Este capítulo incluye escena de contenido más o menos sexual. El que lo lea, lo hace bajo su responsabilidad. Y eso.


Capítulo VII: las fotografías, incluso las no mágicas, poseen una magia especial. La de capturar un instante para la eternidad. Un instante que, visto con la perpectiva de los años, puede abrirnos los ojos o rompernos el corazón.

CAPITULO VII: MALDITAS FOTOS

Le había costado dos horas en la ducha despegarse los sesos de rana del pelo y quitarse de la piel ese horrible olor a cuerno quemado que despedía el caldero de resina siniestrado. Que Argus Filch fuera a hacer sudar sangre a los causantes del desaguisado cuando cumplieran su castigo no mejoraba el mal humor de Severus por haberse perdido la cena y además llegar tarde a su encuentro con Maeve.

Te estás acostumbrando demasiado a ella, ¿no crees? Empiezas a depender de verla hasta el punto de ponerte irritable por tan sólo tener que retrasarlo unos minutos, le recriminó burlona su voz interior.

Severus le respondió, furioso, que se fuera a la mierda; que igual que apreciaba la puntualidad como virtud ajena se preciaba de ser el primero en dar ejemplo.

Así que es sólo una cuestión de puntualidad. Claro. Te diré cómo se llama lo que te pasa. Se llama dependencia de otra persona. Se llama debilidad. Se llama vulnerabilidad. Se llama peligro.

BASTA.

No le gustaba nada aquella voz, especialmente cuando tenía razón. Y muy especialmente cuando además de tener razón se permitía mofarse de él, como ahora. Por no oírla había salido de sus habitaciones sin mirarse al espejo: no le apetecía ser el blanco de sus propias burlas por preocuparse de si su aspecto era lo bastante presentable. Como si Maeve fuera a fijarse en eso... Sí, una vez lo había considerado, para su extrañeza y placer, un hombre atractivo pero de eso hacía un siglo y en aquellos días ella no era más que una niña sin experiencia, sin mundo. Había transcurrido una década desde entonces. Una década en la que Maeve había vivido, había crecido, había conocido gente, había tenido -citando a Dumbledore y sintiéndose inundado de hiel cada vez que lo pensaba- unos cuantos novios. Que él siguiera considerándola la visión más encantadora y deseable de la tierra porque en todos esos años no había tenido nada mejor que hacer que recordarla no quería decir que a Maeve tuviera que pasarle lo mismo. Y si así fuera su deber sería desalentarla, no preocuparse de si estaba aceptablemente peinado o llevaba el cuello de la camisa torcido.

Ya era bastante irritante que los adolescentes se comportaran como adolescentes, se dijo. Ese comportamiento trasladado a un hombre de su edad se metía de lleno en el terreno de lo grotesco.

Recorrió con presteza el camino entre las las mazmorras y el despacho de Maeve, situado en la segunda planta de la Torre Sur, justo al lado de sus dependencias personales. Había varios itinerarios posibles y Severus solía variarlos por precaución, aunque sabía que no hacía falta. A la hora en la que solían verse Maeve y él había escasos alumnos rondando por los pasillos, y los pocos que pudiera cruzarse no se estarían a preguntarse a dónde iba su profesor de Pociones, demasiado ocupados en huir de él tan deprisa como les fuera posible. Y aun en el caso de que supieran deducir cual era su destino, ninguno que estuviera en su sano juicio pensaría que Severus iba a ver a su colega zoóloga para una charla de cortesía. Cualquier alumno y docente de Hogwarts estaba al tanto de la fuerte antipatía mutua que en teoría se tenían él y Maeve. Salvo Dumbledore, claro, que siempre lo sabía todo como si fuera un maldito dios... y quizá Poppy Pomfrey, aunque Severus no quería pensar todavía en esa posibilidad ni en las complicaciones que podrían derivarse de ella. Todo lo que Severus tenía que hacer cada vez que iba a ver a Maeve era poner su peor cara de ogro y vestir el lenguaje corporal de alguien sumamente furioso que fuera a pedir la cabeza de su colega en bandeja de plata; dar la impresión perfecta de que el malvado y horrible profesor de Pociones iba, como de costumbre, a hostigar y hacerle la vida un poco más imposible a la simpática y agradable profesora de Cuidado de Criaturas Mágicas. Su pésima reputación era en este caso su mejor aliada. A Severus le importaba muy poco tener que ser el malo de aquella pantomima mientras eso les permitiera mantener su amistad a salvo.

Aún así era liberador llegar al despacho de Maeve y poder quitarse la careta. Mostrarse por fin relajado, contento de verse en presencia de alguien que le agradaba. Dejar ver -a su manera y sin excesos, por supuesto- lo que suponía para él aquella amistad.

Maeve no estaba allí cuando él entró y cerró la puerta tras de sí asegurándola con un fermaportus. Sí que estaba Saighead, subido en su percha y mirándole con la cabeza ladeada y ojos inteligentes mientras emitía un suave chirrido de bienvenida hacia quien ya consideraba una presencia familiar en esos dominios. La visión del halcón indicaba que Maeve no podía estar muy lejos. La puerta que comunicaba con las habitaciones privadas de ella estaba entornada y a través de ella Severus escuchó música y ruidos de alguien yendo y viniendo. Probablemente Maeve se había puesto a aprovechar el tiempo una vez que él le comunicó vía búho que se retrasaría. A diferencia de Severus, ella nunca había sido la clase de persona que esperaba sentada cargándose de mal humor según aumentaba el retraso: contemplaba la vida como algo demasiado corto y precioso para malgastarlo esperando ociosa. Por un segundo Severus valoró la posibilidad de asomarse a sus dependencias para decirle que ya estaba allí pero desechó esa idea tan rápido como la había pensado. Si se asomaba a su salón podría parecer que esperaba ser invitado a pasar y no era así. Es decir, sí era así pero sabía que no debía serlo. Verse en un ambiente neutro y profesional como el de un despacho estaba más que bien. Un salón era algo demasiado íntimo, demasiado agradable. Demasiado cercano a un dormitorio. Demasiado peligroso para un hombre que trataba de mantener a raya sus devastadores deseos de intimidad. Sobre todo cuando la maldita mujer que los inspiraba parecía poseer millones de canciones capaces de revolverle las entrañas.

Once I had a woman I could call my own

Once I had a woman now my woman is gone

Once there was a river, now there is a stone

You know it´s evil when you're living alone

Water of love, deep in the ground

but there ain´t no water here to be found...

Suspirando con resignación y disgusto decidió que la esperaría allí. Maeve aparecería antes o después y con un poco de suerte dejaría su condenada música donde él no pudiera oírla y sentirse bochornosamente identificado con ella.

El despacho de Maeve era más pequeño pero mucho más acogedor que el suyo, con dos grandes ventanas que daban al Sur y entre las cuales se situaba el sencillo y sólido escritorio. Severus vio junto al preceptivo tintero el bote hecho con un grueso trozo de rama -obra de Hagrid a buen seguro- que siempre estaba lleno de bolígrafos muggles. Con todas las cosas de las que esa mujer era capaz y nunca conseguiría escribir aceptablemente con pluma y pergamino. Sonrió con algo similar a la ternura que inmediatamente cambió por el sarcasmo, un registro en el que se sentía mucho más cómodo. Su mirada viajó con curiosidad por las estanterías llenas de libros, ficheros, carpetas, cuadernos y hojas sueltas, todo dispuesto en una especie de caos organizado que a Severus, pulcro y metódico hasta extremos que rozaban lo obsesivo, le ponía los pelos de punta. Cuando estaba en los dominios de Maeve sentía a menudo el impulso de sacar su varita y poner un poco de orden en aquel desbarajuste pero se contenía. Un amigo no haría algo así; esa clase de cosas eran más propias de un marido.

De una esposa, en realidad.

Intentando no sonrojarse por el humillante pensamiento, focalizó su atención en una foto que se veía medio enterrada por unos pergaminos. Alargó una mano para apartarlos y dejarla a la vista. Sus ojos se engancharon sin remedio en la fascinante, aterradora, poderosa imagen estática que sin embargo poseía una fuerza muy superior a la de las fotografías mágicas en movimiento. Sentadas en medio de la hojarasca, las dos figuras se miraban con atención. El gorila, un descomunal macho adulto, era una presencia terrible de brillantes e inquisitivos ojos oscuros. Frente a él Maeve parecía pequeña y frágil como una niña, con su cuaderno de notas y su ropa demasiado grande y su pelo encrespado por la humedad abandonando por todas partes la trenza que pretendía contenerlo. Era imposible no estremecerse ante la forma en que el macho alargaba una mano para cubrir la distancia que los separaba y tocar ese pelo que parecía fascinarlo. Era imposible no estremecerse con la sonrisa de Maeve, que parecía contener el aliento mientras devolvía la mirada al animal. La conexión y el entendimiento entre mujer y simio podían casi palparse. Había algo tan espiritual e íntimo en aquella escena que Severus se sintió un intruso por estar mirándola.

-Ese es Nzeli -escuchó decir a su espalda.

Cautivado por la fotografía, Severus no había sentido entrar a Maeve. Borró con rapidez su expresión de embeleso antes de volverse hacia ella. Vio que llevaba encima de la camiseta y los pantalones de rigor la absurda chaqueta de lana a rayas multicolores que le había tejido no sé quién y le quedaba enorme... La encontraba ridículamente encantadora cuando vestía esa prenda.

Merlín. "Ridículamente encantadora". Escúchate. Empiezas a dar lástima.

-Es una foto muy buena -dijo desganadamente, como si en realidad no lo pensara.

-Sí que lo es -admitió Maeve, acercándose un poco a él pero sin mirarle, con los ojos fijos en la fotografía enmarcada- ¿Verdad que es una preciosidad?

Severus levantó una ceja al comprender que ella se refería al gorila.

-Personalmente, mis gustos se inclinan por algo menos peludo -replicó irónico.

Maeve miró al techo con aire resignado y sonrió.

-Qué gracioso -gruñó- Nzeli era el macho dominante del grupo que yo seguía para mi estudio. Todo un carácter. Al principio apenas me toleraba cerca de los suyos; de vez en cuando me tiraba alguna piedra o me hacía una exhibición de fuerza, rompiendo ramas, golpeándose el pecho y enseñándome los colmillos, como para recordarme que debía guardar las distancias... Hasta que al cabo de un año de tratarnos sucedió esto. Decidió que podía acercarse a mí y que me dejaría acercarme a él. Todos los gorilas son criaturas muy reservadas, muy celosas de su intimidad, y Nzeli es excepcionalmente difícil en ese sentido. Y sin embargo se mostró increiblemente abierto cuando empezó a confiar en mí. Una vez que me permitió acercarme, ya no me puso límites. Consiguió transmitirme hasta qué punto me consideraba digna de su confianza. Se tumbaba a mi lado mientras yo les observaba, dejaba que las crías se me subieran encima, me despiojaba e intentaba ordenar mi asentamiento cuando es algo que normalmente sólo hacen las hembras, me escoltaba de vuelta a la Fundación... Me adoptó como parte de su vida. No te imaginas lo que eso significó para mí.

Severus tenía la mirada clavada en la mano del animal, casi tan grande como toda la cara de Maeve, con aquellos dedos negros que parecían hechos de cuero viejo. Al cabo de un año de tratarnos, me permitió acercarme y ya no me puso límites. Una criatura excepcionalmente reservada que consiguió transmitirme hasta que punto era digna de su confianza... Había algo perturbador en aquellas palabras, algo que le recordaba a la sensación que le producía oír algunas de las canciones de Maeve. Algo que parecía estar hablando de él aunque no podía estar hablando de él porque en realidad se refería a una criatura temible y temida de expresión hosca y mirada oscura...

Merlín. No es posible que...

-¿Por qué los gorilas? -le preguntó de pronto, sin preocuparse de parecer demasiado interesado en la respuesta.

Maeve se encogió de hombros.

-¿Y por qué no? -replicó, sonriendo.

Severus fue a sentarse en una de las sillas que había frente al escritorio y se la quedó mirando atentamente pero ella permaneció de pie junto a la estantería, perdida en la escena que le mostraba la fotografía.

-Tienen esa fama terrible de seres violentos, de asesinos. Mucha gente todavía cree que son carnívoros y matan personas. Sin embargo, si te tomas la molestia de mirarles a los ojos...

Se cruzó de brazos de esa forma en que ella solía hacerlo: no a modo de escudo, como Severus, sino más bien abrazándose, envolviéndose. No como una forma de poner más distancia sino haciéndole a uno desear ser sus brazos. Severus prefirió apartar la mirada y mirarse las manos como si así pudiera quitarles las ganas de tocarla

-Creo que sucedió de esa manera, mientras trabajaba con una beca de verano en el Zoológico Central de Londres. Había visto gorilas antes y me encantaban, pero nunca había tratado a uno de cerca. Nunca había mirado a uno directamente a los ojos... Lo que vi en esos ojos, Severus... Lo que vi en esos ojos no lo he visto en la mirada de muchas personas. Vi inteligencia, vi sentimientos. Vi un alma. Y supe, sentí que tenía que conocer mejor a esa criatura capaz de mirar así.

Maeve ya no miraba la foto sino que sus ojos estaban perdidos en el vacío con aire soñador. Severus sabía que los muros del despacho eran ahora árboles y espacios libres, montañas y cielos infinitos. Sabía que cuando Maeve pensaba en África nunca pensaba en nada más. Sabía que seguramente ella no estaba reparando en las cosas que decía ni en la absurda inquietud que le estaban provocando.

- La gente no ve mas allá de su aspecto imponente y terrible, de sus exhibiciones de agresividad, de su hostilidad hacia los intrusos. Pero no son en absoluto lo que la gente cree. Cuando los conoces, cuando te tomas realmente la molestia de conocerlos de verdad, sabes que a pesar de todo el poder que tienen y el daño que podrían hacer son pacíficos e increíblemente tiernos. Son leales hasta la muerte cuando se trata de defender lo suyo. Son brillantes, inteligentes, expresivos, divertidos. Son increíbles. Y sientes que podrías estar con ellos el resto de tu vida y no cansarte nunca porque ...

La voz de Maeve se fue extinguiendo poco a poco según reparaba, con creciente extrañeza, en lo que estaba diciendo. Y al final calló sin acabar la última frase.

Nunca hasta entonces había verbalizado el porqué de su fascinación por los gorilas.

Nunca hasta entonces había reparado en lo mucho, demasiado que se parecían a otra criatura que también la fascinaba.

Volvió a mirar la foto, examinándola con otros ojos, contemplando la escena desde una perspectiva nueva mientras su corazón se aceleraba y su mente empezaba a evocar otra imagen muy distinta y a la vez muy similar.

No puede ser.

En la foto los dedos de Nzeli rozaban su pelo y la expresión de sus ojos negros aunaba curiosidad y confianza absoluta.

Me niego a aceptar que...

En su memoria, los dedos de Severus tocaban también su pelo para apartárselo de la cara y sus ojos tenían el mismo anhelo de entendimiento y cercanía y su voz -has llorado- era una caricia para sus oidos.

Joder

Maeve notó que le daba un vuelco el estómago.

¡No es posible que me hiciera primatóloga por Severus!

Se volvió con rapidez hacia el mago, a tiempo de intuir la expresión perpleja en el rostro que no la miraba y la forma en que había crispado las manos sobre su regazo. Un rubor furioso le cubrió las mejillas de fuego al preguntarse si él habría notado el nada sutil paralelismo y, de ser así, qué pensaría de ello. De ella. De lo que había sentido durante sus años de separación. De lo que aún sentiría. De...

Dios mío, ¿por qué no te comportas de una maldita vez y permites que se abra la tierra y me trague? ¿Por qué no me das una puñetera señal de que existes?

-Mira, -carraspeó- me llegó esto hoy, con el correo.

Desesperada por cambiar de tema tomó una foto sin enmarcar del mismo estante en que estaba la de Nzeli y la posó con rapidez en el escritorio, delante de Severus. Luego se dirigió a la percha de Saighead para ofrecerle una chuchería, procurando que Severus no viera de ella más que la espalda mientras no se sintiera capaz de respirar con normalidad y de mirarle sin morirse de vergüenza.

Severus alargó hacia la fotografía una mano que temblaba un poco, contento de que ella no pudiera verlo y a la vez furioso consigo mismo por las sensaciones que lo estaban golpeando. ¿Y qué si sus malditos monos recuerdan vagamente a ti? ¿Y qué si su interés por ellos nació de su interés por ti? ¿Crees que ahora todo eso significa algo, estúpido?

-¿Quién es? -preguntó

Era imposible distinguir si la figura que chutaba un balón en primer plano era niño o niña. Todos los pequeños que en la foto jugaban a lo que parecía fútbol llevaban el pelo muy corto y ropas que hacían dificil determinar su sexo desde la perspectiva de un europeo. Lo único que Severus podía decir con certeza era que la sonrisa que lucía le parecía lo más deslumbrante que jamás hubiera visto en un rostro humano.

-Ingabire. Es hija de Pasteur, uno de los guardas de la Fundación. Vivían cerca de Karisoke -Maeve acarició con suavidad el pecho de Saighead, sintiendo que cambiar de tema iba calmando su inquietud- Su madre murió cuando era sólo un bebé y después de que se casara su hermana mayor la pobrecita se quedó sin ninguna figura maternal. Cuando yo llegué a la Fundación Ingabire tenía cinco años y... Bueno, supongo que me "adoptó" como su madre. Cuando no estaba en la escuela la tenía todo el día detrás de mí, siguiéndome a todas partes. Era imposible no quererla, ¿sabes? Tan vital, tan sonriente, tan enérgica... Ya es capaz de jugar al futbol, ¿no crees que es un milagro?

Severus esbozó una sonrisa torcida y maliciosa.

-Llamar "milagro" al hecho de que un miembro del sexo femenino pueda jugar al futbol suena un poco machista, ¿no te parece? -se burló.

Resoplando con resignación, Maeve se dejó caer en su silla y señaló una parte de la foto.

-¿No notas nada raro en esta pierna, capullo? -le preguntó.

El mago miró con atención lo que ella le indicaba y captó de inmediato a qué se refería, reflejándolo en su expresión de sorpresa.

-¿Es una prótesis?

-Se la conseguimos la gente de la Fundación poco antes de que me viniera para Inglaterra a leer mi tésis -asintió- Dos años después de llegar yo a Karisoke Ingabire pisó una mina antipersona y perdió la pierna derecha a la altura de la rodilla.

Severus guardó silencio mientras aquella revelación calaba en su espíritu.

-Vaya. Es algo terrible.

-Puedes jurarlo. Mutilada de por vida a la edad de siete años. Y aún así, continuó siguiéndome y jugando igual que siempre con la ayuda de sus muletas... ¿Quieres saber lo más terrible, Severus? -le preguntó con amargura- Ingabire es tutsi. Su madre era tutsi y murió asesinada por hutus durante una escalada de violencia en la primera mitad de los ochenta. Pero la mina que Ingabire pisó la había colocado el FPR; la guerrilla tutsi. La mutiló su propio bando, Severus. La misma gente que en teoría combate a sus enemigos y lucha porque se vean reconocidos sus derechos... Explícame por qué todavía hay escoria que le encuentra beneficio a la guerra.

Severus contempló la foto, la sonrisa de Ingabire mientras se disponía a chutar el balón. No le gustaban los niños pero aquel rostro era de los que lo reconciliaban a uno con la existencia. Quizá no era ni compasión ni humanidad; quizá sólo se debía a que Maeve, una persona que le importaba, sentía esa tragedia como suya. Pero lo cierto era que saber a esa niña rota por la misma violencia que en teoría intentaba defenderla le llenaba las entrañas de bilis aunque remitiera a un problema distante que en nada le afectaba.

-La escoria que le encuentra beneficio a la guerra raras veces tiene que pelearla y mucho menos afrontar sus consecuencias -respondió.

Maeve le sonrió con tristeza.

-No llegué a ver a Ingabire caminar con su prótesis. Cuando me marché de Karisoke para leer mi tesis en Oxford pensaba que sólo estaría fuera un par de meses y que después volvería allí para quedarme, que podríamos jugar juntas al fútbol y pasear, que podría seguir enseñándole a hablar y escribir en inglés... Si hubiera sabido que no volvería a verla en años o puede que en el resto de mi vida...

Su voz se quebró un poco. Severus contuvo el impulso de apretar la mano que descansaba en la mesa cerca de la suya, inseguro de poder conformarse con eso una vez que la tocara, limitándose a mirarla con simpatía.

-Esto terminará, Maeve. Y entonces podrás volver a África para llevar una vida lamentable persiguiendo simios por las montañas -le aseguró, contento de hacerla sonreír un poco.

-Pero me habré perdido este tiempo con ella. Ingabire... Creo que es algo así como una ahijada para mí -confesó, odiando sentir los ojos un poco húmedos- La echo tanto de menos que el año pasado no soportaba recibir noticias suyas y me costaba escribirle aunque siguiera enviándole ayuda regularmente. Porque me duele saber de ella y pensar que no estoy allí para verlo. Ha cumplido diez años. Dentro de poco será una mujer y yo no estaré allí para evitar que se vea comprometida en un matrimonio arreglado, para convencer a su padre de que la deje seguir yendo a la escuela, para ayudarla a llegar a la Universidad y ser médico como ella quiere....

-Dado que no eres Dios ni tampoco su madre o su tutora legal, quizá tampoco pudieras hacer todo eso estando allí -observó Severus con suavidad, cuidadoso de no sonar cruel porque era la última de sus intenciones- ¿Has pensado en eso?

La mirada herida de Maeve le contestó que sí.

-¡Pero es que desde aquí no puedo hacer nada por ella! -se lamentó la mujer- ¡Nada en absoluto, Severus! Es como si yo también estuviera mutilada.

-Esa niña tiene alguien a quien le interesa lo que pase con su vida y que está deseando hacer algo por ella, Maeve. Si a ti te parece que eso no es nada, te aseguro que te equivocas: para un crío ese detalle puede serlo todo.

Los dos se sostuvieron la mirada unos instantes. Maeve sabía que Severus hablaba por experiencia y sabía también que toda esa ternura que le inspiraba la imagen de él como niño malquerido y adolescente solitario tendría que guardársela dentro. Que Severus admitiera ciertos dolores de su infancia a través de esos pequeños detalles que cortaban como cristales rotos no significaba que estuviera dispuesto a aceptar la compasión de nadie. Ni siquiera de una amiga a la que él había intentado consolar usando esos mismos detalles como instrumento. Maeve se limitó a sonreír y asentir, mirando otra vez la foto y la elegante y pálida mano que descansaba junto a ella sobre el escritorio.

Y la apretó por impulso un instante, tan breve y tan suavemente que los dos creyeron haberse imaginado el contacto.

-Gracias -musitó.

No especificó por qué ni él lo preguntó. Cuando las cosas se entendían sin necesidad de hablar, los dos consideraban una tontería perder el tiempo buscando palabras.

-¿Quieres un café? -ofreció Maeve después de aclararse la garganta, señalando la cafetera eléctrica que tenía en un rincón del despacho- Está recién hecho.

Severus todavía se miraba la mano, sintiendo en ella ese cosquilleo que le quemaría durante horas.

-¿Ya has aprendido a hacerlo sin que te quede sólido? -repuso con sorna.

Maeve se mordió el labio inferior para no reír. Era genial haber recuperado la capacidad de hablar con Severus a esos niveles de intimidad. Pero era aún más genial ver que él conservaba su talento para aliviar la emotividad cuando empezaba a ser abrumadora. Le maravillaba haber podido sobrevivir sin eso -sin él- todos aquellos años.

Bueno; tenías a los gorilas, se dijo con ironía, haciéndose sonrojar un poco.

-Cargado, chico -le corrigió mientras se levantaba a servirlo- El tecnicismo es cargado. Yo no tengo la culpa de que te guste el café como a las niñas.

-Ni mi estómago de que tú tengas gustos de estibador. ¿Irás luego a ver a Poppy?

-Sí. Prissy me matará si no le llevo los indigestos pasteles de frutos secos que ha horneado para ella.

-Intenta convencerla de que se tome el maldito Pepperup antes de que el catarro le derive en una pulmonía.

-Como si fuera posible convencer a Poppy Pomfrey de lo que sea. Si se lo quiere tomar ya se lo habrá tomado y si no, no se lo meterás ni por vena: asúmelo. Por cierto, tienes el pelo estupendamente -añadió con sarcasmo- Deberías plantearte embadurnártelo con sesos de rana todos los días.

Severus la fusiló con la mirada.

-Vete al infierno.

-¿Para tenerte como vecino? Ni de coña ¿Azúcar?

-Dos, por favor.

Maeve soltó una risita irónica,volviendo los ojos al techo.

-Lo que yo digo: como a las niñas...


Como Maeve había dicho, no tenía sentido intentar convencer a Poppy Pomfrey de nada. A pesar de la cantidad de dosis de pepperup que dispensaba en el ejercicio de sus funciones como enfermera de Hogwarts, ella se regía por el principio de pasar los catarros sin ayuda alguna, convencida de que era mejor para sus defensas. Así que Maeve se la encontró envuelta en una manta de cuadros en su sala de descanso, con la nariz goteando, los ojos enrojecidos y -para desolación del estudiante de enfermería que le habían mandado de San Mungo como apoyo logístico- las dotes de mando intactas.

-De verdad que no sé qué les enseñan ahora a esos chicos -refunfuñó- Legislación, blahblahblah, legislación, blahblahblah... y luego vienen aquí y son incapaces de abrir un vial de Esporas Reenervantes sin que se les escapen todas. Por lo visto no les dejan usar su varita para hacer curas hasta el Segundo Año de formación. ¿Te lo puedes creer? Cuando yo estudié, en dos meses tenías que estar lista para llevar tú sola un pabellón de estas dimensiones -aseguró, señalando a la puerta que comunicaba su salón con la enfermería- Y nos apañábamos bien sin tanta modernez y tanto adelanto.

Cortó su discurso para sonarse estruendosamente la nariz y probar uno de los pasteles que le había hecho Prissy, con el resultado que Maeve esperaba.

-¡Por los callos de Morgana! -gruñó la bruja mientras se servía un vaso de agua para poder tragar aquel engrudo- ¿Y dices que esto lo ha hecho una elfina?

-Prissy en persona -le confirmó Maeve- Se empeñó en hornearlos ella. La pobre está convencida de que cocina bien.

-Nunca había oido de un elfo que no supiera cocinar -se maravilló Poppy.

-Tampoco sabe obedecer, lo cual es aún más raro. Mantengo las apariencias de que mando yo para que no tenga problemas con los demás elfos, no vayan a abrirle un expediente disciplinario o a retirarle el carnet de "elfinidad"... -bromeó- Pero ya hace tiempo que renuncié a llevar la voz cantante en mi propia casa; estoy pensando en bautizar mis habitaciones como Villa Prissy.

-Ciertamente, Maeve, tienes imán para las criaturas singulares. Y los pasteles tampoco están tan mal de sabor, si consigues no morir asfixiada al intentar tragarlos -concedió Poppy.

-Dices eso porque has perdido el sentido del gusto con el catarro, creeme.

Se hacía extraño ver a Poppy sin su uniforme y quieta más de dos minutos en el mismo sitio. Maeve había estado muy pocas veces dentro de aquella sala de estar -el territorio fronterizo que comunicaba su dormitorio con la enfermería- y nunca por más de un ratito. Poppy prefería tomarse el té con sus visitantes en su puesto de control, o ir hasta la Sala de Personal si no tenía pacientes. Maeve nunca había estado más tiempo dentro de aquel salón que a finales del curso pasado, después de que Severus la sacara del almacén donde Quirrell la tenía secuestrada. Y entonces había estado demasiado aturdida por la paliza y la inesperada -y agresiva- declaración de aprecio de Severus como para reparar en la decoración. Era una estancia sencilla pero elegante, cálida, acogedora, reflejo de lo que era Poppy. Había bastantes libros sobre temas relacionados con la salud y una vitrina con una hermosa colección de instrumental medimágico antiguo. En la repisa de la chimenea, junto al cuenco de los Flu, se veía una insignia de Prefecto con escudo de Hufflepuff, montada sobre un fondo de terciopelo negro y bellamente enmarcada. Maeve sonrió al leer la inscripción: Para Pauline "Poppy" Simmons, en agradecimiento a su gran labor como Prefecta aunque fuera dejándose la insignia por todas partes. Con afecto, tu (ya ex)profesor Albus Dumbledore.

-Albus me lo regaló el día que terminé en Hogwarts -dijo Poppy con voz tomada- La había vuelto a perder y los elfos la encontraron en la lavandería. Albus creyó que enmarcarla era la única forma de asegurarse de que no me la volvería a dejar en un bolsillo.

-No me pareces el tipo de persona olvidadiza que pierde cosas -dijo Maeve, sorprendida y risueña.

-Y no lo soy -afirmó Poppy- Pero lo fui. Vaya si lo fui. Perdía cualquier cosa menos la varita. Libros, calcetines, gafas... A mi madre la desesperaba y el profesor Beery, que era mi Jefe de Casa, solía decirme que el día menos pensado olvidaría dónde había dejado la cabeza. Pero Albus me animaba siempre. Decía que no me preocupara, que ya me centraría el día que encontrara algo digno de mi atención. Cuando asumí la enfermería de Hogwarts ese fue su saludo: "Por fin te centraste, Poppy". Y tuve la sensación de que llevaba tiempo esperándome... como si estuviera seguro de que yo acabaría otra vez aquí.

-¿Albus? Imposible -bromeó Maeve con sarcasmo.

Poppy le respondió con una risilla que la hizo toser. Mientras se aclaraba la garganta con agua, Maeve siguió curioseando las imágenes que se movían en sus marcos de madera y plata. Había una que siempre había llamado poderosamente su atención en la distancia y ahora veía por primera vez de cerca. En la foto de su boda y a la edad de veinticuatro años Poppy se veía realmente muy hermosa, alta, rubia, con mejillas sonrosadas y los mismos claros e inquisitivos ojos azules que todo Hogwarts conocía tan bien. Pero el atractivo de Richard Pomfrey, futuro Cirujano Jefe de San Mungo, era de los que cortaban el aliento. Su rostro serio de mirada profunda recordaba poderosamente al de un joven Gary Cooper, con la mezcla perfecta de belleza y masculinidad. Formaban una pareja impresionante .

-Dios, Poppy, tu marido podría haber pasado por un actor de cine.

-Lo sé.

Maeve no estaba segura de que el ligero temblor en la voz de Poppy se debiera solamente al catarro. Evitó, respetuosamente, volverse hacia ella. Richard Pomfrey había muerto de una hemorragia cerebral en 1970. Veintidos años no habían bastado para curar del todo el dolor de Poppy por la pérdida prematura de su primer y único amor. Maeve observó cómo los dos rostros de la foto trataban de mirar a cámara pero no podían evitar buscarse con los ojos y dedicarse una sonrisa secreta que desembocaba en un amago de carcajada y un breve pero ardiente beso. Una vez, y otra, y otra. La juventud y la energía de los dos parecía inagotable, invencible. Y sin embargo Richard había muerto sólo catorce años después de casarse, a los pocos días de cumplir los treinta y ocho. Para Maeve era extraño verlo así, feliz y vivo, cuando todo su conocimiento de él era póstumo y a través de su viuda. Todo parecía tan intenso en la foto mágica, tan vibrante: la forma en que le brillaban los ojos, la forma arrebatadora en que sonreía, la forma en que el aire le revolvía un poco el pelo, la forma en que la luz del sol arrancaba destellos cíclicos a algo brillante que llevaba prendido en la pechera de la túnica...

Maeve se acercó un poco más a la foto, picada por la curiosidad de saber qué era aquel objeto. Tenía que ser un broche o insignia y parecía de plata, pero los destellos hacían dificil precisar su forma hasta que Richard y Poppy volvían a mirar al frente y entonces era perfectamente clara la figura de...

¿Una serpiente?

-¡Ay, la Virgen!

Maeve se volvió hacia Poppy, atónita y boquiabierta, mirándola como si la viera por primera vez mientras trataba de aguantarse la risa.

-¿Richard era un Slytherin? -preguntó, incrédula.

Poppy le devolvió la mirada, luciendo una de aquellas sonrisas maliciosas que lo descolocaban a uno.

-No, chiquilla. Richard no era un Slytherin. Era EL Slytherin. Familia antigua y bien situada, ambicioso, astuto como una maldita víbora y con la filosofía vital de saltarse todas las normas que hicieran falta para obtener lo que quería -recitó con aire evocador.

-¿Y cómo es que una Prefecta de Hufflepuff que perdía hasta los calcetines acabó con alguien así? -inquirió Maeve, divertida.

-Porque resulta, Maeve, que lo que Richard quería, además de otras cosas que significaban prestigio y poder, era yo. Y a una serpiente no se le pone nada por delante cuando quiere algo -se burló Poppy con suavidad- ¿Acaso te parece tan imposible?

Maeve meditó unos momentos sopesando la información. Contrastándola con lo muy poco Hufflepuff que Poppy parecía a veces.

-No -rió- Al contrario, Poppy, creo que eso explica muchas cosas...

Los ojos acatarrados de la enfermera relucieron con picardía.

-Chiquilla: es imposible pasar la mitad de tu vida queriendo a un Slytherin y que no se te pegue nada.

Maeve apartó la mirada con la vaga e incómoda sospecha de que aquella frase encerraba alguna clase de indirecta que sólo buscaba estudiar su reacción. Siguió curioseando entre las fotos para disimular. La mayor parte eran de Poppy en su infancia y juventud, vestida con el uniforme de alumna de Hogwarts; Richard estaba en muchas de ellas, increiblemente guapo ya a los catorce o quince años. Otras eran de sus tiempos en la Escuela de Enfermeras de Reading, con sus compañeras. En otra se la veía con Albus y Hagrid junto a un arbol de Navidad y un cartel de letras bailarinas que decía Feliz 1976, los tres brindando sus copas al fotógrafo. Maeve se fijó en un marco grande y sencillo que contenía una imagen de grupo. Era todo el cuadro de profesores de Hogwarts reunido en su mesa del Gran Salón, con Poppy claramente en la presidencia del banquete y los demás posando a su lado o tras ella. Albus y Minerva la flanqueaban riendo, Flitwick se había subido a su silla para que se le viera mejor, una Rolanda Hooch que todavía tenía el pelo rojo intentaba que Sybill Trelawney dejara de leer los posos de su té y mirase a cámara y Hagrid sobresalía de todas las demás cabezas limpiándose las lágrimas. Pero no fue nada de eso lo que llamó su atención, sino el chico moreno vestido de negro que había justo detrás de Poppy, posando una mano pálida sobre el hombro de la enfermera en lo que para él suponía un absoluto derroche de afecto público.

Maeve tragó saliva con dificultad.

-¿De cuándo es ésta?

Tenía que ser de los primeros años de Severus como profesor porque lucía exactamente igual que en sus recuerdos de él. Tan exactamente igual que le estaba doliendo el corazón de verlo.

-Del día que cumplí mis bodas de plata como enfermera de Hogwarts. 16 de Abril de 1982 -dijo Poppy- Albus me organizó con los demás una fiesta sorpresa. Fue tan bonito...

16 de Abril de 1982. Notó que se le secaba la garganta. Ella se había marchado de Hogwarts el 21 de Mayo de aquel mismo año. Cuando se tomó esa foto todavía vivía en Hogwarts, aunque ni ella ni Kettleburn aparecieran.

Cuando se tomó esa foto, Severus todavía era su amante.

-Fue una pena que Silvanus y tú no pudiérais venir. Os pasastéis toda la noche en el Bosque Prohibido buscando una hembra thestral que se había escapado. Volvísteis de madrugada, tú con una herida muy fea que te habías hecho desenganchando al animal de unos espinos. ¿Te acuerdas?

Se acordaba. Se acordaba perfectamente de ese día. De la batida por el bosque. Del cansancio. De la herida. Del paseo furtivo hasta las mazmorras después de que la curara Poppy. De Severus recibiéndola como si no hubieran estado juntos la noche anterior, un poco borracho pero no tan borracho como para achacar sólo al vino de la cena la tranquila felicidad que aparentaba.

Se acordaba tanto de ese día que sus mejillas se ruborizaron al tiempo que la mano de hierro al rojo de la nostalgia le revolvía las entrañas.

-Nunca había reparado en esta foto -dijo, con la voz un poco vacilante.

-Siempre la he tenido en mi habitación, pero el otro día me dio por pensar que luciría más aquí. Es una foto demasiado especial para tenerla donde sólo yo puedo verla, ¿no crees?

Maeve asintió debilmente con la cabeza. Sus ojos y su atención estaban secuestrados por aquel rostro que era aún el de un muchacho, por esa sutil pero genuina sonrisa que tanto se parecía a las que vestían sus labios cuando estaba con ella, por ese -tratándose de él- insólito y extraño aire de "persona más o menos feliz" que le envolvía.

-Recuerdo todo lo de esa fiesta con muchísimo afecto. Especialmente a Severus. Estuvo genial aquella noche. No dejó de meterse con Minerva y hacer que se me saltaran las lágrimas de la risa. Estaba distendido, a gusto, disfrutando. A su manera, claro -Poppy suspiró y miró también hacia la foto- Conozco a ese muchacho desde que tenía once años y esa es la única vez que me ha parecido realmente joven.

Maeve notó que le temblaban un poco las manos y se cruzó de brazos.

-Estaría enfermo -comentó, no tan sarcástica como le gustaría sonar.

El Severus de la foto, igual que el que había estado hablando con ella un rato antes en su despacho, no era ni remotamente guapo. Y sin embargo el desgarbo juvenil que envolvía su figura delgada y la expresión casi dulce que animaba su rostro lo hacían tan hermoso como el aire majestuoso de príncipe oscuro hacía con su alter ego treintañero. Los años y la nostalgia no habían embellecido a Severus en su memoria: él había sido realmente tan bello como le recordaba.

-Se le veía animado, contento -siguió Poppy, que no había oido o no había querido oir su comentario despectivo- Habló bastante conmigo. Me dijo que se alegraba mucho de que el aniversario fuera ese año porque de haber sido el siguiente él no estaría en Hogwarts para verlo. Cuando le pregunté si pensaba dejarnos tan pronto me aseguró que tenía planes lejos de aquí. Y me alegré muchísimo, ¿sabes, Maeve? Siempre creí que Hogwarts no era sitio para que un chico tan joven se enterrara en vida, rodeado de niños y viejos, sin nadie de su edad aparte de tí, con quien se llevaba fatal... Pensé que era bueno que esperase más de la vida. Pensé... Vas a decirme que es una ridiculez y probablemente lo sea, tratándose de Severus, pero la forma en que lo dijo... Llegué a pensar que había encontrado a alguien. Ya sabes: esa clase de alguien.

Maeve quiso soltar una risa burlona pero le salió debil, ahogada, estrangulada por la desagradable ansiedad que se estaba apoderando de ella.

-Sí, ya sé que lo que piensas de él y que esto que digo te parece poco menos que imposible, pero esa fue la impresión que me dio. Me alegró pensar que tenía alguien con quien empezar desde cero; no es que hubiera tenido muchas alegrías en la vida hasta entonces... -Poppy suspiró y alisó la manta sobre su regazo con aire distraido- La cosa es que me equivoqué, a la vista está. Después de mi homenaje Severus se ausentó una tarde y cuando volvió era el mismo de siempre. O peor incluso, si me apuras. Y al final del curso fue obvio que había cambiado de idea respecto a lo de marcharse. Nunca ha vuelto a hablar de dejar Hogwarts. Una lástima...

-La lástima habría sido para el alguien en cuestión, así que mucho mejor que no exista -se burló Maeve con rapidez.

Con demasiada rapidez, de hecho, ruborizada y nerviosa sabiendo que la condenada bruja acabaría por darse cuenta de cómo la estaban afectando sus palabras. Sin querer darle la espalda porque sería como admitir que le quería esconder la cara. Obligándose a apartar sus ojos del Severus de la foto antes de que la nostalgia los llenara de agua. Esperando con horror el momento en que Poppy le preguntaría algo a lo que no podría responder con aplomo, acorralada como estaba por sus propias emociones.

Pero Poppy nada dijo, limitándose en cambio a bostezar y sonreír de forma un tanto maliciosa.

-Tendrás que disculparme pero estoy que me caigo de sueño. Voy a echar un último vistazo a lo que está haciendo ese estudiante y luego a la cama. Tú también deberías dormir, querida. Es tardísimo.


Yo también debería dormir, cierto, pero ¿cómo?, se preguntó Maeve mientras caminaba hacia sus habitaciones. ¿Cómo desconectar el cerebro una vez que había entrado en la inercia de dar vueltas y vueltas? ¿Cómo convencer al corazón de que no era lógico ni sano encabritarse así sólo por una fotografía y las elucubraciones de una enfermera de baja con demasiado tiempo libre para teorizar sobre el pasado?

16 de Abril de 1982.

Severus parecía más o menos feliz y tenía planes lejos de Hogwarts. Parecía estar con alguien, había dicho Poppy. Con esa clase de alguien que Maeve, nada más que su amiga y simple desahogo circunstancial para las debilidades de la carne, nunca había sido. Pero ella sabía que Severus no había estado con nadie más en esa época. Lo sabía con la certeza que le daba conocerle. De ser así él se lo habría dicho sin importarle el daño que le infligiera al hacerlo.

16 de Abril de 1982.

Deja de pensar en ello porque no tiene sentido. Poppy le aprecia mucho y sólo vio lo que quería ver, se equivocó, él estaría borracho... hay mil explicaciones para que Severus diera la impresión de ser feliz y ninguna te incluye a ti.

16 de Abril de 1982.

Desoyendo a la razón, su corazón le golpeaba las costillas con violencia y sus latidos parecían repetir esa fecha obsesivamente. Maeve se fue derecha al dormitorio en cuanto entró en sus habitaciones, y se detuvo frente a la voluminosa cómoda de madera de cerezo, sus manos congeladas sobre los tiradores del cajón superior.

¿Qué esperas encontrar ahí, idiota?

Cerró los ojos e intentó normalizar su respiración. Reconoció que en efecto era idiota para tranquilizar a su conciencia y luego abrió el cajón, en el que guardaba guantes, gorros, chales y bufandas. El sobre, amarillento y arrugado por el paso de los años, estaba en el interior de una caja africana de madera y marfil debajo de todas aquellas prendas, al fondo, contra una esquina. Pero aún podía leerse con claridad el nombre del comercio. Brent Richardson, Fotografía y revelado. 107 Bishop Lane, Oxford.

Las fotografías que contenía el sobre fueron reveladas en Noviembre de 1982 pero se habían tomado en Warrington, Cheshire, entre el 14 y el 15 de Abril de ese mismo año. Justo antes de que Severus fuera inmortalizado con cara de ser casi feliz.

-Es preciosa.

-Era de mi padre.

-¿Qué mas da de quien fuera, Severus? Es preciosa -insistió Maeve- Me encantan estas cámaras de los sesenta, tan enormes... ¿No te recuerda a una caja de zapatos?

Severus contestó con un gruñido que quería -y conseguía- expresar a la vez cansancio, desaprobación e indiferencia. Parecía que mostrar interés o gusto por cualquier cosa contenida en aquella casa le resultara insufrible. Maeve aún no entendía por qué se había empeñado en llevarla allí si tanto le ofendía el lugar. Sin embargo se sentía contenta que lo hubiera hecho, de que le hubiera abierto las puertas de su casa y de su pasado. De que le mostrara ese nivel de confianza.

-¿Todavía funcionará?

-¿Para qué quieres que funcione? -gruñó Severus

-Para hacer café -replicó Maeve con sarcasmo- ¿Tú qué crees, chico?

-Creo que deberías dejar esa cosa donde la has encontrado.

-Imposible. "Donde la he encontrado" es un cajón de la sala que se ha desintegrado al cerrarlo, así que en todo caso tendré que dejarla "en otro sitio".

Severus bufó y miró al grasiento techo de la cocina.

-A veces eres tan repelente que dan ganas de lanzarte un "Silencio" irreversible...

-...dijo la sartén al cazo -Maeve curioseó la Yashica mientras Severus terminaba de hacer el té. La cámara no tenía carrete ni pilas- En serio, me gustaría comprobar si aún puede hacer fotos.

-¿Por qué?

-Joder Severus... ¿Y tú eres el mago más brillante de tu generación?

El sobre amarillento contenía las fotografías que Maeve había hecho con la vieja Yashica -que, milagrosamente, resultó funcionar- durante ese día y medio que todavía, después de todo lo que había ocurrido después entre ellos, seguía considerando el momento más feliz de su vida adulta. Ese fin de semana que ambos, cada uno con una excusa diferente, habían conseguido robar a la rutina del colegio para pasarlo juntos en la casa de la calle de la Hilandera. Esas treinta y seis horas en las que Maeve había creído saborear un anticipo de lo que podía ser su vida junto a Severus y que habían resultado ser sólo un espejismo, un malentendido, una fantasía de niña sin experiencia barrida rápidamente por la realidad.

Pero el 16 de Abril de 1982, de vuelta en Hogwarts tras día y medio pudiendo comportarse como una pareja normal -una que no tenía que llevar su relación en secreto, que podía ir a ver una película y después debatir tomando un café en un local muggle si Harrison Ford era o no era para tanto, que podía tocarse y besarse en público, que podía hacer el amor escandalosamente en una cama que ninguno de los dos tendría que abandonar a escondidas antes del alba- Severus parecía casi feliz y hablaba de marcharse de Hogwarts.

Maeve tragó saliva, encontrando que tenía la garganta atenazada por las ganas de llorar, y sus dedos jugaron con la solapa del sobre sin encontrar el valor necesario para abrirlo.

Nunca había visto esas fotos. Imaginaba cómo eran porque recordaba las escenas que había fotografiado, pero nunca las había visto. No había querido ver cómo quedaba inmortalizado para la posteridad su breve e ilusorio proyecto de vida. No podía explicarse las razones que la habían llevado a revelar ese carrete en lugar de tirarlo a la basura, ni las que ahora le hacían conservar las fotografías con lo sencillo que sería arrojarlas a la chimenea y dejar que el fuego las redujera a cenizas igual que el rechazo de Severus había hecho con sus sueños.

Y ahora las ganas de sacarlas del sobre le estaban haciendo arder los dedos, agitada por la ridícula posibilidad de que alguna imagen allí contenida tuviera la respuesta a las dudas que Poppy había sembrado en su mente.

-Severus... yo... lo de antes...

Era dificil hablar con aquella boca demandante bebiendo de la suya, con toda la fuerza del deseo de él vapuleando sus sentidos hasta hacerlos trizas y dejarle sólo piel encendida y ansiosa.

-Dime -dijo, pidió, exigió Severus mientras sus labios devoraban el cuello de Maeve y su respiración se iba volviendo más y más entrecortada y sus pasos la empujaban casi con brusquedad hacia las escaleras.

Maeve se sentía indescriptiblemente bella y poderosa sabiéndose capaz de provocarle aquella lujuria. Se sentía, avasallada por su urgencia de tenerla, absurdamente dueña de él.

"Incluso tú deberías saber que todos los hombres somos, de vez en cuando, esclavos de nuestra fisiología", le recordó la voz hiriente y fría de Severus desde otro rincón más oscuro de su memoria."Y que eso no significa necesariamente algo".

El sobre con las fotos pareció quemar la piel de sus manos, el impulso de destruirlo de una vez por todas casi irresistible.

-Cuando me besaste, en la cafetería...

-¿Sí?

Maeve no encontraba palabras para expresarlo y Severus no le permitía buscarlas con calma, robándole los últimos resquicios de razón con su manera agresiva de quitarle la blusa y morderle ese punto entre el cuello y la clavícula en el que parecían residir los controles de su voluntad.

-Me encantó -consiguió articular.

-Ya me di cuenta.

Claro que se había dado cuenta. Él y media cafetería, aunque en aquel local cercano a los cines debían de estar ya más que acostumbrados a ver parejas jóvenes besarse de aquella manera. Y los demás viajeros del autobús que los había traido de vuelta a la Hilandera. Y el par de vecinos que se cruzaron mientras subían el último tramo de la calle manoseándose y comiéndose la boca, tan excitados por la novedad de poder excitarse en público que Maeve llegó a pensar que una vez que estuvieran dentro de la casa no llegarían ni a la sala.

-No el beso... Quiero decir... El beso estuvo genial... Besas tan bien...

-Lo sé -murmuró Severus contra su mandíbula.

Maeve no sabía muy bien si aquella seguridad arrogante era real o fingida pero lo cierto era que la volvía loca y que cada uno de los nervios de su cuerpo se habían erizado al oirle, al sentir sus manos reclamando con posesividad la piel que ya sabían territorio ganado y aún así se deleitaban apasionadamente en reconquistar.

-Lo que me encantó fue que lo hicieras... Que quisieras hacerlo... Es decir, con gente delante, mirando. Que no te importara que vieran...

Era dificil mantener la coordinación de movimientos cuando se intentaba desnudar a otra persona al tiempo que se subían las escaleras de espaldas sin dejar de besarla. Maeve tropezó y arrastró a Severus consigo, encima de ella, pero siguieron besándose entre risas caidos sobre los escalones. Ella ni siquiera intentó levantarse. En lugar de eso, gozosamente rendida a la evidencia de que no iban a llegar a la cama, acomodó a Severus entre sus piernas y batalló con la vieja camiseta muggle que él llevaba hasta conseguir sacársela por la cabeza y luego con los botones de su pantalón vaquero descolorido, pasado de moda, deliciosamente ceñido a su cuerpo.

-Ojalá pudiera ser siempre así -murmuró, recorriendo con los dedos todas las cicatrices de aquel torso delgado que acababa de desnudar- Besarnos cuando nos de la gana y donde queramos. No me gusta tener que esconderme como si hiciera algo malo.

Severus atrapó su boca en un beso hambriento mientras le bajaba con impaciencia el sujetador para entregarse a acariciar sus pequeños senos, de los que se declaraba firme admirador y decía no cansarse nunca.

"¿Te has mirado bien?" se burló la otra voz de Severus, la que no quería oír. "Es casi como acostarse con un chico."

Le apartó las bragas después de tocarla por encima de ellas y comprobar su excitación. Con apremio, con brusquedad. En el sexo, como en las demás facetas de su vida, Severus no conocía los términos medios. Cuando la tomaba era con la lentitud más desesperante y exquisita o con la urgencia devastadora del que se muere de necesidad. Y siempre, siempre era igual de bueno, hasta el punto de que aunque Maeve no quería conocer los nombres de quien o quienes le habian enseñado todo eso -porque entonces tendría que aborrecerlas, muerta de celos retroactivos- no había noche en que una parte de sí no les diera las gracias mientras gemía contra el cuerpo de su amante.

-Yo también estoy harto de esconderme -aseguró Severus mirándola a los ojos, penetrandole el alma con la mirada a la vez que penetraba su cuerpo en un único movimiento suave y firme.

Maeve se aferró a Severus como siempre hacía al sentirle dentro: como si su solidez fuera lo único que le impidiera ahogarse en ese mar de sensaciones violentas que era hacer el amor con él.

-No quiero que volvamos a Hogwarts mañana, Maeve...

Sintió más que oír su susurro, tan bajo que estuvo segura de que hablaba para sí mismo, tan dulce que traspasaba la dulzura y era ácido que quemaba su piel y le calaba hasta el hueso y le daba igual porque solo quería comer y beber de ese dulzor corrosivo que era Severus hasta envenenarse de él, hasta morir de él.

-Yo tampoco. No volvamos -replicó ella entrecortadamente, luchando por mantener el ritmo de sus vigorosas embestidas e ignorando feliz la dureza de los escalones contra su espalda, desesperada por no tener más manos con que tocarle, desesperada por abrazar su delgadez de acero forrado en seda y ser una con su piel, diluirse en su fuego líquido, carecer de cuerpo, ser sólo Severus hasta en la más remota y pequeña de sus células. Desesperada por ser por él, con él y en él, aunque sonara sacrílego- No volvamos nunca, amor mío...

Esta vez fue la voz de Poppy la que la atormentó desde otra esquina de su cerebro. "De haber sido el año siguiente él no estaría en Hogwarts para verlo. Cuando le pregunté si pensaba dejarnos tan pronto me aseguró que tenía planes lejos de aquí". Pero aquello no era verdad y si lo era no era por ella, porque ella nunca había figurado en los planes de futuro de Severus de ahí a un año, ni de ahí a un mes, ni siquiera de ahí a dos semanas, que fue exactamente lo que tardó en expulsarla de su vida.

"Este asuntillo nuestro no da más de sí y no tengo el menor interés en prolongarlo"

Aún yacían enredados en la escalera, jadeando.

-¿Estás bien? -le preguntó, extrañada de su prolongado silencio, de su quietud.

-Sí... sólo que me cuesta hablar y me duelen las rodillas porque acabo de echar el mejor polvo de mi vida en unas malditas escaleras -repuso él con los labios contra su sien, riendo sin poder contenerse- Estoy en la puta gloria. Y tú, Maeve Murphy, maldita mula irlandesa, eres absolutamente increible...

"Me aburres. Pobre, insatisfactorio sucedáneo de Lily Evans. Me aburres" se mofó de ella aquel otro Severus que había sido incapaz de mirarla a la cara mientras rompía con ella sólo catorce días despues de eso.

Arrojó el sobre a la caja y la caja al fondo del cajón y cerró éste con tanta violencia que la cómoda tembló. Y luego fue a tumbarse boca arriba sobre la cama, apretando los talones de las manos contra las sienes. Su respiración tardó minutos en normalizarse. Su cerebro empezaba a doler de tanto pensar en cosas que no tenía sentido traer al presente...

Y sin embargo su cuerpo se empeñaba en retener las sensaciones que habían despertado con las dudas y los recuerdos; las mismas sensaciones que la habían convencido en su momento de que entre ella y Severus existía algo real lleno de futuro.

¿Por qué no miras las putas fotos, compruebas que has idealizado el pasado y después las olvidas como haria cualquier persona normal?, se recriminó exasperada.

Porque no puedo. Porque no lo soportaría.

Destrúyelas entonces.

Tampoco podía. Cualquier cosa menos destruirlas. Las necesitaba consigo, aunque jamás llegara a mirarlas.

-¿No había un sitio más feo en todo Warrington? -gruñó Severus.

Mientras esperaban a que aquel tipo del sombrero de pescador les sacara la foto con el río Mersey y la fábrica de fondo, Maeve levantó la cara y depositó un beso en la mejilla de su amante.

-Ya sé que odias que lo diga, pero te amo.

Y miró a cámara, sonriendo, sintiendo la mirada probablemente furibunda de Severus quemarle la piel.

No podía destruir esas fotos que no se atrevía a mirar porque aunque contuvieran la evidencia de que él nunca la había querido, también contenían la prueba de que aquel fin de semana en el paraiso más feo del mundo había sido real. De que su amor por Severus, enterrado en vida debajo de la amistad y condenado a extinguirse con los años, había sido lo más auténtico, lo más intenso, lo más hermoso de su juventud.

Malditas fotos, se dijo, tapándose los ojos para contener las ganas de llorar. Malditas fotos.


Cada vez me salen los capítulos más largos y menos entretenidos, qué le voy a hacer. Después de mostrar la amistad de estos dos en plan "pique" me apetecía enseñar ese entendimiento que hace lo suyo especial. También quería darle a Poppy un trasfondo a su altura. Espero que no me matéis demasiado por el rollo que os he metido :)

Por cierto, quiero agradecer parte de este capítulo a la inimitable AnitaSnape, por darme la información que buscaba sobre cámaras de fotos de los 50/60. Va por usted, pofesioná.

Y aun a riesgo de ser pesada, animaros a todos a comentar. Vuestras opiniones me hacen feliz y me ayudan a seguir con esto. Gracias de antemano a todos.

NOTAS:

-La canción "Water of Love" pertenece al primer LP de Dire Straits.

-Lo que comento acerca del conflicto hutus-tutsis en la Ruanda de los años 90 pertenece a la (triste) realidad y puede ser consultado en muchas partes de Internet. Semejante atrocidad y vergüenza no debería ser olvidada jamás y espero no estar siendo rpetenciosa o frívola por nombrarlo aquí.