Aviso para navegantes: al igual que sucediera en la primera parte de "Entre dos mundos", según nos acercamos al final empiezan las libertades que servidora se toma respecto al canon y a lo que haga falta. Así que si notáis diferencias en los diálogos o en la línea temporal de los hechos respecto de como aparecen en el libro de la Sra. Rowling (o directamente cosas que me he inventado por todo el morro) no os lo toméis muy a pecho: a mí me parece que así es más divertido.
Dicho lo cual aprovecho para recordar que no soy J.K. Rowling ni poseo nada de lo que haya salido de su imaginación y pluma ni gano dinero con este pequeño divertimento; por si quedaban dudas, que nunca se sabe XD.
Capítulo XVIII: hay días que más vale no levantarse de la cama. Son esos días en que, por ejemplo, descubres que la escuela en la que trabajas y vives puede ser pasto de un terrible monstruo mitológico, te enfrentas a retos agotadores para cuerpo y mente y acabas sufriendo, a causa de la extenuación, lamentables accidentes. Hoy va a ser uno de esos días en Hogwarts…
CAPÍTULO XVIII: EL DÍA MÁS DIFÍCIL.
Todavía estaba enfadada. Enfadada con Severus por ser Severus y consigo misma por permitir que a aquellas alturas la afectara tanto. Al fin y al cabo era lo que había, ¿no? Severus era un hombre magnífico en muchos sentidos pero también rencoroso, injusto, cruel y absolutamente falto de empatía hacia quienes no le importaban. Y además estaba obsesionado con un maldito amor de juventud que nunca había llegado a nada pero había dirigido todos los errores y aciertos de su vida. La discusión mantenida un par de días atrás en su despacho no había tenido nada de sorprendente ni de extraordinario. En el asunto de Lerroux -concretamente en lo referente a su afecto por Lara Vodianov- Severus se había limitado a ser él mismo.
¿Que Damien no puede estar con quien quiere estar? Que se fastidie, bienvenido al club. Precioso, Severus. Conmovedor. Voy a llorar, incluso.
A veces odiaba estar enamorada de una persona así, poseedora de un núcleo excepcional pero rodeada de tantas y tan variadas capas de escoria que llegar a su verdadera esencia resultaba extenuante. También odiaba que la fijación de él por Lily todavía la frustrase tanto cuando era algo que ya había asimilado por el camino difícil hacía mucho tiempo. Odiaba, sobre todo, sentir por debajo de la frustración y de la indignación y de los celos, compasión hacia él. Compasión, sí. Compasión por el maldito y odioso bastardo. Al menos ella no sentía que su dolor por el amor perdido le hubiera impedido vivir. Amar tal vez, pero no vivir. Había seguido adelante, había evolucionado, había crecido, había seguido cultivando emociones en su alma, había encontrado cabida dentro de su corazón herido para otras personas a las que amar, para otras formas de amor.
Al menos ella no se había dejado morir por dentro para castigarse por no haber sido correspondida.
No tienes por qué compadecerle. Tiene lo que eligió. Venerar la memoria de un fantasma fue su decisión, nadie se la impuso. Pudo abrir sus malditos ojos ciegos, darse cuenta de que lo que teníais era excepcional, enamorarse de ti y tener una vida de verdad contigo. No quiso, ¿no? Pues que se joda.
Sí. Que se jodiera si es que le quedaba corazón para sentirse jodido. Alguien que podía llegar a ser tan dulce -a su manera- con ella, tan comprensivo, tan protector... ¿Cómo podía mostrarse así de desalmado con un par de críos? Ella ya no podía cruzarse con Lerroux sin que se le rompiera el corazón pensando en él y en su padre. No soportaba ver cómo Lara le miraba a veces en clase ni cómo él se esforzaba en no mirarla. No soportaba pensar en el odio que los amigos de ella le tenían a él por razones que en realidad no existían. No soportaba que fuera cierto que no podían hacer nada, que Severus estuviera atado de pies y manos por necesidades del guión y no pudiera ayudar al chico, que por el bien general todos tuvieran que mirar hacia otro lado y permitir que no una sino dos personas fueran profundamente infelices hasta que se les secara el alma.
Y Severus lo había despachado con un simple son críos, ya se les pasará. Ojalá hubiera tenido valor para gritarle que ella no era mucho mayor que Damien y Lara cuando él le había roto el corazón y que todavía estaba esperando a que se le pasara. De hecho, las ganas de gritárselo estaban tan vivas y presentes que en los últimos días había evitado encontrarse con él a solas, temiendo que se le fuera a escapar si la conversación derivaba por aquellos derroteros. Le echaba de menos pero también sentía la necesidad de poner distancia, de enfriarse.
Y gracias a Dios el zoológico, el control de los embarazos de varias hembras y la inminencia de los exámenes finales y de los TIMOs de Quinto le daban una buena excusa para dejar por unos días sus encuentros en su despacho. Una buena y legítima excusa. Aquella tarde no habría tenido tiempo de verse con Severus ni aunque hubiera querido. Estaba agotada, agarrotada, dolorida y con la cabeza a punto de estallar de cansancio. Al final de la jornada en el animalario le había llegado una carta de Tess, con buenísimas nuevas a nivel personal -le habían prorrogado por otro año la beca en La Haya y había planeado acercarse con Paul a Estocolmo durante el ciclo de conferencias, al que Maeve no sabía si finalmente podría acudir, para poder verla- pero con noticias tan nefastas de la situación en Ruanda que la angustia le había quitado las ganas de cenar. Había escrito media docena de cartas. Para Tess y para varios miembros de la Fundación Fossey a través de ella, aun consciente de que las comunicaciones por correo ordinario con Ruanda eran prácticamente imposibles. Para Ishimwe Umuoza, confiando en que él sí que pudiera contestarle a través de alguno de sus animales y, sobre todo, le pudiera asegurar que Ingabire estaba bien. Para Hagrid. Para el Ministro Fudge con otra diatriba explicándole lo que era la Convención de Ginebra y amenazándole con echarle encima a Amnistía Internacional si no permitía que Hagrid recibiera visitas... La tarea le había llevado horas. Maeve se había negado sistemáticamente a las insistentes sugerencias de Prissy de que comiera algo -lo que fuera, cualquier cosa que pudiera conseguirle en las cocinas- y había terminado discutiendo con ella, teniendo que evitar, en consecuencia, que se abriera la cabeza con el atizador de la chimenea en castigo por disgustar a la joven señorita.
Ahora eran más de las cuatro de la madrugada, las habitaciones de Maeve estaban en silencio después de que las lechuzas partieran con la correspondencia hacia Ruanda, Londres, Azkabán y La Haya y Prissy, después de ser largamente consolada, se había retirado a descansar. Maeve, en cambio, no podía dormir, así que se atrincheró descalza y en pijama en una esquina del sofá, pertrechada con una taza de té y el libro del abuelo Declan. Había avanzado bastante en los últimos días y ya estaba llegando a los últimos capítulos. El paso por diversas ruinas de la civilización chichimeca y los restos fósiles encontrados habían reforzado en la expedición la convicción de que Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, había existido realmente en algún momento de la historia y no era sólo un mito religioso. Aunque aún carecían de evidencias definitivas, el abuelo y sus compañeros pensaban que podría tratarse de alguna clase de saurio gigante, alguna reliquia de la era jurásica, quizá una especie intermedia entre los reptiles y los pájaros: algo tan temible y aterrador que los hombres lo habían convertido en un dios al que aplacar alzándole sacrificios humanos. En varios de los templos abandonados habían descubierto restos animales y humanos tapizando el suelo de siniestras criptas subterráneas. Aquellos eran pasajes oscuros, angustiosos de leer. Maeve siempre respiraba aliviada cuando ante la falta de evidencias de seres vivos los expedicionarios volvían a la superficie, a sus estudios al aire libre y a las maravillosas criaturas que encontraban, como los colibríes ojizafiros o los quizicorillos, unos asombrosos lagartos con piel de jade capaces de teletransportarse a una distancia de quince metros para huir de sus depredadores. Pero ahora la expedición, después de abandonar Santa Eulalia -una pequeña población de montaña cerca de Nazas donde los lugareños aseguraban que todavía se sentía la presencia del viejo dios serpiente- , había encontrado la entrada de un templo semiderruido en el fondo de una honda y estrecha garganta.
Joder, abuelo. Vaya manía de meterte bajo tierra, gruñó Maeve con inquietud pasando de página. No dejaba de ser curioso ver a su abuelo con tanta predisposición a la espeleología: el Declan Murphy que ella había conocido era, sin duda, un adorador de los espacios abiertos con una marcada aversión por las cuevas.
"Al fondo de la cámara principal, decrépita e invadida de vegetación pero llena de interesantes petroglifos que mostraban rituales religiosos y criaturas terribles, encontramos el altar sacrificial. Estaba cubierto de la capa negruzca que tras todos los descubrimientos anteriores ya sabíamos identificar como sangre fosilizada, fundida ya con la piedra sobre la que un día fuera derramada. Tras él, como en todos los otros templos, se abría la gran entrada a la gruta inferior. Mitchell encontró un curioso objeto cerca del altar, guardado en una pequeña hornacina. Parecía un ornamentado yunque de bronce envejecido y verdoso, que emitió sin embargo un fuerte y vibrante sonido cuando Mitchell lo golpeó con el pequeño martillo que había junto a él. Los ecos de aquel sonido duraron una cantidad anormal de segundos y parecieron reverberar hasta en el interior de nuestros huesos. Weaver, nuestro antropólogo, que ha estudiado bastantes civilizaciones antiguas, sugirió que debía de ser una especie campana para llamar al sacrificio, hechizada de alguna manera para amplificar su sonido. Decidimos llevarla con nosotros para entregarla al Instituto Mágico de Estudios Precolombinos en México D. F., pensando que podría ser de gran interés para ellos.
Christianssen propuso que acampáramos allí mismo, dado que se acercaba la noche y el descenso hasta el fondo de la garganta había sido demasiado duro como para plantearse emprender el camino inverso. Allí dentro, aseguró, estaríamos resguardados de coyotes y pumas. La idea parecía lógica y atractiva, ya que todos estábamos agotados y entumecidos. Sin embargo, mientras preparábamos el campamento algo excepcional capturó nuestra atención: desde la entrada de la cripta, una cantidad incalculable de arañas de todas clases había empezado a invadir la cámara principal..."
El estómago de Maeve dio un fuerte vuelco al leer aquello. Inconscientemente se había incorporado en el sofá al pasar de página y ahora todo su cuerpo estaba tenso, como en actitud de alerta. No podía ser que...
"...y lo realmente fascinante era su forma organizada de moverse, de avanzar formando una fila digna de una comuna de hormigas camino de la salida del templo, en el más extraño y bien planificado simulacro de evacuación que nuestros ojos hubieran contemplado en el reino animal. Pinkerton, especialista en invertebrados, estaba absolutamente atónito. Aseguró que jamás, en toda su vida -y acababa de cumplir 85 años- había oído hablar de un comportamiento semejante en arañas. En la naturaleza, lo inusual es siempre indicio de algo excepcional y digno de estudio, de modo que decidimos posponer la cena y, armados de nuestras varitas, iniciamos el descenso a la cripta subterránea".
A Maeve le latía tan deprisa y tan fuerte el corazón que apenas podía oír sus propios pensamientos. Su abuelo había visto el mismo comportamiento en las arañas que ella y Hagrid les vieran exhibir ante la inminencia de un ataque del monstruo. Su abuelo debía de haber estado cerca del mismo monstruo que azotaba Hogwarts o de uno muy parecido hacía setenta y dos años y además había reflejado la experiencia en un libro que llevaba meses -¡diez putos meses!- en su poder y ella no había tenido el maldito tiempo de leerse. Su abuelo, quizá, incluso sabía...
-¡Maldita sea, chica, lo has tenido delante todo el tiempo! -se reprochó con dureza.
"No podíamos calcular el tiempo que llevábamos bajando hacia el corazón de la tierra por aquella gruta oscura y húmeda; posiblemente habían transcurrido varias horas. El descenso era difícil a causa de lo resbaladizo e irregular del pavimento. La humedad ambiental hacía el aire casi irrespirable. El olor que impregnaba el pasadizo era cada vez más intenso, más mareante. Varios de los hombres empezaron a dar muestras de un fuerte malestar, caracterizado sobre todo por sudores e inquietud. Werbowickz expresó su preocupación de que pudiera haber una bolsa de gases nocivos pero desechamos la idea, viendo la cantidad de arañas vivas y en disposición de huir que aún veíamos por todas partes. No. No se trataba de gases. Era un olor orgánico, la inconfundible esencia de algo vivo; en eso casi todos estuvimos de acuerdo. Nuestros pies tropezaban a cada poco con restos de esqueletos humanos y de tanto en tanto encontrábamos curiosas estatuas que representaban seres humanos tendidos en el suelo adoptando diferentes posturas; presentaban un nivel de realismo impropio del arte precolombino, y eran escalofriantemente fieles en su plasmación de los rasgos y las proporciones de las personas. McKinnley, en una curiosa pero acertada comparación, comentó que parecían las momias de Guanajuato convertidas en piedra."
-No, no, no -gimió Maeve, como si el libro pudiese oírla- Dios mío, no... Eran realmente personas, abuelo. Eran personas...
"Lo oí de pronto. Era un silbido bajo, casi inaudible, siseante, serrado, turbador. Pregunté a los demás si lo habían escuchado también y sólo Soares, brasileño y criado cerca de la selva del Mato Grosso, reconoció estar también oyendo algo. Aquel dato confirmó mi creciente sospecha de que estábamos en los dominios de alguna especie de reptil, probablemente una serpiente de gran tamaño cuyo sonido sólo los oídos entrenados en la escucha del pársel como los de Soares y míos podían identificar. La región de México en que nos encontrábamos no era precisamente rica en serpientes gigantes como sí lo era el Sur de América, y la fuente de los silbidos, desde luego, no sonaba como una víbora ni como una cascabel. Semejante anormalidad tenía que ser por fuerza indicio de algo singular y posiblemente terrible. Soares fue el primero en sugerir que retrocediéramos pero yo, demasiado intrigado por el misterio que se ocultaba delante de nosotros, dudé en apoyarle y propuse avanzar un poco más.
No creo que viva bastantes años para arrepentirme lo suficiente."
Maeve ya no podía ni respirar cuando volvió a pasar de página, atrapada por la espeluznante historia en la que radicaba el extraño desinterés del abuelo por la herpetología que antes le había apasionado; la historia que su abuelo, después de escribir aquel libro que casi nadie se había dignado en leer y mucho menos en creer, había decidido silenciar hasta el punto de no compartirla ni siquiera con ella. Maeve no fue consciente del paso del tiempo mientras devoraba un párrafo tras otro, ni de que estaba amaneciendo, ni de que se iba a acabar perdiendo el desayuno. Sus ojos fueron agrandándose de horror según iban leyendo el relato de lo ocurrido mientras los expedicionarios trataban de huir de la cripta. Según leía la descripción de la criatura que moraba en las profundidades subterráneas y despertada por el tañer del yunque mágico había salido a dar caza a los intrusos. Según descubría que Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, sí había existido en realidad: en varios lugares, en varias culturas, bajo otros nombres igual de temidos.
Según iba dándose cuenta de qué era lo que yacía agazapado en algún lugar de Hogwarts esperando para desatar el infierno.
Maeve saltó del sofá en cuanto sus ojos llegaron al final de la terrible narración, yendo a vestirse con lo primero que sacó del armario y lanzándose luego sin dudarlo hacia el cuenco de polvos Flu. Tenía que avisar a Minerva. Había que actuar deprisa.
Había que evacuar la escuela.
-¿Tú sabes lo que ha pasado, Filius? -preguntó Rolanda Hooch al Jefe de Ravenclaw tratando de ignorar los gemidos de Sybill Trelawney, que farfullaba algo acerca del Grim con los ojos fijos en su té- Acabábamos de empezar una clase de vuelo cuando...
-Sé lo mismo que tú, Rolanda -replicó el pequeño profesor de Encantamientos, volviéndose hacia la puerta por la que acababa de entrar Pomona Sprout embadurnada de tierra- ¿Te ha dicho Minerva algo a ti?
-No. No tengo ni idea de lo que pasa. Estaba cosechando las mandrágoras y llevándoselas a Severus para que empiece cuanto antes con el filtro... -explicó la regordeta herbóloga- Viene detrás de mí, por cierto. Se quedó atrás anunciándoles a los chicos que las clases de Pociones quedaban suspendidas durante el día de hoy.
-Ya decía yo que me parecía haber escuchado aplausos y ovaciones -replicó con picardía Aurora Sinistra en el mismo momento en que Severus entraba en la Sala, ganándose una mirada glacial de parte de él.
-Os he oído -les advirtió a ambas brujas con sequedad, mirando luego a su alrededor- ¿Todavía no ha llegado Minerva? No estoy en condiciones de poder perder el tiempo. El filtro de mandrágora tarda por lo menos diez horas en prepararse y si no se le administra a las víctimas cuanto antes, Poppy cree que...
-No eres el único que tiene cosas que hacer, ¿sabes? -le interrumpió el traslúcido profesor Binns con irritación- Las revueltas comuneras de los gnomos de Bremmen no se explican solas...
-No se explican de ninguna de las maneras -masculló Charity Burbage por lo bajo, haciendo reír a Sinistra- Al menos yo nunca las entendí.
-Minerva sabe que todos estamos muy ocupados a estas alturas del curso, con los exámenes tan cerca -dijo Flitwick, conciliador- No nos habría convocado con urgencia si no fuera estrictamente necesario.
-¿Crees que habrá habido otro ataque?- gimió la profesora Babbling.
-Espero que no, por Merlín. ¿Dónde están los que faltan?
-Gilderoy debe de estar retocándose la raya del ojo -aventuró Hooch con malicia- De Maeve no sé nada; no la he visto por el zoológico mientras volábamos.
-Tampoco bajó a desayunar, pero últimamente casi nunca lo hace -observó Pomona- Desde lo de Hagrid...
Severus no escuchó el resto de lo que Pomona tenía que decir. No era normal que Maeve no estuviera por el zoológico a una hora en la que siempre estaba. No era normal y por tanto no era bueno, sobre todo si coincidía con un llamamiento urgente al claustro por parte de la Directora en funciones y con una entidad desconocida sembrando el pánico por el colegio y atacando a gente de ascendencia muggle. No queriendo dejarse ganar por la inquietud se aferró con todas sus fuerzas a su capacidad para dominar los nervios, repitiéndose para sus adentros que ella podía haberse retrasado por cualquier motivo, estar en cualquier lugar perfectamente adecuado y perfectamente a salvo. Pero los sucesos del año anterior y aquellas pesadillas recurrentes en las que no conseguía salvarla a tiempo pesaban tanto todavía...
La puerta de la sala se abrió de golpe y Minerva entró entonces. Sola. Terroríficamente pálida. Severus se aferró más todavía a la calma pero la calma empezaba a quemarle las manos, inclinándole peligrosamente a soltarla y dejarla ir.
-Ha sucedido algo horrible -declaró la Directora en funciones con voz temblorosa y ojos húmedos a los colegas que ahora la escuchaban en medio de un silencio sepulcral. El cerebro de Severus empezó a latir como si fuera a estallar de un momento a otro- Una alumna ha sido raptada por el monstruo. Se la ha llevado a la Cámara.
Flitwick dejó escapar un grito y Pomona se tapó la boca con las manos para ahogar otro. Podría haberse oído el vuelo de una mosca.
-El heredero de Slytherin ha dejado un nuevo mensaje debajo del primero: -continuó Minerva, a punto de llorar- "Sus huesos reposarán en la Cámara por siempre". Y eso no es todo. Maeve...
Severus, tan pálido como Minerva ahora, se agarró al respaldo de una silla porque de pronto sus piernas parecían incapaces de sostenerle.
No, no, no, por favor, no, ella no, ella no...
El ruido de la puerta al abrirse casi le provocó un paro cardiaco. Pero ver que era precisamente Maeve quien tenía la desvergüenza de sobresaltarle así le inundó de tan enloquecedora gratitud que tuvo que contenerse para no ir a comérsela a besos delante de todos.
-Siento el retraso -fue el acelerado saludo de ella- Estaba hablando con Filch y con los prefectos como me pediste, Minerva, y parece que, en efecto, nadie puede determinar el paradero de Ginny Weasley desde que salió de la Torre de Gryffindor para ir a desayunar -explicó con gesto compungido y voz aún vacilante de la carrera- Definitivamente, se trata de ella -añadió, su ansiedad patente en cada sílaba.
Había lágrimas contenidas en los ojos de varios de los profesores. Maeve buscó por un momento la mirada de Severus y le hizo un pequeño, casi imperceptible gesto tranquilizador. Severus respiró hondo, dándose cuenta del tiempo que llevaba conteniendo el aliento.
-¿Qué era lo otro que tenías que decirnos, Minerva? -inquirió un muy afectado Flitwick.
-Será mejor que Maeve os lo explique -replicó la mujer- Me temo que ha hecho un descubrimiento terrible.
Todos los ojos se posaron en Maeve, que levantó algo que traía en las manos. Severus lo reconoció con una mueca de desagrado: era el libro que le había regalado el desgraciado de Lupin.
-En 1920 mi abuelo, Declan Murphy, formó parte de una expedición por tierras del antiguo reino chichimeca en México, en busca de pruebas que demostraran que Queztalcoatl, el dios-serpiente, había sido una criatura real -dijo Maeve a modo de introducción- Y ahora sé que las encontraron. Mejor dicho -puntualizó con voz vacilante- encontraron a Quetzalcoatl. O quizá a uno de sus descendientes o hermanos. Sólo mi abuelo y Johann Silverman, de entre una expedición de trece hombres, sobrevivieron al encuentro. Quetzalcoatl era un basilisco.
Varias exclamaciones horrorizadas e incrédulas siguieron a aquella afirmación.
-Pero... Los basiliscos no... Hace siglos que no se tienen evidencias de... Su extinción hacia el siglo XVII es un hecho casi probado... No es posible que...
Severus y Minerva fueron los únicos que no dijeron nada. Ambos sabían de sobra que Maeve no haría una declaración como aquella sin tener la completa seguridad de que estaba en lo cierto. Y de ser así, entonces la situación era de emergencia absoluta.
-¡No será posible pero uno de ellos mató en cuestión de minutos a once magos competentes y expertos el 5 de Febrero de 1920! -gritó Maeve, acallando las demás voces- Cinco de ellos murieron al instante asesinados por la mirada del monstruo cuando se apareció ante ellos...
-Pero, ¿qué demonios tiene que ver eso con las agresiones que han tenido lugar aquí? -objetó el profesor Binns.
-Los antiguos sacerdotes del templo bajo el que se ocultaba el basilisco habían llenado las paredes de la gruta que conducía a la morada del monstruo de espejos -siguió Maeve, ignorándole- Como medida de seguridad en caso de que tuvieran que aventurarse allí, porque no sé si sabéis...
-Que la mirada del basilisco no es mortal si se ve a través de un reflejo, sino que solo petrifica -terminó Minerva por ella, con apenas un hilo de voz.
Maeve asintió mientras la revelación hacía palidecer a los demás.
-Así como una víctima asesinada no puede ser revivida, un petríficado sí puede revertirse a su estado normal, si se administra a tiempo el filtro de mandrágora. Los sacerdotes del culto de Quetzalcoatl lo sabían y de ahí la presencia de los espejos para protegerse. Las otras seis víctimas cayeron petrificadas mientras huían por el túnel al ver a la bestia reflejada en ellos. Mi abuelo y Johann Silverman se salvaron porque consiguieron adelantarse lo suficiente y reunir sus esfuerzos para matar al monstruo conjurando un aeris speculum para encarcelarlo. El basilisco se mató a sí mismo al ver sus ojos reflejados en el aire transformado a su alrededor.
-Brillante -murmuró un asombrado Flitwick.
-Brillante pero inútil -matizó Maeve- Aunque pudieron salir ilesos del túnel y sacar a los que habían sido petrificados, estos no pudieron resistir las condiciones en que tuvo que hacerse su traslado hasta el hospital mágico más cercano, en San Luis Potosí. El único que llegó vivo hasta allá, Stewart Landon, murió a los dos días de ingresar. ¿Os dais cuenta de lo que estoy diciendo? -gritó- Ese monstruo mató a cinco personas y petrificó a seis en cuestión de minutos y nadie sabe lo que habría sucedido de no haber sido vencido primero, el caos que habría podido desatar en la comarca sin haber ya sacerdotes de la vieja religión capaces de contenerlo. Si algún maldito loco domó hace siglos algo así y lo encerró en una cámara subterránea para limpiar Hogwarts de hijos de muggles...Si se nos acaba la suerte que hemos tenido de que hasta ahora sólo haya petrificado y no matado como hace cincuenta años...
-Una cosa semejante, suelta en una escuela llena de niños... -gimió Aurora Sinistra horrorizada, imaginándose el cuadro.
-¡Sería una masacre! -exclamó Burbage- ¡Una verdadera masacre!
-Hay que evacuar la escuela de inmediato y cerrarla hasta que se pueda acabar con el monstruo -declaró Minerva, su voz quebrándose por efecto de la angustia- Tendremos que enviar a todos los estudiantes a casa mañana mismo, antes de que... Si no conseguimos encontrar a esa cosa a tiempo y acabar con ella... Si esa pobre niña...
El lastimero gemido de Trelawney la interrumpió. Nadie, ni tan siquiera Severus, tuvo ánimos para hacer algún comentario jocoso sobre Grims u otras visiones trágicas. Por una vez la realidad hacía que cualquiera de los agoreros desvaríos de la vidente tuviera posibilidades de cumplirse.
-Si no encontramos viva a Ginny Weasley... Éste es el fin de Hogwarts -gimió Minerva con aire derrotado- Albus siempre dijo...
La puerta de la sala volvió a interrumpir bruscamente la conversación al abrirse. Fue curioso ver los rostros de todos los presentes virar de la ansiedad a la irritación y de ahí al odio más puro al descubrir a Lockhart, envuelto en un despliegue de púrpuras y perfectamente peinado, tan radiante y fresco como si acudiera a un té de sociedad y no a una reunión de extrema urgencia a la que llegaba demasiado tarde sin un motivo justificado. De pronto más de uno lamentaba que el puñetazo de Maeve no le hubiera saltado todos los dientes para borrarle aquella desquiciante sonrisa de la cara.
-Lo lamento... Me quedé dormido... ¿Me he perdido algo importante?
Y lo peor, se dijo Severus con espanto, no sería verle. El muy cretino, además, diría algo. Hablaría mucho y muy alto y sin el menor sentido, haciéndoles perder un tiempo precioso con sus idioteces y unas energías que no podían derrochar con el mal humor que les levantaría... A menos -decidió mientras daba un elegante y teatral paso al frente- que se le neutralizara de inmediato.
-He aquí a nuestro hombre -anunció con lo que sabía que era su tono de voz más aterciopelado y espeluznante- El héroe que necesitábamos. El monstruo ha raptado a una chica, Gil -una sonrisa depredadora se dibujó en sus labios antes de matizar- Se la ha llevado a la Cámara de los Secretos.
Lockhart no había tenido tiempo ni de empezar a descomponer su expresión de jovial desenfado ni de empezar a palidecer cuando Pomona Sprout, luciendo en la mirada una malignidad bastante impropia de ella, tomó la palabra.
-Así es, Gilderoy... ¿No decías anoche que sabías dónde estaba la entrada de la Cámara?
Los azulísimos ojos de Lockhart parpadearon unas cuantas veces mientras el cerebro que los controlaba funcionaba a toda prisa para encontrar el aplomo perdido.
-Yo... Bueno, yo... -balbució con bastante torpeza.
-Sí -le cortó Flitwick, cruzándose de brazos para enfrentarle- ¿Y no me dijiste que sabías con seguridad qué era lo que había dentro?
-¿Yo? No recuerdo...
-Ciertamente, yo sí recuerdo que lamentabas no haber tenido una oportunidad de enfrentarte con el monstruo antes de que se llevaran a Hagrid -insistió un Severus tan amable que daba escalofríos- ¿No decías que el asunto se había llevado mal y que deberíamos haberlo dejado todo en tus manos desde el principio?
Lockhart miró uno por uno a sus colegas, su sonrisa convirtiéndose en una silenciosa petición de socorro. Dio un respingo cuando su mirada chocó con la de Maeve, y todos pudieron ver cómo retrocedía varios pasos al dar ella uno en dirección a él.
-Yo... nunca, realmente... Debéis de haberme interpretado mal...
-Cierto. Creo firmemente que te interpreté mal cuando aseguraste en esta misma sala que Hagrid era el único culpable y que una vez preso no habría más ataques -dijo Maeve con sarcasmo- Creo que fuiste más listo que todos nosotros, que siempre supiste que el monstruo volvería a atacar y que has tenido desde entonces un plan genial, admirable e infalible cociéndose debajo de esos espléndidos ricillos. Creo firmemente que ahora te comportarás como el gran héroe que eres y no volverás a darle motivos para enfadarse a tu pequeño trébol de Irlanda... encanto.
Ver disminuir de tamaño a una persona sin que mediara el uso de la magia era digno de verse. En el caso de Lockhart, además de digno de verse, sumamente satisfactorio. Varios de los profesores se permitieron mimetizar la feroz e irónica sonrisa de Severus.
-Lo dejaremos todo en tus manos, Gilderoy -dijo la Directora en funciones, tan falsamente amable como le permitía su sentido de la corrección- Esta noche será una ocasión excelente para llevarlo a cabo. Nos aseguraremos de que nadie te moleste tratando de ayudarte. Podrás enfrentarte al monstruo tú solo, tal y como deseabas -insistió, apretando los labios para no sonreír con malvada satisfacción- Por fin está todo en tus manos.
La súplica de auxilio pintada en el rostro de Lockhart fue sistemáticamente desoída por sus compañeros, demasiado regocijados con el hecho de que la sonrisa del millón de galeones se hubiera esfumado para no volver.
-Mu-muy bien -dijo la brillante estrella de la magia británica, absolutamente insignificante y apagada ahora- Estaré en mi despacho, pre-p-parándome.
Alguno de los suspiros de alivio que se oyeron tras su salida de la sala fueron casi exclamaciones de júbilo. Severus se preguntó si el que Dumbledore hubiera contratado a semejante idiota formaría parte de una estrategia de psicología laboral para unir al resto de la plantilla; desde luego, pocas veces se había visto tanta unanimidad entre el claustro.
-Bien, -resopló Minerva- eso nos lo quitará de delante: sólo nos faltaba tener que estar pendientes de él. Esto es lo que haremos. Los Jefes de las Casas deberían ir ahora a informar a los alumnos de lo ocurrido. Aurora, si eres tan amable de encargarte tú de los de Gryffindor... -Sinistra asintió y Minerva siguió hablando con rapidez, muy seria- Decidles que el expreso los conducirá de vuelta a sus hogares mañana a primera hora de la mañana. Que los prefectos se encarguen de que todos estén en pie y con el equipaje preparado antes de las seis. A los demás... -carraspeó, nerviosa, antes de decir casi en tono de disculpa- Sé que os pido algo bastante peligroso, pero os ruego que os aseguréis de que no hay alumnos fuera de sus dormitorios. No podemos permitirnos perder a ningún estudiante más. Así que os ruego...
-No tienes ni que decirlo, Minerva -aseguró Flitwick- Patrullaremos los pasillos toda la noche si es necesario. La idea del abuelo de Maeve, el aeris speculum, es una brillante y sencilla maniobra de defensa que puedo enseñaros a conjurar; no nos llevará mucho tiempo dominarla.
Todos asintieron. Minerva miró a Severus con gesto serio.
-Tú quedas exento, por supuesto. Una vez hayas informado a Slytherin, considérate relevado de cualquier responsabilidad que no sea la de estar en tu laboratorio; es prioritario que termines el filtro cuanto antes y que esos pobres niños puedan marcharse mañana en el expreso con los demás. En cuanto a ti, Maeve...
-Lo sé, lo sé -dijo ésta- Estaré localizable en un lugar seguro porque no puedes permitirte estar también pendiente de si el basilisco me ataca a mí. Me quedó claro con las seis primeras veces que me lo dijiste. No hace falta que me lo sigas repitiendo cada cinco minutos.
Severus no se privó de arquear una ceja ni de mirar a Maeve con una expresión que trascendía el usual desdén para rozar el odio. No podía creer lo que estaba oyendo. No era posible que la misma fiera a la que él no podía someter de ninguna de las maneras se hubiera plegado tan sumisamente a las directrices de Minerva. Maeve correspondió a su mirada con una que era tanto de extrañeza como de desafío, diciendo ¿y a ti qué demonios te pasa? con tanta claridad como si lo gritara.
-Voy a estar en el despacho de Albus. Creo poder localizar la ubicación de la Cámara si cotejo los planos de Hogwarts con las notas que mi abuelo dejó aquí -aseguró la joven, señalando el libro- Cualquier dato que os parezca relevante o incluso irrelevante, cualquier idea... Lo que sea que os parezca que podría ser una pista... No descartaré nada sin estudiarlo primero, así que podéis interrumpirme todo lo que queráis para hacerme sugerencias, ¿vale?
-No nos demoremos más. Me voy ahora mismo al Ministerio para informar al padre de esa pobre niña... -Minerva tragó saliva, visiblemente conmocionada- y después a comunicarle las noticias al Consejo Escolar. Estoy segura de que cuando esto se sepa todos esos cretinos irán a pedirle a Albus de rodillas que vuelva a tomar el mando -afirmó, apretando la mandíbula con rabia- Hasta mi vuelta, Filius queda al frente de la escuela: dirigiros a él para cualquier eventualidad. Y tened cuidado todos, por favor.
Los profesores fueron abandonando la sala con rapidez y en silencio. Severus salió justo detrás de Maeve, marchando a la par que ella camino de las escaleras.
-Sí, por supuesto, me quedaré quieta en el despacho de Albus como una niña buena y no me meteré en líos... -susurró con aspereza, sin mirarla, amparado en el ruido de las agitadas conversaciones de los demás- ¿Resulta que a Minerva sí le haces caso?
-Minerva es uno de mis jefes, chico: tengo que procurar portarme bien con ella -replicó Maeve haciendo gala de una naturalidad aplastante.
Cuando se volvió a mirarla con indignación Severus advirtió que ella ya le estaba mirando por el rabillo del ojo y que sonreía como si hubiera anticipado su reacción, lo que no hizo sino indignarle más. Maeve comprobó que nadie les estuviera mirando y le dedicó una pequeña mueca burlona antes de separarse de él en las escaleras.
-Contigo puedo ser yo misma -le dijo en voz muy baja, destilando ironía en cada sílaba – Es por eso que te aprecio tanto, ¿sabes?
Hasta que Minerva, que venía bastantes metros por detrás de ellos, no le alcanzó y le preguntó -sin demasiados miramientos, malinterpretando una vez más la expresión de su cara- qué hacía ahí como un pasmarote, Severus no fue consciente de haberse quedado de piedra mirando a Maeve mientras ésta se alejaba.
Condenada mujer, gruñó para sus adentros, admirado a su pesar.
Horas más tarde, Severus sintió el fogonazo del Flu al otro extremo del pasillo que separaba su laboratorio privado de su despacho, pero no le prestó demasiada atención. Las visitas de Minerva para comprobar la buena marcha del filtro de mandrágora habían sido constantes. Hasta ahora, Severus había tenido la buena presencia de ánimo de no ladrarle demasiado, consciente de que la mujer estaba sobrepasada de las circunstancias y de que comprobar que al menos la poción iba bien le daba fuerzas para seguir afrontando aquel larguísimo día. Pero la cosa se estaba pasando ya de castaño oscuro. Podía tolerar interrupciones hasta cierto punto pero la tensión mental, el agotamiento físico y el calor cada vez más asfixiante que gobernaba en el laboratorio empezaban a hacer mella en su ya de por sí escaso buen humor. Esta vez...
Esta vez, para su asombro, la puerta de la amplia mazmorra que le servía de laboratorio privado no dio paso a Minerva sino a Maeve, que venía cargada con lo que parecía un millón de cuadernos y pergaminos y lo miraba con una sonrisa que era casi de disculpa. Severus agarró con firmeza la vara de mezclar y procuró no desviar su atención del caldero, reacio a mostrar hasta que punto aquella aparición sintonizaba con los deseos que llevaban horas asaltándolo en aquel solitario y claustrofóbico laboratorio.
-No he venido por los pasillos -se apresuró a aclarar Maeve, cerrando la puerta tras de sí de un talonazo.
-Lo sé. He oído el Flu. Además, doy por hecho que ni siquiera tú puedes estar tan loca -replicó Severus con hosquedad sin dejar de remover el filtro como estaba haciendo, tres veces en sentido horario por cada seis en sentido antihorario- ¿Se puede saber qué demonios...?
-Necesito pensar.
Severus no pudo evitar que su ceja izquierda se disparara hacia arriba mientras Maeve tomaba posesión de todas las mesas de trabajo vacías y también de parte del suelo para desplegar sus pergaminos. Sus ojos no dejaron de reparar en el estado lastimoso y arrugado del vestido que muchas horas antes ella se había echado por encima a toda prisa, en su trenza desmadejada llena de mechones que se escapaban por donde, sin duda, se habría estado hurgando con un bolígrafo para ayudarse a pensar. Se preguntó, evaluando sus ojeras, cuántas horas llevaría realmente sin dormir. Parecía al límite de sus fuerzas. Se la veía hecha una pena.
Estaba preciosa.
Mierda, mierda y mil veces mierda. Estas elaborando una jodida poción de cuyo resultado dependen las vidas de varios alumnos y ella ha venido a invadir tu espacio privado, a molestarte, a... Deberías estar echándola a patadas, no deshaciéndote mirándola y feliz de tenerla aquí. Eres un maldito enfermo, Severus
-¿Pensar? -repitió con desdén.
-Sí. Ya sabes. Pensar. Eso que hacen los seres racionales y que en teoría nos distingue a los humanos del resto del reino animal. ¿Te suena de algo?
Severus no se privó de soltar un bufido de exasperación, pero ni por esas perdió la cuenta de las vueltas con que removía la poción. Su mano, más una extensión del filtro que de su propio cuerpo, no parecía necesitar del cerebro para ejecutar tareas que dominaba a la perfección.
-¿Y no puedes pensar donde no me molestes? -se burló.
-No -replicó Maeve con sencillez- Llevo ocho horas enclaustrada en el despacho de Albus, tratando de sacar algo en claro de este puñetero galimatías de líneas de tinta. Estoy harta de garabatear listas en mi cuaderno, de cotejarlas con las notas de mi abuelo, de cruzar los datos con la arquitectura absurda del colegio... Me estoy empezando a desquiciar, lo reconozco. Si quiero sacar algo en claro necesito alguien con quien discutirlo, y blasfemar para la pared no tiene el mismo efecto porque la jodida pared no me contesta. Cuando se trata de algo importante no puedo pensar sin ayuda, ya lo sabes.
Maeve no sabía pensar a solas. Se había criado en medio de una familia numerosa y en un hogar bullicioso, rodeada de abuelos, padres, tíos, tíos abuelos, un bisabuelo demenciado y verborreico, varios sirvientes muggles tan miembros del clan como los pertenecientes a él por derecho sanguíneo, una banshee locuaz y tres primos que vivían pegados a ella como sus siameses múltiples. En el castillo de Ballingarry era raro gozar de un instante de soledad mientras uno crecía, así que Maeve no había aprendido a razonar sin público. En solitario podía divagar, darle vueltas a las cosas sin llegar a ningún sitio con ellas, pero los razonamientos importantes, los que necesitaban una conclusión inteligente y rápida, tenía que hacerlos en voz alta; preferentemente delante de alguien que no se limitara a escucharla sino que le llevara la contraria y la forzara a pensar todavía más, a ir más allá de lo evidente. Tess había sido, durante sus años universitarios, una víctima recurrente de aquella peculiaridad que Maeve arrastraba de los años de su niñez. Años después Radha Sinkiewicz, la veterinaria de Karisoke, había tomado su relevo.
Y sí, Severus lo sabía. Lo sabía de primera mano porque antes que Tess y Radha él había sido el asistente de pensamiento favorito de Maeve: siempre dispuesto a quitarle la razón, a sacarle punta a todo lo que decía y a marearla hasta sacarla de sus casillas, siempre eficaz a la hora de forzarla más allá de sí misma.
-Y tiene que ser precisamente conmigo... -protestó Severus mientras añadía a la poción el cerebelo de salamandra. El líquido se tornó de un intenso amarillo azufrado y empezó a desprender de inmediato densos vapores acres.
-¿Con quién si no, chico?
Estar tras la barrera de vapor le permitió a Severus sonreír y regocijarse a gusto por el placer que le causaba sentirse único para ella aunque fuera en algo tan pequeño.
-No puedes quedarte aquí. Le dijiste a Minerva que estarías...
-Localizable en un lugar seguro -se autocitó Maeve, esbozando una sonrisilla maliciosa- Contigo estoy a salvo, ¿no es cierto? Y Minerva podría localizarme perfectamente... si se le pasara por la cabeza que yo pudiera estar aquí, claro. De todas formas, está con Arthur y Molly Weasley y además he podido ver desde las ventanas de Albus el ir y venir constante de lechuzas hacia su despacho: está tan liada que no se dará cuenta de que me he ido.
-No me gusta que me hablen mientras trabajo -masculló Severus, evitando mostrar su admiración por lo bastante Slytherin que era aquel planteamiento.
-No te gusta que te hablen de tu trabajo mientras trabajas -puntualizó ella- Yo voy a hablar de otras cosas. Será como estar escuchando la radio.
-Yo no escucho... -empezó Severus, pero desistió viendo que Maeve, ignorando sus protestas, ya había empezado a estudiar los planos y mascullaba cosas en voz baja leyendo sus notas- ¿A ese hechicero tuyo de Karisoke también ibas a molestarlo cuando intentaba preparar una poción de extrema importancia?
-Ishimwe Umuoza canta y baila mientras prepara pociones: como comprenderás, un poco de conversación no le molesta en absoluto. No es tan delicadito como otros... -sin dar tiempo a Severus a replicar a eso, Maeve soltó una sonora maldición golpeando el plano que estaba mirando- ¿Te puedes creer que esos malditos hijos de puta diseñaron el castillo de forma que a cada área se puede tener acceso por al menos cinco vías diferentes?
Severus volvió a enarcar la ceja mientras añadía lentamente -una gota por vuelta hasta un total de nueve gotas- extracto de belladona para potenciar los efectos del filtro.
-¿Esos malditos hijos de puta es tu forma de referirte a los Cuatro Fundadores? -dijo con ironía.
-Es mi forma suave de referirme a los Cuatro Putos Fundadores. ¿Les parecía que esto es forma de diseñar un colegio? ¿Es que no había entonces gremios de constructores que les supervisaran o algo así? -gruñó Maeve con disgusto, anotando algo en su cuaderno- Hay al menos veintitrés pasillos que no conducen a ninguna parte, cientos de ventanas que no se sabe muy bien a dónde miran, diecinueve tramos de escaleras que cambian de ubicación cada siete minutos y siete segundos y un millón de recovecos inmundos donde cualquier maníaco cabrón podría esconder una serpiente gigante amaestrada para matar hijos de muggles...
-Supongo -la interrumpió Severus con sorna- que eso iba por Salazar Slytherin en concreto. ¿O te refieres a cualquiera que tenga tratos con basiliscos en un sentido genérico? Porque entonces, te recuerdo, estarías tildando de maníacos cabrones a toda una civilización precolombina.
-¡No lo compares, por favor! -le rogó Maeve- Los chichimecas tenían basiliscos en su entorno y venerarlos era su forma de protegerse de ellos. Conseguirse uno con la sola finalidad de hacer daño es... No dudo de que Salazar Slytherin fuera un gran mago, pero era también un grandísimo hijo de perra, eso es algo que no me negarás.
Severus se abstuvo de contestar a aquello. El amarillo sulfúreo del líquido había ido virando a un dorado suave y las espirales que dibujaba Severus con la vara de mezclar comenzaban a dibujarse en el blanco perfecto que tendría la poción una vez finalizada. Era el momento crítico, el más difícil y el más delicado. Hacía años que Severus no elaboraba aquel filtro y se le habían olvidado tanto el esfuerzo mental y físico que requería como lo insalubres que podían llegar a ser las condiciones ambientales en el último tramo de la preparación. Los vapores habían adquirido el repugnante olor del azufre y ahora eran tan calientes que tenía que apartarse un poco hacia atrás para poder coger aire sin quemarse las vías respiratorias. El calor junto al caldero empezaba a ser insoportable. Se quitó la levita, que ya tenía desabotonada, y se recogió las mangas de la camisa hasta los codos, procurando mirar hacia otro lado al desnudar la Marca Tenebrosa.
-Veamos -dijo Maeve al cabo de varios minutos desde detrás de uno de los enormes pergaminos, extendido entre sus manos como una sábana- Nadie con dos dedos de frente encerraría un basilisco cerca de un lugar donde pudiera "mirarse al espejo" y matarse con su propia mirada, ¿no? Eso quiere decir que podemos eliminar... las zonas anexas al Lago como zona de entrada a la Cámara. Y... las termas, tal vez. El vapor puede crear un campo reflectante con las condiciones de luz adecuada, ¿verdad? ¿Se te ocurre a ti algún otro...?
Maeve no llegó a terminar la pregunta. Salir de detrás del plano y encontrarse la imagen de Severus en mangas de camisa la había hecho enmudecer. No era como si no supiera bien -demasiado bien, para su tormento- lo que había debajo de las capas de vestiduras negras con las que Severus solía envolverse, pero verlo -su pecho delgado insinuado bajo la fina tela blanca que se le pegaba a la piel por efecto de los vapores, el cuello brillante de sudor y desnudo hasta las clavículas, el mapa de venas sobre sus antebrazos salpicados de finísimo vello oscuro- fue como un golpe bajo descargado sin piedad en mitad de su vientre, robándole por varios segundos el aliento y la noción de lo que había ido a hacer allí.
Extrañado por el silencio de Maeve Severus levantó el rostro y la descubrió mirándole los brazos. Sus rasgos se endurecieron de inmediato, tornándose sombríos. Por un momento Maeve no pudo entender por qué, hasta que cayó en la cuenta de que para Severus, por desgracia, el hecho de tener unos ojos ajenos pendientes de ciertas partes de su cuerpo encerraba más de un significado. Severus había dado por hecho que era la Marca Tenebrosa y no la pálida piel que la rodeaba lo que tenía secuestrados de aquella manera los ojos de Maeve. Una expresión retadora y defensiva tensó el rostro del hombre mientras se llevaba disimuladamente el brazo a la espalda para protegerlo de la mirada ajena. Y Maeve se sintió arder de vergüenza, y también de impotencia por no poder explicarle que no era eso, precisamente, lo que estaba mirando.
Mejor volver al plano, se dijo, volviendo a parapetarse tras él con las mejillas al rojo vivo.
-Deberías eliminar los baños -dijo Severus un buen rato después sin poder disimular del todo su despecho- Tengo entendido que suelen tener espejos.
-Cierto -reconoció Maeve- Y un baño de una escuela sería un pésimo sitio para situar una entrada discreta: siempre están llenos de gente...
-A menos que posean una Myrtle a modo de repelente -se mofó Severus, su atención vuelta de nuevo al caldero.
-Ya, eso sí... -replicó Maeve con aire ausente, dejando vagar la vista de plano en plano- Veamos. La Cámara tiene que estar por debajo de... este nivel, que es el de los sótanos inferiores -dijo, señalando uno de los pergaminos- No puede figurar en el plano porque si no sería una Cámara Secreta de mierda, ¿no?... Si eliminamos las proximidades del Lago y de las termas como entradas, nos quedan... -frunció el ceño, examinando con ojo crítico el plano de los niveles inferiores- Espera. ¿Todo Slytherin se sitúa alrededor o debajo del Lago?
-Sí. Ya lo sabes.
-¿Y a donde lleva este corredor?
-¿Qué corredor?
Maeve resopló, se acercó a la mesa donde hervía el filtro y le dio la vuelta al plano, de forma que Severus pudiera verlo.
-Aquí, ¿ves? Se supone que esta zona de acá es Slytherin unos dos o tres pisos por debajo de donde nos encontramos nosotros. Y esto... -añadió, arreglándoselas para recorrer con un dedo una larga línea diagonal sin que se le cayera el pergamino- es un corredor. ¿A dónde lleva?
-A ninguna parte -replicó Severus después de examinar el dibujo críticamente- Conozco ese pasillo, lo he patrullado bastantes veces en mis guardias pillando infractores: te asombraría la cantidad de Slytherins que parecen considerarlo un buen sitio para ir a fumar o a manosearse como macacos en celo -dijo con desdén- Nace en el sector oeste del nivel inferior de las mazmorras y atraviesa todos los sótanos hasta ir a dar con una pared.
-¿Con una pared?
-¿Estás sorda? Con una pared, sí.
-¿Una pared en la que hay algún grabado, bajorrelieve, petroglifo, estatua o lo que sea representando a una serpiente? -preguntó Maeve con impaciencia.
Severus estrechó los ojos, entendiendo lo que ella quería insinuar pero reacio a aceptarlo.
-Slytherin está lleno de lo-que-sea representando serpientes, Maeve -gruñó Severus.
-Ya, pero no todos los lo-que-sea están en el final de un corredor ciego -gruñó ella a su vez- Me parece llamativo.
-Me parece demasiado simple. Salazar Slytherin no ocultaría una entrada a una Cámara secreta en Slytherin, donde a todo el mundo se le ocurriría buscarla -afirmó Severus, resoplando sin dejar de revolver el filtro.
-A menos -replicó Maeve, dejando el plano sobre una mesa para seguir escrutándolo- que Salazar Slytherin fuera lo bastante Slytherin para conocer ese dicho según el cual el mejor sitio para esconder algo se encuentra a la vista de todo el mundo, donde a nadie se le ocurre buscarlo.
-Es demasiado simple -insistió Severus.
-Lo simple es lo retorcido cuando los demás esperan algo retorcido y desestiman de entrada lo simple -aseguró Maeve, terca, mirando el punto del plano en el que moría el pasillo de la discordia.
-Me estás dando dolor de cabeza -suspiró el hombre.
-Quizá esto fue una entrada en origen, o quizá haya más de una entrada -siguió Maeve, ignorándole- Mi abuelo apreció que el número de entradas a la cripta subterránea iba en relación con el tamaño de cada templo, pero que todas las entradas aparentes confluían en una única entrada verdadera. Tendría lógica que, dado el tamaño de Hogwarts, hubiera un montón de... Y alguien con la mentalidad de Slytherin crearía un sistema dinámico de entradas falsas, de modo que sus herederos pudieran abrir unas y sellar otras en función de sus necesidades estratégicas...
Llevada por un impulso, Maeve corrió hacia otra de las mesas y agarró el plano del nivel inmediatamente superior. Superpuso éste sobre el otro al trasluz, señalando el punto que coincidía con el final del pasillo diagonal.
-La antigua morgue -anunció, asintiendo para sí misma con la cabeza- ¿Ves? Estoy segura de que si superpongo los planos nivel por nivel encontraré siempre un lugar abandonado o un pasillo ciego o cualquier sitio en el que...
-¡Y no terminarás nunca! -la interrumpió Severus mientras invertía la pauta de las vueltas de vara, tres en sentido antihorario por cada seis en sentido horario, dos segundos de reposo entre vuelta y vuelta, fuego al mínimo para evitar que la mezcla hirviera y estallara- ¿Sabes cuantos lugares así hay en Hogwarts?
Pero Maeve no le escuchaba. Acababa de fijarse en algo después de superponer otro plano más y sus ojos brillaban.
-Y todos estos sitios caen próximos a... tuberías o conductos de alcantarillado en desuso -dijo, horrorizada y admirada a la vez- Un vehículo perfecto para desplazarse sin ser visto en una escuela llena de gente y poder acceder a lugares poblados en los que hacer mucho daño: cocinas, aseos colectivos...
El fogonazo que emanó del filtro cuando Severus murmuró el hechizo catalizador silenció el grito de triunfo y sorpresa de Maeve.
-¡YA ESTÁ! -exclamaron los dos a la vez, y después se miraron con extrañeza el uno al otro.
-Me refiero al filtro, ese fogonazo significa... -empezó a decir Severus mientras apagaba el fuego.
-¡Ya sé lo que significa, chico! -le cortó Maeve con impaciencia- ¡Yo me refiero a la entrada de la Cámara! ¿Qué has dicho antes?
-¿Podrías ser un poco más concreta? -gruñó Severus, sacando la vara de remover para dejar reposar la poción –He dicho tantas cosas que…
-Cuando yo dije que los baños de un colegio son un sitio muy poco discreto en una escuela llena de gente, tú contestaste: a menos que tengan una Myrtle a modo de repelente. Y yo no te he hecho caso porque estaba pensando en otra cosa, pero...
La sorpresa se apoderó rápidamente del rostro acalorado de Severus, que arqueó una ceja.
-No estarás insinuando que...
-Nadie entra en ese baño si puede evitarlo -dijo Maeve, como si no hicieran falta más evidencias- ¿Sabes si tiene espejos?
Severus soltó un encendido juramento.
-¡Por Merlín, es un jodido baño de chicas, qué voy a saber yo de lo que tiene y deja de...!
-El año pasado... cuando lo del trol... no me fijé, pero ahora estoy segura de que si vamos veremos que no queda ningún espejo allí dentro. Apuesto lo que sea a que, después de tener que cerrar la cámara tras la muerte de Myrtle, Riddle selló todas las entradas que había estado utilizando para sacar al monstruo pero dejó una abierta en el último lugar en que nadie la buscaría. ¿Quién iba a pensar que el culpable se escondería justo en la escena del crimen? Joder, es... -Maeve se arrodilló en el suelo para revolver entre los pergaminos y localizar el plano del segundo piso- Sería brillante si no fuera tan asqueroso. El baño de Myrtle está lo bastante cerca de los escenarios de los ataques como para justificar que nadie llegara a ver al basilisco cuando se paseaba: realmente no llegó a pasearse, joder... Quien lo domina sólo lo dejaba salir un poco, lo justo para... Y luego lo volvía a llamar a la Cámara una vez que se cobraba una víctima, exactamente igual que hacían los sacerdotes del culto de Quetzalcoatl...
Severus embotelló con exquisito cuidado hasta la última gota del filtro y después se acercó en silencio a Maeve, realmente fascinado por la forma en que ella estudiaba los planos como si el mundo no existiera fuera de ellos.
-Tiene que ser eso. Tiene que serlo. Apuesto... Apuesto a que no hay ningún espejo en ese baño -insistió Maeve- Apuesto a que si superpongo el plano del segundo piso al del nivel inferior de los sótanos...
Severus la ayudó a sostener los planos al trasluz mientras ella recorría son su dedo índice el trayecto del corredor ciego. Su rostro se iluminó al comprobar que su final coincidía de forma inequívoca con la ubicación del baño de chicas de la segunda planta.
-¡LO TENGO! -gritó Maeve, exaltada e incrédula a la vez- ¡Lo tengo, joder! ¡La entrada tiene que estar en el baño de Myrtle la Llorona! ¡No me lo puedo creer, llevo ocho putas horas devanándome los sesos mirando planos y ahora lo acabo de encontrar! ¡Lo acabo de encontrar, Severus! ¡Dios! ¡Sabía que tenía que pensar contigo! ¡Sabía que necesitaba...!
Severus no llegó a saber lo que Maeve creía haber necesitado.
No lo supo porque en medio de su alocada celebración ella le había echado los brazos al cuello y había estampado un sonoro beso en su mejilla y ahora estaba abrazada a él mientras seguía manifestando a voces su satisfacción. Y Severus, sintiendo con dolorosa intensidad su cuerpo menudo pegado al de él a través de las finas capas de tela que los separaban, no podía oírla, ni podía entenderla, ni podía pensar en nada que no fuera aquella inesperada cercanía. Uno de sus brazos estaba caído a su costado sosteniendo todavía los malditos planos, pero el otro había rodeado la estrecha cintura de Maeve por impulso, como si ya no obedeciera a su aturdido cerebro y sólo siguiera los dictados de la piel que necesitaba empaparse y saturarse de aquella ansiada proximidad. Severus sostuvo a Maeve contra su pecho sabiendo que lo hacía con demasiada vehemencia y anhelo pero incapaz, en su dorado aturdimiento, de preocuparse por estar siendo patéticamente obvio. Incapaz de preocuparse ya por nada en absoluto.
Cuando la sintió callar y separarse un poco de él cerró los ojos para no ver en los de Maeve sorpresa y rechazo. Intentó convencerse de que no sentía un tenue temblor en la espalda de ella bajo la palma de su mano. Intentó convencerse de que aquello que parecía golpetear cerca de su corazón no eran los latidos de otro corazón igual de desbocado. E intentó, sobre todo, convencerse de que era una tímida recriminación y no una invitación deliciosa lo que escuchó en la voz de Maeve cuando ella pronunció con suavidad su nombre.
Lo intentó de veras y no lo consiguió. Su piel había estallado en un millón de escalofríos simultáneos que parecían gritar en correspondencia el nombre de Maeve. Había sido un día demasiado difícil, demasiado agotador. Su dominio sobre sí mismo estaba literalmente dinamitado por el cansancio, próximo a desplomarse, imposible de mantener en pie a fuerza de simple voluntad. Severus supo que estaba perdido. Y no sólo no le importó sino que lo sintió como una liberación. Declararse derrotado significaba dejar de fingir, dejar de mentir, dejar atrás aquel peso que apenas le dejaba respirar cuando Maeve estaba a su lado. Exponerse al desastre era, en aquel momento de debilidad, mil veces preferible al esfuerzo devastador de seguir preservándose contra él. Así que no soltó a Maeve ni tampoco abrió los ojos, decidido a jugárselo todo a una carta y buscarle la boca a tientas. Y casi se sobresaltó cuando un dulcísimo roce húmedo sobre sus labios le dijo que los labios de Maeve le habían salido inesperadamente al encuentro.
Tiempo y espacio dejaron de existir por un segundo eterno en el que nada y todo sucedió. Se quedaron congelados, ciegos, mudos, sin valor para ir más allá ni fuerzas para retroceder…
Sin oír nada más que el furioso golpear de la sangre en sus sienes hasta que aquel suave carraspeo inundó la mazmorra con la fuerza de un vendaval y les hizo separarse, tan precipitadamente que cada uno se tuvo que apoyar en una mesa distinta, temiendo caerse ahora que no tenía la cálida solidez del otro para sostenerlo.
-Estaba seguro de que os encontraría aquí. ¿Celebrando algo, muchachos?
Su presencia luminosa y amable parecía iluminar toda la mazmorra desde la puerta que no habían escuchado abrirse, y él sonreía con su eterna, afable, omnisciente, odiosa sonrisa de viejo dios.
Albus Dumbledore había regresado a Hogwarts.
Vale, a partir de YA se abre el buzón de reviews para que quienes queráis matarme muchísimo podáis hacerlo con total libertad.
Éste es un capítulo que casi me ha costado un doloroso divorcio conmigo misma, mil veces revisado, en el que dar el visto bueno a cada frase ha sido peor que un parto (y he pasado por uno, así que sé lo que digo XD). Entiendo que ha quedado denso y que puede que algunas partes se os hagan largas o directamente os sobren, pero a mi forma de ver la historia las necesitaba todas para que la parte final, con ese "accidente tonto" entre Severus y Maeve, resultara creíble. Espero haberlo conseguido.
Disculpas, una vez más, a los lectores mexicanos por tomarme las libertades que me tomo con su mitología. Muchas gracias a Lisbeth Snape, que me dio el nombre para el hechizo anti-basilisco del abuelo Declan. Gracias también a H. P. Lovecraft por enseñarme a apreciar el discreto encanto de las grutas oscuras y húmedas llenas de cosas orgánicas y viscosas (preferentemente llenas de tentáculos): los fragmentos del libro del abuelo son mi pequeño homenaje a las muchas horas de diversión espeluznante que sus relatos me han proporcionado a lo largo de mi vida XD.
Por supuesto, gracias a todos vosotros por seguir leyendo.
¿Tenéis interés por ver en qué queda este accidente? Yo también, jeje. Nos vemos en el siguiente capítulo.
