Capítulo XVI: se denomina cabeza de turco a una persona o grupo de ellas a quien se quiere hacer culpable de algo de lo que no lo es, sirviendo así de excusa a los fines del inculpador. Ante injusticias de este calibre no caben medias tintas: o se acatan con la cabeza gacha o se denuncian con toda la contundencia del mundo. Y cuando uno es recto y valiente, sólo una de estas dos actitudes es correcta, aunque parezca un poco suicida.

CAPÍTULO XVI: CABEZAS DE TURCO

-Todos los alumnos estarán de vuelta en sus respectivas salas comunes a las seis en punto de la tarde. Ningún alumno podrá dejar los dormitorios después de esa hora. Un profesor les acompañará siempre al aula. Ningún alumno...

Severus carraspeó con desdén al acometer aquella frase. Ése había sido el único punto de las medidas de emergencia con el que se había mostrado en abierto desacuerdo durante la reunión. ¿Qué es esto, un maldito jardín de infancia?, había protestado, ¿Tendremos que ayudarles también a limpiarse el culo cuando terminen?

-... podrá entrar en los servicios sin ir acompañado de un profesor -continuó, el desagrado patente en su expresión facial- Se posponen hasta nueva orden todos los partidos y entrenamientos de quidditch. No habrá más actividades extraescolares.

Severus enrolló el pergamino que había estado leyendo y miró a los alumnos que abarrotaban la Sala Común de Slytherin y lo escuchaban en un silencio sepulcral aunque no tan consternados como deberían. Algunos de ellos demasiado relajados, de hecho. Casi podría jurar que disfrutando de la situación.

Sintiéndose a salvo.

-No tengo que decirles que los hechos acaecidos son de extrema gravedad y que no se descarta la necesidad de cerrar el colegio si no se puede garantizar la seguridad de sus residentes –continuó fríamente, recorriendo el grupo con la mirada mientras hablaba, evaluando la reacción de todos y cada uno de los jóvenes- Se me ha pedido que les transmita que aquel que tenga cualquier pista sobre lo que está ocurriendo debe comunicarla de inmediato.

-Está claro lo que está ocurriendo, profesor Snape. La cosa va contra los sangresucia, ¿no? Que los saquen a todos de Hogwarts. O que los encierren en una de las jaulas del zoológico, a ser posible también con la Murphy dentro, y dejen que lo que sea termine su trabajo. Verá qué pronto cesan los ataques en cuanto la escuela esté libre de esa peste muggle... ¿Verdad, Lerroux?

Charles Fraser había pronunciado su sarcástico discurso sin mostrarse en absoluto intimidado por la mirada cada vez más llena de veneno de su profesor, rematándolo con una agresiva palmada en la espalda del silencioso y cabizbajo aludido, al que raras veces se le veía ya sin estar escoltado por él. Charles sonreía de aquella forma arrogante y torcida que tanto recordaba a Silas Fraser aunque era poco probable que le viniera de sus genes. Se le veía orgulloso, triunfal. Y Severus desearía poder decir que era el único pero no había nada más lejos de la verdad. Aunque ningún compañero apoyara abiertamente su proclama -no era el estilo Slytherin, al fin y al cabo- muchos ojos se iluminaron al mirarle en señal de aprobación.

Por mucho que ya lo supiera, asustaba comprobar el nido de víboras que podía llegar a ser la Casa que dirigía.

Por mucho que ya lo esperara, costaba oír el nombre de Maeve mentado por aquel desgraciado en aquellos términos y no actuar como le estaba pidiendo a gritos el instinto.

-Señor Fraser -dijo con espeluznante suavidad, acercándose un par de pasos al chico. Charles era alto pero no tanto como él, y su mayor corpulencia no bastaba para hacerle parecer en ventaja frente al amenazador porte de ave rapaz de su profesor- Creía haberle advertido ya de la importancia capital de la diplomacia y de la... inconveniencia de hacer según qué declaraciones altisonantes que pueden perjudicar su imagen y, lo que es aún más importante, la de su Casa, en un momento sumamente delicado... ¿Tiene problemas de amnesia, acaso?

Fraser conservaba el aire altivo pero ya no sonreía. Ni él ni ninguno de los que le habían reído la gracia, de hecho. Si había algo que todos los Slytherin sabían hacer era interpretar sin margen de error los matices del discurso de su tutor y agachar la cabeza cuando era obvio que éste no bromeaba. Bien, se dijo Severus. Tal vez la situación no les infundiera el menor respeto pero estaba claro que él todavía sí.

Y mucho.

-¿O quizá se ha transmutado en Gryffindor en las últimas veinticuatro horas? -añadió con su más elegante y venenoso sarcasmo- Porque si es así, dígamelo. No dirijo Slytherin porque aprecie a los verduleros con incontinencia emotiva, ¿sabe?

Bien, muchacho. Mírame así, como si desearas matarme y fueras consciente de que ni en tus sueños serás capaz de hacerlo. Mírame como si me odiaras porque si aún no lo haces vas a hacerlo, engreído y descerebrado bastardo.

-Queda usted encargado de limpiar los baños de Slytherin hasta nueva orden, señor Fraser. Quizá la ejecución de esas pequeñas y gratificantes tareas lo ayude a reflexionar durante las muchas horas de encierro en esta sala que le aguardan y a encontrar el camino de la sutileza perdida.

Cuando abandonó la Sala Común de Slytherin camino de su despacho, Severus ya saboreaba por anticipado la reacción iracunda de Silas Fraser y lo mucho que iba a disfrutar haciéndole quedar en evidencia delante de los demás ex-Mortífagos por su incapacidad para controlar a su hijo como tan reiteradamente le había pedido Lucius que hiciera. Quizá, se dijo, ésa fuera la forma de quitárselo a Damien Lerroux de encima, dejando sólo el asunto de sus rencillas con los Gryffindor pendiente de una solución que bien podría cederle a Maeve. Quizá fuera a salir algo positivo de aquella molesta y absurda locura que se estaba apoderando de Hogwarts con los ataques del monstruo desconocido y el enloquecido baile de rumores y las renovadas presiones del Ministro que apenas había tardado unas horas en personarse en la escuela para exigirle una solución a Dumbledore.

Se preguntó si a esas horas seguirían reunidos.

Se preguntó si a esas horas Maeve ya estaría recogida en sus habitaciones o, como mucho se temía, trabajando fuera del castillo.

Ojalá a Minerva se le hubiera ocurrido, dentro del paquete de medidas de emergencia que también incluía la suspensión de las salidas a Hogsmeade, prohibir a Maeve que anduviera por el zoológico después de la puesta de Sol. Pero no, la maldita bruja había tenido que elegir precisamente aquella ocasión para moderar su instinto de sobreprotección hacia Maeve y escuchar los argumentos de la condenada terca: ningún ataque se había producido fuera de los muros del castillo, no podían permitirse el lujo de descuidar la colección, el estudio que estaba realizando sobre varias especies delicadas en colaboración con otras instituciones zoológicas de la Europa mágica podía verse comprometido... Severus se preguntó si ya estaría allí y si sería demasiado descarado aparecer con cualquier excusa para echarle un vistazo sólo por precaución; si su afán por estar pendiente de ella no empezaría a resultar sospechoso de trascender lo meramente amistoso y...

¿Aquello eran golpes en la puerta?

Maldita sea, ¿es que hoy la gente no tenía otra cosa que hacer que venir a llamar a su despacho?

La invectiva que había preparado en el breve trayecto desde su sala a la puerta se quedó congelada en su garganta al descubrir a su inesperada visita.

Lucius Malfoy vestía como para las ocasiones solemnes y graves, elegante pero sobrio y sin la menor nota frívola. Y tenía la sonrisa del lobo hambriento que intuye próximo un festín, y los ojos llenos de veneno y triunfo, y un pergamino oficial en la mano que no sostenía su eterno bastón.

Lucius Malfoy estaba en Hogwarts. Y todo en su retador aire de rey del mundo le dijo a Severus que no venía en visita de cortesía.

-¿Qué demonios haces aquí, Lucius? -preguntó el profesor de Pociones, tratando de imponer a su inquietud un lánguido y desdeñoso aire de desinterés. Tratando de no transpirar el nombre de Maeve por cada uno de sus poros erizados de tensión.

El purasangre se limitó a sonreír y desenrolló el pergamino para mostrárselo extendido. Letra de escriba profesional, escudos de Hogwarts y del Ministerio, sello del Consejo Escolar. Severus no quiso -no pudo- leerlo completo, pero logró distinguir a simple vista, con un horror que le costó todo su autodominio no transparentar, las palabras Dumbledore y destitución. El gris de los ojos de Lucius fue el acero pulido y brillante de las dagas bien afiladas al declarar:

-He venido a sacar la basura, amigo.


¿Dónde demonios se habría metido Hagrid? Hacía más de media hora que debería estar allí con ella. La hembra occamy, Ayu, estaba dando muestras de no saber qué hacer con el gran huevo plateado que acababa de poner y tenían que darse prisa en recuperarlo si querían incubarlo artificialmente y salvar al pollo, dado que Bintang, el macho, no parecía estar mucho más enterado que su compañera. Pero Maeve no podía manejar ella sola a dos pájaros gigantes de cuatro metros cuyo pico podía partirla en dos sin esfuerzo y que se mostraban especialmente territoriales y agresivos durante la puesta. Necesitaba a Hagrid con ella y aunque al principio se había enfadado por la tardanza, el lento acumularse de los minutos la estaba empezando a preocupar.

Hacía más de media hora que Hagrid debería estar allí con ella pero Hagrid nunca se retrasaba a menos que tuviera una muy buena razón para ello, y en ese caso siempre encontraba la forma de avisar. Ni siquiera se había molestado en contestar con un par de líneas, un simple "llegaré tarde", a la nota que ella le había enviado a través de Saighead. El halcón había vuelto de vacío y Maeve seguía sola e inquieta en el zoológico, junto a la jaula de los occamys, mirando pensativa las evoluciones de los perplejos padres primerizos alrededor de su huevo pero sin verlos en realidad. Hagrid la tenía realmente preocupada. Después del ataque a Granger y Clearwater había entrado en un obstinado mutismo totalmente impropio de él y no hacía más que mirar con ojos angustiados a su alrededor, como si esperara que en cualquier momento fueran a surgir de la nada docenas de dedos acusadores. Pero aquello no iba a suceder, ¿verdad? Cualquiera en su sano juicio se daría cuenta de que Hagrid era incapaz de matar una mosca y mucho menos de dañar intencionadamente a un ser humano y de que su maldita araña gigante no podía petrificar gente porque carecía de ese poder y además nunca salía de su morada en las profundidades del Bosque Prohibido.

Y Dumbledore no permitiría que nadie hiciera daño, físico o moral, al bueno de Hagrid. Cuidar de él y de su buen nombre era lo menos que Hogwarts le debía después de la injusticia cometida cincuenta años atrás. Dumbledore no consentiría que se tocara a Hagrid, por mucho que aquel estúpido borrego cebado que respondía al nombre de Cornelius Fudge estuviera, en esa reunión sumarísima que ahora mismo mantenía con el Director, tratando de conducir por ahí los tiros.

Dumbledore no lo permitiría. No...

Apenas tuvo tiempo de sobresaltarse por el violento PLOP que hizo Prissy al aparecerse a su lado porque la elfina se arrojó de inmediato contra ella, agarrándose desesperada a sus piernas con sus grandes ojos fosforescentes a punto de salírsele de las órbitas.

-¡Venga rápido al castillo, joven señorita! ¡Tiene que detenerlos! -lloriqueó espantada- ¡La joven señorita no puede consentirlo! ¡La joven señorita ha de venir rápido!

-¿Qué demonios pasa, Prissy? -replicó Maeve, tratando sin éxito de zafarse de ella.

-¡Es horrible, horrible, horrible, un desastre...! -gimoteaba la elfina

-Pero ¿qué...?

-¡La joven señorita tiene que detenerlos, tiene que evitarlo, tiene que...!

-¡Prissy, por el amor de Dios, dime lo que ocurre!

-¡Se llevan al señor guardabosques! ¡Han venido a llevárselo a la cárcel siniestra de la que nadie sale! ¡La joven señorita tiene que impedírselo!

Maeve sintió que le fallaban las piernas y, escurriéndose de la presa de la elfina, buscó apoyo en un árbol cercano. Boqueaba al límite de la hiperventilación y tuvo que sujetarse el pecho con una mano, porque la forma en que le estaba latiendo el corazón dolía, realmente dolía.

No puede ser.

-No puede ser, Prissy, has tenido que entenderlo mal, el Director no... Él no...

¡Dumbledore no lo permitiría, maldita sea!

-¡Se lo están llevando ahora esos hombres malos, la joven señorita tiene que hacer algo! -gimió la criatura con desesperación.

La sangre empezó a rugir peligrosamente en las sienes de Maeve, semejante a remolinos en los rápidos de un río, semejante a la furia de aguas turbias contra rocas afiladas, semejante a tempestades capaces de hundir barcos y tirar murallas. No había dique de hielo capaz de contener aquel caudal de lava explosiva, ni razón capaz de hacerle ver que nada de lo que ella pudiera hacer conseguiría lo que la oposición de Albus Dumbledore no había logrado.

No había argumento capaz de detener a un Murphy cuando tocaban a uno de los suyos, y Hagrid, a los ojos de Maeve, era casi como de su sangre.

-¡Saighead! -gritó- ¡Al castillo! ¡Vamos!

El halcón emitió su prolongado y triunfal grito de batalla y levantó el vuelo para precederla en su desesperada carrera hacia el castillo. Cada zancada y cada jadeo eran como la descarga de un martillo en el cerebro de Maeve, borracho de adrenalina y saturado de espíritu de batalla.

No lo permitiré. No lo permitiré. No lo permitiré.

Maeve irrumpió en el vestíbulo de Hogwarts con todo el aire de una diosa guerrera de antaño, crecida por la indignación bajo su atuendo de cuero, exhalando un vaho que la asemejaba a un dragón y despidiendo furia por unos ojos que se tornaron casi incandescentes al reparar en el grupo que escoltaba a su enorme, cabizbajo, cohibido, derrotado amigo.

Al reparar, por encima de Dumbledore, de los dos jóvenes aurores y de aquel hombrecillo de aspecto estúpido que sólo podía ser Cornelius Fudge, en él. En su pelo inconfundible y sus aires de satisfecha grandeza y su asquerosa sonrisa de déspota.

Su mirada colisionó con la de Lucius Malfoy con una fuerza que la habría hecho tambalearse de no estar fuertemente sostenida por su propia cólera. Sintió su visión inundarse de sangre y supo que no era bueno ni sensato pero no le importó, porque la mirada de Hagrid era tan desoladora que nada de lo que ella pudiera hacer por ayudarle debía dejar de hacerse. Nada. Ni siquiera firmar su propia sentencia de cárcel… o de muerte.

-¿VA A EXPLICARME ALGUIEN POR QUÉ COJONES NO HE SIDO INFORMADA DE ESTO?


Tenía que encontrar a Maeve. Tenía que encontrarla como fuera antes de que Lucius lo hiciese, porque sabía que iría a por ella al acabar con Dumbledore.

-Quizá le haga una pequeña visita a esa puerca una vez haya puesto al viejo chocho de patitas en la calle. Quiero ver en qué se queda su arrogancia cuando se vea sin el amparo de su "benefactor". Quiero verla encogerse y desear tragarse todas y cada una de las contestaciones que me dio hace unos meses. Quiero que esa puta lamente no haber entendido primero cual es su lugar... y que entienda lo que la espera en cuanto consiga echarla a ella también. Que será pronto, amigo. Muy pronto.

La única esperanzade Severus era que Maeve no se hubiera enterado de la presencia de Fudge ni de sus intenciones para con Hagrid, que él acababa de conocer por Lucius. Que estuviera ocupada y descuidada en el zoológico con sus amadas bestias, que no hubiera recibido aquella declaración de guerra ni la llamada a filas que implicaría necesariamente si la conocía un poco bien. Porque si Maeve se enteraba de que habían venido a apresar a su segundo de a bordo de aquella forma sumaria e injusta, si acudía en su socorro y se enfrentaba con Fudge, Lucius estaría allí. Y acabaría enfrentándose también con él, ignorando que ya no contaba con el respaldo de Dumbledore porque Dumbledore acababa de ser desposeído de toda autoridad.

Tenía que encontrarla como fuera y reducirla por la fuerza si era necesario.

¿Por qué no estás en tu maldito zoológico como deberías? rugió para sus adentros, frustrado, colérico, aterrorizado por la posibilidad de haber llegado demasiado tarde. ¿Por qué, en el nombre de toda la puta corte mágica de Avalon, tienes que estar siempre aquí menos ahora que deberías estar, jodida y estúpida...?

Sus ojos elevados al cielo para dar mayor fuerza a sus juramentos tropezaron con la visión que más temía. A lo lejos, Saighead enfilaba la entrada principal del castillo. Y no necesitaba mirar el sendero que se extendía bajo el vuelo del halcón para saber quién lo seguía.

Mierdamierdamierdamierda...

Debían de haberse cruzado. Maeve tenía que haberse enterado de alguna forma, a través de alguien, -alguien a quien destrozaría con sus propias manos si averiguaba de quien se trataba- mientras él iba hacia allí. Tenía que haber subido justo por el camino que él había decidido no tomar.

Maldito idiota, jodido e inútil bastardo bueno para nada, una sola cosa que tenías que hacer y la haces al revés, si por elegir mal llegas tarde, si por perder este par de minutos la pierdes...

Ondeada por la urgencia de su carrera, su túnica negra flotaba tras él como las alas de un enorme y siniestro pájaro de presa.

Que llegue pronto. Que llegue antes que ella. Que no la haya visto, Merlín, que no la haya visto...

Los ojos de Lucius habían sido casi insoportables de mirar cuando le comunicó sus intenciones de buscar a Maeve. Habían vestido la misma crueldad lasciva con que en su día le había hablado de los Murphy...

¿Has oído alguna vez a los cerdos en la matanza? Aquel mocoso chillaba igual cuando...

...de cada monstruosidad que había hecho con ellos...

No creía que nadie pudiera resistir eso sin morir inmediatamente de dolor, ¿no es una suerte que tu genialidad con las pociones hiciera a los jodidos puercos irlandeses tan resistentes, amigo?

...de cada lamento y súplica que Brigid Murphy le había dirigido mientras era ultrajada y torturada hasta la muerte…

Por su marido, Severus; esa zorra pedía por su marido. ¿Qué se suponía que yo debía hacer? ¿Conmoverme? ¿Por una puta muggle demasiado encariñada con su macho? Por favor...

Los ojos de Lucius habían sido una amenaza implacable de dolor y muerte contra Maeve y él tenía que apartarla de ello, tenía que encontrarla primero, tenía que...

Su grito demandante y colérico le alcanzó en mitad de las escaleras de la entrada a Hogwarts como la descarga de un rayo, clavándolo al sitio. Y Severus cerró los ojos con gesto de ira y desesperación. Al parecer era demasiado pedir que, por una maldita vez, Maeve le pusiera las cosas fáciles.


-Vaya, vaya, vaya, a quién tenemos aquí -dijo Lucius Malfoy, desgranando las palabras con su perfecta e irritante dicción, sonriendo con indisimulado desprecio- Una oportuna casualidad, profesora Murphy. Así me ahorra usted tener que ir a buscarla y comunicarle las noticias que afectan a su... ¿podríamos decir mano derecha?

Maeve lo miró cargada de ánimo e intención de escupirle en la cara. Consciente de ello, Dumbledore se acercó con presteza a ella, poniéndole una mano sobre el hombro.

-Márchate, Maeve. Aquí no hay nada que tú puedas hacer. Es mejor que...

-¿Maeve Murphy?

Cornelius Fudge se adelantó del grupo con una gran y relajada sonrisa dibujada en su arrugado rostro. Maeve miró la mano que le tendía como si fuera un insecto repugnante y tóxico.

-Aunque las circunstancias no sean las más agradables, es un placer para mí conocer por fin a la nieta del gran Declan Murphy -dijo Fudge untuosamente- Soy...

-¿Acaso parece que venga en visita diplomática? Porque no es así -le cortó Maeve con brusquedad, ignorando la advertencia que Dumbledore le envió mediante un apretón de su mano- Sé perfectamente quien es usted, Ministro Fudge, y a qué viene, y vengo precisamente a evitar que siga adelante con este despropósito. Hagrid no se va a ir a ninguna parte.

-Maeve... -la llamó Dumbledore con suavidad.

La joven se revolvió contra él como una gata acorralada y furiosa.

-¿Cuando pensabas informarme, Albus? -siseó- ¿Cuando buscara a Hagrid mañana por la mañana? "Oh, ha tenido un pequeño contratiempo y está en presidio, nada importante"... ¿Así pensabas decírmelo?

-Es mejor que te vayas, niña -terció Hagrid con voz lastimera y mirada nerviosa- Haz caso de lo que te dicen. No hay nada que tú...

-¿CÓMO QUE NO? -rugió ella- Ministro Fudge, le ruego... No, le EXIJO que frene inmediatamente este circo. Hagrid no es ni ha sido jamás culpable de nada. Que se le acuse es una absoluta gilipollez además de una injusticia y una desvergüenza. Debería...

-¿Ves lo que te decía, Cornelius? -la interrumpió la voz de Lucius- Éste es el nivel de profesorado que Dumbledore considera apropiado para una escuela de la altura y el prestigio de Hogwarts. Gigantes con antecedentes dudosos, squibs de modales barriobajeros...

Fudge no contestó. Todavía miraba a Maeve parpadeando patéticamente, como una liebre deslumbrada por los faros de un coche. Y Maeve, a su vez, miraba a Lucius como si pudiera carbonizarlo a fuerza de simple deseo.

-¿Acaso me he dirigido a usted, señor Malfoy? -escupió, enfrentándose a Lucius con gesto duro y altivo- ¿Se puede saber quién le ha dado vela en este entierro?

-El Consejo Escolar, profesora Murphy -replicó Lucius con un destello de perverso placer en la mirada, enseñando amenazadoramente sus blancos dientes al hablar- El mismo Consejo Escolar que hace una hora aprobó y firmó el cese de Albus Dumbledore como Director de esta escuela y la carta de despido del cuestionable guardabosques que él mismo contrató. ¿Le parece poca vela... profesora?

Maeve tardó varios segundos en encajar aquello. Y cuando tuvo que tomar aire porque se estaba ahogando cayó en la cuenta de que se había olvidado de respirar. Sus ojos incrédulos se volvieron ahora hacia Dumbledore. Casi gimió cuando la expresión de él contestó por adelantado a cualquier pregunta, a cualquier súplica que le hubiera podido hacer.

-Lo siento, Maeve.

-Dime que no es verdad, Albus. Dime que...

-No hay nada que podamos hacer aquí y ahora, hija -insistió Dumbledore, poniendo ambas manos sobre los hombros de la joven y mirándola directamente a los ojos- Tendremos que apelar a otros niveles, de otras maneras. Todo lo que ahora podemos hacer...

-No te preocupes por mí, niña...

La voz de Hagrid temblaba y sus ojos oscuros estaban cargados de las lágrimas que se estaba resistiendo a soltar en un inusual y por eso mismo desolador gesto de orgullo. Maeve reparó en la forma en que ambos aurores lo flanqueaban, como si fuera un individuo peligroso que en cualquier momento pudiera escaparse. Reparó -y al hacerlo su corazón se aceleró más todavía- en la postura de las manos de Hagrid, cruzadas y quietas ante él, como si...

-¿LO HAN ESPOSADO? -bramó, de tal forma que los ecos de su grito reverberaron por los gruesos muros del vestíbulo, desoyendo las amables advertencias que Dumbledore le estaba lanzando en voz baja- ¿Se han atrevido a...? ¡QUÍTENLE INMEDIATAMENTE ESAS COSAS! ¡NO ES NINGÚN CRIMINAL, MALDITA SEA!

-No hay por qué ponerse así, profesora Murphy -replicó Fudge nerviosamente, sin atreverse a mirarla a la cara- Esposar a un detenido es un simple trámite y...

-Estaré bien, Maeve -insistió Hagrid- Tú cuida de los animalitos, ¿vale? Perséfone está a punto de cambiar los dientes de leche y necesitará algo de caucho fuerte para morder y aliviar el dolor de encías y creo que una de las mooncalfs está preñada y... Asegúrate de que Fang no se siente solo por las noches, ¿te puedes creer que le da miedo la oscuridad?

Atrapada por el miedo y el dolor que había en la mirada del semigigante, por su propio temor y su propia rabia, Maeve no escuchó la risa sarcástica de Lucius Malfoy, ni reparó en que Severus había hecho acto de presencia en el vestíbulo y contemplaba la escena con la sangre hirviendo de adrenalina bajo su impasibilidad de estatua y la varita discretamente apretada en su mano derecha. Maeve no reparó más que en la pena de su gigantesco amigo y se acercó a él y apretó como pudo sus enormes manos esposadas, que triplicaban el tamaño de las suyas y sin embargo se sentían mansas como las de un niño. Las manos del hombre que a su manera torpe y escasamente juiciosa siempre había cuidado de ella y al que ahora ella no podía ayudar.

-Hagrid... -susurró con la voz quebrada.

-Estaré bien.

Dos gruesas lágrimas rodaron por las curtidas mejillas del guardabosques para ir a morir en su barba. Cuando uno de los aurores dijo que tenían que irse y Dumbledore les explicó con voz dura y gesto amargo que podían utilizar la red Flu desde la Sala de Personal, Maeve sintió que algo dentro de ella se retorcía hasta quebrarse y empezaba a sangrar.

-Vamos, Maeve, deja que me vaya con estos señores... -le suplicó Hagrid mientras los dos jóvenes empezaban a tirar de él hacia las escaleras.

-¡No pueden llevárselo! -gritó Maeve, resistiéndose a soltarle- ¡Están cometiendo un error terrible!

-Déjalo estar, niña -sollozó el grandullón zafándose de sus manos- No quiero que tú también te metas en líos.

-Me temo que ya está metida en líos, buen hombre -replicó Lucius Malfoy con voz complacida y sonrisa depredadora- Ya te he contado, Cornelius -añadió mirando al cada vez más nervioso Fudge- que esta... señorita ha estado delegando responsabilidades y tareas que comprometían a alumnos de Hogwarts en ese peligroso elemento. Deberías plantearte ir abriendo una segunda línea de investigación, ¿no crees,…?

Un suave carraspeó le interrumpió. Cerca de ellos, Severus se miraba distraídamente las uñas de la mano izquierda, tan desinteresado en apariencia por la conversación como si estuvieran hablando del tiempo.

-Estoy seguro de que el Ministro tiene cosas más importantes que hacer en este momento, señor Malfoy.

Lucius miró a su amigo con las cejas arqueadas y los labios distendidos en una feroz media sonrisa.

-¿Más importante que la calidad docente de Hogwarts y la seguridad de sus alumnos? Me sorprende, profesor Snape, creía que no podía usted esperar a...

-Lo que no puedo es manejar tantos cambios de golpe. Acabo de saber que vamos a cambiar de Director. Preferiría llegar a final de curso sin más movimientos en la plantilla -dijo Severus con deliberada lentitud, sin levantar los ojos hacia ninguno de los presentes- Las decisiones que se tomen después...

Dejó la frase en suspenso y escogió aquel instante para clavar su mirada en la de Maeve, angustia y urgencia debajo de la expresión de irónica amenaza, grito mudo que quería rogarle que dejara la discusión ahí y se marchara lejos de allí, lejos de Malfoy, lejos del peligro. Maeve tragó saliva y apartó sus ojos de él para buscar a Hagrid, que ya desaparecía escaleras arriba. Tenía la mandíbula y los puños apretados y Severus nunca la había visto tan pálida.

-Bueno... yo... -titubeó el Ministro, mirando con aspecto cohibido no a Maeve sino a Dumbledore, cuyo aspecto no era en absoluto el aspecto amable y bondadoso que todos conocían sino que parecía próximo a tomar su varita y empezar a repartir maldiciones en dirección al representante del Consejo Escolar- Es un poco pronto para...

-¿Pronto? -rió Malfoy- La destitución de la profesora Murphy es la próxima que votará el Consejo Escolar. Sintiéndolo mucho por usted, profesor Snape -añadió sin limar en absoluto la sorna, encantado de resaltar ante los otros el hecho de que Severus estaba de su parte- su colega estará fuera de la escuela antes de que termine el curso. No vamos a permitir que alguien tan sumamente irresponsable como para confiar en un individuo con antecedentes criminales siga cerca de nuestros niños. Y tú, Cornelius, no deberías permitir que su grado de implicación en este feo asunto quede sin aclararse.

-Sí, supongo que... en fin...

Fudge miraba patéticamente de Malfoy a Maeve y de ésta al impertérrito Severus y de éste a Dumbledore, ajeno al hecho de que ninguno de ellos parecía acordarse de que él también estaba allí, de que la situación no era, en absoluto, una cuestión que dependiera del Ministerio. Ajeno al hecho de que era el convidado de piedra de una cruenta y terrible guerra personal a tres bandas balanceada por un aterrado aunque inexpresivo mediador.

-La cosa es contra mí, señor Malfoy -dijo Dumbledore con espeluznante calma- Ya ha sido suficiente bajeza llevarse por delante a Hagrid. Déjela a ella en paz.

-La cosa es contra todo lo que ensucia y rebaja el buen nombre de esta institución a cuyo Consejo Escolar pertenezco -replicó Lucius- Y esta… llamémosla señorita...

El rugido de Hagrid sonó como el estallido de mil truenos en medio del vestíbulo aunque él y sus captores ya se encontraran en el piso superior.

-¡NO SE ATREVA A INSULTARLA, MALDITA SABANDIJA!

Lucius elevó una teatral mirada de escándalo al techo.

-¿Ves, Cornelius? ¿No crees que haya que limpiar Hogwarts de estos... elementos perturbadores?

-En fin, Lucius... Yo...

-Sí, Ministro Fudge. ¿Por qué no?

Maeve había permanecido absolutamente callada y seria los últimos segundos, sin un solo pensamiento racional en su mente bombardeada por la evidencia de que se llevaban a Hagrid y se llevarían también a Dumbledore y que entonces ella estaría sola frente a aquel arrogante asesino sediento de acabar el trabajo dejado a medias años atrás. Y acababa de decidir que no agacharía la cabeza. Si Lucius Malfoy quería guerra, tendría guerra como sólo un Murphy sabía pelearla. Si ella había de morir, moriría matando. Miró brevemente a Severus tratando de decirle lo siento por lo que iba a hacer. La preocupación que sabía que él sentía adquirió un matiz muy similar al del odio en sus ojos negros.

-¿Perdón, profesora? -replicó el perplejo Fudge.

-Hágale caso al señor Malfoy. Investígueme. Encarcéleme. Obedezca como un buen chico a quienes de verdad cortan el bacalao en el Ministerio. Así se escribe la justicia de los magos, ¿no? -continuó Maeve, sus ojos verdes clavados ahora en los grises de Malfoy, fuego contra fuego en una terrorífica y muda declaración de guerra- Así es como funcionan las cosas. Hombres inocentes y buenos son enviados a Azkabán atados como perros mientras que hijos de puta que asesinaron, torturaron y extorsionaron a las órdenes de Voldemort se permiten ir por ahí como los jodidos reyes del mundo, dictando las normas desde sus estupendos puestos políticos, desde sus mansiones… Desde los Consejos Escolares...

-¡Maeve! -la interrumpió Dumbledore con dureza.

Tanto Fudge como Lucius y Severus se habían quedado completamente lívidos, cada uno por sus razones, cada uno albergando en el centro del pecho el nacimiento de reacciones muy distintas.

-Profesora Murphy... esa... es una acusación... -titubeó Fudge, con un tic nervioso apoderándose de su ojo derecho.

-¿Fundada? -replicó Maeve agresivamente- ¿Veraz?

-Cállate, Maeve -le pidió Dumbledore, pero ella ya no podía parar.

-¿Bastante menos descabellada que la que les ha hecho procesar sin pruebas a una buena persona incapaz de hacer daño a nadie? -siguió, levantando la voz.

Severus lanzó un afectado bufido de exasperación, interponiéndose entre Maeve y Lucius y encarándose con el Ministro antes de que nadie pudiera replicar a eso último. Tenía que poner fin a aquella situación como fuera.

-Lamentablemente, Ministro Fudge, mi colega tiende a expresarse con el hígado en lugar de con el cerebro cuando está alterada, algo que debido a su insufrible temperamento irlandés sucede con demasiada frecuencia -dijo con desdén- Está muy encariñada con Hagrid; no debería tenerle usted muy en cuenta estas salidas de tono. Y el señor Malfoy tampoco -añadió, cruzando una significativa mirara con Lucius- Cuando se le pase el enfado y razone como las personas estoy seguro de que recapacitará sobre estos exabruptos. ¿Verdad, Murphy?

Maeve no contestó y durante unos segundos que parecieron eternos sólo le miró, queriendo de veras agradecer sus intentos por detenerla pero sin poder evitar unas ganas atroces de abofetearle.

-¿Verdad, Maeve? -insistió cerca de su oído la voz tranquila de Dumbledore.

Maeve cerró los ojos. Sólo podía pensar en Hagrid, siendo conducido a través de la chimenea de la Sala de Personal a las dependencias del Ministerio de Magia en Londres y desde allí a aquel lugar que Severus le había descrito una vez como peor que morir. La voz amable de Dumbledore sonó como una caricia para su pensamiento atormentado.

-Vete de aquí y haz por calmarte, Maeve. Es lo mejor que puedes hacer en este momento. Considéralo mi última orden como tu Director, ¿de acuerdo?

Maeve tuvo que apretar los ojos con más fuerza porque aquella última frase había amenazado desbordar las lágrimas de rabia que llevaban minutos acumulándose. Su última orden como su Director... No podía perder a Hagrid y a Dumbledore en el mismo día. No podía. Era como perder de golpe, otra vez, a dos miembros de su familia. Era demasiado, demasiado...

Asintió con rigidez, sin querer mirar a nadie aunque sentía los ojos de Severus clavados con insistencia en su coronilla y en cierta forma también quería decirle que por esta vez podía estar tranquilo, que no lucharía, que trataría de ser la chica obediente y sensata que nunca había sido.

-¿Por qué no me acompañan los demás a mi despacho? -dijo Dumbedore después de aclararse con dificultad la voz- Hay una serie de papeles que debo entregar al Consejo Escolar a través del señor Malfoy y preferiría hacerlo delante de testigos -añadió, cargando sus palabras con una ironía que hizo tensarse la mandíbula de Lucius- Y luego debo hablar con Severus y el resto de Jefes de Casa para poner ciertas cosas en orden antes de... marcharme. Si son tan amables...

Indicó con un gesto de su mano el camino de las escaleras y tanto Fudge como Severus se aprestaron a seguirle, pero éste último se detuvo en el primer escalón, alarmado al sentir que nadie lo seguía a él. Lucius continuaba en el mismo sitio, a dos metros escasos de Maeve, tenso y amenazador frente a la mirada valiente de ella. Severus notó una garra invisible atenazando su garganta y los dedos de su mano se crisparon nerviosos en torno a su varita, ansiosos por utilizarla.

-Algún día, Murphy, cuando estés en el lugar que te corresponde -susurró melosa y fríamente el purasangre, de forma que nadie más que ella pudiera oírle- terminaré lo que dejé a medias. Y te juro que me encantará hacerlo.

No fue sangre, ni bilis, ni nada vagamente orgánico lo que subió al cerebro de Maeve en violentas oleadas calientes y le hizo agarrar el brazo del hombre para impedirle apartarse de ella, para poder hablarle también en un susurro. No. Fue el torrente de las pesadillas que aún tenía con el tormento de los suyos a manos de aquel desgraciado, la corriente salvaje de todos los horrores insoportables imaginados alguna vez y albergados en un oscuro rincón de su alma. Fue más ardiente y devastador que la lava. Y fue imposible de contener.

-Algún día habrá centenares de personas esperando para escupir sobre tu tumba, Malfoy. Y te juro que ese día yo seré la primera de la fila.

Todo sucedió muy deprisa. Sin un sólo grito, sin un sólo gesto de más, Malfoy había sacado su varita y la tenía apuntada contra el cuello de Maeve, y al mismo tiempo Severus estaba ya apuntándolo a él, sus ojos pura furia y muerte sin que nada, ni siquiera la proximidad de Dumbledore o la certeza de que se delataría irreversiblemente, pareciera poder apartarlo de lo que iba a hacer. Y entonces el animal descendió desde alguna parte chirriando con agresividad, lanzado como una furia directo contra la cara de Malfoy. En menos de una décima de segundo la mente de Severus barajó todas las posibilidades, todos los movimientos que se derivarían de cada movimiento, todos los riesgos.

Y tomó una decisión rápida, desesperada.


-Me va a estallar la cabeza...

Hacía más de veinte años que Severus conocía a Albus Dumbledore y estaba seguro de no haberlo visto ni una sola vez en todo ese tiempo con aquel aspecto derrotado y exhausto. De Dumbledore uno solía quedarse con la grandeza, con el aire de bondadosa solemnidad y las excentricidades puntuales. Resultaba fácil olvidar que también era un hombre anciano con demasiadas batallas a su espalda.

-Dímelo a mí -resopló Severus.

Dumbledore retiró la mano que cubría sus ojos y miró a su colega con simpatía y afecto. Desde el terrible suceso de por la mañana, la jornada había sido extenuante para todos los moradores de Hogwarts. El ataque doble, el claustro reunido de forma urgente en la Sala de Profesores aguantando las estúpidas salidas de tono de Gilderoy Lockhart, la aplicación de las medidas de emergencia... Pero la llegada de Malfoy y Fudge había convertido el último tramo del día en un infierno. Primero la interminable y desquiciante farsa diplomática para efectuar la transferencia de poderes al Consejo en presencia del Ministro. Después los Jefes de Casa reunidos para recibir y transmitir al resto del colegio las últimas y funestas noticias… Habían sido más de dos horas de conversaciones tensas y agotadoras al final de un día que ya había sido demasiado largo, demasiado terrible. Y en todo ese tiempo, aun sin descomponer el gesto de profundo asco hacia el Universo en general que le era tan querido, aun sin privarse de soltar de vez en cuando certeros dardos verbales untados de veneno, Severus no se había movido del despacho del Director. Dumbledore era consciente de lo mucho que Severus habría preferido –no, preferido no: necesitado- estar en otra parte del castillo, con otra persona. Y aún así había aguantado y todavía aguantaba el tirón, firme en su puesto como el excelente soldado que era.

Resultaba irónico, se dijo Dumbledore, que el hombre más leal que conocía fuera aquél, cuyas lealtades se hallaban siempre en tela de juicio.

-Puedes irte cuando quieras, Severus.

-No tengo prisa –mintió el otro mago, fingiendo estar muy interesado en Fawkes.

Pensando en otro pájaro, se dijo Dumbledore sin poder evitar una pequeña sonrisa. Lo miraba mientras él miraba a Fawkes y lo veía un par de horas atrás, despachando a Maeve con un cruel "recoge a ese asqueroso pajarraco y llévatelo de aquí antes de que alguien resulte herido, Murphy" mientras tiraba de Malfoy hacia las escaleras cuando en realidad estaba roto en dos por lo que había tenido que hacer y por el temor de que, esta vez sí, ella no lo perdonara. Lo miraba y lo veía en su juventud perdida, sentado en el alféizar de una ventana del despacho del Director desde la que podría ver a Maeve marcharse para siempre de Hogwarts y de su vida escoltada por Hagrid pero con los ojos fijos en la Marca Tenebrosa sobre su antebrazo, repitiéndose "es el precio, es lo justo", lo bastante niño como para aferrarse al orgullo de no llorar, lo bastante hombre como para haber sido ya roto y reconstruído a partir de sus pedazos unas cuantas veces... Era extraño que Severus, que nunca había despertado su ternura cuando era un niño hosco y retraído demasiado difícil de querer -algo de lo que nunca se lamentaría lo suficiente- fuera a inspirársela ahora que se había convertido en una figura siniestra y oscura cuya sola mención inspiraba temor en la mayoría de la gente.

-Ella sabe por qué lo hiciste, Severus.

-Se trata de su jodido halcón, Albus. Maeve preferiría que le arrancaran un brazo a que le pasara algo, y yo...

-Tú le has hecho un gran favor. Si hubiera llegado a atacar a Lucius, entonces sí que los dos, el halcón y ella, habrían estado en un buen lío -Dumbledore se quitó las gafas para masajearse el castigado puente de la nariz- Y Maeve conoce bien tus habilidades. Ha tenido que darse cuenta de que el desmaius que le enviaste a Saighead fue diez veces menos potente de lo que eres capaz de conjurar.

Severus suspiró con resignación y se puso en pie, comenzando a pasearse con aire pensativo por el despacho.

-Era eso o matar a Lucius -confesó- De hecho, tengo que estar hasta agradecido al maldito bicho de que me haya obligado a herirlo, porque si no llega a aparecer...

-Yo habría actuado antes que permitir que te delataras, muchacho -dijo Dumbledore- No lo dudes ni por un momento. Eres demasiado valioso en la posición que ocupas como para arriesgarnos a que la pierdas.

El profesor de Pociones miró con gesto totalmente serio a su superior durante unos segundos. Luego esbozó una sonrisa irónica.

-¿Sabes que Lucius tiene la intención de proponerme como Director para el próximo curso? -preguntó con sorna.

-Me lo imaginaba. ¿Aceptarás?

La sonrisa cedió a una desagradable mueca de burla y desdén en los labios de Severus.

-¿Quieres que lo haga? - fue su respuesta.

-Sí, Severus -replicó Dumbledore, firme y tajante- Tanto ahora, si no conseguimos solucionar esto antes de final de curso, como más adelante si el curso de la guerra nos llevara hasta allí. Si algún día las fuerzas que tratamos de combatir te ponen al frente de Hogwarts, quiero que no te lo pienses dos veces antes de aceptar el puesto. En esas circunstancias será más necesario que nunca que alguien proteja a los alumnos desde dentro.

Severus ladeó la cabeza y estrechó los ojos, sonriendo de forma extraña, astuta. Amarga.

-¿Me estás dando permiso para usurpar tu puesto llegado el caso, Albus?

-Defínelo así, si quieres -repuso Dumbledore afablemente.

-La cuestión es que, de una forma o de otra, este colegio es mi maldita condena a cadena perpetua -gruñó Severus- Parece que sólo saldré de aquí con los pies por delante.

-Cuando todo esto acabe, serás libre de...

-Si sobrevivo.

Dumbledore miró casi dureza a Severus, herido por el despreocupado sarcasmo con que había sido hecho aquel comentario. Era la clase de actitud que le preocupaba en Severus, porque no podía determinar cuánto de genuino desinterés por su propio destino albergaba el hombre dentro de sí. Y era una de las razones que le habían hecho traer a Maeve con ellos. No permitiría que a Severus le resultara indiferente ver o no ver el final de la guerra.

-Sobrevivirás -dijo, sonando como el que transmitiera una orden irrevocable- Y entonces te podrás ir tan lejos de Hogwarts y de Harry y de mí como te de la gana. Hasta entonces...

El cinismo no había abandonado la expresión de Severus, que miraba a su superior -aún lo era, mientras no abandonara el colegio- entre burlón e irritado.

-Qué lástima que no seas Trelawney para que ese vaticinio pueda dejarme más tranquilo.

Dumbledore se levantó para acercarse a Severus y posar una mano en su hombro. Algo en la expresión de sus ojos azules hizo que a Severus le fuera difícil sostenerle la mirada. Al profesor de Pociones todavía le costaba aceptar el afecto franco del viejo después de una infancia y adolescencia sintiéndose el hermano desfavorecido frente a los favoritos inamovibles.

-Cuando me necesitéis, sabéis cómo llegar a mí. Hasta entonces, Severus...

-Cuidaré de Maeve -terminó Severus por él, antes de añadir con acritud- Y si Maeve también cae y tiene que dejar Hogwarts, recordaré cual es mi lugar y no trataré de seguirla porque tú estarás con ella entonces. No tienes que repetírmelo cada cinco minutos. Me sé la teoría de memoria, créeme.

Sí, hijo. Te la sabes y la has aplicado por encima de lo humanamente posible durante mucho más tiempo del que creí que resistirías. Si te dijera ahora que ya no es necesario, que esa teoría cumplió su misión pero ahora es momento de olvidarla, ¿confiarías en mí? ¿Me harías caso? ¿O sospecharías, con tus buenas razones, de alguna oscura intención por mi parte y no querrías ni oír hablar del tema? Me temo que sucedería así. Me temo que te he manipulado demasiado como para que ahora creas que mis intenciones respecto a vosotros son limpias y desinteresadas, que sólo quiero que recuperes lo que un día fue tuyo y tengas algo por lo que querer salir vivo de esta locura. Me temo que yo no puedo dar según que pasos sin hacer que tú te eches para atrás con desconfianza...

Pero confía en que otros darán esos pasos en mi lugar, hijo. Tiempo al tiempo...

-Cuídate, Severus. Cuídalos por mí -se despidió- Espero estar pronto de vuelta.


Tardó un buen rato en dar con Maeve y la encontró, tras mucho buscar, en las instalaciones veterinarias, casi a oscuras salvo por la tenue luz de un farol que delataba su presencia al fondo del barracón.

-¿Maeve? -la llamó, sin obtener respuesta.

Al acercarse lo saludó el indignado chirrido de Saighead, que lo miraba, con tanto odio como un pájaro era capaz de mostrar, desde su percha favorita. Severus resopló. No esperaba que el halcón fuera a tomarse lo del desmaius con deportividad, pero al menos podría tener el detalle de ver que lo había hecho por su bien y no añadir más leña al fuego.

-Siento lo que tuve que hacer, Maeve –aseguró, su voz vistiendo la habitual tirantez un tanto agresiva con la que siempre se acorazaba al pedir disculpas- Si el condenado pajarraco llega a herir a Lucius, a estas horas él ya habría conseguido del Ministerio una orden para sacrificarlo. En realidad...

-Vale.

-El desmaius que le lancé es débil, no tendrá consecuencias para él, se...

-Vale.

Maeve, sentada junto a una de las mesas de examen con la cabeza gacha y los ojos fijos en algo que Severus no podía ver, no se había vuelto para mirarle. Sin embargo, él había podido sentir las lágrimas impregnar su voz con tanta claridad que era como si ya la estuviera viendo llorar. El hombre carraspeó porque se le había formado un terrible nudo en la garganta que no lograba deshacer. Siguió hablando mientras se acercaba a Maeve, deseando que ella dijera algo más, que lo mirase, que reaccionara...

-Esta vez no voy a culparte por lo que ha pasado con Lucius -le dijo, sin abandonar el tono displicente- Reconozco que obraste con bastante sensatez para ser tú y que te retiraste relativamente...

-Vale -insistió ella- Está bien.

No. No estaba bien. Nada estaba bien. Normalmente era Maeve la que hablaba y hablaba de los conflictos, la que daba mil vueltas a las cosas hasta que todo estaba claro y solucionado. Normalmente era él quien negaba las emociones incómodas y pretendía pasar el trámite con monosílabos.

-Maeve...

El obstinado silencio de ella dio ánimos a Severus para traspasar los límites de la burbuja que parecía haber levantado a su alrededor. Se sentó en un taburete justo a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaban. Miró lo que ella observaba con tanta fijeza. Para él sólo eran los restos machacados y sucios de lo que parecía un huevo gigante, pero era obvio que para Maeve tenía que ser importante. Posó una mano sobre su hombro, intentando animarla a mirarle. Ella, en cambio, cerró con fuerza los ojos, y por el temblor en sus palabras Severus supo que lo hacía para no llorar.

-Es un huevo de occamy. Lo puso Ayu esta tarde y ni ella ni Bintang sabían qué hacer con él y... Hagrid...

Pronunciar aquel nombre puso una nota terrible de fragilidad y dolor en su voz. Severus apretó la mano en un gesto de ánimo y afecto sin pensar, sin registrar el menor reparo o turbación o remordimiento después de hacerlo. Lo hizo porque era natural. Porque ella lo necesitaba. Porque él necesitaba hacerlo, maldita sea.

-Lo han destrozado. Esto habría sido un hermoso pollo en un mes pero ya no será nada porque Ayu y Bintang destrozaron su propio huevo. Y yo no pude salvarlo porque necesitaba a Hagrid conmigo para que me ayudara a quitárselo y... Hagrid no estaba... No estaba... Le han... Se lo han llevado y... Y... Él no ha hecho nada en absoluto, Severus, él...

-Lo sé -susurró él con suavidad.

-¿Por qué siempre tienen que pagar los inocentes? -gimió, clavando de pronto en él unos ojos que eran como cristal líquido.

Y Severus no encontró palabras con las que responder a aquello. Los labios y los párpados de Maeve temblaban, toda ella parecía temblar como si estuvieran en el interior de un congelador y no en una sala bien caldeada. Abrazarla habría sido tan humano y tan lógico y a la vez le estaba tan terriblemente vedado...

-Le necesito aquí, Severus. Él es parte de esto -Maeve ahogó un sollozo mientras señalaba con un gesto de la mano la clínica, que simbolizaba todo el zoológico, todos sus proyectos- Es parte de mí, es... No pueden dejarlo en Azkabán, no... Tú dijiste... Se morirá de pena allí, no lo resistirá, no...

-Maeve.

Severus acarició con suavidad su brazo, registrando con algo parecido a dolor los escalofríos que la agitaban.

-Volverá pronto -le aseguró tan firmemente como fue capaz.

-¿Y si no vuelve? -replicó Maeve con un hilo de voz.

-Albus lo sacará de...

-¿Y SI NO PUEDE SACARLO?

La rabia de Maeve se estrelló contra cristales y paredes, reverberando en notas violentas junto con los ecos de su fuerte puñetazo en la mesa. Y una vez más Severus no encontró nada despreocupado ni tranquilizador que decirle, porque él mismo dudaba de que Dumbledore tuviera ahora influencia alguna sobre el Ministerio que pudiera ayudar a Hagrid. Lo único que encontró fue el instinto de atrapar la pequeña mano de Maeve a tiempo de impedir que diera otro golpe y sujetarla con fuerza contra la mesa.

-Hacerte daño no sacará a Hagrid de Azkabán, ¿sabes? -le dijo con dureza.

Maeve ya no temblaba. Se había quedado rígida, quieta, en silencio, con la cabeza gacha, conteniendo la respiración. Un hondo suspiro al cabo de varios segundos y dos enormes lágrimas se descolgaron de sus ojos para ir a llover sobre las manos de ambos, unidas sobre la mesa de metal. Severus, estremecido, se preguntó si sería normal que aquella tontería -el simple tacto húmedo y tibio de dos gotas saladas deslizándose por su muñeca antes de ir a morir en los puños de su camisa- le estuviera provocando aquel terremoto de corazón para adentro. Si de veras se estaba sintiendo como la tierra que vuelve a la vida con la primera lluvia tras un siglo de inercia y sequía. Si lo que estaba haciendo Maeve ahora -levantar la mano de él hasta sus labios para depositar en ella el más breve y casto y carente de significado de los besos que, sin embargo, ¿no se había prolongado un segundo más de la cuenta, con un grado más de lo estrictamente necesario de calor y de ternura? Y aquella mirada, Merlín, aquella mirada clavada directamente en el centro de sus ojos…- estaba sucediendo en realidad o era otro fruto de su imaginación sobrealimentada de deseos.

Una pequeña parte de sí quiso llevar ambas manos a la cintura de Maeve y ceñirla fuerte contra su pecho y provocar con besos a sus párpados para que descargaran las lágrimas que tan patéticamente se empeñaban en retener y así poder bebérselas de sus mejillas y de su boca. Otra pequeña parte de sí temió no poder contener por mucho tiempo aquellos impulsos. No si ella seguía mirándolo como si sólo en el interior de los ojos de él se hallaran las respuestas y la solución a su pena. No si todo en ella se empeñaba en recordarle la noche de la cierva en el Bosque Prohibido hacía cien o mil años y lo irrealmente bien que se había sentido siendo su refugio aun cuando él mismo estaba perdido.

La suma de muchas pequeñas partes de Severus fueron un todo enorme que suplicó por mandarlo todo a la mierda y dejar las cosas en manos del instinto. Pero al final, por supuesto, no fueron escuchadas, silenciadas por la parte más pequeña y mezquina de todas ellas que sin embargo estaba en ventaja porque albergaba la razón y los malditos principios y sabía que en el fondo él no tenía valor para arriesgarse tanto todavía y siempre, siempre se acababa saliendo con la suya. No hizo nada de aquello que estaba deseando con tanta fuerza que rayaba en la necesidad. Lo único que hizo fue apartar la mirada del rostro de Maeve y sacar su mano, amablemente, de aquel calor en el que habría querido quedarse a vivir.

Maeve se obligó a no bajar los ojos, a mantenerlos posados en aquel perfil que él le estaba dando ahora. Había sido tan obvia que era imposible que él no se hubiera dado cuenta de nada y por tanto sólo había una forma de entender su actitud. Quizá debería sentirse mal, avergonzada, herida en su amor propio... Sin embargo no era así. Estaba demasiado triste como para poder sentir otra cosa, salvo una tibia y dolorosa gratitud porque él hubiera sido tan discreto, porque no hubiera metido el dedo del sarcasmo en la llaga para ponerla más en evidencia y hubiera preferido optar por aquel rechazo amable casi impropio de él.

Severus no supo cómo interpretar el suave y sereno gracias que ella pronunció segundos más tarde, cuando creyó tener recuperado el control sobre su voz.

-Vamos -le dijo él poniéndose en pie y ganando con ello la distancia de seguridad necesaria para mirarla con desenvoltura, como si no sintiera todavía las rodillas temblando- Deberíamos volver al castillo.

A Hogwarts. Siempre a Hogwarts. Siempre al eterno, sacrosanto Hogwarts y a las obligaciones y necesidades de mentira que implicaba. A Hogwarts, su maldita condena a cadena perpetua.


No tenía intención de actualizar tan pronto, pero Lisbeth Snape ha usado contra mí arteras técnicas de chantaje emocional, así que agradecedle la actualización a ella, XD.

No creo que en este capítulo os podáis quejar de emociones fuertes: abarcando todo el abanico entre el improperio feroz y la cursilería más desvergonzada y rematando en otro "casi desliz" (y van…). Pero si tenéis queja, ya sabéis a donde dirigirla: dadle al botoncito de abajo, ese que pone "Review this chapter", y lo discutiremos civilizadamente.

Y si os quedáis con ganas de más, tened en cuenta que aún queda lo más movidito, jejeje.

NOTAS:

-Ayu y Bintang son nombres indonesios que significan, respectivamente, "Hermosa" y "Estrella".

-Lo de que Fudge llevara dos aurores consigo me lo he sacado yo de la manga. Es que, sinceramente, con lo maula que es no me lo imaginaba yendo él solo a por el "peligroso criminal", a lo Chuck Norris.

-No sé si un desmaius se puede aplicar contra un animal, pero a estas alturas, como comprenderéis, me da igual: he decidido que sí XD