Capítulo II: lo malo de ir de compras al callejón Diagon antes del comienzo de curso es que allí está todo el mundo; y debido a eso puedes tener encuentros indeseados, cuando no directamente indeseables.

CAPÍTULO II: ENCUENTROS EN EL CALLEJÓN DIAGON

-Prissy cree que la joven señorita está mucho más guapa con este vestido. La joven señorita tiene un montón de ropa bonita cogiendo moho en los armarios y sin embargo se empeña en ir vestida con esas cosas todo el rato, como si siempre estuviera trabajando con los animalitos.

Al decir "esas cosas" Prissy había mirado con inequívoco disgusto hacia la cama de Maeve, donde ahora yacían el pantalón y la camiseta que había accedido a cambiarse. Lo cierto es que era un vestido bonito aunque fuera de mercadillo, largo y ligero, con un discreto estampado floral en tonos azules y un recatado escote del que ni siquiera Minerva tendría algo negativo que decir. Y también era cierto que le quedaba bastante bien. Maeve contempló su reflejo sin poder creerse que hubiera cedido a las quejumbrosas presiones de la elfina para que se "pusiera guapa". Cada vez tenía menos claro quién mandaba allí.

-No voy a ponerme esos incómodos botines de tacón para ir al callejón Diagon -protestó cuando la elfina empezó a lanzar otra ofensiva, esta vez a cuenta del calzado- Por Dios, sólo son unas estúpidas compras.

-Prissy no lo cree así. Prissy cree que la joven señorita va a dejarse ver en el callejón Diagon con la profesora Sprout y el señor Hagrid y entonces todo el mundo se imaginará que la joven señorita pertenece a Hogwarts. Prissy cree que un profesor de Hogwarts no puede ir a Londres vestido como para bajar a la cuadra. Prissy cree que la joven señorita debe dar una buena imagen del colegio...

Y la joven señorita cree que Prissy, definitivamente, se le ha subido a la chepa, se dijo Maeve con un suspiro, aunque no tan molesta como debería. Prissy le recordaba tanto en algunos aspectos a la tía Frances que dejarse mangonear por ella de vez en cuando era como recuperar parte de la infancia. Además, qué demonios. Tiene razón. Me veo guapa y tampoco está tan lejos de mi estilo. Es sencillo. No es como si fuese hecha "una dama" ni mucho menos...

-Y Prissy también cree que la joven señorita debería intentar peinarse apropiadamente. Si la joven señorita dejara que Prissy...

-Eh, eh, eh -la cortó Maeve, volviéndose hacia la elfina y apuntándola con su dedo índice- Alto ahí, chica. Estás a punto de pasarte de la raya. Hemos quedado que mi pelo NO SE TOCA y eso no es ni será nunca negociable. ¿De acuerdo? Y nada de intentar golpearte por esto, o me enfadaré de veras.

Prissy asintió con aire compungido, aunque Maeve tuvo la certeza de que no sería la última vez que los criterios estilísticos de la elfina en materia capilar chocaran contra la intolerancia de ella a que su pelo fuera tocado por manos ajenas. Con la excepción de ciertas manos, claro. De un único par de manos en todo el mundo. Un par de pálidas, delgadas, elegantes manos de largos dedos cuyo tacto siempre era sorprendentemente frío en comparación con la tibieza del resto de la piel de su dueño. Reconoce que no te importaba que esas manos te deshicieran la trenza y se hundieran entre tus rizos cuando te sujetaba la cabeza mientras tú...

Prissy dio un grito y un respingo cuando Maeve, sin mediar palabra, se golpeó violentamente en la frente con el talón de la mano.

-¿Está bien la joven señorita? -preguntó alarmada, mientras Maeve movía la cabeza de un lado a otro como un perro que se sacudiera el agua.

Había quedado con Severus en que iban a recuperar su vieja amistad. Tenía dentro de sí suficiente madurez como para adaptarse a este nuevo estado de las cosas y verlo como su amigo y sólo como su amigo, dijera lo que dijera la idiota de Tess. E iba a demostrarlo. Aunque para ello tuviera que matarse de hipotermia a base de duchas heladas o partirse la crisma espantando por las bravas todos los abundantes y recurrentes pensamientos demasiado amistosos que se le pasaban por la mente. Solo porque la jodida rubia haya tenido dos millones de novios no significa que tenga que tener siempre la razón en cuestiones amorosas. Esta vez no la tiene. No consentiré que la tenga. Como que me llamo Maeve Murphy que no.

-Me pareció notar un mosquito -explicó con sequedad, mientras se calzaba sus sandalias de cuero.

Un rato después, Prissy observó con curiosidad, preocupación y cierta suspicacia a su ama predilecta mientras ésta abandonaba sus habitaciones. Estaba segura de que, gracias a su celo profesional, esas dependencias estaban libres por completo de mosquitos. Y también de que nunca, en toda su vida, había oído de un amo que se autocastigara en presencia de su elfo doméstico.

Desde que le había dado por coleccionar fósiles, a la joven señorita se veía bastante más feliz pero mucho, muchísimo más rara.


Cuando Maeve entró en la Sala de Personal pertrechada con un bolso de cuero en bandolera, un chal por si refrescaba -a insistencia de Prissy- y la lista de cosas que tenía que comprar, Hagrid y Pomona Sprout ya la estaban esperando hacía rato, impacientes.

-Ya era hora, querida -la reprendió la profesora de Herbología- Tenemos que darnos prisa si no queremos tener que aguantar luego todas las colas. A estas alturas de Agosto, Diagon estará lleno de chicos equipándose para el nuevo curso.

-Lo siento -se disculpó una azorada Maeve- Estaba discutiendo con Prissy. Tiene ese maldito empeño en que me ponga zapatos de tacón y...

-¿Discutiendo con Prissy?

Las caras de Pomona y Hagrid reflejaban una perplejidad absoluta. Maeve se encogió de hombros como diciendo "sí, ¿qué pasa?"

-¿Discutes con una elfina, niña? -preguntó Hagrid con asombro.

-Sí -replicó Maeve- Constantemente, de hecho.

-Pero, querida, nadie discute con los elfos domésticos. Nadie -insistió Pomona, igual de asombrada

-Eso es porque nadie se las tiene que ver con uno como Prissy, os lo puedo asegurar -Maeve resopló y miró su reloj de pulsera. En efecto, era bastante más tarde de lo que habían planeado- ¿Vamos, entonces?

Sus compañeros aún tardaron unos segundos en salir de su estupor, digiriendo como estaban la información de que un elfo doméstico le discutiera las cosas a su presunto amo.

-Hemos decidido que tomaremos el Flu hasta la chimenea de Flourish y Blotts y empezaremos por allí -dijo Pomona- Encontrar los libros que queremos nos llevará un buen rato y...

-Pero pensaba que iríamos a por los libros en último lugar, después de comer -objetó Maeve.

-Ya, querida, pero aquello va a estar impracticable a partir de mediodía -suspiró la profesora de Herbología con fastidio- He leído en la edición matinal de El Profeta que Gilderoy Lockhart estará firmando ejemplares de su último libro a partir de las 12:30.

-¿Quién?

De nuevo se les desorbitaron los ojos al mirarla, como si le hubiera crecido otro par de brazos o se hubiera vuelto de color añil. Maeve resopló, irritada.

-Se os olvida que he estado nueve años sin tener contacto con el mundo mágico, ¿verdad? No tengo por qué saber quién es ese Gil Loquesea...

-Es un escritor famosísimo, niña -le explicó Hagrid- Todo el mundo lo conoce. Todo el mundo en nuestro mundo, al menos. Lo entrevistan en la radio, sale en las revistas...

-De hecho, esa mamarrachada de Corazón de Bruja lo saca en portada cada dos por tres en plan "Hombre más guapo del Año" y tonterías similares -añadió Pomona sin ocultar su disgusto. Su opinión acerca de la prensa rosa mágica era de sobras conocida por todos; especialmente por Bathsheba Babbling, la profesora de Runas Antiguas, suscriptora de dicha publicación y blanco frecuente de comentarios ácidos a causa de ello- Es toda una celebridad. Por lo visto hay millares de idiotas ociosas que suspiran por él, Circe sabrá por qué. Así que lo mejor que podemos hacer es terminar pronto con los libros y evitar la aglomeración de seguidoras de Lockhart. Después de Flourish y Blotts ya podremos separarnos...

-Siempre que tú vayas con uno de nosotros, niña -puntualizó Hagrid, mirando a Maeve con aire severo.

La joven soltó uno de sus característicos bufidos de exasperación.

-No es necesario que me lo estéis recordando cada dos minutos. Para eso ya tengo a Minerva -refunfuñó.

De acuerdo con el plan de escolta permanente urdido por la subdirectora, Maeve viajó en segundo lugar, entre Pomona y Hagrid. Acostumbrada sólo a trayectos cortos como el que separaba sus habitaciones del despacho de Dumbledore, el viaje hasta el callejón Diagon se le antojó eterno y estuvo a punto de hacerle vomitar el desayuno. Salió bruscamente de la chimenea de Flourish y Blotts tambaleándose y blasfemando de una manera que hizo ruborizarse a Pomona. A Pomona y al resto de clientes que se encontraban en el radio de alcance de la poderosa voz de la joven.

-Vamos, vamos, querida -protestó la profesora de Herbología mientras la ayudaba a sacudirse los restos de polvos Flu del vestido y miraba con cara de disculpa a un dependiente- Vaya lenguaje... ¡Oh, cuidado, aquí viene Hagrid! -exclamó, tirando de ella justo a tiempo de que el guardabosques no se la llevara por delante al salir de la chimenea.

-No hay como un buen meneo en el Flu para espabilarse, ¿eh, niña? -dijo Hagrid, y le propinó a la todavía mareada Maeve tal palmetazo en la espalda que casi la hizo dar de bruces en el suelo- Venga, empecemos cuanto antes. Veo que ya hay mucha gente por aquí.

Pomona desapareció en la sección de Botánica dejando que Hagrid acompañase a Maeve a la de Zoología y Veterinaria. De camino hacia allí pasaron por delante de una cola compuesta casi en su totalidad por brujas de mediana edad arregladas con un esmero excesivo para estar sólo comprando libros. Maeve las miró con curiosidad.

-¿Crees que estarán aquí por lo de la firma de libros? -le susurró a Hagrid- Pero si aún no son las 10:30...

Se le escapó una risilla al ver cómo una de las mujeres que hacían cola sacaba un espejito de su bolso para retocarse los labios con la varita. Hagrid señaló hacia una de las paredes.

-Me parece que sí, mira, ese es...

Maeve siguió con los ojos la dirección indicada por la mano de Hagrid hasta dar con una mesa preparada en un lugar de honor con varios tinteros y plumas y flanqueada por media docena de posters gigantes, todos ellos mostrando la cara de un mago guapo y relativamente joven -en torno a los cuarenta años- acicalado hasta el exceso y cuya estúpida y artificial expresión de conquistador anulaba por completo todos sus atractivos. Maeve sintió que se le desencajaba la mandíbula.

-¿Ése? ¿Ése es el icono sexual de "Corazón de Bruja"? Pero... pero...

Su exclamación y sus carcajadas habían atraído las miradas de las mujeres de la cola. Miradas no precisamente cordiales, por cierto.

-La mayor parte de las brujas lo encuentran... atractivo -le explicó Hagrid, con el aire del que comenta algo muy lamentable y vergonzoso.

-¡No me jodas! -Maeve no daba crédito a lo que veía y oía. El rostro de las fotos mágicas guiñaba cíclicamente uno de sus ojos azules, mostrando al sonreír unos dientes tan perfectamente alineados que parecían estar en formación militar- ¿Te has fijado en esos bucles de efebo ateniense? Madre mía, y.... ¡Dios, estoy por jurar que también lleva rizadas las pestañas! -Hagrid coreó sus risas esta vez, y las miradas de las brujas de la cola se hicieron un poco más hostiles. Advirtiéndolo, Maeve bajó un poco la voz mientras tiraba de su compañero hacia la sección de Zoología- Es decir, no tengo nada en contra de los hombres que se pintan los ojos... Adoro a Robert Smith... Pero eso... ¡La virgen, menuda pinta de memo! ¿Y qué demonios escribe? ¿Novelas románticas?

-Nada de eso. No te lo vas a creer, pero por lo visto es una especie de héroe. Se dedica a ir deshechizando pueblos hechizados y enfrentándose a monstruos temibles...

Maeve, boquiabierta, buscó en el rostro de Hagrid señales de que estuviera bromeando y al no encontrarlas parpadeó con estupor. Su amigo tenía razón: no se lo creía.

-¿Que ese figurín se enfrenta a monstruos temibles? ¿Y qué hace? ¿Pegarles con las tenacillas del pelo?

Las miradas de indignación que replicaron a su nuevo estallido de risas convencieron a Maeve y Hagrid de que era mejor alejarse definitivamente de aquella zona. Sumergidos entre libros que hablaban de su amada especialidad, ambos se olvidaron pronto de Lockhart y sus fans. Maeve encontró en las altas y atestadas estanterías de la sección todas las actualizaciones que buscaba acerca de Ornitología Tropical, Enfermedades Anfibias Raras y Costumbres Alimentarias de la Fauna Monzónica. Además decidió regalarse un libro de fotografías de seres submarinos y un precioso volúmen ilustrado sobre la influencia de los kelpies en el folklore británico. Cuando se reunieron con Pomona junto a la caja registradora media hora después, la cola llegaba ya hasta la puerta.

Después se separaron. Hagrid debía acercarse al callejón Knockturn, donde había una pequeña tienda con una horrenda reputación de comerciar con venenos ilegales que sin embargo vendía el mejor repelente del mundo para babosas carnívoras. Maeve, a quien sus colegas no le permitirían poner un pie en ese callejón ni aunque le fuera la vida en ello, tuvo que seguir a Pomona hasta El Emporio del Jardinero. La Herbología no debía de ser la asignatura relajante y tranquila que en general se creía, a juzgar por las necesidades de material de su profesora titular debidas a "incidentes y destrozos" durante el curso pasado. Pomona encargó seis docenas de macetas en distintos tamaños, fertilizante especial para mandrágoras a base de excrementos de dragón, guantes aislantes para recoger las esporas del helecho de fuego y una larga serie de herramientas de aspecto inquietante que parecían más propias de una carnicería que de un invernadero. Maeve no quiso preguntar para qué servían. Ciertos aspectos de la Herbología mágica era mejor no conocerlos a poco sensible que fuera uno.

De ahí se fueron a El viejo y el mar (todo para el buen pescador desde 1753). Maeve y Hagrid necesitaban de vez en cuando trasvasar las criaturas acuáticas a una piscina para limpiar sus tanques y a lo largo del curso anterior no habían conseguido dar con una red a prueba de grindylows. De hecho, habían destrozado tantas que Minerva les había amonestado con severidad por poco cuidadosos, provocando que Maeve se pasara una semana entera de mal humor.

-¿Y no tienen nada en adamantium? -bromeó con el vendedor mientras trataba de decidirse entre seis tipos de red de plata reforzada con hechizos anti-rotura.

Para su sorpresa el dependiente, un mago anciano y larguirucho con la piel curtida por el sol, se puso a consultar en su libro de inventarios.

-En este momento no, pero podríamos encargarlo a Japón si está interesada -replicó el mago, totalmente serio. A Maeve casi se le cayeron las redes de la mano- ¿Verdadero o secundario?

-¿Perdone? -preguntó Maeve, todavía atónita, con un hilo de voz.

-El secundario cumpliría la función para la que usted lo necesita, pero si quiere una red que le dure toda la vida y pueda pasar a sus descendientes, entonces su material es el adamantium verdadero. El presupuesto se le dispararía un poco, eso sí. ¿Cómo es que ha oído hablar del adamantium, señorita? No es un material demasiado conocido, a pesar de sus muchas ventajas...

Maeve parpadeó varias veces y tuvo ganas de pellizcarse para asegurarse de que no estaba soñando.

-Lo he... leído... por ahí -explicó.

Mientras se dirigían a otra tienda, Maeve no pudo explicarle a Pomona por qué le parecía tan surrealista ir a estar en posesión de varias redes de adamantium, ni tampoco hacerle entender que el tal Lobezno no era exactamente un licántropo.

La siguiente estación del recorrido era Audiovisuales Emerson e hijos. Tras una tensa conversación con Minerva a su vuelta a Hogwarts (conversación llena de carraspeos y miradas escandalizadas por parte de la subdirectora) Maeve había conseguido autorización para intentar con los demiguises la técnica de la proyección de documentales. Las cintas ya habían sido solicitadas a Berlín. El problema era que, dada la tendencia de las criaturas a hacerse invisibles durante la cópula, se los tenía que filmar con un celuloide de emulsión reveladora especial que requería equipos de proyección específicos. Costó un buen rato que el anciano señor Emerson padre entendiera para qué quería Maeve el proyector y la pantalla especiales. Y un buen rato más conseguir sacarlo del estado de shock en que había entrado al oír las palabras "apareamientos filmados".

-¿Por qué tenéis que tomaros cualquier referencia a algo vagamente sexual como si fuera una barbaridad? -protestó Maeve al salir de la tienda- Sois incluso peores que las monjas.

-Bueno, no puedes ir hablando de apareamientos así como así y pretender que a la gente le parezca bien -replicó Pomona, todavía sofocada por el bochorno que habían pasado.

-¡Apareamientos de animales! ¡No es erotismo ! Es simple fisiología, es... ¡Es ciencia!

-El mundo mágico no está muy familiarizado con esos aspectos de la... ciencia. Somos un poco chapados a la antigua y eso es algo que deberías respetar -afirmó Pomona.

-¿Un poco? Los bajorrelieves de la Puerta de Ishtar son modernos al lado vuestro -gruñó Maeve.

Habían acordado reunirse con Hagrid en El Caldero Chorreante para comer. El pub estaba más concurrido aún que de costumbre, pero pudieron distinguir al semigigante saludándolas desde la mesa que había conseguido en el rincón más tranquilo. Tuvieron que atravesar el local abriéndose paso a codazos para llegar hasta él.

-¿Buenas compras? -les preguntó Hagrid, con una gran sonrisa- Yo ya encontré todo lo que buscaba. Incluso algo que no buscaba. ¿Podéis creeros a quién tuve que sacar del callejón Knockturn? A Harry Potter.

-¡Merlín! -exclamó Pomona, volviendo a sofocarse.

-Por lo visto era su primera vez con el Flu y se pasó de parada. Lo vi cerca de esa tienda horrible de Borgin y Burkes. Este muchacho... -Hagrid meneó la cabeza con aire preocupado- Podría haberse metido en un lío muy gordo. La gentuza que frecuenta ese lugar es de todo menos recomendable.

-Desde luego, parece que Harry tuviera imán para los problemas. Espero que este año se esté más tranquilito que el anterior, porque sinceramente no se si podré resistir más sobresaltos -le dijo Pomona a Maeve, sacudiéndose por un escalofrío- Me ha costado todo el verano a valerianas dejar de estar nerviosa por lo que ocurrió a final de curso. Y eso que no tuve que sufrir ni la mitad que tú, querida -añadió, apretando con afecto la mano de su joven compañera- ¿Seguro que ya te sientes bien del todo? Estamos tan sorprendidos de tu fortaleza...

Maeve asintió, un poco incómoda por tener que mentir. En realidad no se sentía bien del todo ni mucho menos. Estaba durmiendo de pena. Tenía pesadillas recurrentes con Quirrell, en las que sentía sus golpes con tanta vividez que al despertar no podía evitar examinarse el cuerpo en busca de marcas. Volvía a verle, a oírle -puede que él me deje algún pedazo de ti con el que pueda jugar- , a revolverse de asco con la cercanía de su presencia enferma que ahora, sabiendo quién había estado dentro de él alentando sus actos, era mil veces más repulsiva. Tras cualquiera de esas pesadillas la ansiedad y el miedo envolvían su cuerpo como un frío sudario. Sólo empezaba a relajarse al pensar en Severus y en el momento providencial en que había aparecido para ayudarla.

Y entonces sí que no podía volver a dormir, porque empezaban los pensamientos inapropiados y turbadores y tenía que pasarse el resto de la noche espantándolos.

Tenía sonrojantes, humillantes, deliciosas fantasías sobre ese suceso. Fantasías en las que no existía el dolor de los golpes recibidos ni el olor a vómito y sangre ni el brazo roto ni la desesperación de sentir la muerte cerca. Fantasías en las que lo único que sentía era la solidez del cuerpo de Severus contra el suyo en medio de aquel pasillo, su mirada intensa, la vehemencia de su voz al decirle que no permitiría que le ocurriese nada aunque para ello tuviera que imponerse por la fuerza. La secuencia de hechos a partir de ese momento real variaba en su mente de lo empalagosamente romántico a lo depravadamente sucio en función de lo desbocadas que estuvieran su imaginación y sus hormonas ese día. Pero había una constante: en esas fantasías Severus la había salvado antes que a la Piedra porque la quería, y no precisamente como amiga. Y aunque no se lo decía con palabras -porque Severus no diría "te quiero" ni en la ensoñación más descabellada- se lo demostraba con hechos inequívocos y contundentes allí mismo, contra la fría pared de piedra, quitándole la ropa con sus hermosas manos frías que...

Tom, el camarero, llegó a la mesa de los tres profesores justo a tiempo de ver a Maeve golpeándose la frente con un gesto de exasperación.

-Un mosquito -explicó ella antes de que nadie le preguntara nada, visiblemente irritada- ¿Tienes cerveza, Tom? Cerveza de verdad quiero decir, no esa mierda dulzona con mantequilla.

-Tenemos Guinnes traída desde Dublín, si eso es del gusto de la señorita -replicó Tom todavía extrañado, advirtiendo el acento de ella.

Maeve asintió, acariciándose la frente golpeada e ignorando las miradas extrañadas de Hagrid y Pomona. Una Guinnes. Eso estaría bien. Una Guinnes bien tirada. Con cuerpo. Acariciante para el paladar. Fuerte, densa, amarga, oscura...

Basta, chica. Joder. Basta.


La comida había transcurrido agradablemente sin que Maeve tuviera que volver a golpearse. Después de acabar el postre y pedir la cuenta volvieron a dividirse. Ésta vez Pomona se marchó sola a Las Habichuelas Mágicas, la prestigiosa tienda especializada en semillas. Maeve, por su parte, arrastró a Hagrid a comprarse pantalones y botas nuevos en Madame Malkin: su guardarropa aún mostraba las desastrosas consecuencias del breve paso del dragón Norbert por sus vidas.

-Esto es innecesario -protestó el semigigante mientras la dueña de la tienda le cargaba con varios pantalones de talla XXXXL y le obligaba a meterse en un probador que parecía demasiado pequeño para él.

-Tienes más rotos que tela en la mayor parte de tus pantalones, chico. Algún día Minerva verá asomar tus calzoncillos y morirá de una apoplejía. ¿Quieres tener eso sobre tu conciencia? -repuso Maeve, provocando una carcajada en la dueña de la tienda.

Un gruñido fue la única respuesta que llegó desde el probador. Maeve, sonriendo, se puso a curiosear entre las inacabables hileras de túnicas colgadas que llenaban la tienda. No pudo evitar acordarse de Tess, que habría disfrutado como una enana en la sección de "Vestiduras de Gala". La variedad de telas y colores era un lujo para los sentidos y su amiga habría sido mucho más capaz que ella de apreciarlo en toda su riqueza. Maeve, para quien la ropa era "eso que uno se pone por encima para no ir desnudo", que tenía que ser coaccionada por una elfina para ponerse un vestido de mercadillo y que jamás se habría comprado por iniciativa propia algo tan bonito y caro como la túnica verde que le había regalado Tess el curso pasado, contemplaba aquellos excesos de calidad y adornos con cierto sonrojo. Uno sólo de aquellos expositores con ropa para grandes ocasiones debía costar más que el producto interior bruto de Ruanda. Y al reparo moral se unía la opinión estética de que todo aquel recargamiento era bastante espantoso. ¿Para qué podía querer uno tantos bordados, brocados, dorados y cosas similares encima? Una sola de las levitas de Severus tenía más clase que toda la tienda junta, con su negra sobriedad ciñendo ese cuerpo delgado y fuerte cuyo mapa había dibujado docenas de veces con los dedos y con la lengua y con cada milímetro de su propia piel al...

Basta, basta, basta, ¡BASTA, JODER!

-¿Profesora Murphy?

El corazón de Maeve se paralizó un segundo. Rogó a ese Dios en el que ya no creía estar confundiéndose y que no fuera precisamente ese alumno el que la había pillado aporreándose la frente como una maldita loca. Al volverse, sin embargo, la mirada fría y algo burlona de aquellos hermosos ojos grises fue como un jarro de agua helada en toda la cara.

Vale, Dios. Mejor que no existas porque si existes un día me las pagarás.

-Señor Malfoy -le saludó con la mejor de sus sonrisas de cortesía- Qué coincidencia. ¿Equipándose para el curso?

Draco había dado un estirón durante el verano y ahora era un centímetro o dos más alto que ella, lo que le estaba permitiendo creer, al parecer, que podía mirarla desde arriba con aire de superioridad. Maeve sintió tensarse todos sus músculos. Sólo había un hombre en el mundo que podía darse ese lujo y, desde luego, no era aquel mocoso.

-Sí, profesora Murphy. Y para otras cosas. Mi madre celebrará su cumpleaños en unos días y... ya sabe... vestir de forma apropiada es fundamental.

La había mirado de arriba abajo. Mientras encadenaba las sílabas con su lánguido y repelente acento aristocrático el pequeño cabrón la había mirado de arriba abajo, sin molestarse lo más mínimo en ocultar su desdén por el atuendo y el físico y la mera existencia de su profesora. El mar de lava empezó a borbotear en las tripas de Maeve, que se recubrió de hielo y sonrisas para contenerlo.

-¿Fundamental para todo, señor Malfoy? - repuso la joven, con suave ironía- No lo creo. Para agradar a su madre puede, pero para buscar refugio en la oscuridad del Bosque Prohibido sirve cualquiera. Aunque vaya mal vestido. ¿No cree?

Draco encajó aquello como si acabase de recibir una bofetada. La mirada de superioridad se le borró tan rápido como la sonrisa mientras miraba discretamente a un lado y a otro, quizá temiendo que alguien la hubiera oído. Por un segundo a Maeve casi le dio lástima. Ningún chico de doce años se sentiría orgulloso de haber salido corriendo ante el peligro y aceptado el amparo de una mujer. Pero un chico de doce años que además fuera el príncipe de los jodidos Malfoy y en medio de su pánico se hubiera abrazado como un gatito asustado a alguien como ella tenía que estar avergonzado hasta extremos insufribles. Probablemente se moriría de vergüenza si sus padres se enteraran. No: probablemente sus padres lo matarían antes de que él pudiera morirse de vergüenza, pensó Maeve. Y sin embargo no le mostró la menor simpatía, no rebajó un solo tono la mordacidad de su aparentemente dulce sonrisa. El chico tenía que entender que JAMÁS debía traspasar ciertos límites con ella. Que, fuera cual fuera su lugar en el mundo, no quedaba por encima de su cabeza ni le permitía poder mirarla como un dios a sus seres inferiores.

-Me alegra ver que estamos de acuerdo, señor Malfoy -le dijo, tan amable como fría- Y ahora, siga con sus compras como si esta conversación no hubiera tenido lugar, ¿le parece? Creo que será lo mejor para ambos. Nos veremos en Hogwarts el 1 de Septiembre.

No le satisfizo en absoluto ver el odio incendiando los ojos de su posible futuro alumno, pero su parte racional sabía que era mejor eso que dejarlo salir triunfador de una tentativa de faltarle al respeto. Inclinó levemente la cabeza y se disponía a alejarse de él cuando el mismo acento elegante y afectado del chico, modulando una hermosa voz de hombre adulto, le paralizó de nuevo el corazón. Esta vez durante tantos segundos que pensó que iba a desmayarse.

-¿No piensas presentarme a tu profesora, Draco?

En cuestión de un instante todo el carácter y el orgullo de Maeve fueron llamados a filas, instados a probarse a sí mismos por encima del miedo y la náusea. La adrenalina puso hasta la más pequeña y frágil de sus células en pie de guerra. El rostro que se enfrentó a aquel hombre de cabello rubísimo y actitud de rey fue el de una mujer dura y valiente, no el de la niña de once años que lloraba de angustia dentro de ella.

-Lucius Malfoy -se presentó él, sin amagar siquiera ofrecer su mano- Disculpe los modales de mi hijo, profesora...

Dejó la frase en suspenso animándola a presentarse, aunque fuera patente que sabía de sobra con quién estaba hablando. Maeve lamentó no llevar puesto el chal, sabiendo por la expresión de él que aquellos ojos habían advertido a la perfección la carne de gallina sobre sus hombros.

-Murphy -contestó con fiereza apenas disimulada.

-¿Murphy? -repitió él- ¿Como los Murphy de Ballingarry?

La respuesta adecuada, se advirtió Maeve, era un simple sí. Fingir que no se daba cuenta de la hiriente ironía de Malfoy, dejar la conversación en un protocolario intercambio de saludos entre padre y profesora de un chico, seguir con su día de compras como si este encuentro no se hubiera producido.

Era una lástima que se le diera fatal fingir esa clase de cosas.

-¿De verdad tiene que preguntarlo, señor Malfoy? ¿Ya ha olvidado que nos conocemos?

Una de las cejas de Lucius Malfoy se levantó un milímetro, en señal de sorpresa y afrenta. Era obvio que eso no se lo esperaba. Y por la cara de perplejidad de Draco, también fue obvio que Malfoy no había comentado nada a su hijo acerca de su vínculo con la squib.

-Discúlpeme ahora a mí, profesora Murphy -respondió, cargando el título con todo el desprecio que podía reunir, el cual era infinito- Está usted muy cambiada desde la última vez que nos vimos. Pero ahora que la miro mejor veo que ha sido un despiste imperdonable por mi parte no reconocerla. De hecho, no puede usted negar quién es: resulta increíble lo mucho que se parece a Brigid.

Maeve sintió la lava hervir dentro de ella, derritiendo peligrosamente sus defensas de hielo. Lucius la había mirado igual que entonces, cuando la llamó "cachorro" de forma despectiva en el vestíbulo de su propia casa. Y la forma de pronunciar el nombre de su madre, subrayada por el inequívoco aire lascivo de su sonrisa, la había puesto enferma. Lo está haciendo a propósito. Sabe que tú sabes lo que hizo y quiere provocarte, que te pongas en evidencia. Si armas aquí un escándalo tendrá consecuencias y no podrás seguir en Hogwarts. Eso es lo que él espera. Porque no te quiere allí enseñando a su hijo y mezclada con los "dignos". Porque según él tu sitio estaba entre sus criados, como su mascota. No le entres al trapo. Olvídalo. Ignóralo, le gritaba la voz de su razón.

Pero ¿cómo hacerlo a pesar de las náuseas y la ira?

¿Cómo ignorar que durante años la había atormentado ver en su mente a su madre debajo de aquel monstruo? ¿Cómo olvidar que en el mejor de los casos la veía muerta?

-También me parezco mucho a mi abuelo -replicó con voz firme y neutral, sin saber de dónde le estaban viniendo el temple y la audacia, desoyendo la voz interior que le aconsejaba callarse- A él también lo recuerda, ¿verdad? Como para no... Veo que consiguió arreglarse la nariz, después de todo.

La sonrisa desdeñosa de Lucius se transformó al fin en una mueca de ira que desnudó parte de sus dientes perfectos y blancos. Era obvio que el puñetazo de Declan Murphy aún le dolía, y no precisamente en la cara.

-Tengo recuerdos mucho más gratificantes de su abuelo, se lo aseguro. De su abuelo y de todo su clan: su padre, sus tíos. Sus primitos -dijo despacio, conteniéndose de forma evidente, degustando cada herida que infligían sus insinuaciones en la joven que lo enfrentaba- Es una lástima que la gente de su clase no sea el tipo de invitados que recibimos en nuestra mansión; de lo contrario, profesora, nada me agradaría más que mostrarle mi hospitalidad y compartir con usted todas esas memorias. Sería un verdadero placer para mí.

Maeve sintió en las palmas de sus manos el dolor que causaron las uñas al clavarse en la carne, en un esfuerzo desesperado por dominar la furia. Con tranquilidad se acercó un par de pasos a Lucius, alejándose del radio de audición de Draco. Si aquel bastardo gustaba de darle aquella clase de espectáculos a su hijo, no sería ella quien se lo facilitara esa tarde.

-Si por gente de mi clase se refiere a gente con ideas en lugar de basura dentro de la cabeza, es obvio que no soy una invitada digna de su mansión, señor Malfoy -dijo, bajando la voz.

Vio perfectamente cómo se tensaban los músculos de la mandíbula de Lucius, cómo empezaba a latir la arteria de su sien. Aunque todo su ser le decía que era peligroso provocar así a semejante monstruo, que se estaba enfrentando a un enemigo con demasiada influencia y poder, no podía echarse atrás. Era glorioso verse capaz de provocarle tanta ira.

-Por gente de su clase me refiero, más bien, a gente con sangre en lugar de aguas fecales corriendo por sus venas -repuso el hombre en el mismo tono, esgrimiendo una sonrisa tan bella como amenazante- Que haya usted medrado hasta parecer alguien no la convierte en alguien, jovencita.

Maeve vio en su mente su propio puño estrellándose contra aquella cara odiosa. Y era una imagen tan gratificante que necesitó toda su voluntad para no llevarla a la práctica. No era el momento ni el lugar. Pero nada le impedía recurrir a otro tipo de puñetazos.

-¿Me está hablando de pedigrí, señor Malfoy? -preguntó con ironía- Porque los O' Murchadha ya hacían magia en Irlanda cuando el primer Malfoy aún no se había bajado del árbol. No soy el tipo de persona que se deja impresionar por estas nimiedades, ¿sabe? Pero ya que veo que usted sí que le da importancia...

De los ojos de Lucius Malfoy Maeve sólo conocía la arrogancia y el hielo. Verlos arder así la asustó, pero no lo bastante como para echarla atrás. Al contrario. Levantó un poco la cabeza, rematando la afrenta con el aire orgulloso y ardiente de su propia mirada.

-¿Cuánto tiempo cree que me llevará sacarla a patadas de ese colegio al que no pertenece? -preguntó el mago en un susurro áspero, agarrando con furia el puño de plata de su bastón en forma de cabeza de serpiente- ¿Cuanto cree que costará convencer al Consejo Escolar de cual es el sitio que realmente le corresponde... profesora Murphy?

-¡Profesora Murphy!

-¿Maeve?

Lucius no se movió ni un milímetro cuando los gemelos Weasley aparecieron como por encanto para flanquear a Maeve y Hagrid se situó tras ella posando una mano encima de su hombro con aire protector. El semigigante miró de frente a Lucius Malfoy con ojos inquisitivos y nada amables, temible y poderoso erguido en toda su estatura, tan lejos de su habitual aura de grandullón bondadoso que no parecía la misma persona.

-¿Todo bien? -preguntó con hosquedad.

Lucius no se dignó en contestar, limitándose a mirarle con tal aire de desprecio que Maeve pudo sentir la rabia apoderándose de su amigo. Posó una de sus manos sobre la de él y la apretó suavemente, en un intento de transmitirle calma con su contacto.

-El señor Malfoy y yo hablábamos de cuestiones académicas, pero ya no había más que decir. ¿Verdad?

Maeve pensó que unos segundos más y el purasangre podría haber partido su bastón sólo con la fuerza de sus crispados dedos. Pero él se dominó con elegancia. Los Malfoy eran perfectamente capaces de eso: siglos de estricta crianza con énfasis en la perfección de las maneras tenían que tener alguna ventaja, después de todo.

-Así es, por el momento. Me complace dejarla en una compañía tan... -sus ojos grises vagaron por el corpulento guardabosques y los larguiruchos pelirrojos, los tres dispuestos en torno a Maeve como una extraña guardia pretoriana. El desprecio en su voz fue insultante- digna de usted. ¡Draco! Vámonos de aquí.

Les dio la espalda tras una leve y burlona inclinación de cabeza y salió con teatralidad de la tienda seguido docilmente por Draco, quien no se privó de echar una mirada hostil a los Weasley y otra, llena de curiosidad, a su profesora. Maeve no reparó en lo rápido que le iba el corazón hasta que la campanilla de la puerta hubo dejado de sonar y los Malfoy estuvieron fuera de su vista.

-¿De veras iba todo bien, niña? Porque no lo parecía -le dijo Hagrid, todavía tenso.

-Sólo estábamos hablando -insistió Maeve, consolándose con la idea de que no era del todo mentira.

Fred y George Weasley se habían ruborizado por efecto de la indignación. Maeve reparó en que ellos también habían crecido mucho durante el verano.

-Daba la impresión de que ése estuviera discutiendo con usted -objetó George, casi temblando de ira.

-Después de lo de la librería seguimos a ese idiota de Draco para... -empezó Fred, siendo interrumpido por su hermano.

-¡Eh, que usted no lo sabe! ¡Malfoy padre se metió con nosotros y con Harry y con los padres de Hermione Granger en Flourish y Blotts y mi padre casi le arrea! -explicó George con emoción- Fue genial.

-Sí, mamá tendría que haberle dejado -le apoyó Fred, con los ojos brillantes al imaginarlo- Se merece que le partan la cara.

-Y luego se fueron y estuvimos siguiendo a Draco para meterle un petardo por el culo, por hacerle un favor, ¿sabe? A ver si así se puede sacar la escoba que lleva incrustada y deja de ser tan gilip...

-Y entonces vimos a Malfoy... -Fred tragó saliva y su expresión se tornó dura al decir- intimidándola -Maeve iba a protestar por esto, pero Fred no la dejó intervenir- Si ése le ha dicho algo malo le partiremos la cara, me da igual si luego nos expulsan del colegio y...

-Sí, le haremos un bien al mundo -le animó George- Le atizaremos en toda la...

-¡Señores Weasley! -gritó Maeve, consiguiendo silenciarlos- Nadie va a atizar a nadie, ¿me oyen?. No hay ningún motivo para pegar al señor Malfoy. Y si así fuera, den por hecho que lo haría yo misma. No consiento que nadie se pegue por mí y mucho menos dos alumnos -les aseguró con firmeza- Valoro su... disposición a defenderme pero si me entero de que se meten en líos por este tema se las verán conmigo en Hogwarts. ¿Estamos?

Asintieron al tiempo. Maeve sonrió a su pesar, pensando en que no sólo habían aumentado de estatura. Se les veía extrañamente mayores, tan encendidos en su defensa y dispuestos a enfrentarse de hombre a hombre con Lucius Malfoy. Como si pudieran, pensó con amargura. Como si ese monstruo fuera en verdad un hombre.

-Tenga cuidado, profesora -dijo Fred con seriedad- Mi padre dice que Malfoy no es buena gente.

-Y sabe de lo que habla -añadió George, igual de serio.

-Lo tendré en cuenta, pero tengan en cuenta ustedes que sé cuidar de mi misma. De todas formas, gracias, caballeros -insistió, extrañándose un poco del rubor que volvió a encender el pecoso rostro de ambos- Y ahora váyanse antes de que sus padres los echen de menos. Venga.

Sólo cuando los chicos estuvieron fuera de la tienda Maeve se permitió relajar su aire de entereza y buscar apoyo en Hagrid, consciente de que sus piernas, que llevaban un rato temblando, fallarían en cualquier momento. Hagrid la sostuvo por los hombros con la delicadeza que solía reservar para los pajarillos.

-¿Quieres que vayamos a buscar a la profesora Sprout, niña? Me parece que se te han quitado las ganas de seguir comprando.

Maeve asintió con vehemencia. No tenía fuerzas ni estómago para poner un pie en la calle sabiendo que las suelas de Lucius Malfoy estarían pisando esas mismas aceras. Hagrid pagó la ropa que había adquirido y dejó que Maeve se agarrara de su brazo. Para distraerla se puso a hablar de las trastadas que le habían hecho Cástor y Pólux a la sra. Norris durante su ausencia, pero Maeve apenas le escuchaba.

Sabía que tenía que hablar con Dumbledore de esto. Y sabía también que este arranque de bravuconería con Lucius Malfoy le iba a costar un disgusto con Severus y su terrible aunque inconfesada vena protectora pero que aun así debería contárselo. Porque los amigos se contaban esa clase de cosas, compartían los malos tragos, buscaban apoyo el uno en el otro...

Pero los amigos, normalmente, no tenían que fingir que no lo eran y aceptar, en cambio, la hospitalidad del enemigo.

Si Severus sentía por tener que visitar a Lucius Malfoy la décima parte del asco que Maeve imaginaba, lo último que necesitaba era que se lo pusieran más difícil. Tendría que convencer a Dumbledore de ocultarle el incidente por el momento.

Y prepararse para la que le iba a caer encima cuando antes o después, inevitablemente, llegara a su conocimiento.


Bueno, parece que Maeve ha tenido el primer encontronazo con su peor pesadilla y han saltado chispas. Y no ha sido nada prudente, la chica. ¿Se lo tomará bien Severus? Algo me dice que no...

NOTAS:

-El adamantium y Lobezno aparecen por cortesía de Marvel Comics (simple broma que me apetecía poner)

-La puerta de Ishtar (imperio babilónico) data del 600 a.C.

-O' Murchadha es la forma original del apellido Murphy.