Capítulo XVII: donde un misterio empieza a resolverse y debería dar pistas para resolver el misterio más importante de todos pero choca contra la ceguera de una mujer a la que, años atrás, una mentira le apretó demasiado fuerte la venda sobre los ojos.
CAPÍTULO XVII: REVELACIONES.
-¿Se encuentra bien, profesora Murphy?
Maeve volvió el rostro hacia Fred Weasley, que trabajaba en pareja con Reneé Blythe, de Ravenclaw. La clase de cuarto estaba aplicando en su segunda hora la teoría de examinar las alas de los snidgets en busca de pequeños parásitos, tales como garrapatas pigmeas o chizpurfles. Los chicos estaban bien enseñados y sabían manejar a los pequeños pájaros dorados sin riesgo de que se escaparan. Gracias a Dios, porque Maeve no estaba en absoluto con la atención puesta en la clase.
Después de todos los sucesos del sábado, el domingo había sido extenuante. Sin Hagrid todo le costaba el doble de tiempo, lo que le había obligado a empezar sus tareas en el zoológico a las cuatro de la mañana y no le había permitido acostarse antes de la medianoche. Y luego toda aquella danza de rumores y corrillos entre los alumnos y profesores después de que Minerva anunciase la marcha de Dumbledore y su posición temporal como Directora... Había tenido que marcharse precipitadamente del desayuno por miedo de acabar matando a Gilderoy Lockhart si alguna de las muchas tonterías que estaba diciendo osaba salpicar el nombre de Hagrid. No había ido ni a comer ni a cenar por no perder un sólo minuto de su muy valioso y escaso tiempo, ahora que tenía no una sino dos hembras de mooncalf preñadas y los demiguises estaban dando muestras de querer aplicar lo que habían aprendido de las películas y Perséfone, con sus molestias en las encías, la reclamaba más que nunca. No había recordado siquiera su intención de hablar con Draco Malfoy y de haberla recordado, probablemente, no habría hecho nada al respecto, ahora que la implicación de aquella familia quedaba clara y el mal estaba hecho. No había tenido ni un minuto para hablar con Severus. Y lo había agradecido, demasiado turbada aún porque él -Dios, ¿de verdad le besé la mano? ¿De verdad le habría besado en la boca si él no...?- hubiera tenido prácticamente que rechazarla después de su desliz en la clínica veterinaria. Había caído exhausta en la cama a eso de la una de la madrugada y sin embargo los nervios y el darle vueltas a la cabeza no le habían dejado dormir más que una hora, el maldito despertador devolviéndola a la vida y lanzándola a otro día de locura cuando apenas estaba empezando a descansar de veras.
Y el lunes... ¿qué decir de cómo estaba yendo el lunes? Más corrillos, más idas y venidas de los alumnos de mesa en mesa, cuchicheando, rumoreando. Más Lockhart siendo Lockhart y poniéndola en el disparadero. Más miradas encubiertas dirigidas a ella, pues todos -partidarios y detractores- sabían que si Dumbledore y Hagrid habían caído la squib sería la próxima. Más Minerva obligándola a sentarse a su lado como forma de expresarle su respaldo incondicional. Y luego las clases...
Al menos el grupo conflictivo de Quinto Curso parecía haberse tranquilizado un poco en lugar de volver a las andadas al serles levantado el castigo por las medidas de emergencia. Era algo muy de agradecer, porque con Fraser en Sexto tenía más que suficiente. El chico era de los que daban por hecho que Maeve estaba donde estaba sólo gracias al sucio interés de Dumbledore. Y ante la caída del presunto benefactor y amante ya no consideraba que tuviera que mostrarle la menor deferencia a una profesora que quizá no llegaría al final del curso. La mala suerte había querido que su insurrección fuera a chocar con una Maeve en su peor momento que no estaba para diplomacias sutiles. Cincuenta puntos deducidos y expulsión de sus clases las tres siguientes semanas, con el perjuicio que eso le supondría de cara a sus exámenes finales, habían sido su respuesta a la desafiante actitud de Fraser. Y me da igual lo que diga su Jefe de Casa, su puto padre o el sursum corda, se había dicho, furibunda, mientras el chico dejaba el aula. Las clases iban a transcurrir en calma sí o sí, eso era lo único que tenía claro. Tenía que llegar viva y entera al final del horario docente porque después le esperaba otra jornada aún más larga y agotadora de trabajo atrasado en el zoológico contando sólo con la voluntariosa pero muy limitada ayuda de Prissy.
No. Decididamente no estaba bien.
-Sólo estoy cansada, señor Weasley -le insistió a Fred al final de la clase, cuando él se le acercó para volver a preguntarle si se encontraba bien.
-¿Seguro? -insistió a su vez el muchacho, con expresión preocupada- Es que... Bueno, todos estamos muy afectados por lo de Hagrid, pero sabemos que usted... Que él es su mano derecha y que ahora...
Maeve dejó los papeles que estaba ordenando para clavar sus ojos en los azules del chico, que se ruborizó como solía hacer. Sonrió sin poder evitarlo, incapaz de mantener la fachada de dureza frente a aquella muestra de simpatía.
-Estoy afectada por lo ocurrido, no voy a negarlo. Pero no se preocupen por mí. Saldré adelante y el zoológico también. Hagrid no querría que las cosas se fueran al garete por esto...
Fred asintió y se mordió el labio inferior, como si quisiera añadir algo pero tuviera dudas. Su hermano George se había acercado también a ellos, junto con Angelina Johnson, Lee Jordan y Reneé Blythe, que traía con ella a dos chicas de Hufflepuff, Eve Ronson y Mary McGillis.
-Díselo, Fred -le animó su gemelo.
Maeve los miró a todos con ojos inquisitivos.
-¿Decirme el qué? -preguntó.
-Bueno -carraspeó Fred, enrojeciendo un poco más bajo la mirada de Maeve- Algunos de los alumnos que tomamos su asignatura hemos estado hablando en el comedor, no sé si se habrá dado cuenta... Hablando de si hay algo que podamos hacer y hemos... En fin, se nos ha ocurrido que podemos formar grupos para ayudarla a usted en el zoológico –soltó de golpe, embalado- Como lo que hacíamos George y yo los fines de semana pero más gente, y todos los días...
-Señor Weasley...
-Hay un montón de chicos y chicas que se apuntarían si nos lo permitiera -siguió Fred, más confiado y seguro en su discurso- Usted le cae bien a mucha gente, ¿sabe? Y a Hagrid lo queremos mucho y no vamos a consentir que el trabajo que hacen los dos vaya a irse a la mierda sólo porque hay quienes quieren ponerles trabas -aseguró con vehemencia- Sustituiremos a Hagrid el tiempo que haga falta, la ayudaremos a mantener la colección a flote. Y les daremos en todas las narices a esos cabrones que andan riendose por lo bajo pensando que...
-¡Señor Weasley!
Quería mostrarse severa pero se estaba riendo a su pesar, incrédula y más emocionada de lo que quería reconocer por lo que estaba oyendo.
-Es verdad, profesora -dijo Jordan- Algunos van por ahí comportándose como si usted ya estuviera fuera del colegio y hablando barbaridades de Hagrid y no vamos a permitir que se salgan con la suya.
-Han trabajado mucho usted y Hagrid para levantar todo esto -añadió Eve Ronson con lágrimas en los ojos- Tenemos que ayudarla a mantenerlo. Por los animales y... por usted... y sobre todo por él.
-¡Es nuestra manera de decir que le apoyamos y que no nos creemos esa patraña de que él tuvo la culpa! -exclamó Fred, levantando murmullos de apoyo en el resto del grupo- Tiene que dejarnos hacerlo. Somos muchos, profesora Murphy, nos hemos estado pasando el mensaje en el comedor y hay por lo menos dos docenas de voluntarios dispuestos a rotar y...
-Pero... Señor Weasley, eso no es posible -le dijo Maeve, intentando que no le temblara la voz- Tendrían que madrugar mucho y quitarse parte de su tiempo libre y no me parecería bien permitirles eso, ahora que se acercan los exámenes finales...
-¡Que le den a los exámenes! -gritó Fred- ¡Hagrid es más importante que unas malditas notas!
Por mucho que se repitiera que no iba a llorar delante de unos alumnos, Maeve se sentía cada vez más próxima a hacerlo. Unos niños dispuestos así a reparar en la medida de lo posible la injusticia cometida con su amigo era algo que le tocaba profundamente el corazón, algo que en su estado de tristeza y cansancio no estaba segura de poder aguantar sin romperse.
-Ya oyeron lo que les dijo su Jefa de Casa -intentó argumentar- Nada de actividades extraescolares, nada de estar fuera de los dormitorios fuera de las horas permitidas...
-Pero estaremos con usted, supervisados y todo eso -repuso George.
-La profesora McGonagall está deseando mostrar a todo el mundo que confía en usted y que la respalda -intervino Johnson- Ayúdenos a planteárselo y ella aceptará, estoy convencida...
-Dirá que sí -apoyó Fred a su compañera de casa- Está tan indignada como nosotros por lo que le han hecho a Hagrid y le da la misma rabia que vaya a echarse a perder todo su trabajo por esto. Pondría la mano en el fuego por la profesora McGonagall...
-¡No sería una Gryffindor si no pensara como nosotros! -añadió George.
Maeve los miró uno por uno, diciéndose con muy buenos argumentos que no podía permitirles aquello pero sabiendo en su corazón que debía permitírselo. Que los chicos tenían derecho a posicionarse frente a una decisión que desaprobaban y en la que no habían tenido voz ni voto. Que quería dejarles gritar a los cuatro vientos con hechos su sentir, su apoyo incondicional hacia Hagrid, tal y como lo había gritado ella delante de Fudge y Malfoy.
-Se lo plantearé, pero no les prometo...
Dio igual que se hubiera expresado con toda la tibieza y reservas del mundo. Las exclamaciones de triunfo de los chicos y su satisfecho entrechocar de palmas no la dejaron terminar.
-No se arrepentirá, profesora Murphy -le dijo Fred mientras los demás seguían celebrando el triunfo de su propuesta, con una de aquellas sonrisas luminosas y un poco tímidas que siempre le dirigía.
-Señor Weasley -dijo ella, tendiéndole la mano con los ojos peligrosamente húmedos ya- Gracias. En mi nombre y en nombre de Hagrid. Gracias a todos. Y gracias a quien sea que haya tenido la idea -añadió con un pequeño guiño.
Fred se encendió como una bombilla roja al estrechar la mano de su profesora y se miró un momento los pies, consciente de lo que Maeve estaba insinuando.
-Bueno... En realidad la idea no fue mía -admitió, y se acercó un poco a Maeve para añadir en voz muy baja- Se le ocurrió a Lerroux, el de Slytherin, pero me dijo que lo planteara yo porque no quiere que se sepa que él...
Maeve sintió que de pronto le costaba hasta parpadear.
-¿Lerroux? -susurró con incredulidad.
-Sí. Se me acercó en la entrada del comedor ayer en la cena y me lo contó y, joder, me quedé de piedra porque lo último que me esperaba era que uno de esos fuera a salir con una idea tan cojonuda, con perdón... No vaya a decirle que se lo he contado porque igual me mata, ¿vale? -le pidió Fred, súbitamente preocupado- No sé qué razones tendrá para tanto secretismo porque yo a esos no puedo entenderlos. Pero vaya... Es que... En fin, si a mí se me hubiera ocurrido una idea tan buena no me gustaría que se la anduvieran atribuyendo a otro, ¿sabe?
Maeve se esforzó por sonreír con naturalidad a Fred Weasley y le dio las gracias por la información antes de decir a todos los demás alumnos que recogieran sus cosas y se prepararan para seguirla. Las medidas de emergencia la obligaban a escoltarlos ahora hasta el aula de Encantamientos. Seguía absolutamente perpleja cuando, tras dejarlos sanos y salvos bajo supervisión de Filius Flitwick, se encaminó al despacho de Minerva para plantearle la propuesta de los chicos. Perpleja de emoción y perpleja por el secreto que Fred Weasley le había confiado.
El condenado Damien Lerroux parecía empeñado en descolocarla cada dos por tres y escaparse de todo apartado donde creía tenerlo ya clasificado.
Podría haberse quedado en su despacho de las mazmorras a tomar el té. Después de casi cuarenta y ocho horas paseándose por Hogwarts como si no le perturbara lo más mínimo la destitución de Dumbledore y con todo Slytherin -Draco Malfoy ejerciendo de entusiasta portavoz- dando por hecho que él sería el siguiente Director, Severus estaba convencido de que la práctica totalidad de sus colegas le odiaba profundamente, y lo que menos le apetecía era verles las caras de desaprobación y disgusto. Sin embargo, no haber visto a Maeve desde la terrible noche del sábado y la fundada esperanza de que ella se pasara por allí para alimentarse y descansar siquiera cinco minutos eran razones más que suficientes para exponerse a la antipatía de sus compañeros.
Allí la encontró, en efecto, mordisqueando un emparedado y ojeando el periódico de la tarde con aire distraído. Estaba sola. Había llegado pronto, probablemente con idea de terminar su pequeño recreo y marcharse antes de que llegara nadie que le diera conversación y le robara un solo minuto del tiempo que necesitaba para sus queridos animales. Severus no tuvo ni que acercarse para advertir la llamativa extensión de sus ojeras.
-¿Merece la pena morir de inanición y agotamiento por unos malditos bichos? -fue su saludo.
Maeve levantó los ojos y se limitó a hacerle una mueca de burla, sin tomarse la molestia de contestar a eso.
-Apuesto a que no has comido nada desde el desayuno. Te creerás que eso es alimentarse en condiciones... -gruñó Severus mientras se servía un té.
-¿Ahora eres mi nutricionista? -se burló ella.
-Me preocupa que Rosmerta nos acabe denunciando -puntualizó él- ¿No eres tú la que dices que cree que en Hogwarts te matamos de hambre? Si sigues trabajando así y comiendo a salto de mata te vas a quedar más en los huesos de lo que estás.
-¡No estoy en los huesos!
-Date una semana, a este ritmo.
Maeve puso los ojos en blanco y resopló.
-Tengo suficiente acoso dietético con el de Poppy y Prissy, ¿sabes? Y si quiero una madre que me mangonee me sobra con Minerva. No empieces tú también a recordarme a mi tía Frances.
Severus se mordió la lengua a tiempo de no objetar que probablemente la difunta tía Frances no medía su grado de buena alimentación por lo bien o mal que se le ciñeran los vaqueros al culo. No creyó que fuera correcto demostrar que se fijaba en esa clase de cosas. Ya había sido demasiado obvio el sábado, mirándola con lo que estaba seguro de que habían sido ojos de cordero degollado y conteniéndose sólo a última hora de responder a su fraternal beso en la mano con otros mil nada fraternales en la boca. Era algo que no podía permitir, de ninguna manera, que volviera a suceder; por cuestiones de seguridad y de sensatez, nada que ver con el hecho de que le aterrara la posibilidad de revelar sus sentimientos sólo para verificar que ella no los compartía en absoluto… Era la seguridad de Maeve lo único que inspiraba su renuencia a actuar. No daría un solo paso en dirección a su propósito de recuperarla mientras hacerlo supusiera el menor peligro para ella: eso era inamovible. Y hasta entonces, por muy difícil que ella se lo pusiera, él se esforzaría por no delatar nada que no fuera el afecto normal de un amigo hacia otro.
-Al menos ahora tendrás algo de ayuda -dijo mientras se echaba azúcar en el té.
-¿Te lo ha contado Minerva?
Severus soltó una risilla desdeñosa.
-¿Que sus maravillosos gemelos Gryffindor se han sacado de la manga un plan para socorrer a su zoóloga favorita y han adherido a su causa a más de treinta alumnos? A mí y al resto de profesores. Bueno: a mí más que contármelo me lo ha restregado por la cara como si esperara verme morir del asco en cualquier momento -masculló sin ocultar su desagrado- Y no ha publicado la noticia en el boletín oficial del Ministerio de Magia porque no ha encontrado un funcionario al que dictársela, estoy seguro...
-En realidad, Severus...
Maeve miró hacia la puerta de la Sala para asegurarse de que estaba bien cerrada y luego se acercó un par de pasos más hacia el hombre.
-Esto que quede entre nosotros, ¿de acuerdo? -le pidió, haciéndole levantar una ceja en señal de curiosidad- Fue idea de Damien Lerroux.
Severus se apoyó en la mesa sin dejar en ningún momento de remover su té. Pero la expresión de asombro y preocupación que había asomado a su cara era imposible de pasar por alto.
-¿Estás segura?
-Fred Weasley me lo dijo.
-Vaya...
-Eso mismo digo yo: vaya. ¿Le ves algún sentido, Severus?
El último abanderado de los detractores del sangresucia saltando con iniciativas para ayudar a la squib mientras la mayoría de sus compañeros de casa se regocijaba ya con su inminente caída. El hijo de un purasangre que estaba en el punto de mira de los partidarios del Señor Tenebroso tratando de ocultar que se saltaba la disciplina de grupo... Sí, Severus le veía mucho más sentido del que estaba inclinado a reconocer.
-Creo que el problema de ese chico no es sólo con gente de Gryffindor, Severus -aventuró Maeve- Creo que tiene miedo de alguien de su propia casa.
Severus sostuvo la mirada de Maeve sin demostrar la menor emoción en su gesto. Sí, él también lo creía. La revelación de Maeve se lo acababa de confirmar. Y estaba bastante seguro de saber dónde radicaba el temor de Damien Lerroux. Estaba bastante seguro de que no era tanto en el riesgo inmediato que Charles Fraser suponía para su persona como en la amenaza más sutil y retorcida que él, Severus Snape, representaba contra alguien a quien Lerroux quería proteger sobre todas las cosas. Aristide Lerroux tenía que haberle confiado a su hijo hasta dónde había llegado en el pasado la implicación de su tutor con los Mortífagos. Y ahora Damien Lerroux tenía miedo de él. Por su padre. Y Severus estaba atado de pies y manos, sin posibilidad de despejar los temores del muchacho. Era apropiado, conveniente, necesario que Damien Lerroux siguiera temiéndole.
-Pero tú, por supuesto, vas a seguir sosteniendo que no hay nada raro rodeando a ese muchacho -añadió Maeve con ironía, provocando en Severus una pequeña sonrisa maligna.
-Me conoces como si me hubieras parido, pequeño trébol.
Maeve no tuvo tiempo de replicar a eso. Como invocado por la alusión a su desafortunado pero recordado piropo, Gilderoy Lockhart hizo acto de presencia en la Sala de Personal, tan centrado en sí mismo y en el sonido de su propia voz que no se fijó en la forma en que Severus y Maeve se separaron con rapidez para ocupar posiciones alejadas y fingir que no reparaban el uno en la existencia del otro. Tras Lockhart entró una silenciosa pero muy rígida Minerva McGonagall seguida por el resto de profesores. Estos se veían absolutamente entregados a la tarea de fulminar al rubio con la mirada, hasta el punto de no acordarse de mirar con odio y reprobación a Severus.
-¡Vamos! Dejad ya ese aire de funeral, por Merlín... -exclamó el profesor de DCAO mientras se servía de la mesa de catering un té aderezado con de todo y una generosa porción de pastel de chocolate.
Maeve, que desde la detención de Hagrid apenas comía y estaba de un humor de perros, sentía que le hervía la sangre cada vez que veía a Lockhart haciendo gala de su inalterado apetito y su irritante jovialidad. Y en aquel momento le hirvió hasta extremos incompatibles con la salud física y mental.
-Dos compañeros muy queridos para nosotros nos han dejado y uno de ellos, además, tiene serios problemas -replicó Minerva con seriedad- No veo por qué habríamos de estar contentos, Gilderoy.
-Ah, Minnie, Minnie, Minnie... -replicó Lockhart, reclinándose con elegancia contra una pared para degustar su pastel sin riesgo de que al sentarse su túnica de color aguamarina luciera menos- Ni que se hubiera muerto alguien.
Minnie parecía dispuesta a dejar de lado setenta años de corrección y buenas maneras en favor de asesinar a su colega, pero un muy enfadado Flitwick intervino por ella, encarándose con Lockhart.
-De verdad que no te entiendo, Gilderoy. Parece que no quieres darte cuenta del problema tan serio que tenemos. No ha muerto nadie pero podría haber sido así. Los petrificados están estables pero graves y si el monstruo vuelve a actuar quizá esta vez sí que...
-¿Si vuelve a actuar? Por favor... -resopló Lockhart con la condescendencia del que hablara a una clase de párvulos- No va a volver a actuar, ¿cuantas veces os lo tendré que decir para que me hagáis caso? No va a volver a actuar porque ya está a la sombra en Azkabán, donde llevaría ya unos cuantos meses si me hubierais dejado a mí conducir las...
-Pero ¿qué dices? -bramó Hooch, escandalizada- ¿De verdad crees que nuestro Hagrid...?
-¡No puedo creerme lo que estoy oyendo! -gritó al mismo tiempo Aurora Sinistra.
-Yo sí -replicó Séptima Vector dignándose despegar por un momento los ojos de su libro para mirar con desdén a Lockhart- Este chico es tonto. Siempre lo fue. Decir insensateces como esa es muy propio de él, no sé de qué os extrañáis.
-Vamos, vamos -repuso Lockhart, sonriéndoles a todos como si no entendiera que tenían ganas de asesinarlo- Entiendo que os hubierais encariñado con Hagrid; esta gente rústica y bruta tiene su encanto y...
-¡Oh, por Merlín, cállate antes de que me den ganas de sellarte la boca! -le interrumpió Hooch.
Un coro de exclamaciones se levantó en apoyo de lo que la instructora de vuelo acababa de decir, siendo casi imposible distinguir un improperio de otro pero quedando bastante claro que el sentir general, incluso entre los más moderados, se inclinaba por arrojar a Lockhart por la ventana más próxima. Había dos personas, sin embargo, extrañamente calladas. Severus ni siquiera seguía la discusión sino que estaba pendiente de Maeve, que tenía los puños crispados a sus costados y miraba fijamente a Lockhart con todo el aspecto de un colacuerno húngaro a punto de desatar el infierno sobre la Tierra.
-Estáis siendo irracionales como niños -aseguró Lockhart, levantando la voz un poco irritado por no encontrar respaldo a su certera opinión- Hagrid nunca debió trabajar en esta escuela: no estaba a la altura, no tenía cerebro y no era adecuado. Y es un alivio que se haya impuesto por fin la cordura y ese... peligro público esté entre rejas, de donde no debería...
Sucedió todo tan deprisa que nadie habría podido evitarlo ni aun en el improbable caso de que alguno de los allí presentes hubiera querido evitarlo. El golpe resonó seco y fuerte como un mazazo y de pronto Lockhart se vio aturdido, sin entender por qué yacía en el suelo en medio de un revuelo de ropas aguamarina desordenadas y menaje caído ni por qué Maeve, de pie junto a él, se sujetaba la mano derecha con gesto de dolor y lo miraba con tanto odio. Severus, que conocía en primera persona lo que dolían los puñetazos de esa mujer, no quería ni imaginarse cómo habría sido uno capaz tumbar así a un tipo de la envergadura de Lockhart.
Ni tampoco quiso, al igual que los demás profesores, encontrar una gota de compasión hacia el idiota dentro de su corazón. Era lo menos que se merecía.
-Creo que hablo en nombre de todos cuando te digo, impresentable mamonazo, que no tienes derecho ni a limpiar con la lengua el suelo que pisan las botas de Rubeus Hagrid; mucho menos a hablar así de él -rugió Maeve con voz muy grave y muy baja, ronca de ira- Vuelve a hacerlo y tendrás que recurrir a tus jodidas fotos firmadas para recordar cómo era tu cara. Sé que esto ha sido un comportamiento inaceptable por mi parte y os juro que deduciría puntos a mi casa si pudiera -añadió, mirando a sus perplejos pero en absoluto disgustados compañeros- Y ahora, si me disculpáis, me voy a ver a Poppy. Espero no haberme roto la mano.
En medio del silencio admirado que rodeó su marcha, Severus sintió los latidos de su propio corazón como un estruendo tan terrible que casi temió que los demás pudieran oírlo. A veces le gustaría ser capaz de olvidar lo profunda y poderosamente que amaba a Maeve, pero ¿cómo hacerlo frente a tan contundentes recordatorios de la magnífica mujer que era?
Según los días iban adentrándose en Mayo la primavera iba cediendo terreno a los primeros avances del verano. Maeve lo agradecía por poder estar al aire libre sin cargar con diez capas de ropa de abrigo, pero no porque el cielo azul y las flores que adornaban los campos la pusieran de buen humor. Al contrario, su humor empeoraba de día en día. Ninguna de las cartas que le había enviado a Hagrid a Azkabán había sido respondida. Saber por Severus que en la prisión se retenía la correspondencia de los detenidos en espera de juicio la había sacado de sus casillas. Compartir la información y la indignación con Tess no le había servido para calmarse, sino todo lo contrario. Cada nueva carta de su amiga la cargaba de mil razones y argumentos basados en la legislación internacional que pensaba ir a meterle a Fudge por el culo en cuanto tuviera oportunidad. No saber nada del paradero ni de las gestiones de Dumbledore terminaba de rematar su mal talante.
Al menos, eso sí, Lockhart parecía haber aprendido por las malas la lección que se había negado a entender durante los meses anteriores y ya no la hablaba ni se acercaba a menos de diez metros de ella si podía evitarlo. Y el zoológico iba viento en popa gracias a la ayuda de los alumnos. Cada día Maeve contaba con el apoyo de seis voluntariosos ayudantes que, si bien no bastaban para hacerle olvidar a su amigo, si suplían con creces su ausencia. Además, los colegas de Suecia, Alemania, Bélgica y Rusia que participaban con ella en el ensayo sobre Reproducción de Especies Difíciles habían sido encantadores, mostrándole su apoyo incondicional y valorando aún más sus esfuerzos por no quedarse atrás con su parte del estudio. Maeve sospechaba que ya no podría participar en el ciclo de reuniones y conferencias que tendría lugar en Estocolmo en Agosto y al que había sido invitada como ponente de honor, segura como estaba de que antes de final de curso le llegaría del Ministerio o del Consejo Escolar la notificación de su despido. Pero al menos tenía la seguridad de que el zoológico saldría adelante incluso en su ausencia, gracias a la pasión que había inculcado en sus alumnos. Sólo por eso ya merecería la pena haberles dado clase. Eran, con deshonrosas excepciones como el indeseable de Fraser, unos críos estupendos.
Incluido Lerroux, quien, por supuesto, no se había prestado voluntario a ayudar a pesar de haber sido suya la idea. ¿Qué demonios le sucedería a aquel muchacho? Por un lado estaban su hostilidad nada encubierta hacia los compañeros de ascendencia muggle, su acercamiento progresivo hacia Fraser y su enemistad con los amigos de Lara Vodianov. Por otro, la confusa naturaleza de su relación con ella y detalles asombrosos como haber tenido aquella iniciativa para ayudarla con el zoológico Maeve no sabía cómo interpretar cosas tan contradictorias y no estaba segura de que todo pudiera responder a una única razón. Y Severus, con su maldito oscurantismo protector, no era ninguna ayuda.
Ojala todo el mundo dejara de intentar protegerme contra mi voluntad como si fuera una niña pequeña.
Había subido a la lechucería para enviarle a Remus la respuesta a su última carta, ya que Saighead aún no estaba lo bastante recuperado del desmaius de Severus como para cubrir grandes distancias. En su misiva Maeve intentaba tranquilizar a su amigo y decirle que de momento ni ella ni su puesto al frente de Cuidado de Criaturas Mágicas corrían peligro. También le agradecía su encantadora oferta de darle asilo si las cosas se ponían feas -mi casa es tu casa allí donde la tenga, siempre que no te importe llevar una vida nómada y tener por compañero de piso a un tipo que sufre una especie de síndrome premenstrual a lo bestia con cada luna llena, le había escrito Remus- aunque no tuviera ninguna intención de aceptarla. Jamás le haría eso a Severus sospechando cómo se sentiría al respecto y además se le ocurrían por lo menos una docena de personas con las que estaría más segura que con un licántropo de salud frágil y tendencias depresivas. No. Si se cumplían los malos presagios y era despedida, iría con Dumbledore. Albus lo había dejado bien claro antes de marcharse. Ni siquiera su angustia ante la idea de volver a separarse de Severus serviría como argumento a juicio del viejo. Ella tendría que irse y él no dejaría Hogwarts. Él, de hecho, sería el próximo Director de Hogwarts si se cumplían los presuntuosos vaticinios que Draco Malfoy no se privaba de hacer cada dos por tres...
Y todo con la bendición secreta del propio Dumbledore.
Maeve no había conseguido que Severus fuera claro respecto a qué opinaba él sobre todo aquello, pero sospechaba que le apetecía tan poco su destino como a ella el suyo. Maeve sentía que Severus, tal y como le ocurría a ella, no tenía margen de objeción respecto a las decisiones que afectaban a su vida.
Mejor dejar de pensar en eso antes de que me empiece a dar acidez de estómago, se dijo con rabia.
Tenía un rato antes de cenar y pensó que podía aprovecharlo leyendo un rato. Había conseguido ir avanzando en el libro de su abuelo a costa de robarle minutos al sueño pero no conseguía terminárselo porque noche tras noche caía rendida de agotamiento en plena lectura. Quizá hoy sí pudiera llegar con la expedición del abuelo al fondo de aquella interesante gruta llena de restos óseos cerca de Nombre de Dios. Quizá...
Se detuvo en seco al oír voces delante de ella. Caminaba por un pasillo tortuoso y poco transitado del sexto piso por el que jamás se había cruzado con nadie volviendo de la lechucería a la Torre Sur. De hecho, pensaba que ella era la única que conocía su existencia. Aquellas dos personas habían debido de tener la misma impresión equivocada, porque era obvio que se encontraban allí reunidos bajo la premisa de hacerlo en secreto.
Eran Lerroux y Vodianov y estaban hablando en voz baja, tensos pero extrañamente civilizados para lo que tenían a Maeve acostumbrada en los últimos meses. Cada uno se apoyaba en una pared opuesta del pasillo y miraba al otro cruzado de brazos, serio y cauteloso. No habían sentido la presencia de Maeve y ella, por instinto, se retiró a la sombra que proyectaba la estatua de una curandera del siglo XIII, con el corazón acelerado y la poderosa sensación de estar ante la respuesta de aquel complicado enigma.
-Tú dirás para qué querías verme entonces -oyó decir a un Lerroux que parecía mortalmente aburrido- No tengo todo el día, ¿sabes? Y tampoco me apetece que aparezca tu bulldog como en Hogsmeade y...
-Ya está bien, Damien -le interrumpió Vodianov. No Lerroux: Damien. Maeve sintió que su corazón se aceleraba todavía un poco más- ¿No vas a perdonármelo nunca? Ya te he intentado explicar que no pude evitarlo. Y fuiste tú el que lo provocaste, gritándome aquellas cosas horribles de pronto. ¿Qué pasó, si puede saberse? Estábamos hablando con normalidad y entonces viste al asqueroso de Fraser y empezaste con esa basura de impura y sangresucia...
-¿Cómo que estábamos hablando? -la interrumpió Lerroux, irritado- Que yo recuerde, tú estabas hablando; cotorreando como un maldito loro, mejor dicho. Yo me limitaba a esperar a que te callaras para...
-¡Mentira! -siseó la muchacha- Querías aclarar las cosas tanto como yo. Estabas a punto de explicarme lo que te pasaba, maldita sea... ¿Por qué no me lo cuentas ahora? No puedo irme cuando acabe el curso sin saber lo que te ocurre... Si de verdad cierran la escuela... Si no vuelvo a verte...
O mucho se equivocaba Maeve o Lara Vodianov estaba a punto de llorar. Un fuerte presentimiento se agarró a la boca de su estómago. Se asomó con cuidado unos centímetros por detrás de la estatua, lo justo para poder verlos. Lerroux seguía en la misma posición, cruzado de brazos, imperturbable, pero Vodianov se había acercado un poco a él con las manos caídas a los costados y jugando nerviosamente con los pliegues de su falda.
-¿Me dirás de una buena vez para qué querías verme, Vodianov? -insistió el chico con aire de profundo hastío- Tengo mejores cosas que hacer que hablar con una jodida...
-¡Basta ya, hijo de puta!
La sorpresa de Maeve al ver a la princesa de hielo perder los papeles y golpear al muchacho con ambos puños en el pecho fue mayúscula, pero pequeña comparada con la que sintió ante lo que vino después. Lerroux había sujetado con rapidez las manos de la muchacha para impedir que siguiera pegándole. Y ella, en lugar de seguir atacándole de cualquier otra forma como Maeve se estaba temiendo, lo besó. Lo besó en los labios con una ferocidad inusitada, durante interminables segundos en los que el chico no amagó ni una sola vez corresponder pero tampoco hizo nada para apartar a Vodianov de él. Maeve tuvo que taparse la boca para no dejar escapar una exclamación de asombro.
-Deja de comportarte como si creyeras de verdad que soy la peor mierda del Universo porque sé que no es así -gimió la chica contra la mejilla de Lerroux después de romper el beso- Tú me querías, Damien. No me digas que no es así porque sé que me querías... Lo sentía, joder. Aun cuando no me lo hubieras dicho lo habría sabido... Pero es que además me lo dijiste...
-Dije un montón de tonterías de las que me arrepiento -replicó Lerroux, cortante como una cuchilla recién afilada.
Maeve, que aún contenía el aliento, temió otro nuevo estallido de ira por parte de la chica. Pero esta no se movió, salvo para soltar sus manos de las de Lerroux y abrazarse a él. Las manos del muchacho permanecieron caídas a sus costados, inmóviles. Despiadadas.
-Deja de mentir, por favor -suplicó ella- ¿En Junio me querías y en tus cartas del verano me querías y de repente volvemos a vernos en Septiembre y soy una despreciable basura? ¿No puedes hablar conmigo ni rozarme siquiera? ¿Cómo quieres que me crea eso?
-No es mi problema si no sabes aceptar la verdad, Vodianov. Suéltame. Me ofende que me toques.
-Mentiroso.
-Me das asco.
-Mentiroso. Mentiroso. Mentiroso...
La boca de Lara había vuelto a buscar la de Damien y sus manos le sujetaban el rostro posesivas y demandantes, acariciando el cuello del chico, hundiéndose en su pelo castaño. La voz de la muchacha no ocultaba su creciente frustración por el hecho de que Damien no estuviera haciendo absolutamente nada por responder a sus caricias, rozando el sollozo cada vez que entre beso y beso volvía a llamarle mentiroso. Lara no podía ver, como sí estaba viendo Maeve, las manos del chico crisparse como si se estuviera conteniendo, como si necesitara clavarse las uñas en la piel de las palmas para no ceder al deseo de abrazarla también.
Ay, Dios...
-¿Es que hay otra? -gimió la muchacha, desesperada por la impasibilidad de él.
Los puños de Lerroux se apretaron con tanta furia que se pusieron blancos, pero sólo Maeve podía verlo. Lara no tenía más información que la del rostro de él, la de sus ojos carentes de expresión, la de su mueca de desdén.
-No hay otra, Vodianov. Hay otras. Otras mil, otras diez mil, todas mejores que tú. Cualquiera mejor que una basura del Este hija de muggles.
Maeve sintió la dureza brutal de aquellas palabras como un puñetazo en la boca del estómago. No pudo ni imaginarse lo que debía de estar sintiendo Lara, que se apartó del chico como si de pronto su contacto le quemara.
-No puedes pensar eso de verdad, no puedes, no te creo... -sollozó.
-Ya te dije que la verdad dolía. Te has empeñado en oírla; no sé de qué te quejas ahora, sang...
La bofetada que Lara descargó sobre la mejilla de Damien resonó fuerte y seca como un tiro en medio del corredor. Después, los dos se quedaron en completo silencio durante un minuto eterno y Lara volvió a cruzarse de brazos, apretando la mandíbula como si ahora la sola posibilidad de mostrarse débil ante aquel muchacho le resultara humillante, insoportable, inconcebible.
-No hay más que hablar, entonces.
Era la princesa de hielo la que hablaba de nuevo, hermosa y gélida y altiva frente a la rigidez de estatua del chico. Y sonaba realmente terrible.
-Adiós, Damien: que te aproveche tu puta sangre azul inmaculada...
Maeve no se atrevió ni a respirar mientras Lara se alejaba camino de los dominios de Gryffindor y el silencio caía pesado y frío como un telón de hielo sobre el corredor. Esperó completamente quieta y fusionada con las sombras que la protegían como tantas veces había hecho cuando observaba animales en su entorno, atenta a cada gesto, a cada matiz, intuyendo que todavía le faltaba algo importante por ver.
No se equivocó.
Pasó un minuto, pasaron dos, quizá hasta tres, sin que Lerroux moviera un solo músculo. Y de pronto el chico se envolvió en sus propios brazos como si estuviera sufriendo un dolor insoportable. Su cuerpo se agitó en pequeñas convulsiones y de sus pulmones brotó un grito desgarrador que sólo pudo sofocar a medias mordiéndose con desesperación el puño.
Damien Lerroux estaba llorando.
Maeve apartó los ojos de la escena y se replegó rápidamente contra la sombra de la estatua, sintiendo por encima de la contagiosa angustia del chico vergüenza de ser el testigo encubierto de su debilidad. Se retiró despacio y en silencio, desandando el camino que la había llevado hasta allí con el corazón encogido y el rostro ardiendo de rubor, confusa y triste y, sobre todo, furiosa por lo que acababa de presenciar.
Quería que hubiera una maldita razón para que aquel condenado niño estuviera haciendo semejante majadería. Quería entender el drama surrealista que se había desarrollado ante sus ojos. Quería respuestas.
Y sabía perfectamente a dónde tenía que ir, a quién tenía que ir, para encontrarlas.
-¡Están enamorados, joder!
Abrir la puerta del despacho y que Maeve entrara como una tromba sin saludar siquiera era extraño, pero que además fueran esas palabras las primeras que pronunciara rozaba lo surrealista. Severus enarcó una ceja, asombrado.
-¿Perdona?
Maeve, que había empezado a pasearse como una fiera enjaulada por el despacho, se detuvo y miró a Severus como si estuviera desesperada por decir algo y no le salieran las palabras.
-¡JODER! -volvió a exclamar, llevándose ambas manos a la cabeza y reanudando su frenético paseo.
-Sí, eso ya me había quedado claro -replicó Severus con sarcasmo- Ahora, si no te importa desarrollarlo un poco...
-Lo tuve delante de mis malditas narices todo el tiempo, Severus: TODO-EL-TIEMPO. ¿Y lo vi? No. Claro que no lo vi -dijo, amagando una risa histriónica- Sólo... ¿Sabes lo que vi? Mis malditos prejuicios, esos que tanto me disgustan en los demás y que yo creo no tener y... Estúpida, estúpida... Vi un chico de Slytherin comportándose de forma extraña con una chica de Gryffindor y...Los putos colores de sus casas y no al chico y a la chica, eso es lo que... Me quedé en la superficie, en lo aparente, como cualquiera de los imbéciles cortos de miras que no ven más allá de un escudo y un color de corbata y que yo considero... JODER…
-Maeve.
Severus la había interceptado en medio de su constante y gesticulante ir y venir agarrándola por los hombros para conducirla hasta una silla y obligarla a sentarse.
-Vamos a ver -le dijo, burlón, mientras se sentaba frente a ella- Coge aire antes de que empieces a ponerte azul y explícame con calma, y un poco de coherencia si es posible, a qué demonios te refieres. Es fácil: sujeto y predicado, y respirando de vez en cuando -añadió, dándole un par de palmaditas en el dorso de la mano- Tú puedes.
Maeve le miró iracunda y en silencio mientras recuperaba el aliento. Tuvo que reconocer que él tenía razón. Estaba desbarrando a golpe de pensamiento en lugar de intentar expresarse con claridad.
-Lerroux y Vodianov -dijo al fin.
Y procedió a explicárselo todo a Severus. Todo lo que antes no le había cuadrado, como el dolor que había creído ver en Lara después de que Damien fuera agredido en Hogsmeade, como la sensación de que los dos se esforzaban en prolongar las horas de castigo para prolongar así el tiempo de estar juntos. Toda la extraña y dolorosa escena que había presenciado en aquel pasillo recóndito. El gesto de sorpresa de Severus pareció absolutamente sincero.
-Deduzco que tú tampoco lo sabías -aventuró ella.
No, no lo sabía pero ahora las palabras de Lucius Malfoy en Navidad -al parecer el chico Lerroux estaba mostrando excesiva propensión a mezclarse con escoria muggle- cobraban más sentido, igual que las de Silas Fraser: Damien Lerroux ya sabe por qué nos perjudica mezclarnos con esa gente y cuales son las consecuencias de mostrarles simpatía. Sí, al parecer Damien Lerroux había aprendido la lección por el camino difícil y la estaba aplicando como el alumno ejemplar que era, aunque hacerlo lo estuviera destrozando física y moralmente. Severus suspiró y se pellizcó el puente de la nariz, cerrando los ojos.
-Tienes que decirme lo que sabes -le suplicó Maeve- Necesito entender qué significa lo que he visto.
-¿Para qué? -repuso Severus sin mirarla- ¿Crees acaso que entenderlo te capacitará para arreglarlo?
-Sí -afirmó ella, rotunda.
Los ojos de Severus la miraron, serios y, si le conocía un poco bien, también un poco tristes.
-No puedes ayudar a ese chico Maeve. No está en mis manos hacerlo; mucho menos en las tuyas -suspiró de nuevo, y levantó su dedo índice en un gesto de advertencia, grave y solemne- Esto que voy a contarte sólo lo diré una vez y bajo ningún concepto saldrá de aquí, ¿de acuerdo? Si me entero de que trasciende a quien quiera que esté ocupando la silla de Director...
-Soy zoóloga muerta -terminó ella por él- Tienes mi palabra. Pero cuéntamelo de una maldita vez, por el amor de Dios. Llevamos todo el puto curso jugando al ratón y al gato con este asunto...
Severus se reclinó en su silla y cruzó los dedos de ambas manos por encima de su estómago, mirando directamente a los ojos curiosos de ella.
-¿Sabes qué es, en la terminología de los Mortífagos, un tibio? -ante la expresión de extrañeza de Maeve, Severus explicó- Vendría a ser algo así como un arrepentido. Alguien que en un principio simpatizó con las ideas del movimiento pero se desligó de ellas por las razones que fueran, o no fue lo bastante consecuente con ellas, o falló cuando se le pidió una muestra de su buena voluntad. Aristide Lerroux es uno de esos tibios. Mejor dicho, lo fue -puntualizó- Pero no lo será si el Señor Tenebroso regresa. Lucius Malfoy ha tomado como una de sus cruzadas personales asegurarse de que nadie con el prestigio y patrimonio de Aristide Lerroux se le vuelva a escapar. Y está claro que sabe cómo aportar argumentos de peso con los que convencer a un padre viudo al que no le queda nadie aparte de su único hijo.
Los ojos de Maeve se desorbitaron de horror.
-¿ESTÁN UTILIZANDO AL CHICO PARA EXTORSIONARLE? -exclamó, escandalizada.
-Me temo que no es tan simple, Maeve. Están utilizando a Damien para extorsionar a Aristide y a Aristide para extorsionar a Damien... La seguridad y bienestar de Damien en Slytherin a cambio de una mayor implicación cuando vuelva el amo: ¿qué buen padre que merezca tal nombre no consentiría? -expuso Severus con cinismo- Comerte las propias opiniones y afectos con tal de que nadie haga daño por tu culpa a ese padre que se encuentra en el punto de mira: ¿qué buen hijo no aceptaría sin dudarlo?
Maeve guardó silencio mirándose las manos, pálida y helada. Las piezas del rompecabezas estaban empezando a encajar a la velocidad de la luz, pero la imagen que componían era espeluznante, repulsiva.
-Y Fraser, supongo, viene a ser algo así como el chico de los recados -dijo la mujer amargamente al cabo de un rato- Por eso no se ha despegado de Lerroux en todo el curso cuando antes le ignoraba. Por eso Lerroux parece tenerle miedo: porque realmente le tiene miedo. No todas las veces que Lerroux ha acabado en la enfermería este curso ha sido por culpa de Collins y los otros, ¿verdad? Charles Fraser es el delegado del plan de adhesión en Hogwarts y tú lo sabes hace tiempo y no has hecho nada para...
-¡Maeve! -la interrumpió él, irritado, echándose hacia adelante para enfrentarla con gesto duro y áspero- ¿Qué demonios crees que puedo hacer, en mi posición? He hecho lo que he podido, te lo quieras creer o no.
-¡No, Severus, no lo has hecho! -contestó Maeve con rabia- ¡Podías haber delegado en quien sí tenía posibilidad de intervenir, y no te ha dado la gana!
-¡Mierda, Maeve! -bramó Severus, dando un golpe en la mesa- ¡No espero que puedas entender lo peligroso que es Silas Fraser ni lo erróneo que sería por tu parte meterte en el camino de su hijo, pero al menos confía en mi y asume que si te aparto de él es por tu bien!
Un silencio incómodo los envolvió mientras ambos se replegaban hacia atrás en sus asientos y se serenaban a la vez que el ritmo de sus respiraciones, viendo extinguirse de los ojos del otro las llamas de la agresividad que por un momento se había apoderado de ellos.
-¿Y entonces qué hacemos, Severus? -preguntó ella con suavidad al cabo de un rato- ¿Quedarnos cruzados de brazos mientras un buen chico tira su vida por el retrete y se hunde contra su voluntad en esa miseria horrible del vasallaje a Riddle que tú, mejor que nadie, sabes lo que significa? ¿Qué hacemos? ¿Qué hago yo con lo que he visto hace un rato?
Severus jugó distraídamente con una pluma que había sobre el escritorio, esbozando una media sonrisa que a Maeve se le antojó cruel.
-Olvidarlo, Maeve.
-¿OLVIDARLO?
-No creo que jugar a las celestinas sea parte de nuestros deberes como docentes -continuó Severus con mordacidad, ignorando la expresión incrédula y dolida de Maeve- El chico se ha ido a enamorar de alguien que le está vedado. Una lástima. Pero el menor, con mucho, de sus problemas.
-¡Podrían estar juntos en esto! -insistió ella, irritada- Lerroux podría al menos contar con ese apoyo en medio de...
-¿Sí? ¿Apoyo? ¿Otra persona amenazada de la que preocuparse y de cuya vida o muerte sentirse responsable sería un apoyo? ¿Otra arma a través de la cual llegar a él y herirle sería un apoyo, Maeve? -inquirió él, tan sarcástico que caía en la crueldad y hacía daño, incapaz de reparar en su excesiva fiereza, en lo mucho, demasiado que estaba personalizando aquello- Ha hecho lo mejor que podía hacer por ella y por sí mismo. Cuando dejen de ser unos mocosos gobernados por sus hormonas lo entenderán.
Ella apretó los labios y respiró hondo, dolida por su tono de burla pero dispuesta a no entrar al trapo.
-No puedo creerme lo que estoy oyendo. ¿Acaso te parece justo para ella sufrir así sin necesidad? ¿Acaso te parece justo que los dos tengan que sufrir cuando al menos...?
-¿Acaso crees que el mundo se rige por la justicia? -replicó él con salvaje ironía- Pensaba que a estas alturas ya te habrías dado cuenta de que no, viviendo en la región de África donde has vivido, pero ya veo que la ingenuidad humana nunca debe subestimarse. No, Maeve, la vida no es justa. Y si Lerroux ha cometido la estupidez de enamorarse de la chica equivocada, está bien que empiece a asumir las consecuencias. No es la justicia lo que rige este mundo sino las normas, Maeve. Las jodidas normas. No las dicto yo, no las dictas tú, no las dicta Lerroux. Las dicta el puto mundo en que vivimos. Cuanto antes se haga Lerroux a la idea, mejor le irá. Conservar las esperanzas hasta la edad adulta sólo hará que ese inevitable golpe que se terminará dando contra la realidad sea todavía más duro.
Maeve no quería rendirse. Todo su ser clamaba por seguir combatiendo y argumentando hasta que aquel maldito zopenco sin corazón tuviera que reconocerle a ella su parte de razón, pero de pronto sentía que no era capaz ni siquiera de tragar la saliva a través del nudo en su garganta. Los ojos de Severus, su voz llena de aquel cinismo distante que sólo vomitaba sobre lo que le afectaba de veras y de la ferocidad con que se defendía de las cosas que le hacían daño... Volvía a estar hablando de sí mismo a través de Damien Lerroux. Volvía a estar hablando de sus propios errores, de las normas e injusticias que habían regido su propia vida. Estaba siendo tan despiadado con Lerroux como lo era con el recuerdo de su propio yo adolescente enamorado de otra chica equivocada. Y Maeve sentía que la estaban matando la indignación y los celos.
-Tú no estabas allí, Severus -murmuró con la voz un poco insegura, apartando los ojos de él- No la viste. No lo viste a él...
-Afortunadamente: esa clase de espectáculos sensibleros me dan ardor de estómago. Y hablar de ellos también. ¿Vamos a cambiar de tema, Maeve, o debo dar ya la cena por arruinada?
Maeve lo sobresaltó al levantarse con brusquedad. Le asustó un poco la intensidad del dolor en la mirada de ella, la hiel contenida en su sonrisa irónica.
-Empiezo a pillar el concepto, chico: como tú te enamoraste de alguien que no pudiste tener, nadie merece tener lo que ama, ¿verdad? -escupió con disgusto- Como a ti no te salió bien con Lily todos merecen que les salga mal. Bravo, Severus -concluyó, aplaudiendo teatralmente- Bravo por darles la razón a los que dicen que eres un monstruo.
El portazo que pegó al salir del despacho fue tan contundente y devastador como una bofetada. Severus se quedó rígido un buen rato, respirando cada vez más agitadamente, sin saber si era el desesperado girar y girar de su cerebro lo que le estaba haciendo hervir la sangre o si era ésta la que le estaba fundiendo la materia gris al fluir incendiada a través de ella.
Estrellar el tintero contra la puerta por la que Maeve se había marchado fue tan catártico y satisfactorio que no necesitó soltar ni una sola de las blasfemias que se acumulaban en su lengua. Lily otra vez. Siempre Lily. Maeve no sólo no había entendido una sola palabra sino que encima había vuelto a achacarlo todo a Lily. Y ¿cómo culparla, si él se había encargado de ganárselo a pulso hacía ahora once años?
¿Por qué no me descubres, maldita idiota? gimió para sus adentros, apoyando la frente en las palmas de las manos con gesto de derrota. ¿Por qué no has podido darte cuenta de que hablaba de ti?
Faltaban cuatro días para el comienzo de los exámenes y Junio se anunciaba glorioso, todo cielos azules y olor a vida en el ambiente. Pero en la enfermería se respiraba preocupación. Poppy guardó su varita y dio por terminado su examen de la tarde con un suspiro de cansancio y expresión consternada. Examinaba a las víctimas de la maldición cuatro veces al día ahora, habiendo empezado a notar los primeros signos de que sus cuerpos se estaban agotando. Colin Creevey era el más deteriorado, algo que tenía mucho sentido teniendo en cuenta que llevaba más tiempo que los demás bajo los efectos de aquella magia extraña y terrible. Pero Hermione Granger y Penélope Clearwater, que no llevaban ni un mes petrificadas, habían empezado a mostrar signos de deterioro mucho más rápidamente, como si lo que fuera que las había maldecido hubiese ido aumentando su poder, su capacidad de dañar.
Poppy corrió las cortinas que protegían la intimidad de los petrificados y frotándose los ojos, doloridos a causa de la falta de sueño que venía arrastrando, se acercó a uno de los ventanales por los que el sol de la tarde iluminaba el pabellón. Los terrenos que rodeaban Hogwarts estaban tan hermosos que dolía estar en el interior del castillo, y sin embargo no se veía un solo chico jugando en ellos. La vida dentro de la escuela parecía haberse petrificado también por efecto del miedo, rematada por la detención de Hagrid y la abrupta marcha de Dumbledore que muchos sentían como una especie de sentencia anticipada de cierre contra Hogwarts. Sólo en el zoológico continuaba la actividad al aire libre de siempre, gracias a la obstinación de Maeve y a la iniciativa de aquellos niños estupendos que la estaban ayudando a mantener su sueño en pie. Era una pequeña pero hermosa esperanza, pensó Poppy mientras veía a Maeve, a lo lejos, repartir las tareas a un grupo de Ravenclaws y Gryffindors de Sexto.
Estarías orgulloso, Albus. Una squib y un semigigante que no terminó sus estudios levantando estas reacciones de lealtad y apoyo en todas las casas.
En casi todas, se corrigió.
En fin... Slytherin nunca había sido fácil. Que se lo dijeran a ella después de más de veinte años demasiado cortos al lado de uno.
Que se lo dijeran a Maeve, que estaba enamorada del más difícil de todos ellos.
Porque estaba enamorada. Lo había estado en el pasado y lo estaba ahora. Poppy no necesitaba que ella lo admitiera para saberlo. Le parecía un milagro que, con excepción de Albus y ella misma, nadie se diera cuenta; que todos estuvieran tan cegados por la fachada de Severus Snape -el monstruo, el de los antecedentes cuestionables, el de la crueldad pronta y la fachada siniestra- que no pudieran reconocer una mirada de amor dirigida a su persona ni aunque la tuvieran delante de los morros. Pero viendo que la intención era ocultarlo aquel prejuicio injusto les beneficiaba, así que no sería ella quien se pusiera a desmontarlo.
No había intentado indagar los porqués de aquel secretismo. Realmente no necesitaba saberlo. Tenía sus propias teorías al respecto y no creía que cayeran muy lejos de la realidad. Sabía qué tenía Severus en el antebrazo izquierdo. Sabía que Dumbledore también lo sabía y aún así había confiado a Severus labores de docencia en una época en que trataba por todos los medios de barrer de Hogwarts toda influencia de Quien-tu-sabes. Y también había testificado a su favor durante su proceso, siendo el impulso decisivo para su exoneración. Sabía que aunque fuera un hombre bondadoso Albus Dumbledore nunca hacía nada por simple bondad. Sospechaba que Severus había estado a su servicio dentro de las filas de Quien-tu-sabes en algún momento de la guerra y sospechaba que seguía estándolo de alguna forma y que en eso estaba la causa de que no pudieran ser públicas por simpatías por Maeve; la causa, también, de que en su día la hubiera dejado cuando -por eso pondría la mano en el fuego- estaba haciendo planes para marcharse de Hogwarts con ella...
Algo, aquella tarde en que Severus se ausentó del colegio y luego habló durante horas con Dumbledore, había hecho que lo suyo con Maeve dejara de ser posible. Y ese algo aún existía, al parecer. Y aún imponía su ley de lo conveniente.
Pero esa nunca había sido una ley por la que Poppy Pomfrey se dejara amilanar.
Inconveniente como sin duda era -no iba a cuestionar a Dumbledore al respecto- aquel amor todavía existía aunque ninguno de los dos condenados testarudos quisiera darse cuenta. Severus estaba cegado por la necesidad de ignorarlo, o por su incapacidad de creer que pudieran quererlo, o quizá por las dos cosas a la vez. Maeve estaba cegada por lo que quiera que Severus le hubiera dicho años atrás para convencerla de que no la quería. Cegada hasta extremos impensables. Tan cegada que no vería el amor presente hasta que no recuperara la fe en el amor pasado. Y Poppy tenía claro que nada de lo que ella pudiera insinuar, sugerir o decir abiertamente iba a convencer a Maeve de que aquel amor sí que había existido.
Severus había hecho tan bien su trabajo que ahora sólo él podía deshacerlo.
Y lo desharía. Como que se llamaba Pauline Anne Pomfrey que el condenado chiquillo lo desharía quisiera o no. Porque Maeve no se merecía vivir una verdad a medias y conocer sólo la mitad de uno de los grandes dolores de su vida.
Poppy tenía un plan y antes o después lo pondría en marcha.
Maeve no quería o no podía creerla a ella cuando trataba de hacerle ver lo mucho que Severus la había querido. Pero a él tendría que creerle. Y luego, ya, que los dos malditos cabezones hicieran con la verdad lo que les diera la realísima gana.
Bien, parece que uno de los enigmas se ha desvelado pero el más importante sigue oculto, generando confusión y malentendidos. Ni Severus es capaz de ver que Maeve lo ama ni ella es capaz de pensar que quizá ese resquemor de Severus por las normas que impiden tener a un chico lo que ama no iba precisamente por Lily…
Menos mal que tenemos a Poppy, ¿no? Todavía queda el sprint final del curso, con la caza del basilisco y demás movidas turbulentas; y tal vez nos depare alguna que otra sorpresa...
Y espero que hayáis disfrutado del gandho de derecha que se lleva Lockhart tanto como yo hice al escribirlo XD.
Muchas gracias a todos por seguir ahí.
