Bueno, a pedido de algunas (en especial de Misao) ¡tendremos más capítulos! Todos ambientados en nacimiento/llegada/infancia de los dorados (y quizás uno que otro plateado, si me siento generosa)

Este omake se ubica 27/28 años antes que la serie/manga y 29/30 años antes que la saga de Misao.

Disclaimer: Si los santos me pertenecieran... ¿qué creen que estaría haciendo a estas horas? No gano nada escribiendo esto. Beatriz, Telémaco y Lucas son personajes de Misao y me los presta sólo para que le haga historias con las que pueda fangirlear


ENTRE LAS ROCAS

Las olas azotaban la playa con fuerza, empujadas por el mismo viento que mantenía el flujo de nubes constante en el cielo. Aunque la primavera se suponía había comenzado oficialmente hacía una semana, las constantes lluvias de los últimos días parecían señalar las pocas ganas de marcharse que tenía el invierno.

Lucas suspiró. En más de 200 años la playa no se había visto tan oscura y triste en el día que se permitía vagar en dicho lugar.

No quedaban rastros de la batalla que finalmente le costó la vida, 3 días después. El lugar estaba impecable, muy bien mantenido por los guardias y aprendices, sin nada que recordara su muerte... excepto la vieja y muy borrada placa de mármol que sus compañeros habían colocado entre unas rocas para recordarlo, y que sólo era visitada por su viejo compañero de armas, hoy patriarca del Santuario.

Se sentía solo, más aún en un día oscuro y triste como aquel. Extrañaba a sus compañeros de armas, sus amigos... extrañaba a su hermano. Jugar con él, pelear con él, o consolarlo en las noches de tormenta. Aún hoy, muerto como estaba, creía escuchar su suave llanto parecido al de un bebé...

Un momento. Ese llanto era muy real... y muy cercano.

Lucas se acercó a las rocas y rodeó la zona donde estaba la placa conmemorativa.

Ahí, metidos en una grieta escondida (justo en la zona que pronto, al subir la marea, comenzaría a inundarse) se encontraban dos bebés. Era obvio para él que los pequeños eran hermanos ¡gemelos!, y que si estaban vivos era de pura suerte. Su piel tenía una palidez enfermiza, sus labios comenzaban a tomar el tinte azul característico de la hipotermia, y a simple vista parecían sufrir de una severa desnutrición.

Uno de ellos, el más pequeño en apariencia, se encontraba con los ojos cerrados y sospechosamente silencioso. El gemelo mayor lloraba con todo lo que daban sus diminutos pulmones, acurrucándose contra su hermano, como si intentara protegerlo instintivamente.

Una furia enorme explotó desde su corazón, cubriéndolo por completo. Si hubiese estado vivo probablemente hubiese incendiado su cosmo, y espantando a todo el Santuario en su arrebato.

¡¿QUÉ CLASE DE ENGENDRO ABANDONABA A UN PAR DE BEBÉS DE ESA FORMA?!

Lucas comenzó a mirar a su alrededor, desesperado. ¡Alguien tenía que ayudar a los pequeños! Pero la playa se encontraba desolada: era tarde, casi anochecía y las probabilidades de que siguiera lloviendo, mantenían a todos resguardados en el calor del hogar.

Aún siendo un fantasma, Lucas podía sentir sus ojos llenándose de lágrimas. ¿Acaso estos pequeños estaban condenados, al ser él incapaz de ayudarlos?

Acercó sus manos a los pequeños, como si quisiera levantarlos para llevárselos lejos. ¿Qué podía hacer? Hasta medianoche estaba atrapado en la playa sin poder volver a la casa de Géminis, y temía que para entonces ya fuera demasiado tarde...

De pronto, por un segundo el fuerte viento se detuvo, dejando sólo una simple brisa pasar a través de él. Al mismo tiempo, una energía sutil y cálida (y familiar), comenzó a rodear la zona de las rocas y a los bebés.

¿Señora Aldonza? Esa energía se parecía muchísimo al cosmo de la difunta encarnación de su diosa Athena. ¿Estaba ella protegiendo a los bebés? ¡Eso significaba qué...!

Un sollozo ahogado, lejano, interrumpió sus pensamientos.

Beatriz, la joven esposa del santo de Géminis, lloraba silenciosamente a unos 20 metros, cerca del pequeño (y vacío) centro de vigilancia de la playa.

Lucas se mordió los labios con pesar. La pobre mujer había sufrido un nuevo aborto hacía apenas un par de meses. Su dolor lo había sacado de su largo letargo y había intentado, en vano, hacer algo para aligerar su alma.

Volvió a mirar a los gemelos, y luego a Beatriz. El dolor de la pérdida era tan reciente, que los pequeños podrían o alegrar su alicaída alma, o terminar de destrozarla de dolor.

Pero si quería salvar a los pequeños, no podía darse el tiempo de sentirse mal por ella.


Dolía. Y no era un dolor físico.

¿Qué había de malo en ella?

Ella adoraba a los niños. Desde que su adorado Telémaco le había pedido que se casara con él, había soñado con tener sus propios pequeños para llenar de risas la Casa de Géminis.

Pero ese sueño le había sido negado por segunda vez en dos años. Y aunque el santo dorado jamás le había recriminado ni acusado de nada, podía ver en sus ojos que dichas pérdidas le dolían tanto como a ella.

¿Acaso Athena no podía bendecir a su fiel santo con un hijo? O Hestia, Hebe o Hera. Ya no sabía a cuantas diosas había rezado por una familia.

Dolía. Tanto como la tristeza en los ojos de su esposo.

Por eso se había escapado a ese lugar. Le encantaba la tranquilidad de esa playa. Y el día estaba oscuro y triste, perfecto para dejar salir su dolor.

Una brisa suave desordenó sus cabellos. El mar, inquieto hasta hacía poco, ahora lucía calmo. El suave sonido de las olas ayudaba a calmar el dolor en su corazón.

Sacándose los zapatos, comenzó a caminar por la arena, tan cerca del mar que las heladas olas golpeaban sus pies de vez en cuando.

¿La extrañaría Telémaco, si se permitiera vagar hacia el mar? Quizás así podría buscar otra mujer que si pudiera...

Un llanto. Un bebé lloraba cerca de ahí.

Beatriz miró a su alrededor. Quizás el dolor de su pérdida la estaba afectando y comenzaba a escuchar...

Ahí estaba de nuevo. El llanto de un bebé. Muy suave, casi sin fuerzas.

Siguió el sonido (cada vez más suave y apagado) hasta las rocas con en donde descansaba una borrosa placa de mármol. Ahí dos bebés congelados se abrazaban entre sí.

Beatriz soltó sus zapatos y se subió a las rocas, sujetándose precariamente mientras luchaba por sacar a los pequeños. Estaban envueltos en una sábana y azules por el frío. El más pequeño no se movía y apenas estaba vivo, mientras el mayor, abrazado a su hermano, lloraba casi sin fuerzas.

Beatriz observó a su alrededor con terror. Estaba sola, ¡no había nadie cerca apra ayudarla!

Olvidando sus zapatos, corrió descalza rumbo a las doce casas.


Lucas la observó mientras se alejaba. Sabía que Beatriz llevaría a los pequeños con su esposo. Sonrió.

Un par de horas más y, al terminar el día, podría ver a los nuevos residentes de la Casa de Géminis.