Aviso para navegantes: este capítulo tiene una estructura un poco "rara" (aunque no demasiado) y contiene escenas de contenido que podríamos llamar sexual. Si hay alguien con exceso de sensibilidad al respecto, ya sabe lo que hacer.


Capítulo XIV: los aniversarios, incluso cuando son aniversarios de nada, tienen una capacidad asombrosa para revolver recuerdos y enfrentarnos a la verdadera dimensión de nuestros sentimientos. A veces los quitaríamos con gusto del calendario. Y sin embargo, año tras año, nos empeñamos en no olvidarlos.

CAPÍTULO XIV: TAL COMO ÉRAMOS

-Profesor Snape, usted honrándonos con su presencia en el desayuno. Qué grata sorpresa.

Varios de los alumnos que había por el pasillo cuando Severus y Maeve coincidieron ante las puertas del Gran Salón remolonearon disimuladamente para poder presenciar el encontronazo:era de conocimiento general que los intercambios de lindezas entre los profesores de Pociones y Cuidado de Criaturas Mágicas podían ser, a veces, mejores que el quidditch.

-Ya ve. profesora Murphy. De vez en cuando uno siente la necesidad de compañía humana -replicó Severus sedosamente- aunque de paso tenga que tolerar también la suya.

Hermione Granger estaba entre los que enlentecieron el paso con intención de observarles. Había algo en aquella fría agresividad que le resultaba fascinante. La actitud de ambos, el contraste entre el aura majestuosa y siniestra del hombre y la luminosa pequeñez de la mujer, la forma implacable en que se retaban con la mirada mientras se azotaban con golpes de furia verbal... No podía explicar por qué pero sentía su corazón acelerarse cuando veía enfrentarse a aquellos dos adultos, y no de una forma desagradable. Verlos discutir era... Sí, quizá se hubiera vuelto loca pero "fascinante" era la única palabra que se le venía a la cabeza para definirlo. Extrañamente fascinante.

-Me da en la nariz que eso no ha sido un halago que digamos, profesor Snape. ¿Debería ofenderme?

Pudieron oírse las exclamaciones ahogadas que siempre levantaba Maeve al hacer una de aquellas alusiones irónicas y suicidas al apéndice nasal de su colega en presencia de testigos. Algunos de los chicos incluso cerraron los ojos, convencidos de que esta vez sí que la iba a matar.

-¿Se les ha perdido algo? -bramó Severus, dirigiéndose a los alumnos- ¡Circulen!

Maeve lo miró con expresión de triunfo mientras los niños se metían al comedor y ellos dos se quedaban solos.

-Eso de la nariz te ha dolido, ¿eh? -se burló en voz baja.

-Un día vas a pasarte demasiado y tendré que hacer algo realmente drástico delante de los alumnos para proteger mi reputación -la advirtió él.

-¿Algo realmente drástico? ¿Vas a darme unos azotes?

Maeve lamentó un poco haber dicho aquello, aunque una pequeña -y perversa- parte de sí encontrara cierto placer en que fuera él, de vez en cuando y para variar, el que se ruborizara un poco. El rubor le sentaba bien, de todas formas. Parecía especialmente pálido y demacrado aquella mañana.

Como si él tampoco hubiera dormido bien.

-¿Trabajando hasta tarde? -le preguntó.

Y de inmediato volvió a lamentarse. No entendía por qué quería saber qué lo había tenido despierto. No entendía esa necesidad suya de echar sal en su propia herida; de recordarse, de las formas más crueles posibles, que ella y Severus ya no volverían a desvelarse por el mismo motivo en aquella fecha.

-Estuve estudiando unas modificaciones a la poción para dormir sin soñar -repuso Severus- Cuando quise darme cuenta eran más de las tres de la madrugada.

-Desvelado por culpa de una poción para dormir: qué exquisita paradoja -dijo Maeve con sarcasmo-Las ojeras te quedan bien, sin embargo. Hacen juego con tu ropa.

-Pues las tuyas te llegan hasta los pies -replicó el hombre, crítico y burlón al tiempo- Tienes un aspecto absolutamente horrible. ¿Te parece apropiado presentarte delante de los alumnos como si llevaras encima la resaca del siglo?

-Ayer les tocaba castigo a Collins, Cushing y Mirza -explicó Maeve, encogiéndose de hombros- Me pusieron de mal humor, como de costumbre. Sabes que me cuesta dormir cuando estoy enfadada.

-¿Te has pasado la noche en vela porque tres niñatos de Gryffindor te cabrearon?

No, estúpido insensible y desmemoriado. Me he pasado la puta noche en vela porque esta madrugada se cumplieron once años de la primera vez que me acosté con un tío. El cual, vaya casualidad, resulta que fuiste tú. Resulta que fué en este mismo castillo, en tu maldito sofá, y que después de eso tampoco dormí porque tú no me dejaste dormir y vive Dios que yo te lo permití encantada. Me he pasado la puta noche en vela porque te recuerdo y te echo de menos y me ahoga saberte tan cerca de mí y no poder tocarte siquiera, porque me rompe anhelarte de esta forma y que tú no recuerdes ni siquiera en qué día me hiciste tuya.

Gilipollas.

-Ya ves -replicó lacónicamente.

-¿Por qué no dejas ya esa tontería del castigo? Te está suponiendo a tí más quebraderos de cabeza que a cualquiera de esos tarugos, por no decir que cada semana que pasa el padre de Fraser...

Maeve levantó la mano, instándole a que parase de hablar.

-No vamos a volver a hablar de esto. El castigo se acabará cuando YO considere que todos los implicados están arrepentidos. Y de momento no lo están. Los de Gryffindor tratan de convencerme todos los días de que debería pasar por alto su comportamiento porque zurrarle a un Slytherin lo justifica. A Fraser no se le descuelga el sangresucia de la boca y sé que la única razón por la que no me lo llama también a mí es porque sabe que estaría expulsado antes de terminar de decirlo. En cuanto a Lerroux y Vodianov... -resopló exasperada- Ni siquiera me dirigen la palabra, no sé si por lo ofendidos que están de que les haga compartir tareas o para evitar cualquier riesgo de tener que dirigírsela entre ellos. No me parece que ninguno de los seis vaya por buen camino. Así que de momento todos seguirán limpiando mierda como campeones. Los tuyos y los de Minerva. Y me da igual, Severus, quién sea el padre de quien.

Severus se cruzó de brazos y la observó ceñudo. No podía ser más terca ni más orgullosa. Se lo había dicho tan claramente como le era posible -Lerroux no es culpable de lo que tú piensas pero el asunto es complicado y deberías dejarlo en mis manos- y aún así ella... Claro que si fuera sensata y prudente no sería Maeve y él no se habría pasado la noche sin dormir torturado por los recuerdos de su primera vez juntos y por el anhelo de volver a tenerla.

No estaría tan obstinadamente enamorado de ella.

-Tú verás cómo te apetece arruinar tu tiempo y tu salud -dijo con desdén

-Como decía la tía Frances, el que a su gusto se muere hasta la muerte le sabe a gloria -le contestó ella irónicamente.

-Muy sabia, tu tía -gruñó Severus- ¿Entramos? Albus fue muy claro con eso de que todos debíamos estar en el Gran Salón para el desayuno, Merlín sabrá por qué absurda razón. Y además, esos zoquetes deben de pensar que te he matado y ahora estoy ocultando tu cadáver. Si tardamos un minuto más Minerva se transformará en una versión solterona de Rob Roy y nos daremos de morros con sesenta kilos de genuína furia escocesa viniendo a rescatar a su niña querida del malvado inglés que...

Lo que les dio en los morros al entrar en el Gran Salón, fue, sin embargo, algo mucho peor. La furia escocesa de Minerva McGonagall habría sido mil veces preferible a la bofetada visual de todas aquellas flores de color rosa chillón y al aguacero de pequeños confettis que cayó sobre sus cabezas en cuanto traspasaron las puertas.

-¿Se puede saber qué coño...? -gruñó Maeve, escupiendo pequeñas partículas de papel que se habían colado a traición en su boca- ¿Corazoncitos?

Severus se estaba sacudiendo el confetti de la ropa y el pelo como si fueran ascuas ardientes o pequeños insectos venenosos y letales, su rostro contraído en una expresión de asco realmente meritoria en un hombre que a diario manejaba cosas tan asquerosas como sesos de salamandra o rabos de armadillo.

-¡Maldito sea el báculo de Merlín y las barbas de toda su puta corte mágica de Avalon y los jodidos cerdos de Circe que...!

Maeve estaba segura de no haber oído nunca hablar tan mal a Severus -normalmente era ella la de los juramentos deplorables- pero no podía culparle. Para alguien como él, verse cubierto de pequeños corazoncitos rosas tenía que ser peor que sentir que le extirpaban las tripas sin anestesia. Encontraría cómica la situación si no estuviera ella misma igual de cabreada, todavía escupiendo confettis. Desde las mesas algunos alumnos los miraban divertidos -sobre todo a él- pero las expresiones generales eran de estupor, como las de ellos dos. Y si bien algunas de las chicas parecían embelesadas con la situación, la mayoría de los presentes estaban simplemente horrorizados y concentrados en cubrirse de la inclemente lluvia de corazones.

-Voy a matar a alguien -rugió Severus- No sé a quien ni cómo, pero prepara ropa de luto porque esta noche asistirás a un funeral.

-Si me prometes que en el funeral no habrá flores rosas...

-Eso ya me dará igual. Yo estaré en Azkabán, lejos de esta payasada. Feliz.

-¿Podría ir contigo?- preguntó Maeve, mirando horrorizada hacia las gigantescas... ¿gardenias? ¿De color fucsia? A Pomona le tenía que estar dando un ataque de nervios.

-Vale. Tú sujetas a Albus mientras yo lo degüello...

Ambos hablaban enronquecidos por la indignación mirando hacia la mesa de los profesores. Concretamente hacia Dumbledore, que parecía igual de perplejo que los demás pero no podía ocultar que se lo estaba pasando en grande.

-Míralo, cómo sonríe el jodido y asqueroso...

Severus no llegó a terminar el improperio. Hacia ellos, velado por la insistente lluvia de confettis, venía algo envuelto en sedas fucsias y tocado con el imprescindible gorro a juego, luciendo una empalagosa sonrisa a la altura de las circunstancias, tan encantado de haberse conocido que era como si llevara una declaración de culpabilidad escrita en la frente.

-No lo mates, ¿vale? -dijo Maeve entre dientes- A éste me lo pido yo.

-¡Vaya, vaya, vaya: Sevvie y mi pequeño trébol! ¡Sólo faltábais vosotros! -exclamó Lockhart histriónicamente- Veo que os habéis quedado tan boquiabiertos como los demás con esta simpática sorpresa que os he preparado. Estáis sin palabras, ¿eh?

Maeve leyó en los ojos de Severus que éste no sólo no estaba sin palabras sino que tenía tantas y tan apropiadas palabras por decir que no sabía por cual empezar.

-Dame dos segundos y verás si estoy... -empezó a sisear el profesor de Pociones.

Maeve le interrumpió, esgrimiendo en dirección a Lockhart una sonrisa falsa que a cualquiera con dos dedos de frente y ojos en la cara le habría resultado muy, muy inquietante.

-¿Esto ha sido idea tuya, Gilderoy? -preguntó.

-To-tal-men-te -respondió Lockhart, orgulloso y dándose aires. Se situó entre sus dos compañeros y tomó a cada uno de un hombro para arrastrarlos a la mesa de los profesores, como si en algún momento y de mútuo acuerdo fueran a intentar escapársele. Maeve se figuró que tal vez había tenido que hacer esa labor de caza y captura con todos y cada uno de los horrorizados colegas que ya estaban sentados- Ya os dije que el colegio necesitaba una inyección de moral y que yo sabía exactamente cómo dársela...

-Y era mucho pedir que te estuvieras refiriendo a tirarte al lago con una piedra atada al cuello -dijo Severus sin esforzarse en sonar como si bromeara.

En otras circunstancias Maeve le habría recriminado por pasarse, pero en ese momento no podía estar más de acuerdo con él. Y además, daba igual la atrocidad que Severus dijera. Lockhart se sentía la estrella de su propio espectáculo y nada de lo que nadie le reprochara iba a arruinarle la fiesta.

-Me encanta ese delicioso humor tuyo, Sevvie, ¿nunca te lo he dicho?

Sevvie echó fuego por los ojos y por un momento Maeve le creyó capaz de conjurar de forma no verbal una imperdonable, aun sin estar segura de que tal cosa fuera mágicamente posible. Se sentó -al lado de Rolanda Hooch- y tiró discretamente de la túnica de Severus para instarle a hacer lo mismo antes de que acabara cometiendo una tontería. Severus se sentó en la silla contígua a la suya y clavó los ojos en su plato sin querer mirar a Lockhart, que permanecía de pie entre él y Minerva reclamando silencio con las manos.

-Si hay que ir a Azkabán se va, pero ir por este imbécil sería triste -le susurró Maeve discretamente.

Un resoplido fue la única respuesta de Severus, que no tendría peor cara si estuviera siendo despellejado vivo. Hooch se inclinó hacia Maeve para criticar el asunto en voz baja.

-No sé cómo Albus ha podido permitir esto. No tengo nada en contra de Halloween ni de la Navidad, pero esta horterada...

Maeve se cruzó de brazos y asintió, mirando con ojos furibundos la horrenda y cursi decoración que Lockhart había perpetrado.

Aquello era justo lo que le faltaba.

Durante los años que había pasado fuera de Hogwarts y en el mal llamado "mundo civilizado", la maldita parafernalia de San Valentín había sido como un puñal dentado retorciéndose dentro de sus entrañas, restregándole con su odiosa parodia de felicidad amorosa lo que ella no podía celebrar. En África había sido mucho más llevadero, ya que podía conformarse con sufrir la fecha sin tener que aguantar cientos de slogans publicitarios que se la estuvieran recordando desde días antes ni fiestecitas absurdas a su alrededor. El año anterior apenas había tenido que aguantar un par de punzadas de dolor al ver alguna de pareja de alumnos intercambiar carantoñas y tarjetas y recordar qué día era...

Pero aquello -amanecer con celebraciones festivas y decoraciones cursis recordándole que era otra vez ese maldito día y estar sentada al lado de un Severus al que la fecha no le decía nada en absoluto- era más de lo que podía soportar sin ponerse enferma.

-Estoy contigo -le respondió a la instructora de vuelo, llena de una acritud que no se molestó en disimular- No sé qué coño hay que celebrar hoy. Si por mí fuera, Rolanda, podrían quitar el puto 14 de Febrero del calendario y no me enteraría...


La había oído. Nada meritorio, dado que Maeve lo había dicho en un tono suficientemente alto como para que el resto de la mesa pudieran escucharla.

Si lo había dicho para él o como una reflexión general lanzada al aire Severus no podía determinarlo. El caso era que de ambas formas dolía igual.

-¿Qué fecha es?

Había perdido la noción del paso de los días en Azkabán. No tenía ni la menor idea de en qué fecha estaban y necesitaba saberla, marcarla en el calendario y reverenciarla de ahí en adelante como fiesta mayor de su existencia. Uno no era "amado por primera vez" todos los días.

-¿Que qué fecha es? -musitó ella, sorprendida, sin despegar sus labios de los de él.

Sabía que no era lo más apropiado para decir después de que la chica cuya virginidad acababas de arrebatar y que aún temblaba debajo de tí hubiera dicho con aquella desarmante honestidad que te quería. Sabía que no era exactamente lo que había que decir cuando todo tu ser ardía en deseos de decirle que creías quererla también, tanto que te costaba respirar cuando lo pensabas.

Sabía que no era lo bastante valiente como para decir lo que en realidad anhelaba decirle.

Y sin embargo Maeve no parecía estar reprochándole nada, sino que sonreía contra sus labios de una forma que le partía el alma en dos. Maeve era devastadoramente franca con él porque era lo que le dictaba su naturaleza pero no esperaba correspondencia inmediata. Aceptaría las cosas de él al ritmo que él quisiera entregarlas. Le amaba en esas pequeñas cobardías como le amaba en los grandes gestos de valor. Le amaba entero, sin peros, sin reservas.

Le amaba.

Ser el primero en hacerle el amor y sentir por primera vez que una amante compartía su propio delirio había sido increíble, pero para aquella sensación de estar quietos y abrazados y húmedos el uno del otro y en completa paz y plenitud, para aquella certeza de saberse querido por Maeve, no había palabras.

-14 de Febrero.

Maeve tuvo que repetirlo dos veces porque Severus, concentrado en sentir las cosquillas que los labios de ella producían sobre los suyos al hablar, no le había hecho caso. A la tercera vez la revelación caló como un mazazo en su mente y se apoyó sobre los codos para separarse y mirarla, ceñudo y serio.

-No puede ser -gruñó.

No podía ser que a partir de ahora fuera a tener que venerar en su recuerdo tan tópica, repugnante y empalagosa fecha como la noche más feliz de su vida. No podía ser que a partir de ahora, cuando mirase con hiriente desdén a los idiotas que intercambiaban regalos y estúpidas tarjetitas, tuviera que hacerlo con la secreta vergüenza de estar él mismo celebrando la fecha, aunque en su caso fuera por motivos reales que nada tenían que ver con tradiciones para idiotas. No podía ser...

-¿Qué mosca te ha picado, chico? ¿He dicho algo malo?

No podía ser pero era. Igual que la sensación de Maeve debajo de él, cálida y suave y desnuda y suya. No podía ser pero era y nada importaba aparte de eso. Severus hizo algo que no había hecho en años: rompió a reir abiertamente delante de otra persona, apoyando su frente en la de ella.

-No puede ser que nos hayamos liado en la madrugada del puto día de San Valentín.

Por supuesto que Maeve no encontraba nada que celebrar en esa fecha. Maeve nunca había sido de tradiciones absurdas y corazoncitos rosas. Maeve había sido de él, pero ya no lo era. Y ya no lo sería. Podrían quitar del calendario el puto catorce de Febrero en el que él se consumía de rabia y nostalgia año tras año y ella no se enteraría; Severus era plenamente consciente de ello. Lo que no quitaba para que aquella mañana, sentados el uno al lado del otro bajo una ridícula lluvia de confettis rosas que recordaba la fecha a gritos, oírselo decir hiriera como una cuchillada.

-Merlín nos asista... Pero... Pero... Albus, detén este despropósito antes de que...

Los escandalizados titubeos de Minerva devolvieron a Severus al aquí y al ahora a tiempo de ver cómo por la puerta del Gran Salón entraban una docena de enanos caracterizados como hoscos y adustos Cupidos, arpas y alitas incluídas. Creyó que le iba a dar una embolia de vergüenza ajena.

-Por el amor de Dios, que alguien me arranque los ojos... -oyó gemir a Maeve a su derecha.

-Ciega te será más dificil matar a Lockhart; y quedaste en que te encargabas tú -le advirtió en un discreto susurro

-Es igual. Creo que ya se me han quemado las retinas.

-Si quieres puedo desmemoriarte luego; será como si nunca lo hubieras visto.

-¿Harías eso por mí?

-Ojalá alguien hiciera eso por mí.

Se miraron de reojo sonriéndose con la mirada ya que así, en público y delante de todo el colegio, les estaba vedado hacerlo abiertamente con los labios. Lockhart estaba diciendo algo acerca del espíritu de San Valentín y de que los jodidos enanos estarían todo el día repartiendo felicitaciones y de que la diversión -consistiera en lo que consistiera- duraría todo el día. Severus no le estaba escuchando realmente. Su conversación a hurtadillas con Maeve era bastante más digna de su atención que los desvaríos de aquel payaso que... ¿le estaba nombrando a él en ese preciso momento?

-¿...por qué no le pedís al profesor Snape que os enseñe a preparar un filtro amoroso?

Volvió con rapidez felina la cabeza hacia Lockhart, portando amenazas de asesinato inminente en sus ojos y con las mandíbulas tan apretadas que casi se las oía crujir. Aquel imbécil había traspasado todos los límites, acababa de firmar su propia sentencia de muerte y Severus estaba ansioso por ejecutarla YA antes de ir a enseñarle a aquellos alcornoques de las mesas de abajo por qué uno no debía reírse de según qué gracias cuando hacían referencia a un profesor de Pociones que había matado en el pasado sin que le temblara el pulso...

Y sin embargo no hizo nada.

Nada aparte de quedarse congelado en mitad del gesto de ir a tomar su varita del bolsillo en que la guardaba. Rápida de reflejos y tan certera como siempre en lo que se refería a anticipar sus reacciones, Maeve había tomado su mano por debajo de la mesa y la estaba apretando de una forma que parecía querer decir tranquilo, no lo hagas, no merece la pena...

Y Severus, sencillamente, quiso disolverse en aquel contacto hasta desaparecer.


Cuando estaba con él había adorado cogerle la mano y la sensación seguía siendo la misma. Estar además haciéndolo así -a escondidas del resto de presentes y usando las manos para transmitirse un mensaje en clave, con aquella intimidad tan distinta de la embarazosa exposición con que lo habían hecho el curso anterior en Halloween- era devastador para ella, después de todos los recuerdos con que se había estado torturando como una jodida masoquista durante la noche.

-Vamos.

-¿A dónde?

En realidad no le importaba. Severus se había levantado de encima de ella provocándole un desvergonzado gemido de disgusto y ahora estaba de pie junto al sofá, haciéndola sentir con su mirada mucho más desnuda de lo que estaba aunque en principio no pudiera estarlo más. Y no le importaba en absoluto. No sentía la menor necesidad de cubrirse el pecho ni de doblar recatadamente las rodillas para esconder de los ojos de Severus lo que ya era suyo. No cuando él estaba plantado así ante ella sin mostrar el menor reparo aunque lo tuviera, majestuoso en su desnudez como no lo estaría el rey Arturo enfundado en una brillante armadura. No iba a taparse como una novicia ultrajada cuando lo único que quería era mirarlo y conseguir transmitirle, como él a ella, que le gustaba lo que veía. Eso y coger la mano que Severus le estaba tendiendo para dejarse conducir al fin del mundo si era lo que él pretendía.

-A mi habitación -dijo Severus, tirando suavemente de ella para levantarla y llevarla hasta él, rodeándole la cintura con el otro brazo hasta que estuvo pegada a su cuerpo. Llevó la mano que sujetaba hasta sus labios y besó con delicadeza y parsimonia su muñeca, chupándola suavemente. Para cuando trasladó el beso a los labios de ella, Maeve ya era otra vez pasto de las llamas- A la cama -puntualizó- Siento haberte hecho daño y que haya sido así, tan deprisa, tan... Puedo hacerlo mejor.

Una risa floja de niña tímida subrayó la incredulidad que se apoderó de los ojos de Maeve.

-¿Mejor? -casi gimió.

Tenía que estar de broma. No podía haber nada mejor que lo que él le había hecho -lo que ambos habían hecho- en ese sofá. Había disfrutado con cada segundo de cada beso y caricia, con cada milímetro de piel que habían unido en aquel abrazo de humedad ardiente. Había superado el dolor de ser tomada por primera vez tan rápido que ni siquiera tenía claro que lo hubiera llegado a sentir. Había experimentado aquello a lo que debían de referirse las monjas cuando hablaban del "pecado de la carne" y que las chicas en cuchicheos llamaban correrse y que, por lo visto, sólo sentían las mujeres de reputación dudosa a las que les gustaba demasiado fornicar. Y había sido tan increíble que le iban a estar temblando las piernas el resto de su vida sólo con recordarlo.

¿Y él decía que podía hacerlo mejor?

Severus esbozó esa sonrisa ladeada suya, un poco irónica y un poco arrogante, tan parecida a la de un gato satisfecho. Maeve pensó, medio hipnotizada, que algún día tendría que decirle lo guapísimo que estaba cuando sonreía así porque estaba claro que él no lo sabía.

-Mejor, sí -insistió Severus, apretando su mano y tirando de ella hacia el dormitorio

Dios. Aquel hombre iba a ser su muerte

Los recuerdos iban a ser su muerte ese día. Sólo con dulces memorias de Severus y ella cogiéndose las manos ya tenía material con el que torturarse mil vidas. Obedecer al impulso de tranquilizarle sin pensar que con ello estaba alimentando la nostalgia hasta hacerla letal había sido la cosa más insensata y estúpida que podía haber hecho en aquel maldito 14 de Febrero.

Y sin embargo no pensaba soltarle. Todavía no. No mientras él la mirara con aquella preceptiva expresión de asco furibundo hacia la squib pero sonriéndole con los ojos. No mientras le fuera posible retenerle sin ponerse en evidencia.

Ya pensaría después cómo lidiar con la tortura que ella misma estaba desencadenando. De momento tenía su mano en la de ella y no la soltaría. Todavía no.


Maeve no se había limitado a un breve apretón tranquilizador sino que había seguido sosteniendo su mano fuera de la vista de todo el mundo con aquella calidez firme que la caracterizaba y que él tan bien recordaba. Y si su intención era impedir que matara a Lockhart lo había conseguido, porque después de ser tocado por ella Severus ya ni siquiera recordó que aquel majadero seguía cacareando a su lado y que un segundo antes quería asesinarlo. Lo único que pudo pensar a partir de entonces fue en su deseo de ser libre para volver a besar con deleite aquella palma suave, aquellos dedos encallecidos, aquella muñeca cuyo delicado mapa fluvial de venas azuladas todavía podía dibujar de memoria.

Mientras recorría las mesas del aula de Pociones examinando con ojo crítico los desastrosos amagos de filtro de la paz que estaban perpetrando los alumnos de Quinto, Severus se acariciaba a menudo la mano derecha, distraidamente, sorprendiéndose en pleno anhelo de hallar en su piel algún resto de ella.

Desde el principio había adorado las manos de Maeve.

Acababa de descubrir dos cosas sorprendentes de sí mismo. Una, que pese a lo que quería creer y al igual que tantos idiotas a los que despreciaba, también él albergaba en su persona esa estúpida entidad llamada "ego masculino". Y dos, que Maeve era capaz, sin proponérselo, de disparárselo hasta cotas inimaginables. Severus no había mostrado su desnudez tan abiertamente ante Maeve por arrogancia ni mucho menos por presunción, sino movido por la lacerante convicción de que cuanto antes lo viera bien y decidiera que no le gustaba menos le dolería su rechazo. Y sin embargo ella había mirado su cuerpo desnudo como si de veras fuese algo digno de ser mirado, ruborizada pero sin el menor reparo ni la menor intención de ocultar que, por alguna razón que sólo Merlín sabría, estaba disfrutando de lo que veía... La poca pretensión que pudiera quedarle a Severus de tener la situación bajo control empezó a resquebrajarse con aquella mirada, pero la deliciosa incredulidad de ella cuando le aseguró que podía "hacerlo mejor" desmoronaron tal pretensión por completo. Esa condenada chiquilla iba a alimentar tanto su recién descubierto ego que acabaría convirtiéndolo en un ente monstruoso. Sonrió sin darse cuenta, queriendo parecer burlón pero tan halagado que casi quería ruborizarse por su propia idiotez.

-Mejor, sí -insistió. Y la tomó de la mano para llevarla hasta su cama.

Aquella mano era delgada y ligera como el ala de un pájaro pequeño y sin embargo Severus sentía que agarrado a ella estaba a salvo de cualquier caída. Era una mano por la que se dejaría guiar en la oscuridad, por la que se dejaría sostener al borde del abismo. Cuando estuvieron tendidos y juntos bajo las sábanas, sujetar y besar la mano de Maeve fue lo primero que hizo, lo único que hizo durante mucho rato. No quería tener prisa, no quería acelerar las cosas y perderse parte de aquellos descubrimientos que lo estaban fascinando. Sentir la respiración tranquila de una mujer satisfecha contra su cuello, sentir el roce de unas formas femeninas fuera de la efusión del intercambio sexual, sentir que algo tan simple como coger la mano de Maeve y dejar que sus dedos hicieran el amor con los de ella y mirarla a los ojos mientras se hablaban en voz baja era más intenso y erótico que nada que hubiera hecho con otras. Había follado unas cuantas veces con unas cuantas mujeres, pero aquello no lo había tenido nunca y quería -como con todas las cosas buenas que le pasaban y que por experiencia sabía que no estaban destinadas a durar- apurarlo a fondo, saborearlo con calma, impregnarse de ello.

Y sí, hacerlo mejor. Porque si Maeve había vibrado así debajo de él cuando él sólo había atendido a su propia urgencia, estaba seguro de poder volverla loca si se empleaba a fondo. Aunque no sabía muy bien a fondo de qué. La fría y funcional respuesta de todas sus amantes anteriores no le había dado demasiadas pistas de qué le gustaba y qué no le gustaba a una mujer, ni de si era igual para todas las mujeres. Así que tendría que probarlo todo. Someter la cuestión a ensayo error hasta saber al milímetro qué la enloquecía a ella.

Y no era una expectativa desagradable. En absoluto. Maeve se perfilaba como el proyecto científico más estimulante de su vida...

Un fuerte golpe lo sacó con brusquedad de sus recuerdos y ya se disponía a gritar los nombres de Lisa Harper y Celina Ryan -todos, absolutamente todos los accidentes que ocurrían en el grupo de Quinto eran culpa de las inútiles de Lisa Harper y Celina Ryan- cuando distinguió al culpable del ruido en la puerta recién abierta, mirando a la clase con su cara peluda y ceñuda y aclarándose la voz mientras rasgaba desafinadamente su arpa. La ceja de Severus alcanzó un grado insólito de arqueo y su sangre un punto cercano al de ebullición. Era la sexta vez aquella mañana que veía una de sus clases interrumpida por causa de las estúpidas ocurrencias de Lockhart.

-¿ALFRED MANSON? -preguntó el Cupido enano con hosquedad y desgana, haciendo que uno de los chicos de las primeras filas se escondiera horrorizado debajo de la mesa.

Severus no esperó ni a que se formara el consabido y agotador revuelo entre los alumnos. Sacó su varita, explusó al intruso del aula con un contundente expelliarmus y aseguró después la puerta con un fermaportus, sometiendo a la clase sin más recurso que el de la furia asesina de su mirada.

-Un solo comentario, una sola risa, y me encargaré de que ninguno de ustedes pueda presentarse a los TIMOs -susurró, colérico.

Deseó con todas sus fuerzas que aquél no fuera el año en que la maldición de la plaza de DCAO dejara de cumplirse. Lockhart merecía morir, como mínimo, por el dos veces maldito día de San Valentín que le estaba haciendo pasar.


La culpa la tenía ella por reírse. No había podido evitarlo. Llevaba todo el día vapuleada por los recuerdos y envenenada de amargura y necesitaba reírse y entonces... En fin, lo sentía por el pobre Harry Potter porque sabía que era tímido y odiaba la notoriedad pero el jodido enano había estado inspirado con aquello de los ojos verdes como un sapo en escabeche y... Bueno, el caso era que se había reído con ganas una vez estuvo fuera de la vista de los chicos a los que ella misma había instado a comportarse y no reírse de su pobre compañero. Se había reído hasta sentir que se le saltaban las lágrimas y le dolía la tripa.

Y Dios, empeñado en existir sólo cuando se trataba de joderla, la había castigado por ello con contundencia. Sus clases de la tarde habían sido tal circo de enanos invadiendo el zoológico para cantar sus mensajes de San Valentín que al final había tenido que suspenderlas. Encima uno de los Cupidos, por error, había abierto la jaula de las doxys y con ello había sembrado tal caos en el animalario que a Maeve aún le temblaban las piernas. A ella y a Hagrid les había costado más de dos horas sacarlas a todas de sus escondrijos y evaluar los daños causados, una tarea que sólo podía calificarse de agotadora.

Esta vez alguien iba a tener que matar a Gilderoy Lockhart. Matarlo de verdad, no en sentido figurado. Era un idiota sin remedio y un elemento absolutamente dañino y sólo por el dos veces maldito día de San Valentín que le estaba haciendo pasar merecía morir. La fuga de las doxys por culpa de sus grotescos Cupidos sólo había sido el remate de una jornada insufrible para Maeve. Espoleados por los constantes recordatorios de la fecha cortesía del rubio mononeuronal, sus recuerdos de aquella primera noche con Severus atacaban de forma contínua, rabiosos e inclementes. En cualquier parte. En cualquier momento. Invocados por el menor y más inofensivo de los detalles.

Ahora mismo estaba recordando a su pesar, concentrada en la inocua tarea de intentar tomarse uno de los intragables chocolates a la taza de Hagrid.

-No quiero que hagas nada. Quédate quieta, ¿vale? No te muevas. Sólo siente.

Con la crueldad con que Severus era capaz de blandir las palabras, y sin embargo no podía haber nada más dulce que su forma de amar a través de la voz. Para Maeve escucharle era como sentir chocolate oscuro y caliente derramándose despacio por encima de su piel. Se lo dijo, ruborizándose con violencia, y le encantó ver las mejillas de él enrojecerse también un poco como para desmentir la arrogancia de su sonrisa.

-Mira que eres boba.

Maeve dejó vagar la mirada por el animalario hasta dar con Lerroux y Vodianov, que cumplían castigo aquella tarde como todos los Martes. Habían declinado ceñudamente su oferta de un chocolate -a pesar de que hacía un frío de mil demonios- y mantenían su actitud habitual, procurando no acercarse a una distancia que los pusiera en riesgo de rozarse si tropezaban, sin ni siquiera mirarse a la cara aun cuando eso retrasara su labor y estuviera alargando innecesariamente su castigo. Evitando hablarse como si el simple sonido de la voz del otro les resultara repulsivo...

-Llámame lo que te de la gana pero no dejes de hablarme. Adoro tu voz.

Aunque se sentía absolutamente a merced de él, esos pequeños instantes en que lo dejaba perplejo y sin palabras aunque sólo fuera por décimas de segundo reforzaban su confianza. Le hacían ver que iba por buen camino, que conseguía afectarle del mismo modo en que él la afectaba a ella, que el deseo y el placer eran mútuos. Anhelaba tanto llegar a ser para Severus lo que Severus era para ella...

-Pero si sigo hablando no podré hacer lo que tengo en mente -murmuró él con suavidad pero bajando aún más el tono grave de su voz, sabiendo ya que eso la volvía loca- Ninguna magia puede permitirme hacer dos cosas a la vez con la boca.

Vio en sus ojos que él la estaba tanteando, evaluando su receptividad. Y esperó que su sonrisa le transmitiera lo muy dispuesta que estaba a dejarle hacer lo que quisiera con ella. Hasta ahora, permitirle jugar con sus resortes y olvidar las tonterías que le habian querido enseñar la tía Frances y las monjas -y en las que, de todas formas, nunca había creído con demasiada vehemencia porque contradecían todo cuanto había aprendido de la Naturaleza- no le había traído más que felices recompensas. MUY felices recompensas

Maeve suspiró hondamente, obligándose a apartarse de aquellas imágenes que tenían que ver con los labios de Severus dibujando por primera vez el plano de su piel. En otras circunstancias aquellos recuerdos -deliciosos recuerdos- la habrían excitado con violencia pero hoy sólo la entristecían hasta el límite de las lágrimas. Era tan injusto... Lo suyo había sido realmente hermoso, vibrante, intenso, fluído. Su sincronía y su entendimiento habían sido la clase de prodigio que sólo surgía una vez en la vida. ¿Por qué no había funcionado? ¿Por qué Severus no se había enamorado de ella cuando sólo faltaba aquel pequeño detalle para dar solidez a un puzzle que parecía encajar a la perfección?

-Pueden marcharse ya si quieren -les dijo a los chicos, demasiado deprimida como para tolerar incluso aquella silenciosa y discreta compañía- Ya han trabajado bastante por hoy. No dejen de hacer lo que tengan pensado para celebrar San Valentín...

Tanto Lerroux como Vodianov levantaron sus rostros hacia ella y la miraron como si pudieran abofetearla sólo por sugerir semejante cosa; actitud más que chocante cuando a la vista del tránsito de tarjetas y regalos y enanos cantarines celebrar San Valentín era lo más normal entre la población estudiantil de Hogwarts. Maeve se dijo que aquellos dos chicos, cada uno en su estilo, tenían demasiada dignidad y orgullo para su propio bien. Intentar hablar con ellos era como estrellarse contra un muro de hormigón.

-Prefiero terminar con esto -repuso Lerroux, siguiendo con sus labores de limpieza.

-Yo también -añadió Vodianov igual de lacónica.

No había quien entendiera a aquellos chavales. Cuando a ella la castigaban en Fairmount no veía el momento de acabar y salir pitando. Menos cuando la castigaban cuidando de las cabras, que le encantaban. Y menos cuando la castigaban junto a Sharon Reilly, que era su mejor amiga del colegio y a la que no podía ver de otra manera que no fuera cumpliendo castigo. La tía Frances, buena hasta lo excesivo pero presa de los prejuicios católicos en que había sido forjada, no le permitía frecuentar a Sharon porque era hija de una madre soltera y veía en eso una potencial y terrible mala influencia para Maeve, de modo que las dos niñas...

Espera, chica.

La luz de las revelaciones era como un caudal crecido contenido por una presa. Una vez que se abría la exclusa, Maeve no sabía ya cómo detener el fluir de las ideas.

De todas las cosas que había pensado y elucubrado sobre el feo asunto que involucraba a los dos chicos y sus respectivos grupos de amistades, aquella era probablemente la más absurda e idiota, la más descabellada, la más improbable. Lerroux y Vodianov no eran como ella y Sharon. Lerroux y Vodianov se aborrecían a muerte, se miraban a veces como si pudieran matarse, se habían dedicado insultos y...

Bueno. Tal vez no fuera una idea tan descabellada después de todo. Tal vez mereciera ser estudiada un poco, antes de descartarla. Maeve sabía por experiencia propia que el odio manifiesto no significaba necesariamente que dos personas se odiaran de verdad.


Había llevado la carta consigo toda la tarde, sopesando los pros y los contras de dejarla a la vista de su destinatario y maldiéndose por su debilidad cada vez que decidía que no podía hacerlo.

Era la jugada perfecta, maldita sea. Perfecta para devolverle a Maeve la cuenta pendiente que tenía con ella desde que le liara en aquella majadería del Club de Duelo y perfecta para reforzar la impresión –necesaria, se repetía, MUY necesaria- de que aquella fecha no significaba nada en absoluto para él.

Y aun así, una y otra vez, había decidido que no podía hacerlo. No podía enviarle a Lockhart una empalagosa felicitación presuntamente escrita, firmada y sellada por su colega de Cuidado de las Criaturas Mágicas con la certeza de que el idiota haría algo público y tremendamente embarazoso al respecto. No disfrutaría del estupor de ella ni de su silenciosa cólera como disfrutaría cualquier otro día. Daba igual que el propio Lockhart lo hubiera convertido en la ocasión perfecta con sus majaderías de San Valentín. Una parte de sí sentía que por muy vital que fuera mantener la farsa, ciertas cosas eran sagradas y no podía mancillarlas sólo por reforzar la idea de que nada referente a sus breves días de amor -ni tan siquiera las fechas- había calado en él.

-Pues sí que podías hacerlo mejor... ¡Joder...!

Maeve todavía se reía, entre azorada y feliz. A Severus le había parecido encantador -sí, "encantador", esa era la palabra exacta que había acudido a su mente, tan extraño y tan patético como sonaba- que le hubiera dado la risa al volver en sí después del orgasmo y darse cuenta de lo expresiva y escandalosa que había sido. Le había encantado esa falta de reserva y de pudor tan insospechada en una chica a la que habían querido transmitir que disfrutar en la cama era propio de putas. Le había encantado que lo besara después sin mostrar reparos de que la boca le supiera a ella. Le estaban encantando tantas cosas de Maeve que temía que la lista fuera a ser infinita y no le cupieran tantos nuevos y pequeños placeres en el alma. Y ahora estaba de nuevo entre sus piernas, follándola con la calma y el mimo que la necesidad no le habían dejado desplegar la primera vez. Maeve lo miraba -le encantaba que lo mirara, sobre todo ahora que se daba cuenta de que sus anteriores amantes siempre cerraban los ojos o le volvían la cara- dejándole reflejarse en sus pupilas dilatadas por la oscuridad y el placer. Era como si necesitara decirle "estás en mí" a través de aquel reflejo, como si haciendo el amor con él y diciéndole que le amaba no sintiera que era lo bastante elocuente. Como si pensara que nada era demasiado para él.

Quería sentirse igual con ella. Quería permitirse sentirse igual con ella y permitirse decírselo, porque envidiaba el placer que transmitía la sonrisa de Maeve con cada "te amo" que le susurraba. Quería ser un tipo normal que no sintiera como una debilidad vergonzosa corresponder al afecto de su amante.

Su amante.

Su mujer.

Suya.

Había sido su primer hombre y ahora sabía, con una certeza que lo asustaba, que quería ser también el último, que se moriría sabiendo que aquella dulzura y aquella encantadora desvergüenza y aquella mirada capaz de contenerlo entero se los iba a quedar otro.

-Gracias, Maeve.

Cómo le gustaba aquel placer recién descubierto de hablar contra su boca, cómo lo enloquecía sentirse hecho a medida para estar en ella, Merlín, ¿cómo podía ser tan jodidamente preciosa y no darse cuenta...?

-¿Gracias?

-Me has dado un buen motivo para no vomitar cuando llegue San Valentín.

Algún día tendría que decirle lo guapísima que le parecía cuando reía de aquella manera, decirle que nunca se cansaría de oírla reír...

Severus contempló arder en su chimenea la carta que le habría hecho volver a adelantarse en el marcador de la guerra lúdica que mantenía con Maeve y quedar, a la vez, como el maldito bastardo insensible que le interesaba ser a sus ojos. Su contraofensiva tendría que esperar. No profanaría con una burla, por muy bien jugada y bien recibida que fuera a ser, lo que aquel no-aniversario significaba para él.


-¿Te importa tener compañía?

Maeve negó con la cabeza e hizo sitio a Severus para que pudiera sentarse al lado de ella. El banco que le servía de puesto de observación, bien oculto entre unos árboles bajos, estaba absolutamente helado e hizo al mago soltar una maldición y conjurar de inmediato un conjuro calentador.

-Si lo llego a saber, te llamo para que vengas antes -bromeó ella- Tengo el culo como un témpano.

-La joven señorita podría tener el mobiliario del zoológico encantado para poder regular la temperatura a voluntad, pero la joven señorita no quiere más magia de la estrictamente necesaria, -replicó Severus con mordacidad- así que la joven señorita y su culo se joden.

-Vete a la mierda. ¿Café? -ofreció, levantando un termo.

Severus levantó una ceja con desdén.

-¿Del que te gusta a tí? No, gracias. Espero poder dormir en algún momento de la próxima década.

Maeve le hizo una mueca y se sirvió una taza del oscuro y aromático líquido, mirando abiertamente a Severus mientras él estaba entretenido curioseando las notas de ella, sus libros, sus peculiares y en general incomprensibles esquemas, todo lo que tenía desperdigado de cualquier manera sobre el banco. A veces, cuando el peso de los recuerdos era tan brutal como había sido aquel día, Maeve tenía miedo de estar engañándose, de no estar enamorada del hombre sino del fantasma del joven que había sido, de estar perdiendo tiempo y fuerzas venerando un sentimiento que no era tal sino sólo la nostalgia de algo muerto y perdido. Pero bastaba tener a Severus delante para saber que aquel intento de mentira piadosa no funcionaría. Severus seguía siendo la misma criatura ceñuda de hermosa sonrisa secreta, la misma mente privilegiada y brillante sedienta de saber cuya luz podía descubrirle a uno mil senderos alternativos que explorar, el mismo ogro de humor corrosivo y mordaz empeñado en ocultar que también podía ser amable. Era cruel e insoportable muchas veces, valiente y orgulloso hasta lo indecible, buena persona a su pesar. Era aún más atractivo a sus ojos de lo que había sido de joven. Era el muchacho de entonces corregido y aumentado por la vida y los años, mejor en unos aspectos, peor en otros, perfecto en su conjunto. Era Severus Snape, único gracias a Dios porque si hubiera dos como él el mundo no podría soportarlo sin desintegrarse.

Y Maeve lo amaba, sí. Lo amaba a él, al hombre real, al que estaba ahora sentado con ella. Lo amaba más de lo que lo había amado nunca. Y sabía que, muy a su pesar, lo amaría mientras él existiera aunque eso supusiera alimentar un amor sin esperanzas durante el resto de su vida.

Si algo se le daba bien a Maeve Murphy era comportarse como una mula obstinada en cuestión de afectos.

-Menudo día, ¿eh, chico?

-Y que lo digas.

-¿Huyendo del ataque de los Cupidos Cejijuntos? -le preguntó, burlona.

Severus replicó con uno de sus teatrales suspiros de resignación.

-Tengo ronda de pasillos a partir de medianoche. Se le ha advertido a Lockhart que si el castillo no está libre de enanos cantarines para esa hora él terminará con un arpa incrustada en el cráneo -explicó.

-¿Se le ha advertido significa que le has advertido? -matizó Maeve, sonriendo con malicia.

-Que Minerva le ha advertido. Lo del cráneo es muy propio de su contenida elegancia. Yo era más partidario de metérsela por el culo: al fin y al cabo, es ahí donde ese imbécil tiene el cerebro...

Maeve rió por lo bajo meneando la cabeza y volvió los ojos hacia la jaula de los demiguises, en cuyo fondo, sobre una pantalla hecha de un extraño y etéreo material, se estaba proyectando una de las películas educativas. De vez en cuando, observaba algo digno de su atención en la pareja real de animales y lo apuntaba -papel y bolígrafo, nunca pergamino y pluma si puede evitarlo, advirtió Severus divertido- en su cuaderno de notas.

-¿Funciona?

-Es pronto para saberlo -dijo ella, encogiéndose de hombros- Su celo no empieza hasta dentro de un mes. Espero que para entonces hayan aprendido algo...

Severus desvió su atención del suave perfil de Maeve al darse cuenta de que lo estaba mirando demasiado y fijó sus ojos en la película. Recordaba haber visto de niño en la televisión algún documental de Naturaleza y no haber entendido nada de lo que sucedía. Ver algo similar a la luz de su experiencia de adulto tenía cierta gracia. Verlo acompañado de Maeve era decididamente extraño pero no del todo incómodo. Las cosas, incluso cuando eran difíciles, resultaban fáciles al lado de ella.

-Joder. Pues sí que...

-Eso es la cola, majadero. Y además es una hembra.

-¿Y cómo se supone que voy a distinguirlos? Todos esos putos bichos son iguales.

-Eso no es verdad. Lo que pasa es que no tienes ni idea.

Severus se envolvió bien en su capa y guardó silencio un buen rato mientras ella observaba y apuntaba, tan concentrada que no se daba cuenta de la atención con que su compañero la observaba a ella.

-¿Qué tal Lerroux y Vodianov esta tarde?

-Agotadores.

Severus enarcó una ceja, curioso. Maeve era la habladora de los dos, la que tendía a explayarse más de lo debido. Una Maeve lacónica era una Maeve sospechosa.

-¿Qué es lo que no me estás diciendo?

La sonrisa de ella, entre enigmática y burlona, le dio la razón.

-Te lo contaré cuando tú me cuentes lo que no me quieres decir a mí. ¿Te parece buen trato? ¿O prefieres intentar leerme la mente?

En ocasiones, cuando le enfurecía su incapacidad para dejar de desear a Maeve, trataba de convencerse de que sólo estaba enamorado del pasado, de los recuerdos. De que en realidad lo que sentía era un burdo simulacro de amor creado a base de nostalgia. Entonces Maeve – inteligente, terca, luchadora, irritante, compasiva, malhablada, generosa, temperamental, hermosa, estimulante, brillante, adorable, perfecta- se encargaba de espabilarle con cualquiera de aquellas pequeñas cosas propias de ella que Severus sentía como un puñetazo descargado en medio de su moral. ¿A quién quería engañar? Ningún recuerdo era mejor que la mujer real. Amaba a Maeve, no a su fantasma, y cada vez tenía más claro que eso no se extinguiría mientras ella existiera. No se rendiría nunca. Esperaría los años que hicieran falta, sin importar que fueran un par de ancianos cuando hubiera pasado toda aquella locura y pudieran estar juntos sin que eso les pusiera a los dos en peligro, sin importar que para entonces se la tuviera que disputar al abuelo de sus nietos. La esperaría toda la vida si tenía que hacerlo. Haría que le volviera a querer. Y entonces dejaría de vivir de recuerdos porque la tendría de verdad y la tendría para siempre. Se hizo esa firme promesa muda sobre aquel banco helado en su undécimo no-aniversario, mirando su hermoso perfil. Y supo que la cumpliría, costara lo que costara.

Si algo se le daba bien a Severus Snape era ser fiel a una promesa.


Pues sí: Severus y Maeve empezaron su relación en la madrugada del 14 de Febrero (Feanwen, que es quien me vigila los fallos de raccord, -gracias, chata- podrá confirmar que aunque el dato sea nuevo, no me contradigo al respecto XD). El título del capítulo es el de una película muy bonita protagonizada por Robert Redford y Barbra Streissand, de la que seguro que os suena la canción principal cantada por ella (Memories, light the corners of my mind, misty watercolor memories of the way we were...)

Bueno, espero que me disculpéis la tardanza en actualizar. He estado de vacaciones y no he tenido forma de subir el capítulo hasta hoy.

Ya sé que es un capítulo un poco rarillo y que tampoco es que la trama avance demasiado. Digamos que lo escribí en unos días en que estaba bastante desmotivada con el fic y sentí que necesitaba hacerme este regalo, centrado en ellos dos y en sus bonitos recuerdos.

Además, se da la estupenda casualidad de que sea este capítulo el que pueda dedicarles a dos personas que creo que lo van a disfrutar mucho. A Sayuri Hasekura por aguantarme las neuras y ejercer de psicóloga y editora a tiempo parcial, con lo liada que está, y todavía seguir encontrando tiempo para actualizar sus estupendos fics. Y a Lisbeth Snape porque es una persona espectacular en todos los sentidos y además tiene el detalle de escribir "Reflejos", que es uno de los mejores fanfictions en castellano que he tenido el placer de toparme: conocerte en persona ha sido un placer equiparable al de leer lo que escribes, te lo aseguro.

Y por supuesto, gracias a todos los que habéis llegado hasta aquí sin mandarnos a la porra a mí y a mi historia: sois lo que hace que esto siga adelante.

NOTAS:

-Por si no lo sabéis, Rob Roy es un personaje de Sir Walter Scott al que probablemente recordéis interpretado por Liam Neeson (yo, al menos, no consigo olvidarlo: Liam Neeson en kilt... ains...)

-Las gardenias son blancas, de ahí que a Pomona fuera a darle un patatús viéndolas fucsias (podríamos decir que era un chiste botánico... prometo que no volverá a ocurrir XD)