Aviso para navegantes: alguna libertad que otra y cosas que no suceden en el canon en la parte final del capítulo. Pero en fin, tampoco Maeve sucede y aquí estáis, después de 36 capítulos en total, así que supongo que no os importe demasiado.

Nota: el título del capítulo es una cita del Nuevo Testamento (Jn, 8, 32) y si no pilotáis mucho de latín no os preocupéis, que a lo largo del texto se traduce.


Capítulo XX: la verdad es un arma peligrosa en manos de la gente. Sobre todo en manos de gente a quien la mentira privó de una vida feliz. Sobre todo en manos de gente lo bastante cabreada como para enarbolar la verdad y partirte la cabeza con ella...

CAPÍTULO XX: VERITAS LIBERABIT VOS

-Qué grata sorpresa, Maeve -la saludó Dumbledore desde su escritorio, sonriente y tranquilo como si de verdad le diera la impresión de que aquella era una visita de cortesía- No esperaba que fueras a perderte la fiesta para venir a hacerle compañía a este viejo pesado. Pero vamos, siéntate. ¿Te apetece una taza de té? ¿Un chocolate? ¿Un caramelo de limón?

Maeve no dijo nada. No hizo nada. Se limitó a permanecer de pie junto a la chimenea por la que había llegado al despacho del Director. Se limitó a mirar a Dumbledore como si lo estuviera viendo por primera vez, como si no lo conociera.

Porque en realidad, se dijo, no lo conocía.

-¿Quién eres? -susurró, fiera pero contenida, todavía inmóvil.

Dumbledore dejó a un lado la pluma y la carta que estaba escribiendo y observó a Maeve con la barbilla apoyada sobre sus dedos entrelazados. Conocía a esa chiquilla desde que era un bebé recién nacido, hacía casi treinta años. Y en aquel tiempo ella le había mirado de muchas maneras pero nunca como ahora. Aquel odio genuino y ardiente en los ojos de Maeve era bueno porque le decía al Director de Hogwarts que Poppy Pomfrey, de alguna manera, había cumplido ya con lo que esperaba de ella.

-¿Es que no lo sabes, Maeve? -replicó Dumbledore con suavidad.

Ella guardó silencio otro buen rato, meditando de veras su respuesta. Dumbledore pensó que parecía extrañamente hermosa con su trenza deshecha y los restos de ceniza y polvos Flu manchando su vestido y los brazos llenos de arañazos de gato y los ojos arrasados por el paso de las lágrimas y el rostro vistiendo aquella expresión pálida y triste que sin embargo era pura determinación. Hermosa y también terrible, como una diosa antigua sedienta de guerra y justicia cuya mano no enarbolara un hacha ni una espada con la que cobrarse venganza, sino una fotografía. Una pequeña, inofensiva, simple fotografía.

-No, Albus. No lo sé. Sé que eres el Director de Hogwarts, sé que eres un gran mago, sé que mi abuelo te quería y te consideraba su mejor amigo... Sé que en teoría también eres mi amigo... -añadió Maeve, subrayando irónicamente las últimas palabras- Pero no sé quién eres en realidad. No sé qué clase de persona es capaz de jugar con las vidas de la gente como si fueran muñequitos de arcilla y luego ofrecer sonrisas y caramelos de limón. Y quiero que me lo expliques. Creo que una explicación es lo mínimo que me debes.

Se había ido acercando al escritorio lentamente mientras hablaba, sin apartar sus ojos de los ojos de Dumbledore, clavándole la fuerza de su odio en las pupilas, deseando que el viejo pudiera sentir al menos una décima parte del dolor que a ella la consumía. Cuando estuvo junto a la mesa arrojó sobre ella la foto.

-Mírala -le dijo, le ordenó- Mírala y dime lo que ves. Y luego, por el amor de Dios, dame una buena razón para...

Tuvo que parar antes de romper a llorar de nuevo. Todas las palabras que había pensado decir, todo lo que quería gritarle y recriminarle a Dumbledore... todo eso era ahora una bola de alambre de espinos en su garganta, que hería, que quemaba, que amenazaba con arrancarle lágrimas que no estaba dispuesta a derramar. No delante de él.

-Maeve...

-¡QUE LA MIRES!

Maeve había vuelto a tomar la fotografía para sostenerla delante de la cara del mago, respirando agitadamente, temblando de angustia y rabia. Dumbledore posó sus ojos durante un momento en la imagen que le era mostrada. Luego los cerró y se los frotó con aire cansado.

-¿Qué es lo que ves, Albus? -insistió Maeve.

-¿Cómo lo has sabido? -preguntó Dumbledore en lugar de contestar directamente.

-Dudo que sea de tu incumbencia.

-Te equivocas. Todo lo referente a este asunto vuestro es de mi...

-¿ASUNTO? ¿Te atreves a llamarlo asunto, como si hubiera sido una aventurilla intrascendente? ¿Has mirado bien la maldita foto? -bramó Maeve- ¿Ves lo mismo que yo, Albus, o es que sólo reparas en aquello que refuerza tus razones para jugar con las vidas de los que te rodean?

-No estás siendo razonable y tampoco justa -respondió Dumbledore con una tranquilidad desquiciante- Si de verdad quieres una explicación y me dejas dártela, verás que...

-¡ÉL ME QUERÍA, MALDITA SEA!

Durante unos segundos, hasta la actividad de los instrumentos mágicos de plata que decoraban el despacho pareció suspenderse, congelada por aquel grito que había sonado como si se desgarrara el mismo corazón de la Tierra. Dumbledore se preguntó, entristecido, por qué Maeve haría esos valientes y tercos esfuerzos por no llorar cuando en realidad ya estaba llorando.

-¿Ves a Severus, Albus? -insistió ella, con un hilo de voz ahora- ¿Puedes ver esa cara? ¿Puedes interpretar lo que hay en sus ojos o estás ciego a aquello que tú ya no puedes sentir? ¿Puedes ver que nos queríamos? ¿Que los dos nos queríamos? Por que yo sí lo veo. Lo veo tan claramente que me abofetearía hasta romperme la cara por haber creído alguna vez lo contrario, por haberme tragado aquella patraña que me contó, por pensar que era otra la que... Veo que la vida que deseé con él pudo ser, de veras pudo ser, y que él... ¿Qué pasó, Albus? -inquirió de pronto, recobrando la dureza y la ironía- ¿Decidiste sin más que no se lo merecía? ¿Pensante que ya era demasiado afortunado de haberse librado de Azkabán como para poder permitirse una vida normal a mi lado?

-Yo no tuve que decidir nada, hija –contestó Dumbledore, mirándose las manos con expresión ausente- La realidad decidió por sí sola.

-¿La...?

Maeve se apartó del escritorio, asustada de las ganas de destrozar algo que sentía de pronto. Se alejó del viejo hasta estar segura de que no correría riesgo de golpearle por mucho que quisiera.

-La realidad -repitió con asco.

-Sí, Maeve: la realidad.

-La realidad consideraba inviable que dos chavales enamorados siguieran adelante -aventuró Maeve, irónica y amarga- Cómo no. Pasa todos los días desde que el mundo es mundo. La realidad no tiene otra cosa que hacer que chafar los planes de las parejas humanas que quieren estar juntas. Es un milagro que no nos hayamos extinguido como especie. Es...

-La realidad, Maeve, era que Voldemort había sobrevivido, -la cortó Dumbledore- algo que Severus y yo hemos sabido desde poco después de su derrota. La realidad nos decía a través de Lucius Malfoy que los partidarios de Voldemort estarían buscando el modo de traerlo de vuelta y reuniendo fuerzas en la sombra para apoyar su resurgir. La realidad consideraba que el papel de Severus para la Causa no había terminado con el fin de la primera guerra y que él debía quedarse donde y en las circunstancias que le permitieran recuperar esa labor en un futuro: en Hogwarts y con indicios suficientemente razonables de lealtad a los ideales Mortífagos. ¿Lo entiendes, Maeve?

El viejo había hablado con vehemencia, con dureza, y a la vez un poco condescendiente, como si tratara de hacer entrar en razón a una niña pequeña enrabietada. No se estaba disculpando. No parecía experimentar remordimientos ni siquiera teniendo las evidencias de haber arruinado dos vidas arrojadas contra su cara. Maeve sintió que le hervía la sangre.

-Lo que entiendo es que jugaste con Severus como llevas haciendo toda su puta vida -siseó- Él quería irse conmigo. Quería... No sé lo que quería y probablemente ya no lo sepa jamás por tu culpa, pero fuera lo que fuera lo quería conmigo, ¿me oyes? Conmigo. Y lejos de aquí. Lejos de ti. ¿Qué le dijiste? ¿Le amenazaste con devolverlo a Azkabán si no consentía en seguir siendo tu espía favorito?

-¿Me crees capaz de recurrir a eso? -repuso Dumbledore, no tan indignado como dolido.

-Sinceramente, Albus, ahora mismo te creo capaz de cualquier cosa -afirmó Maeve con repugnancia.

Dumbledore se puso en pie y se acercó a Maeve. Era lo bastante alto como para poder mirarla desde muy arriba, lo bastante imponente como para intimidar a cualquiera, sobre todo cuando vestía aquel brillo nada inocente en sus ojos azules. Pero Maeve no le temía. En aquel momento le odiaba demasiado como para temerle.

-Tú, que tan bien conoces a Severus, deberías saber que no es un hombre que ceda a las amenazas -le dijo Dumbledore, grave y tenso- Deberías saber que, en cambio, posee un elevado sentido del honor y de lo correcto, y que haberlo perdido durante un triste periodo de su vida es una de las cosas que más lamenta en este mundo. No, Maeve, no tuve que amenazarlo. Sí es cierto que le recordé un par de cosas, como el hecho de que aún tenía con James Potter una deuda de vida que ya no podría saldar porque James estaba muerto. Como el hecho de que ante una segunda guerra el hijo de Lily necesitaría de todos nosotros para...

-¿El hijo de Lily? ¿Apelaste a su complejo de culpa? -Maeve había abierto los ojos hasta desorbitarlos, sintiendo una avalancha de asco e incredulidad subir hacia su garganta -¡Por el amor de Dios, Albus, amenazarle habría sido jugar menos sucio!

-Apelé a su sentido del deber -la corrigió Dumbledore- No le obligué a nada. Él mismo decidió, Maeve. Él mismo entendió que su lugar estaba aquí, en Hogwarts, donde pudiera ser útil en el momento preciso.

-¿Y qué entendió, exactamente, para decidir que yo no cabía en su vida? -gritó la joven con agrio sarcasmo- ¿Los espías de la Puta Causa han de jurar algún tipo de voto de castidad? ¿A qué apelaste para convencerle de eso?

-A nada.

-¡No me mientas!

-¡A nada! -insistió Dumbledore con firmeza- Yo sólo quise asegurarme de que permanecería aquí por Harry. Apartarte de él fue enteramente decisión suya, y si bien imagino y aplaudo sus razones, es algo respecto a lo que no puedo hablar en su nombre -el mago se irguió, apartándose de ella para mirarla con expresión dura, fría- Es algo que deberías preguntarle a Severus... si no fuera porque nada de esto debe salir de este despacho.

-¿PERDONA?

Dumbledore tuvo que tirar de todo su autocontrol para no sonreír. Maeve, como buena Murphy, llegaba a ser a veces tan previsible que jugar a disparar sus resortes carecía por completo de emoción. El Director podía imaginarse al milímetro cómo transcurriría la conversación de ahí en adelante. Podía asegurar con qué intención exacta y en dirección a dónde abandonaría Maeve en breve su despacho, aunque hasta entonces ella no se hubiera atrevido a considerar en serio aquella posibilidad, aunque sólo fuera por vengarse de él llevándole la contraria… Todo el asunto se estaba resolviendo tan acorde con su plan que era una lástima no poder alardear de que tal plan existía.

-No tiene sentido decirle a Severus que lo sabes, hija -le dijo con rigidez, con todo el aire del que no hace una simple observación sino que da una orden- Hace un siglo de todo eso: sacarlo a relucir después de tantos años sólo servirá para perturbarle. Severus tomó su decisión y me consta que actuó pensando en tu bienestar y en lo mejor para todos. E hizo lo correcto. No lo arruinarás ahora desenterrando cadáveres.

-¿Me estás...?

Maeve vaciló, incapaz de encontrar las palabras en medio de su rabia. Sus ojos volvieron a buscar la foto que sostenía en su mano, el rostro enamorado de Severus, su propio rostro de niña sonriente y feliz, la prueba innegable de aquello que había estado tan vivo y ahora era, en efecto, algo enterrado y dejado atrás...

Pero no un cadáver.

No un cadáver porque, al menos por lo que a ella respectaba, seguía respirando y latiendo, tan palpitante y cálido como el día en que fuera tomada la imagen.

-¿Me estás sugiriendo que siga con esta mentira como si no pasara nada? -dijo lentamente, clavando sus ojos en los del mago- ¿Que continúe con mi vida permitiendo que Severus piense que todavía creo...?

-Te estoy diciendo, hija, que no dirás nada de esto a Severus. Ya es bastante contrariedad que tú te hayas enterado.

Habría sido interesante, pensó Dumbledore, poder enfrentar la mirada de Maeve con la del basilisco: no tenía muy claro quién habría matado a quién.

-¿Eso ha sido una orden, Albus?

-Eso ha sido una advertencia, Maeve.

La mujer apretó la mandíbula en un gesto tan calcado del de su abuelo y su padre que en aquel momento pareció estar poseída por ellos. Pretende ser el amo de un Murphy si quieres verlo en todo su esplendor independiente, pensó Dumbledore. Intenta que te tema si deseas medir su falta de miedo. Limítalo, dile lo que no puede hacer, y se aplicará con todas sus fuerzas en demostrarte cuanto antes lo equivocado que estás. Eres tan Murphy como si el espíritu de todos tus amados muertos se concentrara hoy en tu persona, hija mía.

-¿Sabes algo? –preguntó Maeve, dirigiéndose a la chimenea y agarrando un puñado de polvos Flu- Durante la parte de mi vida en que crecí como católica aprendí unas cuantas cosas. El Nuevo Testamento en su integridad fue una de ellas: era casi la única lectura aprobada en Fairmount... ¿Te suena de algo veritas liberabit vos? Porque a mí me parece una filosofía cojonuda por la que regirse. Tal vez deberías probarla, para variar... Y ahora, Director, te voy a explicar con un ejemplo bastante gráfico por dónde me meto tus advertencias.

Sólo cuando las llamas verdes de la Red Flu se extinguieron tras Maeve, señalando que ella ya había llegado a su más que previsible destino, decidió Dumbledore que podía dejar de lado la expresión de severo general desairado y, por fin, sonreír.

Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres, citó para sí. Como Maeve, él también cónocía las Sagradas Escrituras de los cristianos. Como MAeve, él tampoco creía en la naturaleza divina de Jesús de Nazaret pero eso no le impedía apreciar la sabiduría de algunas de sus palabras. Esperaba con todas sus fuerzas que Maeve estuviera tan resuelta como parecía a ponerlas en práctica. Que en efecto la verdad -toda la verdad- saltara por los aires aquella noche entre Severus y Maeve, y que la onda expansiva de la explosión los liberara de una mentira necesaria que ya había durado demasiado tiempo.

Qué hacer con lo demás, las inevitables complicaciones que traería, el futuro...

Aquello ya se vería.

Era una pena, pensó con afecto, no poder ir a agradecerle a Poppy que hubiera obrado tan en sintonía con la intención de sus provocaciones.


Las dos primeras veces que escuchó su nombre en voz de Maeve estuvo seguro de no haberlo oído en realidad, extrañándose de que una sola copa de Ogden Magnum se le hubiera subido tan deprisa y poderosamente a la cabeza. La tercera vez que fue llamado, sin embargo, se acompañó de fuertes golpes en la puerta que separaba su salón de su despacho, algo demasiado contundente como para estar sólo imaginándoselo por efecto del alcohol. Se levantó de inmediato a abrir la puerta y la imagen de Maeve -pálida, alterada, con inequívocos signos de haber llorado y, sobre todo, muy furiosa- lo dejó estupefacto.

-Maeve, ¿qué demonios te ha pasado?

Ella lo apartó de un empujón y entró en su sala de estar. Apenas un par de pasos, lo justo para darse cuenta de que el maldito sofá seguía siendo el mismo maldito sofá en el que habían hecho el amor la primera vez y al menos otra docena de veces durante lo que ahora sabía que, en efecto, había sido una efímera pero verdadera historia de amor. Lo justo para darse cuenta de que había entrado de lleno en la verdad de su pasado común y de que era algo demasiado fuerte como para afrontarlo con aplomo y serenidad. No, no podía manejar aquello con calma. Se trataba de su vida, joder. De nada menos que once años de su vida cimentados sobre una mentira cruel. De más de una década de dolor y de inseguridad. De su incapacidad de volver a confiarse a otro hombre obsesionada por su amor truncado y por la certeza de que nada sería nunca lo bastante seguro, de que todo podría irse a la mierda de buenas a primeras y sin explicación, como con Severus...

-Tú me has pasado, cretino -rugió, dándose la vuelta para enfrentarse con él- Tú y tus asquerosas mentiras y tu puto sentido del honor y no sé qué mierdas más que vas a explicarme ahora mismo, majadero, a ver si puedo entender sin que me estalle la cabeza por qué tuviste que...

La cara de sorpresa de Severus se había ido descomponiendo hasta conformar una expresión de confusión y horror absolutos. Su cerebro no alcanzaba a entender nada de aquella arrolladora entrada, ni de los insultos, ni de a qué se refería Maeve cuando hablaba de sus mentiras. Sus entrañas, sin embargo, parecían intuirlo espoleadas por el instinto y ya se estaban retorciendo de vértigo como si anticiparan un espantoso salto al vacío.

-Para el carro, ¿quieres? -la cortó secamente- No comprendo a qué viene todo esto y si piensas que voy a...

-¿No comprendes? ¡Pues bienvenido al club, chico! ¡Yo tampoco comprendo nada de nada y necesito que me lo expliques porque según el viejo cabrón la parte de expulsarme de tu vida no era necesaria, y a mí no me da el cerebro para imaginarme qué jodida razón tuviste entonces para hacerlo! -bramó Maeve, tensa, crispando la mano que no sostenía la foto- ¡NECESITO ENTENDER POR QUÉ COJONES ME ECHASTE DE TU LADO SI ME QUERÍAS!

Ahí estaba. La presentida caída abismal. Severus realmente se sorprendió de que sus piernas lo sostuvieran, de no derrumbarse por efecto de aquel vértigo que lo obnubilaba. De poder permanecer rígido, sereno e impasible frente a aquella mujer que derramaba furia y sentimiento frente a él. De ser capaz de parecer la viva imagen de la estatua sin alma que ahora mismo se lamentaba de no poder ser.

-¿Poppy te lo ha dicho? -dijo con desinterés.

Puso énfasis en cada palabra para transmitir bien el mensaje de que eso, la identidad del soplón, era todo lo que le importaba de cuanto Maeve había dicho. El mensaje de que no le afectaba en absoluto que ella creyera saber algo que él iba a negar de inmediato y con contundencia, catalogándolo de chismes de vieja demasiado aburida, en cuanto...

-. Tú me lo has dicho, Severus -replicó Maeve- ¡Tú mismo, hace un rato en la enfermería mientras la zorra de Poppy me tenía petrificada en su cuarto de curas y tú caías como un imbécil en su trampa! me lo has dicho. Y si intentas tomarme por idiota y negarlo, abstente de volver a dirigirme la palabra porque te juro que será lo último que hagas en tu miserable vida, ¿me oyes?

A lo largo de su vida Severus había experimentado demasiadas veces el deseo de que una muerte rápida y clemente se lo llevara para no tener que pasar por algo imposible de soportar. Pero nunca más intensamente de como lo deseó en aquel momento. La revelación de que Maeve había escuchado toda su confesión fue tan devastadora que en aquellos momentos a Severus no le quedaron fuerzas ni para pensar en matar a Poppy, aunque sabía que en algún momento las encontraría, vaya si las encontraría... Maeve lo había oído. Maeve lo sabía. Maeve había llorado por saberlo y estaba allí delante de él, exigiéndole valientemente unas respuestas que no sabía si podía darle porque él mismo no estaba convencido de tenerlas. Se aferró con todas sus fuerzas a la indiferencia porque aquél era un terreno conocido en el que se sentía seguro; porque reconocer abiertamente ante ella que sí la había querido tocaría tan de cerca lo mucho que aún la quería que no creía poder transitar aquella frontera embarrada sin tambalearse y caer al fango.

-Bien. Teniendo en cuenta que ya has escuchado todo lo que tengo que decir respecto a ese asunto, no entiendo qué haces aquí ni que es lo que quieres que te explique.

Su desinterés no dolió tanto por helado como por falso. El corazón de Maeve, tocado ya después de todo lo oído y hablado aquella noche, no pudo soportar sin resquebrajarse la forma en que él se aferraba a su papel y a sus pretensiones de frialdad absoluta como si no pudiera admitir que aquello también le había importado y dolido en su momento. Como si incluso delante de ella, para quien se había llegado a abrir de una forma casi absoluta en el pasado, tuviera que ser ahora de piedra y hielo.

-Quiero que me digas si es verdad que tú... –vaciló la joven- Que lo que tuvimos...

Vaciló, indecisa, paralizada. Algo no le dejaba pronunciar el nombre verdadero de las cosas y era el miedo. Aun después de todo lo que sabía por Poppy, aun después de lo admitido por Dumbledore y por el propio Severus, persistía un miedo insoportable de que él lo desmintiera con pruebas irrefutables y volviera a partirle el corazón en mil pedazos. Ese miedo asomaba a su mirada y bañaba de temblor sus palabras y era dolorosamente obvio hasta para Severus en medio de su confusión... Era obvio y le hacía daño. No soportaba que Maeve tuviera miedo de él cuando no tenía miedo de nada. No soportaba la idea de mantener en pie aquellas mentiras repugnantes con que un día la había hundido en la miseria mientras esquivaba sus ojos heridos como un cobarde.

-Ya oíste lo que dije, Maeve -replicó de mala gana.

Los dos callaron. Él deseando que ella oyera también lo implícito, lo que su orgullo no le permitía decir. Ella sabiendo que no negar la verdad era lo más cercano a una confesión que saldría de labios de Severus y sintiendo que sus piernas temblaban, acercándose al punto en que no podrían sostenerla más.

-Nuestro... -continuó Severus, callándose al no saber cómo seguir ni qué nombre darle a lo que tuvieron cuando en su día se había negado sistemáticamente a ponerle uno, incapaz de hablar de aquello por la fuerza de la costumbre de vivir fingiendo ignorarlo- Lo que quiera que tuviéramos, lo que... En fin, digamos que ponerle fin era lo mejor.

-¿LO MEJOR?

Con decisión, con rabia, Maeve puso en la mano de Severus la foto y lo miró colérica mientras esperaba a que él se decidiera a contemplarla.

-¿Lo mejor para quién, exactamente? Para Dumbledore, querrás decir... -escupió- Porque no creo, ya no puedo creerlo por más que te empeñes en hacérmelo creer, que a ninguno de ellos dos les pareciera lo mejor... -añadió, señalando a la pareja de la imagen- ¿Los ves, Severus? ¿Lo ves a él? ¿Ves cómo eras? ¿Fue lo mejor para ti? Dímelo, anda, ¿FUE LO MEJOR PARA TI?

Severus tragó saliva, ignorando a su alter ego de la foto y centrado en el de ella. En la muchachita menuda y feliz que sonreía a la cámara al final de un fin de semana maravilloso en aquella otra vida lejana e irrecuperable.

-Fue lo mejor para ti -dijo con toda la serenidad posible, sin atreverse a mirar a Maeve.

-¿Lo mejor para...? ¿Cómo te atreves a decir eso sin que se te caiga la cara de vergüenza? ¿Sabes lo que me hiciste? -le gritó ella- ¿Sabes lo que es sentir que caminas años y años por el desierto y pasar de largo cada vez que crees ver un oasis porque piensas que será un espejismo como la primera vez y que te ahogarás bebiendo arena? ¿Lo mejor para mí era que me rompieras en dos, hijo de puta?

La odió. Merlín, cómo la odió por ser así, tan honesta, tan abierta en el dolor como lo fuera en la felicidad, enfrentándole brutalmente a aquella tristeza en la que se veía reflejado como en la superficie de un espejo perfecto.

-¡Lo mejor para ti era no tener la menor asociación conmigo! -rugió, exasperado.

-¡No es verdad y lo sabes! -rugió ella a su vez.

-¿No recuerdas por qué era peligroso que tuviéramos amistad cuando el Señor Tenebroso todavía vivía? ¿No recuerdas que alguien como yo no podía sentir la menor simpatía por ti sin traicionarse? ¿No te das cuenta de que estar contigo me habría delatado ante mis antiguos camaradas y que no podía permitirme eso una vez sabía que todavía existían como organización y que trataban de recuperar al Amo y que yo tendría que volver a ser parte de ellos algún día? ¿No te das cuenta...?

Severus calló, tomando aire con dificultad, dándose cuenta de que su mano libre sostenía ahora la cara fría y húmeda de lágrimas de Maeve y que ella había cerrado los ojos como si no soportara mirarle. Dándose cuenta de que jamás había desnudado tanto el dolor de su decisión como estaba a punto de hacer ahora.

-¿No te das cuenta de que habrían podido utilizarte contra mí...? -añadió en voz baja, casi en un susurro- ¿Que si sospechaban de mi traición y tú estabas conmigo te habrían hecho daño para castigarme? ¿De verdad no entiendes que no podía permitirlo?

Maeve negó con la cabeza. No quería escuchar, no quería aceptar que todo aquel dolor se lo hubieran infligido por su propio bien. No quería admitir que en verdad las cosas habían tenido que ser así y punto.

-Pudiste decírmelo. Pudiste...

-No, no podía...

-No tenías que quedarte solo, podrías haber contado conmigo...

-No.

-Podrías haber sido sincero, yo te habría apoyado, yo...

-¡No podía!

-¿Por qué tuviste que ser tan cruel?

-¡PORQUE SI NO, NO TE HABRÍAS IDO!

Maeve abrió los ojos asustada por su vehemencia, impotente por no poder negarlo ya que era verdad. No se habría ido. Nunca se habría ido de saber que él la quería a su lado. Una lágrima desbordó sus ojos y se escurrió lentamente entre los dedos de Severus.

-No te habrías ido. Habría sido peligroso para los dos. Y habría estado mal -añadió él con aire resignado, secando cuidadosamente su llanto antes de retirar la mano.

-Pero habríamos estado juntos -replicó Maeve.

Así de simple. Así de cierto. Así de hiriente. Habrían estado juntos. El pensamiento que había torturado los días y las noches de Severus desde la tarde en que rompió con ella. Por alguna razón escucharlo de sus labios, saberla dispuesta de veras a haberse quedado, hacía que todavía doliera más. La vida no se conformaba con joderle, no: necesitaba regodearse, recordarle con saña a través de la franqueza de Maeve lo que había perdido y ya no tendría.

-¿A qué precio, Maeve? -le preguntó

-Al que fuera -repuso Maeve con firmeza- Yo te quería, ¿te acuerdas? Me habría quedado contigo en las condiciones que fueran necesarias.

-¿Sí? ¿Como mi querida, por ejemplo? ¿Siempre en la sombra, siempre el sucio secreto del profesor de Pociones? -dijo él con sarcasmo- ¿Habrías aceptado eso?

-Sí -gimió Maeve.

-¿Habrías aceptado no salir nunca de Hogwarts? –insistió Severus- ¿Vivir bajo las limitaciones que te imponía nuestro sistema de castas? ¿No ser nunca más que la squib, la moza de cuadras? ¿Te habrías conformado con no estudiar, con no ver reconocido tu talento, con ser siempre la ayudante de alguien más mediocre que tú?

Maeve se mordió el labio inferior intentando no llorar más, furiosa con Severus porque por encima del dolor y de la rabia sentía la aplastante certeza de que él tenía razón y ella no.

-Habría estado contigo -insistió débilmente- Y habría sido feliz de estar contigo.

Severus resopló y se pasó una mano por el pelo, tan exasperado por la terquedad de Maeve como devastado por la desarmante ternura de aquella declaración que sabía totalmente honesta.

-Sí. Habrías estado conmigo y habrías sido feliz. Diez años, veinte, el tiempo que hiciera falta, ¿no? -se burló, con suavidad pero implacable- Desperdiciando tu potencial, marchitándote a mi sombra. ¿Y qué pasaría cuando te hubieras convertido en el Argus Filch del próximo siglo? ¿No habrías acabado odiándote pensando en todo aquello a lo que habías renunciado? ¿No me habrías odiado a mí por permitírtelo?

Las lágrimas fluían ahora continuas y mansas de los ojos de Maeve, que ya no tenía fuerzas ni ganas de contenerlas. Descubrir en el plazo de una hora que Severus no sólo la había querido sino que la había querido hasta aquel punto de renuncia era demasiado. Demasiado hermoso, demasiado cruel, demasiado fuerte para asumirlo sin romperse aunque se forzara a parecer entera.

-Ya nunca lo sabremos, ¿verdad? -musitó.

Severus suspiró con cansancio, mirando una última vez el universo entero de vidas posibles que albergaba aquella foto, queriendo retener la imagen de su pobre amor abortado y de todas las esperanzas que habían muerto con él. No, ya nunca lo sabrían. Y era mejor así, después de todo.

-Deberías deshacerte de esta fotografía -dijo con un deje de amargura, tendiéndosela- De cualquiera que tengas. Sería muy comprometedor si...

-No. Por favor. ¿Crees que...?

Maeve se había mordido otra vez el labio inferior -en aquel gesto tan suyo y para Severus tan adorable y tan lleno de significado- , mortificada por lo absurdo e infantil que le parecía querer decir lo que iba a decir pero incapaz de callárselo. Harta ya de callar.

-Quemaré las demás pero ésta me gustaría... ¿Podrías...? –titubeó- ¿Igual que hiciste con lo de los fósiles...? Ya sé que me vas a decir eso del sentimentalismo irlandés y que me acabaré enfadando, pero si pudieras... Si no te importara...

Severus esbozó su sonrisa verdadera, la que prácticamente sólo desenterraba para ella. Sin decir una sola palabra burlona o hiriente se llevó la mano al bolsillo de su levita. Maeve sintió la magia cosquillear en los dedos que sostenían la foto cuando Severus tocó ésta con la punta de su varita y vocalizó unas palabras que no llegaron a oírse. Un pequeño resplandor envolvió su mano mientras la prueba gráfica de su amor vibraba y cambiaba y se condensaba y se encogía bajo el poder del conjuro transformador hasta adoptar la forma de un pequeño objeto de plata enganchado a una larga y fina cadena.

Un trébol.

-Siempre podrás decir que fue un regalo que te hizo Lockhart antes de freírse el cerebro -dijo Severus con una sorna algo forzada mientras Maeve estallaba en una risa nerviosa que no conseguía disimular del todo el llanto.

Estuvieron un rato quietos y en silencio. Ella con los ojos fijos en el colgante que ahora colgaba de su cuello y reposaba sobre su pecho, sintiendo el corazón encogido al pensar en aquel acto de nobleza y estupidez sublimes que había cambiado para siempre las vidas de ambos once años atrás. El mirándola a ella asfixiado por el peso de las cosas que pudieron ser y por el deseo pueril de que todavía pudieran ser, de que a Maeve le afectara tanto conocer la verdad porque él todavía le importara a ese nivel; acuciado por la necesidad de distanciarse, de preservarse, de seguir negando.

-Eh, vamos -le dijo, tirando de sus reservas de desenvoltura para no parecer afectado- Lo que ocurrió fue lo mejor y somos la mejor prueba de ello. Yo conseguí conservar mi papel tal y como pretendía. En cuanto a ti... Mírate. Volando lejos de Hogwarts creciste, mejoraste, te escapaste de los límites que aquí te habrían ahogado. Has estudiado. Te has creado tu propia carrera, tu propio nombre, tu propia vida. Si te hubieras quedado aquí conmigo no habrías podido hacerlo. Romper fue lo mejor que nos pudo pasar. Y tampoco es que sea una tragedia insalvable... Al fin y al cabo, aquí estamos. Somos amigos a pesar de todo -tomó aire, consciente de que lo que iba a añadir necesitaba de todo su aplomo, de toda su firmeza- Lo hemos superado, ¿verdad?

El silencio pareció una eternidad desde el momento en que aquellas palabras fueron dichas hasta el instante cargado de electricidad en que Maeve reunió fuerzas para mirar a Severus.

Algún día ella tendría que asumir de una maldita vez que cuando se trataba de sentimientos su rostro era absolutamente transparente; que no podía mirar a Severus con la pretensión de darle la razón cuando lo que había en sus ojos se la quitaba. Un escalofrió sacudió al hombre de los pies a la cabeza mientras sus entrañas comenzaban a temblar presas del pánico al verse en presencia de lo inesperado, de lo deseado, de lo imposible.

No, Maeve. No puede ser. Tú no puedes estar todavía...

Maeve sólo lo miraba apretando la mandíbula, queriendo asentir sin encontrar fuerzas para ello.

No lo digas, Maeve. No digas nada. Déjame creer que sólo estoy imaginando que todavía me quieres y así podré ignorarlo y no tendré que vivir sabiendo que he vuelto a renunciar a ti. No lo digas. No lo digas...

Pero era Maeve Murphy con quien se las estaba viendo. La singular y muy valiente Maeve Murphy. La que no se callaba ni debajo del agua. La que sólo ahora se daba cuenta de hasta qué punto había ido a Severus con la determinación de que la verdad la liberase.

-No, Severus. Yo no –admitió, con una voz tan honda y firme que los sobrecogió a los dos- Te juro que lo he intentado pero no puedo... No consigo... No he conseguido, en todos estos años...

Sigue sin ser posible, idiota, ¿no te das cuenta? Sigue siendo peligroso, sigo sin poder estar abiertamente contigo, sigo sin poder asumir el riesgo de que alguien lo descubra y te haga daño para hacerme daño. No digas que aún me quieres porque es estúpido y es inviable, porque lo deseo tanto que me va a matar ignorarlo, porque...

-Siempre has sido tú -siguió Maeve, sacando el valor para seguir de no sabía dónde, incapaz de apartar sus ojos de los de Severus- Incluso cuando fueron otros fuiste tú. En mi imaginación, en mi pensamiento... No ha habido lugar para nadie más... Y sigue sin haberlo, por más que lo intento... Por más que me digo que no debo y que tú no... Que ya no...

Cállate, Maeve. No sigas. Cállate.

-Lo siento, Severus. Sé que debería haberlo superado como tú y que no debería estar diciéndote esto, pero ya no puedo... No soporto... Intentaría mentir, pero tú siempre me recuerdas lo mal que finjo y... No puedo... No soy capaz...

¡CÁLLATE!

La verdad era violenta e ingobernable como un torrente crecido, insumisa frente a esos dictados de lo digno y lo conveniente que de pronto carecían de la menor importancia. Voluntariamente ciega al hecho de que cada palabra pronunciada añadía peso al lastre de su propia humillación Maeve sólo quería seguir adelante, seguir hablando hasta soltarlo todo, seguir desahogando el dolor acumulado a lo largo de más de una década, seguir vomitando anhelo y verdad aunque los ojos atónitos y el silencio de Severus la estuvieran partiendo en dos.

-No soy capaz de ignorar que te he querido incluso cuando te odiaba, -dijo al fin, temblando, ignorante de cómo los puños de él se crispaban a sus costados y su rostro palidecía todavía más- que todavía estoy enamorada de ti y que tengo miedo de seguir estándolo el resto de mi puñetera...

Maeve sólo quería seguir hablando pero ya no podía hablar, incapacitada de pronto para el uso de la palabra, y no entendía por qué. Y siguió sin entenderlo durante varios segundos eternos hasta que el fiero roce de unos dedos hundiéndose en su pelo le reveló la razón con la fuerza de una sacudida eléctrica. No podía hablar porque Severus la había amordazado con sus labios y con su lengua y ella ya no era capaz de articular más sonido que el grito de sorpresa y de rendición absoluta que brotó de su garganta para ir a verterse en la unidad que formaban ahora sus bocas.

Severus la estaba besando y Maeve sentía que cada fiero y ansioso mordisco con que él le devoraba los labios era más que simple deseo físico: era la clase de confesión que podía hacer un hombre que nunca confesaba nada, un doliente y desesperado yo también gritado con violencia a sus entrañas en lugar de a sus oídos.

Los dos se estaban besando con ferocidad y en apasionada correspondencia como si no hubiera pasado un solo día desde la última vez que se besaron, como si no existiera más mundo que el pequeño espacio que contenía sus cuerpos. Como si nada importara porque realmente nada importaba.

Durante segundos, o quizá minutos, o quizá eones, sólo hicieron eso: comerse la boca en medio de un silencio roto apenas por sus jadeos al intentar respirar, Severus inclinado sobre Maeve con las manos crispadas como garras de acero en su mandíbula y su nuca, Maeve agarrando puñados de levita a la altura del pecho de Severus como si temiera caerse si no se sujetaba bien a él. Se besaron sin suavidad ni ternura, casi haciéndose daño en su ansiedad por sentirse, hasta que en algún momento, poco a poco, aquel trance de necesidad devastadora empezó a relajarse y los besos a ser realmente besos, caricias húmedas y profundas de piel contra piel, de lengua sobre lengua, acunadas por el vaivén de sus rostros al rozarse y buscarse desde todos los ángulos posibles. Las manos de Severus se deslizaron lentamente hasta la suave cintura de Maeve. Las de ella treparon con decisión por los hombros y el cuello de él para ir a enredarse en su pelo, para sujetarle, para decirle sin palabras que no le permitiría apartarse ahora que por fin lo tenía cerca. Cada vez que Severus rompió el beso en su deseo de detenerse a mirarla ella lo retuvo contra sus labios, reacia a dejarlo ir, temerosa de dejarle hablar, aterrada por la inminencia del instante en que él recordaría las razones por las que aquello era imposible y se echaría atrás con cualquier nueva mentira hiriente, devolviéndola al páramo de hielo que habían sido los largos años sin él. Aterrada de ser ella la que reparara en lo peligroso e inapropiado que era lo que estaban haciendo si se permitía dejar de besarlo un solo segundo.

-Maeve...

-No digas nada, por favor.

-Maeve, esto...

-Calla...

-...no puede ser,...

-No te escucho...

-...lo sabes,...

-No te escucho...

-...sabes que no puede durar, que...

-No quiero escucharte...

-...Maeve...

Severus apoyó su frente en la de ella, manteniendo la distancia justa para poder esquivar sus labios y mirar esos ojos que manaban fuego líquido, esos verdes pozos profundos que tan bien recordaba y que ahora lo llamaban hacia su fondo sin que dentro de su ser abrasado de calor y necesidad encontrara la voluntad de resistirse a ellos. Merlín, ya había pagado un precio demasiado alto por sus errores... No podía forzarse a entregar también eso. No podía renunciar a lo único que le importaba lo suficiente como para querer morir por ello. No podía ignorar lo que acababa de saber, lo que estaba sucediendo, lo que podía rozar con las yemas de los dedos si tan sólo era lo bastante valiente como para tender la mano.

Él tampoco quería escucharse, maldita sea.

-Maeve...

De pronto aquello -el nombre de Maeve musitado como una oración de súplica y acción de gracias al mismo tiempo- era todo cuanto Severus podía repetir mientras acariciaba su espalda y rozaba la nariz contra su mejilla vertiendo en ella su respiración como una tenue y sensual caricia, sintiendo a la vez el aliento de Maeve rozarle la boca en el preludio de más besos que empezaron a llover torrencialmente sobre labios y gargantas acompañados de suaves murmullos de placer que trataban de expresar lo que no podía decirse con palabras. Y sólo encontró dentro de sí gratitud por haber sido derrotado y fuego, un fuego devastador gemelo del que incendiaba los ojos de ella, y una absoluta falta de escrúpulos hacia lo que podía estar tirando por la borda. Que le dieran a su propia seguridad, que le dieran a lo conveniente, que le dieran a la Puta Causa y al Sacrosanto Bien Mayor. Maeve era todo lo que quería y ahora que sabía que ni siquiera necesitaba esforzarse por volver a tenerla la tendría. Por Merlín que la tendría. Costara lo que costara.

-Como se te ocurra volver a intentar apartarme de ti te juro que... -la escuchó gemir.

-Nunca -susurró contra la boca húmeda y dulce de Maeve, ronco de ansia.

-No te lo permitiré.

-No me lo permitas. Por favor, no me lo permitas...

Maeve se aferró a él desesperada y violenta, usando sus brazos a modo de cadenas que pudieran retener lo que la vida le había arrebatado un día. Se fundió con Severus en aquel abrazo infinito hasta que sintió que ya no tenía piel que la limitara y que todo su ser se deshacía para fluir hacia él. Severus le devolvió el abrazo con la misma pasión, con idéntica fuerza, poseído por el deseo irracional de cobijarla dentro de sí y esconderla allí de donde nadie pudiera sacarla nunca para volver a quitársela.

-Mírame, Maeve.

El escalofrío que recorrió una y otra vez el camino de ida y vuelta sobre la espina dorsal de Maeve fue una absoluta delicia. Cerró los ojos con fuerza para concentrarse en la sensación de tocar a Severus, en su olor, en el sonido de su voz.

-No quiero -susurró.

-Mírame -insistió él

-No quiero abrir los ojos. Si lo hago me despertaré y te habrás esfumado -suspiró ella, rozando tiernamente su rostro contra el de él- No voy a abrirlos...

Con otro suspiro grave y ronco, Severus se unió a la iniciativa de Maeve y también cerró los ojos para buscarle la boca a ciegas. Una vez más el mundo se marchó lejos, se esfumó fuera de los márgenes del beso compartido y sólo existieron labios y lengua y saliva y dos corazones tratando de tocarse y sincronizar su ritmo a través de capas de piel y ropa que cada segundo parecían sobrar más que el anterior.

El mundo se marchó tan lejos que consiguieron olvidarse de él hasta que un fuerte y seco PLOP materializándose junto a ellos lo hizo volver de golpe.

-¡Prissy no ha visto nada! ¡Prissy tiene los ojos cerrados!

Los dos ahogaron en la boca del otro un sonoro juramento al verse de nuevo descubiertos e interrumpidos. Pero esta vez no se separaron de golpe como en el laboratorio. Al contrario. Lo hicieron despacio, permaneciendo abrazados, evaluando la mirada del otro, buscando alguna certeza de que lo ocurrido había significado algo y no era un suceso aislado salido de la nada y condenado a volver a ella, ansiando evidencias de que ninguno se empeñaría en deshacer lo hecho, dispuestos a no dejar el lado del otro sin la seguridad de que podrían volver. Porque los dos habían aprendido por el camino difícil que ciertas cosas no debían darse jamás por seguras. Se lanzaron mutuamente una pregunta silenciosa que no necesitaría ser contestada si sus memorias no arrastraran tanto lastre del pasado. Y sus respuestas mudas fueron, por el momento, suficientes para ambos.

Luego se volvieron -uno con animadversión, la otra indecisa entre enfadarse o reír- a la elfina que los observaba completamente atónita a través de los dedos con los que fingía taparse los ojos.

-Prissy no quería interrumpir a la joven señorita... -siguió gimoteando, agachando las orejas como un perrillo bajo la mirada furibunda de Severus.

-Prissy nunca quiere interrumpir a la joven señorita pero es lo que mejor se le da -murmuró Maeve divertida, incapaz de mostrar acritud hacia la elfina cuando se sentía tan aturdida y feliz como en medio de un sueño.

-El Director me dijo que la joven señorita estaría aquí y que Prissy tenía que darle un recado importante -dijo la criatura con cautela, sin perder de vista a Severus aunque éste ya no la mirara a ella sino a la mujer que rodeaba con sus brazos, luciendo una curiosa expresión que Prissy estaba segura de no haber visto nunca en la cara del profesor siniestro- El Director quiere que Prissy le diga a la joven señorita que el señor guardabosques ya está de nuevo en Hogwarts y que sería estupendo que la joven señorita pudiera reunirse con él en la fiesta, en el Gran Salón...

Una sonrisa iluminó -más todavía- el rostro sofocado de Maeve

-Esa es una noticia magnífica, Prissy -musitó sin terminar de apartarse de Severus, reacia a dejar atrás su calor y complacida de que las manos de él también se negaran a abandonar su cintura.

Me quiere.

La quería. No sólo la había querido entonces sino que todavía la quería. Daba igual que no se lo dijera, que no fuera a decírselo en su puñetera vida. Severus todavía la quería y esta vez nada iba a apearla de aquella certeza. No lo permitiría. Nadie la volvería a apartar de Severus; ni siquiera él mismo.

-Prissy sólo ha venido porque el Director se lo dijo -insistió la elfina, dirigiendo claramente sus disculpas a Severus esta vez- De lo contrario Prissy no habría venido. Prissy no mete sus narices en los asuntos de la joven señorita...

-Sólo en sus armarios -bromeó Maeve entre dientes.

Los ojos fosforescentes de Prissy parecieron ir a salirse de sus órbitas al ver al profesor siniestro sonreír. SONREÍR. Sonreír de veras, sin maldad, como hacían los amos normales.

-Prissy se castigará por interrumpir, si el profesor quiere -propuso la elfina con timidez y buena voluntad- Prissy puede darse con el atizador en...

-Ni se te ocurra -le advirtió Maeve muy seria, volviéndose luego hacia Severus para poder mirarle a los ojos y lanzarle a él, sin palabras, la misma advertencia.

-No me pongas esa cara como si lo hubiera sugerido yo. Ha sido idea suya -replicó él con sarcasmo.

Y luego, ante la horrorizada perplejidad de Prissy, apartó de la cara de Maeve, uno por uno, los mechones de pelo que él mismo había desordenado con sus caricias, en la clase de gesto que nunca tendría delante de otros seres humanos y que hizo que las piernas de Maeve empezaran a temblar de nuevo.

-Deberías ir. Hagrid querrá...

-Lo sé.

Separarse dolía después de haber estado tan próximos. Romper el abrazo fue como concentrar el frío y la soledad de once años en un segundo. Pero en sus miradas había calor y promesas de que esta vez la añoranza no sería larga y eso le dio al acto de alejarse el dulce y cosquilleante matiz de la anticipación. Maeve reparó en algo curioso cuando fue a tomar el polvo Flu del cuenco sobre la repisa de la chimenea. Nunca habría esperado que Severus, el obseso del orden y la austeridad, fuera de los que tenían cajitas de cristal llenas de anodinas piedras arriesgándose a coger polvo en un estante, tal y como ella tenía sus fósiles.

Sus fósiles.

Dios, no era posible que él hubiera...

-Minerales catalizadores de pociones -le explicó Severus como si le estuviera leyendo la mente, antes de añadir, con aquel tono entre malicioso y desganado que en el pasado usaba para insinuarse y que a Maeve siempre se le había antojado irresistible:- Empecé a coleccionarlos este verano, durante mi estancia en Leeds...

Mis cartas, pensó Maeve sin poder creérselo. Severus, que la había instado repetidamente a quemar las cartas que él le enviaba, conservaba las suyas convertidas en anodinos minerales sobre la repisa de su chimenea. Incapaz de resistir el impulso aunque sabía que Severus la iba a odiar por ello, volvió a acercarse a él para depositar en sus labios un breve y apasionado beso. Comprobó después que no se había equivocado, que Severus la miraba con el ceño fruncido, disconforme con aquella desvergüenza de besarlo delante de la elfina. Pero, a decir verdad, tampoco había hecho nada por impedírselo ni parecía tan molesto como pretendía aparentar.

-¿Nos veremos luego? -le preguntó Maeve antes de entrar en la chimenea.

Él no dijo nada. Sólo volvió a sonreír. Y lo hizo de lado, con aquella probablemente involuntaria pero devastadora mezcla de arrogancia e ironía capaz de poner las mejillas de Maeve al rojo vivo. Si las cosas no habían cambiado mucho, aquello, en el peculiar y muchas veces complicado lenguaje personal de Severus, equivalía a un sí rotundo.

-Bien... Me voy entonces. Hagrid me espera.

-¿Quiere la joven señorita que Prissy la acompañe?

-No, Prissy. Tú te quedarás aquí –Maeve no miró a la elfina al contestar sino a Severus, todavía ruborizada, un poco tímida, bastante maliciosa- El profesor Snape va a ser tan amable de explicarte por qué es muy importante que no digas nunca, jamás, a nadie, nada de lo que acabas de ver... ¿verdad, profesor?

El hombre estrechó malignamente los ojos y apretó los labios, indignado por la encerrona. Aquél ya se parecía más al profesor Snape que Prissy conocía, y sin embargo seguía resultando... raro.

A la joven señorita, desde luego, la miraba con odio de una forma diferente de como miraba con odio a todos los demás.

-Luego hablaremos de esto, profesora Murphy.

Los humanos eran extraños, pensó Prissy antes de enfrentarse a lo que estaba segura de que no iba a ser una charla de cortesía con el profesor siniestro. Juraría que la joven señorita, al oír aquella amenaza grave y terrible, había sonreído como si fuera el sonido más hermoso del Universo.


Nadie olvidaría jamás aquella noche, aquella fiesta interminable y jubilosa que se prolongó hasta el amanecer. En los años sucesivos algunos recordarían especialmente el anuncio de la suspensión de los exámenes por parte de Minerva McGonagall, otros el momento en que Gryffindor se aseguró por segundo año consecutivo la copa de las Casas gracias a los puntos ganados por Harry Potter y Ron Weasley, muchos la forma en que varios de los profesores se unieron al recochineo generalizado cuando Dumbledore comunicó que Gilderoy Lockhart no podría repetir al año siguiente como profesor de DCAO. Lo que a ninguno se le olvidaría -aunque desde luego no todos fueran a recordarlo con el mismo sabor de boca- fue la entrada de Hagrid al volver liberado de Azkabán y su reunión minutos más tarde con Maeve Murphy en medio del Gran Salón, fundidos los dos en un abrazo en el que muchos temieron que el grandullón fuera a partir por la mitad a la menuda profesora.

Tampoco olvidaría nadie la forma en que un rato después Maeve Murphy reclamó silencio y se dirigió a los alumnos con los ojos todavía empañados de lágrimas y la voz temblando, presa de una emoción que, aunque casi nadie podía saberlo, se debía a cosas mucho más complejas que el reencuentro con un querido amigo.

-Escúchenme todos, por favor -pidió, subiéndose a una silla en la mesa de los profesores de la forma en que solía hacerlo Filius Flitwick- En el caso de que alguno no me conozca todavía, me llamo Maeve Murphy y enseño Cuidado de Criaturas Mágicas. Voy a compartir con ustedes algo que me enseñó un gran hombre, mi abuelo, a quien a su vez se lo enseñó la Naturaleza. A lo largo de este curso, todos hemos oído cosas acerca de la sangre... -calló un momento, esperando a que se acallaran los pequeños murmullos que habían surgido aquí y allá, y tomó aire- y hemos sufrido las consecuencias de una lamentable y ridícula obsesión por su pureza. Oigan bien esto que voy a decirles: la sangre pura no existe.

El murmullo tomó ahora la forma de un rumor escandalizado que iba subiendo y subiendo de tono, mitad a favor, mitad en contra, pero la voz de Maeve ya no tembló al alzarse por encima de las demás voces e imponerse a ellas mientras sus ojos se enganchaban, duros y firmes, en los coléricos y ya no tan fríos ojos grises de Draco Malfoy.

-La sangre pura no existe desde que dejamos de reproducirnos por fusión binaria como las amebas -siguió, atrapando de nuevo la atención de partidarios y detractores- Todos somos fruto de una impureza, de la mezcla de dos progenitores necesariamente diferentes. Y eso es justamente lo que nos hace únicos a todos y cada uno de nosotros. El mestizaje y la adición de sangre nueva fortalecen y mejoran a todas las especies y los humanos, magos o no, no somos una excepción. Eso que algunos llaman impureza no es sólo algo tolerable: es absolutamente imprescindible. La homogeneidad sólo conduce a la debilidad y a la extinción. La diferencia y la mezcla es lo que nos hace perdurar como especie. Es la adaptación y no la pureza lo que nos permite sobrevivir. Y no es lo diferente lo que sobra en nuestro mundo, sino aquello que no sabe adaptarse las diferencias. Esto, señores, es la base de lo que enseño sobre biología animal en Cuidado de Criaturas Mágicas -concluyó, dejando a sus ojos buscar a Charles Fraser, que la miraba con los dientes apretados, a Damien Lerroux, a Lara Vodianov, a las víctimas del maleficio, a las víctimas de su propia cerrazón y de la estrechez de miras de sus padres; si tan siquiera alguno de aquellos chicos podía salvarse antes de que fuera demasiado tarde...- Quienes no estén de acuerdo, siéntanse libres de abandonar la asignatura si así lo desean. Los que se queden conmigo, sepan que en mis clases no se volverán a tolerar sin consecuencias comportamientos y afirmaciones como los que han tenido que oírse por Hogwarts a lo largo de este año. Muchas gracias.

En medio de la ovación que le dedicaron una gran parte de los alumnos, capitaneados por los gemelos Weasley, nadie se dio cuenta de la furtiva mirada de disculpa que Maeve, de nuevo en brazos de un orgulloso Hagrid, dirigió hacia la puerta del Gran Salón, donde acababa de aparecer Severus Snape. Y aunque se hubieran dado cuenta, no habrían sabido entender lo que significaba. No habrían descifrado nunca aquel dulce pero firme mensaje mudo.

No puedes protegerme de mí misma contra mi voluntad. Ya lo hiciste una vez, sacrificando demasiado por ello, sacrificándome incluso a mí por mi propio bien. No volverás a hacerlo, amor.

Tampoco nadie advirtió ni habría comprendido el gesto, mezcla de exasperada resignación y profundo cariño, de Severus al devolverle la mirada. Nadie habría adivinado lo que el oscuro profesor de Pociones pensaba. Sí, en efecto, daba por hecho que amar a una mujer empeñada en pelear con entusiasmo sus propias batallas podía ser cualquier cosa menos sencillo, pero ¿era realmente necesario que la maldita mula lo hiciera TAN difícil?

Si fuera fácil no la querrías, muchacho. Si fueras sencillo, ella no te querría a ti. Son las dificultades las que hacen de esto vuestro algo tan poderoso.

Nadie, salvo Albus Dumbledore, podía mirar a Severus y Maeve y verlos de verdad, entendiendo lo que estaba pasando allí.

El Jefe de Slytherin unido, en secreto, a una mujer que le acababa de declarar la guerra a la práctica totalidad de su Casa. El hombre que en un futuro debería espiar para él entre las filas de Voldemort y uno de los más notorios objetos del odio de éste, juntos de nuevo, con todas las consecuencias, en lo bueno y en lo malo. Era un peligro casi imposible de asumir y al mismo tiempo la mayor esperanza de Dumbledore con vistas a que el hasta que la muerte los separe llegara después, mucho después del final de la guerra que vendría.

Los muchachos se estaban metiendo en un buen lío. Pero ya llevaban una década metidos en él, de todas formas. ¿No era mejor que de ahora en adelante lo hicieran juntos? ¿No supondría una pequeña chispa capaz de iluminar, aunque sólo fuera débilmente, la oscuridad que les aguardaba a todos?

Iba a ser, eso sí, una situación curiosa, singular, complicada. Sobre todo complicada.

No pensemos en eso ahora.

Había que dar tiempo al tiempo, no adelantar acontecimientos, no forzar más las cosas una vez forzadas a ponerse en marcha. Había que dar a aquel amor espacio para respirar; aunque Dumbledore, viendo cómo había sobrevivido a tantas cosas y llegado al presente así de beligerante y poderoso, no tenía la menor duda de que saldría adelante. Al fin y al cabo, había quien aseguraba que aquellos amores complicados eran los mejores. Y él recordaba bien haberlo sentido así en su momento, por mucho que le gustara aparentar que lo había olvidado hacía siglos.

Los miró y los vio como eran en realidad mientras ellos fingían no reparar el uno en el otro, y a duras penas pudo contener una sonrisa. Los comienzos resultaban siempre tan felices y prometedores que era una pena que no se pudiera comenzar todos los días.


Libero este capítulo después de muchas dudas, peleas conmigo misma, revisiones y correcciones, totalmente insegura de si esta resolución de las cosas os gustará, aburrirá, horrorizará o dejara indiferentes. Quizá esperábais algo más romántico, más sexy, más lo que sea. No lo sé. Para mí, las cosas entre ellos no podían ser de otra forma que con toda la verdad por delante, porque creo que sobre todo el carácter de Maeve lo pedía así y creo también que en cuestión de malentendidos nuestros chicos ya van servidos para un par de vidas.

Sea como sea, me gustaría saber qué opináis, como siempre.

Y, como diría Super Ratón, no se vayan todavía, aún hay más... Dos capítulos para acabar esta parte, en concreto. Si este giro no ha dinamitado vuestra confianza en la historia, estaré encantada de que sigáis conectados hasta el final.

Un saludo para todos, e infinitas gracias por los ánimos que me dais con vuestros comentarios.