Aunque el rating del fic ya es orientativo y, por tanto, no debería suponer ninguna sorpresa, aviso de que en este capítulo hay una escena de contenido más o menos sexual y alusiones a actos violentos y poco agradables.
Capítulo III: tres serpientes de pelo rubio, tan parecidas, tan diferentes. Tres formas distintas de poner en aprietos a un profesor de Pociones que tal vez piensa demasiado en su colega squib. Bienvenidos a la mansión Malfoy.
CAPÍTULO III: LA HOSPITALIDAD DE LAS SERPIENTES
Severus se apareció en los campos de Wiltshire en la tarde del 20 de Agosto, junto a la ornamentada verja que separaba la mansión Malfoy del mundo de los simples mortales. Las guardias de la casa estaban preparadas para reconocerle y el portón se abrió con sólo sentir la proximidad de su mano, mientras las dos esculturas en forma de dragón que lo adornaban hacían una elegante inclinación de cabeza. Severus levantó una ceja con aire desdeñoso y pasó entre las figuras sin dignarse mirarlas. Odiaba aquella vacua parafernalia y le humillaba pensar que antaño, en su niñez y juventud, le había atraido hasta cegarle como la luz a las polillas, envenenándolo con la ambición de tener lo mismo que tenían muchos de sus compañeros de casa y su familia materna le había negado a él. Podría haberse ahorrado el despliegue que le recordaba su estupidez del pasado apareciendo directamente en la entrada principal de la mansión, ya que le estaba permitido. Pero después de una semana encerrado en la casa de la Hilandera el paseo a través del bosque y los jardines que rodeaban la mansión le parecía realmente apetecible. Y también se le antojaba una transición perfecta entre la decrepitud de las estancias que había estado tratando -con desigual éxito- de adecentar y el asfixiante esplendor que le aguardaba. Pasar de una cosa a la otra de golpe podría ser demasiado chocante para cualquier organismo vivo.
La mole tudoresca de la mansión lo recibió desde lo alto de la suave colina en la que se asentaba, sus sólidas torres blasonadas erguidas como un reflejo en piedra de la altivez de sus dueños. Severus advirtió los ricos estandartes desplegados en los balcones, las luces que una cuadrilla de elfos domésticos estaban instalando en el jardín, las pérgolas con forma de pagoda china que se repartían entre los rosales que la señora tanto apreciaba. Lucius nunca reparaba en medios a la hora de celebrar el cumpleaños de su esposa. Nada, solía decir con su habitual grandilocuencia, era demasiado para su rosa blanca. Nada excepto, al parecer, ejercer verdaderamente como su esposo. Severus sonrió con una malevolencia no exenta de lástima hacia Narcissa Malfoy, la perla de los Black por la que medio Hogwarts había suspirado en su día, reducida desde el parto de su heredero a la condición de anfitriona perfecta, acompañante perfecta, florero perfecto, espejo perfecto en el que se miraban todas las demás esposas purasangres de Inglaterra. Siempre con el peinado perfecto y la túnica perfecta y la sonrisa perfecta. Siempre el ejemplo perfecto de por qué un sangresucia nunca podría igualarse a esos semi-dioses por cuyas venas no corría sangre sino magia y saber estar.
-Severus, querido...
Narcissa había bajado a recibirle al mismo hall de entrada, alertada por alguno de los elfos de su llegada. Sólo alguien que estuviera familiarizado con las costumbres de los Malfoy podía apreciar el honor que eso suponía. En la mansión Malfoy el visitante pasaba por todo un protocolo de criados que a su vez lo entregaban a otros criados que a su vez lo hacían esperar en algunas de las lujosas salas destinadas a este fin, antes de llegar a hablar con los señores. Ser recibido directamente por uno de los amos era una distinción que otorgaban muy raras veces y a un grupo muy reducido de personas.
Severus se dijo cínicamente que su biografía podía resumirse como un cúmulo de honores dudosos.
-Es un placer volver a verte, Narcissa -dijo, besando con corrección una de aquellas manos delicadas y blancas que no habían tenido que trabajar en su vida
Riendo ante su gesto, ella le llamó "antiguo" y lo abrazó con fuerza.
-Ya temía que este año tampoco vinieras -le recriminó- Te esperábamos hace días. Lucius me dijo que ese estúpido curso terminaba el día 10. ¿Dónde has estado metido?
-Asuntos importantes -replicó Severus, lacónico.
Narcissa le golpeó con suavidad en un hombro y esbozó para él una de sus sonrisas auténticas, las que normalmente reservaba para su idolatrado hijo, las que la gente acostumbrada a su rígida mueca de suficiencia y superioridad jamás creería posibles en esos labios. A un día de cumplir los treinta y seis años seguía siendo una de las mujeres más hermosas que Severus había conocido. Ni un gramo de más sobre su cuerpo, ni una cana en su pelo rubio, ni una arruga mancillando la serena perfección de su cara. Tan ideal, tan coordinada con la belleza de su esposo e hijo y de todo lo que les rodeaba, que parecía hecha por encargo.
Bueno, se corrigió Severus. Realmente estaba hecha por encargo. En eso consistía la crianza de los purasangres, al fin y al cabo. Cruzar los mejores ejemplares unos con otros para conseguir un cachorro de pedigrí perfecto que fuera perfecto para cruzarlo después con otro de sus iguales. Era un milagro que la endogamia aún no hubiera extinguido a la aristocracia mágica.
-¿Más importante que tus amigos, Severus? -le recriminó Narcissa- ¿Hay algo que no nos hayas contado?
Severus pensó que debería sentirse molesto por lo que ella acababa de decir. No por la insinuación implícita de que ese "asunto importante" fuera una mujer, sino por el tono jocoso de incredulidad con que la había adornado. Pero al fin y al cabo no podía decir que Narcissa fuera del todo desencaminada, ya que su inusualmente prolongada estancia en la Hilandera tenía más que ver con una mujer que lo que querría admitir. Y el que fuera al parecer inconcebible imaginárselo emparejado era, aunque insultante, muy oportuno para él.
Para ambos. Ahora tenía un ambos en qué pensar, aunque fuera sólo como amigos.
-He estado haciendo algunos arreglos en mi casa -le explicó a la mujer de Lucius mientras un elfo les servía el té en uno de los lujosos y acogedores salones privados reservados a los íntimos- Nada excesivo. Pero farragoso de todas formas.
-¿Por qué reformar esa cuadra, Severus, pudiendo permitirte algo mucho mejor? -replicó Narcissa con evidente disgusto.
La esposa de Lucius sólo había estado una vez en su casa y de eso hacía más de trece años. Pero el desagrado todavía le duraba, a juzgar por la mueca de repugnancia que afeó su rostro al evocarla.
-Porque no necesito un lugar mejor, Narcissa. Vivo en Hogwarts, ¿recuerdas? De hecho prácticamente no piso esa casa ni siquiera en vacaciones. Sólo paro por allí de paso...
-Entonces, ¿por qué molestarte, querido?
Severus se tomó su tiempo en revolver su té mientras pensaba una respuesta satisfactoria para Narcissa y al mismo tiempo otra silenciosa que su propia dignidad estuviera dispuesta a admitir. Porque sabía de sobras que no había arreglado su maldita casa para sí mismo. Porque no era como si nadie -ni siquiera él- fuera a habitar allí en un futuro próximo, pero más adelante... Es decir... A veces los amigos se visitaban, ¿cierto? No sería descabellado que alguna vez, dentro de bastante tiempo, si las circunstancias lo permitían, Maeve pudiera visitarlo en su casa. Y y de ser así no podía -ni quería- recibirla en un estercolero. Maeve había dado por buenas, en su momento, la humildad y la decrepitud del lugar, pero Severus no creía que esa generosidad fuera a hacerse extensible a la falta de limpieza y el abandono. Y deseaba que ella se sintiera a gusto allí, como se había sentido en su momento...
Escúchate, le dijo su repelente voz interior. Te has pasado una semana adecentando tu casa sólo porque ahora existe una pequeña y remota posibilidad de que ella vuelva a pisarla algún día. Eres patético.
-Será que soy un sentimental -dijo con ironía.
Narcissa volvió a sonreír de aquella forma deslumbrante y nada estudiada y le estrechó con afecto una mano.
-Te hemos echado de menos, Severus -afirmó.
Severus se revolvió por dentro, incómodo ante la certeza de que el plural era meramente de compromiso.
-Eso es lo que podríamos llamar una mentira cortés, ¿no, Narcissa? -replicó burlón, retirando su mano del estrecho contacto de la de ella con el pretexto de servirse otra cucharada de azúcar- No pretendas hacerme creer que Draco me ha echado de menos después de tenerme encima durante todo el curso.
Narcissa le miró con extrañeza, crispando brevemente la mano de la que él se había zafado. Severus se sintió aún más incómodo. Normalmente no rechazaba de forma tan abierta las muestras de afecto de Narcissa, ni siquiera cuando llegaban a rozar lo inapropiado. Normalmente no le violentaban tanto. Normalmente no le hacían pensar en el ansiado afecto de otra mujer; ni en el breve y delicioso momento en que había tocado la mano de ella durante el último festín de Halloween en Hogwarts; ni en la sensación de tenerla en sus brazos que había vuelto a paladear, aunque de forma extraña, al llevarla a la enfermería después del ataque de Quirrell...
-Draco, lo creas o no -repuso Narcissa con soltura, rápidamente repuesta- habla maravillas de ti. Eres su profesor favorito. Y no sólo porque seas el jefe de su casa -se apresuró a añadir ante la ceja que él levantó en señal de incredulidad- Admira tu inteligencia y tu fidelidad a los viejos ideales. Creo que es importantísimo que haya gente como tú en Hogwarts, viendo en qué lo está convirtiendo ese desgraciado de Dumbledore. No tiene suficiente con admitir cada vez a más sangresucias – se lamentó, como si la sola idea le fuera a hacer vomitar- Encima... Merlín, esa mujer horrible.
Severus no movió ni un solo músculo de la cara. Esperaba eso. De hecho, se había estado preguntando cuánto tardaría en salir el tema. Había acudido a la mansión Malfoy con la certeza de que sería una y mil veces interrogado -por los señores, por los invitados a la fiesta del día siguiente- acerca de la squib. Y estaba preparado de sobras para cualquier barbaridad que tuviera que escuchar o decir de ella.
Al menos, eso quería creer.
-Cuando Lucius me lo dijo no podía dar crédito. "Es demasiado atrevimiento incluso para ese chocho amante de los muggles", me dije. Me negaba a creerlo, sinceramente. Una squib -casi escupió, llena de asco- Esa squib. La chica de esos asquerosos Murphy. Escoria hija de escoria. Y la impone como profesora, para dar clase a nuestros niños. Tiene que estar buscando provocarnos porque si no es incomprensible tanta desvergüenza. No... -la indignación le robó por unos instantes la capacidad de articular las palabras. Miró a Severus con lástima- No sé cómo has podido resistirlo, querido...
Severus suspiró afectadamente antes de llevarse la taza de té a los labios.
-Yo tampoco -afirmó, sin mentir.
-¿Es cierto lo que dice Draco? ¿Fue atacada durante ese incidente con el chico Potter y ese profesor que...?
Algo como lo sucedido a final de curso con Quirrell no podía quedar en secreto, y menos tras el golpe de efecto de Dumbledore en la ceremonia de despedida. Severus miró a Narcissa con toda la indiferencia del mundo en su expresión
-Creo que sí. Al menos la señora Pomfrey me pidió filtro de adormidera para ella, y quiero pensar que fue porque estaba herida y no porque además de una squib y una inútil sea también una drogadicta.
-Qué lástima.
-Tranquila, Narcissa, sólo fueron un ojo morado y un par de huesos, la señora Pomfrey tiende a dramatizar un poco cuando...
-Qué lástima que no la matara -puntualizó Narcissa- Los squibs son una desgracia de la que compadecerse y tienen su utilidad, pero siempre y cuando sepan reconocer cual es su lugar. Gente como esa puerca sobra en nuestro mundo. Ese hombre habría hecho un bien a nuestros hijos librándolos de ella.
Los labios de Severus no se tensaron ni una micra de más mientras tomaba un sorbo de su té. Sus dedos no perdieron nada de la elegante compostura con que sujetaban la taza. Su voz no reveló ni un atisbo de la súbita ira que se había apoderado de él. Esto es justo lo que esperaba, se repitió. Estaba preparado para sobrellevarlo.
-Quién sabe lo que Dumbledore nos habría mandado entonces para sustituirla -dijo con cansancio- Al menos esta Murphy es lo malo conocido: una vez que te acostumbras a su ordinariez, escucharla no es peor que oír llover. Y entiendo tus reparos acerca de que enseñe a los niños, pero yo no me preocuparía tanto. Para cuando Draco llegue a tercero tu marido ya habrá encontrado una manera menos sangrienta y más legal de sacarla de Hogwarts. El Consejo Escolar y el Ministerio siguen teniéndole en alta estima, Narcissa.
La mujer sonrió pero sus ojos azules seguían llenos de sincera preocupación. Eso era lo peor, pensó Severus. Que su inquietud por la contaminación a la que se exponía su hijo en la proximidad de una profesora mestiza y squib era genuina. Que no se trataba de simple pose política. Que ella y muchos de los de su clase veían realmente en Maeve una amenaza a erradicar por el simple hecho de haber llegado a ser quien era siendo lo que era.
-Espero que tengas razón -suspiró ella- Mucha gente que conozco se está planteando sacar a sus hijos del colegio si esa basura sigue dando clase. Y no creo que el Consejo pretenda anteponer una squib a varios alumnos de las mejores familias, por mucho que tenga a ese viejo verde asqueroso babeando por ella... ¡Merlín, a su edad! La sola idea es repugnante.
Severus no pudo evitar levantar una ceja y darle internamente la razón. La idea resultaba, en efecto repugnante. Y estúpida, a poco que uno conociera a los dos implicados... De modo que ésa era la teoría calumniosa sobre Maeve que más adeptos tenía en los salones de la aristocracia mágica británica. Severus podía imaginarse lo que diría Maeve cuando se enterara. De hecho, podía imaginárselo tan bien que no pudo evitar sonreír malignamente, en lo que Narcissa interpretó como un gesto de apoyo a su opinión.
-Lucius sabrá ocuparse de ello -insistió Severus- ¿Dónde está, por cierto?
-Se ha llevado a Draco a Londres unos días. Quería acompañarle a hacer sus compras para el nuevo curso y además debía… atender unos asuntos.
Todo el concienzudo entrenamiento que Narcissa había recibido desde niña, encaminado a convertirla en la clase de dama que jamás mostraba sus emociones, no bastaba para ocultarle a Severus lo que quería decir con aquello. En el idioma de Lucius Malfoy unos asuntos podían ir desde deshacerse de alguno de los valiosos e interesantes objetos de magia oscura que atesoraba en su mansión a visitar a cualquiera de las queridas con las que satisfacía sus peculiares necesidades en materia sexual. Por la levísima sombra de humillación que cruzó los ojos claros de Narcissa, Severus apostó porque esta vez el viaje a Londres, aunque incluyera lo primero, también tenía por objeto lo segundo.
-Pero mañana estarán los dos, supongo...
-Por supuesto, Severus. ¿Cuándo se ha perdido Lucius mi cumpleaños? -preguntó ella con tirantez- Siempre ha sido un marido tan atento... ¿Qué mujer no estaría feliz de haberse casado con él?
Severus posó cuidadosamente su taza sobre la mesa de centro y después se reclinó con elegancia en su butaca. Reconocía estos terrenos de conversación. Eran pantanosos. Y no le gustaban una mierda.
-Dado que tú eres la única que se ha casado con él, no sé cómo esperas que te responda a esa pregunta -replicó.
Narcissa le dedicó una sonrisa cálida y triste.
-Ésa es tu forma suave de decirme que no te cuente mis problemas, ¿verdad? Que ya estás más que harto de escucharlos. Que sabía lo que era Lucius cuando me ligué a él y que aún así lo hice encantada y que, por tanto, no tengo derecho a quejarme.
-Pones en mi boca palabras que no han salido de ella, Narcissa.
-Nunca me has llamado Cissy.
Su respuesta tuvo la virtud de coger a Severus por sorpresa. Ciertamente, nunca había usado el apelativo familiar para dirigirse a Narcissa. Ni siquiera cuando ella le había animado a hacerlo. Ni siquiera cuando ella había insistido cariñosamente -incluso demasiado cariñosamente- en que lo hiciera.
-No soy de la familia -contestó, indiferente- ¿No era eso lo que siempre decía Bellatrix? No mereces estar aquí, no eres de la familia, no eres de los nuestros...
-Eres más que familia para mí, y lo sabes.
Durante largos segundos después de que esta frase quedara suspendida en el aire de la sala, Severus no hizo otra cosa que examinar con interés las uñas de su mano derecha mientras su cerebro trataba de manejar a la vez todas las variables de tan delicada situación. No era la primera vez que Narcissa Malfoy le ponía en este tipo de aprieto y sospechaba que no sería la última. Las hermanas Black nunca se habían caracterizado por lo bien que se resignaban a no tener lo que querían.
-Creo que será mejor que me retire a descansar, Narcissa -dijo con suavidad mientras se levantaba- Ha sido una semana agotadora.
-Severus...
La mano. Había vuelto a tomarle de la mano, reteniéndole junto a su butaca. Severus se controló para no zafarse de Narcissa con brusquedad, recordándose que una pequeña parte de sí apreciaba un poco y compadecía de veras a aquella mujer.
-Ya que sólo seremos nosotros dos para cenar...
-Será mejor que me retire -insistió él- Preferiría cenar en mi habitación, si no te importa.
No había afrenta ni despecho en los ojos de ella. Severus lo habría preferido a enfrentarse una vez más con esa resignada tristeza. Habría sido más sano y más honesto. Pero así eran las princesas de los purasangres. "Mira desde arriba a tus inferiores pero encaja con elegancia los desplantes de tus hombres, pues están por encima de ti". Bellatrix y Andrómeda Black habían escapado, cada una a su manera, de la carcel de la sumisión, pero Narcissa viviría en ella a cadena perpetua, como su madre antes que ella, y como antes la madre de su madre.
Como la propia madre de Severus, condicionada por su crianza hasta llegar a ser el felpudo de un cerdo que no le llegaba a la suela de los zapatos.
Así las educaban. En eso las convertían.
-Si necesitas algo, Severus, sabes dónde encontrarme.
¿Por qué te obstinas en hacerte ésto, Narcissa? Nunca te daré lo que crees que encontrarías en mí, nunca me rebajaré a buscar en ti lo que sé que no puedes darme. ¿Por qué te obstinas en hacernos ésto a los dos? ¿Tan sola te sientes?
-Si necesito algo, estoy seguro de poder sobrevivir por esta noche -le aseguró, amable pero frío- Hasta mañana, Narcissa.
En la mansión Malfoy no había posibilidad de darse una simple ducha. La filosofía familiar consideraba las duchas apropiadas para un vestuario de quidditch pero no para una casa con prestigio. Mientras esperaba a que se llenara la ridículamente grande y suntuosa bañera de su cuarto de invitados Severus contempló su imagen en el espejo del baño. No solía hacerlo a menudo, sabiendo de sobras que allí no había nada nuevo que ver. Esta vez tampoco su reflejo le deparaba sorpresas. Seguía teniendo la misma nariz enorme y ganchuda, el mismo rostro demacrado, el mismo pelo lacio, el mismo cuerpo que -aunque algo mejorado y fortalecido por los años- seguía siendo demasiado flaco y fibroso. El mismo aspecto siniestro de enterrador tísico, como lo había definido diecisiete años atrás en la sala común de Slytherin aquella idiota de Marion Bellamy creyendo que él no la oía.
Se preguntó en qué clase de mundo un hombre como él no enloquecía de placer ante la sola idea de que Narcissa Malfoy deseara acostarse con él.
En un mundo donde aún quedan imbéciles con principios, se dijo con disgusto. Tener principios no era algo de lo que se sintiera especialmente orgulloso, viendo que no habían conducido su vida a un lugar mucho mejor que aquél en que la dejara la falta de ellos.
Sabía que Narcissa sólo se empeñaba en él porque no podía tenerle. Sabía que de haber caído en la tentación la primera vez que ella se le había insinuado -doce años atrás, poco después de nacer su hijo, poco antes de que él conociera a Maeve- ahora ya no lo consideraría un amigo. Que ni siquiera lo miraría a la cara, incapaz de soportar la humillación de haberse revolcado con alguien como él -pobre, feo, impopular, mestizo- esfumada la ilusión de que la amabilidad que él le mostraba bastara para llenar el páramo desolado que era su vida junto a Lucius, consciente de que no obtendría de él la seguridad que buscaba desesperadamente.
Por muy esclavo de su fisiología que pudiera llegar a ser -y Narcissa era realmente una mujer muy hermosa- Severus tenía demasiado orgullo para plegarse ahora a eso. Había conocido lo que era ser amado sin condiciones, sin intereses, sin reservas. Había sido amado por ser él y no por lo que recordara o dejara de recordar a otro hombre, ni por su potencial de cubrir los vacíos que éste dejaba. Y desde entonces no había querido -no había podido- aceptar menos que eso. Puesto a buscar en el sexo consuelo a la pérdida del amor, prefería sin dudarlo el sexo que no pretendía ser otra cosa, con desconocidas cuyo rostro y recuerdo se esfumaba con las luces del día. Le parecía cien veces menos complicado y mil veces más honesto que lo que Narcissa le ofrecía. Y hacía que pensar en Maeve mientras le hacía el amor a otra no revistiera la menor sensación de culpa.
Se sumergió por completo bajo el agua caliente, conteniendo la respiración todo lo que daban de sí sus pulmones. Al emerger posó la cabeza en el borde de la bañera, dejándose acariciar por aquella sensación tan parecida a flotar entre vapores tibios.
-Tendrías que engordar un poco. Resultas un poco incómodo con tanto hueso, ¿sabes?
Maeve, sentada entre sus piernas abiertas, lo usaba como respaldo y tenía la cabeza posada en su hombro. Severus levantó una ceja y la miró con sorna, dejando resbalar luego los ojos por su cuerpo menudo y delgado, velado en parte por el agua y la espuma.
-...dijo la sartén al cazo -replicó, irónico.
Maeve vibró contra él al reír, acariciándole con esas deliciosas sacudidas. Rozó la frente contra su mandíbula, igual que una gata, mientras él reanudaba la gratificante labor de enjabonarla con sus manos.
Severus abrió los ojos sobresaltado al darse cuenta de que había empezado a acariciarse distraidamente. Apartó la mano de su entrepierna como si quemara.
No. No podía volver a hacer aquello. No podía recrearse en esos recuerdos de Maeve y terminar, invariablemente, con una erección a la que poner remedio. Tenía que afrontar la situación con racionalidad, con madurez. Tenía que aprender a dominar esos impulsos porque el hecho de que fueran naturales no los hacía menos inapropiados ahora que volvían a ser amigos y sólo amigos. Lo había conseguido -a duras penas y con la inestimable ayuda de la caldera rota que lo obligaba a ducharse con agua fría- durante su semana en la casa de la Hilandera. Tenía que conseguirlo también ahora, por mucho que Narcissa al tocarle hubiese despertado violentamente el recuerdo de la mano de Maeve en la suya durante el festín de Halloween, con su mezcla única de aspereza y suavidad, de fragilidad y fuerza; por mucho que esta maldita bañera le estuviese haciendo evocar la de sus habitaciones de las mazmorras en Hogwarts y la solidez resbaladiza de Maeve contra su propio cuerpo mojado.
-¿Alguna vez lo has hecho? -insistió.
Maeve se mordió el labio inferior. Severus no estaba muy seguro de si era por pudor o para contener la risa pero daba lo mismo: el efecto era igualmente devastador sobre su libido.
-No voy a decirte eso -afirmó ella, con un tono que no sonaba demasiado firme ni tampoco lo pretendía.
-Claro -se mofó él- Las buenas chicas católicas no admiten hacer esas cosas...
-Cerdo.
La mano de Severus volvió a sumergirse con el jabón entre los muslos de Maeve, deteniéndose otra vez con más meticulosidad de la debida en el lugar donde éstos se unían. Ella se arqueó contra su pecho, ahogando lo que podría haber sido tanto una risa como un gemido.
En la bañera de la mansión Malfoy la ingle de Severus empezó a latir al tiempo que la del joven de su recuerdo. Sabía sin necesidad de tocarse que ya estaba duro como una piedra y sabía también que tenía que abandonar esa memoria si no quería acabar cayendo en otra de esas situaciones inapropiadas que a la larga lo harían sentir muy, muy incómodo cuando tuviera que mirar a Maeve a la cara. Sin embargo, sentir a Maeve contra su cuerpo y a su merced aunque sólo fuera en su mente era demasiado tentador para poder renunciar a ello así como así. Su mano pareció obrar con voluntad propia y empezó a dejarse llevar por la intensidad de las imágenes de ellos dos que brillaban ante sus ojos cerrados. Maeve y él en su bañera, la espalda de ella contra su pecho. Maeve húmeda, Maeve en sus brazos, Maeve moviéndose despacio bajo sus caricias y tratando de resistir el deseo de claudicar de inmediato ante el deseo de él.
-Yo lo he hecho. Más de una vez -susurró en su oído, insinuando un dedo entre sus pliegues pero sin llegar a tocarla allí donde sabía que ansiaba ser tocada- Pensando en ti. Imaginando que me hacías cosas encantadoras como eso que me has hecho con la boca hace un rato -hociqueó el rostro de Maeve hasta hacérselo levantar vuelto hacia él y posó un beso cálido y breve sobre sus labios. Estaba violentamente ruborizada, y algo le decía a Severus que no era por pudor. La idea de él pensando en ella la excitaba y eso a su vez lo excitaba a él- Vamos. Dímelo -Su otra mano recorrió con calma su torso, torturándola a propósito con caricias demasiado suaves, demasiado lentas, demasiado espaciadas- Dímelo, Maeve -insistió regando la piel mojada de su cuello con besos húmedos- Dime si alguna vez te has tocado así, pensando en mí...
Sus dedos ilustraron por unos segundos lo que entendía por "tocarse así" y luego se retiraron otra vez hacia su muslo. Maeve, frustrada, respondió con una ardiente mirada de no-sólo-odio a su sonrisa de suficiencia.
-Averígualo -le retó ella, con la voz un poco ronca y los ojos oscurecidos de deseo- Búscalo en mi mente, chico.
-Ah, no. Yo nunca haría eso.
-Claro. Porque no puedes, no te jode...
-No -Maeve era seda y agua contra las yemas de sus dedos cuando volvió a tocarla- Porque prefiero hacértelo confesar.
Maeve llevó una de sus manos hasta ese pelo negro que adoraba y tiró de él con suavidad, acercando a Severus hasta su boca.
-Nunca -musitó antes de besarle, y Severus sintió cómo moría contra su lengua el primer gemido que le arrancó con sus caricias.
-Sabes que puedo -la amenazó melosamente, labios contra labios, sin dejar de tocarla entre las piernas con una calma que era tan desesperante para él como para ella y a la vez resultaba deliciosa- Sabes que lo haré. Sabes que acabarás suplicándome que te deje confesarlo.
Un par de minutos más tarde, todavía estremecido con los últimos temblores de su orgasmo, Severus pensó con disgusto que aquella no era, precisamente, la manera más racional y madura de afrontar lo de ser amigo y sólo amigo de Maeve.
Y maldijo a los estúpidos y decadentes Malfoy por no disponer de duchas como la gente normal.
-Entonces, ¿estuvo bien el curso de Leeds, profesor...? -Draco se detuvo con gesto disgustado, irritado consigo mismo- Perdón. Quería decir Severus.
Severus miró al chico con gesto frío y burlón y devolvió su atención al arbusto de tármica que le estaba mostrando en uno de los jardines. Era media mañana. El matrimonio Malfoy había tenido que dejar a su invitado en manos de su hijo después del desayuno, secuestrados ambos por sus obligaciones y por los preparativos de la fiesta que tendría lugar esa noche.
-Estamos en tu casa, Draco, no en el colegio. Estoy seguro de que un chico tan espléndidamente educado como tú puede manejar la diferencia.
Casi sintió lástima por la expresión herida del muchacho, pero al fin y al cabo, se dijo, Draco pertenecía a la clase de gente que alardeaba de nacer sabiendo manejar las diferencias. Lo menos que podía hacer era demostrarlo.
-De acuerdo, Severus -replicó Draco, sin poder ocultar un matiz de rencor en su voz- ¿Fue interesante el curso, entonces?
-Como experimento sociológico sí, podríamos decir -contestó Severus con desdén- Ha arrojado mucha luz sobre mis prejuicios hacia la profesión médica de éste país.
-¿En serio?
-Sí. Ahora sé que todos ellos eran fundados -aseguró- ¿Qué tal tu verano, Draco? ¿Has seguido practicando esas pociones, tal y como te dije?
Draco asintió con un brillo orgulloso en los ojos.
-Me salen a la perfección. No como a ti, claro -se apresuró a añadir al ver la cara de ironía de su maestro- Pero mejor de lo que podrán salirle a cualquier otro de mi curso. Éste año nadie me superará en Pociones.
Severus reparó en su expresión decidida y soberbia, en su forma de apretar la mandíbula con un gesto absolutamente calcado de Lucius. Supo que ese "nadie" se refería en concreto a la chica Granger. Para Severus había sido un horror tener que concederle la nota más alta de Primer Curso a aquella sabelotodo insoportable de Gryffindor que además secundaba a Potter en todas sus tropelías, pero Draco tenía que estar viviendo como una afrenta mortal haber sido superado por una hija de muggles.
-¿Y cómo van tus entrenamientos, Draco? -le preguntó, volviéndose de nuevo hacia él.
Una sonrisa altanera iluminó el rostro del chico. Desde que había sido designado nuevo buscador del equipo de quidditch de Slytherin estaba más crecido que de costumbre. El día que un Malfoy se caiga desde lo alto de su ego se partirá la crisma, se dijo Severus con maldad.
-Estupendamente, pro... Severus. Éste año tenemos mejor equipamiento que muchos equipos de la liga profesional. Las escobas...
-Sé perfectamente que las escobas funcionan. Te pregunto si funcionas tú, que eres quien tiene que hacer uso de ellas. Supongo que te has percatado de que después de equiparse adecuadamente para el quidditch hay que jugarlo...
La sonrisa se borró inmediatamente del rostro de Draco. Severus supo que en ese momento el chico le odiaba. Se había acostumbrado de tal manera a la adulación y las palmaditas en la espalda por parte de sus compañeros que aquello debía de haberle caído como una patada en el estómago. Pero que Lucius Malfoy tuviera dinero como para comprarle a su hijo el puesto de buscador de Slytherin y por extensión todo el maldito colegio no convertía a Draco en el dueño del mundo. Severus consideraba que recordarle aquello de vez en cuando era hacerle un gran favor.
-Por supuesto, Severus -respondió el muchacho, muy serio.
-Sería una pena que nuestro buscador no estuviera a la altura de la escoba que monta, ¿no crees? Tu padre ha hecho una donación muy generosa, Draco. Odiaría tener que escribirle a mitad de curso diciendo que Gryffindor y sus escobas de segunda mano han podido con nosotros...
-Eso no sucederá -aseguró Draco.
El chico dominaba bien su soberbia pero -aun consciente de que el amigo de su padre y jefe se su casa en Hogwarts no era alguien frente a quien le conviniera mostrarla- no podía anularla por completo. Severus imaginaba que suprimir del todo la arrogancia en que lo habían forjado debía de ser superior a sus fuerzas.
-Cuento con ello, Draco -replicó, con el aire de quien da una orden- ¿Volvemos dentro? Tengo que reunirme con tu padre antes de la comida.
No le pasó inadvertido en el camino de vuelta hacia la mansión que Draco le miraba a veces de reojo con expresión dubitativa. Había algo que perturbaba al chico y a Severus le molestaba sobremanera no saber determinar de qué se trataba.
-¿Hay algo que te preocupe, Draco?
El chico se mordió un momento el labio inferior y por un momento pareció que fuera a negar con la cabeza. Pero se lo pensó mejor y simplemente, miró al suelo mientras sequía caminando y hablaba con voz muy baja.
-Severus, la carta... ¿Por qué no...?
La carta. Por supuesto que se trataba de la carta. Y sin embargo...
-Ya te lo he explicado, Draco: porque la prioridad de la verdad es relativa en función del beneficio que se pueda sacar de ella. Porque esa carta puede tener mucho más valor almacenada que en manos de aquellos a quienes en teoría incumbe leerla. Porque somos de Slytherin, Draco. Un Gryffindor habría entregado la carta para hacer justicia y evitar un castigo; nosotros en cambio valoramos que puede haber ocasiones futuras en que esa carta nos reporte mucho más y, por tanto, la guardamos. ¿Lo entiendes?
Draco asintió y aun así Severus no se quedó tranquilo. Se trataba de la carta pero también había algo más. La conformidad de Draco era sólo aparente, su sinceridad respecto a lo que le preocupaba sólo relativa. Venía notando esa actitud en Draco a raíz de la noche del unicornio en el Bosque Prohibido y también la forma extraña -no con el preceptivo desdén hacia un ser inferior, sino indecisa entre la curiosidad y el odio- con que el chico miraba a veces a Maeve, cuya implicación en el asunto de la carta él desconocía...
Su intención le decía que era en Maeve en quien radicaba la inquietud de Draco. Tendría que preguntarle a ella ahora que podía hacerlo. Era evidente que el chico, metido casi de lleno en la estupidez de la adolescencia, no iba a decirle nada.
Lucius le esperaba en la impresionante biblioteca de la mansión, después de haber terminado con los visitantes que esperaba del Ministerio a primera hora. Aunque le daba la espalda cuando entró, Severus supo que estaba furioso. No necesitaba mirarle a la cara. Al contrario que él, que por necesidad y supervivencia poseía un control casi sobrehumano sobre la expresividad de su cuerpo, la exuberancia natural de Lucius delataba sus emociones a kilómetros.
-Una reunión tensa, por lo que veo -le saludó, mirando con intención la mano del purasangre crispada sobre su bastón.
Lucius no se volvió, pero la rabia en su voz era reflejo de la que debía estar desfigurando su rostro.
-Interrogarme. Esos malditos idiotas se permiten interrogarme sobre lo que guardo o dejo de guardar en esta casa -dio una furiosa palmada y en cuestión de décimas de segundo un elfo se materializó ante él, mirándolo con expresión sumisa y acobardada- Una botella de Ogden Magnum para el profesor Snape y para mí. Y rápido, Dobby. No me siento demasiado inclinado últimamente a tener paciencia contigo...
Severus advirtió la expresión de terror del elfo antes de desaparecer, y escuchó a Lucius sisear algo entre dientes. Sólo pudo entender las palabras "patético inútil" .
-¿No es un poco pronto para darle al whisky de fuego, Lucius? -preguntó con sorna.
-Necesito algo que me relaje o acabaré apareciéndome en el Ministerio para machacarle a Arthur Weasley esa asquerosa cara de anormal que tiene. Sabes que él anda detrás de toda esta campaña contra mí, ¿verdad? -rugió con una mueca de asco- Todos estos interrogatorios que ellos llaman entrevistas... Sé que intenta conseguir autorización para que los aurores registren mi casa. Pero si ha creído que una jodida comadreja muerta de hambre va a poder con un Malfoy, es que es todavía más imbécil de lo que aparenta. Cuando haya acabado con él... y te aseguro, Severus, que eso va a suceder muy pronto -afirmó, con un brillo lascivo en sus ojos acerados- lo primero que haré será conseguir que esterilicen a toda su puta estirpe para que no sigan reproduciéndose como conejos y contaminando nuestra sociedad.
Severus contempló inexpresivo cómo Lucius arrebataba al temeroso elfo reaparecido la botella y los vasos y luego lo apartaba de sí con un furioso bastonazo, ordenándole que se fuera. Lucius nunca se había distinguido por el trato exquisito que dispensaba a sus inferiores pero su actitud actual hacia Dobby rozaba lo estomagante incluso para alguien como Severus, a quien los elfos domésticos le traían sin cuidado. Lucius debía de estar especialmente frustrado por algún motivo. Y por otra parte, esa absoluta seguridad en la inminente caída de Arthur Weasley delataba que tramaba algo.
-¿Cómo piensas deshacerte de Weasley, Lucius? -preguntó con aire indiferente, apoyándose en el alféizar de la ventana más próxima para degustar su whisky de fuego- Será más pobre que las ratas pero también es muy apreciado en el ministerio. Incluso tu amigo Fudge le tiene en buena estima. Su familia es una de las más antiguas, aunque él se dedique a arrastrar su nombre por el fango.
Lucius tomó un pequeño sorbo de whisky, recreándose tanto en el sabor de la bebida como en los pensamientos e imágenes que estaban acudiendo a su cabeza.
-Digamos que de aquí a un año a Weasley no le dejarán acercarse a menos de dos millas del Ministerio. Ya lo verás por ti mismo, Severus -Lucius vació su whisky de un trago y se sirvió otro. Severus declinó su oferta de rellenarle el vaso. Esta conversación requería que mantuviera toda su sobriedad- Va a lamentar haberme provocado... Más aún: -se corrigió- va a lamentar incluso haber nacido ¿Sabes que se me enfrentó hace un par de días? Me lo encontré en el callejón Diagon comprando basura de tercera mano para su prole... Y se me enfrentó. Por defender a esa zorrilla muggle que va a clase con Draco; Granger o algo así. Creo que si no llega a ser por la vaca de su mujer me habría pegado y todo, el idiota. Como si tuviera la menor opción contra mí...
Severus no pudo evitar sonreír. Enfrentarse físicamente a Lucius Malfoy era una mala idea viniera de quien viniera, pero hacerlo siendo Arthur Weasley rozaba lo suicida. Hasta su esposa Molly tenía más posibilidades que él de vencer a Lucius en un cuerpo a cuerpo. Paladeó un trago de su Ogden, dejando que llenara su boca antes de deslizarse como fuego líquido por su esófago.
-Y por si no tuviera bastante con eso, justo después de Weasley y cuando ya no creía que pudiera toparme mayor bazofia por Diagon, me encuentro en Madame Malkin con esa otra puta... -la mueca de desprecio de Lucius se transformó en una sonrisa procaz cuando miró con sarcasmo al otro mago- No me habías dicho que fuera así, Severus. Tan... agradable de mirar.
El corazón de Severus empezó a latir deprisa, intuyendo lo que su cerebro se negaba a contemplar como una posibilidad. Lucius no podía estar hablando de...
-¿Que fuera así quién, Lucius? -dijo con indiferencia.
-La squib. Ya sabes, tu compañera en Hogwarts. Murphy. Ha cambiado mucho desde la última vez que la vi, claro que entonces tendría... ¿Diez años, once? La recordaba como un conejito... No, peor aún: como uno de esos animalejos de Madagascar con los ojos gigantes... ¿lémures? Sí. Un pequeño y asqueroso lémur con pelo de esparto. Pero ha crecido esplendidamente, por lo que pude apreciar. Llenaba con bastante gracia ese horrible vestido muggle de baratillo... Salvo por la falta de tetas, claro. Es una pena que en eso no se parezca a su madre como se parece en todo lo demás; pero con que haya heredado su talento para suplicar ya podrá merecer la pena follársela. Esa zorra muggle implorando por la vida de su marido es algo que todavía suena como música en mis oídos...
Sus ojos se perdieron un momento en lo que a todas luces era una placentera ensoñación. Severus sintió que se le encogía el estómago. Sabía perfectamente, pues Lucius se lo había contado entonces con todo lujo de detalles vomitivos, por cuanto tiempo y bajo qué circunstancias había suplicado Brigid Murphy. Movió con suavidad el vaso de whisky de fuego mirándolo con expresión desdeñosa, luchando por no apretar los dientes ni los dedos. Impasible, pese a su corazón latiendo a mil por hora. La ha visto. Ha visto a Maeve. Ha estado cerca de ella.
-¿De verdad no te has fijado en esa zorra, Severus? Acostumbrado a niñas y vejestorios, pensaría que, aunque se trate de una basura muy por debajo de tu nivel de exigencia, habrías reparado en...
-Si te digo la verdad, Murphy me genera el mismo interés que el papel pintado -le cortó Severus, con aire de encontrar la mera insinuación insultante- Lo único en lo que he reparado, puesto que es imposible ignorarlo, es en su molesta voz y en sus modales de estibador. Pero sus tetas o ausencia de las mismas me son completamente indiferentes, puedo asegurártelo.
-A veces dudo de que te gusten las mujeres, Severus.
En ese momento la tensión que se estaba acumulando dentro de Severus amenazó con explotar. Podría haber cogido del cuello a Lucius y apretar hasta estrangularlo. Dudaba de que le gustaran las mujeres. Él. Lucius Malfoy, que llevaba años sin tocar a su esposa y manteniendo a queridas dispuestas a dejarse hacer todo tipo de atrocidades porque no podía consumar una relación sexual en la que no mediaran la intimidación y la violencia. Ese enfermo se atrevía a hacer chistes sobre sus propias tendencias. Y había visto a Maeve. Había visto a Maeve, el trofeo que no pudo cobrarse en la cacería de los Murphy. Había visto a Maeve y osaba mirarla de esa forma. Severus no supo cómo consiguió dominar su respiración y su voz para que no transpiraran angustia, ni tampoco cómo consiguió aplacar el deseo de matar a Lucius allí mismo.
-Qué curioso. A mí me sucede lo mismo contigo -replicó con sarcasmo
Lucius le correspondió con una sonrisa cínica.
-Esa puerca se parece a su puto abuelo más de lo que la conviene. Se ha atrevido a plantarme cara, Severus. A mí. Se me puso chula delante de mi hijo. Resulta que esa mierdecilla cree que le está permitido tener orgullo. Como si fuera algo más que una repugnante tara genética que debería erradicarse. Como si tuviera derecho a respirar el mismo aire que los que no hemos nacido defectuosos -Severus reconoció la mueca de ferocidad en el rostro de Lucius. Era la misma que esgrimía bajo la máscara de mortífago antes de matar. Y si entonces le había repugnado, ahora le dio escalofríos- Si por la razón que sea cambias de idea y te apetece darte un desahogo a su costa, te aconsejo que te des prisa. Draco no recibirá clases de esa puta, te lo aseguro. Antes del final de este curso Dumbledore también estará fuera del lugar que usurpa, como Weasley. Y cuando Murphy ya no tenga a su queridísimo protector para esconderse bajo sus faldas de vieja chocha, me encantará borrarle esa arrogancia de la cara igual que se la borré a su abuelo. Nadie le escupe a un Malfoy y vive para contarlo, amigo.
Severus terminó su Ogden sin apartar la mirada de los ojos grises de Lucius, iluminados por una cólera lujuriosa. Pensó en Declan Murphy, que había muerto tras cuatro días de tortura con todos los huesos de la cabeza machacados a golpes. Pensó en los nudillos despellejados de Lucius y en su sonrisa triunfal cuando se lo había contado quince años atrás.
Y sintió en su corazón encogido la súbita necesidad de ir junto a Maeve para asegurarse de que estaba a salvo, de que se sentía bien, de que Lucius no le había hecho nada...
Nada aparte de provocar su estúpida, suicida, insufrible bravuconería irlandesa.
Su estancia de este año en la mansión de los Malfoy iba a hacérsele más larga que nunca, contando los minutos que le quedaban hasta volver a ver a esa jodida loca, comprobar que estaba bien y después matarla, por arrogante y por insensata.
Bueno, hasta aquí aquí mi introducción al maravilloso mundo de los Malfoy y sus relaciones con Severus. Tal vez os guste cómo los pinto, tal vez no, pero en mi historia los veo así. Me encantará saber qué opináis, así que venga, animaos a pulsar el botón de abajo y dejad un comentario.
Gracias, como siempre, a todos.
NOTAS:
-La verdad es que no sé si en los libros Severus llama a Narcissa Cissy o no, pero me venía mejor que no lo hiciera y "marcara un poco las distancias". Si es anti-canon, mis disculpas XD
-La conversación de Severus y Draco sobre la carta es ambigua a propósito, para no hacerme spoilers a mí misma. Se explicará mejor unos capítulos más adelante.
