Capítulo XII: escuchando a las serpientes, sean cobras, víboras o profesores de Pociones, se pueden llegar a aprender y descubrir muchas cosas. El problema es cuando a estas últimas no las escuchas realmente, sino que filtras todo lo que dicen a través de tus ideas falsas sobre lo que sintieron o sienten por ti... Así no hay forma de avanzar hacia la verdad.
CAPÍTULO XII: EL CHICO QUE SUSURRABA A LAS SERPIENTES
Normalmente Gilderoy Lockhart se demoraba a la salida de sus clases, siempre dispuesto a darse un baño de popularidad y admiración a cargo de las alumnas que invariablemente lo rodeaban para retener su atención con alguna pregunta más o menos absurda. Pero era increíble lo que una defenestración pública podía hacer a la hora de cambiar costumbres. Maeve, que pasaba junto al aula de DCAO en el momento en que el timbre señalaba el fin de la clase, se sorprendió de la velocidad con que Lockhart abandonó el aula para así esquivar las miradas heridas de sus enamoradas platónicas, incapaces de perdonar a su ídolo que se hubiera dejado humillar por el feo, desagradable, odioso, horrible en general profesor de Pociones. Era improbable que esa insólito ataque de humildad fuera a durarle mucho a Lockhart, pero mientras les fuera posible disfrutarlo sus hastiados colegas lo harían a conciencia.
Y todos ellos sin excepción ardían de gratitud hacia Severus por el maravilloso regalo que les había hecho.
Aunque seguro que ninguno ardía de la misma manera que ella, se recordó Maeve, irónica, molesta una vez más con su propia incapacidad para imponerse al anhelo que Severus le despertaba y domar la forma devastadora en que ese hombre apelaba a su carnalidad desde el día en que posó por vez primera sus ojos en él siendo una cría. No era normal que lo presenciado en el Gran Salón la hubiera puesto tan absurdamente enferma de deseo que no hubiera podido apenas pegar ojo en toda la noche. Pero había percibido algo tan singular y único en Severus, en su majestuosidad oscura y su sobriedad, algo tan contenido y a la vez tan poderosamente masculino que se había sentido bombardeada en el mismo núcleo de su condición de mujer, sintiendo cómo cada minúsculo rincón de su cuerpo se incendiaba de necesidad de llenarse de él.
Dicho de una forma menos rebuscada: se había puesto tan cachonda viendo a Severus batirse con el imbécil que le ardían las mejillas de vergüenza sólo de pensarlo. El día menos pensado empezarás a maullar por las esquinas como una gata en celo, se recriminó con dureza mientras dejaba de mirar cómo Lockhart se batía en discreta retirada y retomaba su camino hacia el despacho de Dumbledore.
Sus dedos aún ateridos por el frío del exterior –donde se había desatado una fuerte tormenta de nieve- rozaron la nota del Director al buscar refugio en el bolsillo de su abrigo. La había recibido durante la primera clase de la mañana vía búho y no había dejado de darle vueltas a lo que Dumbledore querría decir con ese enigmático "arrojar luz con tus conocimientos sobre un inquietante asunto". Aunque sospechaba que podía tener que ver con lo sucedido en el Club de Duelo después de que ella y los otros profesores salieran del Gran Salón. Ninguno había querido quedarse una vez puesto Lockhart en su sitio, conscientes de que aquel había sido el momento insuperable de la velada y de que si se quedaban a ver las prácticas duelísticas de los alumnos sólo estarían poniendo en peligro su integridad física. Sin embargo, la noticia de que Harry Potter había hablado en pársel a la serpiente surgida de la varita de Draco Malfoy ya era de conocimiento general antes de que amaneciera. Incluso ella, que había estado lejos del castillo durante la noche entregada a sus labores de proyeccionista de películas educativas para los demiguises, se había enterado. El requerimiento de Dumbledore tenía que referirse a ese incidente. Todo en Hogwarts aquella mañana parecía referirse a aquél incidente.
-Sorbete de limón –le dijo a la gárgola, preguntándose cuándo le daría al Director por poner contraseñas normales que no lo hicieran sentir a uno abochornado al pronunciarlas.
La enorme puerta de roble adornada con la aldaba en forma de grifo se abrió sola cuando ella estuvo a menos de tres pasos. Maeve entró al despacho y lo primero en que repararó fue en el lamentable estado del pobre Fawkes, que a juzgar por el decaimiento y falta de plumas de que hacía gala debía de estar ya muy próximo a otra ignición y renacimiento. El fénix abrió para ella sus ojos cansados y emitió algo que recordaba vagamente a su hermoso canto pero se parecía más al sonido de un órgano de iglesia desafinado que además tuviera problemas en las salidas de aire. Lo segundo en que reparó fue en la oscura presencia de Severus, de pie junto a una estantería, serio y rígido como no le había visto en mucho tiempo, mirándola cruzado de brazos de una manera que habría hecho a cualquiera de los alumnos del colegio querer que se los tragara la tierra
Ella, sin embargo, sólo podía pensar en ser tragada por él.
La idea, reforzada por la sorpresa y regocijo de verlo inesperadamente, se apoderó por un momento de sus mejillas, cubriéndolas de un rojo suave que deseó con todas sus fuerzas que pudiera pasar por un efecto del fuerte cambio de temperatura entre los helados pasillos y el caldeado despacho. Se quitó de inmediato la bufanda y el abrigo, esperando que el gesto la eximiera de tener que pronunciar el consabido -y comprometido- ¿parece que hace calor, no?
-No sabía que hubiera reunión general -le dijo, sin querer reparar en ese algo extraño que había ahora en los ojos de él al mirarla y que siempre conseguía invadirla de la clase de inquietud que no debería sentir.
-Y no la hay. Albus sólo quiere hablar con nosotros dos -replicó él, su voz densa y fría como un témpano.
Maeve estaba a punto de preguntarle qué era lo que iba mal cuando la pregunta de él se le adelantó, portando la fuerza de un latigazo al golpear sus oídos.
-¿Dónde te metiste anoche?
Dio un respingo involuntario al oírle. No era la primera vez que escuchaba aquellas palabras saliendo de sus labios ni tampoco le era desconocido el tono en que habían sido dichas, por más que quisiera convencerse de que el parecido sólo existía dentro de su mente. Algo similar a la explosión de una flor de fuego con pétalos afilados giró enloquecido dentro de su pecho hasta hacerle difícil, casi imposible respirar. Era la misma pregunta –casi con idéntica urgencia, casi con el mismo matiz posesivo de preocupación y rabia y demanda- que él le había hecho casi once años atrás dentro de su almacén, en su primer encuentro después de su primera noche, tras más de veinticuatro horas sin verla, justo antes de atraparla entre su cuerpo y la estantería y besarla con tanta desesperación como si ella guardara en los rincones de su boca las respuestas que él anhelaba. Sobrecogida por un escalofrío que era a medias nostalgia y dolor, Maeve se forzó a cerrar los ojos y mirar hacia otro lado mientras terminaba de quitarse el abrigo, no queriendo ver en el rostro de Severus cómo él no tenía que fingir que aquello no le recordaba nada porque realmente no le recordaba nada.
-Los demiguises –replicó- Hemos empezado por fin con la proyección de películas y no podemos dejarlo ahora, si queremos que para el período de celo...
-¿Y tenías que hacerlo de noche?
La excesiva contención en su manera de hablar era perfectamente reconocible para Maeve como reflejo de un hondo, intenso, corrosivo enojo. Se volvió hacia él, que la miraba con la cabeza ligeramente ladeada, impasible e inquisitivo. De haber podido ver sus manos, Maeve se habría dado cuenta de la furia con que se estaban crispando. Pero Severus sabía lo que se hacía al cruzarse de brazos.
-Sí, tenía que hacerlo de noche –resopló ella.
-No me parece en absoluto prudente que estés a esas horas a la intemperie lejos del castillo.
-Pues díselo a Minerva: es ella la que está empeñada en que proyecte mis horribles películas en un horario en que no haya peligro para los menores. Por lo visto cree que ver a dos monos jodiendo puede darle ideas peligrosas a los chicos; como si los chicos necesitaran que les den ideas en ese aspecto... Además -añadió con sorna- ¿no fuiste tú el que dijo que los ataques sólo se habían producido dentro del castillo y que, por tanto, no se corría ningún peligro al aire libre?
Interpretó el brillo en los ojos de Severus como simple malestar de ver sus propias palabras usadas como argumento contra él. No podía imaginar qué él la había buscado la noche anterior tras el incidente de la serpiente ansioso por compartir su diversión por lo ocurrido con Lockhart, sediento de beberse sus risas, fantaseando con que ella hubiera encontrado el observarlo a él tan excitante como él ser observado por ella. No podía imaginar que al no encontrarla no se había sentido simplemente contrariado. No podía imaginar que las profundidades de su decepción hubieran llegado tan hasta el centro mismo de sus dolores e inseguridades, enfrentado al anticipo de lo que sucedería cuando ella -porque se marchara de Hogwarts, porque siguiera con su vida, porque conociera a otro- dejara de estar para él donde y cuando la necesitaba. No podía imaginar que se había odiado a sí mismo por seguir sintiéndola suya, que había querido odiarla por ello y no había sido capaz y eso le había vuelto loco de despecho.
No podía imaginarse todo eso porque él no le permitiría sospecharlo siquiera, así que se quedó una vez más con la versión incompleta e inexacta de los sentimientos que asomaban a esos ojos oscuros que la taladraban.
-Irías acompañada, al menos.
-Claro -replicó Maeve, pensando que era prácticamente cierto y que no tenía por qué especificar que Hagrid se había marchado a los quince minutos al sentir los ladridos de Fang y que ya no había vuelto, ocupado, según le había dicho durante el desayuno, en limpiar el desaguisado que algún zorro había armado en su gallinero. Esgrimió una sonrisa malévola para añadir- ¿Has pensado en adoptar un cachorrito, Severus? Tanto paternalismo reprimido va a acabar perjudicando tu salud.
Severus no tuvo opción a replicar porque la puerta que comunicaba el despacho con las habitaciones de Dumbledore se abrió justo en ese momento. El Director los miró con ojos divertidos, reparando de inmediato en la tensión que los rodeaba a ambos como un halo de electricidad estática.
-Qué bien que ya habéis llegado -les saludó- Pero por mí no os calléis, seguid con lo que estabais hablando.
-Ignoraba que a los molestos rebuznos que Maeve emite se los pudiera englobar bajo el término hablar –respondió Severus con su mejor cara de asco.
-Creo que alguien se ha tomado su café demasiado amargo esta mañana -repuso Maeve burlona.
-Creo que alguien está mucho más guapa callada.
-Vete a la mierda, chico.
Dumbledore les observó mientras se sentaban uno al lado del otro frente a su escritorio, adoptando posturas casi simétricas con los brazos y las piernas cruzadas y los rostros vueltos hacia él aunque las miradas, en absoluto tan agresivas como sus palabras pudieran sugerir, se empeñaran en buscarse de reojo. Decididamente, pensó con regocijo, conocía pocos casos de sintonía más llamativos que el de esos dos muchachos. Era un milagro lo bien que lo ocultaban en publico.
Y una tragedia que algo así hubiera tenido que truncarse.
Tiempo al tiempo, Albus.
-Supongo que los dos os imagináis por qué os he llamado -les dijo después de sentarse también- La escuela es un hervidero de rumores después de lo que sucedió ayer en el Club de Duelo y me es imposible determinar qué es verdad y qué exageración o directamente fantasía. Me gustaría saber tu versión, Severus: tú estabas delante de Harry cuando sucedió lo de la serpiente.
Severus carraspeó e inició un detallado -y ácido, sobre todo en lo referente a Potter- informe del suceso, aunque no llegó demasiado lejos en su relato de los hechos.
-¿Una mulga? -le interrumpió Maeve, escandalizada- ¿Draco Malfoy conjuró una mulga para lanzársela a otro chico?
-¿Perdona?
-¡Eso que estás describiendo es una pseudechis australis! ¡Una mulga! ¡Una serpiente rey australiana!
-¿Y a mí qué me cuentas? -escupió Severus- ¿Acaso tengo cara de herpetólogo?
-¡Es una de las serpientes venenosas más grandes y agresivas del mundo! ¡Produce una cantidad de veneno que quintuplica la cantidad estándar que puede ordeñarse de una víbora!
-¿Y...?
-¿Cómo que y? -bramó Maeve, levantando ambas manos en un gesto de incredulidad- ¡Nuestros alumnos no pueden ir por ahí conjurando serpientes que podrían matar por neurotoxicidad a un elefante en cuestión de minutos!
-¿Qué sugieres que saquen de sus varitas para atacar al enemigo? -repuso Severus con sorna- ¿Colibríes?
-¿Y por qué no les dais directamente un kalashnikov para que se tiroteen por los pasillos?
Dumbledore carraspeó para llamarlos a ambos al orden, pero sólo consiguió que la indignación de Maeve se volviera hacia su persona.
-¿Intento meter en la cabeza de unos alcornoques de Quinto que la violencia está mal pero resulta que las normas de la escuela les permiten tirarse serpientes venenosas de metro y medio como si nada?
-Los duelos mágicos funcionan así, Maeve -explicó Dumbledore con tranquilidad- Estoy seguro de que en tu casa, teniendo tres primos varones, estarías más que acostumbrada a...
-En mi casa los niños resolvíamos las discusiones echando pulsos, como personas civilizadas -afirmó Maeve- Si mi abuelo llega a pillar a alguno de mis primos sacando una bicha de esas de su varita lo cuelga por los...
-¿Te importaría mucho dejarme terminar, Maeve? -la interrumpió Severus, irritado- En diez minutos me toca doble hora con Ravenclaw y Hufflepuff de Primero, y si tengo que aguantar a la chalada de Lovegood y a ese desastre de Marie Nylund con dolor de cabeza por tu culpa, no respondo de lo que pueda suceder.
-¡Como si necesitaras un dolor de cabeza para portarte como un...!
-Maeve... -le advirtió Dumbledore.
Ella apretó la mandíbula y volvió a cruzarse de brazos pero obedeció y se mantuvo en silencio mientras Severus terminaba de relatar el incidente.
-Así que tú no crees que Harry intentara lanzarle la serpiente a Justin Finch-Flechtley -concluyó Dumbledore.
-¿Bromeas? El día que al memo de Potter se le ocurra algo la décima parte de retorcido que eso, yo me meto a monja -replicó el profesor de Pociones con acidez.
Dumbledore le lanzó una mirada reprobadora ante la que él se limitó a encogerse de hombros. El Director suspiró resignado.
-Y en tu opinión, sí que habló en pársel.
-Desde luego, sonaba como pársel y la serpiente al oírle desistió de lo que quiera que fuese a hacer. Si fue por obedecer a una orden suya o simple casualidad ya no podría asegurarlo. He oído hablar pársel y sé reconocerlo, pero de ahí no paso.
Los ojos de Dumbledore se volvieron de inmediato hacia Maeve, calculadores y penetrantes.
-¿Tú podrías determinarlo?
Para sorpresa de Severus, Maeve no contestó con el "¿Estás loco?" que él esperaba sino que ladeó la cabeza con evidente interés en su expresión.
-¿Si Harry habla pársel?
-Parece claro que habla pársel; me interesa determinar de qué tipo de pársel se trata -puntualizó Dumbledore.
-¿Tipos de pársel? -inquirió Severus sin intentar ocultar su perplejidad.
-¿Acaso piensas que todas las serpientes hablan igual? -replicó Maeve, como si fuese evidente que no era así y absurdo creer lo contrario- Hay cerca de tres mil especies distintas y un hablante de pársel suele reflejar las características fonéticas del género al que está acostumbrado a dirigirse. Ishimwe Umuoza, por ejemplo, podía comunicarse con cualquier serpiente pero su pársel estaba plagado de las eses serradas de las mambas negras con los quiebros característicos de...
-¿El brujo de Karisoke habla pársel?
Era extraño ver a Severus sorprendido y más extraño aún verle manifestarlo abiertamente. Resultaban más que evidentes, pensó Dumbledore, las razones que habían hecho a Severus caer en su día preso del encanto de Maeve. Para un chico ya de vuelta de todo como era él a los veintiún años, conocer a alguien que aún pudiera sorprenderle debía de haber sido devastador.
-Todos los brujos batwa hablan pársel, Severus. Concretamente, el dialecto de las elapidae, lo cual, por ejemplo, le hacía a Ishimwe un poco difícil entenderse con las constrictoras, cuya fonética es bastante más tosca en cuanto a eses y sin embargo mucho más rica en efes y ...
-Frena un poco, Maeve -la cortó Severus, pinzándose el puente de la nariz con los dedos en aquel gesto tan suyo de exasperación- ¿Tú cómo sabes todo eso si no hablas pársel?
-Porque me lo enseñó mi abuelo.
-¿Tu abuelo hablaba pársel? -gritó Severus
-¡Por supuesto que no! -Maeve lo miró como si estuviera loco por sugerir semejante cosa- Pero no hace falta hablar un idioma para poder escucharlo. Si uno se toma el tiempo y la molestia precisos, puede llegar a comprender por encima a una serpiente, aunque no pueda responderle si carece del don, por supuesto. Y mi abuelo se pasó cerca de treinta años estudiando a las serpientes. Fueron la gran pasión de su juventud e iba camino de convertirse en el mayor herpetólogo de la historia mágica, y de la no mágica también, hasta que según la abuela le ocurrió algo que le quitó para siempre las ganas de tratar con serpientes. No sé el qué, él nunca hablaba de eso...
En su asombro Severus apenas acertaba a parpadear.
-Y tú entiendes el pársel -le dijo a ella, quien se limitó a encogerse de hombros.
-Por encima -insistió- Es decir, si escucho a un crótalo de California probablemente no me entere de una mierda de lo que dice, pero podría distinguirlo con los ojos cerrados de una pitón, o incluso de una cobra. Y de aproximar sus medidas, si me concentro lo bastante.
-Suficiente para determinar si Harry, como sospecho, habla el pársel de alguien habituado a entenderse con una serpiente de gran tamaño -intervino Dumbledore.
Severus no prestó atención a las implicaciones de lo que estaba sugiriendo el director. Miraba a Maeve como si nunca la hubiera visto antes, pensando en el peculiar grupo familiar que le había transmitido sus genes y en cuyo seno se había criado. Prestigiosos investigadores en distintos campos de la ciencia mágica, Oclumantes sin pretenderlo, defensores a ultranza de los muggles, poseedores de su propia banshee, capaces de plantar batalla frente a diez Mortífagos aun privados de sus varitas, con suficiente espíritu de clan como para que sus primos renunciaran a Hogwarts y prefirieran educarse en casa antes que poner un pie en una institución donde no había lugar para la joya de la familia... Y ahora resultaba que también estudiantes de pársel, algo que Severus estaba seguro de no haber oído de ninguna otra gente. Cuando se torturaba pensando en los hijos que no tendría con Maeve nunca pensaba en si serían magos o squibs ni en si eso le importaría una mierda; de lo que estaba seguro -más cada día que pasaba, más con cada nueva cosa que sabía- era de que siendo sangre de la sangre de ella habrían sido unos seres humanos excepcionales.
-Los Murphy sois una gente muy rara -gruñó.
Maeve arqueó una ceja y le respondió burlona.
-Habló el vástago de los Prince, más conocidos como "tenemos más nariz que escrúpulos".
Dumbledore no pudo contener una carcajada, sabiendo que Maeve acababa de citar textualmente a su abuelo. Declan Murphy había sido compañero de curso y no precisamente amigo de Drusilla Prince, una tía abuela de Severus. Su antipatía por aquella familia se había convertido en verdadero desprecio al saberse que Aloyssius Prince, el hermano de su vieja enemiga del colegio, había desheredado y retirado la palabra a su hija Eileen por prometerse a un muggle. ¿Qué clase de escoria le vuelve la espalda a su propia sangre, Albus? , le había dicho un indignado Declan mientras compartían un whisky en su biblioteca de Ballingarry. Ni siquiera merece ser llamado animal: ningún animal decente hace semejante cosa. Claro que qué se puede esperar de esos repugnantes y estirados mastuerzos... No dejaba de ser irónico que ahora él tuviera allí a los nietos de ambos patriarcas, picándose amablemente mentando a sus respectivas familias, amigos -más que amigos, en realidad- a pesar del mucho dolor que atesoraba su pasado común. Y probablemente Declan no habría tenido nada que objetar. La Naturaleza, Albus, solía decir, tiene una sorprendente manera de enderezar en minutos lo que los hombres empleamos siglos en torcer.
-Me gustaría que hablaras con Harry, Maeve; que evaluaras con tranquilidad las características de su pársel -dijo el Director, abortando lo que se perfilaba como otro ágil intercambio de agudezas en el que no tenía tiempo para deleitarse- Y que lo tranquilizaras un poco, también. Estoy seguro de que entre ayer y hoy ha oído cosas acerca de su don que lo han asustado.
-Haré lo que pueda, pero está claro que el margen de actuación contra los prejuicios que circulan por Hogwarts es tirando a estrecho -replicó Maeve.
Ambos magos supieron que hablaba desde la amargura que aún le producía el incidente de Hogsmeade. Ninguno consideró prudente decir nada al respecto. Los intentos de Dumbledore por hacerle reconsiderar su decisión de sancionar a todos los implicados incluido Lerroux habían sido más infructuosos que darse de cabezazos contra la pared. Y Severus ya estaba cansado de tener la misma discusión con ella, de no poder meter en su dura mollera que tanto el padre de Lerroux como el de Fraser -éste último sobre todo- tenían demasiados contactos entre los Mortífagos como para que le conviniera irritarlos castigando a sus hijos por algo que, además, había sido culpa de los Gryffindors.
Ninguno iba a tratar de razonar con ella. Conocían a la mujer demasiado bien como para pensar que podían hacerle cambiar de opinión una vez se le metía algo entre ceja y ceja.
-No quiero reteneros más -dijo Dumbledore, invitándoles con un gesto a levantarse- Sé que ambos tenéis clase ahora. Infórmame cuando tengas tiempo para evaluar a Harry, Maeve. En cuanto a ti, Severus, considera lo que hemos hablado antes.
-¿Lo que habéis hablado antes? -le susurró Maeve mientras iban hacia la puerta.
-No quieres saberlo -replicó él.
Maeve puso los ojos en blanco.
-O sea, que se trata de Lucius Malfoy -aventuró.
Severus no quiso contestar. Todavía tenía que digerir la idea de pasar lejos de Maeve la Navidad que esperaba compartir con ella. Su segunda Navidad bajo el mismo techo, y la primera que pasarían realmente juntos; no como la del año anterior, en la que toda la inmensidad de Hogwarts se les había hecho poco espacio para esquivarse el uno al otro. Para una vez en su vida que esas fechas prometían ser algo más que un auténtico asco y tenía que venir el Puto Sacrosanto Bien Mayor a joderlo todo...
-Nunca me dijiste que entendieras pársel por encima -dijo mientras sostenía la puerta para que ella saliera.
Maeve se encogió de hombros y sus labios dibujaron una sonrisa burlona que a Severus, sin embargo, se le antojó triste.
-No estuvimos juntos suficiente tiempo como para que llegaras a saberlo todo de mí.
El silencio de plomo y hielo que cayó entre ellos podría haber durado horas o décimas de segundo, ninguno de los dos registrando más que lo que contenían los ojos del otro al cruzar una mirada que fue comprensión y un poco de remordimiento y tal vez, bailando en medio de aquel fuego cruzado de tristeza y lástima, algo parecido al anhelo que ambos se dijeron que estaban malinterpretando.
No fueron conscientes de haberse quedado congelados junto a la puerta hasta que Filius Flitwick irrumpió entre ellos y en el despacho, pálido, gritando que acababan de encontrar otras dos víctimas petrificadas.
-Adelante, señor Potter.
Harry nunca había estado en unas instalaciones veterinarias y lo primero que vino a su mente fue que todo -desde los olores a la falta absoluta de silencio- era radicalmente distinto de la enfermería de la señora Pomfrey, que ya había visitado unas cuantas veces. Las criaturas que se podían ver dentro de las grandes y espaciosas pero nada impolutas jaulas estaban haciendo un ruido de mil demonios y mostraban tanta vitalidad que el chico no pudo menos que preguntarse de qué estarían enfermas exactamente. Distinguió a Maeve en el fondo de la clínica sentada cerca de la percha en la que se posaba su halcón y ella le hizo señas de que se acercara. Mientras lo hacía, Harry sintió un escalofrío al reconocer, dentro de una de las jaulas, el cuerpo rígido y envuelto en mantas de la Señora Norris.
-¿Está bien? -fue lo primero que le preguntó a la profesora cuando estuvo cerca de ella, señalando hacia la gata.
Maeve asintió levemente con la cabeza.
-Está estable, al menos. Confío en que su organismo pueda aguantar los meses que quedan hasta que maduren las mandrágoras.
Harry tragó saliva, visiblemente consternado ante la implícita posibilidad de que el organismo de la gata pudiera no aguantar. Maeve se fustigó para sus adentros, recordándose que sólo era un niño y que no había necesidad de ser tan sincera.
-Yo no le hice eso -dijo Harry, apenas en un susurro- Ni a ninguno de los otros.
-Lo sé señor Potter.
-Alguna gente cree que sí -insistió el chico, aliviado por la respuesta de Maeve pero todavía apesadumbrado.
-Alguna gente todavía cree que la tierra es plana -bromeó Maeve- Venga, siéntese aquí.
Harry ocupó una de las sillas que había junto a una grande, limpia y pulida mesa de examen de metal. Reparó en varios cubículos de cristal que había expuestos a lo largo de otra superficie cercana, y en que todos contenían serpientes de distinto tamaño.
-¿Le ha explicado el Director para qué quería que viniera a verme?
Harry negó con la cabeza y tragó saliva otra vez. Maeve suspiró mirando al techo. Habría sido mucho pedir que Dumbledore fuera claro y facilitara las cosas por una vez en su vida. Maldito viejo cabrón pensó.
-Verá, señor Potter: usted puede hablar con las serpientes y eso es algo bastante inusual, como seguro que ya le habrán dicho. Inusual, no malo -puntualizó con rapidez al ver la expresión sombría que se apoderó del rostro de Harry- E inusual sólo en esta parte del mundo mágico mientras que en otras, allá donde las personas viven en mayor comunión con la naturaleza, es de lo más corriente.
El chico la observó con interés. Probablemente, se dijo Maeve, ninguna de las muchas cosas que había oído sobre su capacidad de hablar pársel a lo largo de la última semana se aproximaba a lo que ella acababa de decir. Distinguió el brillo de la curiosidad y el alivio tras el del cristal de las gafas del chico. Si uno obviaba la miopía que había heredado del padre casi era posible creer que estaba siendo escrutado por los penetrantes y hermosos ojos de Lily Potter. Maeve sintió un estremecimiento recorrer su columna dorsal. No era la primera vez que se preguntaba cómo Severus podía soportarlo; cómo sería para ella tener que ver los ojos de Severus en el hijo que hubiera tenido con otra mujer.
-Ya sé que se dice que todos los hechiceros oscuros de la historia han hablado pársel y de ahí se ha sacado una conclusión absurda -continuó tras aclararse la voz- Donde yo he vivido, en África, muchos brujos dominan el pársel y a ninguno se le ha ocurrido todavía dominar el mundo o hacer daño a los muggles. Demonizar un don porque gente que lo tenía hizo cosas cuestionables es injusto. Le aseguro que no hay nada de malo en hablar con las serpientes. ¿Sabe algo de serpientes? -preguntó- ¿Le gustan, señor Potter?
-No especialmente. Pero tampoco me asustan. Algunas son bonitas -reconoció el chico.
-Sí que lo son. Hay una cosa peculiar acerca de las serpientes, al igual que sucede con los búhos y con los gatos: todas ellas son criaturas mágicas, incluso las que no son exactamente mágicas como un ashwinder o un runespoor. Es por eso que tengo en el animalario muchos ejemplares que podrían verse en cualquier zoológico de Londres. Por supuesto -le aclaró- las especies peligrosas son ordeñadas con regularidad para sacarles el veneno, así que no tiene nada que temer.
-¿Va a sacarlas de ahí? -preguntó Harry con recelo.
Maeve sonrió, comprensiva. Una cosa era no asustarse de serpientes contenidas tras seguras paredes de cristal y otra tenerlas pululando por allí.
-De una en una -dijo, esperando que eso le tranquilizara- Antes de empezar, señor Potter, dígame algo en pársel. Lo que sea, lo primero que se le ocurra.
Harry la miró con absoluto desconcierto y tras unos largos segundos estrechó los ojos con gesto de concentración. Un par de veces abrió la boca como para ir a decir -o más bien silbar- algo, pero desistió. Su gesto delató su frustración.
-No me sale -dijo con disgusto.
-Bien; era exactamente lo que esperaba -replicó Maeve, y su tono satisfecho intrigó al chico- Igual que el magnetismo de un imán sólo se revela cerca del hierro, el pársel sólo se manifiesta frente a una serpiente. ¿A que eso tampoco se lo habían dicho? -añadió, guiñándole el ojo.
La sonrisa que había empezado a esbozar Harry se borró cuando vio cómo Maeve sacaba la primera serpiente de una de las cajas de cristal. Medía unos setenta centímetros y era de color cobrizo, con manchas negruzcas en forma de zigzag. Se dejó manipular con facilidad por las expertas manos enguantadas de Maeve, que la sostuvo en alto para que Harry la viera. Saighead chirrió con nerviosismo y disgusto, pero no se movió del sitio, haciendo gala de su disciplina.
-Este es Vitto, un aspid napolitano. Por lo general es muy tranquilo, y tiene bastante sentido del humor para ser una serpiente. Le diré lo que vamos a hacer. Yo voy a poner a Vitto sobre esta mesa y usted hablará con él.
-¿Y qué le digo? -gimió el chico con horror.
-Lo que se le ocurra. Yo sólo quiero ver y escuchar. ¿Listo?
Harry la miró sin demasiada convicción pero asintió: no se podía negar que era valiente. Maeve se acercó hasta la mesa y soltó a Vitto, que de inmediato se enroscó sobre sí mismo y emitió una serie de amenazadores silbidos. La respuesta de Harry fue tan inmediata y ágil como torpes habían sido sus titubeos anteriores: no había duda de que su don era auténtico. Maeve prestó todo su entrenado oído a los sonidos que salían de labios de Harry mientras observaba las reacciones de la serpiente, que también parecía escucharle con atención aunque a veces, a juzgar por las expresiones de frustración del chico, no terminara de obedecerle.
-Parece que no me entendiera bien, le he dicho que vaya justo hacia el lado contrario -se lamentó Harry, chasqueando la lengua.
Abundancia de eses serradas y quiebros bruscos, anotó Maeve para sus adentros. La familia de las víboras se expresaba más con la efe-zeta y sus sibilancias eran largas y lentas, siendo como eran serpientes bastante taciturnas. Harry se expresaba como alguien acostumbrado a hablar con un ofidio de gran riqueza léxica y fonética... aunque la intensidad y el volumen eran decididamente desconcertantes. Pasados unos minutos en los que confirmó su primera impresión, Maeve guardó a Vitto y sacó la segunda de las serpientes seleccionadas.
Esta vez Harry dio un indisimulado respingo. La cobra india de anteojos se había alzado amenazadoramente en cuanto Maeve la posó en la mesa, desplegando agresiva su capucha.
-No se preocupe, señor Potter, Savitri es muy espectacular pero ladra más que muerde. Además, -le recordó- está ordeñada. Y no le morderá porque usted puede controlarla. Y aunque no pudiera yo lo evitaría: confíe en mí.
Savitri siseó ante eso y Harry sonrió sin poder evitarlo.
-Usted le cae bien, creo -afirmó- La ha llamado "el mono parlante que me da ratones" y dice que es agradable.
Maeve miró a la cobra con una ceja arqueada.
-Qué ricura -masculló y luego preguntó, dirigiéndose a Harry- ¿La entiende mejor que a Vitto?
-Creo que sí...
Con los ojos fijos en los de Savitri, Harry comenzó a sisear de aquella forma extraña y desasosegante, y Maeve vio confirmada del todo su teoría. Las características del discurso de Harry y las del de la cobra diferían en muy poco, sólo en detalles superficiales como el volumen empleado por el chico, que seguía pareciéndole llamativamente alto.
-¿Se queja Savitri de que grita usted mucho? -le preguntó, mientras veía cómo la cobra erguida se balanceaba de un lado a otro absorta en lo que Harry le decía.
Los ojos del chico manifestaron tal sorpresa que Maeve supo que había dado en el clavo. Sonrió y agarró a Savitri con cuidado por la cabeza y la cola para devolverla a su jaula, entre furiosos silbidos y contorsiones del animal.
-No hace falta que me traduzca lo que está diciendo ahora, señor Potter -bromeó.
Harry rompió a reír. Maeve se alegró de verlo al fin tan relajado. Uno no tenía más que escuchar los rumores que circulaban por Hogwarts -y de los que era imposible evadirse, ya que estaban por todas partes incluso en medio de las vacaciones de Navidad, con tres cuartas partes de los alumnos fuera del colegio- para intuir el tormento que estaba pasando el pobre muchacho. Los prejuicios dentro de un grupo de niños podían llegar a ser tan crueles, tan dañinos...
Probaron otras dos serpientes más, una inofensiva culebra de agua llamada Claudette y la temible Dalton, un crótalo diamantino de Texas que mostró un comportamiento hacia el pársel de Harry muy similar al de Vitto. Más afin con el lenguaje de los elápidos que con el de los vipéridos, remarcó Maeve para sí.
-Ésta es la última prueba -anunció, sacando con esfuerzo, ya que pesaba cerca de cuarenta kilos, una hermosa pitón india de color amarillo y ocre- No se asuste por el tamaño: Kaa es, probablemente, la más pacífica de todas nuestras serpientes.
-¿Kaa? ¿Como en "El libro de la Selva" ? -inquirió Harry con ojos brillantes.
-¿Lo conoce? -se sorprendió Maeve, que se dio cuenta de inmediato de lo injustificado de su sorpresa. Acostumbrada a pensar en Harry como el hijo de James y Lily, olvidaba a menudo que se había criado entre muggles.
-Mi primo Dudley la estaba viendo una vez, en el vídeo de casa y… bueno... Vi un poco. Desde la puerta –añadió con cierta tristeza- Era graciosa con eso de los ojos... ya sabe... -dijo, haciendo la forma de una espiral con su dedo índice.
Había visto un poco desde la puerta. Maeve sintió que la ahogaba su propia bilis. Sabía por Hagrid en qué condiciones había vivido y aún vivía Harry en casa de sus tíos. Era intolerable que alguien abusara así de la indefensión de un chico y era más horrible aún que tuvieran que permitirlo por razones de seguridad.
-Bueno. Me temo que esta Kaa no hace nada gracioso con los ojos -bromeó, no queriendo arriesgarse a tocar el tema de los Dursley y acabar diciendo alguna barbaridad- De hecho, no hace nada de nada: es la cosa más vaga que he visto en mi vida.
Como para darle la razón, Kaa trepó lentamente por su brazo hasta acomodarse aldededor de sus hombros como un chal, buscando la comodidad y el calor que emanaba del cuerpo de la mujer. Cerró sus ojos inmediatamente con intención de seguir con su siesta, siseando de tanto en tanto en respuesta a lo que le decía el muchacho.
-Me cuesta entenderla, pero creo que quiere que me calle y la deje dormir -aventuró Harry.
-¿Le cuesta entenderla?
-Sí. Mucho de lo que oigo suena a fffff-ffffff-fffff, como una persona que hablara con la boca llena de galletas o algo así... -explicó- Eso sí, habla altísimo. Es casi como si gritara en comparación con las otras. Y no parece que le moleste que yo hable alto.
Maeve acarició pensativa la cabeza de Kaa. Todos, absolutamente todos los datos que estaba recogiendo parecían confirmar la sospecha de Dumbledore. Y tenía el incómodo presentimiento de que eso no era bueno.
-Muchas gracias por su tiempo, señor Potter -le dijo un rato después, cuando le despidió- Ya sé que está de vacaciones y que tiene más cosas que hacer que pasarse la tarde con una profesora viendo serpientes.
-Gracias a usted. Por contarme lo que me ha contado y... bueno... ya sabe... por creer que no fui yo el que petrificó a Justin y a Colin y...
Sus ojos se desviaron de nuevo hacia la gata de Argus Filch, inmóvil como una figura policromada debajo de sus mantas. Incluso Maeve pudo advertir el escalofrío que recorrió el cuerpo del muchacho.
-Gracias -susurró una última vez.
Una hora más tarde, ordenadas y redactadas sus observaciones, Maeve devolvió las serpientes a sus respectivos cubículos del pabellón reptiliario, recogió todos los apuntes y libros que había llevado consigo, se guardó en el bolsillo del abrigo un pequeño bulto envuelto en gasa de algodón y salió hacia el castillo. Hacía una tarde hermosa, aunque muy fría. Parecía que las tormentas habían decidido darle una tregua navideña a Hogwarts y los chicos la estaban aprovechando bien, saliendo al exterior para apurar los pálidos rayos de sol invernal, practicar con sus escobas o hacer batallas de bolas de nieve. Era agradable ver a la gente contenta y las tensiones de los últimos meses disipadas, aunque sólo fuera por unos días. Soltó a Saighead para que ejercitara sus alas y el halcón se internó alto y lejos en el cielo de la tarde, planeando sobre el lago y el bosque con su certera y sobrecogedora elegancia. Volviendo de seguir el vuelo del halcón los ojos de Maeve encontraron a Damien Lerroux sentado en un banco, leyendo con atención lo que parecía una carta. Probablemente de su padre, en viaje de negocios por Oriente Medio durante las Navidades, motivo éste de que el chico se hubiera quedado a pasar las vacaciones en la escuela.
Aunque...
Maeve no reparó en el detalle hasta estar dentro del colegio: la carta que Lerroux había leído y luego doblado y guardado con cuidado en su bolsillo no estaba escrita en pergamino. Qué extraño. ¿Aristide Lerroux, aristócrata purasangre cuyas raíces familiares se remontaban a Alejandro Magno, escribiendo en papel como los muggles?
Todo lo que rodeaba a aquel muchacho y a su historia de violencia y rencor con el grupo de Lara Vodianov la tenía cada vez más desconcertada. Sentía deseos de volver a preguntar a Severus al respecto, pero no quería terminar discutiendo -otra vez- con él. Sus negativas a darle información y sus advertencias de que se mantuviera al margen de los asuntos de Slytherin siempre conseguían sacarla de sus casillas. Al principio, cuando las tomaba por absurdo corporativismo de él para con su casa, se había sentido desautorizada e insultada. Ahora que comprendía la verdadera naturaleza protectora de la actitud de Severus -que obrando así sólo quería mantenerla lejos del interés de Malfoy y de todos los otros ex-Mortífagos que tenían a sus hijos en Slytherin- era igual o peor; ella nunca había sido persona que llevara bien el ser protegida contra su voluntad.
Suspiró, indecisa. Quería resolver el problema de Lerroux pero sabía que sacar el tema les llevaría a pelear otra vez. Y pelearse en serio con Severus era lo último que deseaba hacer.
-Adelante -dijo la voz de Severus a través de la gruesa puerta de su despacho después de que Maeve llamara con los nudillos. Le distinguió enseguida sentado en su escritorio, sosteniendo la pluma de masacrar exámenes y concentrado en la víctima actual de su agresividad correctiva con el pelo tapándole la cara- Haz el favor de no dejar lo que quiera que traigas tirado de cualquier manera encima de mi escritorio: a algunos nos gusta el orden.
-Es increíble -se maravilló Maeve con cierto sarcasmo mientras dejaba sus bártulos y abrigo tirados de cualquier manera encima de una silla- No te has molestado en mirar quien entra y aún así sabes a ciencia cierta que soy yo y que traigo cosas. ¿Te ha brotado un ojo interior como a Trelawney?
Aquello hizo a Severus levantar la mirada por fin y clavarla mordazmente en la recién llegada.
-Tú siempre traes cosas. No conozco a nadie que tenga los brazos tan ocupados como tú. Cuando no son libros son cacharros de tu zoológico y cuando no ese horrible sapo de Longbottom que siempre está en cualquier parte menos donde debe. Además ¿quién más iba a tener la estúpida idea de acercarse a mi despacho en medio de las vacaciones?
-Podría haber sido Draco Malfoy viniendo a hacerte un poco más la pelota -aventuró Maeve con ironía, dejándose caer en otra silla.
Severus hizo un gesto displicente con la mano izquierda.
-Se te distingue perfectamente de cualquiera con los ojos cerrados. Tu olor es inconfundible.
Maeve se puso pálida al oír eso. Y luego roja, muy roja. Y se obligó a no esconder los ojos para no parecer cobarde aunque sabía que de ese modo permitiría a Severus leer en ellos. Y sorprendentemente, por un instante, le pareció que ella no era la única desconcertada por lo que Severus acababa de decir. Pero no podía ser, se dijo, que los dos estuvieran turbados por lo mismo: Severus parecía confuso sólo por verla confusa a ella, no porque...
No era posible que él se hubiera referido sin querer a...
Por supuesto que no, idiota, se dijo, y se recordó con crueldad que habían vivido dos historias diferentes. Que en el mejor de los casos él recordaría su breve aventura sexual como un simple y nada memorable alivio de sus necesidades físicas, sin ninguna sensación digna de retenerse en la piel, sin ningún recuerdo digno de ser archivado en la memoria. Sin embargo el rojo rabioso que teñía el rostro de Maeve estaba encontrando un pálido pero evidente reflejo en el rosa suave y fugaz que quería avivar las mejillas de él y ninguno parecía capaz de romper el silencio.
Hasta que él esgrimió aquella temible mueca burlona que le arqueaba ligeramente el labio superior y Maeve, creyendo entender a qué se había referido, volvió a respirar y trató de convencerse de que su suspiro era de alivio y no de decepción. Logró sonreir desenfadadamente, adoptando con bastante fidelidad el tono y cadencia de la voz de él mientras recitaba:
-No espero que llegues a entender la belleza de una jaula rebosando restos orgánicos y marcas territoriales por los cuatro costados, con sus efluvios mareantes, el delicado poder de los líquidos que pueden arrojarte esas condenadas criaturas y se desliza a través de las ropas humanas, aturdiendo la mente, saturando los sentidos...
-Lo primero que deberías hacer antes de intentar parodiar mi discurso de bienvenida a los de Primero -la interrumpió Severus con recobrado aplomo y sorna, enarcando una ceja- es corregir ese espantoso acento que tienes. Yo hablo inglés, no lo maltrato.
Fueron impresionantes los reflejos con que Severus atrapó el proyectil que Maeve, riendo, arrojó contra su cabeza.
-¡Eh, todavía estás ágil! -dijo ella con exagerada sorpresa, como si se dirigiera a un anciano de ochenta años y no a un hombre que estaba a punto de cumplir los treinta y tres.
Severus le regaló otra mueca de desdén y observó con aire crítico el pequeño bulto que sostenía en su mano. Parecía haber algo blando y tremendamente ligero bajo la tela de algodón y la forma en que Maeve sonreía era, a su juicio, digna de toda desconfianza.
-Ábrelo, hombre -le animó ella- Es tu regalo adelantado de Navidad. El bueno te lo daré después de la cena de...
Algo en la expresión de Severus la hizo callar. El hombre se quedó congelado a mitad del gesto de desenvolver el bulto y apretó los labios sin disimular su disgusto. El cabrón de Dumbledore, por supuesto, no podía tener el detalle de decírselo a Maeve. No. Tenía que dejarle a él el placer de transmitir las buenas noticias.
-Me marcho esta noche a Wiltshire. Volveré el día de Año Nuevo -dijo lacónicamente, sin mirarla.
-Oh.
-Trabajo. Supongo que entiendes...
-No tienes que explicarme nada.
-Iba a decírtelo -mintió él con aplomo.
-Seguro. Da igual. Sólo son unas estúpidas e irritantes fiestas puestas arbitrariamente en el calendario -repuso ella mirándose las manos- Era mentira... Lo del otro regalo, quiero decir. No suelo hacer regalos por Navidad, ¿sabes? No son unas fechas que me resulten alegres con todo eso de la gente querida que me falta y... Bueno, soy atea. ¿Qué sentido tiene hacer regalos para celebrar un cumpleaños en el que no crees y que no te importa? -dijo, con una desenvoltura forzada que le puso a Severus un pequeño nudo en la garganta- Eso que te he dado es sólo una broma, no...
Severus desenrolló la tela sin atreverse a mirar a Maeve, herido por la decepción que vibraba en su voz y maldiciéndose por volver a estar abandonándola, aunque fuera por unos días y en un grado ínfimo, a instancias de la maldita Causa. Aun así tuvo que contener la risa al descubrir lo que había bajo la tela. Cogió el pellejo de serpiente por un extremo y lo desplegó. Cerca de metro y medio de un ingrediente para pociones carísimo y difícil de conseguir. No estaba nada mal.
- Sé que te quedaste sin existencias de piel de serpiente arbórea africana después del robo en tu almacén y esta mañana cuando preparaba las serpientes para Harry descubrí que Kunta Kinte, la mamba verde, había mudado. ¿No te parece una casualidad estupenda? -preguntó, divertida por la cara de él y, aunque su voz todavía sonara triste, feliz de poder cambiar de tema.
-Y yo pensando que los milagros navideños no existen -se mofó Severus antes de preguntar en el mismo tono- ¿Qué tal la audición de Potter?
-Reveladora. Y redundante. No sé por qué Albus se toma la molestia de comprobar lo que sospecha cuando sabe que siempre está en lo cierto -resopló Maeve- Harry habla el pársel de alguien acostumbrado a tratar con una serpiente grande. Muy grande. Del calibre de una constrictora pero no una constrictora. Un elápido, seguramente, y uno cercano a las cobras. Me inclino por un Ophiophagus hannah modificado de alguna forma para tener el diámetro monstruoso de una anaconda...
-¿Todo eso tiene que decirme algo?
-No. En realidad sólo te utilizo para ensayar el resumen que voy a hacerle al viejo dentro de un rato -Maeve suspiró y miró su reloj de pulsera, con gesto contrariado- Me temo que debo irme ya. Albus quería verme a la hora del té y todavía tengo que ducharme y...
-Maeve, escúchame un momento.
Severus se había levantado y ahora estaba cerca de ella, demasiado cerca para la tranquilidad de ambos. Maeve se detuvo en medio de la tarea de recoger lo que había dejado tirado en la silla, sorprendida por la caricia de terciopelo que era la voz de él cuando sonaba así, seria, genuinamente amable, honestamente preocupada sin el aura de agresividad del que solía revestirse a modo de defensa.
Un sonido que conocía pero casi había olvidado.
-Siento tener que irme. Aunque sólo sean unas estúpidas e irritantes fiestas...
Dejó la frase en suspenso, dando por hecho que no necesitaba decir lo que preferiría. Maeve se encogió de hombros con aire indiferente pero sintió que le flojeaban las piernas cuando se volvió a él cargada con sus cosas y vio sus ojos. Quiso gritarle que no tenía derecho a mirarla así -como la miraba cuando parecía que la quería- ni a decir las cosas que decía a veces; que dejara de jugar de esa forma con sus obstinados reductos de esperanza porque el hecho de que lo hiciera desde la inconsciencia y sin ánimo de dañarla no hacía el dolor menos cruel.
Pero no dijo nada de eso, por supuesto. A una no debía importarle cómo la mirase un amigo del que no esperaba ni anhelaba más que su amistad. Tendría que estar ya muy por encima de ello.
-Es trabajo, tú lo has dicho -replicó con tanto aplomo como pudo reunir- No me importa.
La sonrisa amablemente burlona de Severus le recordó que fingía fatal.
-Estaré de vuelta en unos días. No hagas ninguna tontería, ¿vale?
El corazón de Maeve se detuvo un momento lo bastante largo como para empezar a marearse y después arrancó de nuevo a una velocidad que no podía ser sana: Severus había posado una mano sobre su hombro y ella, sencillamente, creía haber retrocedido de golpe once años en el tiempo. Y al igual que hacía once años, quería morirse y no tenía voz con que replicarle.
-Deja en paz a Lerroux, deja en paz a Fraser -añadió él- Sé que los dos se quedarán en Hogwarts durante las vacaciones y quiero que me prometas que te mantendrás alejada de ellos. Ya es suficiente con esa tontería del castigo. No trates de mediar, no trates de investigar, no te metas en algo que puede venirte grande mientras no sepamos...
-¿No exageras un poco, chico?
La mandíbula tensa de Severus podía expresar más que mil palabras cuidadosamente seleccionadas, y ahora hablaba extensamente y a gritos de la preocupación de él, de su inquietud, de su enfado por no ser capaz de meter en la dura cabeza de ella la importancia de saber mantenerse al margen. Maeve se sintió mal por no poder tranquilizarle y ser honesta al mismo tiempo. Y también mareada por su cercanía. Zarandeada por sus deseos inviables como un muñeco de trapo en manos de un niño. Quemada a través de varias capas de ropa por el contacto de la mano de él sobre su hombro. Perforada por la mirada exigente e intensa de él sin saber, sin imaginar siquiera que el único pensamiento que avivaba el fuego tras esos ojos preocupados era el de su propia cercanía. Que aun cuando sólo debería estar preocupado por la seguridad de Maeve durante su ausencia, Severus no podía ignorar la forma en que su proximidad y su olor -dulce, cálido, cítrico, limpio, embriagador, realmente inconfundible por mucho que hubiera querido disfrazar de broma su desliz de antes- amenazaban con forzarle a hacer una tontería.
-Ten cuidado -insistió.
-Lo intentaré, ¿vale?
Era todo lo que Maeve podía prometerle. Y salir de allí casi corriendo, lo único que pudo hacer para no acabar cediendo al devastador deseo de abrazarle hasta perderse en él.
-Nos vemos en unos días, Severus.
Espero que el capítulo no se os haya hecho pesado con tanta serpiente. De vez en cuando, me apetece recordar que Maeve es zoóloga y eso implica llenar los párrafos de nombres rarunos, sorry. Al menos he intentado compensarlo con un poco de tensión sexual no resuelta, que es algo que siempre anima.
NOTAS:
-Todo lo referente a las variaciones dialectales del pársel, a que fuera del Primer Mundo lo hablan muchos brujos y demás, es cien por cien aportación mía. Ustedes disculpen mi atrevimiento.
-A grandes rasgos, los elápidos son la familia de serpientes que agrupa a las cobras y las mambas africanas, mientras que los vipéridos incluyen a las vívoras y los aspides.
-Por si alguien se lo pregunta, la bicha imaginaria que describe Maeve tras su recogida de datos (aunque ella no lo sabe) sí es Nagini. Yo me la imagino así de fea.
-Supongo que todos sabéis que Kaa, la serpiente, es uno de los protagonistas de "El libro de la selva", tanto en el libro como en la versión animada de Disney. Kunta Kinte, por si no os suena, era el protagonista de la mítica serie "Raices" (un esclavo bantú en los Estados Confederados de la Guerra de Secesión).
-Me he tomado la libertad de ponerle nombre al abuelo y la tía abuela maternos de Severus. Si he violado algún canon, ustedes disculpen de nuevo.
