Capítulo XIII: Cuando los actos de dos personas separadas por la distancia manifiestan cierta clase de simetría, cuando la una piensa en la otra de formas que podrían superponerse, cuando incluso sus fantasías parecen sintonizar en la misma frecuencia… ¿Podríamos decir que forman un todo aunque ellos crean que no? La respuesta (o no) en las lineas que siguen.
CAPÍTULO XIII: FRAGMENTOS DE UNA NAVIDAD EXTRAÑA
Sólo un momento más…
Sólo cinco minutos más, y prometo…
Navidad, nueve de la mañana. Hora de levantarse y participar del ritual aun sin tener las menores ganas de ello. Para eso había dejado hechas todas las tareas del zoológico por la noche. Hagrid ya la estaría esperando en el Gran Salón para darle un horrible aunque enternecedor regalo y todos se mostrarían más o menos contentos y más tarde, en la comida, Dumbledore se pondría pesado con los villancicos y acabaría convirtiendo los postres en una espantosa cacofonía. Con suerte entre eso, las idioteces de Lockhart y la visita que pensaba hacer a Poppy en la enfermería, le quedaría poco tiempo para pensar en la ausencia de Severus.
Pero si mantenía los ojos cerrados Severus estaba allí, con ella. Tal y como le había soñado en todos aquellos años de mañanas de Navidad amanecidas a solas. Ningún amante le había durado más de seis meses y ninguno había compartido con ella esas fechas que sin ser consciente le había consagrado a él. Ninguna compañía era mejor que recordarle. Sólo imaginar que estaba –estar, simplemente estar- junto a Severus ya era mejor que cualquier otra cosa que hubiera podido hacer con cualquier otro.
Sólo cinco minutos más…
En su imaginación Severus se veía absolutamente adorable, como siempre que acababan de hacer el amor, con la somnolencia apoderándose de su voz y de sus ojos y dotando cada uno de sus gestos de una peculiar, perezosa dulzura.
-¿Qué haces?
-Olerte.
Maldecía cada dos por tres a Severus por haber pronunciado aquellas palabras en su despacho unos días antes. De entre todas las estupideces que le podía haber dicho para tomarle el pelo tenía que haber escogido esa, precisamente esa…
Nunca había imaginado que algo como eso –Severus oliéndola, rozándola con su nariz por todo el cuerpo, inhalándola, respirando los distintos matices de su esencia como si fuera lo más placentero que hubiera hecho en su vida- pudiera excitarla y conmoverla así. A Severus le gustaba olerle el pelo cuando estaba recién lavado, olerle el cuello cuando venía a él después de estar al aire libre, oler el velo de sudor que adornaba su piel tras la intensidad de los jadeos y los abrazos, olerse en su boca después de haber estado en ella. Le gustaba olfatearla hasta aprenderse todos sus olores de memoria y había en ese gesto un algo casi dulce y a la vez profundamente instintivo y animal que la hacía incendiarse de anhelo por él aunque acabara de tenerlo dentro sólo un minuto antes.
-Yo no huelo a nada, chico –protestó, sin molestarse en que realmente pareciera que estaba protestando.
-Crees que no hueles a nada porque estás habituada a tu propio olor y saturada de olores mucho más fuertes a causa de tus bichos, pero te equivocas- susurró Severus mientras la punta de su nariz le acariciaba el lóbulo de la oreja enviando una tormenta eléctrica a su bajo vientre, todavía hipersensible tras las atenciones de hacía un rato.
A veces, cuando la obsesionaba el temor de estar obsesionada con Severus, trataba de convencerse de que en realidad tal beso, tal caricia, tal postura, los recordaba de cualquier otro de los hombres que había tenido. Pero en eso no había autoengaño posible. Eso –olfatearla como si fuera una delicia- sólo lo había hecho él.
Levántate, chica. Te espera esa magnífica realidad en la que Severus no está contigo bajo las sábanas quejándose del lío en que tus vueltas las han convertido como si él no hubiera contribuido a desordenarlas…
Pero sólo eran cinco minutos más, se dijo. ¿Qué mal hacía, en realidad? ¿No era la Navidad un tiempo para el recuerdo y todo eso?
Pero tú no estás recordando. El Severus que ves no es el que fue tu amante. Le ves tal y como es ahora. Estás fantaseando otra maldita vez, Maeve.
Por alguna razón –posiblemente por agotamiento- cada vez luchaba menos contra sus fantasías. Y eso estaba mal. Muy mal.
-Ahora es cuando me dices que huelo a cuadra y yo tengo que matarte –bromeó, tratando de esconderle su incipiente excitación porque a veces la asustaba un poco que él la supiera tan expuesta, tan entregada, tan irremediablemente suya.
-¿Quieres saber a qué me hueles? – la nariz de Severus describió la curva que unía su axila con su seno, recreándose con cada partícula de olor a ella que emanaba de esos centímetros de piel- Hueles a espacios abiertos y a esa sangre de banshee que te corre por las venas y un poco al té como te gusta tomarlo, con un toque de corteza de naranja. Hueles dulce aunque sabes salada. Hueles a limpio incluso embadurnada de tierra hasta las orejas. Hueles a calor. Hueles a lo que me gusta que huela una mujer, sin contaminar, sin disfraces, sin artificios. Y a veces, como ahora, también hueles un poco a mí.
Maeve había descubierto que existía algo todavía mejor que hacer el amor con Severus y era eso que él estaba haciendo ahora: hacerle el amor con la voz y envolverla en un abrazo de insospechada ternura y respirar en el hueco donde su garganta se unía a la clavícula como si quisiera saturar su olfato de ella. Como si quisiera llenarse de ella.
-Y siento que podría reconocerte en una habitación llena de gente con los ojos cerrados porque tu olor, Maeve, es inconfundible
Maeve abrió los ojos, clavó la mirada en el dosel de su cama, y contó las hojas de acanto del brocado hasta sentir que su respiración empezaba a serenarse.
Maldito seas, Severus.
De entre todas las palabras…
Cinco minutos más. Sólo cinco minutos más.
Representación navideña (Hogwarts).
-¿Les importa si me siento un momento con ustedes? –les preguntó a los gemelos Weasley durante los postres, huyendo de la interpretación de White Christmas que estaba siendo perpetrada en la mesa de profesores bajo dirección de Dumbledore en esos momentos.
Bathsheba y Aurora estaban pasando la Navidad con sus respectivos esposos, Séptima visitando a sus hermanas y sobrinos en la Isla de Wight y Charity en un viaje cultural por Francia que Maeve sabía que en realidad era una escapada romántica con su Louis. Lockhart, amablemente, trataba de compensar la pérdida de voces femeninas con unos potentes y engolados agudos que daban vergüenza ajena y dolor de oídos.
-¡Claro que no! -exclamó George, haciéndole sitio en el banco a su lado a costa de empotrar a Angelina Johnson contra Lee Jordan.
-Siéntese todos los momentos que quiera. Como si le apetece mudarse a la mesa de Gryffindor de forma permanente. Por nuestra parte ningún problema –declaró Fred con vehemencia.
Maeve arqueó las cejas sorprendida al tiempo que Johnson ponía los ojos en blanco. Los gemelos Weasley no eran ni de lejos sus mejores alumnos pero nadie podía discutirles el título de los más entusiastas. A veces se preguntaba si Severus no tendría un poco de razón cuando decía...
Deja de pensar bobadas, chica.
-Sólo será un momento -les dijo mientras se sentaba al lado de George y frente a Fred. Bajó la voz y les indicó que se acercaran, cosa que hicieron encantados y, como de costumbre, ruborizándose. Ginny Weasley estaba sentada unos cuantos sitios más allá, junto a Percy, y Maeve no quería que ninguno de los dos les oyeran- Quiero hablarles de su hermana.
-¿Ginny? ¿Qué pasa con Ginny? –preguntaron al unísono.
-Pasa que la tengo que sacar cada dos por tres del zoológico –les dijo- No es la primera vez que la pillo escondida allí y a veces en horas de clase, escribiendo en su diario y con cara de haber llorado. Su amiga...
-La Lovegood –le interrumpió George- No le haga ni caso, le falta un tornillo.
-O una docena- apuntó su hermano.
Maeve se cruzó de brazos y su mirada convenció a los gemelos de que harían bien en guardarse para sí sus apreciaciones sobre otros alumnos.
-Su amiga –repitió- viene a veces a buscarla y habla conmigo...
-¿Y no le da dolor de cabeza? -saltó George sin poder contenerse
-¡Señor Weasley!
-Lo siento, se me ha escapado...
-La señorita Lovegood me dice que por lo visto su hermana está consternada por lo de los ataques y ustedes no están siendo de mucha ayuda con eso de las bromas y... –continuó.
-¿Cómo que no? –se ofendió Fred- No hacemos más que intentar animarla. .
-¿Y no se dan cuenta de que no la animan en absoluto? ¿Esconderse para darle sustos y andar diciendo chorradas de que si Harry Potter es el Heredero de Slytherin y esto y lo otro? ¿Ésa es su idea de animar a alguien?
-Son bromas inocentes, profesora –se defendió George- Harry se ríe y eso le relaja. Pensamos que si Ginny se ríe un poco...
-¿Ustedes ven que se ría? Porque yo no. Yo la veo siempre a punto de llorar y escondiéndose para que no la tomen el pelo. Si sigo pillándola saltándose clases voy a tener que decírselo a la profesora McGonagall. Y si sigo pillándoles a ustedes bromeando tendré que escribir a su madre –les advirtió con un disgusto que vio reflejado en los rostros de ellos. Parecía que meter por medio a Molly Weasley era un extremo que todos preferían evitar- ¿Sería mucho pedir que la dejaran tranquila y fuesen... ya saben... considerados con ella? La pobre no está para sutilezas humorísticas como las suyas. Puedo confiar en ustedes, ¿verdad?
Maeve sintió que una mano se posaba con gentileza en su hombro. La joven se volvió para encontrarse frente al rostro sonriente de Albus Dumbledore.
-Profesora Murphy: creo que el uso de las palabras "puedo confiar" asociado a estos dos caballeros debería estar prohibido por atentar contra la lógica -dijo afablemente, guiñándole un ojo a los gemelos- ¿Les importa si les robo a su maestra? La necesitamos con urgencia en la mesa de personal.
-¿Con urgencia? -se extrañó Maeve,
Dumbledore no contestó de inmediato. Lo que sí hizo fue tomarla de una mano y de la cintura para ponerse a bailar con ella mientras su nada desdeñable voz de tenor volvía a atacar la canción de Irving Berlin.
I'm dreaming of a white christmas
just like the ones I used to know
where the treetops glisten
and children listen
to hear sleigh bells in the snow
-¿Ésta era la urgencia? ¿Necesitabas que te hiciera los coros? -le dijo Maeve con sarcasmo, dejándose llevar.
-Necesito que alguien distraiga a Gilderoy antes de que siga coqueteando con Minerva y a la pobre le de algo. Y quién mejor que tú, su colega favorita, su compañera inseparable de guardias en Hogsmeade, su pequeño trébol de Irlanda, para... ¡Ouch!
Maeve sonrió, satisfecha de ver a Dumbledore tropezar tras su pisotón.
-Tengo bastante con las tomaduras de pelo del otro, gracias. ¿A qué viene esto del bailecito? ¿No te das cuenta de que nos está mirando todo el mundo?
Dumbledore tarareó parte del estribillo y al llegar delante de la mesa de profesores les hizo girar a ambos varias veces, con innegable energía y destreza y expresión maliciosa.
-¿Cómo no me voy a dar cuenta, si es justo lo que pretendo? -replicó.
Maeve lo miró con una ceja arqueada.
-¿No es bastante con lo que ya dicen por ahí de nosotros? -se burló- ¿Necesitas alimentar más los rumores por alguna cuestión estratégica que se me escapa?
-Mientras hablen de nosotros, muchacha -dijo en voz baja, y a Maeve no se le pasó por alto que la mirada del Director voló hasta la mesa de Slytherin al decir aquello, y en concreto hacia el rostro lleno de sorna y desprecio de Charles Fraser- no hablarán de otras cosas, como de lo melancólica que parece estos días la enérgica profesora de Cuidado de Criaturas Mágicas y lo mucho que intenta no mirar hacia determinada silla vacía. Los chicos tienen mucho tiempo libre para elucubrar en vacaciones, Maeve. Sabes tan bien como yo que habría sido menos descabellado insinuar que eres mi hija secreta que sugerir que estamos liados, pero dado que la calumnia ya está servida... Prefiero alimentar un rumor fácilmente desmentible antes que uno que sería realmente dañino por no andar desencaminado. ¿Soy o no soy un caballero? -bromeó cuando llegaron a su mesa.
Antes de separarse le guiñó un ojo y no se privó de besarle la mano en un gesto paternal que sin embargo, a la vista de la risilla sardónica de Fraser y los cuchicheos que éste empezó a compartir con sus compañeros de mesa, había sido correctamente malinterpretado por quien le convenía a Dumbledore que lo malinterpretase. Por mucho que le irritara la omnisciencia del viejo, Maeve tenía que quitarse el sombrero ante semejante talento maquinador.
Y hablando de sombreros... ¿Eso que llevaba Lockhart era una especie de gorro de Santa Claus con brocados y... más brocados?
-Apuesto a que hay un montón de curiosidades que desconoces acerca del muérdago... -oyó que le estaba diciendo a Pomona.
Viendo la cara furibunda de su colega de Herbología, Maeve se dijo que llegaba justo a tiempo de evitar una muerte violenta.
Representación navideña (Wiltshire).
-No te importa si me vengo un momento aquí contigo, ¿verdad?
Todas y cada una de las fibras de Severus gritaron que sí le importaba, pero exteriormente se limitó a sonreír con su consabida mueca de altivez y desgana. El hombre se apoyó cerca de él en la baranda de la terraza de piedra que se asomaba al jardín nevado de los Malfoy y dio una larga calada a su pipa de marfil. Severus no ocultó el disgusto en su expresión. El tipo seguía utilizando el mismo tabaco de olor dulzón y haciendo gala de idéntico sentido de la oportunidad. Era demasiado hermoso haber encontrado un remanso de soledad y silencio en medio de aquella asamblea bélica disfrazada de asfixiante evento social como para que fueran a respetárselo.
-Claro que no, Silas -le saludó con acidez- Ya sabes lo mucho que me gusta que me den conversación.
El hombre esgrimió aquella sonrisa arrogante que Severus recordaba tan bien. En los diez años que llevaba sin verle, Silas Fraser no había cambiado ni un ápice. Seguía siendo el mismo individuo grueso de rostro abotargado y aspecto de viejo prematuro a causa de sus problemas cardiacos agravados por un alcoholismo galopante. Estaba emparentado en grado próximo con los Prince por parte de la familia materna, algo más que evidente en la característica nariz de ave rapaz que en su caso se veía tatuada de venillas violáceas. Viendo a Charles, el único hijo que había tenido con una bruja francesa de sangre pura treinta años menor que él, era inevitable pensar que o bien había salido a su madre o bien al jardinero. Severus se inclinaba por la segunda opción. Aun en el caso de que Emmanuelle Cherbourgh no hubiera sido una golfa redomada desde su más tierna adolescencia, la convivencia con el monstruoso patán que era Silas Fraser la habría acabado empujando irremediablemente por ese camino.
-Quería hablarte de mi chico, Snape -le dijo Fraser entre volutas de humo azulado.
-Esto sí que es una novedad -replicó Severus con ironía- Llevo seis años como tutor de Charles y en todo este tiempo no te has dignado dirigirte a mí para hablar de él.
-Charles nunca me ha dado motivos hasta ahora, ¿cierto?
Silas Fraser no esgrimía la sonrisa untuosa y aduladora que en el pasado, cuando era uno de los favoritos del Lord, Severus había visto tantas veces dirigida a él. Y nunca lo había hecho. Fraser se creía superior a Severus – un mestizo, al fin y al cabo; un muerto de hambre, alguien que tenía que trabajar para vivir- y por encima de la necesidad de mostrar deferencia con él. Como muchos otros de sus camaradas, en realidad. Solo que Fraser no se molestaba en ocultarlo. Esa falta de hipocresía era lo único que, a los ojos de Severus, lo redimía como persona.
Y al fin y al cabo tenía razón. Charles Fraser había sido un alumno modélico en lo académico y en cuanto a actitud -con sus profesores, al menos- hasta la llegada de Maeve al colegio.
-Supongo que te refieres a ese asunto del castigo -repuso Severus con una mueca desdeñosa- No sé qué esperas que te diga.
-Quiero que me digas que mi hijo no va a tener una sanción en su expediente por haber llamado a una sangresucia por su nombre -dijo Fraser con contundencia- Es tan ridículo e insultante que no deberíamos ni estar hablando de ello. Tú deberías haberte encargado de que esa puta retirase el castigo de inmediato. ¿Para qué estás, si no?
Era meritorio cómo el tono de superioridad y desprecio de Fraser hacia él casi le había hecho pasar por alto el insulto dirigido a Maeve. Casi. Severus sabía que la frialdad era su mejor baza así que se forzó a conservarla.
-Estoy para enseñar a vuestros hijos, Silas, no para inculcarles los modales y el cerebro que deberían traer puestos de casa.
Silas Fraser pareció enrojecer e hincharse todavía más, como un horrendo sapo de nariz ganchuda.
-¿Cómo te atreves...?
-Silas.
La aparición de Lucius en la terraza abortó la rabiosa réplica del otro, que se contuvo respirando con agitación.
-No te enfurezcas con Severus sólo porque tiene razón en esto -le dijo con un tono bastante alejado de su melosa cortesía, metido en el papel del Lucius que no conocían los Altos Funcionarios del Ministerio ni el idiota de Fudge. El Lucius que Severus sí conocía bien y al que sabía que había que temer- ¿No entendía tu hijo a qué se exponía gritando según que cosas ante testigos? Yo mismo he tenido que llamar al orden al mío, Silas. Estamos en una situación delicada. Éste es un momento crucial para nosotros. ¿Crees que podemos estropearlo porque un chiquillo se ponga a levantar sospechas llevado de un exceso de entusiasmo?
-¿Y qué se supone que debemos hacer, Lucius? ¿Enseñarles a moderarse? -replicó Fraser con asco- ¿Arriesgarnos a que los contaminen por haberlos hecho demasiado tibios, como Lerroux?
Severus estrechó los ojos con aire calculador al oír aquello, preso de un súbito interés que se esforzó en disimular.
-No estamos hablando de lo mismo. Nosotros abogamos por enseñar a nuestros hijos a ser prudentes y saber esperar su momento. La tibieza del hijo de Lerroux no tiene nada que ver con la astucia: no es más que el reflejo de la tibieza de su padre. Ya en su día fue un colaborador bastante... insatisfactorio -dijo Lucius con ironía chasqueando la lengua- Pero ese tema está solventado. Aristide ya tiene claro que el movimiento no le perdonará una indecisión en sus lealtades esta vez. Que si se arrepiente y nos da la espalda, como entonces, tendrá que ser con todas sus consecuencias. Y en cuanto al chico... Eso también está bajo control, ¿no, Silas?
-Charles se ocupa de él -contestó Fraser a modo de afirmación, sus ojos brillando de orgullo.
Severus contuvo la respiración unos segundos. Algo en la forma en que Silas Fraser había dicho aquello le había inquietado profundamente. Notó que un peso desasosegante se instalaba en su estómago.
-¿Ves? Ninguna contaminación es irreversible si uno es adecuadamente reconducido. Por lo visto, Severus,-dijo Lucius con sus ojos grises reluciendo perversamente- el chico Lerroux estaba mostrando demasiada propensión a mezclarse con escoria de origen muggle.
-Charles se ocupa de él -insistió Fraser- Damien Lerroux ya sabe por qué nos perjudica mezclarnos con esa gente y cuales son las consecuencias de mostrarles simpatía. Hay que decir que el chico ha resultado mucho más rápido en aprender que su padre -a Severus se le retorcieron las tripas en reacción a la crueldad que se apoderó del rostro del hombre al decir aquello- Si me disculpáis, y ya que Snape es al parecer incapaz de llamar al orden a esa puerca que trabaja con él, no tengo más que hablar... -añadió, dirigiéndose sólo a Lucius, apenas posando un segundo sus ojos llenos de desdén en Severus- Voy a reunirme con mi esposa.
Lucius y Severus guardaron silencio mientras lo veían entrar y perderse entre el elegante público reunido en el salón de baile de la mansión. Severus sintió a Lucius reír entre dientes.
-Hará bien; si tarda cinco minutos más se la acabará encontrando debajo de alguienen alguna habitación -le oyó decir, y muy a su pesar no pudo por menos que darle la razón. Notó la mano del rubio posándose en su hombro- Te noto pensativo, amigo.
Severus no miró directamente al otro mago sino que perdió la mirada en el jardín cubierto de nieve inmaculada.
Ninguna contaminación es irreversible si uno es adecuadamente reconducido.
Maeve iba a estar en lo cierto. Severus había revisado toda la información que tenía en sus manos acerca de antiguos miembros y simpatizantes de los Mortífagos, confirmando así su recuerdo de que Aristide Lerroux, si bien había figurado al principio entre éstos últimos, se había desligado con rapidez de la cruzada, probablemente asustado cuando la simple defensa de la pureza de la sangre empezó a derivar en acoso salvaje y destrucción de todo lo sospechoso de impureza. Había tratado de hacerle ver a Maeve que estaba viendo fantasmas donde no los había al sospechar que el renacer Mortífago estuviera detrás del cambio de Lerroux, que su familia no lo estaba aleccionando, que era tan sólo la prosaica y ancestral cuestión de Gryffindor contra Slytherin: una antipatía personal alimentada por la tradición y llevada a los extremos de odio de los que sólo los niños eran capaces.
Y sin embargo ahora veía que Maeve había tenido razón todo el tiempo, aunque no en la forma que creía.
Era más necesario que nunca que ella se mantuviera al margen de los problemas de ese chico, de Charles Fraser, de lo que se estaba apoderando poco a poco, nuevamente, de Slytherin.
-Vamos, Severus: Avery y Mulciber preguntaban antes por ti -le dijo Lucius, tirando de él hacia el interior del salón- ¿No tienes ganas de reunirte con tus viejos compañeros de cuarto?
Una nueva luz de alarma se superpuso a la que ya se había encendido dentro de la mente de Severus acerca de Damien Lerroux.
Ya sabe por qué nos perjudica mezclarnos con esa gente y cuales son las consecuencias de mostrarles simpatía.
Él también lo había sabido en su momento. Avery y Mulciber, sus compañeros de curso y dormitorio, se lo habían explicado con claridad y reiteradamente cada vez que lo sorprendían teniendo un gesto amable con Lily Evans; y al parecer, también con un estilo bastante más diplomático que el que empleaba Charles Fraser para hacerse entender.
Sería una casualidad demasiado retorcida para ser cierta y sin embargo...
Tal vez los dos tuvieran razón y a la vez no la tuvieran.
Lo que aún puedo salvar del niño que fuiste.
-¿Dónde está?
-Maeve, no deberías estar aquí. Esta enfermería ya se parece demasiado a un circo, últimamente. Hay unas normas y...
-No vengo a fisgar a la pobre Granger y lo sabes, Poppy. Lerroux. ¿Dónde está Lerroux?
Poppy se cruzó de brazos y bloqueó a Maeve el paso hacia las camas del fondo.
-Es tardísimo, Maeve -insistió la enfermera con dureza- Lerroux está bajo los efectos de una pocion osificadora muy molesta y lo que sea que quieras decirle estoy segura de que puede esperar hasta mañana.
-¡No, Poppy! ¡No puede esperar! -gritó Maeve y luego, avergonzada de haber levantado la voz en un área hospitalaria, añadió en un susurro con los dientes apretados- Me he enterado de que te han traído a Damien Lerroux con una muñeca destrozada. El mismo Damien Lerroux al que hace poco casi muelen a palos en Hogsmeade. El mismo Damien Lerroux que lleva todo el curso buscando pelea con Lara Vodianov y el resto de su grupo de Gryffindor...
-Lo sé, chiquilla -dijo Poppy con tono tranquilizador.
-Pero resulta, Poppy, que ninguno de sus presuntos enemigos se ha quedado a pasar las vacaciones en Hogwarts. ¡Y aun así lo han agredido y me estoy hartando ya de esta cuestión y ese condenado chiquillo va a decirme lo que le está pasando quiera o no!
-Maeve, no está probado que sea una agresión -insistió Poppy con aire cansado, intentando que la joven la mirara a los ojos.
-Claro. Las muñecas se retuercen hasta quebrarse solas. Todo el mundo sabe eso.
Poppy estrechó los ojos ante la ironía que Maeve había usado contra ella y la joven se sintió un poco avergonzada.
-Lo siento, Poppy, todo este asunto... -se disculpó- Todo este asunto empieza a sacarme de mis casillas. A Lerroux le ocurre algo grave que afecta a su integridad física y seguro que también a la moral y que yo pensaba que sólo tenía que ver con ese grupo de Gryffindor pero ahora veo que no. No sé qué es lo que está pasando ni con quién ni contra quién ni bajo influencia de quienes y lo que sí sé es que podría ayudarle... ¡Pero no puedo porque se niega a contarme nada! ¡Porque en esta maldita escuela parece haber un maldito código de silencio respecto a la violencia cuando tiene que ver con la Sagrada Rivalidad entre las Casas y te juro, Poppy, que estoy de eso hasta los mismísimos…!
-Maeve.
La voz de Poppy sonó suave y sedante cuando tomó a la joven de los hombros para arrastrarla hacia el cuarto de curas. Cerró la puerta tras ellas y la miró directamente a los ojos, sonriendo con tristeza.
-No puedes salvarle.
Maeve contuvo una exclamación escandalizada.
-¿Cómo puedes decir eso? -siseó- Lerroux...
-No hablo de Lerroux -repuso Poppy- Y en realidad, tú tampoco. Te estás tomando los problemas de ese chico como algo demasiado personal porque te recuerda a alguien a quien desearías haber podido ayudar en su momento. Alguien a quien no pudiste apartar del mal camino porque aún no lo conocías cuando decidió tomarlo. Y aunque hubiera sido así...
Maeve parpadeó con perplejidad unos segundos antes de comprender, de intuir a dónde apuntaba Poppy con aquella extraña declaración. Sintió ese pánico silencioso y controlado que siempre se agarraba al estómago de uno antes de un salto al vacío.
-Ya no puedes salvar a Severus de su pasado, chiquilla.
Al final del vacío no había red y Maeve lo sabía y en su caída no encontraba nada a lo que agarrarse para dejar de caer. Y caer. Y caer…
-No sé de qué demonios...
-Basta, Maeve -la interrumpió Poppy con dulzura- No tienes que contarme nada; ni siquiera la razón por la que os empeñáis en ocultarlo. Puedo imaginar que, a grandes rasgos, tiene que ver con eso que Severus intentó arrancarse del brazo la noche que cayó Quien-tú-sabes... No quiero explicaciones, chiquilla, en serio. Sólo deja de fingir delante de mí que Severus no te importa porque sé que no es así.
Al final del vacío había un oscuro torrente de aguas heladas y turbias en las que Maeve se estaba ahogando. Sentía todo el cuerpo tembloroso, estremecido por un frío que nacía de su propia sangre. Algo atenazaba su garganta y lo peor era no estar segura de si era el miedo a hablar o las ganas de hacerlo.
-Yo... yo no...
-No te preocupes, no ha sido culpa tuya. No disimulas el asunto tan mal, teniendo en cuenta lo pésima mentirosa que eres -bromeó Poppy, acariciando la cara de Maeve- Nadie que no sepa qué buscar encontraría nada raro en ese odio intenso que os mostráis. La diferencia, Maeve, es que yo sí sabía qué buscar y dónde estaba exactamente, porque ya lo vi hace años en vuestros ojos cuando os mirabais, esa noche, aquí en la enfermería. Los jóvenes tendéis a pensar que una mujer se queda ciega cuando llega a la menopausia, pero te aseguro que no es así.
Maeve quiso sonreír pero no podía. Estaba demasiado confusa, demasiado helada. Sospechaba que Poppy se figuraba algo, pero no creía que fuera a mandar tan pronto la sutileza al carajo para planteárselo así, abiertamente, con semejante naturalidad, como si no fuera la verdad más íntima y dolorosa de su vida.
-Por favor, Poppy -dijo con un hilo de voz- No digas nada... A nadie... Se supone que no... Que yo no...
-¿Por quién me tomas? -fingió escandalizarse Poppy- Sé distinguir un secreto de estado cuando lo veo: no os tomaríais tanta molestia en ocultar vuestra amistad si no fuera importante... -la mujer suspiró- Me alegra pensar que... Bueno, que conserváis algo de aquello que tuvisteis. Creo que en su momento a Severus le hizo mucho bien... Es una lástima que las cosas acabaran mal cuando era obvio que estabais tan enamorados.
-No lo estábamos.
Maeve había dicho aquello con voz firme, casi con dureza. Poppy miró inquisitivamente a la joven, que a su vez miró al suelo de inmediato, arrepentida de su impulsiva salida. La vergüenza de verse expuesta de aquella manera tan repentina y cruda coloreó de rojo intenso las mejillas de Maeve. Pero ella no hizo nada por retractarse. Lo dicho, dicho estaba. Y además…
Qué demonios: no habían estado enamorados. Era la maldita verdad.
-¿Va a resultar que me equivoqué? -preguntó Poppy con todo el aire de quien no cree, en absoluto, haberse equivocado -¿Que tú y él...?
-No he dicho que yo no estuviera enamorada. He dicho que no lo estábamos. Nunca fue recíproco. Él no se enamoró de mí. Por eso las cosas acabaron mal.
Poppy estrechó los ojos de nuevo, esta vez con aquella expresión curiosa e intensa que parecía radiografiarlo a uno
-¿Estás segura?
Maeve no pudo evitar que una risa incrédula y amarga brotara de su garganta.
-¿Que si estoy segura? Joder, Poppy, qué cosas tienes. La única forma en que podría habérmelo dejado más claro era por escrito y sellado ante notario -aseguró mordazmente- Estoy segura, sí. Pero son cosas que pasaron como pasaron y están superadas -se apresuró a añadir- Estamos bien ahora, como amigos.
Ahí estaba de nuevo: la sonrisa de esfinge de Poppy Pomfrey, entre enigmática y satisfecha. Pero Maeve no la vio porque estaba mirándose los pies, abrumada por sus propias emociones.
-Será como tú dices, entonces -dijo Poppy con suave ironía, y luego volvió a suspirar- No te preocupes de que nada de esto vaya a salir de este cuarto y ve a reunirte con los demás; la cena de Nochevieja y el cambio de Año no van a esperar por ti. Prometo que te dejaré hablar con Lerroux en cuanto el chico esté en condiciones de hacerlo.
Maeve asintió, todavía un poco helada y muy, muy confusa.
-No intento salvar a Severus -le aseguró a Poppy mientras abría la puerta- Damien Lerroux me preocupa de verdad. Está sufriendo y no sé si es por culpa suya o no, pero alguien tiene que hacer algo.
Ternura y comprensión era todo lo que vio Maeve en los ojos de Poppy cuando la enfermera asintió. Si hubiera podido mirar dentro de su cerebro, sin embargo, se habría echado a temblar. El ágil cerebro de Poppy Pomfrey vestía la sonrisa del conspirador que viera confirmadas sus teorías y de ahí estuviera sacando material para urdir, a toda velocidad, la trama de las cosas que en su opinión debían ser hechas.
Lo que aún puedo salvar de la niña que fuiste.
Avanzaba deprisa por el último tramo de escaleras al que lo había conducido el itinerario de pasillos secretos y olvidados de la mansión Malfoy. No tenía mucho tiempo. Lucius no era ningún idiota. Lo supondría discretamente recogido en alguna habitación huyendo de la fiesta; y si tenía suerte y Emmanuelle Fraser había tenido el detalle de salir del salón de baile después de él, pensaría que se la estaba follando, lo que le daría unos cómodos minutos más de margen. Pero si no se encontraba de vuelta en la fiesta en el momento de las campanadas Lucius empezaría a sospechar.
Tenía que darse prisa.
No le costó dar, en medio de aquel sótano inmenso y siniestro situado a muchos metros bajo el suelo de la mansión, con la entrada de la cámara. Recordaba bien las muescas que distinguían discretamente aquellas piedras del resto del muro. Apoyó en ellas las palmas de sus manos y susurró la contraseña, agradeciendo al destino que Lucius fuera tan mal Oclumante que no acertara ni siquiera a advertir ataques de Legeremancia sutiles y breves como el que él le había lanzado minutos antes.
La magia oscura contenida dentro de aquella cámara impactó en Severus como la caricia de un guante de hierro al rojo forrado de pinchos. No tenía tiempo ni ganas de curiosear, así que sus ojos recorrieron con premura y avidez las estanterías llenas de objetos cuya edad y grado de de poder perverso eran, en muchos casos, incalculables. Había estado suficientes veces con Lucius en esa cámara, en los lejanos días de su iniciación como Mortífago, como para recordar el aspecto de lo que contenía e intuir de inmediato lo que faltaba.
La cuestión era qué cosas faltaban porque Lucius se hubiera deshecho por precaución de ellas y qué cosas faltaban porque estaban siendo utilizadas.
El libro seguía en el lugar de siempre, sobre un atril de madera de varios siglos de antigüedad. Severus lo abrió por la última página escrita. No conocía demasiado bien el código de abreviaturas de Lucius pero sí que sabía que la anotación de las siglas BK significaba una venta a Borgin y Burkes y que tres cruces eran el equivalente de "destruído". La última línea llamó inevitablemente su atención, revelando casi a gritos que ahí podía estar la respuesta a los sucesos que estaban teniendo lugar en Hogwarts y a la certeza que mostraba Lucius de que los ataques contra estudiantes hijos de muggles seguirían y Dumbledore se vería defenestrado por ello.
D-T.S.R.: transferido/Sep'92
Ningún otro de los objetos de magia oscura a los que se hacía referencia en ese albarán estaban así señalados.
Transferido. Pero ¿a quién? ¿A dónde? ¿Cómo? ¿Qué había en aquella cosa que le permitía a quien fuera la mano ejecutora de Lucius petrificar gente cuando ni siquiera Dumbledore poseía tal poder?
Consciente de que se le acababa el tiempo, releyó esa última línea para asegurarse de que retenía bien los datos correctos y cerró el libro. Fue entonces cuando reparó en el pequeño objeto que colgaba descuidadamente a un costado del atril, como si alguien se lo hubiera dejado olvidado allí tiempo atrás.
Severus lo tomó con sumo cuidado, sintiendo nada más rozarlo que no había resto alguno de magia oscura en él. Frunció el ceño, intrigado. ¿Por qué Lucius guardaría un inofensivo guardapelo de plata en medio de todas aquellas poderosas y comprometedoras reliquias? Examinó su exterior. Parecía bastante antiguo y valioso y a la vez muy sencillo, sin ornamentos aparte de la fecha del anverso -23 de Junio de 1959- y la cruz grabada en la parte delantera.
Una cruz de San Patricio.
El corazón de Severus empezó a latir aceleradamente ante la terrible sospecha de qué era exactamente lo que tenía en sus manos. Hizo callar a la voz de su razón, que le instaba a darse prisa, a olvidar que había visto ese guardapelo y salir de allí.
Y lo abrió.
Visto a la luz del lumos conjurado por su varita, el pequeño mechón de pelo contenido en la joya podría haber pertenecido a Maeve, aunque no fuera de aquel hermoso color castaño sutilmente matizado con vetas de oro sino negro como el azabache. Tenía la misma forma de rizarse, el mismo tacto. Los ojos del hombre al que pertenecía eran verdes como los de Maeve y, aunque sus rasgos no se parecían en nada a los de ella, la sonrisa que esbozaba en la pequeña foto mágica del interior del guardapelo sí que era absolutamente idéntica a la que él conocía y adoraba.
Estaba mirando el rostro de Fergal Murphy, rozando una reliquia de él con las yemas de sus dedos. El guardapelo tenía que ser el regalo que le hizo a Brigid Walsh por su compromiso. Maeve le había hablado de aquella joya. De cómo su madre jamás se la había quitado del cuello desde el día en que su padre la pidiera en matrimonio. Las naúseas se apoderaron de Severus al comprender que sostenía en sus manos un trofeo de caza, un souvenir de aquella matanza de traidores a la sangre que Lucius recordaba con tanto deleite y era capaz de relatar con un nivel de detalle que sobrepasaba los límites de lo repugnante. Sostenía algo que había pertenecido a la madre de Maeve; algo que probablemente había sido arrancado de su cuello por las mismas manos que la habían torturado y asesinado.
Algo que Lucius no tenía derecho a poseer ni mucho menos a guardar allí, custodiado por objetos que incluso inertes poseían una maldad que lo ponía enfermo.
Imaginar al purasangre regodeándose en sus recuerdos con la visión de ese trofeo hizo rugir la sangre dentro de las venas de Severus. Y fue un rugido tan atronador a la altura de sus sienes que no le dejó escuchar, en absoluto, la voz de su razón intentando hacerse oír, intentando hacerle ver que tenía que dejar el guardapelo donde lo había encontrado. Que tenía que olvidar que lo había visto. Que si era descubierto no tendría forma de justificar ante Lucius y el resto de ex-Mortífagos reunidos en su mansión por qué lo había robado con la intención de poder -algún día, cuando fuera posible, cuando el peligro hubiera pasado- devolvérselo a su legítima dueña. Cuando se guardó el colgante en el bolsillo de su levita antes de abandonar la cámara era consciente de que hacía mal, de que estaba obrando visceralmente y poniendo su misión -y a sí mismo- en peligro.
Pero le dio igual
No podía permitir que nada que perteneciese a Maeve se quedara entre los muros de aquella casa maldita.
El placer de la espera.
Le esperaría. Tenía la intuición de que él iría a buscarla por muy tarde que se le hiciera hablando con Dumbledore, así que le esperaría.
Quería hablar con él de su charla con Poppy. Quería comentarle el último suceso referente a Lerroux aunque les supusiera otra discusión. Quería saber cómo le había ido en Wiltshire durante aquellos días aunque la sola idea de escuchar el nombre de Lucius Malfoy le revolviera el estómago.
Quería verle, maldita sea, porque le había echado tanto de menos en esos nueve días que no se explicaba cómo había podido sobrevivir nueve años sin verlo ni saber de él.
Así que le esperaría. Prissy había encendido la chimenea de su despacho y la había aprovisionado de café en abundancia para que no se quedara dormida. Tenía su música y la mitad de los trabajos de Tercero sin corregir y le debía carta a Tess y a Remus y además estaba el libro de su abuelo, esperando que las obligaciones le permitieran retomar el relato de la búsqueda de Quetzalcoatl donde lo había dejado la última vez... Y no, no estaba demasiado cansada para permanecer despierta, por mucho que la última semana se le hubiera hecho agotadora lidiando con la epidemia de garrapata azul que hacía estragos entre los aethonans y llevara las dos últimas noches sin dormir...
El placer de esperar a Severus era uno de los pocos placeres que aún podía gozar con él, así que lo esperaría. Esperaría toda la noche, si hacía falta.
El placer de ser esperado.
Sólo un momento más y la despertaré.
No pensaba que Dumbledore fuera a retenerlo tanto tiempo con el reporte de su estancia en la mansión Malfoy. Su primer reflejo al entrar en el despacho de Maeve y comprender que se había demorado demasiado fue maldecir al viejo. Y después maldecirse a sí mismo. Ella lo había estado esperando. Era evidente, a la vista del atestado escritorio, que había llevado consigo material con que entretenerse y café para mantenerse despierta. Y era igual de evidente que con eso no había bastado.
A man is in love
how did I hear
I heard him talk to much
whenever you near
No podía llevar demasiado tiempo dormida porque en el aparato de música todavía sonaba el disco, con la voz de aquel tipo desgranando otra de aquellas letras en las que Severus se veía absurdamente reflejado. Maeve tenía la cabeza apoyada en los brazos y roncaba un poco y su cabello se desparramaba sobre la mesa cubriendo parte de los pergaminos que intentaba corregir cuando el sueño la había vencido. Todavía sostenía la pluma entre los dedos manchados de tinta roja de su mano derecha. Severus se la imaginó diciendo eso de "sólo voy a cerrar los ojos un momento" como si de verdad se lo creyera y no pudo evitar sonreír.
Había deseado con todas sus fuerzas encontrarla despierta. Quería hablar con ella de lo que habían sido los últimos días en Wiltshire, advertirla sobre Fraser y Lerroux aunque les supusiera acabar discutiendo, valorar la posibilidad de entregarle lo que había robado por ella aunque sabía que no debía hacerlo.
Pero verla así no le disgustaba en absoluto. La imagen de Maeve dormida en el trance de esperarlo apelaba tan dulcemente a sus mejores recuerdos de ella que notaba las entrañas deshechas de ternura. Eso debería incomodarle y en cierto modo era así, pero al mismo tiempo le daba igual. Maeve lo convertía en un blando y patético sentimental: no cabía otra actitud frente a eso que no fuera la de asumirlo. Así que allí estaba, junto a ella. Tan cerca de ella que sólo tenía que extender la mano para zarandearla y hacer que se despertara pero sin querer hacerlo. Queriendo mirarla dormir como hacía cuando eran amantes, como llevaría una década haciendo, de haber podido.
Sólo será un momento.
La había echado tanto de menos...
Cada mañana, al despertar solo en la enorme cama de su enorme habitación de invitados en la mansión Malfoy, Severus había mantenido los ojos obstinadamente cerrados, sin ninguna gana de abrirlos aunque era consciente de que a ciegas no podría hacer lo que tenía que hacer: levantarse, ducharse, interaccionar con otros seres humanos, seguir ejerciendo de invitado exótico y huraño para los anfitriones perfectos, volver a ser el mejor de entre los peores siervos del Señor Tenebroso. Se había resistido a abrir los ojos porque tras sus párpados cerrados no estaba solo sino inmejorablemente acompañado. La Navidad, la sufriera donde la sufriera, siempre era una auténtica mierda salvo por esos instantes, al despertar, en que se permitía recordar a su amante perdida. Y esa Navidad no había sido una excepción.
Aunque tienes que reconocer que en los últimos tiempos lo que haces no es recordar, precisamente.
Por mucho que le desagradara su voz interior, tenía que reconocer que ahora estaba en lo cierto. La Maeve que lo acompañaba en la cama dentro de su mente tenía los ángulos del rostro más definidos, y unas pecas sobre la nariz de las que antes carecía, y las caderas un poco más redondeadas aunque todavía estrechas y, decididamente, –no sabía si las mejoras se debían al proceso de madurar o al ejercicio diario que suponía vivir en las montañas africanas o a un milagro, pero no iba a negar que había reparado con deleite en ellas- unas piernas gloriosas.
He whispered your name
and his eyes were closed
a man is in love
he knows
Quiso hacer la prueba. Cerró los ojos y pudo confirmarlo. La Maeve que se acurrucaba contra él en su imaginación respiraba como respiraba esta Maeve dormida y no era la casi niña de entonces sino la mujer espléndida que ahora tenía lo bastante cerca de sí como para poder tocarla.
El cuerpo de Maeve, delgado pero no enclenque, yacía junto al suyo atrapado entre dos frentes de sábanas arrugadas que mostraban más de lo que cubrían. Piel suave contra su propia piel, carne de gallina bajo las palmas de sus manos, risa fluyendo con el sonido que tendría el oro si pudiera hablar. Ojos de color verde turbio que lo miraban soñolientos, velados por unas pestañas tan espesas y rizadas como el pelo que le hacía cosquillas en la nariz al inclinarse a besar su nuca. Maeve estaba completamente relajada después de la pasión, deseosa de atrincherarse con él bajo las sábanas mientras en las afueras de su cama el mundo hacía su anual ridículo navideño.
-Aprovecha, chico. Cuando se acaben las vacaciones y empiecen de nuevo las clases tendré que volver a abandonar esta cama de madrugada para irme a mi cuarto... Claro que ahora sé que siempre podré regresar. Porque tú nunca me harás creer otra vez que no soy bienvenida ¿verdad? Prométeme que no volverás a hacer algo tan estúpido. Prométemelo, Severus.
Ya no la recordaba sino que fantaseaba con ella como era ahora. Cercana a los treinta, experimentada, con mundo y sin embargo feliz a su lado: así la veía. Todavía su amiga, de nuevo su amante, por fin su mujer. Y en su imaginación la vestía con el olor de la calma tras la tormenta de adrenalina, ese perfume en el que se mezclaba su deliciosa esencia con algo de la esencia de él y que la marcaba como suya de una forma tan peculiar como inequívoca.
-Tu olor es inconfundible.
Podría abofetearse por haberle dicho aquello. No se explicaba cómo había cometido aquel error, cómo había podido bajar tanto la guardia. Ni se explicaba tampoco cómo incluso con todos sus deslices conseguía engañarla y seguir haciéndole ver que no sentía lo que sentía. De acuerdo, era lo que pretendía. Pero ¿tenía que ser tan bueno precisamente en eso? ¿Tenía que ser el engaño lo único que le fuera a salir bien en toda su miserable vida?
He'd give you his heart
if you will agree
El fuego se había apagado en la chimenea y empezaba a hacer frío en el despacho. Pensando que estaba obedeciendo como un esclavo a sus recuerdos pero sin que le importara lo más mínimo, Severus se quitó la capa y se la echó a Maeve por encima de la espalda. Ella ni siquiera se movió. Tenía que estar rendida.
Sólo quiero mirarla un momento. No hago nada malo, al fin y al cabo.
Como en un sueño vio su propia mano apartarle el pelo de la cara y echárselo hacia atrás. A Maeve se le enrojecían las mejillas cuando dormía y tendía a entreabrir los labios de una forma que debería estar prohibida. Viéndola así Severus sólo podía pensar en despertarla, en hacerle abrir los ojos para redescubrir en ellos el deseo devastador, el amor absoluto con que lo había mirado esa primera noche antes de que la besara y al hacerla suya se hiciera irrevocablemente suyo.
Maeve no volvería a mirarle así ni a oler a él después de amarlo con fiereza. Severus procuraba repetírselo a menudo para tenerlo presente.
Sólo será un momento. No es como si ella fuera a darse cuenta.
Pero si cerraba los ojos mientras sostenía su pelo entre los dedos y aspiraba de cerca el aire que emanaba de ella, el perfume era exactamente el mismo que recordaba. Su olor seguía siendo inconfundible y el deseo, aquella maldita enfermedad que envenenaba su sangre, se resistía a ir perdiendo virulencia y desaparecer como había esperado que hiciera.
A man is in love
and he's me
Como en sus fantasías -sólo un momento- el pelo de Maeve acarició su nariz. Un leve ronquido fue la única respuesta de ella y Severus se sintió como un ladrón, allanando intolerablemente su confianza para aplacar su propio anhelo de respirarla.
Sólo un momento...
Supo que había violado todos los límites cuando la caricia que mimaba su nariz se extendió a sus labios. Acababa de besarle el pelo, furtivamente, como un jodido pervertido, y lo peor era que no sólo no se arrepentía en absoluto sino que todo lo que deseaba era haberla despertado y que ella lo estuviera mirando como entonces.
Abrió los ojos para comprobar, aliviado y frustrado a partes iguales, que seguía profundamente dormida.
Maldita seas, Maeve. Maldita seas por no despertarte, maldita seas por no descubrir mis mentiras, maldita seas por ser quien eres y no poder ser lo que fuiste para mí.
La respiró una última vez antes de apartarse de ella. Ya recuperaría la capa al día siguiente. Ya le daría a Maeve alguna buena explicación para no haberla despertado. Ahora, simplemente, tenía que alejarse de allí, porque si permanecía a su lado un solo segundo más acabaría cometiendo la mayor estupidez de una vida plagada de ellas.
Y sin embargo todavía se quedó un buen rato parado junto a la puerta. Mirándola a escondidas, como el espía que era.
Sólo un momento más...
Bueno, narrativamente no hemos avanzado gran cosa pero me apetecía hacer algo así, centrado en ellos dos. Disculpad si no ha quedado muy entretenido que digamos, o si parece un poco embrollado y no se entiende bien. Últimamente me da la sensación de que tengo mejores ideas que resolución a la hora de desarrollarlas. Espero sinceramente que sólo sean impresiones mías XD.
Como de costumbre, os agradezco que hayáis llegado hasta aquí y os animo a comentar qué os ha parecido.
NOTAS (MUSICALES):
-La canción que canta Dumbledore es White Christmas, compuesta por Irving Berlin y popularizada por Bing Crosby.
-Los versos del tramo final corresponden a A man is in love, de The Waterboys.
