Capítulo XI: la violencia en general, en abstracto, es mala. La violencia, cuando es desmedida, nos resta parte de nuestra condición humana. Pero de vez en cuando, en lo que se refiere a compañeros de trabajo odiosos dotados de un ego más alto que ellos, la violencia no es que sea justificable: es que es incluso terapéutica.
CAPÍTULO XI: LA MEJOR DEFENSA ES UN BUEN ATAQUE
Aquello iba a ser un desastre. Un completo desastre. Técnicamente sólo habían transcurrido cinco minutos de su primer sábado como vigilante en Hogsmeade junto a Lockhart y ya quería matarlo. No veía la forma de llegar al final del día sin haber cometido homicidio en la rubia y pomposa persona de su colega y cada vez que pensaba que el tormento se repetiría al menos una vez al mes hasta que acabara el curso se ponía enferma.
-Bueno, ya hemos comprobado todas las autorizaciones, ¿verdad, encanto?
Cuenta hasta diez y concéntrate en cosas agradables que no sean matar a este imbécil que acaba de permitirse llamarte "encanto". Matar a Severus, por ejemplo, que es el culpable de todo esto.
-¿Has dicho "hemos", Gilderoy? -repuso ácidamente- Porque a mí me da la impresión de que YO he comprobado sola todas las autorizaciones mientras tú te pavoneabas delante de esas alumnas de séptimo firmando libros.
-Celosilla, ¿eh?
El rostro de Maeve pasó del rubor de la indignación a la lividez cadavérica en décimas de segundo. Lockhart podría -y debería- haber interpretado como alerta roja la forma en que ella apretó las autorizaciones de los alumnos en sus manos, pero en lugar de eso, considerándose en el deber de ser encantador, le dio un suave pellizco en la mejilla antes de añadir en voz baja:
-Es mi obligación ser amable con ellas, pero tú eres mi favorita y lo sabes.
Y le guiñó un ojo. Maeve sintió que la acidez de la furia le perforaba las tripas, sobre todo al distinguir algún que otro suspiro de envidia entre las alumnas que habían contemplado la escena.
-Vuelve a tocarme -le advirtió, apuntándole a la nariz con el dedo índice- y eres hombre muerto.
-¡Merlin, me encantan las mujeres irlandesas! Sois tan... temperamentales.
Era inútil. Podría clavarle a Lockhart un No me caes bien en medio de la frente a martillazos y el jodido imbécil seguiría pensando que estaba -igual que el cien por cien de las mujeres del cosmos universal- loca de remate por él. Maeve se obligó a contar hasta diez y se volvió hacia Prissy para darle las autorizaciones.
-Llévale esto al Director -le dijo. Luego, agachándose para hablarle de tal forma que sólo ella pudiera oírla añadió- ¿Ves por qué no debía ponerme mis botas elegantes, Prissy? Si las llevara puestas ya le habría clavado el tacón al profesor Lockhart en un ojo y la tendríamos liada...
-La joven señorita exagera -replicó la elfina, todavía disgustada por la poco estilosa elección de Maeve para bajar al pueblo: unas viejas botas de montar que, por su aspecto, podrían estar recién llegadas de hacer la conquista del Oeste.
-La joven señorita se queda corta, créeme.
Al menos durante el trayecto de ida hasta Hogsmeade Maeve tuvo suerte y se vio libre de Lockhart. Unas Hufflepuff se sexto se pegaron como lapas a él para escuchar con atención –y también con gran profusión de pestañeos y suspiros- alguna de sus heroicas e improbables hazañas. Cuando tenía a su disposición un auditorio boquiabierto y reverente Lockhart se olvidaba del mundo, incluyendo -felizmente para ella- a su atribulada colega. Eso le permitió a Maeve disfrutar del paseo por el sendero que atravesaba los campos recién nevados, del excepcional cielo azul de aquella mañana y del pálido sol invernal, cuyo roce se sentía como una caricia después de semanas de lluvia.
-La veremos en Las Tres Escobas, ¿verdad, profesora Murphy? -le gritó Fred Weasley al rebasarla acompañado de su hermano y de Lee Jordan.
-¡Claro que sí! La profesora es una persona con clase, no una de esas cursis que prefieren el salón de Madame Pudipié -repuso George, guiñándole un ojo a su compañera en el equipo de quidditch de Gryffindor Angelina Johnson. La chica, que iba un par de pasos detrás de ellos, se limitó a poner los ojos en blanco y mirar a su profesora como diciendo "chicos, ¿qué vas a esperar?"
Maeve pensó para sus adentros que lo de Madame Pudipié sonaba tentador aquel día. Tal vez con uno de sus horrendos tapetes de ganchillo, previamente deshilachado, le fuera posible estrangular a Lockhart.
Un poco más adelante en el sendero distinguió a Lara Vodianov, inconfundible con su estatura y su impresionante melena de un rubio casi blanco. Iba en el centro de su grupo de amigos como una reina escoltada por su guardia. A Maeve no le pasó inadvertido su cruce de miradas con Lerroux, que charlaba con Charles Fraser, cuando el grupo los rebasó a ambos; ni el brazo protector que Jonathan Collins pasó por los hombros de la muchacha mientras volvía hacia los de Slytherin un rostro que era puro desafío.
Se puso en guardia de inmediato. La ausencia de incidentes en las últimas semanas no le había hecho relajar la tensión respecto a aquella turbia historia, por más que Severus le insistiera en que no había nada en lo que ella pudiera o debiera intervenir. Al contrario. Veía cómo la tensión aumentaba silenciosamente clase tras clase como el que ve hincharse un globo muy por encima de su capacidad. Y temía el momento en que dicho globo estallaría llevándose a toda su clase de Quinto por delante. No tenía pruebas de que Lerroux estuviera hostigando a su compañera por ser hija de muggles, aunque su repentina cercanía con Fraser -a quien el año anterior apenas hablaba- no sugería nada bueno. Ni tampoco tenía pruebas de que los amigos de ella lo estuvieran hostigando a él en respuesta. Pero estaba segura de que eso era exactamente lo que estaba sucediendo. Y dado que las cosas no parecían mejorar sólo cabía esperar que fueran a peor y cualquier día reventaran. Esperaba que "cualquier día" no fuera justo ese día, porque teniendo en cuenta quién la acompañaba a Hogsmeade como cuidadora estaba claro que tendría que manejar ella sola la situación...
-Y eso dije, una vez tuve la cabeza del demonio en mi mano: "¡ninguna criatura maligna es rival para el mago que batalla con valor y caballerosidad como paladín del Bien!" -oyó decir tras ella, rápidamente subrayado por un coro de suspiros.
Peor aún: tendría que manejar ella sola la situación y además vigilar que el mentecato de su compañero no empeorara las cosas.
Dumbledore enrolló lentamente el pergamino y se lo devolvió a Severus, que no había apartado la mirada del fuego mientras él leía. Los ojos de ambos hombres se encontraron, vistiendo idéntica expresión meditabunda y preocupada
-¿Qué opinas, Severus?
-¿Qué voy a opinar? -replico éste, con un amago de risa sin humor- Creo que Lucius deja muy poco lugar a especulaciones con lo que me dice en esa carta. La mitad del consejo escolar está bajo su control y aunque queda bastante claro que ha utilizado medios cuestionables para hacerse con algunos de los votos, un gran porcentaje se han acogido a su intención de echarte del colegio sin que nadie tenga que obligarlos. Es obvio que lo de Creevey no ha hecho mucho por tu popularidad...
Dumbledore miró por una de las ventanas de su despacho, perdiéndose unos momentos en la contemplación del espléndido mediodía invernal mientras meditaba las palabras de su joven colega.
-Demasiada casualidad, ¿verdad? -dijo, mesándose con suavidad la barba- Sucede algo que pone en tela de juicio mi capacidad para llevar con seguridad la escuela justo cuando Lucius Malfoy quiere hacerse con el Consejo Escolar. Qué oportuno.
-Tremendamente oportuno -convino Severus con ironía.
-Aún así, me honra que haya tenido que recurrir a la extorsión para convencer a parte de sus nuevos adeptos. Tengo apoyos realmente leales ahí fuera. Es una lástima que no pueda usar las cartas que me pasas como prueba, Severus, de lo contrario... -Dumbledore chasqueó la lengua y movió la cabeza, disgustado- ¿Cómo crees que lo hace? Es tan evidente que Lucius anda detrás de este asunto del heredero de Slytherin como que no es él quien ha petrificado a ese alumno. Tiene que estar obrando a través de algo y de alguien. Pero ¿quien?
Severus se levantó y paseó de un lado a otro del despacho cruzado de brazos, acariciándose la barbilla con una mano.
-Lucius va por libre en este asunto. No me ha consultado ni pedido mi ayuda. Parece que, sea cual sea su plan, quiere el crédito para él solo. No le culpo -reconoció, con una mueca de desdén- Llegué a hacerle bastante sombra entre los Mortífagos y eso es algo que nunca ha terminado de digerir. Creo que siempre ha considerado una traición por mi parte que yo le superara en el orden de preferencia del Señor Tenebroso después de que fuera él quien me rescató de mi mediocridad introduciéndome a su servicio. Así que no va a hacerme partícipe de algo que puede darle una gloria nunca igualada a los ojos del amo. No tengo la menor idea de a quien está utilizando, Albus. Aunque sé a ciencia cierta que no se trata de Draco.
-¿Estás seguro?
-Los purasangres como Malfoy viven para perpetuar su legado genético. Lucius no arriesgaría a su único hijo a menos que el Señor, vivo y coleando, se lo pidiera expresamente. Estoy seguro de que prefiere arriesgar al hijo de otro. Tengo mis dudas sobre Fraser -confesó.
Dumbledore arqueó una ceja con interés y le invitó a continuar.
-Su padre fue uno de mis camaradas más activos. Muy rico, muy influyente. Y muy fanático. Es uno de los que adujeron en su momento haber sido sometidos por el Señor Tenebroso bajo un imperius para evitar la condena en Azkabán. Pero me consta que desde su muy bollante negocio de cría de aethonans de carreras se ha estado financiando propaganda anti-muggle todos estos años -relató Severus- Es la clase de persona que estaría encantada de ofrecer a su hijo, mayor de edad en unos meses, como mano ejecutora de un plan que puede devolvernos al Señor. Desde luego al chico lo tiene bien aleccionado en sus ideales. Varios colegas me han hablado de su comportamiento de los últimos tiempos, tanto en clase como hacia ciertos compañeros...
-Compañeros hijos de muggles -dijo Dumbledore- Sí, me han llegado comentarios. No todos tus colegas prefieren hablarlo primero con el Jefe de Casa del chico tal y como estipula el Artículo 11, punto 2 del Reglamento Interno de Hogwarts.
Severus sonrió con malicia.
-No lo digas como si tuviera que molestarme. Con las afrentas que me relata Maeve a diario tengo más que suficiente. Prefiero ahorrarme los lloriqueos de los demás y enterarme directamente de la pérdida de puntos que nos ocasiona el joven Fraser.
-No sé por qué, me cuesta imaginarme a Maeve lloriqueando -observó Dumbledore con sorna.
-Sí, ella es más de proferir a la velocidad del sonido blasfemias que harían ronrojarse a un minero- admitió Severus.
Era extraño para Dumbledore presenciar aquella clase de cosas: la naturalidad con que Severus se permitía de tanto en tanto hablar de Maeve, la sonrisa secreta que iluminaba por décimas de segundo su sombrío rostro al evocar cualquier cosa relativa a ella, aunque fuera su más irritante e indeseable peculiaridad. Fragmentos fugaces del Severus que podría haber sido a tiempo completo si él no le hubiera tenido que pedir aquella promesa. El Severus que él aún deseaba ser. Que quizá aún estaba a tiempo de ser si...
Tiempo al tiempo, Albus.
-Supongo que Maeve te habrá contado también lo de las arañas, ¿verdad?
Severus asintió, con la mirada perdida en sus propias cavilaciones y la yema de su dedo índice tamborileando distraídamente sus labios, mientras retomaba su pensativo pasear.
-¿Y estás de acuerdo con ella? -insistió Albus.
-Sin que sirva de precedente, sí.
El Director sonrió ante aquella respuesta.
-¿En lo de establecer una relación o en lo de ser cautelosos?
-En ambas cosas -respondió Severus- No entiendo una mierda de arañas pero doy por hecho que en Oxford no dan los títulos de Zoología a cambio de cromos, así que creo que Maeve sí. Y si ella dice que es un comportamiento excepcional, entonces lo es. Es demasiada casualidad que las tres veces que alguien ha presenciado ese comportamiento se haya producido un atentado contra personas o cosas... Lo de cosa iba por la gata de Filch, no por Creevey -aclaró, innecesaria y ácidamente- Al mismo tiempo, comparto su idea de que son pocos datos para establecer un vínculo con el pasado. Y estoy con ella en que, dada las circunstancias, hacer públicas estas sospechas sólo serviría para perjudicar a Hagrid.
Dumbledore movió la cabeza con pesadumbre.
-Temo por él -confesó- Temo que Lucius lo utilice como arma para derribarme del puesto y hacerse con Hogwarts: al fin y al cabo, yo me empeñé en traerlo de vuelta como guardabosques. Y ya fue encontrado culpable una vez sin necesidad de pruebas -suspiró y se quitó las gafas para frotarse los ojos con aire cansado- No le cuentes esto a Maeve porque sé que la va a perturbar enormemente, pero ya estoy recibiendo presiones al respecto.
Severus arqueó una ceja con aire inquisitivo y se acercó al escritorio del director.
-Los Creevey han puesto el grito en el cielo, con razón, y la carta de Fudge ha llegado hace un par de días. No esperaba que el nombre de Hagrid y los paralelismos con lo ocurrido a Myrtle Browning fueran a surgir tan deprisa pero... -Dumbledore volvió a colocarse las gafas y sus ojos parecieron muy ancianos al mirar a Severus- Dice que quiere una investigación exhaustiva. Supongo que eso, traducido al idioma de Fudge, significa que quiere un culpable rápido y poder echar tierra sobre este asunto.
-Igual que hace cincuenta años -apuntó Severus con sequedad, añadiendo entre dientes, lleno de desprecio -¿Llegará a estar el Ministerio en manos de alguien que no sea un incompetente chapucero?
Dumbledore se reclinó en su silla y dejó escapar un suspiro.
-Igual que hace cincuenta años, sí -repitió.
Severus estaba quieto como una estatua ahora, mirando fijamente a su superior desde arriba.
-Tú estabas aquí cuando aquello sucedió. Tú conoces al culpable -dijo.
No era una pregunta. Dumbledore sonrió con tristeza.
-Tú también lo conoces, Severus. Te marcó como su propiedad cuando tenías dieciocho años.
La forma en que Severus cerró los ojos al encajar aquella información le dijo a Dumbledore que no le estaba contando a su joven colega nada que éste no sospechara ya.
-El Señor Tenebroso otra vez -musitó.
Cerca, Severus. Cada vez más cerca. Y cada paso que da para regresar es una milla que aleja de ti tus esperanzas de una vida normal al lado de la mujer que quieres. Lo sé. Lo siento. Pero has de confiar en el destino, ya que no puedes confiar en mí. Tiempo al tiempo, muchacho. Tiempo al tiempo.
-Actuando por medio de alguien con la ayuda de Lucius Malfoy -añadió Dumbledore- Tienes que aceptar la invitación que te hizo para pasar la Navidad en su casa; acudir a esas reuniones y tratar de averiguar qué se trae entre manos.
Severus cerró los ojos, en un gesto que pareció casi de dolor físico. Se lo temía. Había esperado poder pasar la Navidad con Maeve, huir juntos de aquella explosión de optimismo feliz que los incomodaba a los dos por igual aunque por diferentes motivos. Pero era demasiado pedir.
Era hora de retomar supapel en la farsa. Hora de reunirse con sus antiguos camaradas en una reunión informal disfrazada de banquete navideño. De soportar la falsa amabilidad de quienes -con excepción de Lucius- sólo le habían ninguneado y mirado por encima del hombro en los años siguientes a la caída del Señor. De comprobar cómo la proximidad del retorno del amo que lo había sentado a su diestra volvería a hacer de él un amigo deseable, un aliado a considerar, una figura apetecible a cuya sombra medrar.
Y de hacerlo lejos de Maeve.
Piensa que lo haces por ella, se dijo.
-La escuela no puede caer en sus manos, Severus -insistió Dumbledore- ¿Qué sería entonces de los hijos de muggles, de los mestizos? ¿Qué sería de Maeve, si yo soy eliminado? ¿No iría Lucius inmediatamente a por ella, una vez viera el camino libre?
Era habitual ver a Severus lucir miradas terribles capaces de intimidar a hombres hechos de probada valentía, pero Dumbledore podría jurar que jamás el profesor de Pociones había dado tanto miedo como cuando le respondió a aquella pregunta.
-Por encima de mi cadáver, Albus. Por encima de mi cadáver.
-¡Pero qué ven mis ojos! ¡A mis brazos, criatura! Llevabas siglos sin aparecer por aquí… ¿Es que te tienen secuestrada en ese castillo o qué?
Si por la mañana había sido la envidia de las alumnas camino de Hogsmeade a causa del pelllizquito y el guiño de ojos de Lockhart, ahora era la envidia de todos los chicos reunidos en Las Tres Escobas. Ser estrujado contra el generoso busto de Rosmerta Ryan era el sueño erótico de todo joven varón heterosexual que cursara estudios en Hogwarts.
-Te dejas ver poquísimo por aquí -la reprendió la tabernera cuando se cansó de abrazarla y decidió que podía permitirle respirar un rato. A la joven no se le pasó por alto la forma en que la miraba de arriba abajo con ojo crítico. En lo referente a valorar su constitución Rosmerta, segura de que Maeve estaba "flaca como un palo y plana como la tabla de planchar" porque comía poco y mal, podría hacer equipo con Poppy Pomfrey,- ¿Acaso te dan demasiado trabajo ahí arriba?
-No te preocupes. A partir de ahora me vas a ver con tanta frecuencia que creerás que vivo aquí -replicó Maeve sin ocultar su desesperación.
Ante la curiosidad de la mujer, Maeve le prometió que se lo contaría todo si encontraba para ella algo de comer y cerveza de verdad en menos de cinco minutos. Rosmerta, que amaba un buen cotilleo tanto como los escotes escandalosos a lo Dolly Parton, se apresuró a despejar una mesa ocupada por una parejita de Quinto que llevaba un buen rato sin consumir nada que no fueran ellos mismos -¡esto no es un hotel!, les recriminó- y obligó a Maeve a acomodarse allí. Le sobraron dos minutos para cumplir su parte del trato. Maeve, en justa correspondencia, le explicó cuanto se podía contar del asunto de las vigilancias en Hogsmeade sin comprometer el buen nombre de Severus.
-Así que me tendrás por aquí casi todos los meses -concluyó, tomando un buen bocado del pastel de Rosmerta para quitarse el mal sabor de boca que todavía le causaba aquella encerrona de su amigo.
-No lo digas como si hablaras de cumplir un castigo, Maeve. Vas a tener que pasarme el calendario de todas las salidas programadas -dijo Rosmerta con picardía- No quiero que ese bombón aparezca por aquí y me pille con las raíces sin retocar.
Maeve bufó con todo su desprecio.
-Si ese bombón aparece por aquí, estará demasiado ocupado admirando su reflejo en cualquier superficie lo bastante pulida como para fijarse en tus raíces o incluso en tu...
Los ojos de Maeve se desviaron contra su voluntad al amplio y exhuberante escote de Rosmerta. Era imposible no reparar en él, a menos que uno fuese Lockhart, y no reparara más que en uno mismo.
-...presencia -concluyó diplomáticamente.
-Qué exagerada -le reprochó Rosmerta -Todas las chicas están que se les cae la baba con él. Dicen que es un caballero, que es encantador, que es el héroe de sus sueños... No puede ser tan malo, mujer.
Maeve se mordió la lengua para no responder a eso como le pedía el cuerpo, y dejó de mordérsela por miedo a envenenarse. Antes de la hora de la comida ya había tenido que enviar al castillo a tres alumnos de Tercero empachados de los dulces de Honeydukes, recoger los datos y facturas de dos comerciantes a los que la escuela tendría que abonarles los desperfectos causados en sus negocios y confiscar a los gemelos Weasley cinco lotes de materiales potencialmente peligrosos adquiridos en Zonko que intentaban pasar a la escuela de contrabando. Y todo ello sin ayuda, porque cada vez que surgía un imprevisto Lockhart no estaba en ningún lugar localizable. Por supuesto, cuando por fin lo encontró pasadas las dos de la tarde -dándole palique a cuatro arrobadas amas de casa cuarentonas de Hogsmeade, que no podían creerse que estuvieran hablando con el famosísimo, guapísimo, prestigiosísimo, ísimo en general Gilderoy Lockhart- le soltó una encendida filípica que le aseguraría un lugar de honor en el infierno católico debido al volumen de blasfemias por frase. Y por supuesto, Lockhart, después de pasarse toda la bronca con aire de no saber dónde esconderse, recuperó su desenvoltura y adujo el enfado de Maeve a que estaba celosa y a que no sabía entender que él, en primer lugar, se debía a su público. Maeve, por no partirle la cara, lo había dejado plantado en mitad de Hogsmeade para irse a comer algo jurándole que si se atrevía a seguirla sería una estrella mediática capada.
-No me hagas hablar -gruñó antes de tomarse un trago de cerveza.
-¡Hey, profesora!
-¿Qué hace usted comiendo sola? ¿No está con el profesor Lockhart?
Fred y George Weasley se habían plantado junto a la mesa, sonrientes y ruborizados como en ellos era costumbre cada vez que se dirigían a Maeve. Ella sospechó de inmediato que tenían otro lote de productos no autorizados escondido por alguna parte e intentaban colársela.
-¿No estaban ustedes con la señorita Johnson? –les preguntó a su vez.
-Está ahí, con Lee –repuso George, volviéndose para lanzar un burlón saludo a su compañera de equipo.
La muchacha, sentada junto a Jordan en una mesa cercana a la puerta, le respondió con un gesto obsceno de su dedo sin importarle que la profesora la estuviera mirando.
-Intentamos ponérselo fácil, pero no hay manera –añadió Fred con picardía- No conseguirá que Angelina salga con él ni aunque la hechice con un imperius.
-Nos ha salido inútil este Lee...
-No aprende ni a la de tres, hermano.
Maeve intercambió con Rosmerta una mirada llena de sorna y luego miró a los gemelos con una ceja arqueada.
-¿Se supone que ustedes son sus maestros? –inquirió.
Rosmerta rió sin disimulo ante el color rojo encendido que se apoderó de la cara de los muchachos.
-Bueno; algo podemos enseñarle –replicó Fred, enrojeciendo un poco más aunque pareciera imposible.
-No somos unos completos ignorantes en el tema, ¿sabe? –aseguró George, metiéndose las manos nerviosamente en los bolsillos de la chaqueta.
-Podríamos decir que... se nos da bien.
-Bastante bien, de hecho.
Las caras de ambos chicos parecieron a punto de incendiarse cuando Maeve levantó todavía más su ceja y se echó a reír, incapaz de mantenerse seria ante lo que estaba oyendo.
-¿No era bastante temer por el mobiliario del colegio a cuenta de ustedes? ¿Ahora voy a tener que preocuparme porque también les rompan el corazón a sus compañeras?
Fred y George Weasley aún sonreían con una timidez y arrobo absolutamente impropios de ellos cuando a sugerencia de Maeve se marcharon para unirse a sus amigos en la mesa de la entrada.
-Estos dos son terroríficos –comentó Maeve, divertida, viéndolos marchar- A su madre deberían darle una medalla al mérito por no haberse muerto ya del disgusto. Creo que intentaban despistarme de alguna barbaridad que andan liando…
Rosmerta meneó la cabeza, sonriendo maliciosamente.
-Los tienes locos, ¿no te has dado cuenta?
Maeve la miró escandalizada.
-¡Pero…! ¿Qué dices? –protestó.
No se lo podía creer. Primero Severus y ahora Rosmerta… ¿Qué manía les había dado a todos con los Weasley?
-Mientras han estado aquí no me han echado el ojo al escote ni una sola vez y a ti, en cambio, te miraban como si fueran a derretirse –aseguró la tabernera.
Maeve hizo una mueca de incredulidad y disgusto.
-Me aprecian como profesora y les gusta mi asignatura, nada más. Eso que dices es...
-Natural como la vida misma, querida. Eres joven y bonita en medio de un claustro de momias. Lo raro es que no tengas a más niños babeando por ti. Deberías sentirte halagada. Son muy monos –observó, pícara- ... Y gemelos, además.
Maeve casi se atragantó con su cerveza al oírla.
-¡Estoy segura de que el simple hecho de decir eso que acabas de decir es delito en varios países! –le recriminó a la tabernera, disgustada- Así que fingiré no haberlo oído. Podrían ser tus hijos, Rosmerta. Qué vergüenza...
Rosmerta iba a contestar algo agudo y escandaloso cuando fueron interrumpidas por un terrible revuelo que se armó en el local. Un chico de Tercero había entrado gritando algo que Maeve no pudo entender en medio del barullo general y de repente la mitad de los clientes de Las Tres Escobas se precipitó con entusiasmo hacia la salida. Maeve frunció el ceño con preocupación y disgusto y se levantó de inmediato. Según su experiencia, aquella actitud significaba pelea.
Era demasiado pedir un sábado sin trifulcas, pensó exasperada.
El espectáculo golpeó sus ojos apenas salió de la posada. Llegó a tiempo de ver cómo el enorme puño de Jonathan Collins impactaba brutalmente contra el rostro de Damien Larroux, a quien tenían inmovilizado Khalid Mirza y Christopher Cushing, otros dos Gryffindor de Quinto. La fuerza del golpe envió al de Slytherin al suelo. Pero ante los horrorizados ojos de Maeve Collins no sólo no se dio por satisfecho sino que comenzó a descargar feroces patadas contra el estómago del enemigo caído mientras que Mirza hacía lo propio con sus riñones y Cushing se apartaba para dejarles todo el terreno libre a sus amigos. Mirza pareció cansarse enseguida, pero Collins estaba totalmente enloquecido, fuera de sí, sin poder ni querer parar
-¡Repítelo! –bramó el de Gryffindor vertiendo todo su odio en forma de patadas sobre el cuerpo del rival, sin reparar en donde impactaban sus botas, sin medir su fuerza, sin que la posibilidad de matar al otro pareciera capaz de detenerlo- ¡Vuelve a decir lo que le has dicho a Lara, hijo de puta! ¡Dímelo a mí si tienes huevos!
Por un momento la violencia animal de la situación paralizó a Maeve, cuya mirada incrédula no quería asumir el hecho de que nadie, absolutamente nadie de entre todos los presentes, estaba haciendo nada por detener aquella barbaridad. Ni siquiera Lara Vodianov, la causa probable de la pelea, que lloraba sujeta a una amiga de Ravenclaw. Ni siquiera Charles Fraser, que contemplaba la paliza de la que era víctima su compañero de casa sin mover un dedo y con una repulsiva y feroz sonrisa de satisfacción dibujada en los labios. La indignación por la crueldad que vio en aquel rostro fue lo que logró por fin imponerse a la nausea y desbloqueó a Maeve, quien se abrió paso entre el círculo de espectadores a voces y codazos.
-¡Deténgase, Collins! ¡He dicho que se detenga! ¿Es que no me oye? ¡Basta, Collins! ¡BASTA!
Apartó de un empujón a Mirza, que le bloqueaba el paso y se abalanzó sin dudarlo contra el agresor para sujetarlo y apartarlo de Lerroux justo a tiempo de evitar una patada dirigida contra su cabeza. Pese a ser mucho más baja y delgada que el trastornado muchacho los brazos de Maeve se ciñeron como cuerdas de acero en torno a su cuerpo, implacables, sometiéndolo hasta que él tuvo que desistir de liberarse.
-¿SE HA VUELTO LOCO? –gritó Maeve a todo lo que daban sus pulmones, zarandeando al de Gryffindor hasta obligarle a mirarla a la cara- ¿Qué demonios se creía que estaba haciendo, Collins? ¿No ve que ha podido matarlo?
Collins no contestó, limitándose a mirar con odio al enemigo que yacía ovillado e inmóvil en el suelo y respirar agitadamente, sus puños todavía crispados por el deseo de seguir golpeando. Maeve retrocedió hasta Lerroux sin dar la espalda a Collins ni a Mirza, advirtiendo a este último con un severo gesto de la mano que se mantuviera lejos.
-¿Está bien, Lerroux? ¿Puede hablar? ¿Puede moverse?
El de Slytherin despegó de la nieve su rostro horriblemente ensangrentado y asintió con suavidad. Maeve lo ayudó a incorporarse hasta que pudo sostenerse de rodillas. Luego se irguió y dejó deslizarse su mirada de Lerroux a sus atacantes, y de estos a Vodianov, y de ésta a Fraser, y con cada segundo que pasaba sentía la ira y el asco acercarse más y más al punto de ebullición dentro de su estómago.
-Quiero una explicación y van a dármela. ¡AHORA!
-¡Que se la dé ese hijo de puta de Slytherin, profesora!
-¡MIRZA! –bramó Maeve.
-¡Es verdad! –le apoyó Cushing- ¡Él lo ha empezado todo! ¡Lleva todo el curso metiéndose con Lara, haciéndola llorar...!
-¡MENTIRA! –rugió Lerroux, escupiendo sangre.
-¿Vas a negarlo, payaso? –le retó Collins, echando fuego por los ojos- ¿No te basta con llamarla sangresucia que ahora vas a acusarla también de mentirosa?
-¿Y desde cuando a un Gryffindor le ofende la verdad? –terció la voz arrogante y complacida de Charles Fraser
-¡SEÑOR FRASER, CÁLLESE!
-¿Qué es Vodianov sino una sangresucia? –continuó Fraser, dejando claro el poco respeto que le merecía la autoridad de su profesora- ¿Por qué no vamos a poder decirlo alto y claro, Collins?
Maeve tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para evitar que el aludido embistiera otra vez, y fue sólo gracias a la providencial ayuda de los Weasley -Percy y los gemelos- que también Mirza y Cushing pudieron ser contenidos. Decenas de murmullos indignados empezaron a surgir de entre el público ante el comentario de Fraser.
-¡BASTA! ¡QUIETOS TODOS O LES JURO QUE VAN A LAMENTARLO! ¡NO QUIERO OIR UNA SOLA PALABRA MÁS! ¿ME OYEN?
Aunque la persona de Maeve proyectara autoridad y furia, por dentro estaba muerta de miedo. Lo que había empezado como una pelea por cuestiones personales podía desembocar fácilmente en batalla campal si continuaba aquella escalada de insultos entre miembros de casas enemigas. Y ella estaba sola frente a la responsabilidad de evitarlo, abandonada una vez más por un Lockhart que se hallaba oportunamente en paradero desconocido.
-¿Tienen razón, señor Lerroux? –Maeve se había acercado al caído después de dejar la contención de Collins en manos de otros dos chicos mayores de Gryffindor-¿Es cierto que ha peleado con Lara Vodianov? ¿Se ha pasado con ella? ¿La ha insultado?
Maeve pudo sentir a su espalda el sollozo convulso de Vodianov al oír aquello. Lerroux miró de reojo a la chica y luego escupió sangre otra vez, rabioso, obstinadamente callado, los ojos fijos en la nieve teñida de escarlata. Maeve cerró los ojos entristecida. ¿En qué momento las cosas se le habían ido tanto de las manos? ¿Por qué no había podido evitar que aquello terminara así?
-Cien puntos menos para Slytherin por culpa de ustedes dos, –anunció, coreada por un murmullo de sorpresa, señalando a Lerroux y a Fraser- por hostigar a una compañera con insultos racistas. En cuanto a ustedes... –se volvió hacia los Gryffindor y levantó la voz para imponerse al coro de protestas que había empezado a surgir de entre los congregados- Cincuenta puntos menos para Collins por macarra. Cincuenta puntos menos para Mirza y Cushing por ayudarle rastreramente en número de tres contra uno. Cincuenta puntos menos...
-¡NO ES JUSTO, LA CULPA HA SIDO DE ESOS HIJOS DE P...! –vociferó Collins, forcejeando contra los que le sujetaban
-¡CINCUENTA PUNTOS MENOS PARA COLLINS POR INTERRUMPIRME! ¡Y otros cincuenta menos para Vodianov por alentar y consentir que sus compañeros se peleen por ella! ¡Y diez puntos menos para cada uno de los que han estado mirando sin intervenir! –añadió, girándose para abarcar con su mirada colérica a toda la concurrencia- ¿Cómo han podido quedarse ahí y no hacer nada, no intentar separarles, no avisarme... ? ¡Cualquier cosa! ¡Lo que fuera antes que estar cruzados de brazos... regodeándose en...! ¿Es que acaso les parece divertido ver cómo se da una paliza a alguien que no puede defenderse? ¿Ha merecido la pena el espectáculo? -rugió sarcástica antes de estallar- ¡Es vergonzoso lo que han hecho! ¿Me oyen? ¡VERGONZOSO!
Estaba temblando de cólera y su voz había enronquecido de tanto gritar. Sintió lágrimas de rabia quemarle los ojos. Su aliento levantaba pequeñas nubes de vaho al abandonar su boca en ráfagas aceleradas, confiriéndole un inquietante parecido con un dragón furioso. Lo cierto era que ya ninguno de los alumnos se atrevía a protestar y muy pocos a mirarla. La mayoría había clavado la vista en el suelo.
-Ustedes –dijo, señalando a los Gryffindor implicados- al castillo. AHORA. Fraser, quédese donde está hasta que yo le diga que puede moverse. Todos los demás, dispérsense de inmediato. Aquí ya no hay nada que ver.
El grupo se fue disolviendo en silencio. Maeve tomó de un brazo a Lara Vodianov cuando pasó por su lado, forzándola a mirarla.
-¿Era esto a lo que se refería cuando me dijo que usted se encargaría? -siseó- ¿Usar a sus amigos para que escarmentaran a Lerroux? ¿Se siente satisfecha?
Para su sorpresa, no vio la frialdad que esperaba en los clarísimos ojos de la muchacha. Descubrió en cambio auténtico horror, dolor profundo y genuino. La soltó como si quemara, asustada de lo confundida y furiosa que estaba con ella.
-Debió confiar en mí, señorita Vodianov –añadió en un susurro colérico.
Pronto sólo Maeve y unos cuantos Slytherin quedaron en mitad de la calle nevada, iluminados por la luz de una tarde que de pronto parecía gris y sucia.
-¿Será capaz de ponerse de pie y caminar? –le preguntó la mujer a Lerroux, tomándole con cuidado de un brazo – Vamos, apóyese en mí: tengo que llevarlo cuanto antes a la enfermería...
-Yo puedo acompañarle –se ofreció Fraser, sonriendo de forma extraña.
A Maeve no le pasó inadvertida la forma en que Lerroux se sobresaltó en sus brazos al oír aquello. Una luz roja empezó a palpitar en algún rincón del lado instintivo de su mente. Su cerebro revisó a toda prisa la secuencia de lo ocurrido, deteniéndose con especial malestar en el rostro cruel y satisfecho de Fraser mientras veía golpear a su compañero de casa. Sintió que algo extraño e importante se le estaba escapando. Y fue una sensación que la llenó de alarma.
-No será necesario, señor Fraser. Vaya con sus otros compañeros. Ya hablaremos más tarde usted y yo.
Ni Maeve ni su alumno de Sexto se dijeron una sola palabra más pero la agresividad de sus miradas habló a gritos por ambos. Fraser fue el primero en retirarse del duelo visual, escupiendo un desdeñoso "como usted diga, profesora" antes de alejarse. Maeve suspiró, hizo acopio de fuerzas e inició la subida al castillo cargando con Lerroux y con su propia y asfixiante sensación de impotencia, de pequeñez frente a las circunstancias, de inquietud. De derrota.
Al mismo tiempo, en el hall principal de la escuela, dos magos que creían haber visto de todo en sus vidas se habían quedado paralizados, sorprendidos en su camino hacia las mazmorras por la frenética actividad de los relojes de arena que llevaban la cuenta de los puntos de las casas. Permanecieron quietos, sin hablar, casi sin pestañear hasta que cesó el baile de gemas.
Cuando la locura se detuvo era imposible determinar cuántos puntos habían sido deducidos en total.
Ambos hombres se miraron con perplejidad y ninguno necesitó aplicar sus poderes de Legeremancia sobre el otro para saber que estaban pensando lo mismo.
Maeve.
Dumbledore fue el primero en romper el silencio, esbozando una sonrisa no demasiado afable y con los ojos menos chispeantes de lo que acostumbraba.
-Espero que esa brillante ocurrencia tuya de endosarle a Lockhart todo el año te esté compensando, muchacho -afirmó con ironía.
Era demasiado pedir que Lockhart reconociera su bochornosa actuación –o mejor dicho, no actuación- en el incidente de Hogsmeade y tuviera la prudencia de estarse callado a su regreso a Hogwarts un par de horas más tarde. Mientras le escuchaba pavonearse en la Sala de Personal sobre sus muchas cualidades para manejar conflictos entre adolescentes y lo muy rápido que él habría resuelto la situación de haber tenido oportunidad, Maeve recordó aquello que Severus solía decirle sobre su carácter; sobre cómo le recordaba a un mar de lava contenido por diques de hielo. E intentó con todas sus fuerzas pensar en la Antártida, en las cumbres del Himalaya, en glaciares islandeses... sólo para descubrir que ante la rabia que le provocaba aquel molesto idiota no había frío que valiera.
-Deberías haberme llamado y dejado el asunto en mis manos, encanto -dijo Lockhart pomposamente, y se puso una mano en el pecho con aire grandilocuente al asegurarle - Soy experto en...
-Eres experto en no estar nunca donde se te necesita y aparecer a balón pasado una vez está todo resuelto –le interrumpió Maeve, vomitando toneladas de veneno en cada sílaba mientras intentaba controlarse- ¿Me quieres explicar dónde demonios estabas metido cuando he tenido que detener yo sola un conato de linchamiento, jodido inútil?
-Ya estás sobreactuando otra vez, querida –protestó Lockhart como si estuviera ante una niña en pleno berrinche por un juguete y no en presencia de una colega poseída por una ira justificada de proporciones épicas- Llamar linchamiento a una riña estudiantil sin importancia... Tanto estrés te va a matar prematuramente. Me permito de nuevo sugerirte las técnicas chinas de...
Maeve intentó no escucharle porque sabía que si le escuchaba con atención acabaría matándole, y eso quedaría bastante feo e incongruente después del discurso anti-violencia que había dado delante de medio colegio. Lerroux estaba en la enfermería bajo los cuidados de Poppy con un pómulo hundido, tres costillas rotas y contusiones pulmonares que la enfermera no estaba segura de que no requiriesen el traslado a San Mungo. ¿Y aquel idiota se atrevía a llamarlo riña estudiantil sin importancia? Decididamente, tenía que poner el piloto automático y evadirse de los estúpidos comentarios de Lockhart si no quería acabar perdiendo los papeles. Estaba demasiado cansada para aguantar tonterías, demasiado furiosa, demasiado preocupada por la que se le venía encima. Los relojes de gemas del hall principal debían de estar temblando todavía a causa de la cantidad de puntos deducidos tras la reyerta, lo que le garantizaba una buena discusión al menos con Severus y Minerva, jefes de las casas más afectadas, y un considerable cabreo por parte de éstos puesto que no estaba dispuesta a retractarse de la sanción. Además, los seis implicados directos en el incidente iban a estar castigados hasta final de curso como que se llamaba Maeve Murphy, por mucho trabajo adicional que eso le supusiera. Y no podía olvidar que, sumado a todo eso y gracias al bastardo de Severus, le quedaban unos cuantos sábados de Hogsmeade que vigilar aguantando a aquel insoportable idiota que seguía hablando, y hablando, y hablando, haciendo a Maeve preguntarse si era posible sufrir un derrame cerebral sólo por escuchar tonterías.
-El problema, encanto, es que a esos chicos nadie les ha enseñado a resolver las cuestiones de honor como es propio entre magos -aseguró Lockhart atusándose el pelo y adoptando una pose solemne- Si estuvieran correctamente entrenados en las sutilezas de un duelo mágico, no les habría dado por dirimir sus diferencias como si fueran muggles de baja estofa. Yo podría enseñarles...
-¿A pegarse con el bolso? -sugirió Maeve venenosamente- ¿A atizarse con ramos de gardenias? ¿A competir por ver quién lleva más puntillas en la ropa interior?
Lockhart la observó desconcertado unos segundos mientras trataba de discernir si eso que acababa de oír era un insulto. Para consternación de Maeve decidió que no, como de costumbre.
-Tú y tu delicioso sentido del humor, querida -dijo, antes de volver a darle vueltas a su tema- Creo que, a la vista de estos desagradables incidentes, debería mostrar a los chicos cómo pelear con propiedad entre magos. Un duelo mágico es una tradición que no debería perderse, como me temo que está sucediendo desde que tenemos tantos chicos de familias muggles entre el alumnado... No me parece mal que se les permita estudiar aquí, ya que son magos y brujas después de todo, -se apresuró a aclarar- pero de ahí a adoptar sus burdas costumbres va un trecho, ¿no te parece, encanto?
Me parece que alguien debería partirte esa bocaza y convertirte en la Sonrisa Más Desdentada de Cualquier Año según la revista Corazón de Bruja, maldito cretino. Me parece que necesitas con urgencia que alguien te ponga en tu sitio y demuestre el patético inútil que eres. Me parece...
Maeve esbozó de pronto una muy amplia y muy falsa sonrisa, sus ojos brillando de maldad ante las posibilidades de lo que se le acababa de ocurrir. Tal vez ella no pudiera vapulear a un compañero por no estropear el ejemplo que quería darles a los chicos, pero sabía de alguien que jamás se había manifestado contrario a esa clase de métodos expeditivos.
Me parece que todavía le debo una a cierta persona que más que ponerte en tu sitio te clavaría a él a martillazos.
-Me parece, Gilderoy, que esa es una brillantísima idea -aseguró, procurando darle a su voz un tono de admiración rayano en la reverencia.
Daba igual que Maeve fingiera fatal. Frente a una sonrisa de admiración Lockhart era territorio conquistado. Se podía hacer con él lo que se quisiera.
-¿Verdad que sí? No sé cómo no se me ha ocurrido antes. ¿Crees que el profesor Flitwick estaría dispuesto a actuar como mi asistente? -preguntó, más para sí mismo que para ella.
Maeve se esforzó por contener su regocijo. Flitwick, que había sido Campeón de Duelo en su juventud, estaba plenamente cualificado para vencer a Lockhart de una forma contundente, pero ella estaba pensando en algo menos caritativo. Estaba pensando en regodeo, en humillación, en sangre. Bueno, tal vez en sangre no; pero en todo lo demás...
-¿Por qué no se lo pides a Snape? -sugirió, tan inocentemente que cualquiera con dos dedos de frente habría sospechado algo turbio en sus intenciones.
-¿Sevvie? No lo había pensado... No sé si es el adecuado. Ya sabes -añadió con suave desdén- los hechizos no son lo suyo. El pobrecillo es una rata de laboratorio, siempre con sus pociones y sus... cosas. No estoy seguro de que fuera a desenvolverse bien varita en mano.
La ceja derecha de Maeve actuó por voluntad propia, elevándose hasta parecer un signo de interrogación mientras su dueña pensaba en lo excepcionalmente bien que la rata de laboratorio se desenvolvía varita en mano y las amplias posibilidades que tenía la varita de Lockhart de acabar alojada en el recto de su propietario si ella jugaba bien sus cartas.
-Pero se trata de desplegar y transmitir ante los chicos tus fabulosas habilidades, ¿no, Gilderoy? ¿Y no crees que frente a alguien tan mediocre y mal dotado como Snape tú brillarías mucho más?
Ponerle a Lockhart la posibilidad de brillar en frente de las narices era como agitar un trapo ante un toro bravo. Las posibilidades de que embistiera eran casi del cien por cien.
-Tal vez deba planteárselo -admitió el rubio, pensativo.
-Plantéaselo, Gilderoy. Sin dudarlo -le animó Maeve, rebajándose incluso a pestañear delante del imbécil como veía hacer a las alumnas, bajo la premisa de que si eso reforzaba su ego y le convencía entonces merecía la pena hacerlo- Es más, plantéaselo ahora mismo aprovechando que está reunido con Albus, porque seguro que el Director te apoya. Y plantéaselo exactamente como me lo has planteado a mí. Lo de la rata de laboratorio y todo eso.
-¿No le molestará?
-Para nada... -aseguró Maeve, tan enfática que no podía ser natural y el otro debería haberse puesto en alerta- Es un tipo comprensivo, debajo de toda esa fachada de ogro. Seguro que entiende la necesidad de transmitirles tus imprescindibles enseñanzas a los chicos. Al fin y al cabo, ¿no son los alumnos lo primero para todo maestro vocacional como él?
La sonrisa petulante y el chispear de ojos de Lockhart, imaginando ya a buen seguro la exhibición de su talento y gloria que el tema prometía, le dijeron a Maeve que había mordido el anzuelo. Se sintió tan malévolamente satisfecha por su triunfo que tenía que ser pecado; era una gran ventaja ser atea y poder disfrutarlo sin remordimientos.
-Voy inmediatamente a decírselo -anunció Lockhart dando una vigorosa palmada- ¡Oh, va a ser memorable… !
Y salió en busca de Severus sin molestarse en darle a Maeve las gracias por la sugerencia, convencido ya, seguramente, de que en realidad la idea había sido sólo suya.
-Eso espero, encanto -musitó Maeve, sonriendo- Eso espero...
El Gran Salón nunca había respirado una atmósfera tan expectante y densa. Los rostros distinguibles en primera fila -casi todo chicas, casi todas maquilladas como para una cita, casi todas embobadas- se veían emocionados, llenos de curiosidad. Lockhart estaba disfrutando de toda aquella atención como un cerdo en un barrizal, pavoneándose por la tarima tendida para la demostración de duelo de un modo que habría hecho palidecer de envidia a una modelo de pasarela. Severus no le escuchaba. No le hacía falta hacerlo para saber que todo lo que estaba diciendo sobre el Ancestral Arte del Duelo y su propia maestría al respecto era una sarta de estupideces. En lugar de eso, inmóvil y silencioso en el rincón donde aguardaba su momento de entrar en escena, dejó vagar los ojos por la masa de alumnos apiñados en torno a la tarima y más allá, hasta el fondo del Gran Salón, donde algunos de sus compañeros estaban discretamente congregados para no perderse el espectáculo.
Sabía que habían intentado apostar sobre el resultado del duelo. Y que al descubrir su unanimidad respecto a quién saldría victorioso y quién pulverizado, la apuesta se había trasladado a cuál sería el hechizo con el que Severus mandaría a Lockhart al paredón de los perdedores. Lo sabía por Maeve, su informante del devenir de las apuestas en las dos semanas que llevaban circulando.
La descubrió cerca de la puerta, entre Filius Flitwick y Charity Burbage. Probablemente era la habitante de Hogwarts que más estaba disfrutando con todo aquello. No podía reprochárselo. Vengarse en un solo golpe de él por endosarle todos los fines de semana en Hogsmeade y de Lockhart por existir era como para hacer levitar de placer a cualquiera que supiera, como él mismo le había dicho, apreciar la sutileza en el arte de la guerra.
Ya se lo haría pagar antes o después, se prometió mientras le sostenía la mirada a través del Gran Salón y trataba de no parecer demasiado divertido con el asunto. Intentó dotar a su expresión de toda la antipatía y desprecio que era capaz de mostrar y respondió con su más desdeñoso arqueo de ceja a la sonrisa burlona que ella le lanzó. Si era honesto consigo mismo, no podía negar que una parte de sí sentía un inconfesable y nada pequeño placer ante la idea de que Maeve lo estuviera mirando. La sensación lo ruborizaba un poco, haciéndolo sentirse rebajado al nivel de un estúpido adolescente crecido por los ánimos de su novia cuando ni él era lo uno ni ella lo otro. Y sin embargo decir que era una sensación desagradable sería mentir como un bellaco. Si no fuera por lo mucho que odiaba verse envuelto en aquella payasada, se sentiría feliz de estar haciéndola feliz.
Apestas a cursilería barata, Severus. Me das pena, se mofó su voz interior.
CALLA.
-¿Profesor Snape?
La voz de Lockhart había sonado impaciente, como si llevara un rato llamándole y siendo ignorado. Cosa que probablemente era cierta. Pendiente de retarse con Maeve Severus había perdido por completo -si es que en algún momento lo había llegado a seguir- el hilo de las idioteces de su colega. Bufando desdeñosamente abandonó su sombrío puesto de observación y avanzó por la tarima dorada –DORADA- hasta estar a un par de metros de Lockhart, mirando con horror la recargada decoración a base de velitas flotantes. Claro que qué iba a esperarse de un idiota cuya idea de prepararse para una sesión de duelo consistía en dejarse los rulos el doble del tiempo habitual y vestirse como para una recepción en el Ministerio -¿Color ciruela? ¿Es que este tipo no tiene el menor sentido del ridículo?- con más adornos encima que la Reina María Antonieta en un baile de gala.
-...Dice que sabe un poquito sobre el arte de batirse, y ha accedido desinteresadamente a ayudarme en...
Severus crispó los dedos en torno a su varita, que parecía arder en deseos de ser utilizada. Se preguntó si desde el Ministerio se avendrían a considerar perdonable el uso de una Imperdonable con aquel patán. Deberían, puesto que librar al mundo de aquel cretino mononeuronal sería un acto de civismo y salud pública en toda regla.
-Pero no quiero que os preocupéis los más jóvenes: no os quedaréis sin profesor de Pociones después de esta demostración, ¡no temáis! –concluyó Lockhart con su más amplia sonrisa y su mejor guiño de "soy un conquistador de primera así como quien no quiere la cosa", levantando un suspiro colectivo entre el sector femenino de la audiencia.
Severus agradeció haber cenado poco porque de lo contrario ahora mismo estaría vomitando. Y pensar que podría estar haciendo algo útil, como revisar su almacén privado de ingredientes para determinar si el cuerno de bicornio y la piel de serpiente arbórea africana eran lo único que le habían sustraído. O corregir las horribles redacciones que le habían entregado el día anterior los de Sexto. O mirar al techo y contar telarañas. O cualquier cosa que no fuera soportar las memeces de aquel presuntuoso cretino...
-Sevvie –sintió susurrar a Lockhart con impaciencia- Vamos...
Severus se dignó mirarle al fin y vio que le estaba haciendo señas presuntamente claras de algo que él no lograba figurarse. Arqueó una ceja con todo el inquisitivo desprecio del que era capaz.
-El saludo, venga –explicó Lockhart entre dientes, sin perder la fabulosa sonrisa con que agasajaba a las alumnas mayores que lo miraban sin parpadear.
Si se pudiera matar con los ojos en un sentido no figurado, Lockhart ya sería hombre muerto. Severus apretó los labios hasta hacerse daño e hizo una sobria inclinación de cabeza, sin poder creerse la absurda e historiada reverencia estilo Luis XIV con que le correspondió su oponente. A los renovados y desvergonzados suspiros femeninos que surgieron de entre el público se unió algún que otro bufido de joven varón desdeñoso y un sonido más lejano, no por sofocado y atenuado por la distancia menos inconfundible para Severus: la risa de Maeve. Una extraña y cálida ola de sentimiento inundó su pecho. Su experiencia le decía que si enfrentándose a otro tipo escuchaba risas, estas iban invariablemente por él. Su experiencia de ella, sin embargo, le decía exactamente lo contrario. Y nunca creyó que un detalle así de trivial y nimio pudiera provocar gratitud y placer tan devastadores.
-Como veis, sostenemos nuestras varitas en la posición de combate convencional –explicó la estrella a la concurrencia, haciendo nuevamente señas disimuladas a su colega para que éste lo imitara.
Severus no pudo contener una sonrisa llena de veneno mientras se preguntaba, viendo cómo Lockhart sujetaba y alzaba su varita, si pretendía batirse con él o estaba haciendo mediciones para retratarlo al óleo. Un enemigo de verdad ya lo habría reducido a cenizas humeantes sin la menor compasión por su más que obvia incompetencia. Casi se sintió tentado de ser clemente, ablandado por la tibieza de saberse observado y apoyado por Maeve. Valoró realmente la posibilidad de darle algo de margen a aquel idiota que ahora mismo estaba dando por hecho en voz alta que él no quería matarle, de permitirle lanzar al menos un par de hechizos antes de dejarle por el inútil que era, de retrasar un poco...
-Vamos, Sevvie: una... dos... tres...
¿Eso que acababa de hacer Lockhart había sido guiñarle seductoramente el ojo? ¿A él? ¿Delante de todo el colegio? ¿Y qué cuernos pretendía hacer el jodido idiota adoptando aquella postura, bailar "El lago de los cisnes"?
¡Merlín, a la mierda el margen!, decidió, exasperado.
Y todo el Gran Salón tembló bajo la rotundidad del expelliarmus que brotó de sus labios.
Algunas me habíais manifestado vuestras ganas de llegar a la escena del Club de Duelo: aquí la tenéis. Espero no haberos decepcionado.
Os sigo invitando a comentar tanto lo que os gusta como lo que no; por insistir, que no quede XD
Un beso a todos/as. Gracias por haber llegado hasta aquí.
