Capítulo IX: los animales peligrosos suelen doblar su agresividad cuando ven invadido su territorio. Invasión de competencias, invasión de espacios íntimos... ¿Cómo reaccionarán animales tan indómitos como Severus y Maeve a tales ataques? ¿Puede sostenerse su amistad frente a cosas que duelen de veras?

CAPÍTULO IX: CONFLICTOS TERRITORIALES

-¡Tú! ¡Tú has matado a mi gata! ¡Tú la has matado! ¡Y yo te mataré a ti! ¡Te...!

Severus, alertado por uno de sus alumnos de lo que ocurría en el corredor diagonal del segundo piso, había llegado a tiempo de oír, incrédulo, la arrogante, repulsiva y estúpida proclama de Draco Malfoy. Y automáticamente había desviado su atención del drama desencadenado con la llegada de Argus Filch para buscar con la mirada a Maeve y comprobar que, como temía, ella estaba allí. Y que además estaba lívida de ira, mirando al hijo de Lucius de una forma que ponía los pelos de punta.

Un escalofrío recorrió con violencia la espina dorsal de Severus.

Su deber como profesor era evitar que Filch asesinara, como a todas luces pretendía hacer, a Harry Potter. Su deber como amigo, en cambio, consistía en evitar que Maeve se apretara más la soga que ya llevaba puesta al cuello. No podía hacer ambas cosas a la vez y, desde luego, no iba a priorizar a aquel niñato empeñado en meterse en líos sobre la seguridad a medio plazo de la mujer que amaba y la única verdadera amiga que tenía en el mundo. No iba ni siquiera a fingir que intentaba priorizarle. Se movió con agilidad entre el tumulto de alumnos, mirando en apariencia la escena del delito pero dirigiéndose con decisión al lugar en el que el color malva del vestido de Maeve sobresalía de la marea de uniformes.

-¡Argus! -clamó la voz de Dumbledore.

Bien. Al menos la llegada del Director lo eximía a él del deber de socorro hacia Potter y le permitía centrarse en contener un poco a la fiera que miraba a Draco Malfoy como si pudiera carbonizarlo con el fuego contenido en sus ojos verdes. Llegó a su lado en el momento justo en que ella se disponía a avanzar hacia el chico. Sabía que no debía hacer aquello pero -evaluando con rapidez la relación costo/beneficio- decidió que el riesgo de que algún alumno advirtiera su gesto y él tuviera que pedir a Dumbledore permiso para desmemoriarle era asumible frente al peligro que aún estaba a tiempo de evitar.

El cuerpo de Maeve se tensó de los pies a la cabeza cuando Severus, casi pegado a su espalda y tan estático e inexpresivo como le era posible, capturó su muñeca con un movimiento discreto y preciso.

-No.

Su voz grave, apenas un susurro, no era más que ruido de fondo en el barullo de la discusión que tenía lugar unos metros por delante de ellos, pero Severus sabía que Maeve tenía oídos de felino y confió en que eso fuera suficiente.

-Deja a Malfoy tranquilo, por lo que más quieras...

Sus dedos se crisparon en torno a aquella frágil muñeca que no luchaba por escaparse. Con suavidad, con brevedad, sólo un segundo, a modo de advertencia, de reafirmación, de ánimo, de lo que fuera que consiguiese transmitirle a Maeve el mensaje. Permaneció quieto, sintiéndola respirar agitadamente casi contra él, mirando hacia Dumbledore -que trataba de aplacar al histérico Filch sin demasiado éxito- pero sabiendo que los ojos de Maeve seguían clavados en Draco, en su sonrisa altanera y triunfal, en su regocijo por el espectáculo de la gata colgada.

-Mi despacho es el más próximo, director, nada más subir las escaleras. Puede disponer de él -oyó decir a un Lockhart algo pálido que parecía haber perdido junto con el buen color su grandilocuencia y desparpajo habituales.

-Gracias, Gilderoy -respondió Dumbledore, sosteniendo en sus manos a la rígida Señora Norris- Ven conmigo, Argus. Vosotros también, Potter, Weasley y Granger. Minerva, Severus... -añadió, mirando sucesivamente a ambos colegas- Voy a necesitaros. Los demás váyanse a sus salas comunes de inmediato. Que los prefectos se encarguen de ello.

Severus notó cómo la tensión le invadía ahora a él. Dumbledore no podía estar pidiéndole que lo acompañara. Tenía que haber oído tan bien como él el grito de Malfoy y tenía que saber que Maeve también lo había oído y que tomaría cartas en el asunto y que eso sería terriblemente peligroso para ella y que, por tanto, éste era un momento de lo más inoportuno para dejarla sola y a su aire. Que necesitaba contención. Que lo necesitaba a él.

-¿Es imprescindible que yo...? -empezó, con tirantez.

-Sí- le cortó Dumbledore, lacónico, abriendo la marcha hacia el despacho de Lockhart.

Severus apretó una vez más la muñeca de Maeve, desesperado por su más que obvia falta de disposición a hacerle caso.

-Por favor -susurró antes de soltarla y separarse de ella.

Ella lo miró entonces, y Severus sintió sus ojos como punzones al rojo vivo hundiéndose en su alma. Intentó transmitirle con su propia mirada, sin descomponer el gesto de indiferencia, todo lo que no tenía tiempo ni posibilidad de decirle con palabras.

O no se esforzó lo suficiente o bien Maeve, fiel a su política de pensar con las vísceras cuando se enfadaba y dispuesta a matarlo de un infarto antes de que cumpliera los cuarenta años, ignoró por completo el mensaje.

-Usted quédese, señor Malfoy.

La orden de Maeve clavó no solo a Draco, sino a Severus y al resto de profesores allí presentes en el sitio. Incluyendo a Dumbledore, cuya mirada seria había perdido por completo el habitual centelleo amable que la caracterizaba.

-Pero el Director ha dicho... -empezó a objetar el chico.

-No le retendré demasiado tiempo, señor Malfoy -aseguró Maeve- Podrá irse en cuanto me repita eso que ha gritado antes y me de una buena explicación que me disuada de castigarle.

En medio del pasillo rápidamente evacuado por los prefectos sólo quedaban ya los profesores junto con Filch, Potter y sus amigos y Draco Malfoy, quien se había ruborizado de una forma inconcebible para su elegante palidez y miraba a Maeve con bastante más altanería de la debida. Severus sintió un fuerte deseo de abofetear a aquel engreído chiquillo que se permitía contemplar a Maeve como si fuera su sirvienta, su inferior. Y también sintió llenarse su estómago de hiel ante la necesidad de hacer lo que iba a tener que hacer.

-Señor Malfoy, váyase a su Sala Común-dijo alto y claro, sin dignarse mirar a Maeve.

No tenía que hacerlo para saber que ella lo estaba apuñalando con los ojos.

-Disculpe, profesor Snape, pero...

-Discúlpeme usted, profesora Murphy. He dicho que mi alumno se vaya a su Sala Común. En ningún momento me he dirigido a usted ni he insinuado que sea algo negociable -replicó fríamente, deseando que su mirada transmitiera bien el por favor, entiende que lo hago por tu bien que le quemaba la lengua.

-No se mueva de donde está, señor Malfoy -le advirtió Maeve al chico.

Draco los miraba a ambos atónito. Pero no era el único. Sus colegas allí presentes se habían puesto rígidos, intuyendo la monumental bronca que se estaba avecinando.

-Usted, profesora Murphy, no es nadie para contradecir una orden mía referente a un alumno de mi casa -siseó Severus con su tono más amenazante- No tiene más atribuciones sobre un Slytherin que las que competen a su asignatura. Y dado que no veo ninguno de sus animalejos por aquí...

-Según el artículo 16, punto 3, del Reglamento Interno de Hogwarts, las faltas disciplinarias de un alumno competen a todo docente que las presencie -repuso Maeve, sin poder ni querer disimular su cólera. No podía creer lo que estaba oyendo. Sabía que Severus estaba en la obligación de serle hostil, pero esto...- Su alumno, profesor Snape, ha proferido una proclama insultante y racista dentro de los muros del colegio, lo cual está tipificado como falta grave. Así que por supuesto que tengo atribuciones y...

-Y dado que esa presunta falta se ha cometido también delante de mí, mi opinión prevalece pues soy el tutor del alumno. Y mi opinión dice que usted no es quien para disciplinar a un Slytherin y que lo haré yo, cuando y en la manera que me parezca apropiada. Así que, señor Malfoy, váyase a su sala común. AHORA.

-¿Me está desautorizando, profesor Snape?

La voz de Maeve temblaba, y Severus podía asegurar que no era sólo de cólera. En tiempos pasados ella había llevado con deportividad el teatro al que estaban obligados, pero esto -socavar despiadadamente su autoridad delante de alumnos y colegas- suponía un nivel de humillación que Severus, hombre orgulloso como era, entendía que a ella le estuviera resultando insoportable. Lo hago por tu bien. Es esto o permitir que irrites más a Lucius y te expongas más de lo que ya has hecho. Perdóname, Maeve, gritó desesperadamente su voz interior. Perdóname.

-Le estoy haciendo un favor, profesora Murphy, impidiendo que se ponga en evidencia por olvidar sus limitaciones...

Maeve no fue la única en respirar hondo ahogando una exclamación ante el velado insulto que contenía esa frase. Minerva lo hizo al tiempo que ella, y también la chica Granger, ambas mirándole con perplejidad y hondo desagrado. Pero de eso se trataba, ¿no? El malvado, injusto, clasista, odioso jefe de Slytherin tratando a la squib exactamente como debía. Aunque todos le odiaran por ello. Aunque ella le odiara por ello.

-¿Cómo se atreve...? -rugió la voz grave y enturbiada de ira de Maeve- ¿Cómo...?

-El profesor Snape tiene razón. Compete a él estudiar este asunto en concreto. Señor Malfoy, haga lo que le ha dicho su jefe y vaya a su Sala Común.

Todos los rostros se volvieron hacia Dumbledore. El de Severus fue el único que, además de con sorpresa, lo hizo con gratitud. Maeve clavó su mirada incrédula en el Director sin querer ver cómo Draco Malfoy se marchaba habiéndose salido con la suya, probablemente sonriendo con suficiencia y reafirmado en su título auto-otorgado de Rey del Mundo.

-A usted, profesora Murphy, -añadió el Director- le pido que se retire a sus habitaciones. Es lo más sensato mientras no hayamos esclarecido este feo incidente. Mañana por la mañana seguiremos hablando...

Si las miradas mataran, Dumbledore y él serían ya cadáveres descuartizados y putrefactos en medio del pasillo. Eso fue lo que pensó Severus mientras Maeve se marchaba sin pronunciar una sola palabra más. Vio cómo se zafaba del gesto afectuoso y tranquilizador que trató de hacerle una muy disgustada y atribulada Minerva. Oyó claramente el furioso "Idos todos a la mierda" que masculló entre dientes.

Supo que iba a costarle mucho, demasiado, que Maeve le perdonara esto. Pero si con ello la apartaba del peligroso choque con Malfoy al que se dirigía de cabeza, merecería la pena.

-¿Vamos, profesor Snape? -le instó Dumbledore con un breve guiño.


El silencio que se hizo en el despacho de Lockhart tras la salida de los chicos podría haberse cortado con un cuchillo.

Y un altísimo porcentaje de la tensión que enturbiaba el aire emanaba de Severus. Dumbledore sabía lo bien que le sentaba a su joven colega que le quitaran la razón. Y más si se la quitaban para ponerse del lado de un alumno. Y más si ese alumno era un Gryffindor. Y más si ese Gryffindor era Harry Potter. O conocía muy mal a Severus o en ese momento su sangre estaba cerca del punto de ebullición, por mucho que pareciera tranquilo y la palidez de sus mejillas lo disimulara.

En cuanto a Minerva... Severus acababa de lanzar sendas cargas de profundidad contra la línea de flotación de dos de sus personas favoritas de Hogwarts, Harry y Maeve, cuestionando la inocencia de uno y negando directamente la competencia y valía de la otra. Era difícil saber por cual de las dos faltas le guardaba más animadversión en ese momento la Subdirectora a su colega de Pociones.

Del mismo modo, era difícil discernir si Severus la miraba con más rencor a ella -por ser la jefa de Gryffindor- o al propio Dumbledore.

Y muy duro ver a Argus Filch deshecho en llanto como un niño mientras acariciaba la cabeza petrificada de la Señora Norris.

Y lo peor de todo, por supuesto: aguantar la actitud de menos mal que estoy yo aquí para hacerme cargo de la situación de Lockhart, palpable en su gesto petulante antes incluso de que abriera la boca. Cosa que Dumbledore estaba seguro de que sucedería en cuatro, tres, dos, uno...

-Afortunadamente, mi dominio del filtro de mandrágora es notable, e incluso me atrevería a decir, con modestia, que roza la maestría -proclamó Lockhart desenfadadamente- Tu encantador minino estará sano y salvo en un periquete, Argus.

El suave carraspeo de Severus consiguió sonar violento como un latigazo.

-¿No crees que, para eso, antes tendrías que disponer de mandrágoras?

Minerva, que no podía estar más de acuerdo con la observación de Severus pero se moriría antes que darle la razón estando como estaba tan furiosa con él, se limitó a mirar al techo y resoplar con disgusto.

-Naturalmente, querido Sevvie -replicó Lockhart con un gesto elegante y ampuloso de su mano. Dumbledore pensó que había que reconocerle al menos su portentosa capacidad para conservar el aplomo frente a las circunstancias más hostiles. Severus después de ser llamado Sevvie era una circunstancia hostil donde las hubiera y Lockhart no parecía intimidado en lo más mínimo. Tal vez porque era un completo inconsciente incapaz de distinguir una mirada afable de una de odio asesino- Pensé que eso estaba sobreentendido y no había que explicarlo. Pomona tiene mandrágoras de sobra y...

-Mandrágoras recién plantadas -intervino de nuevo la voz calmada y peligrosa de Severus, tan parecida a las aguas tranquilas y oscuras de un estanque sin fondo que encerrara terroríficos monstruos bajo su superficie- Alguien tan versado en Pociones como tú, Gil -Severus subrayó el apelativo con venenosa ironía- debería saber que las mandrágoras han de estar maduras para hacer el filtro. Y que no madurarán hasta la Primavera, con lo que el periquete se va a poner en unos cuantos meses...

Los sollozos de Filch alcanzaron una intensidad desgarradora cuando el hombre oyó aquello. Minerva se apresuró a darle unas palmaditas en el hombro, musitando palabras de consuelo.

-Claro -respondió Lockhart tras unos segundos de estupor, tomando la actitud del que hablara con un niño muy pequeño al que hubiera que enseñar el mecanismo de la cuchara y echándose hacia atrás su magnífico y ondulado flequillo rubio- Eso es de conocimiento general, lo saben hasta los alumnos de Primero. Sólo estaba tratando de animar un poco a Argus.

-¿Animar a alguien con falsas expectativas no podría calificarse como... fraude?

Fue Dumbledore quien carraspeó ahora, decidiendo que había llegado el momento de intervenir. Por más que le diera la razón en esto a Severus, reconocía aquel peligroso destello en sus ojos negros. Sabía bien que cuando estaba furioso por algo que le afectaba profundamente -y lo ocurrido con Maeve en el pasillo entraba de lleno en esa categoría- no desdeñaba desahogarse con lo primero que tuviera a mano. Y sabía también que Lockhart no era, en absoluto, rival para él.

Era demasiado pronto para quedarse sin profesor de DCAO.

-Se ha hecho tardísimo, ¿no os parece? Me temo que no sacaremos nada en claro de este debate, así que será mejor que todos nos retiremos a dormir. Lo lamento, Argus, pero Severus tiene razón -le dijo afablemente al desconsolado conserje- Tendremos que esperar unos meses a que las mandrágoras de Pomona maduren. Me atrevería a sugerirte que, mientras tanto -se apresuró a añadir, anticipándose al ofrecimiento que a buen seguro iba a hacer Lockhart- dejes a la Señora Norris bajo cuidado de Maeve. Estoy seguro de que en sus instalaciones veterinarias dispone de los medios adecuados para monitorizar a tu amiga mientras dure esta situación lamentable. ¿Qué te parece?

Argus Filch asintió sin mirar a Dumbledore, la viva imagen de la desolación con los ojos empañados y fijos en su mascota petrificada.

-La profesora Murphy es la mejor con los animales, aunque tenga esos gatos asquerosos que tan poco nos gustan. Ella sabrá cuidarte bien -sollozó el conserje mientras salía del despacho, llevando a la gata en brazos con una ternura que en él tenía tanto de ridícula como de desoladora.

-Lamento haber ocupado tanto de tu valioso tiempo, Gilderoy -dijo luego Dumbledore, volviéndose al profesor de Defensa- Has sido muy generoso. Y muchas gracias por tus inestimables y reveladoras aportaciones.

-De nada, Albus -replicó Lockhart, sin acusar recibo, como de costumbre, de la fina ironía del Director- Y no os preocupéis en absoluto. En cuanto esas mandrágoras estén listas, tardaré un suspiro en devolver a la Señora Norris a la vida.

Dumbledore musitó un amable muy bien a la vez que tiraba de Severus hacia la puerta y lo sacaba del despacho, seguidos ambos de cerca por Minerva.

-Voy a matar a ese imbécil -gruñó Severus entre dientes mientras iban hacia las escaleras principales.

Dumbledore no pudo evitar sonreír. Había apostado consigo mismo que esas serían, exactamente, las primeras palabras que pronunciara Severus al acabar la reunión.

-Te agradecería que esperases a Junio, hijo; no es nada fácil encontrar profesores a estas alturas de curso -fue su burlona réplica.

-Ya. Y además, ¿de dónde sacarías el tiempo libre, Severus, tan ocupado como estás haciéndole la vida imposible a Maeve?

Dumbledore también había apostado que sucedería esto: la rabia y la indignación contenidas en Minerva, Severus volviéndose hacia ella con una agilidad agresiva que recordaba de forma escalofriante a un gran felino... Pero diferencia de lo anterior, esto no tenía nada de gracioso para él. Y aun así tenía que dejar que sucediera.

-Perdona, Minerva: Murphy se hace la vida imposible ella solita, metiéndose continuamente donde no la llaman y olvidando los límites que no debe traspasar. No me necesita para nada.

Severus se había encarado con la Subdirectora con su habitual, arrogante, exasperante aire de autocontrol, pero Dumbledore advirtió sus puños crispados, sus nudillos blancos. Su profundo cansancio y malestar por aquella dualidad esquizoide a la que le obligaba su papel. Por muy acostumbrado que Severus estuviera a transitar por la vida con cada pie en un sendero distinto, tener que hacerlo en relación a alguien que le importaba como le importaba Maeve Murphy no debía de ser fácil de sobrellevar.

-¿Límites? -repitió Minerva con la voz un poco más aguda y alta de lo habitual, ahogada por la indignación.

-Slytherin se encarga de sus propios asuntos, Minerva -explicó Severus, irónico y seco- En mi casa no nos gustan las injerencias ajenas. Y menos viniendo de gente inapropiada sin las capacidades necesarias para mediar en cuestiones de magos.

Minerva palideció y sus ojos echaron chispas, tan duros como la mueca que tensó su mandíbula. Hacía años que Dumbledore no la veía así.

-¿Cómo te atreves...? ¡En nombre de Merlín, Severus! Confiaba en que a estas alturas ya estarías por encima de las ideas odiosas que tus compañeros de casa te contagiaron de niño, pero veo que no has madurado en absoluto. Qué vergüenza, Severus, un hombre inteligente como tú... Qué vergüenza. Y en cuanto a ti...

Minerva se había vuelto hacia Dumbledore y lo miraba con ojos heridos pero retadores. Ésta no era la estricta y templada solterona que conocían y apreciaban sus alumnos. Era Minnie McGonagall, la mejor y más voluntariosa de las alumnas que jamás hubiera tenido Dumbledore a su cargo. Era la bruja que había combatido con él a los Mortífagos en la Orden del Fénix, codo con codo. La más decidida, la más valiente. La Gryffindor absoluta.

La que cuando la ocasión lo requería, como ahora, podía asesinar con la mirada desde detrás de sus gafas rectangulares.

-He de acatar tus decisiones, Albus, pero quiero dejar constancia de que no apruebo que hayas desautorizado a Maeve en el asunto del señor Malfoy. Y puedo asegurarte que los demás tampoco lo aprobarán cuando se enteren -aseguró con dureza, recolocándose el sombrero que se le había torcido con la excitación del discurso- Buenas noches a los dos.

Sus fuertes e indignados taconazos resonaron por el corredor que conducía a los dominios de Gryffindor mucho después de que ella hubiera desaparecido de la vista de sus colegas varones, que se habían quedado parados y silenciosos en el desierto descansillo del segundo piso.

-Vaya -fue el lacónico aunque admirado comentario de Severus mientras él miraba con una ceja arqueada el camino por el que había marchado Minerva.

-Si quieres ver enfadada de veras a una leona, intenta meterte con una de sus crías -bromeó Dumbledore, y luego suspiró, entrecruzando las manos sobre el vientre- Parece que ya están aquí los problemas, tal y como temíamos...

-La conjunción de Potter y Halloween empieza a ser sospechosamente funesta para Hogwarts -observó Severus- Dado que no podemos eliminar la fecha del calendario, quizá deberíamos plantearnos eliminarlo a él de la escuela.

Dumbledore mimetizó con su ceja el gesto de la de Severus.

-Y eso lo dices pensando únicamente en el bien de Hogwarts y no en tus antipatías personales, por supuesto... -apuntó con ironía- ¿Piensas que Lucius Malfoy puede estar detrás del incidente?

-No, no lo pienso. Estoy absolutamente convencido de ello y creo que tú también. No sé aún qué relación puede tener petrificar a la repugnante gata de Filch y hacer una estúpida pintada con sus planes para deshacerse de ti, pero es demasiada casualidad. Y no creo en la casualidad, ya lo sabes.

Dumbledore asintió en silencio. Él tampoco creía en aquel tipo de casualidades. Nada sucedía en Hogwarts porque sí, y mucho menos después de que uno de los más entusiastas y nostálgicos seguidores de Voldemort hubiera proclamado su certeza de hacerse en breve con el control de la escuela.

-Por cierto, Albus... -la voz de Severus sonó neutra, casi indiferente. Dumbledore lo miró con curiosidad- Gracias por intervenir hace un rato. Por... Darme la razón y... Ya sabes: apartar a Maeve del hijo de Lucius. Estaba más que claro que a mí no iba a hacerme caso ni aunque le aplicara un imperius.

-Creo firmemente que Draco merecía el castigo y la charla que le iban a caer -declaró Dumbledore- Pero irritar aún más a Lucius Malfoy no le habría reportado a Maeve el menor beneficio. Y al fin y al cabo, si la traje aquí fue para protegerla...

-Y ya que estamos con este tema, -añadió Severus, irónico y rabioso ahora- muchas, muchísimas gracias también por no intervenir desde un principio como podrías haber hecho y obligarme a humillarla en público. No sabes el grandísimo favor que me has hecho.

Dumbledore se encogió de hombros y sonrió levemente, con ojos chispeantes.

-En realidad, muchacho, os he hecho un grandísimo favor a los dos.

-¿Perdona? -rugió Severus.

-Ya sabes cómo es un internado a la hora de propagarse los rumores, sin importar lo absurdos e increíbles que puedan ser. Y aunque este año el cotilleo gire casi exclusivamente en torno a Gilderoy… -Dumbledore chasqueó la lengua, divertido- Quiero decir... Maeve y tú... Los dos jóvenes, los dos solteros... Si por descuido empezarais a suavizaros, a llevaros un poco menos mal que el curso pasado, los chicos podrían empezar a decir que estáis enamorados o algo así -ignorando las llamas que ardieron en los ojos de Severus, continuó con cierta sorna- ¿Y no sería terrible que un rumor semejante llegara a oídos de... digamos... Lucius Malfoy, a través de su hijo?

Severus estrechó los ojos, sus labios curvados en la desagradable mueca que hacía a alumnos de todas las edades desear esconderse bajo el pupitre.

-¿Quieres decir, jodido cabrón manipulador -rugió en un susurro muy controlado, muy quedo, muy terrorífico para cualquiera que no fuera Albus Dumbledore- que me has obligado a portarme como un completo hijo de puta con Maeve delante de colegas y alumnos sólo para que Draco Malfoy tenga algo jugoso y convincente y apropiado que contarle a su padre?

-A veces envidio lo concisamente que describes las cosas, Severus -bromeó Dumbledore, sonriente- Yo dando tantos rodeos, y vas tú y en un par de frases...

-Te crees muy gracioso, ¿verdad? -siseó Severus, con la voz temblando de rabia.

-No especialmente, hijo.

-Sí, crees que esto tiene mucha gracia porque no eres tú el que tiene que darle a Maeve las explicaciones ahora, maldito liante, no eres tú el que...

-Si conozco un poco bien a Maeve, creo que agradecerá que las explicaciones se las des tú en persona -afirmó Dumbledore. Luego, pensándoselo un poco mejor, puntualizó- Cuando se le hayan pasado las ganas de matarte, quiero decir.

Los ojos de Severus no eran ya más que dos estrechas ranuras que despedían un brillo hostil y malsano.

-Vete al infierno, Albus.

-Te perdonará, Severus.

-¿Ah, sí? -se mofó éste- ¿Por qué estás tan seguro de que la persona más orgullosa, estúpida y testaruda que me haya echado a la cara...?

-Porque siempre lo hace. Perdonarte está en su naturaleza como hibernar lo está en la de los osos.

Por mucho que Severus resoplara con sarcasmo, Dumbledore estaba por jurar que una fugaz expresión que parecía decir "Merlín te oiga" había cruzado su rostro.

-¿Lo sabe ella, Severus?

El mago más joven levantó las cejas con aire inquisitivo.

-¿Si sabe el qué?

-Que te importa tanto.

Severus tensó la mandíbula y durante unos cuantos segundos no hizo otra cosa que mirar a Dumbledore con una intensidad que quemaba. Luego se acercó a él para hablarle casi al oído, tenso, amenazante

-¿Y qué, si es así? ¿Cuento con tu bendición o me castigarás sin postre? -preguntó, mordaz- Escúchame bien, Albus: aléjate de ese terreno. Tengamos lo que tengamos Maeve y yo, no vas a volver a meterte entre nosotros. Mientras cumplamos con mantener las apariencias, la dinámica de nuestra relación no es, ni será jamás, asunto tuyo.

Severus le había dado la espalda y se disponía a irse cuando se lo pensó mejor y le encaró una última vez.

-Y no, no lo sabe. Ni lo sabrá. Descuida.

Si quieres ver enfadado de veras a un león, intenta meterte entre él y su hembra, pensó Dumbledore, más divertido de lo que permitía asomar a su expresión mientras veía a Severus bajar las escaleras. Si el profesor de Pociones fuera consciente de lo mucho que se parecía a veces al emblema de sus odiados Gryffindors se moriría de la humillación. Dumbledore estuvo sonriendo pensativo en el descansillo hasta mucho después de que Severus hubiera desaparecido escaleras abajo. No podía evitarlo: por mucho que tuviera presentes todas y cada una de las complicaciones potenciales, las idas y venidas de la amistad-o-lo-que-fuera entre esos dos muchachos eran una de las pocas preocupaciones agradables de su existencia, al menos por el momento...

Las demás preocupaciones, como las que se abrían con el inquietante mensaje escrito en el corredor diagonal del segundo piso, ya eran harina de otro costal. Silbando una canción que ya estaba pasada de moda en los lejanos días de su juventud, Dumbledore tomó el camino de sus habitaciones con la certeza de que lo esperaba la primera de muchas noches en blanco.


-Muy mal, Perséfone. Muy mal. No se muerde la mano que te da de comer. No, deja de jugar con mi bota. Estoy muy, muy enfadada. Largo. Largo he dicho, Perséfone...

El cachorro de mantícora no era demasiado diferente del de un tigre de Bengala, salvo por su piel, que no era rayada sino de un brillante marrón dorado con el vientre blanco como la nieve. Y salvo por el par de alas membranosas y negruzcas de gárgola gótica que ya alcanzaban desplegadas una envergadura de un metro. Y salvo por la cola, que era similar a la de un escorpión. Y salvo por los colmillos, que recordaban más que al tigre bengalí a su ancestro prehistórico el dientes de sable y que acababan de permitir al cachorrito perforar el antebrazo de su cuidadora a la tierna edad de cuatro meses. Ahora el animalito, satisfecho de leche y carne de cerdo y ajeno al alcance de su ataque, se peleaba con las botas de Maeve igual que haría un gatito. Sólo que como ya tenía el tamaño de un bullldog grande cada uno de sus ataques amenazaba con tirar a Maeve al suelo.

-No tengo ganas de jugar. No me río, ¿ves? Estoy enfadada. Eres una mantícora mala -gruñó Maeve, sus esfuerzos por zafarse de los juegos de Perséfone cada vez más descorazonados.

Le ardía el antebrazo precariamente vendado, pero escocía mucho más la consciencia de lo descuidada e idiota que había sido. Había bajado al zoológico a las cuatro y media de la mañana sin que hubiera amanecido todavía, sin haber pegado ojo en toda la noche, mal abrigada contra el frío de mil demonios que ya presagiaba nieve a 1 de Noviembre. Dolida, irritada, irritable. Demasiado furiosa por lo sucedido ante Draco Malfoy en el pasillo del segundo piso como para poder centrarse en otra cosa; por ejemplo en la premisa de que uno nunca debía bajar la guardia al alimentar a criaturas mágicas carnívoras por mucho que sólo fueran adorables y juguetones cachorros.

Demasiado furiosa con Severus Snape como para poder pensar en otra cosa que no fuera partirle la cara a Severus Snape.

En resumen: había iniciado su jornada en el animalario mágico estando en unas condiciones bajo las cuales nadie debería acercarse a un ningún animalario a menos de medio kilómetro. Lo menos que merecía eran unas heridas que la escarmentaran. Le dolían; vaya si le dolían. Y aunque sabía que el riesgo de infección era mínimo -porque gracias a sus cuidados la boca de Perséfone podría haber competido en limpieza y brillo con el escaparate de Tiffany's- eran lo bastante extensas y profundas como para necesitar el rescate de un profesional, así que debería ir sin más demora a que la viera Poppy. El problema era que no quería entrar al castillo. Necesitaba aire limpio, aire libre, aire que no estuviera siendo respirado también por ese maldito, arrogante y asqueroso hijo de puta y el otro hijo de puta aún mayor que le había dado la razón para quitársela a ella delante de todos. Necesitaba que las heridas siguieran abiertas todavía un rato más para poder engañarse diciendo que esas lágrimas que se le escapaban de vez en cuando eran fruto del dolor físico y no de rabia y despecho por lo sucedido unas horas antes.

Maeve cogió con la mano buena el viejo estéreo que usaba para oír música cuando trabajaba con sus animales y silbó a Perséfone para que la siguiera fuera del dispensario, no sin antes comprobar el pulso -lento y débil pero persistente- de la Señora Norris. Perséfone la siguió por el zoológico sin dejar de morderle las botas y entró obediente en su recinto, vecino del que ocupaba un Fluffy que aquella madrugada se mostraba especialmente gruñón y antisocial. Maeve se quedó un rato mirando cómo la pequeña mantícora jugaba con unos troncos de roble pétreo, traídos por Hagrid para ella desde el Bosque Prohibido y ya literalmente despanzurrados por sus poderosas garras. Grande y vigorosa, Perséfone no parecía la misma huérfana desvalida que había llegado de Tesalónica en Agosto y a la que habían tenido que criar a biberones. Había algo muy especial en sacar adelante, contra todo pronóstico, una criatura que había perdido a su madre. Algo que debería hacerla feliz, consciente de su talento y su valía...

Y sin embargo sólo podía darle vueltas al hecho de que su mejor amigo la había desautorizado y dejado en ridículo delante de media escuela. Y no quería escuchar ninguna de las explicaciones perfectamente válidas y razonables que le ofrecía su cerebro -hizo lo que debía hacer, es su papel, tú ya sabías que sería así- porque le daban igual. Porque él se había pasado. Porque lo que había podido aceptar cuando era su subordinada le era inaceptable como su igual. Porque...

No tengo por qué darte explicaciones, se dijo con sequedad a sí misma. Porque sí. Punto.

Secándose una lágrima traidora se apretó un poco más el vendaje esperando que las heridas por lo menos dejaran de sangrar y fue hacia el recinto de los clabberts. Felicia y Federico la recibieron con fuertes graznidos desde las ramas de su árbol favorito, con la pústula cefálica iluminada del color verde con el que reconocían a los amigos. Fabiola, la otra hembra, más mayor y taciturna que sus ruidosos compañeros, se limitó a mover su cola en señal de saludo. Maeve encendió el reproductor de música, hechizado por Flitwick -como todos sus demás aparatos muggles- para poder funcionar sin necesidad de pilas ni tendido electrico.

-The boy with the thorn in his side, behind the hatred there lies a murderous desire for love... -canturreó mientras se entregaba a su poco gratificante labor.

Muchos aspirantes a zoólogo que tomaban la carrera seducidos por los documentales de sir David Attemborough o Jacques Cousteau no pasaban lo que su profesora de Veterinaria Básica llamaba "la prueba del caldero". El glamour del naturalista que trabajaba con ejemplares en cautividad incluía limpiar los recintos de excrementos y restos de comida. Y muchas veces había que hacerlo bajo el bombardeo de unas criaturas que consideraban dichas inmundicias unos proyectiles de lo más apropiados. Esa experiencia era una razón disuasoria de lo más poderosa que provocaba bastantes fugas de vocación hacia campos más asépticos de la biología.

Maeve no era de las que se echaban para atrás por un poco de mierda. Ni por mucha mierda. Era increíble el volumen de desechos que podían generar los clabberts, criaturas relativamente pequeñas, semejantes a macacos con piel y ojos de reptil. Por suerte Felicia, Fabiola y Federico estaban esa mañana pasivo-contemplativos y no intentando tirotearla con residuos para jugar, algo que Maeve, tal y como tenía el ánimo, agradeció enormemente.

-Sois unos cerdos -les dijo a los animales, que la miraban con sus inexpresivos ojos de camaleón sin parpadear- Os voy a poner a dieta astringente y ya veréis qué gracia.

Al menos Pomona estaría contenta. Habían descubierto que el excremento de clabbert, rico en fósforo, iba de perlas para fertilizar los helechos de fuego y los hábitos intestinales de las criaturas le garantizaban a la profesora de Herbología un suministro regular y abundante de abono.

-...How can they look into my eyes and still they don't believe me, how can they hear me say those words and still...?

Los tres clabberts empezaron a graznar de pronto y sus pústulas cefálicas virando repentina y poderosamente a rojo hicieron enmudecer a Maeve. Esas criaturas sólo se iluminaban así en señal de alarma. Sobresaltada, se volvió con rapidez hacia donde miraban los animales y comprobó -aunque no con demasiado alivio- que la alerta no se refería a peligro sino sólo a presencia indeseada en el perímetro.

-¿Es que tienes trastos de esos por todas partes?

Severus había señalado con la barbilla el aparato de música al decir aquéllo. Iba un poco mejor abrigado que ella, con una capa encima de la habitual levita y un pañuelo verde anudado con varias vueltas en el cuello, casi al modo de un caballero del siglo XIX. Maeve se odió bastante por pensar que parecía un joven Edward Rochester que se hubiera levantado con el humor especialmente torcido; por reparar en lo muy oscuro y byroniano que parecía así ataviado. Tess se moriría de la emoción, pensó con sarcasmo.

-Sí- fue su seca respuesta.

-Muestras un preocupante gusto por los tipos que cantan como niñas, ¿sabes?.

Esta observación no mereció réplica alguna por parte de Maeve. Que Severus y ella no tenían los mismos gustos musicales estaba más que asumido por su parte. De hecho, ni siquiera estaba segura de que a él le gustara la música. Ninguna música. No iba a tratar de explicarle otra vez a Severus las razones de su adoración por los Smiths ni que Morrisey no cantaba como una niña, porque era una pérdida de tiempo.

Y porque no le hablaba, claro.

Dejó que sólo la música llenara el silencio mientras terminaba su labor. Le sentía mirándola y tenía que luchar con todas sus fuerzas contra las ganas de preguntarle a qué demonios había venido y por qué no estaba lamiéndole el culo a Lucius Malfoy por persona interpuesta de su encantador hijito. No iba a hacer eso. No iba a servirle en bandeja la consabida, paternalista, condescendiente charla de "sabías que esto sería así, blahblahblah". Ya había pasado por eso años atrás. Le tocaba a él tomar la iniciativa esta vez. Si quería. Y si no quería le daba igual. Absolutamente igual.

Claro; por eso tengo los ojos todavía escocidos de haber llorado de rabia toda la puta noche, pensó con disgusto.

-¿Lo de tiritar de frío es alguna clase de ejercicio de meditación o tenemos que hacer una colecta para conseguirte ropa de abrigo?

Maeve estaba saliendo de la jaula de los clabberts y casi a su lado cuando él dijo esto subrayándolo con una suave sonrisa torcida. Ella se sintió arder de furia contra sí misma por permitirse arder, aunque fugazmente, a otros niveles. Estaba MUY enfadada con él, ¿es que se lo iba a tener que apuntar en el brazo para no olvidarlo?

-Llevo un caldero lleno de mierda de clabbert en la mano y tú estás a tiro. Yo me andaría con ojo a la hora de hacer observaciones brillantes -masculló

-¿Ayudaría?

La pregunta la sorprendió en el acto de cerrar la jaula y la dejó clavada al sitio después de que sonara el click de las guardias mágicas.

-¿Perdona?

-Que me tiraras esa mierda por encima. ¿Ayudaría? ¿Te quitaría el mal humor? ¿Dejaría las cosas empatadas? Si es así, hazlo.

Maeve dejó el caldero encima de un banco de trabajo y se volvió hacia Severus con los brazos cruzados y ojos inquisitivos, duros, taladrantes.

-No me tientes.

-Hablo en serio.

-No. Hablas como si el que yo esté enfadada fuera un capricho de niña pequeña que se resolviera con un "empate" -matizó- Como si la mierda que tú me has tirado encima ayer, desautorizándome dos veces con dos de tus alumnos en el plazo de unas horas, fuera comparable a un inofensivo caldero de excrementos. Hablas como si esto no tuviera importancia. Y me ofendes.

Se había acercado a él mientras le decía todo aquello con una rabia que no sabía que pudiera caber en su pecho y ahora se estaban mirando de cerca y no quería reparar en la palidez de él, más enfermiza que de costumbre, ni en lo acusado de sus ojeras.

-Para hablar así, chico, mejor te callas -concluyó.

La mano de Severus fue como una garra de acero al agarrarla justo del antebrazo herido para retenerla junto a él. Maeve no tuvo aliento ni para quejarse del dolor, perdido todo en la sorpresa del instante.

-¿Qué es exactamente lo que no entiendes, Maeve? -preguntó él, susurrando con voz profunda y cortante- Como jefe de Slytherin y ex-Mortífago con hijos de ex-Mortífagos a mi cargo no podía permitir que la squib reprendiera a uno de los míos en público. Como amigo y camarada de Lucius Malfoy mi reacción natural era favorecer a su hijo frente a lo que se supone que aborrezco. Como amigo tuyo, Maeve, mi deber era impedir que hicieras otra de tus típicas estupideces e intentar, en la medida de lo posible...

-¿ESTUPIDECES? -bramó ella, mirándole a los ojos con indignación- ¿Sancionar una proclama racista es una estupidez?

-Lo es si el sancionado es el hijo de un tipo que te la tiene jurada y tiene la intención, y los medios, de acabar contigo -afirmó él, roncamente.

Había apretado un poco más la mano en su irritación. Pero Maeve notó con sorpresa que no sentía el dolor, mareada por su cercanía y por su olor, que delataba que había bebido, y por las escandalosas señales de la falta de sueño en él. Y por la punzada salvaje de despecho que sintió al reparar en la fecha que era.

Al creer comprender.

Severus se había pasado la noche en vela, ahogando en whisky de fuego su desolación en el aniversario de la muerte de su único amor. Los celos y la lástima por él y la vergüenza de sentir ambas cosas cuando sólo debería reparar en lo muy cabreada que estaba hicieron retorcerse con furia sus entrañas.

-Pero ¿qué te creías que ibas a hacer con Draco, insensata? -escupió Severus- Me puedo imaginar la carta: "Querido padre: llevas toda mi vida aleccionándome contra los sangresucia pero gracias a la interesante charla que tuve con esa profesora squib que tan bien te cae ahora sé que son mis iguales y que todas las ideas de nuestra familia y amistades son basura y falsedad" -recitó con la más salvaje de sus ironías- Y luego Lucius se convertiría de inmediato al ideario de los amantes de los muggles. Y saldría el arcoiris, y...

-Basta, Severus -rugió ella, haciendo otro esfuerzo infructuoso por liberarse de su mano, todavía inmune al dolor a aquella distancia en la que podía sentir el aliento de él acariciarle la cara cuando le hablaba y casi, casi, verse reflejada en sus ojos negros- No me hables como si fuera idiota.

-¿No? ¿Por qué no, si te comportas como tal? -repuso él sin piedad, aunque había una extraña calidez debajo del implícito insulto- ¿No te he dicho ya que frente a Lucius Malfoy tu única actitud sensata es pasar desapercibida? ¿Por qué no te pintas directamente una diana en la frente y te paseas por delante de la verja de su mansión?

-¿Y qué hago? ¿Me vendo los ojos, me arranco los oídos? ¿Me limito a hablar de mis bichitos y finjo no ver lo que empieza a pasar a mi alrededor sólo para no irritar a Malfoy? -Maeve se contuvo para no gritar- Entiendo que tú estés atado de pies y manos, por tus circunstancias, frente a la clase de infracción que cometió Draco anoche. Pero no sueñes con que vas a maniatarme a mí también, porque no te lo voy a consentir.

-No sueñes tú con que voy a quedarme cruzado de brazos viendo como te suicidas, estúpida -replicó Severus.

-¿Quién coño te crees que eres?

Su pregunta había sonado a latigazo, a bofetada. La expresión de Severus no habría parecido más herida si le hubiese escupido. Maeve retiró de inmediato la mirada. Había pasado ya por esto. No quería ver los ojos de él incendiados de lo que sólo era una mezcla extraña de ira y preocupación y tener material para mil noches en vela fantaseando con que ese fuego quería decir lo que no quería decir.

-Mírame, Maeve.

Era una orden y no era una orden. Era la clase de demanda que podía llegar a sentirse como una palabra de afecto y una caricia aun sin tener limada la dureza. Maeve le obedeció y sintió que palidecía, que le temblaban las piernas, que por debajo de las costillas su vientre dejaba de existir, disuelto en un vacío tan insondable como los ojos de Severus.

-No quiero que te hagan daño.

Lo había dicho en voz tan baja que Maeve lo intuyó más que oírlo, leyéndolo en el suave movimiento de esos labios finos que parecían llamar a los suyos como un imán. Y nada importaba que su cerebro latiera ensordecedoramente, recordándole que él sólo se preocupaba como un buen amigo, recordándole la fecha en que se encontraban, recordándole los motivos por los que él nunca la había amado y por los que sería un error garrafal volver a caer en los errores del pasado. Nada importaba saber que esa mirada en los ojos de Severus sólo implicaba amor en sus ilusorios recuerdos, en sus estúpidas fantasías. Nada importaba fuera de las ganas devastadoras que tenía de besarlo y ser besada hasta olvidar su propio nombre.

-Maldita sea, Maeve, ¿qué demonios...?

La imprecación de él la sacó de su ensueño a empujones. Miró sin comprender al lugar donde miraban ahora los ojos de él. Y entonces comprendió.

-Oh, no es nada, sólo...

La manga izquierda de su camisa se había empapado completamente de sangre que se escurría ahora entre los dedos de Severus, escandalosamente roja contra la palidez de su piel. Probablemente la herida había seguido sangrando, o tal vez el propio Severus la había reabierto con su fuerte presa sin que ella, ridículamente hipnotizada por el contacto, lo hubiera advertido. Intentó resistirse a lo que sabía que él iba a hacer pero aquellos dedos finos que parecían de pianista tenían más fuerza de la que había visto exhibir a manazas como remos. Lo sabía demasiado bien. Lo recordaba demasiado bien.

-¿Cómo no va a ser nada? ¿Es que no has visto cómo te has puesto? -gruñó Severus muy irritado mientras le subía la manga hasta el codo y deshacía sin la menor dificultad el desangelado vendaje que se había hecho a sí misma -¡Merlín! -bramó al descubrir la herida- ¿Se puede saber cómo demonios te has hecho esto?

-Perséfone está en la edad de ir mordiéndolo todo y a veces estas cosas pasan y...

-¿Has oído hablar de las protecciones de brazo? Ya sabes, son esas cosas de cuero que forman parte de tu ropa de trabajo...

Maeve no fue capaz de responder con gracia a la ironía de Severus. Ni con gracia ni sin gracia. No fue capaz de responder de ninguna manera, muda y absorta contemplando cómo él se desanudaba y quitaba el pañuelo con una sola mano sin soltarla a ella en ningún momento, absurdamente alterada por el extraño erotismo de ese simple descubrirse el cuello.

-Se me olvidó -dijo escuetamente, tragando saliva con dificultad.

-¿Se te olvidó? ¿En qué coño estabas pensando?

Maeve escogió para ruborizarse el justo momento en que él, que había empezado a vendarle las heridas con su pañuelo, levantaba los ojos para mirarla. Sus mejillas ardiendo dijeron en lo de anoche con más claridad que si lo hubiera gritado hasta enronquecer.

-Oh -murmuró Severus.

Maeve se mordió el labio inferior, avergonzada.

-Sí, oh -admitió de mala gana- Mucho oh.

-Lo siento.

Maeve puso los ojos en blanco y bufó. Si alguien podía pedir disculpas como si te estuviera perdonando la vida, ése era Severus Snape.

-¿Por qué? -contestó irónica- Si lo has hecho todo por mi bien, no tienes de qué...

-Impertinente -masculló Severus, apretando un poco demasiado, y demasiado bruscamente, el nudo del vendaje- Lamento de veras que me obligaras a dejarte en evidencia.

-¿Que te...? -Maeve rió con incredulidad- ¿Sabes? Si quieres que me crea que lo sientes ayudaría que parecieras sentirlo y no trataras de echarme la culpa a mí.

Severus había terminado de vendarla pero no soltaba el agarre -suave ahora, delicado, exquisito- sobre su antebrazo. La breve tregua de tranquilidad se había acabado y la excitación y los nervios y la vergüenza estaban de vuelta, rabiosos y violentos.

-Ve inmediatamente a que te vea Poppy -dijo él- Esto tiene que ser curado de inmediato

-Sólo es un rasguño -protestó ella, tratando de sonreír con aplomo.

-¿Voy a tener que llevarte otra vez en brazos? -la amenazó él, para arrepentirse visiblemente al segundo de haberlo dicho.

Al menos esta vez Maeve no fue la única en ruborizarse y mirar hacia otro lado. Era una pequeña mejora.

-Me voy donde Poppy si tú te duchas y te vas a dormir, chico -propuso- Lo necesitas tanto como yo la cura. Apestas a resaca a kilómetros.

No sabía muy bien qué la había impulsado a decir aquello... Bueno. Sí que lo sabía: la necesidad imperiosa de tener presente que él había estado bebiendo y por qué -por quién- había estado bebiendo, confiando en que eso la ayudara a espantar los peligrosos deseos que la aturdían.

-Cada uno es libre de joderse la salud como le venga en gana -replicó Severus a la defensiva.

-Eh: no te estoy juzgando, así que no te pongas así. Me parece que la intoxicación etílica es una solución de emergencia cojonuda contra el estrés. Lo digo como experta, créeme -aseguró, sonriendo sin ganas de sonreír- Y entiendo que... Bueno, ya sabes. En una noche como la de ayer, con el significado que tiene... Los recuerdos y las emociones a veces pueden ser difíciles de manejar y... La verdad es que yo no te ayudé demasiado a tener la fiesta en paz... Es decir...

No estaba muy segura de lo que hacía al poner una mano sobre el hombro de Severus y apretarla con suavidad, afectuosamente. Sólo confiaba en que si le tocaba no parecería que la aterraba tocarle. Los amigos podían tocarse sin sufrir una combustión espontánea, ¿verdad? No quedaba demasiado natural evitar tocarle por sistema como si le fuera a pegar la sarna.

Y además una consolaba a los amigos cuando lo necesitaban aunque fuera la más necesitada de consuelo.

-Siento que todavía te duela tanto lo de Lily -le dijo antes de separarse de él y empezar a andar hacia el castillo.

No mentía.

Lo sentía de veras. Sentía con cada fibra de su ser que aquella pena siguiera aferrada a Severus como un parásito que le impedía crecer como hombre. Sentía como un puñetazo la mirada ofendida con que él había correspondido a su intento de consuelo. Sentía como un insulto que él no la considerara ni siquiera a ella digna de pronunciar el nombre de Lily. La hermosa Lily, la dulce Lily, la maravillosa Lily. La diosa Lily, eterna, incorrupta en su recuerdo.

Sentía de veras que a Severus, cegado por la nostalgia de ese amor perfecto que no envejecería como las pasiones prosaicas y perecederas de la gente normal, no le hubiera quedado ni le quedara ahora amor que entregarle a ella.


Pero...¿De qué coño tienes lleno ese cerebro presuntamente privilegiado? ¿De serrín? Jodida burra estúpida y corta de vista...

Era lo más amable que se le ocurría.

Era desahogarse así o ir detrás de ella y agarrarla y gritarle "¿Lily? ¿Cómo que Lily?" y después, probablemente, devorarle la boca con un beso furioso porque no encontraría palabras conque expresar todo lo que querría dejarle claro.

Y, por supuesto, eso no podía hacerlo por mucho que quisiera hacerlo.

Desde luego que la noche de Halloween estaba llena, para él, de recuerdos y emociones difíciles de manejar. Y desde luego que ella se lo había puesto aún más difícil anoche. Primero por atreverse a estar preciosa y deseable cuando le estaba vedada. Después por sentarse con los Gryffindor y restregarle por la cara lo bien que se entendía con ellos. Más tarde obligándole a saltarle a la yugular y a hacerle daño y a quedar como un cabrón para evitar que se pusiera delante de ese pelotón de fusilamiento que era la ira de Lucius Malfoy.

Luego haciéndole casi matar al hijo de Lucius.

Se lo había encontrado en la puerta de su despacho, esperándolo para darle las gracias por cómo había defendido el honor de Slytherin y puesto en su sitio a -palabras textuales- esa puerca de la squib. Y él había tenido que limitarse a sonreír de medio lado con placer y ponerle al mocoso un tibio castigo -me va a hacer usted una redacción de dos metros de pergamino sobre el Reglamento Interno de Hogwarts, a ver si así entiende que no se pone a Slytherin en peligro de perder puntos por hacer estúpidas e inoportunas declaraciones políticas delante de testigos- cuando lo que le pedían el cuerpo y el instinto era machacarle su asquerosa cara contra el muro más cercano y luego ir a machacársela a Lucius por haber creado semejante sabandija a su imagen y semejanza.

Y había bebido. Oh, sí. Había bebido abundante y prolongadamente, resuelto a servirse de la botella de Ogden Magnum hasta perder el conocimiento o provocarse tal dolor de cabeza que tuviera, por fuerza, que dejar de pensar en lo sucedido; lo que llegara antes sería bien recibido. Y había descubierto -para su sorpresa, consternación y bochorno- que dejar de pensar en Maeve a base de alcohol era mucho más fácil cuando ella sólo era un recuerdo distante y no una presencia física cercana y palpable que respiraba su mismo aire unos cuantos pisos y kilómetros de pasillo más allá de su habitación. Una presencia cercana que probablemente daba vueltas y más vueltas en su cama, si es que se había permitido acostarse y no estaba subiéndose por las paredes de su salón como una fiera enjaulada. Una presencia cercana envuelta en aquel vestido que la dibujaba con sutil gracia o quizá -no pienses en eso, Severus, no se te ocurra pensar en eso, se había advertido, descubriendo al desobedecerse que ya no tenía autoridad sobre sí mismo- en camisón y a ser posible sin nada debajo y, ya puestos a pedir, deseosa como él de dirimir sus recientes diferencias bajo las sábanas y dejar las explicaciones para después, tal y como la imaginación de él se esforzaba en pintarla.

Al final, ni había dormido ni había dejado de pensar en lo sucedido y en su miedo de perderla a causa de ello ni había conseguido emborracharse, pasando de la sobriedad a la resaca sin disfrutar de la parte buena del proceso.

Y la muy idiota piensa que se trata de Lily

No podía creerlo. Había sido tan obvio que incluso ahora que estaba solo junto a la jaula de los estúpidos clabberts le ardían las mejillas de vergüenza. Durante un segundo la pequeña y jugosa curva de los labios de Maeve le había llamado como a gritos y se había dejado convencer de que en sus ojos seguía latiendo aquel calor húmedo con que le miraba cuando le quería, por más que fuera consciente de que tal cosa era imposible después de tanto tiempo. Y había estado tan a punto de reclamar para sí esa boca que en sus fantasías aún le pertenecía que ahora sentía una inmensa gratitud hacia la jodida mantícora por haberla herido, pues de lo contrario...

Y ella, la estúpida, ciega, cabezona mula irlandesa, creía que había bebido por el jodido aniversario de la muerte de Lily Evans.

¿Y qué esperabas? ¿No se trataba de eso? Siempre fue Lily, siempre será Lily. ¿No es lo que quisiste que creyera, lo que le hiciste creer? ¿Acaso has hecho algo para que pueda creer lo contrario? , se mofó con crueldad su voz interior.

Desearlo, replicó Severus para sí estremeciéndose de frío y decidiendo que era hora de volver al castillo y hacer lo que ella le había sugerido, pues realmente apestaba a resaca. Desear con todas mis fuerzas, cada minuto que estoy con ella, que pueda llegar a descubrirme sin que yo tenga que decirle nada ni traicionar la promesa que hice.

Y por supuesto el simple y desnudo deseo no era, no sería nunca, suficiente.


Si no habéis llegado al final del capítulo deseando matar a Perséfone por arruinarles indirectamente el beso es que lo he hecho muy mal XD. Las cosas se ponen complicadas en Hogwarts (otra vez) y las circunstancias les van a exigir hacerse mucho daño en público. ¿Podrán lidiar con ello en privado? Seguid conmigo y lo sabréis.

Gracias por seguir este fic capítulo a capítulo. Supone mucho para mí proporcionaros un ratito agradable y saber vuestra opinión.

NOTAS:

-Todo el diálogo reconocible de la primera parte pertenece al capítulo 9 de "Harry Potter y la Cámara de los Secretos", idea y propiedad intelectual de Doña Rowling.

-Para la descripción de la mantícora me baso en la teoría de que su mito fue inspirado por el temor a los tigres de Bengala, verdaderos devoradores de hombres. Más rica, Perséfone...

-La canción que escucha y tararea Maeve es "The boy with the thorn in his side", de The Smiths. Si no la conocéis ni entendéis por qué a Severus le parece que Morrisey canta como una niña, os animo a descubrirla. Es preciosa.

-Del mismo modo, si no sabéis quién es Edward Rochester no sé a qué esperáis para haceros con "Jane Eyre" y descubrirlo (y sí, Lisbeth Snape: esa frase la escribí pensando en ti XD)