Nota de la autora: supongo que os habéis dado cuenta de que suelo incluir unas palabritas a modo de resumen para empezar cada capítulo. En esta ocasión las palabras no son mías sino de Peter Gabriel. Su canción "In your eyes", del album "So" (1986) es una que me rondan la cabeza cuando pienso en la relación de Severus y Maeve y en lo que sienten el uno por el otro. Y dado que este capítulo va casi exclusivamente de eso, he pensado que no voy a tratar de decir a mi manera lo que Gabriel ya dijo insuperablemente hace veinticuatro años. Si podéis escucharla o leer la letra completa, tal vez me déis la razón XD


Capítulo XXI:

All my instincts, they return
And the grand facade, so soon will burn
Without a noise, without my pride
I reach out from the inside

In your eyes
The light the heat
In your eyes
I am complete
In your eyes
I see the doorway to a thousand churches
In your eyes
The resolution of all the fruitless searches
In your eyes
I see the light and the heat
In your eyes
Oh, I want to be that complete
I want to touch the light
The heat I see in your eyes

CAPÍTULO XXI: AMANECER.

Severus, que nunca abandonaba su mazmorra hasta después de desayunar, jamás había estado en aquella parte del castillo a la hora de la salida del sol. La luz que se colaba por las ventanas de la Torre Sur que daban al Este teñía el pasillo de una neblina que era a la vez naranja, rosada y añil, una penumbra dorada en la que los límites de las cosas se difuminaban, dándole un aspecto suave e irreal a la dureza de las piedras. El color del amanecer hacía que la espera cobrara tintes de sueño, hasta el punto de que Severus llegó a preguntarse si no se habría quedado dormido de pie contra la pared en algún momento.

-¿Llevas mucho tiempo esperando?

El color del amanecer desdibujaba la palidez y las ojeras de Maeve, dotaba de una insólita suavidad dorada a sus desordenados rizos, confería a su persona una especie de extraño pero irresistible halo feérico. La luz cambiante del alba hacía que Maeve pareciera parte del mismo sueño y aquello era algo que a Severus le inquietaba. Porque en aquel momento la quería real, tangible, no similar a una visión etérea que pudiera esfumarse de su vista al parpadear. La miró sin moverse, apoyado como estaba en el muro de piedra frente a la puerta de sus habitaciones.

-Demasiado -replicó con hastío, intentando no delatar demasiada impaciencia- Cuando conseguiste encontrar el sapo de ese lelo no calculé que tardarías más de una hora en llevarlos a los dos hasta el cuadro de la Señora Gorda y llegar desde Gryffindor hasta aquí.

-Creo haber dicho ya lo que opino de esa mierda de escaleras que cambian de ubicación. No te imaginas lo difícil que me ha sido venir desde allí. Y, por cierto, ese lelo tiene nombre -repuso Maeve- Se llama Neville. Y no es lelo.

-¿Vamos a volver a discutir por Longbottom? -gruñó Severus.

-Sólo si le insultas. Se ha matriculado en Cuidado de Criaturas Mágicas, ¿sabes? Oficialmente ya es uno de mis alumnos, así que me siento con el deber laboral, además del moral, de defenderlo de ti.

Severus resopló y miró al techo.

-Lo que me faltaba. Por si no fuera bastante aguantar las proezas de Longbottom en Pociones, ahora además tendré que escuchar sus simpáticas anécdotas con tus bichos -dijo desdeñosamente- ¿Has pensado en electrificar los recintos de todo lo que tenga colmillos para impedir que se caiga accidentalmente? Dudo que quieras acabar con el idiota devorado en su primera clase y tener que vértelas con el monstruo de su abuela...

Maeve sopesó la posibilidad de responder a aquello, que a todas luces sólo buscaba provocarla, y desistió. Pelear con Severus podía llegar a ser muy divertido pero después de todo lo ocurrido aquella noche estaba demasiado cansada, demasiado ansiosa de otra clase de cosas como para perder en discutir un tiempo que ya les sobraría más adelante.

-No pensaba que te encontraría aquí -le dijo con suavidad, apoyándose en la puerta y mirándole de frente.

-Quedamos en que nos veríamos luego, ¿no?

-Sí. Pero daba por hecho que tendría que ser yo la que fuera a buscarte a ti.

Severus enarcó una ceja con aire suspicaz.

-¿Y eso?

-No sé. Una tiende a dejarse llevar por la tradición, supongo -repuso ella- Siempre tuve que ir a buscarte. Menos una vez. La última vez -matizó- Pensaba que...

No era un reproche sino la pura y simple constatación de un hecho. Severus se esforzó en no sentirse recriminado, sabiendo que Maeve, en su habitual y casi absurda generosidad, no le pediría jamás cuentas de ello. En todo caso era él quien se reprochaba que en el pasado, por mucho que le doliera reconocerlo, las cosas hubieran sido realmente así. Maeve la abierta, la honesta, la de la iniciativa, la que lo buscaba una y otra y otra vez. Él a la expectativa dentro de su gruesa coraza, esperando tercamente a que ella se le acercara. Aquel despliegue de amor propio que en realidad había sido pura cobardía, puro querer resguardarse de un eventual rechazo, era lo que le había permitido en su momento sostener la farsa con que la alejó de sí. Pero eso debía quedar enterrado, olvidado junto con los otros mil errores cometidos a lo largo de su vida que en algún momento había decidido dejar atrás. Severus era un hombre orgulloso. No estaba dispuesto a que Maeve siguiera siendo la única valiente de los dos. No se permitiría -esta vez no- tener miedo de ir a ella.

-Quizá algunas cosas hayan cambiado -afirmó con cierta tirantez.

Maeve esbozó una sonrisa cansada. Sus dedos jugaron distraidamente con el pequeño colgante -oficialmente, y siguiendo la sugerencia que él había hecho en broma, regalo de Lockhart antes de desmemoriarse a sí mismo- que reposaba sobre su esternón justo a la altura del nacimiento de los senos; ese colgante que era la foto de ellos dos convertida en algo que pudiera esconderse a simple vista gracias a la magia de Severus. Era casi como si lo estuviera acariciando a él, pensó el hombre con un estremecimiento, deseando poderosa e irracionalmente que en el futuro fuera así; que de aquella madrugada en adelante tocar el trébol evocara en las yemas de los dedos de Maeve el recuerdo de haberlo tocado a él, de haber sudado y gemido y temblado debajo de él, de haber dormido en su cama usándolo de abrigo y almohada...

Maldita sea, Severus, se supone que no has venido a eso.

Al menos no había ido sólo a eso. Había cosas importantes que dejar claras antes de dar cualquier otro paso. Tenían que hablar. Severus consideraba su deber moral asegurarse de que Maeve entendía bien en dónde se estaba metiendo antes de dejarla adentrarse más por aquel peligroso sendero. Esa vez lo harían bien. Con sinceridad, con sensatez, con calma. No precipitaría las cosas por mucho que a pesar del agotamiento y el sueño su cuerpo estuviera clamando ardientemente por precipitarlas.

-Me encantará descubrirlas todas, con tiempo... -replicó Maeve- Porque tenemos tiempo, ¿verdad?

Severus le devolvió la sonrisa.

-Supongo que sí -admitió- Aunque no puedo precisar cuanto.

Los dos guardaron silencio sin dejar de mirarse, conscientes del significado que encerraban las palabras de Severus. Había que ser muy optimista o muy idiota o estar completamente loco para creer que tras la derrota del basilisco no habría más noticias de Voldemort. El Señor Tenebroso seguiría intentando regresar y tal vez un día confluirían las fuerzas y la suerte necesarias para ello y ese día lo suyo volvería a ser demasiado peligroso como para poder permitírselo. Lo cercano o lejano que ese momento estuviera en el tiempo no había forma humana de saberlo.

-De momento me conformo con un par de horas -dijo Maeve

Severus contuvo el aliento mientras el contenido implícito de aquella frase calaba en él hasta traspasarle la piel. Maeve se había ruborizado un poco y parecía querer añadir algo, matizar algo, limar un poco la descarada insinuación, pero al final se lo pensó mejor. Desear estar con él después de lo que había sucedido unas horas antes no era nada de lo que avergonzarse o desdecirse. Desear estar con él después de llevar más de una década deseándole a distancia parecía tan natural que Maeve no concebía otra posibilidad que la de expresarlo, por muy expuesta que eso la dejara.

-Podrían ser hasta tres -replicó Severus, suavemente burlón- Hogwarts entero va a estar hibernando hasta bien entrada la tarde. Nadie va a darse cuenta de que falto de las mazmorras.

-Podría ser todo el día -sugirió Maeve, y una vez más su voz pareció hablar a la piel de Severus, que enrojeció un poco por efecto del súbito calor, y no a sus oídos- Ya sabes, si no se te ve fuera de las mazmorras todos darán por hecho que estás allí dentro, subiéndote por las paredes por el nuevo triunfo de Gryffindor...

Severus quiso de veras poner cara de desdén y asco ante la última puya de Maeve, pero no pudo. Aún estaba procesando aquel todo el día mientras trataba de recordarse que primero, antes que cualquier otra cosa, tenían que hablar, aclarar los términos en que estarían juntos, aclarar los términos en que acabarían y olvidarían temporalmente todo aquello cuando fuera preciso hacerlo por la seguridad de ambos...

Todo el día. Maldita sea, Maeve ¿por qué siempre tienes que saber escoger las palabras precisas para volverme loco?

-Ya no tengo veintidós años, ¿sabes?

Maeve bufó con ironía y puso los ojos en blanco

-Ya me había dado cuenta mirando el calendario, chico. Y te diré que siento una curiosidad tremenda por ver qué tal rinde un hombre en medio de la decrepitud de los treinta y tres: nunca me he acostado con un anciano...

-¿Eso ha sido una especie de indirecta sutil? -replicó Severus enarcando una ceja.

Trataba de darle a su cuerpo órdenes de ignorar todo lo que no respondiera a la prioridad de hablar. Pero su cuerpo parecía empeñado en demostrar que al menos en lo referente a Maeve ya no le obedecía en absoluto. Fingir que ella no había hablado de acostarse con él era inútil. Borrarle esa sonrisa maliciosa de los labios con su propia lengua pasó del nivel de deseo al de necesitad vital en décimas de segundo. Severus se recostó en la pared, buscando ayuda en la dura frialdad de la piedra contra su espalda aunque sabía -porque lo recordaba y porque lo estaba volviendo a saborear en ese preciso instante- que no había frío capaz de contrarrestar el calor en que lo bañaban aquellos ojos de color verde oliva cuando lo miraban así. Maeve le sonrió de nuevo, enigmática y tierna a la vez, y dándole la espalda puso la palma de su mano contra la puerta y pronunció una extraña palabra con voz alta y clara.

-Murisanga.

La horrible estatua del fauno hizo una pequeña inclinación de cabeza a modo de saludo y, con el inconfundible chasquido de unas guardias mágicas al levantarse, la puerta de las habitaciones de Maeve se abrió para ellos.

-Bienvenido a Villa Prissy -dijo ella con sorna, indicándole con un gesto que pasara.

Severus tragó saliva. Maeve había hecho mucho más que invitarlo a pasar a su salón. Maeve acababa de entregarle su contraseña. Le estaba diciendo que su casa era también la de él, sin necesidad de pedir permiso, sin restricciones, sin límites; que sería bien recibido a cualquier hora y en cualquier circunstancia.

Era como si acabara de darle de nuevo las llaves de su vida.

No. No vas a precipitarte, Severus. Vas a hacer las cosas bien. Vas a comportarte como el hombre con principios que te gustaría ser.

-Tendríamos que hablar, ¿no crees? -preguntó, de pie en medio de aquel luminoso y acogedor salón, de espaldas a ella, rígido y cruzado de brazos para ocultar el nervioso juguetear de sus dedos ansiosos de tocarla.

¡No eres un jodido adolescente incapaz de controlarse, maldita sea!

Era absolutamente necesario dejar las cosas claras. Maeve se le estaba entregando de nuevo con la misma confianza absoluta y falta de reservas de la primera vez y él no podía aceptarlo por mucho que ardiera en deseos de aceptarlo, no podía, no sin estar seguro de que ella entendía bien la situación y estaba dispuesta a asumir todas las consecuencias.

-Supongo que sí -repuso Maeve con una voz sugerente y tenue que le hizo volverse hacia ella como movido por un resorte.

Se había recostado en la puerta después de cerrarla y lo miraba, también cruzada de brazos pero tan relajada que si no fuera por lo muy brillantes y vivos que se veían sus ojos Severus pensaría que estaba ya dormida, soñando un sueño especialmente agradable. El hombre devoró con la mirada su rostro, su cuello acariciado por los rizos que se escapaban de la trenza, su pecho menudo que se movía cadenciosamente al ritmo de su respiración, sus caderas dibujándose pequeñas y exquisitas contra la fina tela estampada -y también arrugada, y sucia de ceniza y polvos Flu- de su vestido. La sangre pareció arder dentro de las venas de Severus, propagando un calor abrasador por todos y cada uno de los rincones de su cuerpo. Merlín, no había conocido ninguna otra mujer que sin necesidad de hacer nada especial ni de ser nada especial, simplemente con ser ella y estar ante él, lo incitara de aquella manera.

-Sabes que no deberíamos dejar que esto suceda -le dijo, tan tranquilo y serio como era capaz de mostrarse en medio de su cada vez más incontenible excitación- El simple hecho de que yo esté aquí, ahora, de que nos estemos planteando... Sólo eso ya es suficientemente...

-Asumo el riesgo -le cortó ella, dulce pero tajante.

Severus se acercó lo bastante como para poder tocarla si extendía las manos, aunque no iba a hacer tal cosa, por supuesto. No sin primero haber dejado claro hasta el último de los puntos que debían tratarse. Iba a ser inflexible respecto a eso.

-¿Lo asumes? -replicó con cinismo- Si alguien... Aparte de Albus y de esa maldita perra traidora que tenemos por enfermera, quiero decir... Si alguien llegara a descubrir que estoy contigo, que siento... Y lo descubrirían, tenlo por seguro; sospecharían algo, acabaríamos haciendo algo que nos delataría lo suficiente como para...

-Descubrirte. Ponernos en peligro. Lo sé. Eso ya me ha quedado suficientemente claro. Y por la parte que me toca, estoy dispuesta a asumir el riesgo -insistió Maeve.

-¿Sabes lo que podrían llegar a hacerte para castigarme a mí? -susurró él, tenso, casi furioso cuando ella asintió, casi indignado por aquella falta de sensatez- ¿Y dices que lo asumes? ¿Merece la pena...?

-¿Por estar contigo, Severus? Sin dudarlo.

Lo había dicho sin darle importancia ninguna, sin teatralidad, sin vehemencia, como si preferir correr un peligro atroz antes que enfrentar la posibilidad de no tenerle fuera lo más normal y lógico del mundo. Severus se habría asustado de aquella súbita opresión ardiente en medio de su pecho si no la recordara tan bien.

Era así como se sentía uno al ser amado sin condiciones.

Traicionando su determinación de no tocarla hasta que hubieran hablado todo lo que tenían que hablar Severus tendió una mano hacia ella para acariciarle la mejilla y luego la dejó vagar por su cuello. Suavemente. Despacio. Maeve cerró los ojos de aquella manera que él también recordaba demasiado bien, concentrando toda la fuerza de sus sentidos en la piel para recrearse en el tacto del hombre. Severus tenía almacenados cientos de recuerdos de Maeve deshaciéndose con un simple roce de sus dedos y todos ellos parecían estar despertando violentamente debajo de su propia piel.

Pero tenían que hablar. Mierda, primero tenían que hablar, no podía dejarse llevar por la urgencia igual que el maldito crío de quince años que no había sido ni siquiera a los quince años.

-¿Y merecerá la pena cuando tengamos que dejarlo? -preguntó, estremecido por un escalofrío al alcanzar con su mano aquel punto en el que el cuello de Maeve encontraba la clavícula, allí donde sabía que le bastaría con depositar un pequeño beso para...- Porque tendremos que dejarlo antes o después. Si el Señor Tenebroso regresa, yo... No permitiré que esto ponga en peligro mi labor. Ni que te ponga en peligro a ti.

-Vale.

-¿Vale?

Quería estar enfadado. De veras quería estar enfadado ante aquella deliciosa y soñadora terquedad que ella estaba mostrando frente a sus razonamientos, pero no podía. Deseaba tanto que ella fuera sensata y eligiera su seguridad antes que estar con él como deseaba que le amputaran las dos piernas sin anestesia. Era un cerdo, depravado, repugnante e irresponsable egoísta. Y le daba igual. Las yemas de sus dedos estaban siguiendo ahora, por su propia voluntad independiente de la ética y la razón, el camino que marcaba la fina cadena de plata hasta encontrar el trébol cerca de donde nacían los pechos de Maeve, rozando piel que era suave y tibia y cuyo olor le acariciaba con dulzura las fosas nasales. Y todo lo demás, honestamente, empezaba a importarle una mierda.

-Tendré que borrarte la memoria antes o después, y tal vez nunca esté en situación de devolvértela -le aseguró, casi incapaz de tragar la saliva- Tendré que eliminar de tu memoria lo que suceda de ahora en adelante y también lo que ocurrió en el pasado. No puedo permitir que tengas esa información dentro de tu cerebro y que el Señor Tenebroso pueda sacártela... Porque te la sacaría. No podría leerte la mente, pero tendría otras formas terribles de hacértelo confesar. Y confesarías, y entonces todo el esfuerzo de años se iría a la mierda. Así que...

-Bien.

-¿Cómo que bien?

-Si ya vas a tener que borrarme la memoria de todas formas para eliminar lo que está pasando ahora, prefiero que llegado el momento tengas mucho que borrar. ¿Tú no?

Era absolutamente insana la forma en que a Severus le latía el corazón, acelerado y violento contra sus costillas, rozando los límites del dolor. Decenas de flashes de ese mucho que borrar estallaron detrás de sus párpados cuando cerró los ojos. Sin que pudiera gobernarla su otra mano buscó también a Maeve, iniciando en su muñeca una caricia tenue como el roce de las alas de una mariposa que viajó por la palma de su mano y llegó hasta las yemas de sus dedos antes de enredarse con ellos en una consentida, lenta, delicada danza de apareamiento.

-¿Estás segura?

-Sí.

A Severus no le quedó muy claro si aquel desmayado era una respuesta o un murmullo de aprobación ante la forma en que él la estaba tocando por encima de la ropa, camino de su cintura. De pronto sólo tenía en mente los besos de hacía un rato, saboreándolos desde una perspectiva erótica que antes, cegado por la emoción y la ansiedad de las sucesivas confesiones y revelaciones, había ignorado. Notó que el juego de sus dedos con los dedos de ella imitaba el baile de lenguas que se moría por repetir y el roce profundo de piel con piel que todo su ser ardía por comenzar. Notó que sin querer había ido acercando su cuerpo al presentido calor del cuerpo que lo llamaba como un imán. Notó que cada vez le costaba más y más pensar con un mínimo de claridad. Merlín, deseaba tanto a aquella condenada mujer que iba a consumirse si no la tenía ya...

-¿No hay nada que quieras aclarar, nada que quieras preguntar...?

Severus la miró a través de sus párpados entornados luchando por mantener la distancia de seguridad, intentando no apretarse contra ella para sentirla con el cuerpo hasta en el menor de los detalles porque sabía que si hacía eso entonces ya no habría fuerza, mágica o no, capaz de impedirle seguir hasta el final y no podía hacer eso, no sin antes haber hablado, no sin haber aclarado todo lo que debía ser...

-Sí, Severus. Una cosa -susurró ella, abriendo los ojos para mirarle de una forma que hizo estallar una bola de fuego en la parte baja de la columna de Severus. Y luego, sonriendo, propagó el incendio por todas las regiones precisas de la anatomía del hombre al empezar a jugar con los botones de su levita- ¿No crees que llevas encima demasiada ropa?

Severus no contestó. Se limitó a exhalar un suspiro grave y ronco y a besar con entusiasmo aquellos labios maliciosos y sonrientes, asumiendo que por mucho que se empeñara no iban a hablar, después de todo.


-Bien, Prissy. A ver cómo te lo explico para que lo entiendas...

La elfina abrió mucho sus ojos y sus orejas, realmente ansiosa por entender. Y Maeve, desarmada por su interés, volvió a quedarse sin palabras. Suspiró exasperada y se sentó en la butaca de flores que había enfrente de la que ocupaba Prissy. La elfina seguía mirándola con expectación mientras movía nerviosamente sus piececillos al borde del asiento. Durante un buen rato Maeve no dijo nada, tratando de decidir por dónde empezar y de ignorar el hecho de que aquella era, con diferencia, la situación más surrealista en que jamás se hubiera visto envuelta. Se reclinó contra el respaldo y miró a su alrededor buscando inspiración. Su pecho y sus mejillas se ruborizaron con furia cuando su mirada se posó en la puerta de entrada a sus aposentos, y una amplia, luminosa y feliz sonrisa de idiota curvó sus labios todavía enrojecidos y doloridos. Gozosamente doloridos.

No podía creer que hubiera sido así; que saltando por encima de la cautela y de la razonable voluntad de ir despacio hubieran acabado vengando once años de abstinencia mutua echando un polvo apresurado, ansioso y absolutamente memorable contra la puerta de su salón. No podía creer todavía que eso que estaba allí tirado sobre el suelo de piedra fuera la levita de Severus haciendo compañía a los restos ya inservibles de sus bragas, arrancadas de golpe en medio de un ataque de impaciencia. No podía creer la forma en que se habían mordido y chupado hasta temer ahogarse, ni la violencia de las embestidas que la habían golpeado contra la puerta, ni que él le hubiera roto el vestido hasta el ombligo en su desesperación por tocar y sentir más piel, ni que ella le hubiera clavado así las uñas en la espalda por debajo de la camisa, ni que hubieran pasado por alto el hecho de que no estaban tomando ninguna precaución y al acabar fuera necesario usar un conjuro contraceptivo de emergencia, como si fueran un par de malditos críos incapaces de dominar sus necesidades y no dos adultos teóricamente sensatos.

Por lo visto somos dos adultos teóricamente sensatos incapaces de dominar sus necesidades, admitió para sí misma con un pequeño y placentero estremecimiento.

-Verás, Prissy, los humanos, a veces... O sea, cuando dos humanos adultos se gustan... Quiero decir, se caen especialmente bien y se atraen en un aspecto digamos hormonal del término atraer...

-¿Y la joven señorita y el profesor Snape se atraen? -preguntó Prissy con una ingenuidad desarmante.

Maeve se cubrió los ojos con las manos y jugó nerviosa con el cinturón de su bata. Aquello iba a ser aún más dificil de lo que había temido al principio.

-Un poco, sí.

-Prissy cree que eso es bueno. Que gustarse es bueno. ¿Por qué, entonces, la joven señorita parecía...?

-Es complicado -aseguró Maeve antes de que Prissy dijera lo que seguramente iba a decir, poniéndose muy roja de nuevo- Si me dejas que te lo explique...

Pero, ¿cómo demonios se lo iba a explicar? Se sabía poco, muy poco de la naturaleza sexual de los elfos domésticos. ¿Podía entender la pasión física una criatura que lo mismo se reproducía por esporas como los helechos? Horas antes, en brazos de su amor extraviado durante más de una década, Maeve había temido perder el conocimiento al llegar al orgasmo porque había olvidado que correrse cuando se amaba tanto podía ser así, tan enloquecedor, tan brutal, tan parecido a morir durante segundos que llegaba a dar miedo. Había tenido que confiarse después a las mermadas fuerza y equilibrio de Severus para llegar hasta la cama en sus brazos, ya que sus propias piernas parecían de gelatina, parecían directamente no existir, disueltas con el resto de su ser sobre la piel de su amante. Se había resistido a caer dormida hasta que Severus la hubo desnudado y se hubo terminado de desnudar y estuvo reunido con ella bajo las sábanas por la sencilla razón de que no quería dormirse todavía, de que quería saborearlo absolutamente todo de aquel dulce amanecer aunque le costara sus últimas fuerzas, de que quería devorar cada pequeño detalle y almacenarlo como un tesoro en la memoria hasta que él tuviera que borrársela... ¿Podía entender Prissy algo así cuando ella misma, humana como era, no podía darse una explicación razonable -a parte de los tajantes porque es él y porque sí- para amar y desear a Severus de la forma devastadora en que lo amaba y lo deseaba?

-Verás... Cuando existe esa atracción, a los humanos nos da por hacer cosas que... afectan un poco la mente. No en un sentido malo, entiéndeme. Afectan a la mente en el sentido de que lo que estás haciendo te gusta tanto que no piensas con claridad y llegas a decir bobadas que no son verdad y que escuchadas desde fuera, como te ha pasado a ti, pueden conducir a errores... lamentables.

-¿Estará muy enfadado el profesor Snape? -preguntó Prissy, mirando de reojo y con aprensión la puerta cerrada que separaba el salón del dormitorio.

-No; para nada -replicó Maeve con fingida despreocupación- Le parece bien que te preocupes por mí y que quieras protegerme. Lo de que hayas estado a punto de matarlo igual sí que le molesta un poquito pero se le pasará, no te preocupes...

-¿Está segura la joven señorita?

-Segurísima.

Maeve se esforzó en sonreír de forma convincente, aunque era complicado hacerlo sabiendo que mentía como una bellaca. A Severus no sólo no se le iba a pasar enseguida sino que dudaba de que fuera a pasársele jamás. Tendía a guardarle un obstinado rencor a las personas o criaturas que atentaban contra su integridad fisica.

-Verás, Prissy. Lo que quiero decir es que no necesitaba que me defendieras del profesor Snape. No me estaba haciendo nada malo, así que no tenías que venir en mi auxilio ni...

-Pero parecía...

Maeve volvió a sofocarse, consciente de lo que podía haber parecido sobre todo a los ojos de una criatura como Prissy, con la misma noción del sexo que un niño de cinco años. Podía entender que la elfina se hubiera hecho una idea equivocada hasta el punto de asustarse. La vehemencia de sus respuestas a la mínima caricia de Severus la asustaba incluso a ella, que la vivía en primera persona. Después de una década de sexo normal -agradable, satisfactorio, incluso excelente a veces, pero normal- había llegado a creer que aquello de tener química, aquello de entrar en combustión espontánea con la simple intuición del deseo del amante, nunca le había sucedido en realidad y sólo formaba parte de sus fantasías. Severus se había encargado de demostrarle, amable y generosamente, que no era así. Como también se había encargado de recordarle la absoluta delicia que era despertar en sus brazos y la maravillosa paradoja de que alguien que no era persona hasta el segundo café de la mañana tuviera semejante disposición para el placer recién despertado después de sólo una hora y media de insuficiente sueño. En la decrepitud de sus treinta y tres años, Severus no tenía nada que envidiar a su alter ego de veintidós, y su memoria -alimentada, según le había susurrado ásperamente al oído, por las muchas horas invertidas en recordar sus días juntos- parecía retener cada uno de los puntos débiles de Maeve con tanta exactitud que ella no habría sido capaz de resistirse a sus atenciones ni aunque hubiera querido.

Y no había querido, por supuesto.

No existía cansancio capaz de hacerle ignorar el reclamo de aquellas manos en su pelo y sobre su vientre, de los quedos murmullos de él mientras se apretaba contra su espalda para hacerle sentir su excitación, de la creciente fiereza con que le besaba el cuello y los hombros. No; no existía sueño, por bueno y dulce que fuera, mejor que aquella delicia que tan solo doce horas antes creía inexorablemente fuera de su alcance. Así que se había sometido feliz, adormilada y entusiasmada a los impetuosos avances de Severus, cediendo a sus deseos sin que él tuviera que insistirle dos veces y desperezándose de la mejor de las maneras posibles: pasando directamente del sueño al éxtasis con las embestidas y caricias de aquel bastardo que aún sabía cómo pulverizar su voluntad y hacerla gritar.

Porque ése, de hecho, había sido el problema: que había gritado. Dios, si había gritado, nublada la razón y roto todo control de sí misma por la posesividad de aquel mordisco en su nuca, por aquel sordo rugido nacido de la garganta de él que había parecido vibrar hasta en el interior del más pequeño de sus huesos...

-Imagino que podía parecer que me estuvieran haciendo daño; el caso es que...

-Pero la joven señorita decía...

-¡Sé lo que decía, no hace falta que me lo repitas! -se apresuró a cortarla Maeve, incapaz de afrontar el bochorno de escuchar sus propias incoherencias pre-orgásmicas en boca de aquella ingenua criatura.

En fin... Había aprendido una valiosa lección aquella mañana: aunque realmente lo sintiera así en el calor del momento, una no debía gritar como si la estuvieran matando cosas como para, por Dios, vas a matarme cuando sus habitaciones estaban atendidas por una elfina con tendencia a aparecerse sin ser llamada, exceso de celo profesional e incapacidad total para distinguir la pasión del pánico. A menos, claro está, que quisiera verse envuelta en una situación terriblemente embarazosa y acabar con una elfina consternada y un amante enfurecido esperándola en la cama.

-El caso es, Prissy -dijo Maeve, retomando su discurso- que el profesor Snape y yo nos tenemos un gran aprecio y que lo que escuchaste y... -cerró los ojos, queriendo que se la tragara la tierra- en parte presenciaste son cosas naturales entre humanos adultos que se tienen un gran aprecio y a mí me estaba... gustando. Dijera lo que dijera -se apresuró a puntualizar, adelantándose a una nueva y previsible objeción de Prissy- De modo que, si en lo sucesivo escuchas cosas similares cuando estés por mis habitaciones, abstente de intervenir. Siempre y cuando esté con el profesor Snape, claro -matizó- Si me escuchas quejarme de que cualquier otra persona o cosa de este mundo me está matando, probablemente signifique que sí me están matando, así que en ese caso tienes plena libertad para venir al rescate.

Prissy miraba a Maeve como si se hubiera vuelto completamente loca. La idea de que a alguien pudieran gustarle actividades que involucraran al profesor siniestro con tan poca ropa encima y -en consecuencia- tanto profesor siniestro a la vista ya se le hacía difícil de asumir. Pero aquel en lo sucesivo la había terminado de rematar. La joven señorita no sólo estaba conforme con lo ocurrido sino que tenía, al parecer, intención de repetirlo. Con aquel hombre. Era inconcebible. La pobre joven señorita tenía que haberse dado un golpe en la cabeza o algo parecido.

-¿Lo has entendido?

-Prissy cree que sí -mintió la elfina tímidamente.

-Y, por supuesto...

-¡Prissy no dirá nada, a nadie, jamás de los jamases, hasta el día del Juicio Final! -aseguró con vehemencia la criatura- Prissy esperará a que le digan que ese día ha llegado ese día sin decir una sola palabra. Prissy se lo prometió anoche al profesor siniestro...

Maeve no pudo evitar una media sonrisa maligna al oír aquello, pensando que Prissy debería acostumbrarse a no llamar profesor siniestro al profesor siniestro pero poco inclinada a advertírselo. Iba a ser tan divertido ver las reacciones de Severus a aquel título honorífico...

Permaneció un rato arrellanada en el sillón después de que Prissy se desapareciera, mirando el espléndido día de verano que se extendía al otro lado de los amplios ventanales. Suspiró con aire soñador. Veintinueve de Mayo de 1993. Una nueva línea divisoria entre el antes y el después de su vida. Una nueva fecha que sustituiría a las antiguas, tan cargadas de dolor y de mentiras. Una nueva fecha que, esta vez sí, sería definitiva. Le había prometido a Severus que no le permitiría volver a alejarla de sí y ella nunca hacía promesas que no estaba dispuesta a cumplir. Lo que tenían saldría adelante costara lo que costara. No iba a ser fácil, porque Severus era cualquier cosa menos un hombre sencillo de llevar y porque a fuerza de viejas heridas su amor estaba tan encallecido ya como un viejo roble, aunque a la vez tuviese la fragilidad de un brote recién germinado. No, no siempre iba a ser fácil; había que ser realista. Pero estaría encantada de afrontar el reto. Si la recompensa era Severus Snape, para Maeve Murphy cualquier esfuerzo merecía la pena.

Empezando por el esfuerzo de aplacar a la fiera malhumorada que la esperaba en el dormitorio, se dijo con una sonrisa llena de malicia y ternura.

La sonrisa no abandonó sus labios ni siquiera al abrir la puerta y verlo donde lo había dejado, sentado con la espalda contra el cabecero de la cama, desnudo salvo por la sábana que le cubría de cintura para abajo y ceñudo como un ogro.

-Te parece muy gracioso, ¿verdad? -gruñó Severus entre dientes, cruzándose amenazadoramente de brazos.

Era sorprendente la forma en que aquella maniobra de intimidación genuínamente Snape cobraba un matiz bien distinto cuando la falta de ropa permitía reparar en la atlética delgadez de su pecho y sus hombros. El pensamiento ensanchó la sonrisa de Maeve, que se reclinó contra el marco de la puerta para mirarle con detenimiento. Y eso, a su vez, acentuó el ceño del profesor de Pociones.

-¿Tener que explicarle a una elfina doméstica que papá no le estaba haciendo daño a mamá? -se mofó la mujer- Incluso tú deberías reconocer que tiene gracia...

La ceja izquierda de Severus se disparó hasta una altura insólita a la vez que una mueca hostil, similar a la agresiva sonrisa de los lobos, distendía sus labios.

-Vamos, no te pongas así -dijo Maeve- La pobre lo ha hecho con buena intención...

-¿Buena intención? ¿Cual, exactamente? -preguntó Severus- ¿La de matarme de un infarto o la de dejarme inválido de forma permanente?

Maeve podía jurar que no estaba tan enfadado como quería aparentar. Quizá su ánimo se había enfriado lo suficiente mientras ella hablaba con Prissy. O quizá, simplemente, mirarla lo estaba distrayendo de su enojo. La posibilidad de que fuera así, de que aquel matiz de impaciencia en su voz no se debiese a que ella estuviera diciendo tonterías sino a que aún permanecía demasiado lejos de él, aceleró el corazón de Maeve y tiñó sus mejillas de un suave color rosado.

-La de protegerme, idiota. ¿O es que pretendes tener el monopolio? Deberías aprender a delegar un poco.

Severus la miró con una expresión de odio asesino que habría sido bastante más convincente si él no estuviera haciendo evidentes esfuerzos por no comérsela con los ojos. Maeve sintió que mil escalofríos diminutos empezaban a estallar a lo largo de su piel.

-¿Puedo preguntarte una cosa, Severus?

-Sorpréndeme.

-¿Qué le dijiste antes a Prissy para convencerla de que no contara nada?

-Te lo digo si te acercas.

Los escalofríos cobraron de inmediato la magnitud de pequeños movimientos sísmicos. Maeve recorrió con calma el espacio entre la puerta y los pies de la cama, disfrutando al sentir el cosquilleo de la anticipación aumentar en su vientre con cada paso que daba. Casi le fue imposible soportar la intensidad de esos ojos negros que se clavaban en los suyos sin osar -en un notable despliegue de autocontrol- aventurarse un centímetro más abajo de ellos.

-Date la vuelta.

El estómago de Maeve brincó de vértigo a la vez que su corazón se aceleraba todavía más. Para una mujer agraciada con el terco sentido de la independencia de los Murphy, excitarse al recibir órdenes -esas órdenes- de Severus resultaba perturbador pero también placentero. Realmente placentero. Tan sumamente placentero, de hecho, que para ella no cabía más posibilidad que la de obedecer.

-Quítate la bata.

Y obedeció de nuevo. Sabía que Severus estaba tanteando el poder de su voz sobre ella y no le importaba mostrale hasta dónde llegaba ese poder; hasta qué punto el simple deseo de verla desnuda equivalía a desnudarla con sus propias manos cuando era expresado con aquella densa y cálida caricia de terciopelo oscuro.

-No te muevas.

Ya estaba. Esa simple frase, esas tres palabras, y Maeve era puro fuego entre las piernas y carne de gallina hasta en el último resquicio de su piel expuesta al aire. Podía indicar con exactitud qué lugar estaba mirando Severus a cada momento porque sus ojos se sentían como brasas ardiendo allí donde se posaban. El ruido de las sábanas, delatando que Severus se estaba moviendo hacia ella, le cortó la respiración. La mano gentil que le echó el pelo hacia delante para descubrir por completo su espalda hizo brotar un pequeño y desmayado suspiro de sus labios.

-Le dije a Prissy -empezó a decir Severus lentamente, en voz muy baja, recorriendo con su dedo índice la espina dorsal de Maeve- que si decía algo de lo que había visto le cortaría las orejas.

-¿QUÉ?

Maeve intentó girarse pero dos manos de hierro la sujetaron con fuerza por los hombros, impidiéndoselo. Sólo pudo volver un poco el rostro. Lo justo para verlo arrodillado sobre la cama cerca del borde, muy cerca de ella, sonriendo con arrogancia como el maldito bastardo que era.

-Shhhh... No recuerdo haberte dicho que te vuelvas, pequeño trébol -le dijo sedosamente.

-¡Ni yo haberte dicho a ti que amenazaras a Prissy! -le reprochó ella.

-Te estaba tomando el pelo -reconoció Severus con ironía, aflojando la presa sobre sus hombros hasta convertirla en una caricia- En realidad le dije que te cortaría las orejas a ti. Es increíble lo que esa cosa está dispuesta a hacer por su joven señorita...

A Maeve le habría gustado volverse para golpearlo pero no fue capaz, demasiado distraída por la sensación de las manos de Severus recorriendo su espalda. Simplemente cerró los ojos y se concentró en las deliciosas sacudidas eléctricas que el roce de aquellos fríos dedos enviaba al resto de su cuerpo.

-Eres un cabrón -afirmó, consciente de no sonar tan disgustada por ello como debería.

Severus no contestó pero Maeve pudo sentir la sonrisa en su silencio igual que sentía sin verlas la intensidad de aquellas miradas que la recorrían como si quisieran absorberla. Comprobar que aún podían interpretarse el uno al otro sin necesidad de palabras estando piel con piel era un maravilloso descubrimiento.

-¿Qué es esto?

Los dedos de Severus estaban tocando ahora, con suma delicadeza, la extensa y espantosa cicatriz que Maeve tenía sobre su omoplato derecho.

-Eso, chico, es la razón por la que hace cuatro años que no me pongo ropa de tirantes -bromeó la mujer todavía con los ojos cerrados, sorprendida de lo extrañamente bien que se sentían las caricias de él sobre aquella zona hipersensible- Hobe, una de las hembras. Un peluche gigante hasta el día en que la maternidad la convirtió en una furia capaz de aniquilar todo lo que en su opinión amenazara a su cría.

El nuevo silencio de Severus dijo más del horror del hombre al imaginar aquello que lo que habría podido expresar cualquier palabra. Las yemas de los dedos de él, frías y suaves, recorrieron meticulosamente, casi con reverencia, cada línea irregular de la cicatriz, cada una de las evidencias de lo que habían sido mordiscos capaces de llegar hasta el hueso. La sensación de ser tocada así era una mezcla tan peculiar de ternura y erotismo que toda la piel de Maeve temblaba, pidiendo más.

-Tuve suerte -dijo, tratando de quitarle hierro al asunto- Sólo me llevé unos cuantos mordiscos. Pudo haber sido mucho peor. Una hembra de ese tamaño es perfectamente capaz de matar a una persona si está lo bastante motivada...

-El lugar más peligroso de la naturaleza es el que se sitúa entre una hembra y su cría -citó Severus. Maeve rió con suavidad- Quien te curó esto hizo una verdadera chapuza.

-Era una herida complicada. No pudieron afinar más. Y la cuestión estética tampoco era tan importante.

-De haber sido tratada con magia no te habría quedado más que una pequeña marca.

Maeve asintió y capturó la mano izquierda de él, posada sobre su vientre. Le hizo extender el brazo y miró unos segundos la Marca Tenebrosa antes de recorrerla con los dedos. Sintió perfectamente cómo a su espalda Severus dejaba de sonreír.

-En cambio, si tu herida hubiera sido tratada al modo muggle te habría costado meses de un doloroso y complicado injerto recuperar la integridad de la piel, no una sola noche bajo el cuidado de Poppy. Y ahora tendrías aquí una cicatriz bastante fea -dijo, sus recuerdos perdidos por un momento en aquella noche: Severus en el Bosque Prohibido, el dolor, la sangre, la desesperación- Pero quizá esto -añadió, cubriendo la Marca con su mano- no habría vuelto a brotar como si nunca te lo hubieras arrancado.

Severus se incorporó un poco, lo justo para depositar un beso tenue sobre la cicatriz de Maeve. Luego la hizo volverse y tiró de ella hasta que estuvo arrodillada frente a él sobre la cama.

-Está bien que las cicatrices y las marcas nos recuerden nuestros errores si nos impiden volver a cometerlos. Tú no has vuelto a subestimar la furia maternal de un gorila hembra por pacífico que sea, ¿verdad? Y yo...

No terminó la frase. No quería hacerlo y Maeve, con su capacidad proverbial para leerle entre líneas, tampoco necesitaba que lo hiciera. Severus recorrió con ojos y manos los delgados brazos de la mujer, sus pechos, su vientre, su cuello, sus muslos, el dibujo de sus costillas, la oquedad de su ombligo. Sabía que antes o después lo poseería la impaciencia de volver a poseerla, pero mientras tanto quería disfrutar de tenerla así, expuesta y tranquila ante él. Quería devorar cada detalle, reconocer similitudes y diferencias con la Maeve de su pasado, volver a aprendérsela de memoria. Quería transmitirle que le gustaba lo que veía. No le bastaba con que al saberse la verdad todas las palabras crueles que la habían expulsado de su vida quedasen implícitamente desmentidas. Necesitaba que ella sintiera, con la misma intensidad con que lo sentía él, lo hermosa que era a sus ojos.

-¿Y no te habrá quedado, por casualidad, alguna cicatriz de lo que te hiciste al separarme de ti, pedazo de idiota? -le preguntó Maeve, tocando suavemente y una por una las cicatrices de él, pálidas por efecto del tiempo pero aún numerosas y terribles sobre su pecho y su abdomen, evidencia imborrable de los errores de su pasado- ¿Alguna marca que te impida volver a pensar en cometer semejante tontería?

Severus sonrió con ironía mientras con un movimiento ágil y firme la hacía sentarse a horcajadas en su regazo.

-Yo. Todo lo que ves y también todo lo que hay por dentro. Soy una cicatriz de cuerpo entero -replicó, abrazándola con fuerza para estrecharla contra su cuerpo.

Maeve le correspondió echándole los brazos al cuello y pegándose a él tanto como le fue posible. Calor contra calor, sus pieles prendieron llamas de inmediato. Pero ninguno se movió ni hizo nada por aplacar la ansiedad que empezaba a arremolinarse furiosa en sus vientres. Mirarse y sentirse en aquella completa quietud era un fin en sí mismo, un placer que degustar sin prisas.

-Qué exagerado. Tampoco eres tan feo, chico.

Severus respondió a la malicia de Maeve con una ceja arqueada y un seco y no demasiado gentil cachete en el culo.

-¡Oye! -exclamó Maeve entre carcajadas mientras le golpeaba en el hombro.

-Impertinente -gruñó Severus conteniendo su propia risa.

Maeve le acarició delicadamente el rostro, apartando hacia atrás las finas hebras de cabello negro que se empeñaban en enredársele en los dedos mientras describía los contornos de su mandíbula, de sus mejillas hundidas, de sus labios finos, de sus oscuras cejas. De su enorme, ganchuda, inconfundible, adorable nariz.

-Me gusta tu cara -le susurró- Pero eso ya te lo había dicho, ¿no?

-Sí -Severus también susurraba ahora mientras devolvía una por una las caricias que acababa de recibir y se detenía con deleite en el dibujo de aquellos labios pequeños y suavemente carnosos de color rosado oscuro - Sí, Maeve, me lo habías dicho... ¿Te dije yo alguna vez que eras hermosa?

Maeve se había quedado paralizada en el gesto de besar sus dedos. Sus ojos brillaron como cristales líquidos. El pecho de Severus pudo sentir el de ella detenerse, contener la respiración.

-No. En realidad no, Severus -musitó.

-Esa es otra de las cosas que quiero que cambien -aseguró él, recorriéndole lentamente la mejilla con el dorso de la mano- Eres hermosa.

Se preguntó por qué demonios habría tenido tanto reparo de decírselo en el pasado cuando las palabras sabían tan bien contra su lengua. Cuando era igual que acariciarla con la voz, igual que anticipar un beso antes de lanzarse a besarla como si le fuera la vida en ello.

-¿De verdad quisiste irte de aquí conmigo? -preguntó Maeve, respirando agitadamente contra sus labios al emerger del largo y apasionado beso.

Dolía tocar aquel tema. Dolía escucharlo, dolía hablar de lo que estuvo a punto de ser y ya no sería, dolía pensar en los años de juventud que pudieron transcurrir sin soledad y sin hiel. Pero a la vez era liberador poder, al fin, reconocerlo.

-Sí -confesó, y la mirada extática y la sonrisa emocionada de Maeve parecieron decirle a gritos lo que quería saber y aun así cedió a la necesidad de preguntarlo de inmediato, ansiosamente- ¿Todavía vendrías?

Maeve no podía creer que él necesitara oírselo decir cuando todo su ser era un rotundo, inequívoco, desesperado .

-Hasta el fin del mundo –jadeó- ¿Y tú, Severus? ¿Todavía querrías llevarme?

Severus tragó saliva, consciente de que la pregunta de Maeve sólo tenía una respuesta posible y de que ésta se parecía demasiado a una promesa. Sentía que no estaba preparado para prometerle nada. Sabía que no debía prometerle nada cuando lo único claro de aquello que apenas comenzaba era que estaba abocado a terminar antes o después y que sólo con mucha suerte tendrían opciones de recuperarlo más adelante, al final de todas las batallas. Su conciencia le dictaba la conveniencia de evitar las promesas. Y sin embargo el deseo de transmitirle a Maeve el compromiso que había forjado consigo mismo en la última noche de San Valentín era tan fuerte que le aturdía y le dominaba por completo.

-Escúchame bien -dijo, sujetandole el rostro con ambas manos- Si no hubiera un Dumbledore, un Potter, un Señor Tenebroso... Si sólo me debiera a mi mismo, Maeve, me marcharía hoy mismo de este antro asqueroso y te llevaría conmigo a donde nadie volviera a jodernos en el resto de nuestra maldita vida. Y cuando esto termine, aunque antes haya tenido que borrarte la memoria y me cueste años devolvértela... Si salgo vivo de lo que puede estar avecinándose...

-Por el amor de Dios, no digas eso...

-Si salgo vivo... -insistió Severus, aterrado por primera vez de las muchas posibilidades que tenía de no sobrevivir a una eventual segunda guerra. Pero encontró un extraño consuelo en el hecho de que aquel temor hallara su reflejo perfecto en el temor que llenaba los ojos de Maeve.

No estaba solo.

Nunca volvería a estar solo frente al dolor y el miedo mientras Maeve estuviera a su lado.

-Si salgo vivo me iré de aquí contigo. A donde sea. Como sea. Para siempre.

Maeve lo miró como si quisiera verle el alma a través de la piel, temblando contra su pecho. Antes que la voz encontró el deseo de besarlo, y lo besó con desesperación hasta que a los dos les dolieron los labios.

-Prométemelo, Severus –jadeó junto a su barbilla.

-Te lo prometo.

Severus enterró su rostro junto al cuello de Maeve y aspiró lascivamente aquel olor que durante años lo había perseguido en sus fantasías y sueños, y después lamió su clavícula para disfrutar del inimitable contraste dulce-salado que había entre el aroma y el sabor de su amante. Excitados por los besos y las palabras sus cuerpos habían empezado a buscarse con más intensidad en medio del abrazo. Las caricias se volvieron atrevidas, bruscas, posesivas, reclamando con fiereza la piel ajena.

-¿Por dónde íbamos cuando nos interrumpió ese condenado bicho?

Maeve sonrió extasiada contra el pelo de Severus, sabiendo que debería recriminarle por referirse a Prissy en aquellos términos pero sin fuerzas ni ganas de hacer otra cosa que no fuera mecerse contra él, moverse para permitirle penetrarla, abrazar sus caderas con las piernas y dejarse arrastrar por la corriente de sensaciones que segundo a segundo se iría haciendo más terrible y violenta, hasta ahogarlos a los dos. Cada caricia ardía, cada roce húmedo de sus vientres al chocar parecía llenar de calor y electricidad el aire. Labios y lenguas se buscaban para luego esquivarse y partir en busca de más piel sobre la que dejar sus marcas, en busca de carne erizada que lamer y morder hasta llenar el silencio de gemidos. Labios y lenguas dibujaban sobre el cuerpo ajeno un mapa de deseo a escala natural y luego se buscaban otra vez, entregándose las esencias recogidas en su peregrinaje por medio de besos que no querían terminar nunca. Valles y colinas de piel y hueso que clamaban por besos húmedos que les dieran vida, pies que se clavaban en las sábanas buscando apoyo, dedos que se clavaban en espaldas buscando marcar y poseer, vaivén de cuerpos hambrientos que buscaban hundirse en el cuerpo amado, envolver el cuerpo amado, ser fuego, ser temblor, ser uno. Severus y Maeve, sentados el uno frente al otro, eran todo eso y aún más mientras en ellos y a su alrededor la necesidad y el placer iban formando una espiral creciente y arrolladora.

-Mírame.

Ésta vez fue Maeve quien dio la orden y Severus el que obedeció, el que ofreció sus ojos velados de deseo como espejos negros que pudieran contener el reflejo de ella. Mirándose fluyeron juntos, lentamente, hacia aquella disolución absoluta de piel y alma que volvería a dejar sus cuerpos devastados y temblorosos, cada uno contenido en la mirada del otro, en los brazos del otro, en el sexo del otro, con la certeza de que esta vez sí que podrían quedarse a vivir allí. De que esta vez duraría. De que esta vez eran indestructibles.

Porque en aquel glorioso y dulce amanecer de verano, haciéndose el amor con pasión y ternura después de años de creerse mutuamente perdidos, al fin sabían a ciencia cierta que nunca caminarían solos por el espinoso sendero que les aguardaba.

Se lo habían prometido. Y ninguno de los dos hacía promesas que no estaba dispuesto a cumplir.


Bueno, he aquí el momento que algunas llevábais pidiendo con insistencia desde hacía taytantos capitulos. Espero no haberos decepcionado y que sepáis disculpar que salpique la cosa sexual con humor y con momentos de ternura y sentimientos profundos. Yo no sé escribir estas cosas de otra forma XD.

Gracias a quienes habéis llegado hasta aquí y gracias a quienes habéis ido dándome ánimos con vuestros comentarios. Y gracias, muchas, a J. K. Rowling porque la linea temporal de "Harry Potter y la Cámara de los Secretos" me ha permitido darles a Severus y Maeve, como nuevo aniversario, la fecha en que aprobé mi exámen de oposición. Toma auto-homenaje XD.

Ya sólo queda el remate final, un poco más de idilio antes de que vuelva la realidad a dar por el saco. Estaré encantada de que nos veamos allí, dentro de una semana. ¡Un abrazo a todos!