ella una vez hubo colocado todo. Aquello era casi cierto, la tunica la protegería de él y de cualquier hombre. Era la magia que permitía que en un caso de extrema necesidad las vestales siguiesen cumpliendo su promesa de castidad. Lo que ella no llegaba a comprender era como Malfoy y Lestrange presumían de no cumplir el voto de castidad.
"De acuerdo" se escuchó una voz raspada a su espalda, ella se volteó y lo miró confusa ¿dónde había ido aquella voz sedosa y profunda? Pero, afortunadamente, antes de hacer la pregunta, se dio cuenta de la venda sucia que rodeaba su cuello y que ocultaba la marca del mordisco de Nagini y que, al parecer, debía haber afectado a sus cuerdas vocales ¿para siempre? ¿O es que nadie se había molestado en darle tratamiento?
Hermione se guardó aquellos pensamientos para más tarde cuando desvelase el estado de la herida. Con un movimiento de su varita, las cadenas se soltaron de las manos y pies de Snape, dejandolo con libertad de movimiento, pero éste no se movió.
"Bien ¿podría desvestirse?"
