Capítulo V: hay muchas formas de caerse. Unos se caen al lago y a otros les caen contra la pared. Hay quien cae en la cuenta de cosas que ignoraba. Y hay quien, como Lockhart, se cae con todo el equipo.
CAPÍTULO V: PRINCIPIOS ACCIDENTADOS
-¿Poppy? -susurró Maeve desde la puerta de la enfermería.
En la penumbra del pabellón distinguió una sombra que se movía con agilidad entre las camas y le hacía gestos de que se acercara. Maeve avanzó con cuidado, intentando no hacer demasiado ruido ni dejar caer la bandeja que llevaba.
-¿Qué es esto que traes, chiquilla? -inquirió Poppy
-Comida -respondió Maeve, y añadió con entusiasmo- Montones de comida. Tú no has podido cenar a causa de lo del chico. Y yo no he podido cenar porque estaba sentada al lado de Lockhart y se me han quitado las ganas hasta de vivir -explicó, suspirando- Así que he pensado que podíamos cenar juntas y hacernos compañía. Con todo el jaleo del principio de curso llevo días sin poder charlar a gusto contigo...
La enfermera dejó que una sonrisa iluminara su rostro y sus ojos azules. Acarició con afecto la mejilla derecha de la joven, deteniéndose en el lugar próximo a la sien donde ahora habría una feísima cicatriz de no ser por su proverbial habilidad curando heridas.
-¿Ves cómo era mejor hacerlo con mi varita que con sutura muggle? -dijo, satisfecha- Así parece que sólo hubiera sido un rasponazo y con el tiempo llegará a desaparecer del todo. De haberlo hecho como tú sugerías, ahora irías marcada de por vida por culpa de ese cerdo.
-Tenía miedo de que usaras hechizos curativos conmigo -se defendió Maeve- Ya sabes que los squibs y los muggles respondemos de forma imprevisible a la magia. ¿Y si se me hubiera vuelto la cara verde?
Poppy esbozó una extraña sonrisa al oir aquel comentario.
-Habrías estado guapísima: el verde es, definitivamente, tu color -observó, no sin cierta malicia, y Maeve notó que sus mejillas querían ruborizarse sin entender muy bien la razón. Era una suerte que la luz en la enfermería fuera tan escasa- ¿Por qué te has quitado ya esa túnica tan bonita? Pareces una princesa con ella...
Maeve resopló y miró al techo
-Ya no podré ponérmela sin oír a Lockhart llamándome "pequeño trébol de Irlanda" -se lamentó- Voy a tener que quemarla si no quiero vomitar cada vez que abra el armario y la vea.
Riendo con suavidad, Poppy guió a Maeve hasta el escritorio que le servía de puesto de control, situado en mitad del pabellón. Había una luz ténue sobre la mesa, iluminando las notas que la bruja había ido escribiendo en un pergamino rotulado con el nombre Albertson, Adam.
-¿Qué tal está el niño? -preguntó Maeve.
-Bien -Poppy señaló con un gesto de la barbilla hacia una de las camas más cercanas, donde yacía un chiquillo menudo y rubio- Asustado y con algo de hipotermia, pero bien. Nada que no se arregle con buenas mantas y chocolate caliente.
-Pobrecillo... Lamento mucho que te perdieras la ceremonia por atenderle, Poppy: éste año el Sombrero y Albus estuvieron sembrados. Oh, y a Sybill le dio por hacerle una lectura de aura a Hagrid -recordó de pronto, con regocijo- Se empeñó en que era completamente negra y que eso significaba su muerte segura en menos de cuarenta y ocho horas. No se convenció de que lo que estaba viendo era el pelo de Hagrid hasta que Séptima se hartó de oírla gemir en plan agorero y la obligó a tocárselo. Después de eso se estuvo callada toda la cena.
Poppy rió de buena gana y luego suspiró.
-Es bastante habitual que se caigan alumnos de primero de las barcas. De hecho, lo raro es que no se caigan más alumnos de primero de las barcas. Menos mal que tenemos al calamar para sacarlos -la bruja despejó el escritorio con varios movimientos de varita y dejó que Maeve posara su bandeja- Adam pasará esta noche aquí y mañana lo llevaré al despacho de Albus para que el sombrero lo sortee allí. Hmmm... qué buena pinta tiene todo.
-¿En serio? -repuso Maeve, con sorna- Porque Lockhart se ha pasado toda la cena explicándome lo mediocre que es la cocina de los elfos de Hogwarts en comparación con la de los del Ministro de Magia francés, gran amigo suyo, o con los suntuosos banquetes con que lo agasajaba el maharajá de Imbhrappala cuando fue a librar a su reino de un sanguinario raksaga.
-Veo que nuestro nuevo profesor de Defensa te ha seducido con su maravillosa personalidad igual que a todos los demás -bromeó Poppy.
-Si es que no se puede ser más imbécil y más pesado y más presuntuoso y más... ¿He dicho ya imbécil? -replicó Maeve con disgusto- ¿Qué ha podido ver Dumbledore en él?
Poppy se encogió de hombros y conjuró platos, copas y cubiertos para las dos, sirviéndose sin más demora una buena porción de empanada de carne.
-Temo que no hubiera mucho donde elegir, chiquilla. No suele presentarse mucha gente a ese puesto. Por lo de la maldición, ya sabes...
-Menuda tontería.
-Será todo lo tontería que tú quieras, pero hace décadas que ninguno dura más de un curso. Y mira cómo acabó Quirrell el año pasado -dijo, antes de añadir con gesto vehemente- No es que no me alegre de eso, por supuesto. Su muerte fue poco horrible para lo que se merecía. Espero que sufriera muchísimo dolor. Lo que te hizo... Menos mal que Severus te encontró, chiquilla. Si a Quirrell le hubiera dado por volver a por ti...
Comieron en silencio durante un rato. Maeve confió con todas sus fuerzas en que la pausa hiciera a Poppy olvidar el tema. Se sentía incómoda cada vez que el nombre de Severus surgía en una de sus conversaciones con la enfermera. Daba igual que Poppy nunca hablara de más, que nunca insinuara nada. Siempre daba esa inquietante impresión de saber algo y estar callándoselo y -lo que era aún peor- encontrarlo muy divertido. Vio sobre una silla desocupada la edición vespertina de El Profeta que tanta conmoción había causado en la Sala de Personal horas antes de la ceremonia de apertura de curso. Pensó que sería una forma elegante de cambiar de tema.
-Es sorprendente -comentó, señalando la foto de la primera página- Yo habría apostado por los gemelos Weasley, pero han sido su hermano Ron y Harry Potter los no han llegado con los demás. Así que supongo que deben de ser ellos los de la proeza con el Ford Anglia. No han aparecido por el banquete.
-Y Severus tampoco -le recordó Poppy sin desviar su atención de la deliciosa empanada.
Mierda, protestó Maeve para sus adentros.
-¿Crees que Snape los habrá matado?
Maeve no sabía cómo interpretar la sonrisita que esbozaba Poppy cada vez que la oía a referirse a Severus con desprecio y por el apellido. Sólo sabía que le producía un notable desasosiego. Si no fuera imposible que nadie -salvo el maldito Dumbledore- imaginara que eran amigos, diría que la condenada bruja estaba al tanto de todo.
-No es propio de Severus matar niños. Ni siquiera niños de Gryffindor -repuso Poppy, burlona- Normalmente se conforma con que los expulsen. Bien es cierto que nadie está libre de comportarse de forma inusual, así que el día menos pensado...
Poppy dejó la broma en suspenso, como distraída por el hilo de sus pensamientos. Por más que quisiera aparentar desinterés, Maeve no pudo evitar sentir curiosidad y probablemente reflejarla. Tenía que recordar más a menudo que fingía muy mal.
- Recuerdo una vez... Oh, qué temporada tan rara tuvo cuando empezó aquí de maestro. Yo opinaba que estaba enfermo y que debíamos mandarlo a San Mungo para que le hicieran una revisión exhaustiva, pero Albus dijo que sólo era estrés y que se le pasaría. Estrés mis narices -gruñó la enfermera- Severus vive estresado y nunca, antes o después, se ha portado como entonces...
-¿Como un ser humano? -aventuró Maeve, mordaz.
-Vamos, no seas así. Ya sé que Severus nunca te ha caído bien pero es buen chico.
Poppy sentía cierta debilidad por Severus desde los tiempos en que éste, siendo un niño, era visitante asiduo de la enfermería gracias a las amables atenciones de James Potter y compañía. Maeve estaba al tanto de ello porque Poppy no solía privarse de demostrar dicha debilidad, muchas veces para disgusto y consternación del propio Severus y otras -las menos- para su secreta y siempre inconfesa satisfacción. Defendía contra viento y marea su condición de buen chico a pesar de todo y le dolía enormemente que lo describieran en términos desagradables, cuestionando que se mereciera tal tratamiento. Sin embargo, ahora no había parecido demasiado disgustada por el comentario hiriente de Maeve. Y aquel nunca había sonado extraño. Sutilmente irónico. Decididamente cargado de intención. Maeve clavó la vista en su plato, fingiendo una súbita fascinación por los guisantes.
-Me refiero a que no era él mismo -insistió Poppy- Severus puede ser terrible, eso lo reconozco. Pero lo es de una forma fría, controlada. Aquella vez... ¡Merlín, era como una furia del Infierno! Albus tuvo que desautorizar varios de los castigos que repartió entre los chicos porque hasta Filch los encontraba inaceptables. Y estableció un récord de deducción de puntos que todavía no ha sido superado.
-Estoy esperando la parte en que la Snape no es "él mismo" -se mofó Maeve, secretamente consternada por lo que estaba oyendo. ¿Filch desautorizando castigos de Severus? ¿Severus perdiendo la frialdad y el control? ¿En qué cabeza cabría...?
-El sesenta por ciento de esos puntos se los quitó a Slytherin.
Muy a su pesar, Maeve dejó caer el tenedor y miró a Poppy cosen los ojos muy abiertos al oír aquello. La bruja sonrió con suficiencia.
-Anda. Dime que eso es normal.
Maeve no pudo. No pudo porque de pronto se le había secado la garganta y no tenía de donde sacar las palabras y aunque lo tuviera no encontraría palabras con las que describir lo muy anormal que sonaba aquello. Lo muy impropio de Severus que sería haberse comportado así. Lo muy trastornado que tendría que estar Severus para obrar de semejante manera cuando ella no lo había visto perder los papeles ni siquiera después de la noche en que murió Lily Potter. Tal cosa no había podido suceder en el tiempo que ella estuvo en Hogwarts como asistente de Kettleburn porque algo así habría llamado irremediablemente su atención, se habría comentado, habría generado rumores. Se habría enterado por fuerza.
-¿Cuando empezó aquí de maestro, dices? Yo vivía en Hogwarts entonces y no recuerdo que...
-Tú ya no estabas -repuso Poppy- De hecho, creo que fue justo después de que te fueras.
Durante unos instantes aquella frase, dicha con absoluta naturalidad y ningún énfasis, flotó ominosa en el silencio. Poppy se centró en servirse un poco de postre. Maeve, en ensartar uno por uno los guisantes con su tenedor, tratando de apuntar su atención hacia cualquier cosa que no fueran esas palabras, tratando de no ruborizarse, tratando de no temblar. Justo después de que te fueras. Empezó a notar aquel rumor en las sienes que vaticinaba una tormenta de palpitaciones. Es circunstancial. Es casualidad. Es algo que carece de significado, así que no intentes dárselo solo porque quieres dárselo, ¿me oyes, Maeve? ¿ME OYES?
-Supongo que sería anemia, o algo parecido -sentenció la enfermera encogiéndose de hombros antes de regalarse un buen bocado de tarta de crema.
Absorta en sus guisantes y en buscar una buena y vitriólica respuesta que reafirmara lo mucho que aborrecía a Severus, Maeve se perdió la fugaz sonrisa conspiradora y satisfecha que asomó a los labios de Poppy Pomfrey mientras saboreaba el dulce.
Aquel año tenía una clase más, la de Sexto, compuesta por once de los dieciséis alumnos que habían pasado con éxito su TIMO de Cuidado de Criaturas Mágicas en Junio. Eso la había obligado a un pequeño reajuste en sus horarios que incluía acostarse pronto para poder levantarse antes a hacer su ronda matinal por el zoológico. El problema era que, gracias a Poppy y a su propio subconsciente excitable y traicionero, no había pegado ojo hasta pasadas las tres de la madrugada, dando vueltas en la cama y dándole vueltas a lo que la enfermera le había contado. Eso se traducía en sólo dos horas de insuficiente e insatisfactorio sueño, en dolor de cabeza y en un intenso mal humor que esperaba se le fuera pasando a partir del tercer café de la mañana, cuando empezara a sentirse persona de nuevo.
Habría sido un detalle poder empezar con un grupo fácil pero la primera clase era doble con los de Sexto. Para desgracia de Maeve, Charles Fraser estaba entre los alumnos que habían decidido seguir con la asignatura hasta el nivel EXTASIS. Y no sólo eso, sino que también parecía haber olvidado durante el verano todo lo aprendido a lo largo del curso anterior acerca de respeto y modales hacia su profesora. Su actitud de sólo la aguanto porque me obligan pero sé que estoy por encima de usted era exactamente la misma que el primer día de clase del año pasado. Esas dos primeras horas fueron mentalmente agotadoras para Maeve. Neutralizar las provocaciones del arrogante Slytherin con elegancia, usando la mezcla justa de severidad e indiferencia, quemaba un montón de energías.
-Si los veterinarios de los aethonans de su padre no lo hacen como yo digo, entonces lo hacen mal, señor Fraser. Estoy segura de que desarrollan artrosis de cuartos traseros a edades muy prematuras y presentan infecciones recurrentes en las pezuñas. Corríjame si me equivoco.
-Mi padre paga a los mejores veterinarios -fue la arrogante respuesta del chico, aunque Maeve supo, por su forma de apretar los dientes, que ella había acertado y eso le fastidiaba.
-Pues tal vez su padre debería pedir que le devuelvan el dinero -afirmó sin titubear- ¿Algo más que desee rebatirme, señor Fraser? ¿No? ¿Ninguna otra cosa que crea que es incorrecta o inexacta? -esperó un rato, hasta que el chico tuvo que bajar por fin su orgullosa mirada y negar con la cabeza- La próxima vez que quiera desautorizarme, infórmese bien primero.
Al acabar la clase, Maeve vio marcharse a Fraser y pensó que a veces envidiaba poder ser como Severus. Poder portarse como una absoluta cabrona con los chicos. Sentirse libre de mandar callar a aquel niñato, llamarle burro e ignorante sin más explicaciones y deducirle un millón de puntos a Slytherin por su culpa para que así sus propios compañeros le hicieran el trabajo sucio de castigarle. Pasarse por el arco de triunfo conceptos como pedagodía, justicia, ecuanimidad y autoridad sin autoritarismo. Al menos con Charles Fraser no le importaría en absoluto ser así aunque sólo fuera de vez en cuando. Los escrúpulos no siempre eran una carga fácil frente a alumnos retadores como él.
Al menos la clase de quinto se presentaba mucho mejor. El año anterior ese grupo había sido el más agradable de enseñar: disciplinados, atentos, entusiastas y sin ningún Fraser entre sus filas. Al contrario: contaban con Damien Lerroux y Lara Vodianov, sus dos mejores alumnos sin lugar a dudas. Era un verdadero placer tenerlos en clase, siempre dispuestos a poner en segundo plano sus tiranteces y diferencias -él era de Slytherin, hijo único de una rancia estirpe purasangre; ella de Gryffindor y miembro de una populosa familia muggle de inmigrantes ucranianos- en favor del trabajo en equipo. De hecho, Maeve estaba segura de que era la actitud de Lerroux y Vodianov y el ejemplo que transmitía lo que hacía de ese grupo uno tan compenetrado y fácil de llevar.
Sintiéndose de mejor humor empezó a tararear mientras borraba de la pizarra el esquema de Fundamentos de veterinaria básica que había servido de base a la clase de sexto y empezaba a escribir el de Taxonomía de la fauna tropical que usaría en la siguiente. Saighead la observaba subido a su percha, degustando con parsimonia los restos de una ardilla que había cazado de madrugada. En un rincón de la tarima dormitaban Cástor y Pólux con aquella expresión de pereza y placer absoluto de la que sólo los gatos eran capaces, bien estirados para aprovechar al máximo los rayos de sol que se colaban por una de las ventanas, imperturbables incluso al bullicio que hacían los alumnos de quinto que se acercaban al aula.
-Entiendo su emoción de volver a verme, pero no hace falta que los oiga todo el colegio -bromeó Maeve mientras terminaba el esquema.
Y al acabar y darse la vuelta, sacudiéndose aún la tiza de las manos, tuvo tiempo de ver la escena. Damien Lerroux entraba en el aula al tiempo que Lara Vodianov y se apartaba para cederle el paso. Pero no con la galantería típica del las damas primero. Ni siquiera con simple corrección. Hubo algo frío y distante en su gesto, una suerte de aversión manifiesta a la posibilidad de rozar siquiera a la chica. Algo que al parecer Jonathan Collins, compañero de casa y -según Maeve entendía- mejor amigo de la muchacha consideró intolerable, a juzgar por el fuerte empujón que propinó al de Slytherin para apartarlo de la puerta y de Lara. Maeve pudo oír el golpe de Lerroux contra la pared desde el otro extremo de la clase. Y pudo advertir también la actitud retadora del agresor y el peligroso fuego que hizo arder los ojos del agredido.
-¡Eh! -gritó de inmediato, poniéndose en jarras- ¿Tienen algún problema con el ancho de la puerta? ¿Necesitan que se la amplíe, acaso?
Los dos muchachos miraron a su profesora con expresión no demasiado contrita y luego al suelo. Ambos negaron con la cabeza.
-Muy bien. Entonces dejen de hacer el tonto y siéntense. No tenemos todo el día.
No le pasó inadvertido cómo Lerroux -que nunca había tenido el menor problema en acercarse a la parte de las gradas que ocupaba el grupo de Gryffindor- buscaba deliberadamente el sitio más alejado posible de aquel en que se sentaban Vodianov y Collins, completamente solo, pues era el único Slytherin de quinto. Ni le pasaron inadvertidas las miradas que durante la clase le dirigió la chica, cargadas de una intensidad cercana al odio radicalmente distinta de la cordial hostilidad del año anterior y que no vaticinaba nada bueno. Según avanzaba la clase, un desagradable presentimiento fue retorciendo el estómago de Maeve como una garra de acero. Algo le decía que la paz y la concordia del año anterior no eran ya más que un hermoso recuerdo.
Me está bien por hablar, se dijo, enfadada consigo misma por creer que algún alumno podía llegar a sustraerse de aquella ancestral y ridícula rivalidad entre casas. Pero iba a tomar cartas en el asunto antes de que la cosa se empezara a salir de madre. Collins, buen chico pero indisciplinado e impetuoso, tenía una marcada tendencia a meterse en líos desde el primer día que pisó Hogwarts, según le habían dicho los demás profesores. Pero Lerroux era diferente. Un alumno modelo: estudioso, educado, colaborador, distante pero correcto con los estudiantes ajenos a Slytherin... Si estaba en su mano evitar que se convirtiera en otro macarrilla poseído de chulería adolescente y dominado por sus hormonas, por Cristo que lo evitaría.
-Señor Lerroux, espere -le llamó al acabar la clase- Me gustaría hablar con usted.
Él la miró, con sorpresa primero y luego con disgusto, pero permaneció en el sitio sin abrir la boca. Era un muchacho alto y espigado, de pelo y ojos castaños y cara seria pero agradable. Maeve pensó que la expresión orgullosa con que la estaba encarando le hacía parecer mucho más mayor de sus quince años.
-Respecto a lo que ha pasado al principio de la clase...
-No sé a qué se refiere, profesora Murphy -la interrumpió Lerroux con voz serena.
Maeve levantó una ceja.
-Me refiero a su encontronazo con la pared y las peculiares fuerzas físicas que lo motivaron, señor Lerroux. ¿O es que me va a decir que me lo he imaginado?
Maeve no llegó a comprobar si Lerroux, tal y como temía, iba a obstinarse en su actitud de negarlo todo. La puerta la interrumpió y los sobresaltó a los dos, al abrirse de golpe. Maeve se vio frente a Neville Longbottom, que había irrumpido como un tornado en el aula, todo alterado y dando voces.
-¡Profesora Murphy! ¡Profesora Murphy! ¡Tiene que venir al aula de Defensa, es una emergencia! -gritó el chiquillo- ¡Están fuera de control!
-Cálmese, señor Longbottom, y dígame...
-¡Si se escapan tomarán la escuela y a ver cómo...!
-Señor Longb...
-¡El profesor Lockhart no puede controlarlos, tiene que venir usted!
-¡Señor Longbottom! -gritó Maeve, consiguiendo callar al asustado chiquillo. Advirtió que ya no tenía que bajar la cabeza para mirarle directamente a los ojos; esos condenados niños crecían tan deprisa...- No entiendo nada de lo que me está diciendo, así que intente explicármelo con calma, ¿de acuerdo?
Neville asintió y respiró hondo. Estaba muy colorado, como si hubiera venido corriendo todo el camino desde el aula de Defensa.
-Duendecillos de Cornualles -dijo
-¿Perdón? -definitivamente, Maeve no entendía nada. ¿Qué tenían que ver unos duendecillos de Cornualles con la asignatura de DCAO?
-Están desatados. Se han puesto a destrozar la clase. A mí me colgaron de la lámpara y casi me mato del golpe. El profesor perdió su varita. Han roto ventanas y todo, profesora Murphy. Han...
-Pero ¿cómo demonios...?
-El profesor Lockhart los había traído para enseñarnos a … a controlarlos, supongo... y los soltó … y...
El discurso y la voz de Neville se fueron extinguiendo ante el rictus de furia que fue tomando posesión, poco a poco, del rostro de Maeve. Neville sólo la había visto así una vez, la noche en el Bosque Prohibido, cuando casi creyó que iba a matar a Draco Malfoy.
-¿QUÉ? -preguntó ella, ahogada de ira -¿Que el profesor Lockhart ha soltado duendecillos de Cornualles en su clase? ¿MIS duendecillos de Cornualles?
Neville asintió, un poco encogido. Maeve apretó los puños y sin mediar palabra se giró para ir a tomar a Saighead de su percha. Cuando volvió a mirar al chico sus ojos daban más miedo que los de Medusa.
-Gracias por avisarme, señor Longbottom. Y usted, señor Lerroux -añadió, señalando muy seria al Slytherin- no crea que hemos terminado: considere esta conversación meramente aplazada.
La Virgen, qué comienzo de curso, añadió para sus adentros mientras salía del aula hecha una furia.
-¿Quieres dejar de hacer eso, Hermione? -chilló Ron, tratando de soltar uno de los duendecillos de la oreja que le estaba mordiendo con entusiasmo.
-¡Es el hechizo que sirve para neutralizarlos, lo leí en Una vuelta con los espíritus malignos! -repuso Hermione, cuya melena estaba siendo atacada sin piedad por otros dos duendecillos- ¡Aaaay!
-En un libro de Lockhart...-masculló su pelirrojo amigo, agarrando por el cuello a su agresor e intentando evitar, sin mucho éxito, que le mordiera también la mano - Entonces seguro que es verdad -añadió con sarcasmo.
-¡Claro que es verdad! ¡El profesor Lockhart no se lo inventaría! -gritó la niña muy ofendida antes de apuntar con su varita a un grupo de duendes volcados en la tarea de reducir un grueso libro a confetti -¡Peskipiski pestenomi! -conjuró, haciendo un complejo y florido movimiento de muñeca. Nada ocurrió, igual que las veces anteriores -¡Peskipiski pestenomi! -insistió.
Desde debajo de un pupitre, donde se refugiaba del bombardeo de tinteros al que lo tenían sometido, Harry le gritó exasperado a su amiga:
-¡Deja de hacer eso y concéntrate en congelarlos! ¿No ves que Ron no puede con su varita?
-¡Pero el profesor...!
-¡Lockhart no tiene ni idea!
-¡Harry! ¿Cómo te atreves a...?
Un fuerte grito la interrumpió, y esta vez no venía de ninguno de sus dos amigos. Procedía de la puerta del aula y lo había proferido una sonora y grave voz de mujer enfadada. Muy enfadada.
-¡La madre que lo parió!
Los tres niños volvieron el rostro hacia Maeve, que acababa de llegar y contemplaba el caos con cara de muy pocos amigos. Un duendecillo, entusiasmado de tener una nueva víctima, se lanzó de inmediato contra su cara pero ella, rápida de reflejos, le atizó tal golpe con la mano del revés que lo mandó contra la pared más cercana. Luego, aprovechando que estaba atontado, lo agarró del pellejo del cuello como a un gatito.
-Ésta es la forma más segura de cogerlos, así no pueden revolverse y morder -les explicó- Señorita Granger, venga aquí con su varita. Señor Potter, haga el favor de salir de ahí y acérquese también. Señor Weasley...
Ron ya se había situado a su lado, dispuesto para la batalla con entusiasmo y en posición de firmes. Maeve se calló a media frase al reparar en el patético estado de la varita del pelirrojo. ¿Eso era cinta adhesiva?
-...usted guarde esa varita antes de que alguien salga herido. Mejor me ayuda a meterlos en la jaula cuando sus compañeros los neutralicen, ¿vale? -la cara de decepción del muchacho demostró que no estaba muy conforme, pero Maeve iba demasiado apurada como para pararse a levantar su moral- ¡A por ellos, chico! -le gritó a Saighead.
El halcón despegó y se lanzó a una peculiar persecución de los duendecillos, claramente más intimidados por él que por los seres humanos. Los gritos agudos de las criaturas se mezclaron con los chirridos del pájaro y con las ráfagas variables de silbidos que emitía su dueña -a veces dos, a veces tres, a veces un solo tono largo y vibrante- y ante las cuales el halcón viraba de inmediato su trayectoria, agrupando a los duendecillos de una forma que recordaba bastante a...
-¡Es como lo que hacen los perros pastores con las ovejas! -exclamó Hermione, entusiasmada- ¡Está agrupando al rebaño!
-¿Conocen el hechizo? -les preguntó Maeve, agachándose para esquivar un ataque directo contra su pelo. Hermione asintió, y antes de que Harry pudiera objetar, Maeve dijo- Saighead los tiene ya bastante concentrados, empiecen a neutralizarlos.¡Venga!
Hermione se aclaró la voz y procuró dar lo mejor de sí al conjurar otro peskipiski que fue, por supuesto, tan infructuoso como los anteriores. Maeve la miró extrañada.
-¿Qué cuernos cree que está haciendo, señorita Granger? -gritó- ¡Así no es!
-Pero...
-Traiga, ande -Maeve le quitó la varita a Hermione y pronunció el hechizo cambiando todos los acentos y los giros de muñeca respecto de cómo lo había hecho Lockhart- Se hace así, señorita Granger. Vamos, hágalo, ya sabe que yo no puedo.
-Pero...
Harry no perdió el tiempo e imitó lo que había hecho Maeve. Su hechizo resultó bastante débil pero pudieron apreciar ciertos efectos en el sector del "rebaño" donde impactó: esos duendecillos enmudecieron y dejaron de brincar como locos, al menos. Hermione parecía incapaz de parpadear.
-¡Pero el profesor Lockhart lo hizo de manera diferente...! -casi gimió.
-Eso es obvio -gruñó Maeve con sarcasmo- ¿Quiere empezar de una vez?
Hermione tragó saliva, incómoda ante la idea de contradecir con su hechizo el de un maestro por mucho que fuera a instancias de otro. Quitarle la razón a su idolatrado profesor Lockhart se le antojaba casi sacrílego. Aun así, obedeció a Maeve. Y de su varita brotó, de inmediato, la magia capaz de atontar lo bastante a los duendecillos como para paralizarlos.
-¿Lo ve? -dijo Maeve a la boquiabierta niña- Vamos, sigan. Usted conmigo, señor Weasley. Por el cogote, recuerde.
Con cuatro peskipiskis más y la inestimable colaboración de Saighead las belicosas criaturas estuvieron pronto de vuelta en su jaula, lo bastante anestesiadas por el hechizo como para permanecer calladas un par de horas. Maeve repasó con la mirada el desastre en que se había convertido el aula de Defensa. No quedaba un solo tintero sin volcar, ni una silla entera, ni una ventana sana. La pesada lámpara del techo estaba para el chatarrero después de impactar contra el suelo. Y las estanterías donde normalmente reposaban los libros eran, decididamente, zona catastrófica.
-Compadezco al que tenga que decírselo al señor Filch -dijo Maeve, más para sí que para los niños- ¿Ustedes están bien?
-A mí me han mordido- se quejó Ron.
Maeve comprobó que los dientes del duendecillo habían hecho una escabechina con la oreja del chico, y que uno de los tinteros había abierto una brecha considerable en la cabeza de Harry.
-¿Los acompaña usted a la enfermería, señorita Granger? Yo tengo algo urgente que hacer en este momento -se disculpó.
Y no mentía.
Tenía que asesinar a Gilderoy Lockhart.
-...Y así fue como me deshice del nundu. Las autoridades de Kenya se empeñaron en dispensarme honores de jefe de estado. Quise rechazarlos, por supuesto. Al fin y al cabo, que consiguiera hacer yo solo lo que normalmente requiere la labor coordinada de cien magos no es algo tan del otro mundo. Cualquiera podría haberlo hecho poniendo suficiente valor y voluntad en la tarea.
Lockhart terminó su largo monólogo y se atusó sus bucles rubios con aire de novicia vergonzosa: debía de ser lo que él entendía por parecer modesto. Severus, que había estado mirándolo perplejo, a su pesar, durante el último minuto -en el que la fantasía del relato había alcanzado cotas dignas de Lewis Carroll- se limitó a levantar una ceja y volver a parapetarse tras su periódico.
-Fascinante -dijo sin la menor emoción.
Y no mentía: consideraba que Lockhart era un caso de narcisismo ególatra que habría fascinado a cualquier psicoanalista.
-No es una historia muy conocida -añadió el profesor de DCAO- No me gusta que se sepan todos mis logros. Alguien podría pensar... ya sabes... que trato de alardear de ellos. La envidia es tan dañina...
Severus pensó para sí que mucho más dañina para Lockhart que esa presunta envidia sería la respuesta de Maeve si tenía que escuchar también esa absurda historia africana. Ruanda estaba dentro del área de influencia de los nundus y su letal aliento había provocado más de una grave epidemia por allí en los últimos diez años. Sabía que ella entraría en erupción en cuanto Lockhart le soltara la primera tontería y eso sería algo digno de ver, sin duda. Pero por alguna extraña razón no se sentía tan inclinado como debería a engañar al idiota para que compartiera la historia con ella. Prefería contársela él y disfrutar con su indignación y luego dejar que le hablara del África real, el África que ella conocía y amaba de una forma que podría llegar a ponerlo celoso si no fuera tan contagiosa. De hecho, decidió que intentaría verla más tarde para comentárselo. Ser él quien azuzara a Maeve contra aquel imbécil pomposo sería un enorme placer y la mejor forma de vengarse por lo que estaba teniendo que aguantar. Y además sentía cierta necesidad de una conversación de verdad con ella. El día anterior, sus deberes de jefe de casa en el principio de curso y el incidente de Potter y Weasley con el coche y el sauce boxeador no le habían dejado ni un minuto libre, ni tampoco humor para tertulias. Quizá esta noche les fuera posible charlar un rato. El despacho de ella en la segunda planta de la Torre Sur había resultado ser un lugar bastante discreto y agradable para hacerlo y esos minutos habían llegado a convertirse para Severus, igual que años atrás, en lo mejor del día. No quería pararse a pensar si no se estaba acostumbrando demasiado deprisa a esos encuentros, echándolos de menos tras sólo veinticuatro horas sin ellos cuando apenas hacía una semana que Maeve y él habían recuperado la costumbre. No quería preocuparse ya por la posibilidad de estar volviéndose débil y dependiente de esa conexión. Todo era cuestión de tiempo, se decía. El tiempo lo pondría todo en su lugar. Con el tiempo dejaría de sentir a Maeve como una necesidad. Con el tiempo el deseo...
-Naturalmente, entiendo que los matices de esta historia se te escapen un poco, Sevvie -contraatacó el imbécil, probablemente descontento con el grado de entusiasmo que Severus había mostrado hacia sus proezas africanas- Sé que no eres especialmente bueno en hechizos y Defensa Contra las Artes Oscuras. No lo digo como algo malo, entiéndeme -se apresuró a aclarar con una de sus sonrisas condescendientes- Uno, por lo general, no puede ser experto en todo. Y el campo de las Pociones también es muy interesante...-concedió. Otra sonrisa, esta vez autocomplaciente, iluminó su rostro- De hecho, conozco al dedillo todas sus virtudes en el combate contra las fuerzas del mal. Me atrevería a decir, incluso, que mi modesto genio ha aportado algunas sorprendentes y aclamadas aplicaciones en...
Interrumpir a Severus en plena meditación mientras fingía leer el periódico era en general poco inteligente. Interrumpirle para además llamarle Sevvie, insinuar que era un inútil en Artes Oscuras y alardear de conocimientos en Pociones era comparable a ir a hacerle cosquillas a un oso en mitad de su hibernación: igual de peligroso y con las mismas probabilidades de acabar con la cabeza arrancada. La ceja izquierda de Severus fue acentuando más y más su arco ascendente, mientras sus labios apretados se volvían blancos y sus dedos aferraban las páginas del periódico hasta agujerearlo.
Sólo con el veneno de su réplica habría bastado para matar a Lockhart, pero éste no tuvo tanta suerte.
Maeve llegó primero.
Ya la forma en que abrió la puerta fue indicativa de que alguien tenía problemas. Pero la manera en que miró a Lockhart habría conseguido poner en fuga a un tigre de Bengala; Lockhart, por supuesto, no era tan espabilado ni tenía el mismo instinto de conservación.
-Tú... -rugió ella, usando la mano que no tenía ocupada con su carga para señalarle acusadoramente con su dedo índice.
Severus olvidó la indignación que le había hecho querer asesinar él mismo a Lockhart un segundo antes y bajó el periódico para observar bien la escena. Esto iba a ser mucho más divertido. Y además, Maeve estaba guapísima cuando se enfadaba, aunque en eso, por supuesto, no estaba reparando. Era su amiga. Uno no reparaba en esos detalles acerca de sus amigas.
-Ya me parecía a mí que se había iluminado la habitación -dijo Lockhart, señalándola con ambas manos en un ampuloso gesto teatral- Si tenemos aquí a nuestro pequeño trébol de Irlanda...
La risa ahogada de Severus no hizo mucho por distraer la ira de Maeve. Al contrario. Si acaso la redobló. Aquella patética tentativa de hombre llamada Gilderoy Lockhart no sólo había utilizado sin permiso sus duendecillos sino que además la estaba convertiendo en motivo de escarnio para Severus. El muy imbécil no iba a tener palabras para lamentarlo.
-¿Cómo-te-atreves? -siseó, acercándose hasta estar junto a Lockhart y extendiendo su brazo derecho para plantarle delante de la cara la jaula llena de duendecillos dormidos- ¿CÓMO-TE-ATREVES?
La sonrisa de Lockhart dio paso al estupor por unos instantes, pero el tipo se recompuso enseguida, soltando una risa desenfadada a la vez que se echaba el rubio y ondulado flequillo hacia atrás.
-Oh, veo que te has estado entreteniendo en cazar a esos diablillos.
-¿ENTRETENIENDO? ¿CREES QUE LO HE HECHO PARA ENTRETENERME, MAJADERO?
Por lo visto esta vez Lockhart había captado la indirecta y en lugar de tratar de neutralizar a Maeve con sus encantos se echó prudentemente hacia atrás. Severus contuvo a duras penas las ganas de sonreír. Era difícil mostrar indiferencia cuando todo su ser ardía de ganas de jalear a Maeve.
-Querida, estás muy estresada, ¿no crees? -dijo, titubeando un poco- Eso no puede ser bueno para la salud. Cuando estuve en china exterminando yaoguais, aprendí una técnica de relajación que...
-Deja de decir idioteces, Lockhart, y escúchame bien -le interrumpió Maeve, clavándole el dedo índice en mitad del pecho- Quiero que me des, ahora mismo y sin vacilar, una excusa para haber sacado MIS duendecillos sin MI permiso de MI zoológico. Y que sea buena.
Severus podía notar, incluso desde lejos, su respiración agitada y los matices que enronquecían su voz grave. Podía imaginar cada juego de luz que la ira dibujaba en el verde de sus ojos. Podía, casi, compadecer a Lockhart. La cólera de Maeve era una visión terrible pero gloriosa cuando uno tenía razones para creer que tras la explosión de furia vendría otra más dulce y gratificante; en caso contrario, era terrible a secas. Y para el imbécil lo estaba siendo, sin duda, por mucha desenvoltura que quisiera aparentar..
-Estaban en una jaula y …
-Estaban en una jaula porque Hagrid tenía que limpiar su recinto, no para que tú los cogieras para dar tu clase. Son propiedad de MI departamento y por tanto nunca, jamás, ni borracho, deberías haberte atrevido a cogerlos. Enseñas Defensa Contra las Artes Oscuras o al menos por eso se te paga. MIS criaturas no son tu campo de docencia y te advierto que...
-Bueno -replicó Lockhart, volviendo a la táctica de las sonrisas seductoras pero muy bajo de forma- Pensé que...
-¿PENSASTE? -rugió Maeve- Has soltado una manada de duendecillos de Cornualles recién desayunados en medio de una clase llena de niños, que son sus víctimas predilectas. El aula está peor que si hubiese estallado dentro una granada de mano. Varios alumnos han resultado lesionados. Ha sido necesario aturdir a los duendes con el consiguiente perjuicio para su metabolismo. Y tú no sólo no haces nada por arreglar la situación sino que te escabulles como una comadreja y te encuentro aquí de palique con... -sus ojos se volvieron, brillantes de furia, hacia Severus, captando lo muy divertido que éste se sentía con su enfado- ÉSE -dijo con odio, provocando en el mago una media sonrisa satisfecha- ¿Y te atreves a decir que pensaste? ¡PARA PENSAR HACEN FALTA NEURONAS Y A TI TE LAS HA QUEMADO TODAS LA PERMANENTE!
-Maeve, querida -replicó Lockhart después de parpadear unos momentos con perplejidad- estoy acostumbrado a que las mujeres se muestren un poco nerviosas en mi presencia, pero aun así encuentro esta reacción un poco exagerada. Deberías tomar en serio mi sugerencia de las técnicas de...
Ahora es cuando lo mata, pensó Severus con regocijo cuando vio cómo ella agarraba a Lockhart de la pechera de la túnica para obligarlo a mirarla.
-TÚ eres el que va a tomar en serio MI sugerencia: primero vas a ir donde Argus Filch para decirle que por culpa de TUS ideas tiene que limpiar un aula en ruinas. Y después, a explicarle a Poppy Pomfrey por qué MIS duendecillos han herido a varios alumnos. Y luego vas a repetir mentalmente la frase "no me acercaré a menos de un kilómetro del zoológico" hasta que se te quede bien grabada en la cabeza. Si vuelve a suceder algo parecido a lo de hoy, ese raksaga indio del que no parabas de hablar ayer te parecerá una malva en comparación conmigo -dijo Maeve del tirón, con el tono de voz ante el que Severus sabía que lo más inteligente, a menos que uno fuese él, era no replicar- ¿De acuerdo, Gilderoy... querido?
La gran estrella de la magia británica se recolocó la túnica con todo el aplomo del que disponía en esos momentos, que a todas luces era escaso. Probablemente, se dijo Severus con perverso placer, no estaba acostumbrado a que sus congéneres de sexo femenino le mostrasen esa clase de efusividad.
-De acuerdo. Es difícil negarse a complacer a una dama, sobre todo cuando pide las cosas de una forma tan... eeee... hmmm... encantadora. Si me disculpáis...
Maeve miró a Lockhart con hostilidad mientras abandonaba la Sala de Personal en un revuelo de sedas azules. Si la velocidad del oponente al huir era indicativa del éxito de una ofensiva, Maeve podía considerar que había ganado de forma aplastante. Ahora estaba por ver si las advertencias servían de algo con aquel memo que sólo se escuchaba a sí mismo. Tenía el terrible presentimiento de que éste no sería el último encontronazo que tuviera con su colega de Defensa.
Y en cuanto al otro bastardo...
Tal y como temía, Severus la estaba mirando con una ceja levantada y una media sonrisa que le habría quitado el aliento y licuado las entrañas si no la estuviera cabreando tanto. Sus ojos tenían el brillo maligno que reservaba para las grandes ocasiones. Maeve se enderezó y le devolvió la mirada con altivez.
-¿Pequeño trébol de Irlanda? -citó él, entre obvios esfuerzos por permanecer serio.
Maeve sintió que la sangre le ardía y pintaba sus mejillas de un rosa furioso.
-¿Grandísimo hijo de puta? -replicó, encaminándose hacia la salida.
Severus fingió un gesto de dolida ofensa. Ella le fulminó con la mirada, enfadada consigo misma por querer reírse.
-Oh. Qué lenguaje. ¿Nos vemos luego en tu despacho para que te retractes? -sugirió en voz baja
Por toda respuesta, Maeve le mostró el dedo corazón de su mano libre justo antes de abandonar la sala. La voz de él la alcanzó ya en el pasillo, fría en apariencia pero teñida de lo más parecido a un sano regocijo de que Severus Snape era capaz.
-Tomaré eso como un sí.
Y Maeve no pudo negar que tendría razón al hacerlo. Ya estaba deseando que acabaran las clases del día para tener un rato y reírse juntos de esto mientras competían por ver a quién se le ocurría el insulto más bestia contra Lockhart. Y a la vez ya estaba planeando cómo hacerle pagar que le hubiera reído al idiota la gracia del trébol...
Era agradable recuperar las mieles de la amistad pero también los pedazos ocultos de guindilla con que solían agasajarse de vez en cuando.
Probablemente Severus ya contaba con ello. Probablemente ya estuviera planeando su propio golpe, de hecho.
El pensamiento la llenó de tanta felicidad que fue sonriendo y canturreando el resto del camino hacia el zoológico.
El curso se plantea lleno de emociones por todas las bandas. Si os gusta cómo ha comenzado, hacédmelo saber pulsando ese botoncito de abajo y dejando un regalo en forma de comentario. Si no os ha gustado, haced lo mismo pero para dejar un ciber-tomatazo. Me hará muy feliz saber vuestra opinión, de veras.
Muchas gracias a los valientes/pacientes que siguen conmigo desde el principio y gracias a los que os vais incorporando, comentéis o no.
NOTAS:
-Raksaga: demonio de la mitología hindú.
-Yaoguai: demonio chino
-Todas las partes reconocibles, así como la información que aparece sobre criaturas mágicas, es obra y milagro de doña Rowling, por supuesto.
PD: edito lo del dedo con que MAeve hace el gesto obsceno al final, menudo lapsus lamentable... La culpa es mía por ser tan heterodoxa poniéndome los anillos, jajaja. Gracias a las que os habéis dado cuenta y me lo habéis hecho notar
