Capítulo VIII: vórtice es el centro de un ciclón. Algunas fechas parecen condenadas a ejercer de punto en torno al cual giran las tormentas: conflictos entre profesores, conflictos entre alumnos y conflictos entre gatos y magias antiguas e inexplicables. En Hogwarts, Halloween parece ser una de esas fechas...
CAPÍTULO VIII: VÓRTICE
-¿De verdad no quieres venir a verle? -insistió Hagrid- Estoy seguro de que le agradaría. Le he hablado de ti y aún te recuerda perfectamente.
Maeve sintió un desagradable escalofrío recorriéndole la espalda. Ella también recordaba perfectamente al amiguito de Hagrid y no era una criatura en cuya memoria le gustara saberse.
-En serio, Hagrid: me encantan las arañas mientras su tamaño no exceda el de mi antebrazo. Temo que Aragog se pasa un poco de esos límites -explicó, tratando de sonar desenfadada en lugar de sobrecogida
-¿Y qué vas a hacer entonces, seguir leyendo? -preguntó el semigigante con incredulidad.
Maeve no pudo contener una sonrisa divertida. Con sus peculiares ideas acerca de lo normal y lo monstruoso, Hagrid no concebía que nadie pudiera encontrar preferible la lectura a la compañía de una araña antropófaga del tamaño de un elefante.
-Apenas he tenido tiempo de leer por placer desde que empezó el curso, Hagrid -le explicó- Tenemos tanto lío entre la colección y las clases... Remus Lupin me regaló este libro por mi cumpleaños pero estamos a 31 de Octubre y todavía no he podido pasar del capítulo cuarto. Mi abuelo debe de estar revolviéndose en su tumba.
Hagrid se encogió de hombros, claramente disgustado por la falta de entusiasmo de su colega. Se colgó la ballesta de un hombro y de otro una bolsa de cuero llena de restos malolientes y sangrantes que habían sobrado de la preparación de los piensos.
-Deberías entrar -le advirtió antes de marcharse- Hace frío y va a empezar a llover. Si coges un catarro por quedarte aquí tendré que dar tus clases y la profesora McGonagall se disgustará un montón y además...
-Poppy me echará la bronca. Sí, lo sé -Maeve se envolvió bien en su abrigo de punto grueso y se reclinó en el banco que ocupaba. Aquél era su lugar favorito del zoólogico, un mirador situado debajo de un cerezo y en lo alto de una pequeña loma, desde el que podía verse toda la superficie del animalario -Dentro de poco será imposible del todo leer al aire libre. Quiero aprovechar estos últimos días antes de que llegue el invierno. Ve con Aragog, chico. Y salúdalo de mi parte.
-¿Te meterás dentro en cuanto empiece a llover? -insistió el grandullón.
-Que sí. Vamos… No te entretengas o se te hará tarde para el banquete y puedo asegurar que lo lamentarás: la calabaza asada olía que alimentaba cuando he pasado por las cocinas.
Maeve observó cómo el guardabosques se alejaba silbando por el camino que conducía al Bosque Prohibido, al encuentro de su antigua mascota. Cuando lo vio desaparecer en la arboleda volvió a las páginas de En tierras de Quetzalcoatl. El creciente murmullo del viento entre las hojas fue la música de fondo que acompañó la lectura de Maeve. En el capítulo cuarto la expedición de su abuelo viajaba desde Querétaro a San Miguel de Allende, la segunda etapa de su viaje para el estudio de la fauna local y la búsqueda de vestigios de la serpiente emplumada de los chichimecas, cuya existencia histórica y verdadera naturaleza el entonces aún joven Declan Murphy estaba empeñado en probar. Embelesada por el encuentro de la expedición con una manada de huazipoitís -chacales parlantes con cola de armadillo- y sumergida en la didáctica, divertida e irónica prosa de su abuelo, Maeve tardó en advertir las gotas de lluvia sobre su cabeza. Cuando se quiso dar cuenta de que estaba lloviendo el aguacero era ya una realidad aplastante. Miró al cielo con enfado y cerró violentamente el libro, furiosa con la obstinación del clima de las Highlands en frustrar sus planes de lectura al aire libre. Gracias a Dios había tenido la prudencia de llevar consigo una bolsa de cuero en la que guardar el pequeño tesoro cuya posesión debía a Remus Lupin, pero no de coger un paraguas ni un impermeable. Para cuando llegó al castillo estaba completamente helada y chorreando agua. Sus botas empapadas chapotearon sonoramente sobre el suelo del hall principal, inundado después del paso de todos los alumnos que habían entrado en tropel huyendo de la lluvia. Sus pisadas aceleradas resonaron con fuerza en el corredor que llevaba a la Torre Sur, tan rotundas como sus juramentos. Concentrada en tiritar y escurrirse el pelo, sólo oyó la última parte del grito que estalló un poco más adelante, cerca de las escaleras.
-...mírame al menos a la cara cuando me digas eso, asquerosa serpiente!
-¡La verdad duele, Vodianov, ya es hora de que te acostumbres!
Eran dos voces, una de chico y una de chica, y esta última parecía estar llorando o a punto de hacerlo. De rabia. Alarmada, Maeve echó a correr escaleras arriba. No tuvo que subir mucho para darse de bruces con Lerroux y Vodianov, sus dos mejores alumnos, enfrentados en lo que parecía una tensa discusión, tan separados como les permitía la estrechez del espacio, tan rígidos y agresivos en su lenguaje corporal que Maeve tuvo claro que llegaba justo a tiempo de evitar la violencia física. Y a juzgar por la actitud de la normalmente pacífica Lara Vodianov -puños apretados, respiración entrecortada, mirada en llamas- era más que evidente quién, de los dos, estaba a punto de dar la primera bofetada.
-¿Me quieren explicar qué demonios está pasando aquí? -rugió Maeve.
Los dos chicos la miraron entonces sobresaltados, pues en medio de su tensión no la habían oído llegar. Y de inmediato, como si se hubieran puesto de acuerdo, ambos miraron al suelo.
-He hecho una pregunta -insistió Maeve, cuya voz sonó más tranquila pero en absoluto tranquilizadora.
Lerroux y Vodianov siguieron con la vista obstinadamente clavada en sus zapatos, sin pronunciar una sola palabra. Maeve apretó la mandíbula. Ya era bastante duro ver desplegar aquella actitud deplorable al antaño equipo perfecto de Cuidado de Criaturas Mágicas. Verlos así y que encima se le rebelaran era más de lo que estaba dispuesta a permitir.
-¿Se han quedado mudos? Porque los dos gritaban de maravilla hace un momento. Tienen exactamente diez segundos para darme una explicación -les advirtió.
Los chicos se miraron entre ellos. La intensidad del odio de Lara alcanzó a Maeve como si fuera ella y no Damien Lerroux su destinatario. El chico, en cambio, permaneció como si nada, replicando a aquella mirada con otra firme, dura, indescifrable. No era la primera vez que Maeve tenía la sensación de que aquel muchacho estaba hecho de hielo. Y sin embargo, su actitud cuando ella llegó estaba siendo tan agresiva, tan intensa... Tan impropia de él.
-Bien. Veinte puntos menos para Slytherin y otros veinte puntos menos para Gryffindor por pelear en un pasillo -anunció Maeve- Les doy otros diez segundos.
Damien Lerroux tragó saliva. Lara Vodianov se cruzó de brazos. Ninguno bajó los ojos frente a la mirada del otro.
-Que sean treinta puntos menos para cada uno. ¿Quieren convertir esto en una competición a ver quien se cansa antes, jovencitos? Porque les anticipo que ganaré yo -dijo Maeve.
Su voz sonó lo bastante amenazante como para que por fin la tomaran en serio. Fue Lerroux el primero en decidirse a hablar.
-Discutíamos sobre ese trabajo que nos mandó -aseguró- Íbamos a su despacho a comentárselo.
Maeve no ocultó su incredulidad.
-¿Es eso cierto, señorita Vodianov? -preguntó.
-Sí, profesora Murphy.
Ninguno de los dos la había mirado a la cara al decírselo. Maeve levantó una ceja.
-¿Y una redacción sobre las costumbres alimentarias de los occamys es motivo para darse esos gritos? No saben cuanto me halaga que se tomen mi asignatura con tanta pasión -dijo con sacasmo- Señorita Vodianov, coja sus cosas y suba para su Sala Común antes de que me arrepienta de no quitarles más puntos. Usted acompáñeme, señor Lerroux.
Lara se había apresurado a obedecer pero Maeve pudo ver cómo les miraba de reojo al oír la última frase. Le era imposible distinguir si su expresión era de satisfacción por pensar que Lerroux estuviera en un lío pero estaba casi segura de que sí. Notó un sabor amargo en la boca al tragar saliva.
-¿A donde? -preguntó el Slytherin, a la defensiva.
-A su Sala Común, señor Lerroux.
-¿Por qué yo y no ella, si también…? -protestó, menos contenido de lo que acostumbraba.
-Porque quiero hablar con su Jefe de Casa, señor Lerroux -replicó Maeve con dureza- Porque es la segunda ocasión en que lo veo metido en líos que son impropios de usted y me miente. Porque ya que mis consejos no le frenaron después de la última vez tendré que confiar en que lo hagan los del profesor Snape... ¿Necesita más explicaciones?
Maeve notó cómo Lerroux había palidecido al oír el nombre de Severus. Pero el gélido muchacho se esforzó en que el temor no asomara a su expresión. Se limitó a negar con la cabeza.
-¿Está seguro de que sólo discutían por el trabajo, señor Lerroux? -insistió por última vez, esperanzada debajo de su severidad.
-Sí, profesora Murphy.
Maeve cerró los ojos y suspiró, profundamente disgustada. Tenía ciertas sospechas acerca del cambio experimentado por Lerroux a raíz del verano y los acontecimientos se estaban empeñando en confirmárselas. Deseaba con todas sus fuerzas que Severus pudiera desmontar sus temores.
-Vamos entonces, señor Lerroux.
-Y, básicamente, eso es lo que he venido notando en Lerroux -finalizó Maeve, todavía tiritando en su silla a pesar del fuego que Severus se había apresurado a conjurar en su chimenea tras dejarla pasar y secarla, contra su voluntad, con un hechizo no verbal- Me gustaría saber qué opinas tú.
Severus había permanecido en silencio mientras Maeve le narraba los incidentes relacionados con Lerroux. Ahora la miraba fijamente, con los codos apoyados en el escritorio y los índices de ambas manos formando una "V" invertida ante sus labios.
-Opino que el alumno perfecto ha colisionado al fin con la adolescencia -contestó con sorna tras unos segundos de reflexión- Y que el Sombrero Seleccionador sigue confundiendo valientes con matones a la hora de mandar gente a Gryffindor.
Un bufido exasperado fue la respuesta de Maeve, y Severus supo que era exactamente lo que ella esperaba -o temía- escuchar. Entrecruzó las manos ante su boca como único recurso para ocultar la sonrisa que quería, obstinadamente, asomar a sus labios. Llevaba toda la conversación luchando por mostrarse acorde con la gravedad de lo que Maeve estaba compartiendo y consultando con él. Por no sonreír como un idiota ante el indescriptible placer que le causaba tenerla en sus dominios y estar con ella aunque sólo fuera para tratar un tema laboral y no pudiera dispensarle el trato y las miradas que desearía.
-Igual no lo he dejado claro, Severus, pero estamos hablando de Damien Lerroux y no de ti. ¿Podríamos centrarnos en el tema? Gracias.
Severus levantó una ceja con sorna ante el gruñido de la mujer.
-Pensaba que me estaba centrando perfectamente en el tema. Yo aprecio malos tratos recurrentes hacia uno de mis alumnos. Tú pillas a ese mismo alumno siendo agredido por uno de los leones de Minerva. Eso hace que los cardenales y la nariz rota tengan mucho más sentido: es el estilo Gryffindor en todo su esplendor.
Maeve se cruzó de brazos para apoyarse en el escritorio y taladrar a Severus con la mirada.
-Eso, chico, es una conclusión precipitada, injusta y tendenciosa -le dijo- Y lo sabes.
-Las evidencias... -objetó el mago.
-Las evidencias -le interrumpió Maeve- son que el mejor y más disciplinado de tus Slytherins se viene comportando desde que volvió de las vacaciones como un buscapleitos. Que nos miente descaradamente a los dos cuando intentamos ayudarle. Que lo he pillado en pleno altercado con una Gryffindor hija de muggles a la que parecía estar insultando y que el otro león que le es tan hostil es justamente el mejor amigo de esa chica. Que unos cuantos miembros de tu casa, algunos tan ilustres como Malfoy junior, piensan que la caza del sangresucia está tardando en empezar... Si me diera por seguir tu ejemplo a la hora de sacar conclusiones precipitadas, diría que es Lerroux quien está desplegando estilo Slytherin por los cuatro costados.
Era la clase de declaración que habría hecho arder las entrañas y los ojos de Severus viniendo de cualquier otra persona. Pero con Maeve las cosas siempre habían sido así: podía decirle las mayores barbaridades, criticar lo que consideraba incuestionable, atacar incluso las raíces de lo que para él era casi sagrado… y no tendría que perdonárselo porque ni siquiera pensaría que hubiera nada que perdonar. A ella le consentía cosas que no se consentía ni así mismo. Y por más que lo intentaba no conseguía sentirse débil por ello.
-Ahora es cuando tú me explicas lo de que eres mejor que yo porque no te gusta hacer esos juicios precipitados y prefieres llegar al centro del fondo de la verdad intrínseca de las personas, blah, blah, blah -se mofó Severus- ¿Me equivoco?
-Bien, chico. Veo que te sabes esa parte, así que podemos ahorrárnosla -se la devolvió Maeve- Tu dirás.
-¿Yo diré el qué?
-¿Qué vamos a hacer?
-¿Sobre Lerroux?
-No, sobre San Pedro. Claro que sobre Lerroux.
Severus hizo un gesto displicente con la mano.
-Nada.
Las cejas de Maeve dibujaron dos arcos acusados y perfectamente simétricos para expresar su estupor ante lo que acababa de oír.
-¿Nada? -exclamó
-¿Tienes problemas de audición? -replicó él.
-Es curioso: iba a preguntarte lo mismo -replico ella a su vez, sarcástica- Me da la impresión de que no has escuchado una mierda de lo que te he dicho.
Como si se hubieran puesto de acuerdo los dos se echaron hacia atrás al tiempo, reclinándose en sus respectivas sillas cruzados de brazos, estudiándose con la mirada. A un observador imparcial le habría parecido que su simetría era asombrosamente reveladora.
-Te he escuchado hasta el punto de poder citarte con puntos, comas e incorrecciones gramaticales -aseguró Severus- Y aún así, Maeve, te digo que no vamos a hacer nada.
-No puedes estar hablando en serio.
-¿Acaso ves que me ría?
-Lerroux está cambiado, sufre agresiones, se mete en líos... ¿No te parece evidente que tiene problemas?
-Lo que me parece evidente es que no desea compartir esos problemas, sean reales o imaginarios, ni tampoco pedir ayuda -escupió Severus con frialdad- ¿Quien somos para imponernos a la voluntad de un mocoso engreído que se cree lo bastante maduro como para manejar él solo...?
Maeve se levantó dando un bufido, tirando casi la pesada silla al suelo.
-¡Mierda, Severus, estamos hablando de Damien Lerroux y no de ti, a ver si te entra de una vez en la puta cabeza! -bramó, dando vueltas por el despacho mientras hacía vigorosos gestos con las manos.
Frente a su expresividad, Severus fue todo contención elegante y voz falsamente suave para mostrar su irritación.
-¿Insinúas que no aprecio la diferencia? -practicamente susurró.
-Afirmo -matizó ella, irónica- que pretendes hacer pagar a Lerroux que nadie te ayudara a ti en su día. Y eso es terriblemente injusto por tu parte.
Severus esgrimió una sonrisa mucho más frívola y superficial que el malestar que le había provocado aquella última afirmación. Haberle hablado en su momento a Maeve de sus días de estudiante en Hogwarts era una de las pocas cosas que lamentaba respecto a su relación. Por más que entonces hubiera puesto el énfasis de la historia en su habilidad para defenderse de sus atormentadores -e incluso atacarlos pese a estar en inferioridad numérica- le humillaba pensar que ahora ella tenía esa imagen entre sus imágenes de él: la de un chiquillo miserable y huraño a merced de cuatro Gryffindors con demasiada sensación de impunidad. Y le humillaba aún más sabiendo que ella se carteaba con ese perro asqueroso de Lupin, el peor de todos ellos con su engañosa aura de buen chico, el pobrecito licántropo necesitado de protección, la maldita mosca muerta...
-¿Ahora te va a dar por el psicoanálisis barato para meterme presión e intentar persuadirme? -le dijo con más dureza de la que pretendía, su juicio un poco nublado al pensar en la amistad de ella con aquel tipejo- ¿Qué va a ser lo próximo, dejar de respirar?
En momentos como ése Severus podía apreciar el cambio que habían forjado los años en Maeve, la evolución de su carácter. La chiquilla que había sido su amante habría saltado como una fiera al ser provocada así, desencadenando una tormenta de gritos y juramentos digna de un marinero borracho. Ésta mujer, en cambio, lograba dominarse aunque despidiera fuego por cada poro de su piel cuando creía, como ahora, que su deber moral era mantener la calma y llevar una discusión a buen puerto. Y era tan hermosa así, tan digna, tan fuerte, que no hacía extrañar ni un poco su antigua incontinencia expresiva. Que hacía añorar dolorosamente, en cambio, la vida que no había tenido con ella. La gran compañera que habría sido para alguien imposible como él.
-Severus -dijo Maeve, con esa calma que sólo mostraba cuando no estaba calmada en absoluto- , no quiero ir por ese camino. He venido a hablar de un alumno que me preocupa y no voy a permitir que esto se convierta en una discusión improductiva acerca de cosas que no tienen que ver con él. Si tú, por los motivos que sea, no consideras los problemas de Damien Lerroux dignos de tu intervención, está claro que no puedo hacerte cambiar de idea a punta de pistola... -se acercó de nuevo al escritorio y se apoyó en el respaldo de la silla para inclinarse a mirarlo, desafiante- Pero no esperes que me olvide del tema sólo porque a ti no te importa.
Severus sintió esa frase arder como el azote de un látigo en el ánimo.
-Que me importe y que considere que puedo hacer algo, Maeve, son cosas diferentes.
-He ahí otro aspecto en el que soy mejor que tú, Severus: para mí una cosa implica necesariamente la otra. A Lerroux le ocurre algo y me importa una mierda así de grande -aseguró, abriendo del todo sus brazos- que quiera librar sus batallas en plan lobo solitario. Es mi alumno. Es mi responsabilidad. Voy a descubrir lo que le pasa le guste o no y voy a ayudarle quiera o no.
En la mente de Severus vibró la imagen de Maeve a su lado después de una reunión de Mortífagos, imponiéndose a su voluntad aparente de estar solo; yendo a buscar ayuda para él pese a su deseo manifiesto y falso de que lo dejara desangrarse en paz en el Bosque Prohibido; siendo su sostén moral antes del juicio sin importarle lo alto y claro y brusco que él fuera al mentirle diciendo que no la necesitaba. Teniendo que ser literalmente destrozada para alejarla de su lado porque sabía que de lo contrario jamás le dejaría mientras supiera, creyera, sintiera que él la quería allí.
Sí, aquel manifiesto era Maeve en estado puro. Y la sabía perfectamente capaz de cumplir esa amenaza aun con el peligro que implicaba para ella mediar en los asuntos de Slytherin, casa en la que ya tenía demasiadas antipatías ganadas y de la que se mantendría al margen si supiera lo que le convenía y fuera la persona conformista -y sensata- que no era.
-No entiendo para qué vienes a hablar conmigo si no estás dispuesta a atender a razones -masculló Severus.
-¿Que yo no...? -Maeve resopló escandalizada pero renunció a terminar la frase, prefiriendo no meterse en ese sendero del pues anda que tú que los llevaría a una inevitable pelea- Vine a hablar contigo porque es lo que hace la gente. Se llama comunicación. ¿Te suena de algo? -movió la cabeza con disgusto y le dio la espalda, encaminándose a la puerta- Es obvio que intentar razonar contigo es igual de productivo que hablar con la pared. Tengo que prepararme para el banquete y, o mucho me equivoco, o me espera una hora de discutir con Prissy sobre qué ponerme y qué no, así que me marcho ya; no voy a perder más tiempo...
Acababa de poner la mano en el picaporte cuando el finite incantatem de Severus impactó en sus oídos a la vez que la humedad sobre su piel y sus ropas.
-¿Qué narices...? -rugió, volviéndose hacia Severus.
-La mitad de Slytherin te ha visto entrar aquí hecha una sopa y debe de haber lo menos una docena de alumnos remoloneando por el pasillo esperando ver salir de aquí tu cadáver -explicó él con teatral desinterés- Si te ven seca sabrán que fui yo con un hechizo. ¿Que quieres, que piensen que soy amable? ¿Contigo?
Severus era consciente de que su sorna tenía un vago tono conciliador que no estaba acostumbrado a usar y que le daba a sus mejillas ganas de sonrojarse. No creía que las cosas que se habían dicho fueran de las que necesitaran pedir perdón ni mucho menos, pero tampoco quería que ella se marchara disgustada. Aunque odiara reconocerlo -porque a sus ojos eso le dejaba como un blando y patético sentimental- no soportaba la idea de que Maeve volviera a enfadarse con él en serio.
- Qué encanto. Corazón de Bruja debe de estar pensando en proponerte para Gilipollas del Siglo.
-¿Y compartiré honores con Lockhart? - Severus suspiró teatralmente y se llevó la mano derecha al corazón, luciendo una mueca de feroz desprecio- Tiemblo de gozo por dentro.
Aunque Maeve se dio prisa en salir del despacho, Severus respiró aliviado al comprobar que sonreía.
Y se dijo que también tendría que arreglarse para el banquete de Halloween aunque en su caso nadie fuera a apreciar la diferencia. Pero primero quería comprobar una cosa.
Si en algo podía tenerse una fe casi ciega era en las dotes de observadora de Maeve Murphy. Y al fin y al cabo el comportamiento de los chicos adolescentes no difería tanto del de sus queridos primates. Su suposición de que el todavía tímido renacimiento de la ideología mortífaga estuviera detrás del llamativo cambio en uno de sus mejores alumnos tal vez no fuera en absoluto infundada. Así que apuntó a una estantería con su varita y atrajo hacia sí con un accio el expediente tutorial de Damien Lerroux, dispuesto a llevarlo a sus habitaciones privadas y contrastarlo con algo que guardaba allí, donde sólo él podía acceder a ello: los expedientes confidenciales que había ido reuniendo sobre todos y cada uno de sus antiguos camaradas al servicio del Señor Tenebroso, sobre todos y cada uno de sus simpatizantes, sus colaboradores, sus siervos.
La carpeta rotulada como Lerroux, Aristide no era demasiado gruesa pero eso no quería decir que la información contenida en ella fuera despreciable.
Se sentó a la mesa de comedor y empezó a repasar con interés ambos dossieres, asistido en la tarea por una copa de Ogden Magnum. Maeve, se dijo para tranquilizar a su orgullo, no tenía por qué enterarse de que después de todo le había hecho caso.
-Merlín, ahí está.
-¿Quién?
-Lockhart. Corre, antes de que nos vea...
Charity Burbage agarró a Maeve del brazo y tiró de ella hasta que ambas quedaron ocultas tras una esquina. El rostro de la profesora de Estudios Muggles era un poema cuando sugirió que en lugar de bajar directamente al Gran Salón dieran un rodeo por el pasillo diagonal del segundo piso y fueran desde la Torre Norte.
-A menos que no te importe a ti ir dándole conversación -concedió, con cierta sorna.
-¿Estas de coña? -gruñó Maeve.
-Como te ofreciste voluntaria a vigilar todos los sábados de Hogsmeade con él, lo mismo…
-Anda, calla.
Las dos mujeres tomaron sin demora el camino que las alejaba de su peor pesadilla. Charity estaba absolutamente harta de las presuntuosas y condescendientes charlas que le daba Lockhart acerca de su asignatura y del mundo muggle en general sin que el hecho de ser un completo ignorante al respecto le frenase lo más mínimo. Y aunque el exitoso escritor y héroe no había vuelto a tener brillantes ideas que incluyeran alguna de las criaturas de Maeve, el ánimo de ella hacia él no había hecho más que ennegrecerse día a día. La antipatía que le mostraban ambas mujeres, sin embargo, no las privaba de ser víctimas recurrentes de sus despliegues de galantería y sus sonrisas presuntamente irresistibles.
-Es insufrible -refunfuñaba Charity corredor adelante- Dan ganas de casarse sólo por ver si así te deja en paz, ¿no crees?
-En absoluto -resopló Maeve- Aurora y Bathsheba están casadas y no se libran tampoco de él. Pero podrías declararte así a Louis: "cásate conmigo a ver si un anillo espanta al imbécil de mi colega". Seguro que le parece muy romántico -bromeó.
Charity enrojeció un poco. La mujer llevaba un par de años saliendo con Louis Fleming, un menudo y callado sanador forense del cuerpo de Aurores de Escocia al que Maeve había tenido oportunidad de conocer la primavera pasada en Hogsmeade. A sus casi cincuenta años de soltería, ese noviazgo tardío hacía sentirse a Charity como una quinceañera. Maeve sabía que por mucho que quisiera parecer por encima del asunto la profesora de Estudios Muggles ardía en deseos de casarse con su tímido y encantador pretendiente.
-Sólo si se lo pido de rodillas -bromeó Burbage para disimular su azoramiento- De todas formas me temo que tienes razón: no hay anillo de casada que nos pueda salvar de ese pelmazo. La única de nosotras a la que no intenta hechizar con su encanto es a Séptima...
-Pero eso es porque ella no establece contacto visual -replicó Maeve- Jamás levanta la vista de sus libros como no sea para anotar en sus cuadernos de ecuaciones. Como táctica evasiva es inmejorable, aunque lo haga sin querer.
-Le da igual que seamos viejas o jóvenes, gordas o delgadas, monas o feas... -bufó Charity con cansancio- Intenta deslumbrar a todo lo que vista faldas y lleve el pelo largo. De hecho... -la bruja esbozó una pequeña sonrisa pícara- lo intenta hasta con Severus, ¿te has dado cuenta?
Charity estalló en una de sus carcajadas explosivas y Maeve intentó de veras acompañarla, pero sólo le salió una risilla desganada y falsa. Una cosa era hacerle ella esa clase de bromas a Severus a la cara y otra muy distinta tener que oírselas a los demás y saber que debajo de ellas, aun viniendo de gente sin malicia como Charity, no había el profundo afecto que animaba sus propias puyas y encima no poder defenderle, teniendo en cambio que fingir regocijo por la humillación de su presunto enemigo.
-Debe de ser por lo irresistible y adorable que es nuestro profesor de Pociones -siguió Charity con toda su inofensiva ironía- Ya sabes, con ese bronceado maravilloso y ese pelazo y ese perfil griego... y no olvidemos esa lengua que gasta.
Si supieras que Severus sabe hacer con esa lengua cosas que tu pequeño forense no alcanzaría a realizar ni en sueños no te reirías tanto, pensó Maeve. Y al segundo abrió los ojos espeluznada, porque lo había pensado con tanta vehemencia que no estaba segura de no haberlo dicho en voz alta. Sólo el semblante inalterado de Charity la convenció de que tan escandalosa declaración no había abandonado los confines de su mente.
-En fin -suspiró la profesora de Estudios Muggles- Quizá con suerte se eche una novia rica y famosa como él y nos deje a los demás en paz de una... ¡Por Merlín, pero ¿qué hace ahí ese bicho?
Un peculiar trompeteo desafinado saludó a Maeve desde el suelo de piedra, unos cuantos pasos por delante de ellas. El corredor estaba profusamente iluminado por una docena de antorchas y la luz permitía distinguir sin problemas al sapo, tranquilamente sentado y mirándolas a ambas con expresión impasible. De su enorme boca cerrada asomaba, todavía en movimiento, la pata articulada y peluda de una araña.
-¡Trevor! -exclamó Maeve.
-¿Lo conoces?
Su colega no podía disimular una mueca de disgusto. Maeve, en cambio, estaba encandilada por la imagen del animal. Se acercó para ver mejor la clase de araña que se estaba merendando -una bastante gorda, a juzgar por el tamaño de la pata- y la implacable técnica de presa labial que utilizaba.
-Es la mascota de Neville Longbottom, un Gryffindor de segundo -le explicó a Charity- El pobre chico dice que se pasa la vida perdiéndolo, pero yo creo que es Trevor el que se escapa. Nació en el Amazonas, ¿sabes? Es un espíritu libre.
-¿Sí? Yo creo que es espantoso -aseguró Charity.
-¿Pero qué dices? Si es una preciosidad...
Charity la miró con una risilla incrédula y Maeve se limitó a encogerse de hombros e ignorarla. Ya le había quedado bastante claro por su manera de hablar de Severus que la profesora Burbage no compartía sus ideas acerca de la belleza. Recogió con cuidado a Trevor, que, lleno y satisfecho como estaba, se dejó hacer mansamente.
-O mucho me equivoco o Longbottom anda loco buscándolo -explicó, acariciando al animal entre los cuernos mientras retomaban el camino.
-Es increible el amor que tienes por todo bicho viviente, Maeve.
-¿Qué clase de zoóloga sería si no me gustaran los animales? Sería como si a ti no te gustaran los muggles...
-Bueno -Charity se puso un poco seria- Ya sabes que hemos tenido una larga lista de profesores de Estudios Muggles que odiaban a los muggles y cuya forma de impartir la materia era bastante tendenciosa y parcial. Cuando yo estudiaba tuve que oír verdaderas barbaridades de los muggles por parte del profesor Springster. Los describía poco menos que como monos que apenas sabían hablar, sin cultura, sin valores, sin cerebro, sin nada digno de considerar aparte de su valor como mano de obra. Imagínate lo duro que fue tener clase con ese hombre para mis compañeros de familia muggle. Fue una gran cosa que Dumbledore consiguiera echar a ese repugnante supremacista y a partir de entonces las cosas empezaran a cambiar en la asignatura...
-Y es una pena que Dumbledore no pueda hacer lo mismo con toda esa gentuza que hay por ahí fuera... -se lamentó Maeve distraída, su pensamiento vagando hacia Damien Lerroux. Hacia Charles Fraser. Hacia Draco Malfoy, incluso. Hacia los sinvergüenzas que llenaban de mierda y prejuicios mentes jóvenes e inquietas que por definición deberían estar abiertas al conocimiento, a la curiosidad, al cambio.
-Tú también lo has notado ultimamente, ¿verdad? -dijo Charity, bajando un poco la voz- Algunos chicos... Bueno, no es que ningún alumno de esa casa tome mi asignatura... Pero es imposible no darse cuenta de que algo está cargando el ambiente. En los pasillos, en el comedor... Se siente a la perfección. Y es terrible. Yo no estuve aquí en aquellos años, pero Pomona dice que le recuerda... ya sabes... a los días del ascenso de El-que-no-debe-ser-nombrado...
Maeve sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ella había vivido en Hogwarts en los últimos tiempos del reinado de Riddle y la sensación de aire enrarecido, de miradas cargadas de suspicacia, de grupos cerrados, de desconfianza y tirantez era, aunque mucho más suave que entonces, lo bastante parecida como para producirle un profundo desasosiego.
-Esperemos que sólo sea una mala racha -suspiró con más deseo que convicción.
Las dos mujeres llegaron por fin a las puertas del Gran Salón, que aquel año estaba decorado con más espectacularidad y esmero que el anterior. Además de los murciélagos que describían figuras en el aire, de las calabazas flotantes iluminadas por dentro, de las velas y de los bailes aéreos de las hadas fosforescentes de Flitwick, había una banda de esqueletos tocando música para amenizar la velada. Embelasada con las vistas, tardó en darse cuenta de que Charity estaba maldiciendo por lo bajo. Miró a la bruja con extrañeza y luego allí donde ésta miraba: la mesa de los profesores, donde todos estaban ya sentados. Sus ojos se vieron atraídos por Severus como por un imán. Tenía el pelo recién lavado -ella sí que notaba la diferencia- y la túnica de gala abierta sobre la levita, rompiendo la uniformidad del negro gracias al discretísimo orillado en hilo de plata que la adornaba, serio como siempre y ceñudo como siempre y -para Maeve- arrebatador como siempre. La joven se sonrojó un poco, incluso, pensando lo que diría cualquiera de los allí congregados si pudiera leer en su mente lo que la imagen de Severus Snape le inspiraba.
-No me puedo creer que tengamos tan mala suerte -gimió Charity.
Fue en ese momento que Maeve reparó en que Severus, además de tener el feo detalle de estar guapísimo para ponerla nerviosa, había tenido también la indecencia de sentarse en el sitio que por derecho informal le pertenecía a ella, entre Poppy y Hagrid, con el único objetivo de no ocupar uno de los dos asientos que quedaban libres a ambos lados de... Gilderoy Lockhart.
Respirando hondo a través de sus aletas nasales dilatadas por la indignación, Maeve estrechó los ojos en respuesta a la mirada y a la leve, brevísima, imperceptible a menos que uno la buscara, sonrisita burlona que Severus le dirigió desde su sitio.
-Grandísimo hijo de puta... -siseó por lo bajo- Voy a matarlo...
-Bueno, Maeve, tampoco es para tanto. Sólo serán un par de horas -la animó Charity con una palmadita en la espalda, dando por hecho que se refería a Lockhart- Y nos apoyaremos la una a la otra. Ya sabes: para las mujeres unidas frente a la adversidad no hay enemigo lo bastante fuerte.
Maeve miró al techo, suspirando con resignación y agradeciendo el amago de broma de su colega.
-Ve yendo tú. Yo voy a darle su sapo a Longbottom -gruñó Maeve.
Le fue imposible no mirar horrorizada a Lockhart, quien no sólo no pillaba la indirecta de que sus compañeros hubieran hecho lo imposible por no sentarse con él sino que se veía encantado de lo mucho que destacaba su presencia sin nadie flanqueándolo. El rubio captó su expresión perpleja y, malinterpretándola como admiración -ya que al parecer no concebía otra actitud hacia él en las personas que lo rodeaban- , la correspondió con una amplia sonrisa de anuncio de dentífrico y un guiño que parecían decir: "Te gusto. Lo sé. Únete al club".
A juzgar por los rostros que volvieron hacia ella el noventa por ciento de las alumnas congregadas en el comedor Maeve supo que era en ese momento la mujer más envidiada de Hogwarts. Y probablemente, también la que más ganas tenía de vomitar. Y de asesinar a Severus, el asqueroso, insolidario, despiadado traidor que encima tenía la desvergüenza de sonreír de lado como si no se acordara de que aquello la dejaba muerta y de deshacerla con sus ojos aunque vistieran la preceptiva mirada desdeñosa de arriba abajo que reservaba, en público, para la squib.
Maldito seas, Severus.
Intentando no mirarle a la cara, se dirigió con presteza a la mesa de Gryffindor.
-Creo que esta monada le anda buscando, señor Longbottom.
Neville se giró y sus grandes ojos azules se iluminaron de felicidad al reparar en su sapo, que tras el atracón de araña parecía adormilado y en la gloria. Maeve no pudo menos que sonreír. Seguía pareciéndose a Connor, aunque cada vez menos. Según el hijo de Frank y Alice fuera creciendo su parecido con aquel otro niño que no había podido dejar atrás la niñez iría desdibujándose. Y con ello, esperaba Maeve, también la dolorosa nostalgia que Neville le inspiraba.
-¡Trevor! –exclamó el chico tomando el sapo de las manos de Maeve- Lo siento, profesora Murphy, se pasa usted el día devolviéndomelo…
-No se preocupe, señor Longbottom, tratar con su sapo siempre es un placer. ¿Qué hace tan solo?- le preguntó, señalando los asientos vacíos que había al lado y en frente de él.
-Harry, Ron y Hermione no van a venir. Nick Casi Decapitado los invitó a su cumpleaños de muerte y pensaban que sería de mala educación no asistir. Parecía tan interesante...
Maeve soltó un expresivo bufido.
-Para nada: prefiere estar aquí, señor Longbottom, créame.
-¿Es que usted ya ha ido a alguno? –se sorprendió Neville, abriendo mucho los ojos
-Hace años, la primera vez que viví en Hogwarts, Nick consiguió liarme para que asistiera. Nunca más –aseguró Maeve con expresión de repelús- Dudo que haya tenido una experiencia más aburrida en toda mi vida...
-¡Eh, profesora Murphy! -la llamó Fred Weasley desde un par de asientos más allá- ¿A que no sabe lo que nos ha contado ayer el profesor Lockhart en clase de DCAO sobre las banshees?
Maeve levantó una ceja con sarcasmo. No lo sabía pero intuía que no le iba a gustar. No había absolutamente nada en la persona, hechos y dichos de Gilderoy Lockhart que despertara su agrado.
-¡Sí, cuéntaselo, Fred, le va a encantar! -jaleó George Weasley a su gemelo.
-Seamus dice que no puede ser verdad, pero cualquiera sabe, como le dan miedo las banshees... ¿verdad, Finnigan? -bromeó Lee Jordan, sentado frente a los pelirrojos.
El moreno y pecoso dublinés enrojeció hasta la raíz del cabello.
-¡No me dan miedo! -protestó, demostrando que era mentira al enrojecer más- Y lo que dijo Lockhart es una solemne idiotez. Cualquier irlandés lo sabría.
-Siéntese un rato, profesora, y se lo contamos. Seguro que se ríe -le dijo Fred con ojos brillantes.
-Es verdad. Tenemos sitio -le apoyó George.
-Si no le importa sentarse a mi lado...
Aquella frase, pronunciada por Neville desde la convicción de que sí le importaría, encogió el corazón de Maeve. Miró al muchacho, que le sonreía mientras acariciaba con increíble ternura a su sapo. Y luego miró a la mesa de los profesores y al único asiento libre, que la esperaba, y a Lockhart brindándole su copa y repitiendo aquel exasperante guiño seductor. Y lo que se le encogió fue el estómago.
-Claro que no me importa, señor Longbottom -le aseguró con vehemencia- Es sólo que...
Se detuvo a media frase, buscando a Dumbledore con los ojos. El director la estaba mirando al tiempo que compartía una animada conversación con Flilus Flitwick; y probablemente, pensó Maeve, todavía le sobraba atención para controlar todo lo que estaba pasando en el maldito Gran Salón.
-Qué demonios. Esperen un momento -les dijo a los chicos, cambiando de idea.
Los ojos de Dumbledore relucían de curiosidad y malicia cuando Maeve se acercó a su silla y se inclinó para hablarle en voz baja
-¿No te unes a nosotros, querida? -preguntó inocentemente, aunque mirando de soslayo hacia Lockhart y la silla vacía a su lado.
-Nada me causaría más placer -replicó Maeve con sarcasmo- pero verás... Ya sé que es bastante irregular sentarse con los alumnos pero algunos chicos querían consultarme unas dudas sobre Criaturas Mágicas y me gustaría aconsejar a Longbottom sobre su sapo... Así que, ¿sería posible...?
-¿En la mesa de Gryffindor?
Maeve notó perfectamente cómo el viejo cabrón miraba ahora de reojo hacia Severus quien, sentado sólo un par de sillas más allá, aguantaba en silencio y con gesto inexpresivo los arrobados comentarios de Hagrid sobre el adorable cachorro de mantícora.
-Bueno, siendo una ocasión festiva creo que podremos hacer una excepción -dijo el Director, guiñándole un ojo a la joven.
Maeve no pudo evitar una sonrisa malvada. Se preguntaba a menudo si Dumbledore habría hecho alguna vez en su larga vida una sola cosa porque sí, por la simple razón de hacerla, sin que hubiera dos o tres razones adicionales ocultas bajo la superficie del más trivial de los gestos. No se te ocurra apostar en juegos de estrategia contra ese viejo zorro porque perderás siempre, solía bromear el abuelo acerca de su amigo. Y tenía más razón que un santo.
-Snape -saludó al pasar detrás de Severus.
-Murphy- fue la seca respuesta de él.
Sintió la mirada de su amigo clavada en su espalda mientras ella iba a sentarse en la mesa de Gryffindor, al lado de Neville Longbottom y frente a los gemelos Weasley, que se habían apresurado a ocupar los dos asientos libres. Y cuando estuvo acomodada y Dumbledore dio inicio formal al banquete, pudo por fin enviarle al traidor una fugaz sonrisa triunfal y saborear su evidente desagrado de verla acomodada entre leones.
Esto por quitarme el sitio, chico.
Supo que Maeve había entrado acompañada en el Gran Salón por Burbage por intuición, no porque hubiera podido reparar en la otra mujer. Le había costado un mundo componer su cara para ofrecerle a Maeve una mueca de burla que no delatara su impacto y embeleso. Maeve pasaría desapercibida en medio de una multitud para la mayoría de los hombres, pero los ojos de Severus se negaban hasta a parpadear, deseosos de no perderse el menor detalle de aquella preciosa imagen. Cualquier otra mujer del mundo parecería una vendedora ambulante de collares de cuentas con ese tipo de vestido pero Maeve estaba arrebatadora. Su elegancia innata -de la que ella que no era consciente y que sobrevivía contumaz a todos sus intentos involuntarios por asfixiarla- convertía cada prenda que se echara por encima en una obra de arte. La tela estampada dibujaba con suavidad su silueta menuda y el vuelo de la larga falda se adaptaba perfectamente a sus andares, tan enérgicos como de costumbre, tan sugerentes a un nivel visceral que el pulso de Severus empezó a acelerarse. Para empeorar la situación, a su mente le dio obstinadamente por volver a aquella misma tarde, al momento en que ella había entrado en su despacho de las mazmorras, al suéter empapado por la lluvia que se pegaba a sus formas sin dejar nada a la imaginación y le había obligado a conjurar con presteza un tergeo para ser capaz de quitarle los ojos de encima... La boca se le secó un poco al evocar esa imagen y durante varios segundos perdió el hilo de la oda de Hagrid a la condenada mantícora. No era como si no recordara a la perfección la forma y textura de los pechos de Maeve, de su cintura y de sus caderas, pero la sensación fresca de haberlos casi visto un rato antes le hizo imaginarlos ahora con tanta vividez bajo aquel vestido que su entrepierna empezó a arder y latir peligrosamente.
Era una suerte que Maeve siempre supiera cómo enfriarle los ánimos por el procedimiento de incendiar otra clase de ánimos. Su plan de disfrutar de sus miradas de odio mientras se veía obligada a aguantar el palique de aquel petimetre mononeuronal se había venido abajo, pero eso no era lo peor. De todos los lugares del mundo, de todos los idiotas del mundo, tenía que ser la mesa de Gryffindor y el lelo de Longbottom los que la alejaran de él. Y encima tenía que ver y escuchar -pues estaban lo bastante cerca de la mesa de los profesores- cómo Maeve disfrutaba realmente de la compañía de los chicos. Cómo Longbottom la miraba con absoluta veneración mientras ella le enseñaba trucos para cuidar del repugnante adefesio que llamaba mascota. Cómo los gemelos Weasley babeaban literalmente cada vez que les dirigía la palabra, aunque fuera para acusarles -seguro que con razón- de haberle sustraído una salamandra del zoológico y sancionarles con el correspondiente castigo... ¿De verdad la muy atontada no se daba cuenta de que esos niñatos estaban locos por ella? Merlín, si era tan obvio como si lo llevaran escrito en la frente. Y con este inapropiado, inaceptable gesto de Maeve de compartir mesa y charla con ellos, los muy cerdos iban a tener para meses de...
Espera. No estás celoso de unos chiquillos porque fantaseen con la misma mujer que tú, ¿verdad? Dime que no eres tan absolutamente patético, por Merlín. Dime que te queda un poco de dignidad en ese cerebro saturado de testosterona retenida.
El humillante pensamiento le secó otra vez la boca. Se bebió su copa de vino como si fuera agua. De la mesa de Gryffindor llegaron unas fuertes carcajadas que le hicieron mirar hacia allí de nuevo, lanzando cuchillos con los ojos. Maeve se había colocado al sapo encima de la cabeza y decía "¿Ya veréis, ya...", y tiraba hacia arriba una miga de pan que el bicho cogía al vuelo con su asquerosa bocaza, y a continuación se lo colocaba sobre el pelo a Longbottom, que no podía parecer más memo ni sonreír de una forma más idiota y aún así le estaba encogiendo el corazón al hacerle pensar de nuevo en los hijos que no había podido tener con Maeve y en la magnífica madre que Maeve habría sido para ellos…
Y por si fuera poco tenía que aguantar cerca de sí a Lockhart con su tono de voz petulante, insultantemente elevado, imposible de ignorar, relatando alguna de sus presuntas genialidades. Estaba siendo un Halloween redondo, sí señor.
-Parece que esta noche tienes sed, Severus -observó Dumbledore desde un par de asientos a su izquierda- Ten cuidado, no te vaya a sentar mal...
Severus lo apuñaló con la mirada.
-¿Ese lamentable espectáculo es lo que tú entiendes por una relación apropiada entre profesores y alumnos, Albus? -preguntó con desdén, señalando con su copa vacía hacia la mesa de Gryffindor- ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Obligarnos a arroparlos por las noches?
-Es un día de fiesta y Maeve tiene buena mano con los chicos. No creo que los cimientos de Hogwarts vayan a resquebrajarse por unas cuantas risas, muchacho -replicó el director.
Minerva carraspeó, dirigiendo a su joven colega masculino una mirada llena de malestar y desaprobación.
-No sé por qué te molestas en explicarle nada, Albus -dijo con resentimiento- Maeve nunca va a hacer nada a gusto de Severus. Admitámoslo.
Severus estrechó los ojos, colérico.
Si supieras las muchas cosas que tu Maeve es capaz de hacer "a mi gusto" convulsionarían hasta tus gafas, insufrible urraca...
Mierda.
No había dicho eso en voz alta, ¿verdad?
Ignorando la sonrisa maliciosa de Dumbledore, Severus volvió a llenar y vaciar su copa de vino. Tenía la incómoda sensación de que el tema de Maeve no solo no se serenaba con el correr de los meses sino que cada vez estaba más próximo a írsele de las manos. Y lo peor era que no estaba muy seguro de que le importara tanto como debería.
-Claro que con esos malignos y traicioneros demonios uno nunca puede fiarse, así que tuve que utilizar un silencio para que no...
-Gilderoy: eso que estás diciendo es la trola más gorda de la historia desde lo de "mira qué caballo de madera tan bonito os regalo en señal de buena voluntad, troyanos". Y lo sabes.
Maeve había intentado no sonar demasiado agresiva, no queriendo arruinar el buen humor que traía del banquete a pesar de lo mucho que le había indignado el relato de los Weasley y Lee Jordan sobre sus clases de DCAO. Pero Lockhart parecía empeñado en imponerle su presencia y su compañía de vuelta a sus habitaciones, y en demostrar además su capacidad para sacarla de sus casillas en las condiciones más variopintas.
-Ah, Maeve, querida mía -le dijo el rubio, riendo con arrogancia- Entiendo que alguien como tú, desgraciadamente privado de la habilidad del conjurador de hechizos y por tanto de experimentar los placeres y la emoción de la lucha contra las fuerzas del mal, no soporte pensar en los riesgos que entraña enfrentarse con el grito mortal de las banshees. Pero te aseguro que...
Maeve apretó los puños y contó hasta diez. Halloween era una fecha demasiado cargada de muertes célebres para el mundo mágico, se recordó. No quería sobrecargarla matando a aquel idiota.
-Voy a decirte unas cuantas cosas, Gilderoy. Uno: si tengo que volver a explicarte que ser squib no me convierte en idiota, no lo haré de buenas maneras.
-Querida, no pretend...
-Dos: el grito de las banshees no es mortal. Predicen con su llanto la muerte de la gente a su cargo, que es distinto, pero son inofensivas para aquellos que no están destinados a morir en cuarenta y ocho horas. Lo sé porque los Murphy, como todos los viejos clanes de Irlanda, tenemos nuestra propia banshee...
-Pero...
-... que se llama Aoife y me encantaría presentarte, a ver qué opina de que las describas como "malignos y traicioneros demonios" -le interrumpió Maeve, levantando la voz- Aunque yo no se lo diría tan fresco, ¿sabes? El grito de las banshees no mata pero los puñetazos de Aoife puede que sí: es una Murphy, después de todo.
En su irritación, Maeve no se daba cuenta de que andaba tan deprisa escaleras arriba que hasta a Lockhart, casi tan alto como Severus y por tanto de piernas mucho más largas que las suyas, le costaba seguirla.
-Pero querida, -insistió Lockhart tirando de su mejor argumento dialéctico: la sonrisa del millón de galeones- toda la bibliografía al respecto recoge que...
Maeve interrumpió a su rubio colega para decirle a un grupo de Ravenclaws de segundo que no se quedaran remoloneando por las escaleras ni obstruyeran el paso y luego, como si el mago no hubiera dicho nada, siguió con su discurso.
-Tres: las banshees son más antiguas que tu magia, de modo que son inmunes a ella, así que lo de que la silenciaste con un silencio es una asquerosa mentira. Cuatro: enseñarles a tus alumnos falacias que contribuyen a perpetuar una leyenda negra es antiético y fraudulento. Cinco: -se detuvo un momento para tomar aire aprovechando que ya habían llegado al descansillo del segundo piso , donde sus caminos se separaban, y miró fijamente a los azules y perplejos ojos de Lockhart- tu voz me irrita, chico. Cállate.
Le dio la espalda antes de que el tipo mudara la perplejidad por una de sus habituales y autocomplacientes malinterpretaciones de la realidad. Por desgracia, a tarugos como Lockhart no se les disuadía tan fácilmente. Eran inmunes a las indirectas y a las ultradirectas. Eran inmunes a todo.
-Yo te gusto, ¿verdad, pillina?
Maeve sintió cómo toda la sangre del cuerpo se le subía a la cabeza de golpe y le inundaba la visión de rojo y la poseía de ganas de matar...
Pero no lo bastante como para anular su naturaleza de zoóloga. Lo que captó la atención de sus ojos era demasiado llamativo como para dejarlo de lado por un imbécil con demasiado ego. Ahora entendía por qué Trevor estaba tan empachado de arañas. El corredor diagonal del segundo piso estaba plagado de ellas. Lo peculiar, lo singular, era que todas corrían en la misma dirección y sentido, ordenadas casi como hormigas. Y que corrían hacia una grieta en el cristal de una de las ventanas. Hacia el exterior de Hogwarts.
Como si huyeran del castillo.
-Vaya, vaya, vaya... -susurró, absorta en la marcha de los artrópodos.
Estaba segura de que nunca había oído reseñar un comportamiento semejante en arácnidos. Y aún más segura de que en la naturaleza lo inusual era siempre el primer indicio de cosas muy serias.
-¡Profesores! -les llamó la voz de una alumna pequeña de Gryffindor- ¡Vengan, deprisa!
Sólo entonces Maeve reparó en el tumulto de alumnos que se había formado en mitad del corredor. Alarmada pensando en una pelea, se abrió paso por entre los curiosos hasta llegar a un punto desde el que pudo ver a Harry Potter, Ron Weasley y Hermione Granger en mitad del corro, los tres contemplando con ojos desorbitados de temor algo que había en la pared.
Algo que era la Señora Norris absolutamente rígida, colgada de una argolla junto a un mensaje escrito en grandes letras sobre la piedra.
LA CÁMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA. TEMED, ENEMIGOS DEL HEREDERO.
Maeve cayó víctima del mismo estupor que silenciaba a los chicos, su mirada incrédula fija en los ojos desorbitados de la gata.
En medio de aquel silencio sobrecogedor, el grito resonó como un cañonazo.
-¡Temed, enemigos del heredero! ¡Los sangresucia seréis los siguientes!
Maeve quiso creer que sus oídos le jugaban una mala pasada y que en realidad esa frase no había sido pronunciada y que en realidad aquella voz todavía infantil no era la de ese chico. Sin embargo, supo sin necesidad de mirar que quien se había adelantado del grupo para decir aquello era Draco Malfoy.
Y su visión se volvió a inundar de rojo.
Bueno, ya se lió parda. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y a Voldie le da por tropezar en Halloween. ¿No se habrá dado cuenta de que esa fecha no se le da bien? Ay... Se avecinan conflictos por todas partes ¿Será demasiado para nuestros muchachos lidiar con tanto jaleo a la vez que consigo mismos? Enseguida lo veremos...
Muchas gracias por el comentario a samantha_19, que no puedo contestarla de otra forma. A las demás, ¿qué os puedo decir que no haya dicho ya? Sois estupendas, sois mi mejor apoyo y sois lo que me está animando a seguir con esta historia. Un beso para tous.
NOTAS:
-Mis disculpas a las mexicanas por las libertades que me tomo con el tema de Quetzalcoatl, espero que no me matéis mucho si cometo algún error de bulto XD
-Creo que no cometo ningún fallo dándoles una vida sentimental a esas profesoras de las que apenas se habla en los libros. Si lo hago... bueno, a mí me gustan más así.
