Aviso para navegantes: una vez más estamos ante un capítulo en el que tiro de inventiva respecto a ciertas cosas que, por lo tanto, quizá no reflejen fielmente los libros. Disculpadme. Y pensad que, como no soy J. K. Rowling, no tengo por qué tratar sus personajes y sus tramas como lo haría ella.
Capítulo XIX: ante ciertos movimientos no cabe dar marcha atrás. O sí. Hay gente muy burra, obcecada en lo que DEBE ser. Asimismo, hay gente muy burra obcecada en lo que QUIERE que sea. Queda por delante una larga noche que promete duelo de titanes en Hogwarts, amigos.
CAPÍTULO XIX: LA NOCHE MÁS LARGA
-¿Cuándo has vuelto?
Severus estaba seguro de no haber odiado nunca al viejo como le odiaba en aquel momento. Lo cual, teniendo en cuenta las muchas razones para odiarle intensamente que atesoraba de su pasado común, era decir mucho.
-Ahora mismo -replicó Dumbledore, sonriendo con malicia- Hace apenas cinco minutos que recibí del Consejo Escolar plenas libertades para volver a mi cargo y tomar las riendas de la situación. En cuanto pisé mi despacho y vi que Maeve no estaba allí tal y como Minerva aseguraba que estaría...
La aludida se puso del color de las fresas maduras mientras se miraba los pies.
-No es lo que parece -dijo secamente- Necesitaba ayuda para pensar.
-Esa era exactamente la impresión que daba cuando he entrado: que os estabais ayudando a pensar -repuso el Director, irónico- No me agradezcáis que haya venido yo a comprobar cómo va el filtro de mandrágora. Si llega a presentarse aquí Minerva, tal y como pretendía hacer hasta que la convencí de que era preferible que viniese yo... Sinceramente, no sé cómo habríais podido explicarle a ella esto de ayudarse a pensar tan amistosamente cuando se supone que ni os habláis.
Las miradas de odio que le echaron Severus y Maeve resultaron tan miméticas una respecto de la otra que sólo se distinguieron por el color de los ojos. Dumbledore no estaba seguro de si aquellos dos muchachos se habían elegido por afinidad o si la afinidad había surgido después de que se eligieran, pero lo cierto era que estaba presente en casi todo lo que hacían. Y era realmente asombrosa.
-Podéis matarme luego -les dijo, abortando la réplica mordaz que se adivinaba en los labios de Severus- Ahora no hay tiempo. Tenemos dos problemas urgentes y uno de ellos os toca a los dos directamente. Me temo que en estos momentos Lucius Malfoy viene hacia acá con tu carta de despido, Maeve.
-¿QUÉ? -respondieron los dos a la vez.
Dumbledore les impuso calma con un gesto, sobre todo a Severus, cuyo rostro se había vuelto del mismo color blanco de su camisa.
-Junto con mi vuelta, el Consejo ha votado la expulsión de Lucius Malfoy. Y con ella la revocación de todas las decisiones que se tomaron bajo su... influencia -les explicó- Maeve no abandonará hoy esta escuela. Lo que no quiere decir que Lucius no venga pensando que sí y no vaya a sentirse enormemente frustrado al saber que las cosas no saldrán como el desea...
Qué cosa tan maravillosa y reveladora era el lenguaje corporal, se dijo Dumbledore viendo cómo Maeve, decidida, daba un paso al frente a la vez que Severus; y cómo éste, consciente de ello o no, parecía querer interponerse entre Maeve y lo que metafóricamente tenía delante. Dumbledore supo que Severus habría accedido en aquel momento a cualquier cosa que él le pidiera para preservarla de Lucius, lo que fuera, antes incluso de saber de qué se trataba... Poppy tenía razón en sorprenderse de que Maeve no reparara en el amor de Severus por ella cuando era algo terrible y dolorosamente obvio a poco que uno se molestara en observar. ¿Qué demonios le habría dicho Severus años atrás para conseguir cegarla así...?
Pero aquello se solucionaría pronto, se recordó Dumbledore. No había cuidado. Cortar las vendas que llevaba Maeve sobre los ojos ya estaba en manos de la persona más apropiada para la tarea; y la paciencia de dicha persona, a buen seguro, muy próxima a expirar.
-Así que Maeve, -prosiguió- quiero que cojas ese filtro que Severus ya ha terminado y envasado y lo lleves a la enfermería. Y quiero que mandes a tu elfina a por la gata de Argus y que después te quedes toda la noche si hace falta ayudando a Poppy a despertar a los petrificados. Y quiero que no salgas bajo ningún concepto de allí hasta que se te diga lo contrario. Y -añadió, levantando una mano con gesto autoritario para abortar la previsible protesta de la mujer- quiero que te comprometas a obedecerme de verdad y no como a Minerva. ¿Me he explicado con claridad?
Maeve había vuelto a enrojecer pero ahora al menos logró sostener la mirada azul y penetrante de Dumbledore.
-Yo...
-Lo hará, Albus. A veces puede parecer que no, pero entiende el inglés a la perfección. ¿Verdad, pequeño trébol?
Severus se había vuelto hacia ella con gesto firme y una seriedad mortal en la mirada, como desafiándola a comprobar si esta vez le estaba dejando opciones de ser ella misma. Maeve estrechó los ojos.
-Que te jodan, Sevvie -gruñó.
-Tomaré eso como un sí -replicó él, esbozando una pequeña sonrisa al advertir los matices de aceptación ocultos debajo del insulto.
-En cuanto a ti, muchacho -continuó Dumbledore con la voz y la expresión ensombrecidos- te necesito con los demás peinando la escuela. Han informado a Minerva de que Harry Potter y Ron Weasley faltan del dormitorio de Gryffindor y mucho me temo que hayan ido a buscar a la chica. Tenemos que encontrarles. Una muerte ya es bastante tragedia como para tener que asumir...
El bufido de exasperación y la risa desdeñosa de Severus fueron fuertes, pero no tanto como el grito que dio Maeve y que silenció cualquier barbaridad llena de veneno que él hubiera podido verter contra Potter y su acólito.
-¡SÉ CÓMO ENCONTRARLOS, ALBUS! -exclamó con vehemencia recuperando el plano de manos de Severus para esgrimirlo ante las narices del director- ¡He localizado la entrada de la Cámara en el baño de Myrtle la Llorona!
-¿Estás segura?
-¡Que se levante mi abuelo de la tumba y venga a darme una paliza si me equivoco! ¡Lo he cotejado con el plano y con sus notas, y todo encaja! -afirmó excitada- ¡Tienen que haber bajado por ahí, si os dais prisa en seguirles...!
Dumbledore la cortó cogiéndole la cara con las manos y estampándole un afectuoso y sonoro beso en la frente que la dejó perpleja.
-El viejo Declan nunca me falló y veo que su nieta está empeñada en seguir sus pasos. Recuérdame que te lo agradezca cuando tengamos tiempo, hija. ¡Vamos!
Dumbledore salió corriendo de la mazmorra con sorprendente agilidad, en dirección al despacho contiguo. Todavía atónita, Maeve se apresuró a ir tras él y fue seguida por Severus, quien apenas tuvo tiempo de recuperar su levita y la botella llena del valioso filtro.
-¡Iremos desde la Sala de Personal, Severus! -gritó Dumbledore antes gritar su destino y desaparecer entre las llamas.
Mientras esperaban el siguiente turno para tomar el Flu Severus puso la botella en las manos de Maeve y apretó éstas con las suyas, fuerte y brevemente. Maeve tragó saliva, su garganta atenazada con el recuerdo de haber rozado sólo un momento antes aquellos finos labios que ahora estaban apretados en una expresión tensa y preocupada.
-Cuídalo como si fuera tu propio hijo -le advirtió.
Maeve resopló y puso los ojos en blanco.
-No soy idiota, ¿sabes?
-A veces me haces dudarlo.
-Imbécil.
Se miraron en medio de un denso silencio, cada uno sintiendo las palabras atascadas en la garganta atropellándose para salir, contradiciéndose unas a las otras, queriendo tan pronto desdecirse de lo casi ocurrido minutos antes con cualquier excusa idiota como admitir la verdad y finiquitar de una buena vez aquella farsa agotadora e insufrible que cada uno vivía por su cuenta y a su manera. Los segundos se consumieron demasiado deprisa y el fuego verde se extinguió, señalando el momento de que uno de ellos realizara su viaje. Severus fue el primero en retirar los ojos, vencido. El momento de lo que fuera se había esfumado, para bien o para mal. Como siempre, cosas más importantes que él mismo lo reclamaban.
-Tú primero -dijo Maeve, señalando la chimenea.
-No -replicó él- Quiero ver cómo coges el jodido Flu hasta la enfermería.
-Lo haré justo después de que tú te vayas con Albus, te lo prometo, pero tienes que irte ya, es...
-¿Puedo fiarme de ti?
Maeve apretó los labios, pareció ir a indignarse y luego, por el bien de todos, decidió no hacerlo, conformándose con preguntar suavemente:
-¿Alguna vez te he hecho una promesa que no pudiera cumplir, Severus?
El hombre notó la boca seca y amarga cuando trató de tragar saliva. Sí, Maeve. Una. Pero creo que fue culpa mía que no la cumplieras. Creo que sí te habrías quedado toda la vida conmigo si yo te lo hubiera permitido...
-Como hagas cualquier tontería me las pagarás -la amenazó seriamente mientras se metía en la chimenea.
Pero sus ojos fueron extrañamente dulces cuando la miraron antes de que el fogonazo verde del Flu se lo tragara para llevarlo a su destino. Maeve consagró los pocos segundos que tenía antes de su turno a interpretar aquellos ojos, a soñar con que los labios de él no habían esperado pasivos a que ella los rozara sino que habían estado embarcados en su propia búsqueda cuando los encontró, a imaginar que los dos habían pensado lo mismo durante aquellos segundos eternos que había durado su tentativa de beso.
Luego llegó su momento de usar la Red y, como siempre, se obligó a guardar todas aquellas fantasías en el fondo de su mente, lanzándose a la realidad mucho más importante que la reclamaba.
Las horas habían transcurrido interminables y lentas como una condena en la enfermería para Poppy y Maeve. La tarea de administrar seis gotas de poción cada cuarto de hora a los hechizados y controlar sus constantes vitales no bastaba para mantenerlas distraídas de lo que estaba sucediendo en algún lugar del castillo.
-¿En qué piensas, Maeve? -le preguntaba la enfermera a la joven cada vez que ésta se quedaba con la mirada perdida.
Y Maeve callaba. O mentía diciendo que en nada, avergonzada de que su mente no estuviera tanto en la pobre Ginny Weasley y los dos valerosos chicos que habían ido a enfrentarse al monstruo por ella como en Severus. En qué estaría haciendo Severus. En si Severus podría correr algún peligro. En -esto era lo más abochornante de todo- qué pensaría Severus de que ella hubiera intentado besarle en su laboratorio. En la excusa más lógica para convencerle de que no había nada debajo de aquel desliz absurdo motivado por la emoción del momento. En si bastaría con desear que aquellas palabras resultaran creíbles para que fuera así.
-Claro. En nada. Lo que yo pensaba -era la burlona respuesta sistemática de Poppy a sus sistemáticas negativas.
Las horas habían parecido una eternidad esperando a que alguno de los hechizados -Penélope Clearwater- empezara a dar muestras de estar respondiendo al filtro. Hermione Granger la siguió poco después, con un levísimo parpadeo. La alegría que Maeve y Poppy sintieron les hizo olvidar por unos momentos que llevaban allí desde las nueve de la noche privadas de noticias del mundo exterior y que todo Hogwarts podía ser en aquellos momentos pasto del basilisco sin que ellas se hubieran enterado. Las demás víctimas comenzaron a dar señales de vida en orden inverso a la fecha en que habían sido maldecidas: un pequeño tic aquí, un amago de mover un dedo allá... Sin embargo, fue la Señora Norris la más rápida en revivir por completo, tal vez porque ante la falta de estudios sobre la farmacocinética del filtro en gatos Maeve le había aplicado una dosis masiva que la hizo despetrificarse bruscamente y de un pésimo humor. Poppy se estaba aplicando con ganas en curar la mano y el brazo de Maeve de los arañazos de la mascota de Filch -que bufaba encaramada a unas cortinas- cuando Prissy se materializó junto a ellas para transmitirles a voces la noticia de que el basilisco había sido vencido y todo el mundo estaba a salvo. Las dos mujeres se abrazaron fuertemente en el cuarto de curas, derramando lágrimas de alivio y satisfacción porque no sólo los chicos sino Hogwarts entero como institución hubiera salido indemne de aquel peligro.
Pronto todos los hechizados estuvieron en situación de poder escucharlas, responder con debilidad a sus preguntas y manifestar también su alegría porque el monstruo del Heredero de Slytherin hubiera sido derrotado. En cuanto Hermione fue capaz de hablar más de dos palabras sin que se le trabara la lengua le explicó profusamente a Maeve cómo había llegado a la conclusión de que el culpable de las petrificaciones era un basilisco. La niña enrojeció como una fresa cuando Maeve la alabó por haber sido más rápida en su deducción que ella, la experta en bestias mágicas. Sensible como era a la aprobación de sus maestros, estaba claro que Hermione iba a disfrutar teniendo a Maeve como profesora el curso siguiente.
Era casi medianoche cuando tres figuras pelirrojas irrumpieron en la enfermería. La más alta de ellas, un hombre en el que Maeve reconoció -más enclenque y con bastante menos pelo- al Arthur Weasley que recordaba de la Orden del Fénix, llevaba a la pequeña y llorosa Ginny en brazos. La cara de la niña se iluminó al ver ya incorporados en sus camas a todos los hechizados, pero acto seguido rompió de nuevo a llorar amargamente contra el hombro de su padre.
-Ha sido todo por mi culpa... -hipaba- He sido tan tonta, tan tonta...
-Vamos, vamos, cariño -musitó Molly Weasley mientras conducían a la pequeña hasta una cama que les indicaba Poppy- Ya oíste al Director: Quien-tú-sabes ha engañado a gente más mayor y más sabia que tú, no te castigues tanto... Shhh, shhh... No llores más, cielo.
La rechoncha pelirroja observó cómo su marido depositaba a la niña sobre la cama y se apartaba para permitir que Poppy la examinase. Luego volvió su rostro hacia Maeve. Ambas mujeres se sonrieron.
-Me hace muy feliz volver a verte por fin, Maeve, aunque sea en estas circunstancias terribles -dijo Molly- Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, ¿verdad?
Maeve asintió y aceptó el vigoroso e inevitable achuchón que le dedicó la matriarca de los Weasley. Sí, habían pasado muchos años, mucha distancia, muchas cosas. La última vez que Molly y ella se vieron en la casa-cuartel de la Orden del Fénix en Hounslow parecía pertenecer a otra vida.
-Dumbledore nos dijo que tú localizaste la entrada de la Cámara y que gracias a eso él pudo mandar a tiempo a Fawkes a por los chicos -dijo Arthur, acercándose a ellas y tendiéndole a Maeve su mano- No sabes lo muy en deuda que nos sentimos contigo en estos momentos.
-De eso nada -replicó Maeve, negando con la cabeza- Dumbledore exagera. Y yo ya estaba en deuda con vosotros por lo bien que me tratasteis hace años. En todo caso, estamos en paz.
-¿Os conocíais? -preguntó sorprendida Ginny desde su lecho.
-Oh, sí -replicó con desenfado su padre- Hace años, la profesora Murphy y yo formamos parte de una especie de...
-Asociación cultural -propuso Maeve, ante lo que el hombre asintió de inmediato.
-Para la Defensa de los Muggles -añadió Arthur- Fueron buenos tiempos, ¿verdad, Maeve? Aunque todos preferiríamos que no se repitieran, claro...
-Hay quien está empeñado en repetirlos, al parecer -dijo Maeve- Espero que no haya que recuperar la... asociación.
Arthur asintió apesadumbrado como respuesta al suspiro de Molly.
-Todos lo esperamos, Maeve.
-Esta niña -anunció Poppy desde la cama de su paciente con una enorme sonrisa- está perfectamente. Creo que el tratamiento adecuado, igual que para todos tus compañeros, es toda la cantidad de chocolate caliente que puedas ingerir sin que te duela la tripa, Ginny. Y dejar de llorar, eso sobre todo. Creo que va a haber una fiesta en el Gran Salón: no querrás ir toda fea con los ojos hinchados, ¿verdad?
Pronto todos los niños estuvieron disfrutando del exquisito chocolate que Poppy hizo traer de las cocinas, y Argus Filch apareció con una expresión de absoluto éxtasis en su adusta cara para bajar a su gata de lo alto de las cortinas y llevársela con él musitando palabras de arrullo y consuelo. Al salir se cruzó con Ron Weasley, quien no dudó en dejar tirado en medio del pasillo a su acompañante para ir corriendo a la cama en la que se sentaban Hermione y Ginny. Gilderoy Lockhart, abandonado, despeinado y perplejo, se acercó con paso vacilante a Maeve, dibujando para ella una sonrisa tímida que lo hizo parecer por primera vez mínimamente atractivo a sus ojos.
-¿Es usted la enfermera? -preguntó con una suavidad inaudita en él, haciendo que las cejas de Poppy y Maeve se arquearan hasta lo imposible- El hombre de barba me dijo que la enfermera me haría una revisión pero no sé por qué... La verdad es que no sé nada de nada...
Maeve parpadeó atónita.
-No, claro que no soy la enfermera... ¿Estás bien, Gilderoy?
-¿Me conoce? -se maravilló el rubio.
-¿Que si te...? Hace casi un año que te conozco, chico, ¿qué demonios te pasa? -le preguntó, tocándole la frente con el dorso de una mano- ¿Estás enfermo o algo así?
-Oh... ¿Es irlandesa? Qué bonito acento. Nunca he estado en Irlanda, ¿sabe? Pero creo que los irlandeses son una gente tan genial...
No había nada de teatral en su sonrisa ni en su voz. De hecho, hablaba con la inocencia y franqueza de un niño pequeño. Maeve y Poppy intercambiaron una mirada de perplejidad.
-Intentó desmemoriarnos a Harry y a mí con mi varita -les explicó Ron, que ya se había hecho con una taza de humeante chocolate- Y como está rota y funciona al revés...
-¡Por los callos de Morgana! -gruñó Poppy al oír aquello, sacando su propia varita y conjurando con presteza un scanneum sobre la frente de Lockhart.
Pareció que aquellos ojos azules -que ahora que no estaban centelleando seductoramente ni desplegando todo un catálogo de guiños encantadores sí que resultaban bonitos de veras- fueran a salirse de sus órbitas.
-Pero, ¿es que aquí todo el mundo puede hacer magia? -se maravilló.
-Yo no -admitió Maeve, levantando la mano y sonriendo con amabilidad. No podía evitar que este Lockhart, aunque fuera producto de un terrible accidente, le cayera mejor que el anterior.
-Menos mal, pensaba que yo era el único... empezaba a sentirme un poco... inferior... ¿sabe?
Los chicos prorrumpieron en un amago de risa abortada por la expresión severa de Molly Weasley. Poppy meneó la cabeza con resignación.
-Tiene el hipocampo hecho unos zorros. Esta alma cándida se ha borrado tanta memoria que no puedo ni siquiera empezar a evaluar los daños. Va a haber que trasladarlo a San Mungo. Es un hospital, cielo -le explicó a Lockhart como si hablara con un niño pequeño.
-¿Un hospital? -repitió el hombre, aterrorizado- Entonces... ¿estoy grave?
-No, no, no, hijo. Simple precaución, ¿sabes? -le dijo Poppy, tomándole del brazo con suavidad y llevándoselo hacia su sala de estar- Verás lo que haremos: voy a llamar a San Mungo por el Flu para avisarles y después te enviaremos allí...
-¿El Flu? ¿Es una especie de radio?
-Merlín... -gruñó Poppy por lo bajo, horrorizada.
Ron se había acercado un poco a Maeve, que seguía clavada en el sitio viendo marcharse a su tormento de los meses pasados convertido en una especie de modesto e inocente corderillo rubio.
-Señor Weasley...
-¿Sí? -contestó Ron.
-No intente utilizar esto contra mí en el futuro porque lo negaré todo y será su palabra contra la mía, pero -Maeve se inclinó un poco hacia el pelirrojo antes de añadir en voz baja- me alegro mucho de que su varita estuviera rota.
Ron tardó un par de segundos en comprender y esbozar para su futura profesora una sonrisa cómplice.
El tiempo pareció cambiar de marcha a partir de entonces. Lo que se sintió como un ratito fue en realidad una hora y pronto el reloj de la enfermería dio la una de la madrugada. Poppy y Maeve estaban solas de nuevo en el cuarto de curas, con el matrimonio Weasley de vuelta a su casa de Ottery St. Catchpole y todos los niños de fiesta en el Gran Salón. El cansancio que ambas sentían después de los últimos días era atroz pero ninguna parecía tener deseos de retirarse a dormir todavía.
-Le estás esperando, ¿verdad? -preguntó Poppy, mirando a la joven de reojo mientras recogían el instrumental.
-¿Perdona? -replicó Maeve, sin poder evitar ruborizarse.
-Crees que él vendrá y sólo me estás ayudando para hacer tiempo hasta que llegue. Porque quieres estar un rato con él antes de estar con él delante de todo el mundo -dijo la enfermera con una sonrisa llena de malicia, disfrutando al ver el rosa de las mejillas de Maeve virar a rojo furioso- ¿Qué ha pasado, Maeve?
-No sé a qué te refieres.
-Me refiero a eso que te tiene cada dos por tres pensativa y con la mirada perdida y que no puede esperar a mañana para hablarlo con Severus a solas, motivo por el cual lo estás esperando... ¿Qué es lo que hace que estés tan preocupada, chiquilla?
-Nada que te incumba -replicó Maeve con dureza, mordiéndose el labio inferior al darse cuenta de que semejante respuesta era una forma indirecta de darle la razón a la condenada bruja.
-Bien –concedió Poppy.
-Bien –repitió Maeve entre dientes.
-Trataré de imaginármelo entonces... -le advirtió Poppy- Y seguro que cualquier cosa que me imagine será más sórdida y bochornosa que lo que haya sucedido en realidad. Pero tú no te sientas forzada a...
Maeve rugió entre dientes y arrojó al fregadero, con rabia, la pastilla de jabón de jengibre con que se estaba lavando las manos.
-CASI LE BESÉ, ¿VALE? -exclamó, furiosa aunque no podía determinar exactamente con quien lo estaba más, si con Poppy o con Severus o consigo misma por ser tan idiota y encima admitirlo- Bueno, sin casi... En realidad... Es decir, me emocioné por haber encontrado la entrada de la Cámara y... No me di cuenta y... Por un momento... ¡Joder, la he cagado a base de bien, a ver qué le digo yo ahora para no quedar... para que no piense que...!
Se terminó de secar las manos y se cubrió la cara con la toalla, incapaz de enfrentarse a la sonrisa de Poppy.
-¿Para que no piense que le casi besaste o casi lo que sea porque estás enamorada de él, chiquilla? -terminó Poppy por ella, haciendo que las mejillas le ardieran ya del todo y que los ojos se le humedecieran de rabia y humillación- ¿Y por qué no puede pensarlo? ¿Por qué no puede saberlo, si es la verdad?
-¡No es la verdad! -gritó Maeve desde detrás de la toalla- ¡No estoy enamorada de él! ¡Lo estuve pero ya no lo estoy, hace siglos que superé todo eso, ninguna imbécil se pasaría toda la vida enamorada de un tipo que no la corresponde...!
-Claro. No estás enamorada de él -admitió Poppy con ironía- Y yo me llamo Sybill Trelawney y tengo cuatro ojos mirando hacia mi universo interior.
Maeve se descubrió la cara para mirar a la enfermera con odio pero no encontró la esperada burla en su rostro, sino dulzura y una dolorosa compasión. Y eso la desarmó.
-¿Negarlo hace que te sientas mejor, Maeve?
La joven suspiró y se miró las manos, que temblaban un poco.
-No. Pero no me queda otra.
-¿Por qué no? -insistió Poppy.
-Porque lo último que necesito es romperme el corazón dos veces por el mismo motivo; por eso.
Las manos de Poppy se sintieron frescas y dulces contra sus mejillas al rojo vivo cuando le cogió la cara para obligarla a que la mirase.
-¿Te has planteado la posibilidad de que no tiene que ser necesariamente así? ¿De que él...?
Mil veces, Poppy. Malinterpretando miradas, malinterpretando roces, malinterpretando la naturaleza de sus sentimientos por mí como hice cuando era una cría sólo que sin tener siquiera la disculpa de estar malinterpretándole por su culpa y con razón. Me he planteado mil veces la posibilidad de que él sienta algo más allá de la amistad, de que Tess haya estado siempre en lo cierto con sus teorías conspiratorias, de que esta vez pudiera salir bien... Y cada vez que me lo planteo le oigo como le oí entonces, y le veo hablar sin mirarme, y vuelvo a verme despedida de su lado como si no fuera más que la putilla que tocaba aquel trimestre para desahogar sus necesidades. Y quiero morir.
-No, Poppy -mintió, sintiendo los ojos arder de ganas de llorar- No hay nada que plantearse.
-¿Porque él no te quiso entonces?
-Porque él no me quiso entonces, exactamente -repuso Maeve irritada- Porque no creo en ese rollo de te he tenido a mi lado toda la vida pero sólo ahora te descubro. Porque no creo que alguien que no se enamoró de mí hace once años vaya a ver ahora la luz divina camino de Damasco y cambiar de opinión. Porque a veces, Poppy, las cosas hay que aceptarlas como vienen dadas. Y punto.
Poppy se apartó de ella y se apoyó contra la camilla de examen, mirándola cruzada de brazos con expresión calculadora.
-Por lo que veo, todo lo basas en el supuesto de que él no te quería -resumió.
-¿SUPUESTO? -bramó Maeve- En serio, no tienes ni idea de las cosas que me dijo y, créeme, no quieres saberlas, pero...
-No, no quiero saberlas, ¿y sabes por qué, chiquilla? -preguntó Poppy con vehemencia- Porque son una cochina mentira. Porque la palabra es algo con lo que es fácil jugar y por tanto carece de valor frente a otras cosas que es imposible impostar. Porque es fácil fingir a través de frases preparadas de antemano y...
-¡No, Poppy, tú también no! -gritó Maeve, sarcástica- ¿Voy a tener que lidiar con otra partidaria de la teoría de la conspiración? ¿También tú tienes una magnífica y folletinesca explicación que incluye algún oscuro motivo por el que él tuvo que dejarme aunque me quería?
La enfermera arqueó las cejas, sonriendo divertida.
-¿También? ¿Es que acaso no soy la primera que...?
-¡No! ¡No lo eres! ¿Y sabes qué? ¡Te equivocas igual que se equivoca mi amiga Tess Lockwood! ¡No hay explicaciones, no hay historias ocultas, no hay nada más que la verdad por mucho que me joda porque lo contrario NO TIENE LÓGICA!
-¡Merlín, chiquilla! -se impacientó Poppy, poniéndose en jarras- ¡El espíritu de algo que creíamos muerto ha estado a punto de matar gente y cerrar una escuela manipulando a una niña con su recuerdo contenido en un diario! ¿Y hablas de lógica? ¿Puedes aceptar que eso tiene lógica y sin embargo lo que yo te digo no?
-Lo del diario de Riddle está probado. Lo que tú dices, en cambio...
-Lo que yo digo es que Severus era feliz porque estaba contigo. Que te amaba. Que quería marcharse lejos de aquí y llevarte con él para empezar de cero. Que algo de lo que habló con no sé quien y luego con Albus a mediados de Abril del 82 le obligó a cambiar de planes. Que después de que te fueras se volvió loco y no volví a verlo vivo hasta el día que tú pisaste de nuevo este colegio. Que cuando te mira...
Maeve negó con la cabeza y se tapó ambos oídos con las manos, riendo sin ganas y amargamente.
-No te escucho, Poppy. No voy a escucharte. No tienes razón.
-¿Qué quieres, terca? ¿Pruebas? ¿Sus memorias en un maldito pensadero? ¿Oírselo decir a él? ¿Le creerías a él si te lo dijera, Maeve? -dijo la bruja, cogiéndola por ambos brazos- ¿O tampoco con eso te bastaría ya?
-Como si él fuera a decir semejante...
-¿Le creerías? -insistió Poppy
-¡Yo qué sé! -gritó Maeve- ¡Sí, supongo que le creería, maldita sea!
Una casi feroz sonrisa de triunfo se dibujó en los labios de Poppy, que volvió a separarse de la joven. Era desquiciante para Maeve contemplar su tranquilidad y su dominio de la situación.
-Bien, chiquilla. Entonces tendremos que hacer que te lo diga, ¿verdad?
Maeve resopló con cansancio.
-Poppy, por el amor de Dios... -susurró.
-¿Poppy? ¿Estás ahí?
En su sobresalto, Maeve dejó caer la toalla al suelo. Severus estaba en la entrada del pabellón, como si el simple hecho de que hubieran estado hablando de él lo hubiera convocado. Cuando Poppy curvó sus labios de aquella manera enigmática y conspiradora que ponía los pelos de punta y musitó algo que Maeve no pudo entender el pánico invadió el cuerpo de la joven. Quiso agarrar a Poppy, suplicarle en voz baja que por lo que más quisiera no dijese nada a Severus de lo que acababan de hablar. Pero no hizo nada de eso.
No hizo nada de nada porque no pudo.
Poppy le había lanzado un petríficus totalus.
-¡Sí, Severus, ahora mismo voy! -dijo la enfermera en voz alta, antes de guardarse la varita en el bolsillo del delantal, apoyar a Maeve cuidadosamente contra el armario del instrumental y decirle al oído -No me dejas otra opción, chiquilla. Vas a escuchar esto quieras o no.
Y salió del cuarto de curas, dejando la puerta ligeramente entornada y a Maeve paralizada de asombro por encima de la parálisis del hechizo, absolutamente atónita.
-¿No está Maeve contigo? -se extrañó Severus a ver aparecer a Poppy sola.
-No, muchacho. Se marchó hace rato. Por lo visto hay una fiesta organizada en el Gran Salón o algo por el estilo. Me sorprende que no estés también allí, disfrutando con los demás...
Severus se limitó a sonreír cínicamente en respuesta a la ironía de Poppy.
-Pensaba que todavía estaría aquí -dijo con indiferencia- Ha llegado aviso del Ministerio de que Hagrid va a ser liberado de inmediato. Estará de vuelta en Hogwarts en una hora, dos a lo sumo.
-¡Esa es una magnífica noticia, Severus! -se congratuló Poppy.
-Pensé que a Maeve le gustaría saberlo. Pero en fin, supongo que alguien se lo habrá dicho ya en la fiesta...
Aunque sabía que no tenía justificación para ello, Severus no podía evitar sentirse decepcionado. En las últimas horas no había hecho otra cosa que pensar en Maeve, aun sabiendo prioritario el asunto del basilisco y las vidas de los alumnos. Sus pensamientos habían viajado una y otra vez hacia Maeve, preguntándose si estaría a salvo, si Poppy cuidaría bien de ella, si ella pensaría con la misma torturante insistencia que él en aquel casi beso que se habían dado en su laboratorio... Su cerebro había estado girando en torno a la excusa perfecta que justificara haberse comportado así, y batallando de forma constante con el deseo visceral de no darle excusa alguna y decirle la verdad. Incluso durante su breve, tenso y -esperaba- productivo encuentro con Lucius Malfoy después de que éste abandonara su conversación con Dumbledore y Potter desposeído de su autoridad y de su elfo, Maeve había sido su pensamiento principal. No habían hablado ni una sola vez de ella, cierto. Severus se había limitado a recriminar a Lucius el imperdonable fallo de no haber contado con él y haber perdido, a causa de su soberbia, una estupenda oportunidad y una valiosa reliquia del Amo. A remarcar la delicada situación en que quedaban ahora los partidarios del viejo orden. A recordarle la necesidad, más apremiante que nunca, de ser discretos. A exigirle que forzara a los Fraser a aflojar la presa sobre Damien Lerroux antes de que el asunto trascendiera al Director y él no pudiera hacer nada por evitar una escandalosa expulsión... No, no habían pronunciado el nombre de Maeve ni una sola vez pero su seguridad, la certeza de que esta sonada derrota de Malfoy supondría un respiro para ella y quizá también para el chico que tanto le preocupaba... Todo aquello había estado de forma constante en su pensamiento. Y al saber de la inminente liberación de Hagrid había querido ser el primero en decírselo, con la secreta -y un tanto vergonzosa- esperanza de que la emoción volviera a ponerle las cosas fáciles y decidiera por él el resultado de la batalla que mantenían su razón y sus deseos.
Pero en fin, se dijo con sarcasmo, ¿qué significaba otra pequeña frustración más en su vida?
-Las cosas se complican. Quirrell el año pasado, ahora esto... -murmuró Poppy- Parece que el deseo de regresar no le abandona. Y sus partidarios no descansarán hasta que lo tengan de vuelta, ¿verdad?
-Eso parece, Poppy -dijo el hombre con un tono estudiadamente neutro.
-¿Puedo preguntarte algo, Severus?
El profesor de Pociones, que ya se había dado la vuelta para salir de la enfermería, se quedó paralizado con la mano sobre el picaporte, sintiendo cierta inquietud ante el tono utilizado por Poppy. Algo dentro de sí gritó que era mejor evitar aquella conversación, pero Severus no era un cobarde. Había aguantado sin temblar delante del Señor Tenebroso. No iba a tenerle miedo a una enfermera.
-Tú dirás.
-Verás... Sabes que Maeve y yo tenemos una relación de bastante confianza y... en fin. No voy a ocultarte que sé las cosas que ocurrieron entre vosotros en el pasado...
Severus resopló y se dispuso a marcharse de allí sin dejarla terminar siquiera. Una cosa era asumir que Poppy sabía de su pasado y de su relación de amistad con Maeve y otra muy diferente consentir en hablar de esas cosas con ella. Pero Poppy le sujetó férreamente por un brazo, deteniéndole.
-... Y no pienso opinar acerca de ellas ni juzgarlas, muchacho -prosiguió, tajante- Sin embargo, hay algo que quiero que me aclares. No saldrá de aquí ni volveremos a hablar de ello, tienes mi palabra.
Severus respiró hondo varias veces antes de volverse hacia la mujer con expresión imperturbable.
-No te aseguro que vaya a contestarte -le dijo con sequedad.
-Bien. ¿Podrías explicarme por qué demonios tiene Maeve esa absurda idea de que tú no estabas enamorado de ella?
Así era Poppy. Tan capaz de dar un numero incontable de rodeos sutiles como de lanzarse directamente a la yugular de la verdad cogiéndolo a uno desprevenido. Severus ni siquiera parpadeó, dominando sus nervios a la perfección. No quería parecer incómodo hablando de eso. Sería como reconocer que le afectaba.
-Supongo que porque no estaba enamorado de ella. La gente puede ser muy perceptiva si se le dan las pistas adecuadas -contestó, mordaz.
-Oh, vamos -gruñó Poppy- Guárdate ese numerito para quien se lo crea. ¿Te olvidas de que yo estaba allí entonces, de que os veía miraros? ¿Crees que no sé dónde habías estado los días anteriores a mi homenaje y con quién? ¿Crees que no sé por qué te veías tan contento y con quién estabas planeando marcharte de Hogwarts?
-Estaba contento, Poppy, porque el tener relaciones sexuales con frecuencia suele tener ese efecto en los varones -replicó Severus, con un desdén que esperaba fuera lo bastante ofensivo como para que Poppy se escandalizara y quisiera dejar el tema- Interpretar eso como amor es una debilidad generalizada entre las mujeres, por lo que veo. Entiendo que Maeve cayera en ese error porque entonces era casi una niña, pero una mujer experimentada como tú... Me sorprende que...
-No te pases ni un pelo, jovencito – le cortó Poppy, apuntándole amenazadoramente con su dedo índice- Pretendes cabrearme para que olvide el foco de la conversación, ¿verdad? Pues no te va a resultar tan fácil. Tú querías a esa chiquilla. Tú tenías expectativas con ella, tenías planes. No sé por qué ni por quién renunciaste a ellos, pero no trates de hacerme creer que no existían. Sé reconocer a un hombre enamorado cuando lo veo, hijo. Y Maeve también lo sabía, aunque fuera "casi una niña". No es una cuestión de experiencia sino de tener ojos en la cara. No quiero una explicación de por qué tuviste que sacrificar todo eso, sólo que me digas si de verdad era necesario negar lo que sentías, si hacía falta torturar de esa manera a la pobre chiquilla haciéndole creer que no...
-No negué nada porque no había nada que negar, ¿me oyes? -se impacientó Severus, levantando la voz- No le hice creer nada que no fuera cierto. No...
-¿No?
-¡No, maldita sea! Y no tengo por qué discutir mi pasado con una...
-¿Con una persona que tiene pruebas de que mientes?
-¿Pruebas? -escupió Severus con absoluta frialdad- ¿Qué pruebas? ¿Miradas? -se mofó, tan cruelmente como podía, ignorando los latidos acelerados de su corazón- ¿Cosas estúpidas que dije en una cena después de haberme pasado un poco con el vino?
-Más bien un testigo de dónde dormiste la noche en que Maeve se marchó de Hogwarts -replicó Poppy.
Severus vaciló una décima de segundo al oír aquello.
Sólo una insignificante, fugaz, maldita décima de segundo.
Pero la expresión ganadora de Poppy le dijo que había sido más que suficiente, y que estaba perdido.
-Ya sabes, después de que vinieras a pedirme un frasco de poción para dormir sin soñar que podrías haber cogido de tus dependencias o preparar en tu laboratorio si no quisieras, tal y como me dijiste oliendo sospechosamente a whisky de fuego, huir de aquellas malditas habitaciones como de la peste... Porque... Te vas a reír, Severus... pero conozco cierta elfina que por amor a su joven señorita estaría dispuesta a saltarse el secreto profesional y contarme que pasaste esa noche encerrado en la habitación de Maeve.
Severus tragó saliva casi con dolor, consciente de que había palidecido, de que el vértigo atroz que sentía se tenía que estar reflejando en su piel y en su mirada. Podía afrontar con relativa entereza que le restregaran por la cara su pasado como Mortífago, pero eso... La forma en que se había colado como un ladrón en el abandonado dormitorio de encima de las caballerizas y había maldecido medio ebrio a los elfos que tanta prisa se habían dado en cambiar las sábanas y se había ovillado sobre la alfombra -lo único que retenía algo del olor a ella- para conseguir de aquel triste consuelo el sueño y la paz que no podían conjurar ni el alcohol ni la medicina...
-¿Acaso vas a negarlo, Severus?
Severus cerró los ojos. Merlín, aquél debía ser, con diferencia, el momento más humillante de una vida plagada de ellos. Clavó las uñas furiosamente en las palmas de sus manos, buscando entereza en el dolor.
-Si se te ocurre decir una sola palabra de esto... -dijo en un amenazador rugido.
-No oigo que lo estés negando, hijo -le cortó Poppy, dulce e implacable
-¡NO LO ESTOY NEGANDO! -admitió Severus con los dientes apretados y las venas de las sienes completamente hinchadas, sintiendo su odio aumentar según aumentaban la felicidad y el triunfo en el rostro de Poppy- Por toda la puta corte mágica de Avalon, voy a matar a esa jodida...
-Oh, ahórratelo, chiquillo -dijo Poppy, cogiéndole con ternura de un brazo- Si miraras a los elfos a la cara de vez en cuando sabrías tan bien como yo que Prissy ni siquiera vivía en Hogwarts entonces. Sólo era una sospecha que he tenido a lo largo de los años y que tú acabas de confirmarme, cosa que te agradezco. Acabo de hacer lo que comunmente se conoce como tirarse un farol, Severus. Y huelga decir que has caído como un primo.
Severus miró a la mujer durante casi un minuto sin poder salir de su perplejidad, aliviado por una parte, indignado hasta lo enfermizo por otra, escindido entre la inercia de seguir protegiéndose y la falta de fuerzas para luchar contra aquella condenada mujer que dejaba en mantillas incluso al viejo liante.
-Eres una asquerosa y traicionera...
-...Viuda de Slytherin -terminó Poppy por él, sonriente- Tú deberías entender lo que eso significa. Y ahora, ¿podemos retomar el tema con honestidad, Severus? ¿Me explicarás por qué Maeve piensa que no estabas enamorado de ella cuando sí lo estabas?
Severus clavó la mirada en sus pies. Sencilla pregunta, respuesta imposible. No tenía sentido seguir negando la verdad una vez que se había delatado tan estúpidamente, pero tampoco podía ser del todo claro con Poppy. No podía explicarle la promesa que le había arrancado Dumbledore, ni la inmensa culpa que había tras ella, ni la vida a la que se había encadenado al hacerla.
-Es algo complicado, Poppy.
-Algo complicado que tiene que ver con Albus, ¿verdad?
-¿También te lo dijo Prissy? -masculló Severus con sarcasmo.
-No. Me lo dice el hecho de que todo empezara a irse a la mierda después de una larguísima conversación que tuviste con él en su despacho. Nunca fui excelente en Aritmancia pero a sumar dos y dos sí que llego -Poppy dirigió una mirada compasiva y dulce a Severus y le tomó de las manos- ¿De verdad era necesario que...?
-Lo era, Poppy. Confía en mí. Que Maeve creyera... -no quiso terminar la frase. Recordar de sobra lo que había hecho creer a Maeve no hacía que decirlo resultara más fácil- Era lo mejor para ella. Por su seguridad, por su bien...
-¿Y sigue siendo lo mejor para ella? -dijo Poppy con dureza
-Sí, Poppy. Los motivos aún están ahí, las razones por las que Maeve vive mejor sin saberlo siguen siendo válidas. Ella no...
-¡Ella tiene derecho a saber que no se equivocó contigo!
Severus dejó escapar un sordo rugido de exasperación y tomó el rostro de Poppy entre sus manos, mirándola fijamente.
-¡Escúchame bien, maldita sea! No hables de esto como si fuera una cuestión de amor porque no lo es -siseó- El amor era lo de menos entonces y sigue siéndolo ahora. Hay cosas que importan más, ¿lo entiendes? Que yo la quisiera... Lo que yo quisiera, lo que ambos quisiéramos... Eso no cuenta ya para nada. Así que prométeme... Júrame por lo más sagrado para ti, Poppy, que no le dirás a Maeve una sola palabra de esto. No necesita saberlo ahora, cuando ya han pasado tantos años -cerró los ojos y suspiró hondamente, con aire de derrota, antes de implorar- Júramelo, por favor...
Durante un instante eterno Poppy no hizo nada salvo mirarle en silencio, dulce, serena, sonriendo de aquella manera enigmática tan suya.
-De acuerdo, Severus. Tienes mi palabra. Te juro por la memoria de Richard que yo no le diré nada de esto a Maeve.
El mismo instinto que antes le quiso advertir de evitar la conversación quiso advertirle ahora de que no se conformara, de que la maldita mujer tramaba algo bajo su aparente sumisión. Pero un juramento era sagrado. Poppy no esgrimiría el nombre de su esposo muerto en vano, por mucho que desaprobara mantener a Maeve en la oscuridad. Poppy le había dado su palabra de no decir nada y él tendría que creerla.
-Es por su bien -insistió antes de soltarla- Por el mío. Por el de todos. Algún día lo entenderás.
-Eso espero -afirmó Poppy- Y espero que las razones me parezcan convincentes, porque de lo contrario tendré que ir a mataros a ti y a Albus. ¿Me explico con claridad?
Severus dibujó una sonrisa cínica en sus labios, pensando que existía una no pequeña posibilidad de que para cuando se supieran aquellas razones Poppy ya no tuviera un profesor de Pociones al que matar. Pero no le dijo nada, por supuesto. No eran cosas que nadie, salvo Dumbledore y él, debieran saber.
Poppy permaneció un buen rato inmóvil, viéndolo alejarse por el corredor camino de sus habitaciones. No iba a pasarse por la fiesta, naturalmente. No sería Severus si fuera capaz de participar de la alegría de los demás.
No sería Severus si hubiera sido posible arrancarle la verdad por las buenas y sin recurrir a maniobras arteras.
Suspirando, volvió a entrar en el cuarto de curas, pudiendo distinguir incluso en la penumbra la devastadora expresión de incredulidad en los ojos de Maeve. Sonrió con aire de disculpa y la tocó con la punta de su varita.
-Finite incantatem.
Maeve cayó de rodillas al suelo como un peso muerto y permaneció así un buen rato, sin moverse, sin hablar, sin arrancar su mirada del pavimento de baldosas. Pero Poppy podía ver que estaba temblando.
-Siento que haya tenido que ser así, chiquilla -se lamentó la enfermera, acariciándole el cabello- Pero tú no aceptarías la verdad salvo viniendo de él y él nunca te lo habría dicho voluntariamente. Sólo...
-No puede ser -musitó Maeve, moviendo la cabeza en señal de negación, abrazándose patéticamente a sí misma- No puede... Lo que él me dijo, Poppy... Toda mi maldita vida desde entonces...
-Lo sé. Y han sido demasiados años. Desde mi punto de vista, ya estaba bien. Ahora -añadió con suavidad, tomando a Maeve por la barbilla para que la mirara y estremeciéndose ante la desolación que vestía su rostro- haz con la verdad lo que te venga en gana, chiquilla. Creo que te lo mereces.
Al quedarse definitivamente sola en la enfermería minutos después, Poppy pensó sin el menor remordimiento que tanto Dumbledore como Severus iban a estar muy enfadados con ella... Pero en realidad no tendrían nada que echarle en cara. Ella había prometido y jurado por la memoria de su difunto esposo que la verdad no saldría de ella, y había cumplido. La verdad había salido de uno de sus dueños. Y ya estaba en manos del otro, el que era lo bastante valiente como para embestirla de frente.
Ela ya no tenía más que hacer en aquel asunto. Su misión estaba cumplida. Las marionetas eran de nuevo dueñas de sus hilos. Tenía cierta curiosidad, eso sí, por ver qué hacían ahora con ellos.
El amor era lo de menos entonces y sigue siéndolo ahora.
No podía ser. Era demasiado disparatado, demasiado cruel, demasiado retorcido.
Y sin embargo, hacía que de pronto un montón de cosas tuvieran sentido.
Maeve había recorrido el camino entre la enfermería y sus habitaciones casi corriendo y ahora que estaba apoyada contra la puerta sus piernas apenas la sostenían y sus pulmones parecían incapaces de tomar suficiente aire.
Era lo mejor para ella. Por su seguridad, por su bien... Las razones por las que Maeve vive mejor sin saberlo siguen siendo válidas.
No podía ser. Severus no había podido engañarla así. No podía haberla querido y negado su amor de aquella manera tan absurda y cruel por su bien. No podía estar dándole la razón a la loca de Tess, se dijo al fin, estallando en una risa histérica desprovista de humor mientras se le saltaban las lágrimas.
Y sin embargo, aceptar aquel sinsentido hacía que de repente encajaran tantas cosas...
Esta vez sus manos no temblaron al buscar en el primer cajón de su cómoda el sobre con las fotos del fin de semana en Warrington. O quizá sí temblaban pero no pudo notarlo porque toda ella temblaba como una hoja.
A la luz de lo que había escuchado oculta y petrificada en el cuarto de curas, cada mirada llena de amor de Severus, cada caricia, cada vez que estuvo segura de ser tan parte de él como él lo era de ella... Todo tenía sentido de nuevo. Todo dejaba de ser una mentira y una alucinación de niña enamorada para recobrar su razón de ser mientras que lo otro, aquello lo que una pequeña e irracional parte de sí se había negado tercamente a creer...
¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudisteis?
De pronto todas y cada una de las palabras crueles que Severus le había dirigido desde su mesa de profesor en el aula de las mazmorras estaban desdibujándose en su recuerdo, perdiendo su contenido. De pronto ni siquiera recordaba quién demonios era Lily Potter. De pronto el hecho de que él no hubiera querido mirarla significaba exactamente lo contrario de lo que había significado hasta entonces. De pronto incluso su crueldad hacia el amor imposible de Damien Lerroux tenía otro matiz diferente...
Tengo que estar volviéndome loca. No puedo dejarme ir así. No puedo desmontar toda una idea de la realidad basándome sólo en...
La primera foto le hizo soltar una exclamación de ansiedad y sorpresa y una risa incontenible y, de nuevo, lágrimas a la vez. Severus, tan ceñudo y tan joven en aquella cafetería, tan dulce con la descolorida sudadera de promoción de los Juegos Olímpicos de Montreal que odiaba profundamente y le quedaba un poco pequeña, ojeando el Times sin darse cuenta de que ella le estaba fotografiando para probar el estado de la Yashica.
-Si vuelves a apuntarme con eso, acabará en el fondo del río. Y tú también.
-Aguafiestas.
Severus salía ceñudo en todas las fotos, queriendo y sin querer. Salir ceñudo formaba parte de su fotogenia y era adorable de esa forma extraña y única en que alguien como Severus Snape podía ser adorable.
-¡Cristo, Severus Snape cocinando! Esto tengo que inmortalizarlo.
-Madura de una vez, por Merlín...
Maeve le sacó la lengua, poniendo cara de niña pequeña, y se dispuso a sacar la foto de todas formas.
-¿Una sonrisa?
-Que te jodan.
-Hmmm... ¿Me lo prometes?
De pronto aquel fin de semana en la casa de la calle de la Hilandera era LA REALIDAD y la atroz decepción que había venido después pasaba a ocupar la vacante de la fantasía incoherente. De pronto no podía recordar con claridad aquellos últimos días esquivándole por Hogwarts a la vez que odiándose por mendigar para sus adentros una última mirada, una última palabra, un beso de despedida, algo, lo que fuera... De pronto todos los años que habían venido después de eso parecían el doble de innecesarios, el doble de crueles.
-No me saques de perfil.
-Me gusta tu perfil.
-A mí no, así que... ¡mierda, Maeve!
Severus le arrebató la cámara de las manos y ella se dejó caer en la polvorienta alfombra, muerta de risa.
-Vas a coger cualquier cosa si no te levantas de ahí -le advirtió Severus, arrodillado a su lado.
Pero Maeve no podía levantarse, no podía dejar de reír y reír, feliz de poder estar allí con él y cabrearle haciéndole fotos y enfadarse y discutir como hacían las chicas normales con sus novios.
De pronto descubrir que él le había hecho fotos mientras se partía de risa tirada en la alfombra -no una, sino cinco, cinco, como si le fascinara tanto verla reír que no pudiera dejar de capturar una imagen tras otra- tenía un significado que se volvía desgarrador al pensar en lo ocurrido días después, al pensar en él diciéndole aquellas cosas cuando...
De pronto plantearse que ella no sólo no era la única que había sufrido sino que tal vez ni siquiera era la que más había sufrido era como recibir una puñalada de hielo en mitad del pecho.
De pronto sí que podía evocar la última vez que habían hecho el amor antes de que todo empezara a irse a la mierda, porque ya no se sentía cruelmente burlada por lo que Severus había hecho y dicho entonces. Porque creía entender la razón de que él hubiera ido por primera y última vez a buscarla a ella. Porque creía entender aquella ansiedad, aquella manera casi brutal de poseerla, aquella desesperación por eternizar el encuentro como si la idea de acabar y salir de su cuerpo le resultara insoportable.
-Mírame a los ojos, Maeve. No dejes de mirarme. Quiero que me veas. Quiero verme en ti.
Maeve obedeció, hechizada por su anhelo, forzándose a mantener los ojos abiertos incluso cuando el placer era tan intenso que parecía que sólo cerrándolos podía conservar la cordura, dolorida entre las piernas por lo inusualmente violento y prolongado de su pasión, perdida la cuenta de las veces que se había corrido ya, queriendo verse ella también contenida en aquellos ojos negros abrasados de lujuria y de necesidad.
-¿Quién eres?
Respondió tan en trance como había sentido la pregunta, incapaz casi de articular sonidos coherentes.
-Maeve Murphy.
-¿Qué eres?
Sus mejillas ardieron de pudor por lo que él le estaba pidiendo que dijera pero no le importó, nada importaba, sólo él, ellos, sus cuerpos, sus pieles fundidas en una sola piel.
-Tuya.
-¿De veras?
-Tuya. Tuya, tuya, tuya...
-¿Para siempre?
-Para siempre... Dios, Severus... Creo que voy a morirme... Creo que...
-Prométemelo... Prométemelo, Maeve... Para siempre... Prométemelo...
De pronto aquel recuerdo de Severus -arrancándole la promesa de un para siempre con los ojos llenos de amor y desesperación y vertiéndose un segundo después en ella como si también creyera estar muriendo- dejaba de ser hiriente por ser una burla para retorcerle las entrañas con un dolor todavía más terrible, todavía más absurdo.
Había unas cuantas fotos más, Severus ceñudo y a disgusto en todas, Severus siendo Severus, Severus el ogro post-adolescente. Severus, el que ella recordaba y había echado tanto de menos... Y en algunas de las fotos salían juntos, y ella lo miraba con tanta adoración que resultaba patética y enternecedora a partes iguales.
No puede ser. Dime que no, amor mío. Dime que no me querías y renunciaste a mí porque Albus te lo pidió. Dime que no nos hiciste eso. Dime que...
La última foto golpeó sus ojos como un puñetazo despiadado. Maeve, que había estado viendo todas las demás fotografías de pie junto a la cómoda, tuvo que retroceder hasta la cama para sentarse, sintiendo que le fallaban las rodillas.
-¿No había un sitio más feo en todo Warrington? -gruñó Severus.
Mientras esperaban a que aquel tipo del sombrero de pescador les sacara la foto con el Mersey y la fábrica de fondo, Maeve levantó la cara y depositó un beso fugaz en la mejilla de su amante.
-Ya sé que odias que diga esto, pero te amo.
Y miró a cámara, sonriendo...
Había esperado, más que en ninguna otra de las fotos, ver un Severus huraño, fulminándola con la mirada por haber osado decirle aquello delante de un testigo. Pero no era así. En aquella foto, mientras Maeve miraba a cámara, Severus la miraba a ella, sí, y no precisamente irritado. Severus la miraba de una forma que rompía el corazón, relajado, esbozando su suave sonrisa secreta, observándola con algo que rozaba la adoración a través de sus párpados entornados, hechizado, enamorado, feliz.
En aquella imagen, inconsciente de que la magia estática de la fotografía muggle capturaría su amor para la posteridad, Severus la miraba a ella como ella lo miraba a él en todas las demás.
Maldita sea, maldita sea, maldita sea...
Al igual que con el libro de su abuelo, las respuestas habían estado con ella, no diez meses sino diez putos años, sin que ella hubiera tenido el coraje de enfrentarlas. Y ahora que lo hacía, la verdad parecía tan evidente que el dolor sufrido por la mentira era diez, cien, mil veces más gratuito y más cruel.
¡Maldita sea, Severus! Si nos queríamos, si teníamos futuro, ¿por qué nos hiciste esto?
Maeve lloró doblada sobre sí misma hasta que le dolieron los ojos, hasta que toda la angustia y la pena se depuraron de su cuerpo por deshidratación y sólo quedó, agarrada con saña a sus células, la rabia.
Una rabia de las que no se evaporaban solas. Una rabia de las que no cedían ante nada ni ante nadie. Una rabia que exigía respuestas.
Maeve se levantó. Sosteniendo la foto delatora como un tesoro en su mano derecha, tomó un puñado de polvos Flu con la izquierda y se metió en la chimenea, resuelta a tener sus malditas respuestas antes de que aquella larga noche terminara.
-¡Despacho de Albus Dumbledore!
Bien, y de esta forma vuelvo a dejar el capítulo en un cliffhanger odioso, sólo que esta vez en lugar de con un bajonazo como en el anterior lo remato con la tensión por todo lo alto… y subiendo. Poppy ha destapado la caja de los vientos y ahora el vendaval puede ser de fuerza 10 como mínimo. Tendréis que esperar una semana para saber si respeto el canon o si Maeve mata a Albus ya mismo XD.
El desenlace de esta parte se acerca. Espero que os esté resultando emocionante.
Quería dedicar el capítulo a Anita Snape, agradeciéndole una vez más su asesoramiento como profesional de la fotografía, y a Patty-Sly, que aunque hace tiempo que no se asoma por aquí me consta que sigue la historia y es una gran fan de Poppy (¿lo daba todo o no lo daba todo nuestra enfermerona, einnn?)
Muchas gracias a todos por llegar hasta aquí.
