Nota de la autora: Hola, me llamo Bluemeanie y soy idiota (modo irónico OFF)
Bueno, en realidad mi nombre no es ese. Y tampoco soy idiota (eso quiero creer, al menos XD), simplemente una eterna insegura sin demasiada confianza en lo que escribe para la cual saber que hay gente siguiendo este fic es media vida. Si he llegado hasta aquí es gracias a vosotros, así que es a vosotros a quienes dedico este último capítulo en calidad de co-autores morales. Espero que podáis comprender lo muy agradecida que os estoy a todos, conozca o no vuestros nombres.
Sin más –recordándoos, eso sí, que todo lo que difiera del canon es en principio intencionado y que tengáis la amabilidad de disculparlo- os dejo el final de la segunda parte, un pequeño adelanto de lo que va a ser la vida de Severus y Maeve en lo sucesivo…
Capítulo XXII: los comienzos son tan hermosos y prometedores que es una pena que no se pueda comenzar todos los días. La frase no es mía sino de Albus Dumbledore en el capítulo XX, pero se la tomaremos prestada porque viene al pelo. Severus y Maeve se enfrentan a un nuevo comienzo tan hermoso y prometedor como cualquier otro. El problema es que al parecer promete algo más que felicidad y buen rollo… Los amores complicados son así.
CAPÍTULO XXII: COMIENZOS
La Haya, 23 de junio de 1993.
Querida Maeve:
¡SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ Y MIL VECES SÍ, JODER!
Te prometí que gritaría así, ¿no? Lo prometido es deuda y yo he cumplido. He leído tu carta en medio del Haagse Bos a una hora en la que siempre está hasta las pelotas de gente, y puedo asegurarte que dos excursiones enteras de escolares -una de japoneses y otra de españoles- se me han quedado mirando como si fuera una puñetera loca mientras yo gritaba y daba saltos de alegría y mi pobre Paul no sabía dónde meterse. Pero me ha dado absolutamente igual. La maldita burra irlandesa de mi amiga ha entrado por fin en razón y eso merece ser celebrado y gritado a los cuatro vientos. Me siento tan bien que esta noche descorcharé una botella de vino caro a tu salud (invita papá Lockwood, no temas por mi economía) y, como muestra de mi carácter generoso y magnánimo, no te tendré en cuenta que hayas tardado CASI UN PUTO MES en contármelo (daré por hecho que tenías las manos demasiado ocupadas, y no precisamente en tu flamante nueva manada de hipogrifos, perrilla) y tampoco diré ni una sola vez eso tan satisfactorio de TE LO DIJE (ésta no contaba, por supuesto).
¡Dios mío, creo que voy a estallar de felicidad! Tienes (de nuevo) una relación apasionada y clandestina con tu OHB y a vuestro alrededor todo es mal rollo y oscuridad pero os tenéis el uno al otro y eso es más fuerte que todas las demás cosas juntas y por si con eso no bastara además cuando folláis tiemblan hasta los cimientos del jodido castillo. Si eso no es un amor perfecto entonces no sé qué lo es. Bueno; tal vez eso mismo sin el peligro de muerte y/o torturas atroces y la inminencia de una guerra terrible redondearía la perfección... Y no tener que fingir que os odiáis también estaría bien. Y ya puestos a pedir, si pudiera eliminarse lo de que tengáis que plantearos dejarlo más adelante... Fíjate bien que he subrayado plantearos. Sí, ya me has explicado que es lo más sensato y creo entenderlo, aunque visto desde fuera eso de romper temporalmente e ir borrando memorias parezca un despropósito. Y aunque estoy segura de que os lo plantearéis, estoy más segura aún de que no lo dejaréis ni aunque os maten. Digas lo que digas. Diga él lo que diga. Es mi nueva apuesta. ¿Qué nos jugamos esta vez? Dinero mejor no: eres una mujer de ingresos modestos y SIEMPRE pierdes contra mí, nena... Se me ocurre que podrías darme directamente la razón y abstenerte de pretender lo que en tu fuero interno ya sabes que no será. Pero si no fueras una mula cabezona no serías tú, así que esperaré sentada tu desafío y mi próxima victoria. Siento que seguiréis adelante cueste lo que cueste. Estás abocada a ese hombre como los ríos al mar. Pareces llevarlo en los genes. Pudiendo estudiar animales inofensivos y adorables como colibríes o tortuguitas de tierra, tú elegiste los gorilas. Y en un mundo lleno de tipos cuyo manual de instrucciones cabría en media octavilla, a ti te tuvo que dar por el más complicado. Lo difícil es tu elemento natural, Mae. Eres perfecta para el OHB y él es perfecto para ti. Si no fuera porque no creo en esas mierdas de la predestinación...
Por cierto: besa de mi parte a esa Poppy, sin cuya ayuda todavía estarías dando vueltas y más vueltas a lo tonto tratando de buscarle cinco pies al gato. Y besa también a tu OHB, porque aunque reconozco que eso de decidir por ti sin consultarte estuvo muy mal por su parte, cuando uno tiene razón hay que dársela. Si él no llega a comportarse como un puto cerdo para echarte de su lado tú te habrías quedado allí recogiendo mierda de caballo mágico hasta que la artrosis senil ya no te lo permitiera, el mundo de la zoología se habría perdido tu increíble talento y yo la mejor amiga que he tenido jamás. Te he podido conocer gracias a que el OHB te dio una patada cósmica que te empujó a buscarte la vida lejos de él, y por esta razón me sentiré en deuda con él mientras viva. Díselo. Y dile que me muero por conocerle, aunque después de media vida oyendo hablar de él ya es casi como si fuera de la familia. ¿De verdad no puede acompañarte él a Estocolmo? ¿Tan sospechoso sería que tu padrino el hippy lo enviara a él de niñera en lugar de a Minerva? Piénsalo bien. Podríais dar la nota en público constantemente, con miradas de odio y puñaladas verbales y toda la demás parafernalia. Él tendría motivos por los que quejarse amargamente de ti con su "amigo" el psicópata millonario, tú tendrías mil razones para ponerle verde a tu regreso a Hogwarts, estaríais más que justificados para odiaros todavía más que antes del verano... No puedo creerme que al viejo no se le haya ocurrido ya; es absolutamente perfecto. Deberías planteárselo, ahora que ya le hablas otra vez. Es más: deberías obligarle a aceptarlo. Te lo debe. Os debe ese pequeño respiro sueco lejos de su maldito colegio. Sobre todo, me debe a MÍ esa oportunidad de conocer al OHB, después de haberme robado hace dos años a mi mejor amiga y mantenerla secuestrada en la Escocia mágica, donde no puedo ir a verla.
Y no me vengas con lo de que el OHB tiene que dar ese estúpido curso intensivo de lo suyo en el colegio búlgaro... ¿Qué narices se le ha perdido en Bulgaria con unos jodidos críos que estarán demasiado cabreados con sus padres por fastidiarles el verano como para aprender nada que él tenga que enseñarles? No sé cómo no estáis ya hartos de esa cantinela de las obligaciones estratégicas y el deber. Yo estoy harta, y no es a mí a quien le corta el rollo continuamente... El único sitio en el que la presencia de tu OHB es imprescindible ahora mismo es tu cama, sea en Hogwarts o en Estocolmo. ¿Quieres un consejo? Déjale caer que Suecia está llena de atractivos vikingos de metro noventa que responden a nombres como Bjorn o Sven y son conocidos a lo largo y ancho de Europa por la liberalidad de sus costumbres sexuales. Si sus gónadas producen testosterona en lugar de sacarina (cosa de la que después de lo que me cuentas -guau- no me cabe la menor duda), le faltará tiempo para escaquearse del maldito curso e idear cualquier excusa que le permita ir a verte. Si no es así, no me llamo Tess Lockwood. Por intentarlo no pierdes nada, ¿no crees?
No sé de qué más hablarte. Estoy tan feliz de que al fin haya sucedido esto entre vosotros que todo lo demás parece carecer de importancia. Déjame saborear estas noticias una semana, ¿vale? Comportémonos igual que dos chavalas descerebradas que sólo saben hablar de lo enamoradas que están de sus novios como si la vida no fuera más que eso. En mi próxima carta ya te hablaré de cómo sigue la situación por Ruanda y de los trámites para sacar a Ingabire y a su familia del país. De momento te adjunto las cartas que me han enviado para ti desde Karisoke, esperando que te transmitan buenas noticias y que no te amarguen este momento. Porque ya te iba tocando saborear un poco de dulce, Mae. Has cubierto con creces tu cupo de sufrimiento para esta reencarnación, ¿no te parece? Y además eres la persona más buena, valiente y especial que conozco. Dile a tu OHB que es un cabrón con suerte y que le cortaré las pelotas si esta vez no sabe aprovecharlo. De buen rollo, faltaría más.
Un abrazo muy fuerte desde mi civilizado paraíso holandés. Cuento como una niña antes de Navidad los días que faltan para que nos veamos en Estocolmo. Y cruzo los dedos para que no sea Minerva (contra la que no tengo nada pero que está situada muchos puestos por debajo de tu maravilloso OHB en la lista de mis intereses) quien te esté espantando los moscones nórdicos cuando Paul y yo aterricemos en Arlanda.
¿Te he dicho ya que te quiero y que soy muy, MUY feliz?
TESS
PD: En Octubre, Paul y yo volveremos a escaparnos una semana a Santorini. Voy a confiarte una cosa, si prometes no reírte: estoy planteándome seriamente la posibilidad de pedirle allí que se case conmigo.
PPD: ¡Maldita sea! ¡Te dije que no te rieras! ¡Guarra!
PPPD: ¡SÍ, SÍ, SÍ, SÍ Y SÍ, JODER!
El vestíbulo principal de Hogwarts era un hervidero de alumnos acelerados en la mañana de la partida del expreso hacia King's Cross. Resultaba imposible transitar sin tropezarse con niños que corrían llamándose los unos a los otros, metiéndose prisa, arrastrando maletas hechas en muchos casos de cualquier manera y a las tantas después del banquete de final de curso, cargando con las jaulas de sus mascotas o, en casos perdidos como el de Neville Longbottom, buscándolas por enésima vez. Maeve se movió con cuidado entre la multitud de jóvenes, sin poder evitar ser arrollada en un par de ocasiones pero demasiado feliz tras leer la carta de Tess como para tenérselo en cuenta a los culpables. Al igual que le ocurría a su amiga, ella también se sentía demasiado feliz por su situación vital y por las últimas noticias -¿Tess con intenciones de casarse? ¡El Apocalipsis tenía que estar al caer!- como para enfadarse por tan poca cosa.
-¡Que lo pase muy bien en Estocolmo, profesora Murphy! -oyó gritar a George Weasley, que pasó a su lado como una exhalación perseguido por una Angelina Johnson que intentaba golpearlo con la jaula de su lechuza mientras Lee Jordan jaleaba a la chica y su hermano Percy trataba, en vano, de llamarlos a los tres al orden.
-No se le ocurra enamorarse de un sueco y no volver, ¿eh? -añadió Fred, parándose a su lado con la ya habitual sonrisa tímida y las mejillas muy coloradas- Tiene que estar aquí el año que viene para ayudarnos a preparar el TIMO de Cuidado de Criaturas Mágicas. No vamos a consentir que un Slytherin, aunque sea un Slytherin relativamente normal como ése, se quede con el récord de la nota más alta de la historia en su asignatura...
Maeve sonrió y arqueó una ceja.
-¿Se da cuenta de todo lo que tendrían que estudiar para superar la calificación de Damien Lerroux? -replicó, maliciosa.
Fred se encogió de hombros y la miró de aquella forma entre descarada y embobada que a veces la hacía pensar si Severus o Rosmerta Ryan no estarían en lo cierto cuando usaban a los gemelos Weasley para picarla.
-Ese empollón tuvo suerte, pero nosotros lo haremos mejor. Ya lo verá.
-Mire que le tomo la palabra, ¿eh?
-Trato hecho -afirmó Fred, tendiendo su mano.
Maeve se la estrechó entre risas. Aquellos dos demonios pelirrojos e idénticos la tenían completamente descolocada y la mayoría del tiempo la sacaban de sus casillas, pero debía reconocer que los encontraba encantadores. Fred Weasley se marchó corriendo a donde ya lo esperaban sus amigos para subir juntos a los carruajes.
-¡Ya lo encontré, profesora Murphy! -gritó Neville Longbottom al pasar junto a ella, levantando a Trevor en alto para que pudiera verlo- ¡Espero que el próximo curso esté más obediente!
Maeve sabía que Neville tenía más posibilidades de domar a un tigre de Bengala que de conseguir formalizar al indómito sapo cornudo, pero no dijo nada, limitándose a despedir con una sonrisa a su futuro alumno y también a las inseparables Celina Ryan y Lisa Harper, otras dos notas sobresalientes en los TIMOs de su asignatura, que marchaban tras él. Todo era alegría y jolgorio a su alrededor. La suspensión de los exámenes de Hogwarts y la consecuente ausencia de suspensos hacía que aquel fin de curso estuviera siendo especialmente festivo para todos los alumnos.
Con contadas y notorias excepciones, claro.
Draco Malfoy, que había perdido parte de su arrogancia a raíz de la derrota del Heredero de Slytherin y ya no se paseaba por Hogwarts como si fuera su maldito dueño, era una de ellas. Charles Fraser también, como no podía ser de otra manera. Maeve sospechaba que sus respectivos padres les habían llamado al orden sobre la conveniencia de ser discretos ahora que los ojos del Ministerio estarían vueltos hacia las familias sospechosas de haber tomado parte en aquel oscuro asunto. A Maeve le inquietaba pensar en qué vías soterradas utilizarían ahora Lucius Malfoy y compañía para deshacerse de aquello que les estorbaba, pero tampoco quería obsesionarse. La tregua, por efímera que fuera a ser, era algo bueno y habría que disfrutarlo mientras durase. Supondría un respiro en la escalada racista que se orquestaba desde Slytherin y estaba enrareciendo el aire de la escuela. Y con un poco de suerte supondría también un respiro para Damien Lerroux.
El digno y correcto príncipe de hielo era otra de las excepciones a la alegría generalizada. Había sacado una de las mejores medias de la escuela en sus TIMOs y la nota obtenida por él en el examen de Cuidado de Criaturas Mágicas había establecido un techo que sería, por mucho que se empeñaran los gemelos Weasley, difícil de superar. Sus enemigos de Gryffindor parecían haberlo dejado en paz las últimas semanas del curso, y sabía por Severus que Fraser había aflojado considerablemente su presa sobre él bajo muy serias directrices de Lucius Malfoy. Sin embargo, Maeve se atrevería a jurar que sólo había unos ojos más tristes que los de Damien Lerroux aquella mañana en Hogwarts: un par de bellos y rasgados ojos de color azul celeste que evitaban posarse sobre él como si su sola visión fuera a contaminarlos.
Después de la discusión que ella había presenciado a escondidas, después del modo horrible en que él había humillado y apartado de sí a Lara Vodianov, las cosas parecían haberse roto definitivamente entre ambos jóvenes. El último día de clase Lara le había pedido formalmente a Maeve que al año siguiente no la emparejara con Damien en su asignatura y éste había consentido con un simple y desganado movimiento de cabeza, sus ojos tan inexpresivos como los de una estatua. El maldito chiquillo era de granito: igual de duro, igual de impenetrable. Pero parecía olvidar que el granito, como todo lo que carecía de flexibilidad, era susceptible de romperse.
Damien Lerroux estaba tan roto como Lara Vodianov por mucho que su deber y deseo fuera aparentar y llegar a creerse lo contrario.
Y no era justo.
No era justo que tuviera que llevar él solo una carga que sería demasiado grande para hombres mayores, más fuertes y más sabios que él. No era justo que ella tuviera que seguir adelante ignorando que tal carga existía y que podría ayudar a Damien a soportarla si él la dejara. No era justo, como diría Tess, que se hubieran decidido cosas por el bien de Lara sin consultarla a ella. Y no era justo que nadie pudiera hacer nada por ayudarles.
Maeve desearía ser como Poppy y estar dispuesta a lo que fuera con tal de hacer justicia, pero al parecer todavía no había pasado suficiente tiempo al lado de un Slytherin como para estar por encima de ciertos principios.
Sin embargo...
-¿Podemos hablar un momento, señor Lerroux?
Damien parecía haber esperado a que el vestíbulo empezara a despejarse para atravesarlo. Maeve no le culpaba por querer huir del bullicio. Entendía que con su humor actual verse envuelto en la alegría de los demás fuese una tortura que no tenía por qué soportar si podía evitarla.
-Los carruajes saldrán en unos minutos -dijo el chico, con el tono de voz y la expresión facial totalmente neutros.
-Lo sé. Yo también tengo prisa, no le entretendré mucho tiempo -le aseguró Maeve- Sólo quiero decirle una cosa y podrá irse.
Damien se lo pensó unos segundos y asintió, acompañando a Maeve a un rincón lo bastante apartado de la zona más transitada del vestíbulo.
-Usted dirá, profesora -dijo, correcto pero frío. Siempre frío.
Pero no me engañas, chaval, pensó Maeve. Conozco, comprendo, amo al peor y más difícil de los de tu especie orgullosa y hermética. He llegado a su núcleo y por tanto sé traspasar una por una las capas de hielo y acero con las que os gusta envolveros. Ahora sé bien hasta dónde podéis llegar por principios y por vuestro maldito sentido del honor. Ya no puedes engañarme, Damien Lerroux.
-Los vi a usted y a Lara Vodianov discutiendo en un pasillo -dijo con firmeza y sin titubear, consciente de que el mejor abordaje con aquel chico era no darle opción a levantar un laberinto dialéctico en el que ocultarse y despistarla- Los vi besarse, la vi recriminarle las cosas que habían sucedido entre ustedes. Y lo vi llorar a usted después de que ella se fuera -añadió rápidamente antes de que él pudiera replicar, comprobando al detectar la chispa de asombro y terror en sus ojos castaños que no se había equivocado al elegir un enfoque brutalmente directo- Así que ahórrese la parte en la que trata de convencerme de que ese asunto le es completamente ajeno y que no siente nada en absoluto por su compañera porque no le voy a creer una sola palabra. Ódieme si eso le hace sentir mejor, señor Lerroux, pero es lo que hay. Ya es hora de que pongamos las cartas sobre la mesa.
Damien Lerroux podía ser un témpano de hielo hasta extremos que rozaban lo desagradable, pero no se podía negar que tenía valor. Había palidecido y Maeve podía apreciar sus esfuerzos para no delatar que le costaba tragar la saliva, y aun así le estaba sosteniendo la mirada, orgulloso, digno. En su lugar ella estaría deseando que se la tragara la tierra y buscando algún agujero en el que esconderse para no volver a salir jamás. Había que reconocer que, de tarde en tarde, el hincapié en la elegancia y el autocontrol de la educación de los purasangres daba excelentes resultados.
-¿Qué quiere que le diga, profesora? -preguntó, afectado pero firme.
-Nada. Absolutamente nada. Total, no me lo ha querido decir en todo el curso, no veo por qué debería empezar ahora -añadió con suave ironía- Soy yo quien va a hablar. Usted sólo tiene que escucharme y después tomar las decisiones que tenga que tomar, hacer lo que en verdad crea conveniente. Tiene mi palabra de que respetaré lo que quiera que decida sin volver a tomarme jamás la libertad de intervenir en sus asuntos.
Damien Lerroux guardó un cauteloso silencio, sopesando con gesto calculador las palabras de Maeve.
-¿No hará nada? -inquirió- ¿No le dirá nada a ella?
-No, señor Lerroux
-¿Ni aunque yo...?
-Nada en absoluto.
En lugar de lucir confiados, los ojos del chico se tornaron aún más recelosos, más sombríos y astutos. Maeve resopló. Slytherin tenía que ser.
-Hace semanas que lo sé y ni una sola palabra ha salido de esta boca -dijo, irritada- No usaría algo así para extorsionar a un alumno en un tema que, bien mirado, ni me va ni me viene salvo por lo que respecta a la paz y la buena marcha de las clases de su grupo. Simplemente quiero que tenga en cuenta un aspecto del problema que probablemente no se ha parado a contemplar. Si después de escucharme y reflexionar sobre ello sigue pensando que lo mejor es jugar al cerdo supremacista sin escrúpulos y romper el corazón de esa pobre chica, yo respetaré su decisión. Me parecerá una decisión idiota e indigna de su inteligencia privilegiada -añadió, contenta de ver chispear con furia los ojos del muchacho, satisfecha de romper siquiera por un momento su exasperante autodominio- Pero la respetaré.
Damien se cruzó de brazos y apretó notablemente la mandíbula.
-Usted no lo entiende -siseó
-¿No? Veamos -Maeve se acercó al muchacho para poder hablarle con un tono que era poco más que un susurro- Usted se enamora de la señorita Vodianov y ella de usted. Las cosas van bien hasta que un compañero suyo, al que no nombraré pero cuyo nombre empieza por Charles y termina por Fraser, descubre su enternecedora amistad y decide que no la acepta. Desde entonces, y por motivos que se me escapan pero que, corríjame si me equivoco, tienen que ver tanto con protegerse usted como con proteger a la señorita Vodianov, se convierte en un abanderado entusiasta de las ideas del señor Fraser, se enemista con la mitad de Gryffindor y se pasa gran parte del curso bajo los cuidados de la señora Pomfrey gracias a uno y a otros. Y además le rompe el corazón a esa chica y de paso se lo rompe a sí mismo, pero esto es lo de menos, ¿verdad? -añadió con ironía- Porque al fin y al cabo ustedes sólo son adolescentes y a esta edad el amor no es importante y tener que renunciar a ello no es como para romper a llorar desconsoladamente en un oscuro pasillo -ante el digno silencio y los dientes apretados de Lerroux, Maeve sonrió y arqueó las cejas- Cuando lleguemos a la parte que no he entendido bien usted me avisa, ¿vale?
-¿Cree que lo sabe todo? Porque no es así -dijo Damien con dureza- Hay cosas que no puedo decirle y no querría decirle aunque pudiera pero... están ahí y no puedo cambiarlas. Y estar con Lara tampoco las cambiaría.
-Pero usted no tendría que sobrellevarlas solo.
El chico miró a Maeve como si ella estuviera hablando, de pronto, en un idioma desconocido e incomprensible para él. Probablemente, pensó Maeve, la posibilidad de compartir su carga con la persona que amaba no se le había pasado ni siquiera fugazmente por su privilegiada pero dura cabeza.
-Es muy noble por su parte querer sacrificarse y evitarle a su amiga problemas y sufrimiento por su causa. Pero me temo, señor Lerroux, que no tiene en cuenta que no sólo se está sacrificando usted sino que la está sacrificando también a ella. Y sin que ella lo sepa, que es lo más grave. Sin que ella pueda decidir sobre algo que afectará al resto de su vida. -Maeve se esforzó en mantener un tono calmado, en mostrar cierta distancia amable respecto al asunto aunque cada palabra que pronunciara pareciera estar hablando de ella. De ellos- Porque sí, sé que usted cuenta con que la señorita Vodianov le olvide deprisa y siga con su existencia como si no le hubiera conocido y reconozco que tal vez suceda así... Pero existe la posibilidad de que NO suceda así -añadió, recalcando con énfasis cada sílaba- ¿Y sabe lo que ocurrirá en ese caso? ¿Se puede imaginar siquiera por un momento cómo será la vida de ella, colgada del recuerdo de algo que no pudo ser, preguntándose por qué no pudo ser y qué hizo mal o dejó de hacer bien para que no pudiera ser... sin saber nunca que sí pudo haber sido?
Calló unos instantes para dejar que Damien se empapara del significado de aquellas palabras. Ahora Maeve sí que estaba segura de que él no se había detenido a pensar en eso. Lo intuía en su mirada ligeramente vacilante, en sus labios un poco entreabiertos como si de pronto le estuviera costando tomar aliento. Damien no había contemplado aquella posibilidad. Probablemente, el idiota se torturaba pensando en lo mucho que a él le iba a costar olvidar su abortado proyecto de amor pero daba por hecho que Lara seguiría adelante como si nada, como si él no hubiera supuesto un antes y un después, una revolución devastadora en su joven vida.
Hombres, se dijo, exasperada.
-Quiero que piense en eso, señor Lerroux. Y que piense también en que los amores van y vienen pero los compañeros, los de verdad, los que están dispuestos a ir con uno al fin del mundo, no crecen en los árboles como las manzanas. Piense en si la señorita Vodianov es una cosa o la otra para usted. Luego, insisto, tome la decisión que considere mejor. Y tenga en cuenta una cosa: si aun así decide que tiene que seguir manteniendo a la señorita Vodianov en la inopia y a distancia, sin saber nada de esto ni dejarla decidir qué es lo mejor para ella y qué no lo es, no se engañe pensando que le está haciendo un favor porque no será así -le aseguró con vehemencia- Lo único que estará haciendo es convertirlos, a ella y a usted, en un par de desgraciados.
Lerroux ni parpadeaba ya, todo su aplomo externo desmentido por la perplejidad y las dudas que estaban asomando a sus grandes ojos castaños. Una parte del iceberg se estaba resquebrajando en el interior de aquella fachada serena y digna, lo justo para abrir un resquicio que permitiese la entrada de lo que Maeve le estaba haciendo ver. Ella no creía que sus palabras pudieran cambiar la realidad, solucionar por lo menos aquella no tan pequeña parte del drama que vivía el muchacho. Pero se daba por contenta con haber sembrado al menos la duda de que las cosas pudieran intentarse de otra manera.
-Eso era todo, señor Lerroux. Vaya con sus compañeros y pase un buen verano. Se lo ha ganado.
Damien Lerroux se despidió con una sobria, leve inclinación de cabeza antes de ir a recuperar su maleta y desaparecer por las puertas principales de Hogwarts camino de los carruajes, de las vacaciones, de las complejas circunstancias que los envolvían a él y a su padre. Ojalá pudiera barrer de un simple golpe toda aquella mierda que amenazaba con asfixiar a los Lerroux, se dijo Maeve. Ojalá pudiera hacer algo por aquel muchacho sin traicionar a Severus... Pero no podía aspirar a más. Lo que estaba en sus manos hacer ya se había hecho. El resto sólo él -ellos- podían decidirlo.
-¿Hablabas por experiencia o es algo que le pasó a una amiga tuya?
Por un instante Maeve creyó que se le iba a salir el corazón por la boca. A menudo se preguntaba si aquel jodido bastardo al que llamaba amigo y amante tendría almohadillas en los pies como los gatos. Ni siquiera en medio del silencio del vestíbulo ya vacío había sentido sus pasos sobre la piedra.
-¿Cuanto tiempo llevas escuchando? -le preguntó sin volverse a mirarle, dejando que fuera él quien la rodeara hasta estar frente a ella.
Todavía no se había acostumbrado del todo a que Severus la observase así cuando estaban solos. Llevaban demasiado tiempo disimulando el uno con el otro como para poder aceptar sin sobrecogerse aquellas miradas que no dejaban margen a la interpretación, que expresaban sin tapujos el afecto profundo y el deseo constante que ahora tenían libertad para mostrarse. Poder volver a desearse era algo que todavía les llevaría tiempo asumir como parte de su día a día, lo que no quería decir que no fuera una novedad absolutamente maravillosa.
-El suficiente -repuso él, su rostro falsamente serio, su voz una densa, juguetona caricia.
Maeve enarcó una ceja con gesto de suficiencia.
-¿Deformación profesional de espía o mala educación pura y dura? -susurró.
-Simple curiosidad por ver lo que una puñetera mula irlandesa entiende por no involucrarse en el asunto Lerroux -replicó Severus también en voz muy baja, sonriendo de lado con aquella mueca de agresividad burlona que Maeve encontraba arrebatadora- Debí imaginar que antes te arrancarías la lengua de un mordisco que dejarla descansar.
-¿Ahora tienes problemas con que mi lengua no descanse? -le respondió Maeve con rapidez y malicia- A ver si te decides, chico. Hace dos horas era justo lo contrario.
Sin pedirle permiso ni obedecer órdenes de inhibirse, otro tipo distinto de sonrisa -sincera, limpia, genuina- curvó los finos labios de Severus. Le enloquecía que Maeve exhibiera de nuevo, cuando estaban a solas, aquella encantadora desvergüenza que tan bien recordaba de su pasado tiempo juntos y que nunca había sido capaz de encajar sin que se le acelerara el pulso.
-Que a nosotros nos haya terminado saliendo medio bien no significa que le vaya a salir bien a todo el mundo, Maeve -dijo, volviendo a la cuestión de su alumno.
-Cierto. Sin embargo, creo que no pierden nada por intentarlo al menos.
-Hay que dejar que los chicos cometan sus propios errores.
-Exacto: sus propios errores -puntualizó Maeve con sarcasmo- Lerroux está cometiendo los tuyos. No podía permitírselo sin al menos dejarle caer que podría afrontar la situación con honestidad; estaba segura de que, siendo Slytherin como es, nadie le había explicado antes esa sorprendente posibilidad...
Severus la miró unos instantes en silencio, sopesando aquellas palabras y la opción de responder o no a lo que implicaban. Por mucho que se empeñara en negar todo paralelismo entre los actos de Lerroux y la linea de pensamiento que lo había llevado a él a deshacerse de Maeve en el pasado, reconocía que existían suficientes parecidos como para que ella tuviese, al menos, parte de razón. Otra cosa era que fuera a dársela. Contradecir a Maeve seguía siendo, para Severus, un placer comparable al resto de placeres que podía disfrutar nuevamente a su lado.
-No voy a discutir contigo -dijo por toda respuesta.
-Harás bien, chico. Yo tengo razón. Perderías.
-En tus sueños.
-En mis sueños, si sales tú, prefiero hacer cosas más divertidas que discutir, ya lo sabes.
-Qué graciosa... ¿Vamos hacia la reunión? -replicó Severus con rapidez, molesto con sus mejillas por colorearse en respuesta a aquella juguetona provocación- Minerva empieza a hartarse de que de un tiempo a esta parte siempre seamos los últimos en llegar.
Y sin más tomó las escaleras, obligando a Maeve a apretar el paso para alcanzarle.
-Cuánta caballerosidad -se mofó ella- ¿Qué pasó con lo de "las damas primero"?
-Las damas primero, tú lo has dicho. Las mulas están mejor detrás, donde no pueden cocearte.
Tirarse puyas en el afán por ver quién provocaba más al otro era una de las muchas manifestaciones de la dulce realidad de estar juntos; y disfrutarla cuando nadie podía verlos u oírlos, como en aquel paseo por escaleras y corredores solitarios camino de la Sala de Personal, una forma tan buena como otra cualquiera de demostrarse su afecto.
A veces era inquietante lo sencillo que estaba resultando todo.
Las cosas fluían sin problemas entre ellos a pesar de arrastrar el lastre de su tortuoso pasado común. Aunque todavía no les había dado tiempo a hacerse a la idea de que realmente volvían a estar juntos, la naturalidad con que ambos llevaban la nueva situación les hacía sentirse como si en cierto modo llevaran así toda la vida, como si no hubieran existido aquellos once años de lejanía y desencuentro. Cierto que eran dos personalidades difíciles condenadas a hacer saltar chispas cada vez que chocaban, pero la vida parecía haber ido puliendo las peores aristas de sus temperamentos de forma que ahora encajaban aún con más perfección que antes. No siempre era fácil, como ambos ya habían previsto, e intuían que en el futuro, una vez expirada aquella pequeña tregua de paz absoluta que les estaban dando los acontecimientos, las dificultades irían a más. Sin embargo, también intuían que sabrían ir solventándolas. Tenían los medios y las ganas para ello. Tenían la clase de vínculo obstinado que no sólo resistía frente a la adversidad sino que se empeñaba en fortalecerse gracias a ella.
Lo que el futuro les deparara tendría que deparárselo juntos porque ninguno de los dos iba a consentirlo de otra forma.
-¿Noticias de África? -preguntó Severus cuando se cansó de discutir al cabo de un rato, señalando el voluminoso sobre que Maeve llevaba en la mano.
-Sí. Y espero que buenas -respondió Maeve- Por cierto, mi amiga Tess te envía saludos y amenaza con caparte si esta vez no me tratas bien. No me mires así -añadió, riendo al ver la cara de él- Que tú no tengas nadie a quien contarle las cosas no quiere decir que los demás...
-Me da igual lo que le cuentes a esa muggle mientras mantenga la boca cerrada -replicó Severus ásperamente- Lo que me inquieta es esa manía de tus amistades, humanas o no, por agredirme en tu defensa.
-Reconoce que te lo has ganado a pulso igual que sucedió con Prissy -bromeó ella- Y no te enfurruñes tanto. Tess también dice que le gustaría mucho conocerte.
-No le gustaría, créeme.
-Deja de dártelas de ogro. Cuando quieres, una vez por década o así, eres un encanto.
Severus no correspondió a su puya con la previsible escalada de ironía. En lugar de eso, se detuvo en seco en medio del sombrío corredor que atravesaban. Sus ojos se clavaron en los de su amante con otra de aquellas miradas capaces de acelerarle el pulso y convertir sus piernas en gelatina.
-Deberías saber que cuando te empeñas en buscarme, pequeño trébol, me acabas encontrando.
Maeve sonrió con malicia. A aquellas alturas era inútil tratar de ocultarle a Severus que se moría porque la besara, pero nada le impedía seguir jugando. Adoraba provocarle. Sabía, por ejemplo, que el gesto de morderse el labio inferior era jugar sobre seguro. Y la reacción de Severus volvió a darle, una vez más, la razón. Aquel peligroso fuego líquido que anunciaba erupciones devastadoras brilló en los ojos del hombre, que la tomó con fuerza de la mano. Sin poder -ni querer- oponer la menor resistencia, Maeve se vio arrastrada al fondo de la hornacina que cobijaba la estatua de Ethelreda la Bizca e inmovilizada por el gentil y sin embargo implacable abrazo de Severus.
-Por el amor de Dios, chico -susurró, burlona- Según el articulo 15, punto 9 del Reglamento Interno de Hogwarts, esto es comportamiento inapropiado en espacio público y está tipificado como falta leve. Debería deducirle cinco puntos a Slytherin ahora mismo.
-Eres una jodida impertinente -dijo Severus sin molestarse en parecer enfadado, concentrándose en dotar a su voz de la lentitud y profundidad adecuadas para levantar toda la piel de Maeve en carne de gallina.
Ella tragó saliva y se mantuvo firme, aunque distara mucho de sentirse así y en realidad le diera igual transparentarlo.
-Insultar a un profesor ya es falta grave -replicó- Eso serán veinte puntos.
En las sombras que la estatua proyectaba sobre ellos, los ojos de Severus parecían dos grandes y pulidas gemas negras, adornadas por un hermoso destello húmedo que no podía nacer de la escasa luz sino que tenía que venir de dentro, de las profundidades de su alma anegad de deseo. Sólo con mirarlos Maeve ya se sintió territorio conquistado. El maldito bastardo no tenía que esforzarse lo más mínimo por rendirla. Le bastaba con ser Severus para que sus deseos fueran órdenes para ella. Piel con piel era su sierva, su sumisa esclava. Y desde que sabía con certeza que él era –que siempre había sido- víctima de la misma esclavitud consentida, ya ni siquiera intentaba sentirse mal por ello. Ser el uno del otro era algo tan natural e inevitable que no tenía sentido tratar de matizarlo.
-¿Y comerle la boca a un profesor? -murmuró Severus con una voz que era puro terciopelo- ¿Serían otros veinte?
-Tendría que repasar el Anexo sobre Infracciones Imaginarias e Impensables para estar segura -bromeó Maeve, su ironía bastante mermada ya por efecto del súbito calor que sentía.
Desde que retomaran su relación habían limitado las muestras físicas de afecto, por acuerdo tácito, a la intimidad y la seguridad de sus habitaciones privadas. Besarse en un pasillo, aunque fuera ocultos y con el colegio ya vacío de niños que pudieran descubrirlos, no había sido ni siquiera una opción que desechar. Y sin embargo era justo lo que estaban haciendo ahora, con entusiasmo, con deleite, con lentitud, tomándose tiempo en acariciarse a conciencia con los labios antes de profundizar el beso. Se suponía que eran dos personas adultas y sensatas que podían contener aquella clase de impulsos, cierto... Pero en los últimos días, ante la inminencia de la marcha de Severus a Durmstrang, la sensatez parecía condenada a quedarse en el cajón de los proyectos a olvidar. Los dos parecían de la mañana a la noche fuego encapsulado, contenido sólo por una frágil barrera de piel y principios, presto a liberarse y propagarse con la ayuda de la más leve caricia.
-¿Sabes? -murmuró Maeve, mareada por la sensación de la boca de él recorriéndole el cuello- Tess cree que deberías venir tú conmigo a Estocolmo, en lugar de Minerva. Que deberíamos obligar a Albus a que nos lo permitiera. Y que para convencerte debería ponerte celoso recordándote que Suecia está llena de dioses nórdicos...
Pudo sentir, similar a una caricia, la sonrisa malévola de Severus contra la piel de su garganta.
-Dudo que los dioses nórdicos repararan en ti desde lo alto de sus dos metros promedio de estatura -se mofó- Quedas demasiado abajo para sus miradas lujuriosas.
-Serás... -protestó Maeve, fingiéndose ofendida- Pues para tu información, te diré que...
-No quiero saberlo -la cortó Severus. Y subrayó el aire posesivo de sus palabras apartando la blusa de Maeve a un lado y depositando un fiero mordisco en su hombro, uno que dejaría marca y que hizo soltar a Maeve un pequeño e incitante gemido.
Era cierto. No quería saberlo. Que asumiera no haber sido el único hombre en la vida de Maeve no significaba que le tuviera que gustar. Por mucho que le complaciera recoger los frutos de las experiencias que ella había tenido con otros, prefería seguir ignorando sus rostros y sus nombres, fingir que no habían existido. Él era el único ahora, se recordaba cuando lo carcomían aquellos absurdos e injustificados celos; el único y el último. Eso era todo lo que realmente importaba. Eso y que Maeve lo supiera, que lo recordara continuamente, que llevara siempre en contacto con su pecho el colgante que en cierta forma contenía la esencia de él y simbolizaba lo que habían tenido y tenían. Que al mirarse al espejo y ver sobre su hermosa y pálida piel las marcas visibles de su pasión, ocultas a todos los ojos excepto a los de ellos dos, fuera consciente de a quién pertenecía y fuera consciente también de que él la pertenecía a ella en igual medida.
-Debo quedarme en Durmstrang todas esas malditas cinco semanas -musitó Severus mientras calmaba la piel mordida con un reguero de besos tenues- Es importante comprobar el clima que se respira allí, evaluar hasta qué punto Europa Oriental está ya bajo la influencia del Señor Tenebroso y si, en caso de una nueva guerra, serían aliados o enemigos...
-¿No te plantearás venir, entonces? -gimió Maeve debilmente- ¿Ni siquiera una visita relámpago de fin de semana?
-No es posible -repuso él, con un tono que sin embargo parecía sugerir "convénceme".
-¿Ni siquiera al acabar el curso? Yo todavía estaré en Estocolmo entonces. Podrías...
-¿Qué intentas, Maeve? -dijo él, con una risa casi imperceptible- ¿Apartarme de mis obligaciones?
-Sólo acercarte a mí; no es exactamente lo mismo.
-A veces sí. Demasiadas veces, me temo.
Severus abandonó la gratificante tarea de besar el cuello de Maeve para mirarla de nuevo. Acarició su rostro con una mano. Maeve cerró los ojos y casi ronroneó como una gata, rozando la mejilla contra sus dedos.
-El verano va a ser muy largo para mí -confesó Severus, con una malicia sensual que pareció ir directa a las entrañas de Maeve sin tocar sus oídos.
Maeve apoyó la cabeza en su hombro y suspiró.
-Y eso que tú no vas a tener que soportar a Minerva de carabina...
-Igor Karkaroff y los aspirantes a hechicero oscuro que crían en Durmstrang no son ninguna malva, te lo aseguro.
Permanecieron un rato en silencio, tocándose con calma por encima de la ropa, respirándose el uno al otro sin que les importara dejar correr aquellos minutos de los que no andaban demasiado sobrados para llegar a tiempo a la reunión.
-¿Sigues con la idea de proponer a Hagrid como tu profesor asociado? -preguntó él, sin ocultar su preocupación.
-Sí, Severus. Voy a estar demasiado ocupada el próximo curso con el proyecto científico, y necesitaré un profesor sustituto. No se me ocurre nadie que se lo merezca más que él -aseguró con firmeza, dando a entender que no estaba dispuesta a debatir de nuevo, con él ni con nadie, aquél punto- Esta escuela se lo debe, después de cómo lo trató en el pasado. Es lo justo.
-Es lo justo y es peligroso -repuso Severus, serio pero sin poder ocultar el extraño orgullo que le causaba aquel valiente, obstinado, tierno apoyo incondicional de Maeve hacia su gigantesca mano derecha y amigo- Lucius lo verá como una provocación. Ahora está debilitado por el fiasco del asunto del diario pero no lo estará eternamente. Y no es que necesite más provocaciones por tu parte, después de ese discursito que diste la noche de la derrota del basilisco. Ya has conseguido que obligue a Draco a cambiar de asignaturas optativas para escoger la tuya aunque ambos la desprecian, y sabes perfectamente cual es la intención que yace debajo de eso... Con lo guapa que estás callada...
Maeve le golpeó con suavidad en un brazo
-Es lo que debe hacerse -insistió- Además, ¿quién, aparte de Hagrid? No hay demasiados expertos en la materia que estarían dispuestos a conformarse con un puesto de profesor auxiliar. Sólo se me ocurre Per Bergman, un magizoólogo, sueco por cierto, que el verano pasado estaba de becario en el Animalario de Berlín. ¿No te he hablado de él? -preguntó con una picardía que hizo arquearse las cejas del hombre en señal de curiosidad y alerta-. Absolutamente entusiasmado con la posibilidad de trabajar en Hogwarts a mis órdenes. Veinticinco años, metro noventa, facciones perfectas, ojos azules,...
-Me hago a la idea -la cortó Severus, no tan indiferente como le gustaría parecer- Creo que Hagrid no estará tan mal, después de todo.
Y a renglón seguido, borró con un beso lleno de vehemencia y posesividad la sonrisa burlona de ella, enzarzándose ambos en una batalla de lenguas y caricias cruzadas que los dejó temblando, peligrosamente apretados el uno contra el otro por debajo de la cintura, buscándose de una forma que no los llevaría a ningún lugar sensato ni conveniente si no hacían por serenarse y parar.
-Además... -jadeó Maeve, enredando con placer sus dedos en el pelo de Severus- ya sabes que nunca he sido muy de rubios.
-Lo que tú eres, pequeño trébol, es una desvergonzada.
-Y eso te molesta.
-Mucho.
A Severus le parecía una muy feliz y oportuna coincidencia que Maeve se decantara ultimamente por los vestidos y las faldas cuando no estaba trabajando: hacía que ciertos tesoros estuvieran más accesibles, que ciertas maniobras resultaran el doble de gratificantes en la mitad de tiempo, que sus dedos encontraran enseguida esa cálida humedad entre las piernas de ella que conseguía robarle de inmediato cualquier pretensión de control sobre la situación e incluso sobre sí mismo. Merlín, cómo iba a echarla de menos durante el maldito curso en Durmstrang... Quizá tuvieran que plantearle al viejo lo de Estocolmo, después de todo. Estaban en su derecho. Se lo merecían. Y él iba a ponerse enfermo si tenía que estar todo el verano sin tocarla.
-Has vuelto a insultar a una profesora, chico -dijo ella entrecortadamente, sus ojos entornados y brillantes clavados en los de él- Ya llevas perdidos cincuenta puntos. Y eso que estás haciendo...
-Dudo que meterle mano a un profesor esté siquiera recogido en el Reglamento Interno de Hogwarts -la cortó Severus con un susurro profundo y ronco, recogiendo con húmedos besos en la boca los suspiros de ella- Y en cuanto a tener la intención de follárselo...
Maeve protestó, sabiendo que sus poderosas reacciones físicas a las caricias de él ya se encargarían de desmentirla y sabiendo también que escandalizarse y oponer un poco de resistencia formaba parte del encanto de aquella clase de encuentros furtivos que remitían a lo más cálido y feliz de su pasado común. Pero no protestó demasiado ni con demasiada vehemencia ni por demasiado tiempo, cediendo -una vez más, como siempre- a lo que Severus esperaba y demandaba de ella, tan inquieta como él por la inminencia de la separación, ansiosa por aprovisionarse de su olor y de su tacto para poder resistir cuerda lo que se le antojaba una eternidad sin disfrutarlos.
-Vamos a llegar tarde -gimió.
-Cierto. Asúmelo -replicó Severus.
-Matizo: vamos a llegar tarde y con toda la pinta de haber estado dándonos un revolcón...
-No: vamos a llegar tarde y convenientemente sofocados por la terrible discusión que hemos ido manteniendo por los pasillos y que es, como de costumbre, la causa de nuestro retraso -puntualizó Severus hablándole al oído- Nadie puede imaginarme a mí dándome un revolcón con quien sea, y eso protege nuestra credibilidad aunque me resulte insultante. Y al fin y al cabo es lo único que Albus nos ha pedido, ¿no? Que seamos discretos y mantengamos la credibilidad...
-¿Insinúas...? -empezó Maeve con malicia, aunque tuvo que detenerse cuando las caricias de Severus alcanzaron esa intensidad que hacía difícil articular las palabras.
Dios, no quería que aquella tregua irreal en la que nada más que ellos dos importaba terminase nunca. No quería que volvieran los impedimentos, las dificultades, las personas de uno y otro bando que se interpondrían entre ellos para confinarlos más aún a la clandestinidad, las sombrías amenazas de ese futuro en el que volverían a estar separados. Aquella dulce y despreocupada insensatez tendría que poder durar para siempre por la sencilla razón de que se lo merecían.
-Insinuo que voy a follarte detrás de la estatua de Ethelreda la Bizca, como en los viejos tiempos, única y exclusivamente por el bien de la credibilidad -la voz de Severus era un murmullo áspero, era el ronroneo hipnótico y letal de un tigre, era chocolate derretido que acariciaba la piel de Maeve mientras él manipulaba las ropas de ambos para facilitar el cumplimiento de su deliciosa amenaza. Era, como todo él en cuerpo y alma, tormento y alivio a la vez para el cuerpo y el alma de su amante- Porque no te deseo en absoluto...
Lo último que pensó Maeve antes de dejar de pensar por completo fue que más de cinco semanas sin Severus la matarían. Que conseguiría, costara lo que costara, tenerle con ella en Estocolmo siquiera un día en mitad del verano. Que Dumbledore no encontraría esta vez argumentos con lo que negarles aquello que, al fin y al cabo, les debía.
Y, por supuesto, una vez más, fueron los últimos en llegar a la reunión.
-Y promete que comerás en condiciones -añadió Poppy con severidad al final de la larga lista de recomendaciones.
Maeve bufó mirando al techo.
-Ya has conseguido que Albus me obligue a llevar a Prissy con nosotras -le recordó con cierto rencor a la enfermera- No necesitas que te prometa nada. Ella me obligará a comer con un embudo, si lo considera necesario. Y además, ¿cuantas veces tengo que recordaros que sí que como y que mi delgadez es puramente genética?
Poppy la miró sin demasiada convicción y le tendió el té que le había preparado. Estaban en el salón de la enfermera, haciendo tiempo hasta que para Maeve fuera la hora de ir a la Sala de Personal y reunirse con Minerva y Prissy. Las tres harían el viaje a Estocolmo aquella misma tarde por aparición conjunta a larga distancia. El ciclo de conferencias y reuniones del grupo científico de Maeve empezaría justo al día siguiente, 1 de Agosto.
-¿Deseando irte? -preguntó Poppy
-En el aspecto laboral y científico del asunto, sí -admitió Maeve- El estudio es interesante. Poner en común nuestras conclusiones, comentar las dificultades, aportarnos soluciones los unos a los otros... Todo eso me resulta muy estimulante. Nunca se había realizado un esfuerzo similar dentro de la magizoología europea por coordinar esfuerzos entre diferentes instituciones, y formar parte de un proyecto pionero es increíble para mí -suspiró mientras removía su té- La otra parte, lo de pasarme otra vez medio verano con Minerva de carabina...
Dejó la frase en suspenso, aunque su ceño fruncido fue bastante más expresivo que cualquier palabra. Poppy sonrió, divertida. Sabía que entre Minerva y Maeve había algo bastante parecido a un amor materno-filial; y que, como solía suceder en aquella clase de relaciones, la hija quería a su madre con la misma intensidad con que deseaba matarla cada dos por tres. Era una suerte que dentro de la peculiar familia postiza que formaban los profesores de Hogwarts para Maeve a ella le hubiera tocado el mejor papel: el de la tía comprensiva y tolerante, la que estaba de parte del novio al que nadie más aprobaría y alentaba todos los esfuerzos de la joven por estar con él. Era un papel que le gustaba, decididamente.
-Al menos serán menos días de los que en principio se supone -observó con intención- ¿Qué día se dejará caer Severus por Estocolmo con la orden de relevar a Minerva como tu niñera?
Maeve no pudo evitar que una sonrisa tímida curvara sus labios, ocultos tras la taza de té.
-El 9 de Agosto, en cuanto termine su curso.
-¿Y cual va a ser la excusa?
-Ni lo sé ni me importa. Pensar eso le corresponde a Albus. Prefiero que me sorprenda.
No le importaba transmitir todavía rencor y acritud al mentar el nombre del Director. Seguía furiosa con él y no iba a negarlo. Nunca había podido estar mucho tiempo enfadada con Albus Dumbledore. Esta vez, sin embargo, la afrenta era demasiado grande como para dejarla pasar en atención al afecto que le tenía al viejo. Perdonar lo que le había hecho a ella era relativamente fácil, teniendo en cuenta que al fin y al cabo su vida no sería lo que era de haberse quedado en Hogwarts junto a Severus. Pero perdonar lo que le había hecho a él, perdonar la estúpida y abusiva promesa con la que lo había encadenado a una existencia de soledad y hiel alejado de ella... Eso no podía hacerlo. Todavía no.
-¿Puedo hacerte una pregunta, Maeve?
-Tú dirás.
-¿Cómo convenciste a Albus?
Maeve se encogió de hombros, queriendo componer su cara en un gesto serio pero sin conseguirlo del todo. Realmente no lo sabía. Albus había consentido en dejarles reunirse en Suecia y quitarles de encima a Minerva sin que Maeve hubiera tenido que presionarle, lo que no dejaba de ser inquietante. Casi parecía que en el fondo, de alguna retorcida manera, volver a verlos juntos fuera exactamente lo que el maldito cabrón había querido todo aquel tiempo en que en teoría trataba de impedirlo por el bien de todos, coerciones a Poppy incluídas. Y Maeve no quería pararse a pensar demasiado en ello. Era preferible asumir genéricamente que Dumbledore manipulaba el Universo entero a su antojo, sin detenerse a sentirse ofendido por los detalles. Era preferible centrarse en otras cuestiones menos enrevesadas, como por ejemplo en lo enormemente afortunada que se sentía. Agosto se abría ante ella cargado de deliciosas promesas. Estocolmo, Severus, Tess... Era increíble, casi milagroso que fuera a tenerlo todo en el mismo verano. Si se le hubiera aparecido un hada madrina dispuesta a concederle todo lo que deseara no se habría atrevido a pedirle tanto, y sin embargo lo tenía allí, al alcance de su mano. Y pensaba apurarlo hasta la última gota.
-Supongo que no encontró razones de peso para negarse. Y si él no ha podido impedírmelo te juro, Poppy, que nadie en este mundo me lo impedirá -aseguró con una sonrisa soñadora.
Dumbledore dejó caer la carta sobre el escritorio, abrumado por las líneas con las que Cornelius Fudge le anticipaba lo que pronto sería portada de todos los periódicos del mundo mágico. No sabía por qué estaba tan sorprendido. Debería haber recordado, antes de desenrollar el pergamino, que del Ministerio nunca llegaban buenas noticias.
Era una suerte que la lechuza de Fudge hubiera llegado antes de que Minerva y Maeve salieran hacia Estocolmo. De esa manera no tendría que ordenarles regresar y podría limitarse a suspender su viaje, lo que simplificaría bastante las cosas.
Merlín, Maeve iba a odiarle tanto por ello...
Y no podría culparla, sabiendo como sabía que al prohibir su viaje le iba a hacer renunciar a mucho más que un estimulante congreso de magizoología con sus compañeros de proyecto científico; sabiendo que les iba a robar a ella y a Severus, de nuevo, una pequeña oportunidad de ser casi normales por unos días. Pero era lo que debía hacer. No podía arriesgarse a que una de las personas que habían sido expresamente amenazadas durante aquellos terribles días pasara medio verano expuesta a la ira del asesino, lejos de su única protección segura: la que sólo los muros de Hogwarts podían darle.
Las risas histéricas del reo durante los interrogatorios y sus desesperados gritos cuando Barty Crouch declaró que ya no habría más preguntas todavía parecían martillear en los oídos de Dumbledore, casi doce años después. Muchos de sus compañeros en la Orden del Fénix, empezando por él mismo, habían confirmado frente a los investigadores la condición del acusado como guardasecreto de los Potter, rubricando en cierto modo su terrible sentencia a cadena perpetua. Pero habían sido aquellos dos testimonios, los últimos, el de Maeve y el de Remus Lupin, los que lo habían quebrado por completo, los que habían parecido enloquecerlo de cólera aunque en su mente trastornada no pareciera haber ya espacio para más locura.
¡No lo entendéis, idiotas, no entendéis nada, no podéis hacerme esto, vosotros dos no, os arrepentiréis, OS JURO QUE ALGÚN DÍA OS ARREPENTIRÉIS…!
Maeve tendría que entender que una vez más él, como máximo responsable de su seguridad, estaba obligado a tomar decisiones que no le agradaban demasiado y perjudicarla por su bien.
Consternado y sintiéndose repentinamente viejo y exhausto, Dumbledore se quitó las gafas para frotarse los ojos y las depositó sobre el escritorio, encima de la carta que le informaba de que Sirius Black se había fugado de Azkabán.
FIN
(de la Segunda Parte)
NOTAS:
-Arlanda: aeropuerto internacional de Estocolmo.
-Haagse Bos: parque forestal dentro del perímetro metropolitano de La Haya.
-Aunque en la celebración por la derrota del basilisco Dumbledore suspende los exámenes, he dado por hecho que los de TIMO's, siendo un título oficial que expende el Ministerio, se mantendrían.
Hasta aquí esta segunda etapa de la historia. Una etapa en la que han sucedido bastantes cosas y en la que la situación de Severus y Maeve ha dado un gran vuelco. De ahora en adelante, las cosas entre ellos irán en una dirección tan difícil como antes pero mucho más placentera, mientras que con la fuga de Sirius Black las circunstancias a su alrededor se complican cada vez más, y más, y más… La primera crisis de pareja se cierne ya sobre ellos cuando apenas han podido disfrutar la "luna de miel", y llega además con nombre propio: el de Remus Lupin. ¿Cómo soporta un amor en construcción las tensiones que provocan viejas enemistades, absurdos malentendidos y fantasmas del pasado? ¿Cómo maneja alguien como Severus la sensación de verse amenazado por la presencia de otro? ¿Cómo sobrelleva Maeve estar ligada a un hombre al que el rencor pude llegar a convertir en un monstruo? Lo iremos descubriendo en "El prisionero de Azkabán", donde además, de una forma que espero que os guste, nos asomaremos un poco al ayer de nuestros dos protagonistas y de varios personajes más.
Estaré encantada de que queráis seguir con la historia y de que nos veamos pronto en la tercera parte.
Un abrazo muy fuerte para todos y gracias una vez más por haberme acompañado hasta aquí.
