Capítulo VI: dijo Napoleón que "la guerra es siempre cuestión de tacto". Y hay muchas formas de tacto. Tacto puede ser una caricia o una patada en la cara. Puedes mostrar tacto siendo amable o mostrando la más sibilina de las astucias. El tacto puede fluir o impactar contra uno. Ten tacto, my friend...


CAPÍTULO VI: GUERRAS DECLARADAS, GUERRAS SIN DECLARAR.

Maeve había sido la primera sorprendida de que los gemelos Weasley se ofrecieran voluntarios a ayudarla con sus animales los fines de semana después de los entrenamientos de quidditch. La colección había crecido mucho y algunos de los ejemplares peligrosos - como el kappa llegado de Kyoto o el cachorro de mantícora griega que habían bautizado como Perséfone- requerían mucha atención y cuidados que Maeve no se atrevía a dejar en manos de nadie más, ni siquiera de Hagrid. Especialmente de Hagrid. Eso le robaba mucho del tiempo que necesitaban otros animales menos conflictivos, así que toda ayuda con el zoológico era bienvenida. Aún así, perfeccionista y maniática como era, la idea de dejarle tareas aunque fueran sencillas a unos alumnos de Cuarto no terminaba de gustarle. Al final había aceptado por insistencia de Dumbledore, quien había sugerido que hiciera la oferta de echar una mano en la colección formal y extensiva al resto de sus alumnos, como forma de profundizar en los estudios y subir nota. Y la había animado mostrándole una entusiasta misiva de Molly Weasley donde la matriarca del clan de pelirrojos manifestaba estar maravillada de que por fin "esos dos sinvergüenzas" estuvieran mostrando algo de interés por sus estudios.

Así que allí los tenía a las diez en punto de la mañana, ojerosos por haberse levantado antes de la salida del sol para entrenar y con el cabello rojo todavía húmedo de la ducha, pero tan sonrientes y expectantes como si fuera la mañana de Navidad.

-Me alegra que le hayan cogido tanto cariño a mi asignatura, señores -bromeó, consiguiendo que los dos se ruborizaran un poco y sonrieran todavía más. Siempre que hacían eso, Maeve no podía evitar preguntarse qué estarían tramando- Han llegado bastante pronto. No les esperaba hasta las once.

-El entrenamiento terminó antes de la cuenta -se quejó Fred- Tuvimos lío con los de Slytherin y la profesora Hooch acabó echándonos a todos del campo.

Maeve puso los ojos en blanco.

-¿Lío con los de Slytherin? ¿Unos Gryffindor? Qué raro -musitó entre dientes mientras iban hacia el acuario.

-Sí. Se nos plantaron en el campo durante nuestro turno porque el murcié... profesor Snape -se corrigió George con rapidez- les había firmado una autorización para que enseñaran a Draco Malfoy.

-Su nuevo buscador -gruñó Fred, con desprecio- Como si ese fuera capaz de buscarse la nariz delante de un espejo.

-Lo único que sabe buscar son galeones en su bolsillo. Por eso le han dado el puesto, que si no...

Maeve les puso a cada uno un pesado cubo en los brazos. Los chicos se asomaron para ver el contenido -pienso para gryndilows y malaclaws, respectivamente- y se arrepintieron de inmediato, entre grandes aspavientos de asco.

-No se quejen, que al menos no han tenido que prepararlo -les dijo ella- Y les agradecería que dejaran de criticar a sus compañeros delante de mí. Entiendo sus diferencias, pero entiendan que yo tengo que permanecer al margen de ellas.

-Pero no criticamos a cualquier compañero. Criticamos a ese cerdo, profesora. Es un Malfoy -protestó George- Su padre se metió con usted en el callejón Diagon.

-¿Y sabe lo que dijo en el campo de quidditch? Le llamó sangresucia a Hermione Granger. Sangresucia, profesora Murphy -dijo Fred con extremo disgusto- Dígame si no es para coger y partirle la...

-De hecho, casi se la partimos.

-Si no se nos llega a poner ese mostrenco de Flint delante...

-Pero por lo menos Flint cobró, hermano.

-Cierto, hermano.

Ambos pelirrojos chocaron las manos con aire satisfecho, ajenos al hecho de que Maeve había palidecido.

Lo que acababan de contar era grave. Muy grave. Extremadamente grave. La pervivencia de las ideas supremacistas en ciertos círculos de la sociedad mágica era un hecho innegable, pero desde la caída de Riddle no era en absoluto popular ir por ahí manifestándolas. Y mucho menos en esos términos. Que un crío de doce años llamara a otro con ese aborrecible apelativo no era más que el reflejo del ambiente que se respiraba en su casa, de las barbaridades que se estarían diciendo en su esfera social. Y que además se atreviera a hacerlo en público y ante testigos indicaba que la sensación de justificación e impunidad estaba de nuevo calando hondo entre ciertos purasangres. Sin duda la idea de que Voldemort estaba detrás de lo ocurrido con Quirrell había dado bastantes alas a quienes soñaban con la vuelta de los viejos tiempos.

La actitud de Lucius Malfoy cuando lo había visto en el callejón Diagon -tan agresivo, tan seguro de un triunfo cercano- era un terrorífico ejemplo de ello.

-No creo que golpear a un compañero sea algo de lo que alardear, señores -les dijo, tratando de no sonar afectada. Los chicos eran aún demasiado jóvenes como para verse envueltos en la trascendencia política de lo que para ellos sólo era un grave insulto.

-Si se trata de Flint, sí -insistió Fred, sonriente.

-Vamos. Dejen de hablar como aspirantes a macarras y empiecen con lo que han venido a hacer. Y si los veo hacer alguna de las suyas...

-Nos podemos olvidar de los entrenamientos de quidditch hasta Navidad -dijeron ambos chicos a coro.

Maeve los dejó junto a los tanques de las criaturas denominadas "de baja peligrosidad" y se dirigió a un extremo de la gran nave en el que se había creado un río artificial y reproducido la sombra y humedad natural de los bosques japoneses. Todo esa área estaba fuertemente cercada con guardias mágicas instaladas por el profesor Flitwick, de las que sólo Maeve conocía la contraseña.

-Rashomon -pronunció en voz baja.

La barrera de energía centelleó unos segundos y mostró una abertura por la que Maeve pudo pasar al recinto de Yoshiro, el kappa. El demonio, similar a un mono con piel de sapo y del tamaño de un niño pequeño, la miraba desde al orilla del río artificial con sus ojillos anaranjados reluciendo de maldad y encrespando agresivamente su cresta dorsal. Maeve había cumplido ya con el rito de arrojarle un pepino que tuviese grabada la palabra "Murphy", lo que la protegería de los ataques de la criatura durante un año. Pero eso no le garantizaba que se dejase examinar sin resistencia a menos que lo neutralizara primero. Así que se irguió ante él, juntó ambas manos en actitud orante, e hizo una profunda reverencia. Con su cortesía típicamente japonesa, el kappa la imitó. Maeve repitió el saludo una vez, y otra, y otra, sabiendo que la naturaleza del demonio le forzaría a corresponderla. Nunca menos de cinco, solía decirle el abuelo. No todos tienen la cuenca parietal igual de profunda, así que es mejor cubrirse las espaldas y ser precavido. Nunca menos de cinco reverencias. Cuando pudo ver que la hondonada que el demonio tenía en lo alto del cráneo estaba completamente vacía gracias a las sucesivas inclinaciones, se acercó a él. Perdida por completo su fuerza y agresividad al perder el agua, Yoshiro se dejó manipular con relativa docilidad por Maeve, que pudo comprobar con rapidez la ausencia de hongos en sus pies palmípedos y de sarro en sus dientes, dolencias ambas muy comunes en los kappas que vivían en cautividad. Después le hizo tragar su suplemento mensual de fósforo y arrojó al agua del falso río un par de ranas vivas para que se ejercitara un poco cazándolas. Mientras hacía todo ésto, Maeve era consciente de que los Weasley la miraban de reojo cada dos por tres pensando que ella no se daba cuenta. No podía culparles. Ver cómo alguien con experiencia manejaba a un kappa debía de ser bastante más interesante para dos chicos de catorce años que echarles comida a malaclaws y grindylows. Desde luego, lo último que se le pasaría por la cabeza sería que fuera ella y no el demonio japonés lo que tenía secuestrada su atención. Eso sólo eran idioteces que se inventaba Severus para molestarla.

Y hablando del rey de Roma...

-¿Tiene un segundo, profesora Murphy?

Maeve no se volvió hacia Severus hasta que no hubo cerrado la barrera mágica tras de sí y borrado de su rostro la sonrisa maligna que le había curvado los labios. Era evidente, por su tono de voz, que él había encontrado ya la primera guindilla en medio de la miel.

-Usted dirá, profesor Snape -le dijo, toda falsa amabilidad e inocencia.

La mirada de Severus mientras se acercaba a ella era la misma de los lobos antes de saltar sobre un ciervo. Estaba cabreado, aunque no tan cabreado como para querer esconder su cabreo. Eso sólo dobló el perverso placer de Maeve, pues era exactamente la respuesta que esperaba de él.

-Espero que tenga una buena explicación -replicó Severus, su voz tan gélida y amenazante como sus ojos.

Y plantó, más en la cara que ante la cara de Maeve, un pequeño pergamino adornado con la elegante letra de Minerva McGonagall. Maeve leyó detenidamente la nota mientras se frotaba de la nariz los restos de tinta que se le habían pegado.

Estimado Severus.

Por incompatibilidades con la agenda de Maeve, te corresponderá a ti vigilar la salida a Hogsmeade del 3 de Octubre.

Atentamente

MINERVA.

-Ah, se refiere a esto. ¿Qué es lo que quiere que le explique exactamente, profesor Snape? -preguntó sin poder borrar el regocijo de su cara.

-¿"Incompatibilidades con su agenda", profesora Murphy?

La voz de Severus había adquirido el tono de un rugido grave pero aún controlado. Maeve vio por el rabillo del ojo que los Weasley se habían acercado sensiblemente y parecían alertas, vigilantes de lo que estaba ocurriendo. Probablemente los pobres pensaban que Severus iba a matarla o algo parecido. No era de extrañar. Su pequeñez y aparente indefensión frente al porte imponente y la actitud agresiva de él podían dar, desde luego, impresiones como esa.

-El próximo sábado vendrá a visitarme Ingeborg Hahn, del Animalario Mágico de Berlín, para ayudarme a poner en marcha el programa de los demiguises -explicó- Es obvio que no podré ir a Hogsmeade.

-¿Y no le parece muy sospechoso que tenga usted visita justo el sábado que le tocaba vigilar Hogsmeade junto al profesor Lockhart? -observó Severus

-No entiendo qué quiere decir con sospechoso, profesor Snape -aseguró Maeve fingiendo, muy mal, estar ofendida- ¿Insinua que he citado a la doctora Hahn ese día a propósito?

Los ojos de Severus centellearon de indignación contenida. El pergamino se convirtió en una bola arrugada dentro de su puño derecho.

-Supongo que va a pretender que desconocía la norma según la cual, de fallar un profesor, cubre su puesto el siguiente en la lista de rotación. Y que desconocía también que yo la sigo a usted en esa lista durante este curso...

Maeve profirió un pequeño -y muy falso- grito de sorpresa que sólo avivó el fuego en los ojos de Severus. Notó cómo él apretaba la mandíbula, cómo se le aceleraba la respiración. Se preguntó, con malicia, si él sabría que era tan atractivo enfadado que daban ganas de estar enfadándolo continuamente. Luego se reprochó con rudeza haber tenido ese pensamiento. No era la clase de cosa que una pensaba de un amigo.

-Qué suerte tiene, profesor Snape. Toda una jornada en Hogsmeade disfrutando del amplio saber y las anécdotas del profesor Lockhart. Yo lamento tanto tener que perdérmelo.

Severus hizo entonces algo que puso tensos tanto a los Weasley como a Maeve, aunque por muy diferentes motivos. Se acercó un paso más y agachó la cabeza hasta que la punta de su enorme nariz estuvo casi -casi- rozando la de Maeve y la miró de forma taladrante. Los chicos se llevaron la mano al bolsillo en el que guardaban sus varitas, convencidos de que tendrían que intervenir para evitar un asesinato. Maeve, en cambio, sintió que las rodillas se le convertían en gelatina. No lo había tenido tan cerca desde la última vez que...

-¿Te crees muy graciosa, Maeve? -susurró él, en voz muy baja y muy irritada, de forma que los Weasley no le oyeran.

-No tanto como Lockhart y sus chistes de tréboles, por lo que veo; con él te reías mucho más -replicó ella recuperando la voz perdida, tan sonriente y retadora como podía en medio de su turbación.

-Me las pagarás.

-Mira cómo tiemblo.

Se arrepintió inmediatamente de decir aquello porque estaba temblando de verdad. Y se atrevería a jurar que él lo había notado. Deseó con todas sus fuerzas que lo achacara a la tensión del combate y no a los problemas que tenía para manejar su proximidad física sin excitarse. Se moriría si él llegaba a darse cuenta de eso. Pero si fue así, Severus tuvo la clemencia de no hacérselo notar. Se apartó con rapidez de ella y la miró sin cólera, tranquilo. Sospechosamente tranquilo, de hecho. Con una más que inquietante -y algo canalla, y enormemente atractiva, BASTA, Maeve- sonrisa ladeada.

-Disfrute de su sábado libre, profesora Murphy. Quién sabe lo que puede pasar más adelante...

Maeve levantó una ceja y él respondió de la misma manera. Por un momento sintió que a los dos les estaba costando el mismo esfuerzo no echarse a reír.

-¿Y ustedes dos qué miran? -le oyó rugir a los Weasley mientras abandonaba el acuario en medio de un torbellino de ropas negras.


-¿Señora Pomfrey? -llamó Severus desde la entrada de la enfermería.

El rostro sereno y afable de Poppy asomó por la puerta del cuarto de curas. Su expresión al ver al profesor de Pociones acompañado de un alumno fue de absoluta desesperación.

-Por si no bastara con los catarros... -gruñó- Déjelo por ahí, profesor Snape. Ahora mismo iré a echarle un vistazo.

Severus dio un suave tirón al brazo de Damien Lerroux y el chico le siguió obedientemente hasta una de las camas, en cuyo borde se sentó. Mantenía la cabeza gacha tal y como había venido haciendo desde Hogsmeade, de forma que el flequillo le velase un poco la cara. Severus estaba seguro de que no lo hacía precisamente por vergüenza de mostrar los cortes y magulladuras. Conocía a sus alumnos bastante mejor de lo que ellos creían y Damien Lerroux, por lo que había podido deducir tras cuatro años como su Jefe de Casa, no era de los que se preocupaban de cómo lo vieran los demás. No se trataba de pudor ni de orgullo. El chico, simplemente, no quería que su maestro lo mirara a los ojos cuando le hablaba porque ocultaba algo. Y debía de ser imbécil si creía que Severus no sospechaba qué.

Pensar que los adultos nunca habían tenido su edad era una imbecilidad bastante extendida entre los adolescentes, se dijo Severus con acritud. Incluso entre los que tenían algo de cerebro como aquél.

-Entonces, señor Lerroux, insiste usted en que todo eso se lo ha hecho al caerse en la entrada de las Tres Escobas -le dijo fríamente.

-Sí, profesor -fue la lacónica respuesta del muchacho.

-Está usted un poco torpe este curso, ¿no cree? Ya es la tercera vez que se cae y sólo estamos a 3 de Octubre.

Esta vez la respuesta tardó un poco más en llegar pero fue igual de firme y neutra.

-Supongo que estoy despistado, profesor.

-Lo supone. ¿Qué otras evidencias necesita, señor Lerroux? ¿Partirse el cuello al rodar por las escaleras?

Aquello había provocado una mínima reacción en el chico. Severus vio sus manos crispándose sobre sus rodillas. Pero Damien Lerroux era tan templado como discreto. Hacía falta más que una simple burla para sacarlo de sus casillas, sobre todo viniendo de una figura de autoridad. No era un rebelde ni un gallito. De ahí que verlo con la cara partida por una evidente pelea -por muchas ridículas historias que se inventara para taparlo- fuera más chocante que ver a cualquier otro de los muchachos.

Severus se cruzó de brazos y clavó su mirada en Damien Lerroux con tanta insistencia que éste tenía que estar sintiendo fuego en la coronilla. Y sin embargo el muchacho mantuvo el rostro bajo, la vista fija en sus pies.

-Se lo preguntaré por última vez, señor Lerroux: ¿no tiene nada más que contarme?

-No, profesor Snape.

-Míreme cuando le hablo.

El chico obedeció sin demora. Sus ojos parecían amables y su cara magullada no expresaba ninguna emoción, pero había algo decididamente desafiante en él.

-Míreme cuando le hablo, jovencito -le exigió la voz altisonante de su jefe de casa.

Y Severus obedeció, mirándole no a los ojos sino a su ridículo bigote de morsa, concentrándose en lo mucho que despreciaba a aquel mediocre para no sentir como una humillación el hecho de tener que mostrarle respeto.

-¿Insiste en que no sabe quienes le hicieron esto?

Algo se escurrió entre los labios apretados de Severus: sangre, manando mansamente de su enorme nariz partida.

-No, profesor Slughorn -insistió.

-No, profesor Snape -insistió Damien Lerroux.

El rostro de Severus adquirió una dureza que su alumno nunca había visto en él a la hora dirigirse a un Slytherin.

-Bien. Siendo así, confío en que resuelva pronto sus problemas de equilibrio y no tenga que volver a traerlo aquí -dijo con sarcasmo.

Damien Lerroux asintió suavemente. Severus, tras dedicarle una última mirada gélida, apuntó su varita hacia una estantería cercana y empleó un accio para hacerse con una toalla que arrojó bruscamente al chico.

-Use eso contra su nariz. Lo está poniendo todo perdido de sangre.

Cuando llegó al cuarto de curas Poppy estaba despidiendo a su paciente tras administrarle una dosis de poción Pepperup. La chiquilla -una Hufflepuff de primer curso que parecía empeñada en recoger el testigo de Neville Longbottom como novata más desastrosa en Pociones de la historia de Hogwarts- se marchó a toda velocidad al reconocer a su temido profesor, echando humo por las orejas.

-¿Me harías el favor de llevarle una dosis de Pepperup a Charity, Severus? Me pareció verla moquear esta mañana en el desayuno. Ya sólo faltaría que la epidemia de resfriado se extendiera a los profesores -masculló Poppy- ¿Y tú no tendrías que estar en Hogsmeade?

Severus se apoyó cruzado de brazos en el marco de la puerta mientras la enfermera buscaba en sus estanterías un vial pequeño al que trasvasar la dosis de poción necesaria para una mujer adulta del -considerable- tamaño de Charity Burbage.

-Mi alumno había sufrido un accidente. Era mi deber acompañarlo hasta aquí.

Poppy sonrió maliciosamente ante la ironía de Severus.

-¿No podía hacerlo uno de sus compañeros? -preguntó.

-El caso era lo bastante grave como para requerir la actuación de un adulto responsable.

-Y no tiene nada que ver con que estuvieras compartiendo vigilancia con Lockhart...

Ahora fue Severus el que esbozó una sonrisa llena de malicia mientras Poppy le tendía el vial.

-¿Insinúas que he huido de él? Me ofendes, Poppy.

-Dejar la salida a Hogsmeade en manos de Lockhart es como dejar a un niño de cinco años a cargo de un almacén de pirotecnia, Severus -le reprochó la enfermera.

-Te equivocas. La salida a Hogsmeade no puede estar en mejores manos. Lockhart se ha pasado toda la mañana, y parte de la tarde también, explicándome lo admirablemente bien que se desenvolvió él solo contra dos docenas de demonios asirios en las ruinas de Nínive. Creo que tratar con unos cuantos adolescentes sobredosificados de dulces y dominados por sus hormonas será pan comido para él.

Poppy meneó la cabeza, riendo por lo bajo. Acompañó a Severus hasta la entrada de la enfermería después de echar un vistazo al muchacho que comprimía su hemorragia nasal con una toalla varias camas más allá.

-¿Qué le ha ocurrido?

-Se cayó -dijo Severus.

-¿Contra cuantos puños? -resopló Poppy, disgustada.

-Según él, contra la puerta de Las Tres Escobas. O en la puerta. O sobre la puerta. El matiz no me ha quedado muy claro -replicó el mago con ironía.

-¡Supongo que no te habrás creído esa pamplina!

-Claro que no. ¿Por quién me tomas? ¿Por Lockhart?

-¿Y qué piensas hacer al respecto. Ya es la tercera vez este curso que...

-Nada.

-¿Nada?

Poppy se detuvo y tomó a Severus del brazo para obligarle a hacer lo mismo y mirarla.

-Ese chico tiene problemas, Severus, y tú deberías...

-Yo debería ayudarle... si tales problemas existieran -la cortó Severus con dureza- Y según él no existen. Si es tan orgulloso e imbécil como para negar que le ocurre algo, que no espere que yo vaya detrás de él tratando de averiguar de qué se trata.

Poppy le miró unos instantes en silencio y con los ojos muy abiertos. Volvió a menear la cabeza, pero esta vez con pesar.

-Tengo cierta sensación de dejá vu, ¿sabes? - dijo, volviendo el rostro hacia Damien Lerroux- Conocí a un chico que también se caía a menudo y también era demasiado orgulloso e imbécil como para reconocer lo que le ocurría. Solo que él empezó a caerse en Primero y no en Quinto. Estuvo muchas veces en esa misma cama. En casi todas las camas de la enfermería, de hecho. Se llamaba Severus y al parecer los años no lo han hecho menos orgulloso ni menos imbécil. ¿Te suena de algo?

Severus le dedicó una media sonrisa llena de sarcasmo. Era curioso como las alusiones a sus miserias estudiantiles -que normalmente lo llenarían de humillación y cólera- no le dolían tanto viniendo de Poppy. Quizá porque ella no las hacía desde la burla ni desde la lástima ni desde ningún terreno intermedio entre ambas, sino con una empatía peculiar, ácida, absolutamente desprovista de sentimentalismo. En eso Poppy Pomfrey era única.

-No sabría decirte -replicó burlón- Severus es un nombre muy común.

Poppy cerró los ojos y suspiró resignada.

-Una vez te tuve dos noches en esa cama de allá -dijo con suavidad indicando una zona más apartada de la enfermería- ¿Recuerdas? Cuando cayó Quien-tú sabes.

Severus no contestó a eso, ni tampoco siguió la dirección que señalaban los ojos azules de Poppy. Sabía perfectamente de qué cama se trataba. Lo sabía porque había pasado diez años conteniendo el aliento cada vez que tenía que entrar en la enfermería por cualquier motivo y temía ver junto a esa cama y en esa silla el fantasma de una chica de dieciocho años despeinada y ojerosa tratando de fingir que leía un libro aburridísimo mientras él daba lo mejor de lo peor de sí para echarla de su lado.

-Y es curioso que Maeve te acompañara todo el tiempo, ¿no crees? -disparó Poppy, clavando en Severus una mirada que quería aparentar inocencia y lo habría conseguido de estar volcándose en alguien que fuera menos experto en interpretar expresiones ajenas- Alguien a quien nunca le has caído bien; a quien siempre has tratado de una forma que, permíteme que te lo diga, me parece abominable... Un carácter increiblemente compasivo, el de esta chiquilla...

-Tú desconoces esto, Poppy, pero la educación católica crea esa clase de monstruos -repuso Severus con rapidez, casi demasiada rapidez, y la voz llena de veneno- Caridad, sacrificio, sublimación a través del sufrimiento terrenal... Supongo que cuidar de mí le daba más puntos de santidad que flagelarse con las fustas de los aethonans de Kettleburn

Poppy se mostró escandalizada. Y, una vez más, habría resultado convincente de actuar para un público distinto, menos perspicaz.

-Es terrible que os llevéis tan mal. Realmente terrible.

Severus se soltó al fin, con suavidad, de la mano de la enfermera e hizo girar el pequeño vial de Pepperup entre sus delgados dedos.

-Me voy a darle esto a Charity antes de que contagie el maldito catarro a todo el personal. Tú intenta devolver la cara de Lerroux a su estado normal. No queremos que te recuerde a ese tal Severus también por su bonita nariz, ¿verdad, Poppy?.

No quiso pararse a interpretar de inmediato la sonrisa, entre enigmática y satisfecha, de Poppy al despedirle. Pero sabía que tarde o temprano debería reflexionar sobre ella. Nada de lo que Poppy decía cuando sonreía así era en absoluto casual. Y la forma en que había hablado de aquel suceso ocurrido hacía una eternidad...

Severus sabía que Poppy no sólo era excepcional a la hora de mostrar empatía. Tenía otras cualidades excepcionales. Y una de ellas era la de saber cómo meterse en la mente de las personas sin necesidad de Legeremancia, como si pudiera radiografiar almas con los ojos.

Contra eso no había Oclumancia que valiera.

Se detuvo un poco después de salir de la enfermería en medio de un corredor cuyas ventanas daban al Suroeste. Desde allí podía verse el zoológico. La realidad correspondió a su deseo de que Maeve estuviera en la sección al aire libre del animalario y pudo verla a lo lejos, ligera y frágil en contraste con la rotundidad teutona de la enorme Ingeborg Hahn. Se las distinguía bien junto a la jaula de Fluffy y era evidente, por la agresividad del chucho, que Maeve no estaba cantando. Le narraba algo a Hahn, que asentía enfáticamente de tanto en tanto. Severus devoró con la mirada cada uno de los expresivos ademanes que Maeve hacía para apoyar sus explicaciones. Casi era posible averiguar lo que estaba diciendo sólo con interpretar los gestos de sus manos. Siempre tan vivaz, tan payasa, tan increíblemente abierta en su mímica. Tan opuesta a él. Había sido una de las primeras cosas en llamar su atención años atrás y seguía siendo uno de los aspectos que más honda y poderosamente le atraían de ella.

Una sonrisa triste curvó por un momento los labios de Severus antes de que pudiera desechar el pensamiento que la había provocado. No tenía sentido regodearse en la amargura de las cosas que ya no serían. Era una intolerable pérdida de tiempo y energías. Fantasear era inevitable pero la realidad era lo mejor que tenía y, comparándola con el horrible curso anterior, tampoco estaba tan mal. Tenía a Maeve, aunque no en la medida y forma en que a él le gustaría. Tenía una amiga excepcional que le hacía más feliz de lo que jamás se rebajaría a reconocer. Tenía -se recordó con una media sonrisa llena de malignidad- una guerra en curso con ella y una contraofensiva pendiente de lanzar que iba a dejarla con la boca abierta y presumiblemente -la sola idea era de lo más estimulante- muy cabreada. Hermosamente cabreada.

Severus hizo girar el vial de Pepperup en su mano, pensando que debería guardarse de Poppy Pomfrey. Esconder esa clase de verdades pequeñas a sus amables ojos de los que nada parecía escapar podía ser -él lo sabía por experiencia- mucho más difícil que proteger de la avidez del Señor Tenebroso un secreto de estado.


Maeve se plantó frente a la gárgola que guardaba la entrada al despacho de Dumbledore y la miró con odio, como si ella tuviese la culpa de algo.

-Algodón de azúcar –rugió tragándose las ganas de añadir algo sumamente rabioso y malsonante, consciente de que la contraseña sólo funcionaba si era dicha con exactitud.

La estatua empezó a girar sobre sí misma y dejó libre el acceso a las escaleras de caracol. A Maeve nunca le había parecido que fueran tan lentas al ir ascendiendo. Quizá se debiera a que nunca había sentido esa urgencia por subir los escalones de tres en tres y plantarse delante del director para decirle cuatro cosas. Habría sido más rápido y sencillo trasladarse por el Flu desde sus propias habitaciones, pero no lo habría creído prudente. Necesitaba el paseo para descargar un poco de energía o mataría a Dumbledore según lo tuviera delante.

-Qué bien: los dos culpables reunidos en la escena del crimen –exclamó con ira al entrar en el despacho.

Dumbledore y Minerva, sentados ambos junto al escritorio del primero, levantaron sus rostros y la miraron ciertamente sorprendidos. Maeve siguió la dirección de sus miradas y cayó en la cuenta de que en su indignación había salido de sus habitaciones sin quitarse la toalla que envolvía su pelo después de ducharse. Ahora entendía la perplejidad de Percy Weasley cuando se habían cruzado un par de minutos antes en un pasillo, él haciendo su ronda de prefecto y ella planeando las mil formas dolorosas en que le gustaría matar al autor de la notificación que acababa de recibir. Aquello la hizo ruborizarse furiosamente y aumentó su enfado.

-Te noto un poco alterada, Maeve –dijo Dumbledore, tratando de no parecer tan divertido como a buen seguro se sentía. El muy cerdo, pensó ella, quitándose con brusquedad la toalla- ¿Es que has tenido problemas con el agua caliente de tu baño?

Maeve intentó respirar hondo mientras contaba hasta diez. Se le acabó la paciencia antes de llegar al cuatro.

-¿Ésta es vuestra táctica maquiavélica, Albus? ¿Putearme primero y después haceros los locos?

-¡Maeve! –protestó Minerva, entre escandalizada y herida- ¿Se puede saber por qué nos hablas así?

-¿Que si se puede saber? ¡Yo soy la primera a la que le gustaría saber! Esto –siseó, blandiendo el pergamino que traía en su mano- es una abominación. Si queréis que renuncie a mi puesto y me vaya, decídmelo y lo hablamos. No hace falta que me torturéis para convencerme.

Y plantó el pergamino en el escritorio con un golpe que hizo respingar a Minerva, quien aún la miraba con ojos heridos llenos de estupor.

-Querida, de verdad que no entiendo a qué viene todo esto. Es altamente inapropiado que te dirijas así a nosotros –le recriminó- ¿Torturarte? ¿Pero qué demonios…?

-Vaya, vaya, vaya, vaya… -musitó Dumbledore mientras leía curioso el pergamino, llamando la atención de las dos mujeres antes de que Maeve empezase a replicar con contundencia- Creo que se refiere a los reajustes en la programación de las vigilancias de Hogsmeade, Minerva

Maeve entrecerró los ojos para lanzar una mirada asesina a su director.

-¿Reajustes? ¿REAJUSTES? ¿ME HAS ASIGNADO TODAS Y CADA UNA DE LAS SALIDAS DEL CURSO JUNTO CON LOCKHART Y LO LLAMAS REAJUSTE? -vociferó, haciendo que el decrépito Fawkes se agitara en su percha y mirara a su alrededor con ojos somnolientos- En donde yo me crié, a eso le llamamos una grandísima putada, entérate. Y exijo una explicación. Exijo saber...

-Pero Maeve...

La mirada de Minerva había ido perdiendo los matices dolidos para ir convirtiéndose en pura estupefacción. Volvió los ojos hacia Dumbledore, que se limitó a encogerse de hombros y apuntar con su varita hacia un armario fichero rotulado con una placa dorada que decía "Correo interno".

-Accio dossier de Maeve -conjuró.

Uno de los cajones se abrió y de él brotó una carpeta bastante fina que fue volando hasta las manos de Dumbledore. Mientras el director rebuscaba dentro de ella, Minerva se inclinó hacia delante para posar una mano sobre el brazo de Maeve, con aire afectuoso y rostro preocupado.

-¿Estás bien, querida? ¿Tienes fiebre, o algo parecido? -le preguntó.

-¿Qué? -Maeve no daba crédito a lo que oía- ¿Que si tengo...? ¡Claro que no tengo fiebre! ¿Qué narices...?

-Es que me parece tan extraño que se te haya olvidado...

-¿Olvidado? Pero... pero...

Ahora era ella quien no entendía absolutamente nada. Oyó a Dumbledore decir por lo bajo "Ah, aquí está" y vio que extraía una hoja de pergamino de su carpeta.

-Tú misma lo sugeriste, Maeve -dijo Minerva un poco ansiosa- No puedo creer que no te acuerdes.

Maeve sintió cómo la sangre abandonaba su cuerpo hasta dejarlo insensible, rígido. Sólo sus párpados alcanzaron a moverse, abriéndose y cerrándose unas cuantas veces mientras ella trataba de desbloquear su mandíbula y decir algo, lo que fuera. Lo único que salió de su garganta fue un sonido inarticulado que quería ser un ¿qué? pero no lo conseguía.

-"Querido Albus -empezó a leer Dumbledore- Es obvio a estas alturas que a todo el personal de Hogwarts le es costoso relacionarse con Gilderoy Lockhart y me temo que vigilar las salidas a Hogsmeade con él pueda dar lugar a lamentables conflictos y un deterioro aún mayor de las relaciones laborales. Sabes que yo tengo experiencia en el trato con criaturas complicadas y excesivas -no conozco nada con una personalidad tan difícil de abordar como un gorila- y sabes bien que mi filosofía personal me empuja a darle a todo el mundo, por majadero que parezca, una oportunidad. Es por eso que te propongo lo siguiente: vigilaré junto a Lockhart el resto de salidas a Hogsmeade de este curso. Me creo capaz de manejarle mejor que cualquiera de mis compañeros y pienso que eso me dará una oportunidad de conocerle mejor fuera de las tensiones docentes del día a día y, con un poco de suerte, descubrir que no es tan idiota como parece. Espero que encuentres mi propuesta digna de ser, al menos, considerada. Afectuosamente, Maeve" -Dumbledore llegó hasta el final de la nota y luego se la tendió a Maeve, con una extraña sonrisa en sus labios. No su típica sonrisa de saberlo todo, sino la de alguien que empezara a sospechar algo muy, muy divertido- Está firmada por ti a 7 de Octubre, hace sólo una semana, y lleva el sello de tu departamento.

Maeve agarró la nota, absolutamente lívida. Llevaba su sello, en efecto. Y su firma. Y su letra. Era, en un noventa y cinco por ciento y casi sin lugar a dudas, una carta escrita por ella.

Salvo porque estaba segura de no haberla escrito.

Y salvo por ese cinco por ciento de autoría que le restaba el haber sido escrita con tinta y pergamino de una manera impecable, sin uno solo de los borrones que ella hacía continuamente.

Hijo de la grandísima puta, rugió para sus adentros, crispando ambas manos sobre la carta.

-¿Tu chimenea conecta con las habitaciones de esa despreciable sabandija, Albus? -preguntó con una escalofriante serenidad.

La sonrisa de Dumbledore se ensanchó bajo su barba, viendo en aquella pregunta la confirmación de su sospecha.

-Me temo que no sé de quien me hablas -mintió.

-Pertenece a Slytherin y va a morir -matizó Maeve.

-Oh. ¿Te refieres a Severus? Por supuesto que conecta, Maeve... -contestó afablemente- Aunque no entiendo que tiene que ver él con todo esto -añadió con sutil ironía.

Maeve no se dignó responderle ni devolverle la carta, dirigiéndose sin más a la chimenea y tomando un puñado de polvos Flu.

-Yo que tú empezaría a buscar otro profesor de Pociones, Albus -dijo, antes de arrojar el polvo al fuego, penetrar en las llamas verdes y gritar- ¡Despacho del profesor Snape!

Minerva se quedó como petrificada, mirando sin comprender la chimenea por la que había desaparecido Maeve hecha una furia. Buscó respuestas en el rostro de Dumbledore, pero él borró su expresión de regocijo y se limitó a encogerse de hombros otra vez.

-Ya sabes, Minerva -le recordó a su atribulada y ansiosa colega, que parecía estar a punto de lanzarse en pos de Maeve - Nosotros a lo nuestro.


Cuando Maeve salió trastabillando por la chimenea del despacho de Severus, él estaba apoyado en el escritorio, cruzado de brazos y esgrimiendo la mejor de sus sonrisas de siniestra superioridad. Esperándola.

-Maldita víbora repugnante y traidora... -siseó Maeve.

-Me halagas, pero mejor llámame sólo Severus: es mucho más corto-respondió él teatralmente. Sus ojos vagaron por ella de una forma que casi la distrajo de las intenciones asesinas que la habían llevado hasta él- Bonita camiseta -observó, mordaz- Tan... premonitoria.

Maeve se miró, ya que para andar por casa solía usar su ropa más vieja y no recordaba exactamente qué llevaba puesto. La camiseta que llevaba sobre los vaqueros era de color azul marino y en ella se podía leer, escrito en letras blancas: "Hoy es un día precioso; verás cómo viene alguien y lo jode".

-¿Te crees muy gracioso? -le increpó, mostrando la carta de la discordia- ¿Esto es tu idea de un chiste? ¿Falsificar mi letra y hacer que me encadenen a Lockhart durante todo el curso, asqueroso y rastrero pedazo de mierda?

-Merlín nos asista, qué lenguaje tan atroz. Si te oyeran las monjas... -se mofó él.

Maeve apretó la mandíbula y se acercó a él con furiosas zancadas, estampándole el pergamino en mitad del pecho. Estaba demasiado enfadada como para notar el pequeño respingo que dio él. Severus todavía sentía el mínimo roce de sus manos -aunque fuera así, para golpearle- como una descarga eléctrica que lo dejaba a la vez aturdido y tenso.

-Espero que tengas una buena explicación para esto, hijo de Satanás -afirmó ella con la voz ronca de ira.

Severus luchó por no tragar saliva ni quedarse prendido de sus ojos, llenos de esa lava hirviente que ahora no se estaba esforzando lo más mínimo en cercar con hielo. Se había preguntado muchas veces si Maeve sabría lo hermosa, lo majestuosa que era cuando estaba enfadada; si sospecharía que procuraba enfadarla a menudo sólo por poder verla así, iluminada con ese fuego colérico que tanto se parecía al que la había incendiado debajo de su propio cuerpo años atrás.

-Mi explicación, pequeño trébol -dijo con sorna, buscando provocar que ella entrara definitivamente en erupción y casi consiguiéndolo- es que tú me declaraste la guerra y cuando alguien me declara la guerra siempre lleva las de perder.

-¿Eso es una amenaza, Sevvie?

Severus levantó una ceja con expresión de suficiencia.

-Eso habría sido una amenaza ayer. Hoy es un hecho.

-No me digas -rugió Maeve- El único hecho que veo aquí es que voy a negarme a esta barbaridad aunque tenga que denunciarte por falsificación y hacer que termines en la cárcel.

-No lo harás.

-¿Ah, no? ¿Por qué?

-Porque no lo voy a permitir.

-Oh -el tono de Maeve cambió de la agresividad al sarcasmo- ¿Vas a impedírmelo?

-En efecto.

-¿Tú y cuantos más, chico?

La sonrisa de Severus acentuó su malicia mientras tomaba del escritorio que quedaba a sus espaldas otro pergamino.

-Yo y esta interesante carta que Draco Malfoy me entregó el curso pasado después de ser castigado, injustamente a la luz de las evidencias, por nuestra querida Subdirectora.

Maeve sintió que se le detenía el corazón. No tuvo fuerzas para leer lo que Severus sostenía a pocos centímetros de su rostro. Le bastó con distinguir la firma "Charlie Weasley" para saber que estaba jodida.

-Juraría que ésta es la prueba de que Draco Malfoy no mentía al acusar a ciertos alumnos de Gryffindor de estar en posesión de un peligroso dragón e implicar en tan lamentable hecho a nuestro querido Rubeus Hagrid -dijo Severus, gozando insanamente del azoramiento que agitaba la respiración de ella y teñía de rosa su rostro y su cuello- Curiosamente, he podido constatar gracias a Aurora Sinistra que tú estabas usando la Torre de Astronomía esa noche en que los amigos de Charlie Weasley planeaban usarla para aterrizar en Hogwarts y llevarse el dragón. Para mí que esto, Maeve, te señala como cómplice de esta inaceptable infracción.

Los labios de Maeve habían formado un "oh" mudo y sus ojos estaban tan llenos de inquietud como de incredulidad.

-¿Me estás chantajeando, Severus? -inquirió

-Me estoy asegurando de que aceptas tu castigo por haberme declarado la guerra sin ir a chivarte a Albus -matizó él, disfrutando y esforzándose en hacerlo obvio.

-¿Me estás diciendo...? ¿Me estás diciendo que has sabido todo este tiempo que Draco Malfoy decía la verdad y aún así permitiste que fuera castigado y que se le dedujeran puntos a tu casa y que tres alumnos de Gryffindor no resultaran expulsados... sólo por poder tener un arma con la que extorsionarme más adelante?

Maeve se llevó ambas manos a la frente y dejó escapar una risa escandalizada e incrédula. Severus se limitó a sonreír como si aquello fuera un gran halago y no una acusación de prevaricación en el ejercicio de sus deberes.

-Haces que suene muy feo, dicho así -la recriminó, con sorna- Y estás obviando el hecho de que retener esta información me ha servido para evitar que tu muy querido amigo Hagrid se viera envuelto en un buen lío y te arrastrara con él... La extorsión no es más que la guinda del pastel, Maeve.

-Has estado meses esperando el momento de... Oh... Serás traidor y sinvergüenza... Viniendo a verme todos los días, charlando conmigo como si no tuvieras planeado... Eres... eres una vil, despreciable y rastrera alimaña, Severus - dijo Maeve, todavía atónita pero sin poder esconder cierta admiración rencorosa ante el talento de aquel golpe- Un absoluto cabronazo. Un...

-Dejémoslo en que soy digno de pertenecer a Slytherin. ¿No crees que suena mucho mejor, Maeve?

Severus dobló cuidadosamente la carta delatora y la guardó en un bolsillo interior de su túnica, mirando a Maeve con tanta arrogancia que ella habría debido querer abofetearle. Para vergüenza de Maeve, todo lo que sintió fue el maldito vértigo en medio del vientre y el inquietante calor del deseo entre las piernas y la desesperación de no poder darse un buen golpe con el que espantar el ansia de borrarle a bocados esa sonrisa de superioridad. Aunque ahora estuviera utilizando aquella información para fastidiarla, la idea de que él se hubiera arriesgado así para protegerla meses antes de que las cosas se arreglaran entre ellos resultaba tan incendiaria que toda su mente era ahora pasto de las llamas.

-No pienses que esto va a quedar así -le advirtió, sus labios queriendo reír sin permiso de su dignidad.

-Nada más lejos de mi intención que pensar eso, Maeve -replicó Severus quien, sin borrar la sonrisa, movió su varita e hizo aparecer sobre el escritorio dos tazas de té, tendiéndole una como si tal cosa a su todavía perpleja interlocutora- No es muy tarde para ofrecerte mi hospitalidad, ¿verdad? Odio que la gente a la que chantajeo se vaya de aquí con mala impresión de mis modales.

Maeve le lanzó una mirada hostil pero aceptó la taza. El olor de la infusión acarició sus fosas nasales. Un earl grey ligeramente aromatizado con corteza de naranja. Al probarlo comprobó que no estaba aderezado con nada más, ni endulzado. Junto con el calor del líquido al atravesar su pecho sintió el del extraño placer que le causaba que ese ruin y traicionero manipulador aún recordara con exactitud, después de tantos años, cómo le gustaba tomar el té.

-¿Te parece prudente poner armas en manos de un enemigo cabreado, Severus? -le preguntó- Podría haberte tirado esto a la cara. Ganas no me han faltado, de hecho...

-Intuía que se te pasaría por la cabeza -admitió el hombre- Como también intuía que no lo harías.

-¿Y eso?

Severus se limitó a sonreír, coger su propia taza de té y sentarse en su silla, señalándole a ella con un elegante gesto de la mano la que quedaba al otro lado del escritorio.

-Porque te conozco, Maeve. Y sé que, aunque te guste ir de rústica y contundente, tú también aprecias la sutileza en el arte de la guerra.

Maeve resopló resignada y aceptó su invitación, pensando ya en su venganza pero devolviéndole a su pesar la sonrisa. Feliz de estar inmersa en aquella clase de guerra con él.


Bueno... ¿Son o no son adorables nuestros muchachos? Cada uno adereza la amistad como quiere, y estos dos saben que una buena guerra de buen rollo es mucho más divertida que jugar al Trivial. Y además tenemos alumnos conflictivos, Weasleys enamorados y enfermeras que se las saben todas. En Hogwarts no se aburren, no...

Y sí, esa carta era la carta a la que se referían Sev y Draco Malfoy en el capítulo 3, jejeje...

Gracias por adelantado a los que os molestéis en leer mis desvaríos y más gracias a los que los comentéis. Nos vemos en la página de reviews (ya sabéis, al otro lado de ese túnel al que se accede por el botoncito de abajo...)XD

NOTAS:
-Las características del kappa (criatura de la mitología japonesa) están sableadas de la wikipedia.

-Rashomon, la contraseña de las guardias del kappa, es el nombre de un templo de Kyoto y de una película de Akira Kurosawa.

-Perdonad si no es muy canónico que haya profes vigilando las salidas a Hogsmeade, pero a mí me venía bien así ;)