Capítulo X: dice el refrán "cría cuervos y te sacarán los ojos". Extrapolándolo, podríamos decir "cría basiliscos y te sembrarán el caos en la escuela", "cría acromántulas y te meterán en movidas gordísimas", "cría deseos y a ver luego cómo los gobiernas"… Y "cría enfermeras rebeldes y te reventarán las estrategias… o no".

CAPÍTULO X: EL ENEMIGO ENSEÑA LOS DIENTES

Querida Maeve:

Desde luego, vivir inmersa en magia te está friendo las neuronas y empiezas a volverte idiota. Es que si no, no me lo explico. Creía haberte dejado claro (a lo largo de nuestros miles de millones de charlas sobre el OHB como miembro de la raza 'Hombres' y, por tanto, ser mucho más simple en su funcionamiento de como a él le gusta imaginarse) que un tipo sólo te mira 'como si te quisiera' cuando, en efecto, te quiere. Es increíble la forma en que te autoconvences de que te engañas y de que un tipo (presuponemos) inteligente y maduro se dedica a ir por ahí borracho de desesperación y de whisky caro por una tía que murió hace once años. ¡No hay engaño posible cuando ves amor en los ojos de alguien, burra! Y me da igual que ese alguien sea el maldito espía perfecto, frío como el hielo y duro como el granito y blahblahblah... ¿Quieres dejar de comerte esa jodida cabeza dura que tienes y asumir que te mintió cuando te dijo que no te quería y que lo mismo que te quiso te puede volver a querer y que, por tanto, YO tengo razón en esto y tú no?

¿Quieres explicarme por qué, maldita sea, no lo besaste? ¡Era el momento perfecto! Estabais solos, estabais cerca, estabais deseándolo ambos (no me des tus razones para convencerme de lo contrario porque no me convencerás; no te escucho, lalalalala)… Incluso estabais increíblemente cabreados el uno con el otro, lo cual, en mi experiencia y siempre que se asiente sobre una sólida base de afecto mutuo como en vuestro caso, es el material perfecto para un polvo de los que no se olvidan en la vida. Llevas tanto tiempo acobardada por tus fantasmas y esquivando el riesgo de ser feliz para no exponerte de nuevo al dolor que ya no sabes reconocer una oportunidad de oro con un tío ni aunque te muerda en el culo (la oportunidad, quiero decir: doy por hecho que no llegarías al extremo de dejar que él te mordiera en cualquier parte si no hubieras pillado primero la indirecta. Eres una chica decente y todo eso).

En fin: si por mí fuera ya os habría metido un buen par de tortas a los dos y estaríais encerrados con llave en uno de esos cuartos magníficos (¿camas con dosel? ¿bañeras gigantescas? Joder, Mae, Dios le da pañuelo al que no tiene mocos) del que no saldríais hasta que la "banda sonora" me convenciera de que habíais aclarado las cosas como personas adultas.

Te salvas porque estoy demasiado liada con el trabajo como para ir a hacer de terapeuta sexual para mastuerzos. Ya te conté que a base de dar y dar el coñazo había conseguido que me asignaran al equipo de sir Bernard Twickenham-Hopkins, que está especializado en llevar conflictos de Africa Oriental. Ruanda nos tiene trabajando a tope. Las denuncias cruzadas entre el FPR y el gobierno de Habyanirama son el pan nuestro de cada día en el Tribunal. Los reportes sobre crímenes contra la humanidad cometidos por ambos bandos llegan a diario y solamente echarle un vistazo a la pila de dossieres es descorazonador. Sir Bernard ve complicado llegar a una solución y teme que la escalada de hostilidades pueda desencadenar en un conflicto armado generalizado si la ONU no interviene de inmediato. Pero la ONU está demasiado ocupada vigilando el petróleo del Golfo Pérsico, por lo que parece. ¿Sigues sin recibir noticias de Karisoke? Toda esa zona fronteriza está en el epicentro de los ataques y el éxodo de refugiados tutsis es constante hacia Uganda y el Congo; me temo que con ello no están consiguiendo huir del conflicto sino tan sólo extenderlo. Las comunicaciones son difíciles y el simple acto de enviar una carta debe de ser una odisea. Todo lo que puedo decirte es que, en efecto, el Parque Nacional de Virunga ha sido cerrado de forma temporal tras el asesinato de dos guardias hutus y que ahora nos tememos, igual que tú, represalias sobre la población tutsi de la zona. Pero ninguna de las embajadas extranjeras de Ruanda ha reportado incidentes relacionados con empleados de la Fundación Fossey, lo que espero te tranquilice. El conflicto no parece haber llegado hasta allí. Será la influencia de ese brujo twua del que tanto me hablabas (¿Ishimwe Umuoza, puede ser el nombre?), siempre velando por sus 'muggles'. Te ampliaré la información tan pronto como sepa algo, pero insisto en que es difícil conseguir datos contrastados y sin manipular de lo que está ocurriendo en esa región. Es una verdadera locura. Comprendo que estés inquieta por esa 'ahijada' tuya, la niña tutsi. Y me temo que ahora mismo, tal y como están las cosas, la única forma de garantizar su seguridad sería sacarla del país. Quizá es algo que deberías empezar a plantearte, si tanto te importa esa chiquilla.

Siento no tener noticias más tranquilizadoras que contarte, pero prefiero que lo sepas de primera mano y a través de mí a que te enteres por lo que digan los diarios mágicos, que, por lo que me cuentas, a la hora de rebajarse a hablar de 'nuestro' mundo tienen una fiabilidad digna del Daily Mirror.

Cuidate, Mae, e intenta no pensar demasiado en cosas que no puedes solucionar desde tu retiro (aunque te conozco demasiado como para pensar que eso te vaya a ser posible). Y si te vuelve a dar la impresión de que el OHB te mira como algo más que a una amiga y estás lo bastante cerca para comerle la boca, por Cristo, chica: HAZLO. Un revolcón no solucionará los problemas del mundo (de ningún mundo) pero lo bien que te lo pasarás durante un rato no te lo quita nadie.

Te quiere

TESS.

PD: no te cuento nada de Paul porque regodearme en mi felicidad mientras la idiota de mi mejor amiga sufre fuertes carencias afectivo-sexuales a causa de su propio orgullo y estupidez con tal de no darme la razón a mí no es, en absoluto, mi estilo...

(Sí: eso era sarcasmo, bonita)

-Estás temblando, niña.

Hagrid se había acercado a Maeve por la espalda y le había echado encima de los hombros su pesado abrigo de piel de topo. La temperatura era bastante baja y el viento fuerte y húmedo y Maeve, a pesar de que esta vez iba bien arropada, estaba pagando su empeño de quedarse en el exterior de la cabaña del guardabosques para leer la carta mientras atardecía. El temblor, sin embargo, no se debía sólo al frío. Como si entendiera la preocupación y tristeza de su ama, Saighead voló desde la rama que ocupaba hasta su hombro, y picoteó con infinita suavidad su trenza. Maeve le acarició la cabeza, con los ojos perdidos en la lejanía en dirección a ese Sur distante, imposible para ella hasta sólo Dios sabría cuándo.

-¿Malas noticias? -preguntó Hagrid, frunciendo el ceño con aire preocupado y señalando la carta.

Maeve la dobló despacio y la guardó en el bolsillo de su propio abrigo. Asintió con un suspiro.

-Están pasando cosas terribles, Hagrid. En mi otro hogar, en mi casa de África. Mi gente de allí está en peligro. Temo que vaya a peor y se acabe desatando una masacre espantosa. Y nadie de entre quienes podrían evitarlo parece interesado por hacer nada.

El semigigante la miró entristecido y un poco perplejo. Maeve sintió envidia de su amigo, criado en un mundo mágico en el que las guerras eran cuestión de mal abyecto contra bien absoluto y carecían de esa zona de incertidumbre donde el blanco y el negro se fundían en un gris fangoso e infinito. Hagrid no podía comprender las afiladas espinas de los conflictos armados en el mundo muggle, en los que nadie tenía al cien por cien la razón y donde lo único tan cierto como que la tierra giraba era que siempre pagaban los mismos, fueran del bando que fueran. Hagrid no entendía de superpotencias extranjeras que condenaban la barbarie y manejaban los hilos de la ONU y a la vez vendían las armas a uno u otro de los bandos con la intención de ganar más influencia en la zona en conflicto. La mente simple y bondadosa de Hagrid no podría asumir que hubiera muertos de primera y de segunda en función de lo pobres que fueran y lo lejanos que estuvieran del cómodo sillón europeo en que los veías sufrir y morir durante unos minutos diarios de tu cómoda vida, a la hora de las noticias. No era ni remotamente parecido a Severus, con quien sí que podría explayarse sobre la situación de Ruanda durante horas y horas sintiéndose entendida. No sabía si sería por su conocimiento en primera persona de la ambigüedad moral del mundo muggle o por la costumbre de llevar media vida transitando por tierra de nadie en cuanto al bien y el mal; lo cierto era que con ninguna otra persona podía hablar de aquellos asuntos espinosos como con él...

Pero a veces uno no necesitaba tanto la comprensión y el debate como el simple consuelo. Y en eso Hagrid, con su bondad inagotable e indiscriminada, era un verdadero genio.

-¿Por qué no pasas adentro? -sugirió el semigigante suavemente- Aquí te vas a acabar poniendo enferma. ¿Y sabes qué? He hecho chocolate. Creo que aunque no arregle nada, una buena taza de chocolate fuerte es justo lo que necesitas.

Maeve no pudo menos que sonreír frente a la convicción de su amigo. No le faltaba razón. Sufrir un cólico a consecuencia del contundente y muy amargo chocolate que preparaba Hagrid no arreglaría nada pero seguramente la distraería de sus dolores del alma, algo que iba a necesitar en aquella noche que se avecinaba larga con la mente puesta en su gente de Karisoke, en Ishimwe, en Ingabire...

-Vale, pero sólo una taza -admitió- Y luego nos prepararemos algo para llevar y empezaremos con la tarea, ¿te parece?

Hagrid estaba asintiendo entusiasmado cuando una personita menuda llamó su atención moviéndose cerca del vallado de su huerto.

-¿Qué estás haciendo aquí, Colin? -gritó- ¿No deberías estar adentro?

Maeve vio acercarse al chico. Era Colin Creevey, alumno de Primero, Gryffindor. La cámara de fotos que llevaba consigo a todas partes hacía imposible confundirlo con otro. Maeve había sido víctima frecuente de su obstinación por plasmar toda su experiencia en Hogwarts en imágenes. Él solo podía llegar a ser tan avasallador como una horda entera de japoneses de turismo por Roma. Según había oído y podido comprobar, Harry Potter era la víctima predilecta de su objetivo y estaba tan harto que había empezado a esconderse por los pasillos para evitarle.

-Fui a hacer fotos de los límites del bosque y se me hizo un poco tarde -explicó el chiquillo, cuyo pelo castaño estaba disparado en todas direcciones por efecto del fuerte viento- ¿Estoy castigado? -añadió, muy preocupado de pronto.

-No, pero vaya para el castillo de inmediato, señor Creevey. No son horas para que un alumno ande por ahí, y mucho menos cerca del Bosque Prohibido -le dijo Maeve.

-Ya lo sé, profesora Murphy. Es sólo que... Lo de las arañas era tan guay que tenía que fotografiarlas, porque si no mi padre no se lo creerá cuando se lo diga. Él dice que sólo las hormigas se mueven así, en fila, y que...

Maeve le hizo callar con un ademán de su mano, súbitamente seria.

-¿Ha dicho en fila, señor Creevey? -inquirió.

Cuando el chico asintió, Maeve miró hacia Hagrid y vio que también él se había puesto muy serio. Terriblemente serio, de hecho. Y pálido. Y con una extraña mirada en sus amables ojos oscuros.

-¿Dónde has visto eso, Colin? -preguntó el guardabosques.

-Por allí -el chico señaló un sendero que se desviaba de la bajada al sauce boxeador para perderse entre la espesura del Bosque Prohibido- Había un montón de ellas, todas en fila -insistió- En mi colegio "normal"... Al que iba antes de saber que era mago, quiero decir. Allí las arañas sólo estaban... Bueno, colgadas de sus telarañas en alguna esquina, y no hacían nada, eran aburridísimas. En Hogwarts todo es mucho más guay, hasta las arañas hacen cosas mágicas... -declaró con entusiasmo. Y a renglón seguido les mostró su cámara y preguntó con timidez- ¿Puedo sacarles una foto? Es que querría tener de todos los profesores, para que las vean mis padres. A veces, cuando les cuento las cosas, parece que no me creen y...

Los grandes ojos de Creevey parecían tan entusiasmados con la idea que Maeve no tuvo valor para negarse. El chico tuvo que retroceder bastante hasta llegar a un punto en el que ella y Hagrid entraran juntos en plano. Maeve dijo con sorna que posando así debían de parecer una musaraña al lado de un elefante africano, haciendo reír a Hagrid. Mientras esperaba a que sus ojos cegados por el flash se recuperaran y una vez Creevey estuvo camino del castillo, la joven zoóloga se volvió hacia su compañero.

-También tú lo has visto antes, Hagrid, ¿verdad?

-¿También? -repitió Hagrid- ¿Quieres decir que tú...?¿Lo de las arañas? -el semigigante bajó los ojos y se miró con repentino interés las botas mientras desgranaba con cautela las palabras- Bueno. Podría ser. Aunque... Es que fue hace mucho tiempo y... Tampoco creo que tuviera que ver una cosa con la otra...

-¿Pero...? -le animó Maeve.

Los ojos negros de Hagrid tenían una expresión contrita y temerosa cuando se atrevieron a enfrentar a la joven.

-Fue cuando lo de... Ya sabes, esa chica... Cuando me expulsaron del colegio después de que esa chica...

-¿Viste arañas huyendo en fila india cuando lo del asesinato de Myrtle? –exclamó Maeve.

Hagrid la miró tan escandalizado y ofendido como si le acabara de abofetear.

-¡No hables de la muerte de esa pobre chica como si no tuviera importancia, porque fue una cosa trágica y... y a mí me echaron de Hogwarts por eso y...! ¡Aragog no fue! -protestó airadamente.

Maeve resopló y se puso en jarras.

-¿Acaso he dicho yo eso, chico?

-No, pero seguro que lo estabas pensando y...

-Hagrid...

Maeve le tomó con cariño del brazo.

-Mírame a la cara -le pidió. Y cuando el guardabosques la complació, esbozó para él una sonrisa amable y una mirada seria- Soy zoóloga, ¿recuerdas? Conozco las costumbres de las acromántulas y sé que envuelven a las personas en sus sedas y luego se las comen, no las matan y huyen dejando atrás el cadáver. Así que aunque sólo sea porque el comportamiento no concuerda con el de su especie, estoy segura de que Aragog no lo hizo y que tú fuiste injustamente expulsado. Creo en tu palabra y lo sabes. Jamás dudes de eso.

Sus firmes palabras consiguieron que Hagrid relajara el ceño. Maeve era absolutamente sincera. No había creído culpable a Hagrid años atrás cuando el hombre le confesó el oscuro incidente, y seguía considerándolos a él y a su antigua mascota inocentes de la muerte de Myrtle Browning. De hecho, le costaba creer que hacía cincuenta años, durante la investigación de los hechos, nadie reparase en que una acromántula jamás se comportaba como lo había hecho lo que fuese que matara a la chica. Claro que ella estaba pensando en una investigación de los hechos seria. Lo ocurrido tras la muerte de Myrtle, se recordó con amargura, entraba más en la categoría de farsa chapucera encaminada a encontrar con rapidez un culpable.

-Simplemente trato de determinar bien esto, Hagrid, porque resulta que yo también he visto arañas comportándose de forma inusual -le confió- En Halloween, cuando fue atacada la Señora Norris e hicieron esa pintada.

Hagrid abrió mucho los ojos.

-¿De veras? ¿Crees que podría tener que ver? ¿Que... que esa cámara de Salazar Slytherin de la que nos habló el profesor Binns puede existir verdad y tener que ver con lo que mató a Myrtle y...?

-Para, para, para -le interrumpió Maeve- No te embales. Binns asegura que eso de la Cámara es una leyenda y me inclino a pensar que tiene razón. Yo sólo me limito a dejar constancia de que por dos veces, antes de un suceso dramático, las arañas de Hogwarts se han comportado de forma extraña y ahora lo están haciendo otra vez. Y creo que es algo que deberíamos estudiar. Creo que deberíamos ir a comprobar si lo que ha dicho Creevey es cierto y luego seguirlas.

-Pero los demiguises... –objetó Hagrid.

-No creo que retrasar un día el comienzo de la proyección de documentales vaya a comprometer demasiado su aprendizaje –repuso Maeve, acariciando pensativa la cabeza de Saighead- Esto parece importante. O por lo menos, lo bastante inusual como para merezca la pena investigarlo.

Hagrid reflexionó unos segundos y luego asintió, apretando los labios con determinación. Sin necesidad de que Maeve dijera nada más, el hombre se metió al interior de su cabaña y salió al minuto, portando su ballesta y un par de lámparas. Luego, ambos emprendieron la marcha hacia el sendero indicado por Colin Creevey.

No les costó dar con la comitiva de arácnidos. Tal y como había dicho el niño, -y al igual que en la noche de Halloween, cuando Maeve las viera huyendo del pasillo del segundo piso- las arañas se alineaban con un orden digno de una formación militar. Ninguna se desviaba ni un ápice del camino marcado por su predecesora, como si las diferencias de clase y tamaño o el hecho de que en la cadena alimentaria algunas de las especies presentes constituyeran la comida de otras carecieran de la menor importancia en comparación con el objetivo de alejarse del castillo y refugiarse en el Bosque Prohibido.

-Exactamente igual que entonces, niña –murmuró Hagrid, que se había agachado para ver bien la hilera de artrópodos- Esa tarde todas las arañas del castillo parecieron volverse locas y las vi salir así por la puerta que da al patio de las caballerizas, que entonces estaba vieja y tenía una buena grieta. Al poco rato se corrió la voz de que habían encontrado a esa pobre muchacha muerta en el baño de chicas del segundo piso... –el grandullón cerró un momento los ojos y sacudió la cabeza con rabia y pesar. Maeve sabía hasta qué punto le era doloroso hablar de aquel suceso que había marcado toda su vida y guardó un respetuoso silencio- Pero hasta ahora nunca se me había ocurrido relacionarlo.

-Hagrid: he dicho que no te embales –le recordó Maeve- No lo estamos relacionando. Tenemos pocos datos y es pronto para establecer una relación entre las arañas y lo que fuera que ocurriese en realidad. Además, no estamos hablando de lo mismo. Hace cincuenta años mataron a una alumna y ahora han petrificado a un gato: no son situaciones comparables, ¿cierto?

-Es verdad –reconoció Hagrid rascándose la cabeza- Pero esto que están haciendo las arañas es muy raro, y en todos los años que han pasado desde entonces nunca lo habían vuelto a hacer...

Profesora y guardabosques se miraron unos instantes en silencio y luego volvieron los ojos inquisitivamente hacia los animales que marchaban en fila, como para cerciorarse de que, en efecto, su trayectoria no se desviaba lo más mínimo del camino al Bosque Prohibido. Pero algo se interpuso en su campo visual y secuestró totalmente su atención. Un enorme sapo, surgiendo ágilmente de algún escondrijo en la hojarasca, se había aproximado a la marcha marcial de arañas y estaba procediendo a darse un portentoso atracón.

-¿Esa no es la mascota de Neville? -preguntó Hagrid.

-Maldita sea… –gruñó Maeve- ¿Es que ese bicho es incorregible?

Trevor soltó uno de sus estruendosos y desafinados bufidos cuando Maeve lo agarró para apartarlo de su banquete.

-Eres un sinvergüenza –le dijo con seriedad, como si el animal pudiera entenderla. Trevor se limitó a mirarla impasible, todos sus esfuerzos concentrados en la tarea de tragar araña antes de que lo que a él le parecía un torpe animal bípedo con la boca demasiado pequeña osara intentar arrebatársela- El pobre Longbottom debe de estar otra vez como un alma en pena buscándote, ¿sabes? Ahora vas a tener que venirte al Bosque Prohibido con nosotros, porque no voy a dejarte suelto. A saber dónde acabarías, zascandil...

-¡Por aquí! ¡Lo he oído por aquí! –la sobresaltó una voz femenina que surgió de la arboleda- ¡Vamos, Neville, date prisa o volverá a esquivarnos!

Con un revuelo de ramas y hojas Neville Longbottom apareció corriendo junto al camino, sofocado y respirando con dificultad. Le seguía a cierta distancia Lara Vodianov, cuyo aspecto delataba que a sus largas piernas la carrera le había resultado menos costosa. Los dos proyectaban sobre la penumbra del sendero la claridad del lumos que salía de sus varitas.

-¡Trevor! –exclamó Neville, su rostro iluminándose de inmediato por una gran sonrisa a pesar de sus dificultades para tomar aliento- Menos mal que lo ha encontrado, profesora Murphy, lo había vuelto a perder...

Maeve encontraba enternecedora esa obstinación de Neville en creer que perdía a Trevor -evidenciando así una cierta pretensión de poder llegar a poseerlo algún día- cuando estaba claro que era el sapo, un absoluto libertario, el que se escapaba una y otra vez.

-Ustedes no deberían estar fuera del castillo a esta hora –observó Maeve- Es casi de noche.

-Ha sido culpa mía, profesora –dijo Lara Vodianov rápidamente- Neville estaba desesperado porque no encontraba a Trevor y temía que si empezaba a nevar esta noche se congelara o algo así –explicó la chica- Pensé que si yo le acompañaba lo encontraríamos primero. No creí que se nos fuera a hacer tan tarde. No le castigue a él, ¿vale? Asumo toda la responsabilidad.

Maeve la miró con cierto asombro. Sabía por Minerva que Vodianov, hija de un matrimonio ucraniano que había emigrado a Inglaterra a principios de los ochenta y la mayor de cinco hermanos -todos ellos muggles, como sus padres- solía mostrarse muy protectora, casi maternal con los alumnos más pequeños, en especial con los de su casa. Estaba claro que la Subdirectora no exageraba.

-No hay nada que asumir, señorita Vodianov, nadie va a castigarles. Pero que sea la última vez, ¿de acuerdo? -les dijo Maeve, y esperó a que ambos alumnos asintieran- Señor Longbottom, la próxima vez que Trevor se escape pídame ayuda a mí y yo se lo buscaré encantada, pero no más excursiones. No deben estar lejos del colegio a estas horas y mucho menos andando por las lindes del Bosque Prohibido. Es peligroso.

-Lo siento, profesora Murphy -insistió Neville, contrito- Es que me asusté por Trevor y no pensé... Si le pasara algo por haberlo perdido, yo...

Por mucho que el chiquillo creciera y estuviera en camino de convertirse poco a poco en un hombre, sus ojos azules seguían siendo los mismos, tan infantiles, tan azules, tan grandes, tan inocentes como los de Connor. No le parecía profesional tener debilidad por un alumno y menos basándose en vagos parecidos con un ser amado muerto, pero era superior a sus fuerzas. Neville se las arreglaba siempre para apelar a su ternura con la misma facilidad con que se las apañaba para sacar a Severus de sus casillas en clase de Pociones. De hecho, discutían a menudo por eso. Severus consideraba que sería una profesora horriblemente blanda con el jodido mocoso si a éste le daba por elegir su asignatura como optativa el siguiente curso y ella sostenía que los particulares métodos pedagógicos de Severus estaban hundiendo al chaval en la miseria e impidiéndole dar lo mejor de sí.

Poppy habría dicho que parecían un matrimonio discutiendo por el niño. Y por mucho que la idea sonrojara a Maeve, no podía negar que la enfermera tendría razón.

-Le honra preocuparse tanto por su mascota, pero...

Un fuerte PLOP la interrumpió a media frase. Prissy se había materializado en medio del círculo que formaban los cuatro. Se estaba retorciendo las manos con nerviosismo y sus ojos parecían más redondos y saltones que nunca, agrandados por su expresión asustada.

-¡La Subdirectora manda a Prissy decir que la joven señorita y el señor guardabosques vayan de inmediato al castillo! -gritó con voz temblorosa- ¡Ha pasado algo maligno y terrible, ha dicho la Subdirectora! ¡Todos los profesores han de reunirse con la Subdirectora en la Sala de Personal!

Maeve y Hagrid se miraron entre ellos y luego trataron de lanzar una mirada tranquilizadora a los chicos antes de dirigirse a la elfina.

-¿Qué es lo que ha ocurrido, criaturita? -le preguntó Hagrid

-¡Prissy no lo sabe pero está muy asustada, señor guardabosques! ¡Han mandado reunir a todos los niños en el Gran Salón para que estén a salvo pero Prissy teme que pasen más cosas malignas! ¡Vaya rápido, joven señorita! -suplicó, mirando a Maeve.

Y luego, con otro PLOP, desapareció tan de improviso como había llegado. Maeve no perdió el tiempo y tomó el camino del castillo, decidiendo que las arañas tendrían que esperar. Los otros tres la siguieron sin demora.

-No se preocupen -les dijo a los chicos, especialmente a Neville que se había puesto un poco pálido- Prissy tiende a abusar del dramatismo. Seguro que no es para tanto.

Nadie respondió favorablemente a su intento de dar ánimos. Todos iban en silencio e incluso Hagrid había perdido su perenne expresión afable. Maeve miró por el rabillo del ojo a Lara Vodianov, que marchaba a la par con ella por el sendero, seria, tan blanca y rubia contra el color oscuro de su uniforme y capa que casi parecía de mentira. Era bastante más alta que ella -quizá de la altura de Tess, cercana al metro ochenta-, poseía un cuerpo esbelto y atlético y su rostro de pómulos anchos y ojos celestes no habría desentonado en la portada de una revista de moda. No sólo era una de las mejores alumnas de Hogwarts y una bruja muy prometedora, sino que se estaba convirtiendo en una criatura excepcionalmente hermosa. Y también en alguien increíblemente reservado, haciendo honor al tópico del hermetismo eslavo. Sabía que algunos compañeros de su curso la habían apodado "la princesa de hielo" y Maeve no podía quitarles del todo la razón, aunque sospechara que el apelativo nacía de la frustración de más de uno ante la determinación de la chica por centrarse en estudiar y mantenerse inasequible al romanticismo. Maeve había intentado hablar con Lara después de su pelea con Damien Lerroux la tarde de Halloween y no había conseguido sacarle más de lo que le dijera en las escaleras: la discusión era por un trabajo y no había más que añadir. Si callaba por orgullo o porque prefería dejar en manos de sus amigos de Gryffindor el mantener a raya al ofensor, eso Maeve no podía determinarlo. Aunque se temía lo segundo. Un par de días después de Halloween Lerroux había aparecido en la cena con las huellas de una buena tanda de golpes aún presentes en su cara pese a los cuidados de Poppy. La enfermera le había confiado su teoría de que eran demasiadas lesiones para proceder de un solo agresor. Maeve estaba terriblemente preocupada. Las rencillas entre su ex-equipo perfecto amenazaban con desembocar en algo peligroso y sentía que la situación se le estaba yendo cada vez más de las manos.

-¿Todo bien, señorita Vodianov?

La chica mostró cierta sorpresa y no asintió hasta al cabo de unos instantes.

-Quiero decir, -insistió Maeve con aire casual- esos encontronazos que está teniendo con el señor Lerroux a cuenta de sus... trabajos... ¿Debo preocuparme?

Tópico o no, el hermetismo en la expresión de Lara Vodianov fue absoluto cuando miró a su profesora

-No -fue su rotunda respuesta, rápidamente matizada- Lerroux es difícil a veces. Es... Slytherin, ya sabe.

-Hasta este curso eso no había sido un problema.

Vodianov se encogió de hombros.

-Las cosas cambian. La gente cambia.

-A eso me refiero, señorita Vodianov. Creo que hay cambios y que esos cambios la están afectando a usted y de rebote están afectando a toda su clase. Creo que son fuente de tensión y de afrentas continuas. Y creo que, de ser cierto, usted debería decírmelo. Puedo ayudarla. Puedo cambiara de pareja en clase, si es pre...

-¡NO!

Maeve se sobresaltó por la fuerza de aquella negativa. La propia Lara pareció sorprendida durante un momento.

-No será necesario, profesora Murphy- añadió con suavidad, bajando la mirada- Le prometo que no daremos más problemas en clase. Me encargaré de ello.

El estómago de Maeve se encogió dolorosamente ante las implicaciones de lo que le pareció una sutil amenaza subrayada por la intensa mirada de aquellos claros ojos rasgados.

-Señorita Vodianov, tiene que entender...

Pero Maeve no tuvo opción a terminar la frase. Habían llegado a las puertas del Gran Salón a la vez que un grupo de alumnos de Ravenclaw dirigidos por Filius Flitwick y eso le dio a Lara la ocasión perfecta para mezclarse con los demás y escabullirse de una conversación que a todas luces le estaba resultando incómoda. Maeve la siguió con la mirada mientras ella iba hacia la mesa de Gryffindor, sintiendo las entrañas retorcidas por la garra de los malos presagios cuando la vio cruzar otra de aquellas miradas asesinas con Damien Lerroux.

-Vamos cuanto antes, Maeve, no hagamos esperar más a Minerva -la voz de Flitwick arrancó su atención de aquel previsible e inevitable choque de trenes que creía ver delante de sí en la persona de sus dos alumnos. Maeve le siguió escaleras arriba, escoltados ambos por Hagrid- Esto es terrible, terrible...

-¿Sabes tú lo que ha sucedido, Filius? -le preguntó- Prissy no fue demasiado clara al respecto, pero parecía muy asustada y...

-Un alumno ha aparecido petrificado. Petrificado, Maeve, igual que la gata de Filch. Es algo gravísimo.

El hombrecillo tardó en darse cuenta de que Maeve y Hagrid ya no le seguían sino que se habían quedado paralizados en las escaleras, como petrificados también, mirándose el uno al otro con expresión de horror.

De modo que las arañas, una vez más -como en Halloween, como hacía cincuenta años-, huían por algo.

De algo.

Llevada por un impulso que trataría de racionalizar más tarde pero que sabía que tenía que ver con ese instinto que pocas veces se equivocaba, Maeve agarró a Hagrid del brazo y le hizo agacharse para susurrarle al oído.

-No digas nada de las arañas hasta que yo haya hablado con Dumbledore, ¿de acuerdo?

Hagrid la miró sin comprender pero asintió mansamente. Confiaba tanto en Maeve que la seguiría con los ojos vendados al fin del mundo si ella se lo pidiera.

-¡Vamos! -les llamó Flitwick, impaciente, y los dos se apresuraron a seguirle.


-Sé exactamente lo que hay que hacer. Está claro que alguno de los chicos mayores está jugando al Hechicero Oscuro, Minerva: sólo tenemos que agarrar in fraganti a ese pillastre y darle su merecido -Lockhart esbozó la sonrisa autocomplaciente que solía preceder a sus más sonadas y presuntuosas salidas de tono- Seguro que el bandido no cuenta con mi muy dilatada experiencia persiguiendo criminales y seres malignos. Aunque sé que no está permitido practicar Legeremancia en alguien sin su consentimiento, pienso que en este caso concreto, dada la gravedad, el Ministerio estaría dispuesto a permitirme utilizar mis magistrales capacidades como lector de mentes. Sé que conmigo harían una excepción, no en vano...

Severus podía ser muchas cosas pero no era un líder nato. Y no tanto por falta de cualidades como por falta de disposición. Desde su punto de vista, si el grupo era tan estúpido como para no saber a dónde iba, no era él quién para señalarle el camino a seguir y evitar que se despeñara. Aún así, por una vez y sin que sirviera de precedente, estaba resuelto a ejercer de portavoz del profundo hartazgo de sus colegas allí reunidos y silenciar a Lockhart con una réplica lo bastante venenosa como para borrarle a perpetuidad esa estúpida sonrisa de la cara; siempre quedaba la posibilidad de recurrir a un cruciatus en el caso, nada improbable, de que el imbécil se negara a darse por aludido…

La entrada de los que faltaban por llegar le interrumpió cuando estaba a punto de abrir la boca. Toda su concentración abandonó el sarcasmo beligerante para depositarse de golpe en la visión de Maeve y en el hecho de saberla por fin ilesa y entera después de los casi diez minutos -¡diez minutos!- en que nadie había podido dar razón de ella y Hagrid mientras el nerviosismo se apoderaba de los profesores y el pánico de los alumnos al saberse lo de Creevey. No había sido -o no había querido ser- consciente de lo muy ansioso que estaba por no verla en el castillo hasta ahora que el alivio lo bañaba como una ola arrolladora y cálida impidiéndole pensar en nada más. Y enfureciéndole.

-Bien, aquí están los que faltaban. Por fin -saludó con mordacidad viendo cómo ella posaba al halcón en el alféizar de una ventana- ¿Demasiado ocupada con tus bichos para acudir con urgencia a un llamamiento urgente, Murphy?

Maeve le miró con sorpresa, percibiendo en la voz de él ese peculiar matiz que decía que esta vez no se trataba sólo de mantenerse a la altura del papel sino que estaba enfadado de veras.

-¿Algún problema, Snape? -le retó mientras se quitaba el abrigo de Hagrid que aún llevaba puesto y después el suyo propio.

Severus apretó los puños sobre la mesa de juntas, sin descomponer el gesto pero sin apartar tampoco los ojos de ella mientras iba quitándose de encima capas de ropa. Nadie en su sano juicio le aplicaría el calificativo irresistible a aquella criatura menuda de mejillas coloradas por el frío y trenza deshecha vestida con la estúpida chaqueta multicolor y los pantalones vaqueros remetidos por dentro de las botas de trabajo. Pero era exactamente lo que Severus estaba haciendo, mientras pensaba una frase lo bastante ácida que respondiera a su rol en la farsa y a la vez le hiciera llegar a Maeve su hondo malestar por el susto que le había dado.

"Irresistible". Estás realmente necesitado, Severus. Estás empezando a perder el Norte. Estás enfermo.

-¿Qué si tengo algún problema? Sí, Murphy: tú. Vives, lo cual supone un gasto inútil y lamentable del oxígeno que respiramos los demás, y además siempre estás donde no debes cuando no debes, haciéndonos perder el poco tiempo que tenemos.

Minerva, presidiendo la reunión de pie junto a la chimenea, había abierto la boca para llamar al orden al profesor de Pociones pero Maeve se le adelantó, sonriendo a Severus con sarcasmo.

-¿Sabes cual es tu problema real, Snape? Que llevas treinta y dos años estreñido. Sé de unas semillas con las que se purgan los rinocerontes que...

-¡Maeve! -exclamó Minerva, sofocándose- ¡Y tú también, Severus! ¿Podríamos centrarnos en el tema? Es bastante grave, ¿sabéis? No creo que tengamos que aguantar vuestras... diferencias de opinión justo ahora. Tenéis el resto del día para eso.

Maeve miró a Severus con presunto rencor y fue a sentarse en el brazo del sofá que ocupaban Pomona Sprout y Charity Burbage. En frente de ellas estaba Rolanda Hooch, que le hizo a Maeve un gesto con ambos pulgares levantados, como diciendo "muy bien dicho". La instructora de vuelo era la única que se tomaba su presunta guerra con Severus como algo divertido. Aparte, claro, de Dumbledore, que sabía que en realidad no había guerra ninguna. Y de Poppy, de quien era imposible determinar -y preferible no pararse a determinarlo- qué sabía y qué no.

-Bueno, supongo que a estas alturas no tengo que deciros a ninguno lo que ha pasado -dijo la Subdirectora después de carraspear- Albus está en la enfermería examinando a Colin Creevey con Poppy para cerciorarse, pero todas las evidencias apuntan a que ha sido petrificado como la gata del señor Filch. Obviamente, esto convierte lo que parecía una simple aunque muy grave gamberrada en algo bastante más preocupante. Nada que atente contra la integridad física de un alumno...

-Minerva, querida -la interrumpió Lockhart, que también estaba de pie en un lugar destacado de la sala, probablemente para que estar sentado no impidiera apreciar en todo su esplendor y riqueza su túnica de color turquesa con apliques de plata- Ya te he dicho lo que opino. Estás dándole a esto más importancia de la que tiene: seguramente es un alumno que...

-No hay en este colegio un solo alumno capaz de petrificar a un gato y mucho menos a otro ser humano, Gilderoy -le interrumpió Minerva a su vez, visiblemente irritada.

-Un hechizo tan complicado requeriría un alto nivel de conocimiento de Artes Oscuras. Y es obvio que de sus profesores de Defensa de estos últimos años no han podido adquirirlo. ¿No es así, Minerva?

Los labios de la Subdirectora formaron una fina y rígida línea horizontal ante las palabras de Severus y la nada sutil ironía con que habían sido dichas. Lockhart, sin embargo, no pareció afectado en absoluto por la parte que le tocaba del insulto.

-Si lo dejáis en mis manos, encontraré enseguida al gamberro y así podremos expulsarlo de la escuela y seguir plácidamente con el curso -aseguró.

Nadie respondió a esto, distraídos todos por los lastimeros gemidos que había empezado a emitir Sybill Trelawney mientras miraba su té.

-El Grim... Es el Grim... La oscuridad nos acecha... -dijo con voz teatral y agorera- Muerte y desolación rodean a Hogwarts... El fin puede estar próximo...

-Claro, claro -musitó Aurora Sinistra, que se sentaba junto a Trelawney. Dio unas cuantas palmaditas desangeladas en la espalda de la vidente- ¿Cuanta ginebra has tomado ya, querida?

-¡Los niños! -exclamó Trelawney, mirando a la concurrencia con ojos espantados y grotescos- ¿Es que nadie va a pensar en los niños?

Sinistra atajó rápidamente la situación sacando del bolso de su colega una pequeña petaca de plata labrada y echando su contenido dentro de la taza en la que el presunto Grim esbozaba sus funestos presagios. Cuando Trelawney calló para beberse su ginebra todos miraron con agradecimiento a la titular de Astronomía. Incluida Minerva, por mucho que quisiera fruncir el ceño con desaprobación.

-Las órdenes de Albus son que cada jefe de casa lleve a sus respectivos alumnos hasta su sala común y se dirija a ellos para tranquilizarles. Lo sucedido con Colin Creevey va a despertar toda clase de especulaciones, sobre todo relacionadas con esa horrible pintada del segundo piso. Debemos evitar que cunda el pánico, especialmente entre los más pequeños, que son los más impresionables. La idea a transmitir es que se trata de un incidente aislado pero que por precaución queda terminantemente prohibido transitar de noche por los pasillos salvo que se vaya en grupo y con autorización escrita de un profesor. Por lo demás, -Minerva se detuvo para carraspear con disgusto- y en contra de mi parecer, -puntualizó- Albus ha decidido que con vistas a no estresar demasiado a los alumnos las cosas seguirán con los mínimos cambios posibles. La actividad de los profesores no quedará, por el momento, sujeta a ninguna restricción. Con esto quiero decir que ni la Torre de Astronomía ni los Invernaderos ni el Zoológico serán sometidos a restricciones horarias para sus titulares. Tanto Aurora como Pomona y Maeve podrán ejercer sus actividades como y cuando lo consideren apropiado, tal y como han venido haciendo hasta ahora. Se mantendrán todas las clases al aire libre…

-Bien -murmuraron al unísono Maeve y Hagrid.

-... Y las visitas a Hogsmeade continuarán tal y como estaban previstas -añadió la Subdirectora con desagrado.

Severus sonrió al leer en los labios de Maeve el previsible "mierda" que ella gruñó al oír aquello.

-¿No crees que es correr un riesgo innecesario, Minerva? -apuntó la joven- Es decir, aunque sólo sea temporalmente, hasta estar seguros de lo que ocurre, podríamos...

-¿Y quitarles a esos pequeños monstruos su oportunidad regular de empacharse de porquerías, comprar objetos que no necesitan y hacer el cafre como si fueran una tribu de Neanderthales? -repuso Severus sin dejarla terminar, mirándola con más malicia de la estrictamente necesaria. Disfrutando y queriendo que Maeve se diera cuenta de ello- Sería como quitarles el grog a los tripulantes de una goleta a mitad de travesía: tendríamos un motín en cuestión de días.

-¿Y a ti desde cuando te importa la opinión del alumnado, Snape? -escupió ella.

-Desde nunca, Murphy. Hablo en nombre de mi tranquilidad como Jefe de Casa. Si no pueden desahogarse de vez en cuando comportándose como los macacos en celo perpetuo que son, a esos alcornoques no hay quien los gobierne. ¿Digo algo que no sea cierto, Filius, Pomona? -ambos profesores asintieron, mirando contritos a Maeve. Severus se volvió hacia la subdirectora y arqueó una ceja con sorna, sabiendo que ni siquiera la puritana profesora de Transformaciones sería capaz de negar aquello- ¿Minerva?

La mujer carraspeó con evidente incomodidad una vez más. Su condición de aliada de Maeve en la guerra abierta entre ella y Severus hacía especialmente costoso tener que darle a éste la razón.

-Yo no lo expondría en esos términos tan desagradables pero me temo que es cierto, Maeve. Gilderoy y tú seguiréis a cargo de las visitas a Hogsmeade y la próxima tendrá lugar el sábado 1 de Diciembre, tal y como estaba programado -dijo arrastrando las sílabas, como si admitir aquello le costara un triunfo.

Maeve estrechó los ojos y fulminó con la mirada a Severus, quien a pesar de su aparente frialdad tenía un insultante aire de gato satisfecho rodeando su persona. Él le correspondió con su más desdeñosa sonrisa de triunfo, acompañándola de un muy dumbledoriano chispear de ojos cuando Lockhart se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros. El bastardo estaba haciendo un esfuerzo titánico por no reírse.

-Entiendo que la idea de estar más o menos a solas conmigo te ponga un poco nerviosa, encanto, pero no tienes por qué. Compartir el sábado con Gilderoy Lockhart va a ser una experiencia que recordarás toda tu vida, puedo asegurártelo.

Cuando Maeve lo miró como si fuera a escupirle o a vomitar -o a ambas cosas a la vez- Lockhart le dedicó uno de sus guiños seductores de nivel maestro. Minerva carraspeó de nuevo, con la mandíbula tensa de tanto apretar los dientes.

-Te agradecería, Gilderoy... -empezó severamente.

-¡Por supuesto, Minerva! –exclamó el aludido, dando una vigorosa palmada y frotándose las manos, como diciendo "manos a la obra"- Yo me dirigiré a los alumnos por ti. Tengo un toque especial con los chicos. Después de que yo les hable todos sus temores se esfumarán y será como si nada hubiera sucedido, ya lo verás...

-Pero... Yo... Gilderoy, ¿a dónde crees que vas? ¿Gilderoy? ¡GILDEROY!

Viendo que todas sus llamadas habían sido en vano, la Subdirectora salió en persecución de Lockhart dispuesta a impedir que sembrara el pánico entre los alumnos con las estupideces que tuviera pensado decirles. Tras Minerva salieron todos los demás, algunos por ayudar y otros simplemente por no perderse el espectáculo. Sólo Maeve y Severus continuaron quietos en sus respectivos sitios, mirándose en tenso silencio. Maeve fue la primera en romperlo.

-¿Qué ha pasado con lo de "no quiero que te hagan daño"? -preguntó en voz muy baja, furiosa.

Severus sintió un principio de rubor en las mejillas que dominó con rapidez. Haber pronunciado aquellas palabras unos días atrás le hacía sentirse dolorosamente expuesto, aunque en su momento le hubiera parecido lo más natural decirlas y las siguiera suscribiendo sílaba por sílaba.

-Lockhart no representa ningún peligro para ti, pequeño trébol -dijo burlón- En todo caso...

-Sabes que no me refiero a ese gilipollas. ¿Qué pasa si al Petrificador Solitario le da por trasladar la fiesta a Hogsmeade? ¿Qué pasa si me petrifica a mí? ¿No quedarías fatal como ángel de guarda?

-No te pongas dramática. Hasta donde yo sé, los ataques se han producido dentro de los muros de Hogwarts y sobre indidividuos que estaban solos. Al aire libre y con una compañía tan selecta y notoria no corres el menor peligro –observó como si le estuviera señalando una obviedad a un niño pequeño, lo que hizo aumentar, para su placer, la cólera dentro de ella y también sus adorables manifestaciones externas. Después moduló su voz en un susurro que recordaba poderosamente al ronroneo de un tigre - Ha sido un buen intento, pero no te librarás tan fácilmente de tu castigo.

Maeve apretó la mandíbula y le miró con odio mientras esperaba a que se le normalizaran la respiración y el pulso. Al muy hijo de puta deberían prohibirle tener esa voz y utilizarla así, como un arma contra la que al menos para ella no había defensa posible.

-Estás disfrutando con esto, ¿verdad? -le recriminó, adoptando también un tono burlón.

-Como no te imaginas -reconoció él.

Maeve se levantó y recuperó su abrigo del perchero y a Saighead de la ventana. Miró a Severus desde la puerta con una expresión que podría haber intimidado a un colacuerno húngaro.

-Cuando te estés comiendo mi venganza, recuerda que no es ni más ni menos que lo que te mereces, Sevvie. Y mueve tu blanco culo para ir a buscar a tus alumnos. Nadie va a hacerlo por ti. ¿Cómo era lo que le dijiste a Minerva? Ah, sí -bajó su voz todo lo que pudo e imitó perfectamente la cuidada y sedosa dicción de Severus para citarle con todo su sarcasmo- Slytherin se ocupa de sus propios asuntos...

Severus esperaba impaciente el momento en que la costumbre empezaría a mitigar el deseo, pero ese momento no sólo no llegaba sino que cada día que pasaba le costaba más evadirse de aquellos inapropiados, inoportunos, perturbadores pensamientos. Se preguntó, al quedarse solo, si sería sano y normal que esa agresividad en los ojos de Maeve y su ingenio en pie de guerra lo excitaran de aquella manera.

Por supuesto que no, le reprochó su voz interior, desdeñosa y burlona. Estás completamente enfermo, ¿recuerdas?


Poppy corrió la cortina de la cama de Colin Creevey y acompañó en silencio a Dumbledore hasta la puerta de la enfermería. No habló hasta estar segura de que Harry Potter, convaleciente aún de su brazo sucesivamente roto y deshuesado por Lockhart, no podía oírles desde su cama.

-Supongo que ahora será Severus quien haga el filtro de mandrágora. Siempre he creído que era un disparate que Lockhart se ocupara de ello -confesó con vehemencia- pero, en fin... Se trataba de la gata de Argus, que no nos cae bien a nadie salvo a él y… ¿Cuantos años tiene ese bicho? ¿Dieciocho, diecinueve? La pobre se morirá un día de estos con o sin ayuda del zopenco de Lockhart. Pero no permitirás que envenene a ese pobre niño, ¿verdad?

-Por supuesto que no, Poppy -aseguró Dumbledore- El mismo Severus se habría acabado ofreciendo a curar a la señora Norris sin que nadie se lo dijera, aunque solo fuera por no permitir que Lockhart le pise su terreno.

Poppy esbozó una de las sonrisas de esfinge que Albus conocía tan bien. La miró con ojos llenos de curiosidad, a la expectativa de ver si ella salía por donde él pensaba

-O aunque sólo fuera porque se habría dejado convencer por alguien -aventuró la mujer- Alguien a quien un animal... Cualquier animal... Sí le pareciera digno de tomarse la molestia que requiere ese filtro. Y alguien a quien Severus estuviera dispuesto a escuchar, claro.

Dumbledore arqueó las cejas en un gesto de falsa sorpresa.

-¿Por qué siento que no estás hablando de Argus Filch? -preguntó Albus.

-Porque si no pudieras pillar una indirecta tan obvia serías un hechicero más grande de su tiempo bastante decepcionante -replicó Poppy- ¿Me harías un favor, Albus?

-Tú dirás.

Poppy le indicó que esperara un momento y se metió en su cuarto de curas. Salió al poco, llevando en la mano algo que tendió a Dumbledore con otra de aquellas sonrisas indescifrables dibujada en su todavía hermoso rostro.

-Devuélvele esto a Severus. Es suyo.

Dumbledore tomó el pañuelo de seda verde, cuidadosamente doblado, que todavía olía al jabón de jengibre que Poppy usaba para las manos. Miró expectante a la mujer, sabiendo que eso no sería todo.

-Te haría gracia saber dónde lo encontré- le aseguró ella.

-Y supongo que vas a contármelo.

-Tu perspicacia es infinita, Director -bromeó Poppy- ¿Recuerdas que el primero de Noviembre Maeve fue herida por ese horrible bicho griego, la mantícora? Las heridas que le hizo ese demonio eran muy profundas e irregulares y necesitaron fuertes y dolorosos hechizos suturantes. Cuando le apliqué un conjuro anestésico local, olvidé que siendo una squib la magia podía funcionar de forma extraña en su organismo. La pobrecilla se mareó por completo y llegué a pensar que iba a perder el conocimiento. Al acabar y marcharse estaba todavía tan aturdida que se olvidó de llevarse el pañuelo con que se había vendado el brazo antes de venir acá -la sonrisa de Poppy se ensanchó- Cual no sería mi sorpresa al encontrarlo un rato después y darme cuenta de que no era su pañuelo. Resulta que tenía la firma del artesano de Beijing al que se lo compré en un viaje y la fecha del nueve de Enero de 1990 bordada en una esquina... tal y como el que yo le regalé a Severus por su trigésimo cumpleaños.

La seda verde acarició los dedos de Dumbledore mientras sostenía el pañuelo con aire pensativo, calculando el siguiente paso a dar en aquel imprevisto y resbaladizo sendero.

-Entenderás que prefiera no devolverle esto a Severus. Creo que le perturbaría bastante saber cómo ha llegado a mis manos -aseguró. Luego miró a la enfermera, divertido, expectante- ¿Quieres preguntarme algo, Poppy?

-¿Vas a contestarme con sinceridad?

-Probablemente no.

-Me lo temía. Sé por qué tenía Maeve ese pañuelo, Albus. Hay pocas razones por las que un hombre estaría a las seis de la mañana junto a una mujer a la que odia dispuesto a vendarle las heridas... aparte de las obvias -la sonrisa de Poppy se volvió un poco maliciosa al cruzarse de brazos- El pañuelo es anecdótico, aunque como prueba en favor de mi teoría de que ellos nunca se han odiado como fingen es bastante valioso... Lo que me interesa no es el pañuelo sino lo que está pasando aquí entre estos dos. Lo que lleva años pasando entre estos dos -puntualizó- ¿O vas a pretender que crea que yo pude darme cuenta pero a ti, el Gran Observador que Todo lo Controla, se te pasó por alto lo que ocurría delante de tus narices?

Dumbledore se guardó el pañuelo de la discordia en el bolsillo de su túnica y observó a su interlocutora con aire imperturbable, calculador debajo de su afabilidad como un águila evaluando sus posibilidades desde lo alto de un risco. Estudiando anticipadamente todas las jugadas que podían partir de aquel inesperado movimiento.

-¿Por qué no preguntarle directamente a Maeve, Poppy?

-Porque... verás... Tengo otra teoría: Severus y Maeve estaban juntos y eran felices. Los dos. No sé por qué lo sé pero estaría dispuesta a jurarlo por lo más sagrado. Y también sé que esa felicidad se esfumó de pronto, que Maeve empezó a parecer un alma en pena y de la noche a la mañana se marchó de la escuela para no volver, que después de eso, casualmente, Severus pasó por una temporada en que pensamos que se había vuelto loco... Demasiado dolor por ambas partes para pensar en una ruptura sencilla y normal, ¿no crees? -suspiró Poppy- La cuestión es, Albus, que nadie, en especial un Slytherin, cambia así de la noche a la mañana sin un buen motivo. La cuestión es que puedo fijar la fecha en que los ojos de Severus volvieron a ensombrecerse después de haber brillado como los de un hombre normal durante un par de meses: fue un dieciocho de Abril, después de ausentarse una tarde y tener una larguísima conversación contigo en tu despacho... La cuestión es que tengo razones para creer que Maeve se marchó de aquí sin tener la versión completa de su propia historia. Y te pregunto a ti, y no a ella, porque que me maten si no eres tú el único de los implicados que se sabe el guión completo.

Dumbledore meditó en silencio un largo rato mientras la enfermera aguardaba pacientemente su veredicto. No debía precipitarse. Tenía que medir muy bien su siguiente movimiento si quería obtener de Poppy la reacción apropiada. Tenía que calcular al milímetro las palabras precisas, el tono adecuado.

-Hay asuntos que quedan más allá de nosotros y no está en nuestra mano solucionar -dijo con aire melancólico- Pocas cosas me harían más feliz que poder haberlo hecho de forma diferente pero la realidad es la que es y es lo mejor que tenemos. Hubiera lo que hubiera, ha de quedarse donde quedó, ¿me oyes, Poppy? -preguntó con firmeza- Maeve se marchó con la versión que le convenía saber y créeme cuando te digo que a estas alturas sería doloroso para ella saber más de lo que ya sabe.

Poppy estrechó los ojos. Dumbledore conocía aquella mirada. Y no presagiaba nada bueno si uno deseaba una Poppy sumisa y tranquila, plegada a las órdenes. Y eso era lo que él deseaba.

¿Verdad?

-Sería doloroso pero sería lo honesto, Albus.

-No quieras jugar a maestro de marionetas, Poppy -le advirtió el Director- Te aseguro que no es un papel que deje buen sabor de boca.

-Lo que quiero, Albus, es que las marionetas sean dueñas de sus hilos y conforme a eso hagan lo que les de la gana.

El aire pareció condensarse y electrificarse entre los dos. Dumbledore había peleado demasiadas batallas como para no reconocer la insumisión cuando la tenía delante. Era...

¿Interesante?

-No te metas en esto, Poppy –insistió con severidad- No comprendes todas las implicaciones de este asunto.

-Explícamelas -le retó ella.

-No puedo.

Poppy suspiró y se aproximó a su superior. Era lo bastante alta como para poder mirarle directamente a los ojos sin demasiado esfuerzo.

-Entonces, Director, no me culpes si no me doy por enterada.

La insumisión había desembocado en revolución independista en cuestión de segundos. Claro que Dumbledore no se extrañaba. Él mismo había armado al enemigo décadas atrás, cuando potenció su rebeldía adolescente y la convenció de que el amor -el que ella sentía por Richard Pomfrey, extrapolable a cualquier otro amor del Universo- era un poder imparable. Cuando uno sembraba vientos, podía llegar a recoger tempestades del calibre de aquella mujer.

Interesante, se repitió el Director de Hogwarts mientras caminaba por los pasillos, sonriendo para sí.

Llevaba tiempo esperando una señal, un giro en la situación de Severus y Maeve. Lo que nunca había esperado era que el golpe de timón fuera a darlo Poppy Pomfrey. Pero no se debían rechazar las ayudas del destino cuando venían tan convenientemente al encuentro de uno


Lamento haber tardado tanto en actualizar, pero no me lo tengáis en cuenta, que he tenido un examen de oposición y sólo ahora vuelvo a ser persona. A partir de ahora, si la autoridad no lo impide, recuperaré el ritmo habitual.

Bueno. Parece que el monstruo de Slytherin y ese otro monstruo de lo suyo que es Poppy Pomfrey empiezan a enseñar los dientes. Y en medio de todo, Severus y Maeve teniendo que lidiar con sus preocupaciones y torturantes deseos. Qué estrés (más estrés en el próximo capitulo, que este es algo flojo XD… aunque para compensar he recuperado a Tess, que algunas lo estabais deseando).

Gracias, como siempre, a quienes leéis y a quienes comentáis. Y gracias a las "colegas escritoras" que me aguantan día tras día las neuras y son tan responsables como yo de que este fic siga adelante.

NOTAS

-Twua: nombre original de la etnia pigmea.

-FPR: Frente Popular de Ruanda, de etnia tutsi, facción guerrillera que empezó a actuar contra el gobierno hutu desde el exilio en Uganda y cuyas acciones serían el germen del genocidio contra los tutsis que tuvo lugar en 1994. El nombre del presidente Habyanirama y el cierre del parque Virunga por el asesinato de dos guardias son datos históricos.

-El apellido de Myrtle me lo he inventado. No sé si tiene alguno por canon, pero a mí me gusta éste.

-La frase "¿Es que nadie va a pensar en los niños?" aparece por cortesía de la sra. Lovejoy de Los Simpson. Lo siento: tenía que ponerla XD