Misao insiste e insiste en el bebé Camus, así que me vi en la obligación de escribir este capítulo :P a ver si hoy puedo escribir la continuación (si, es otra historia corta en dos partes).

Omake ubicado temporalmente unos 20 años antes de los sucesos del manga/animé, y unos 22 años antes de la saga de fics de Misao.

Disclaimer: Lo de siempre. No poseo a Saint Seiya ni a ninguno de sus personajes, y eso carcome mi alma todos los días. Antoine, Mireille, Juliana, Erich, Lümi y Telémaco le pertenecen a Misao y ella me deja abusarlos... digo, usarlos.


VINCULOS

Se dejó caer, medio recostado contra la pared del templo. No podía entender qué demonios le pasaba. Las últimas semanas amanecía diariamente con nauseas que prácticamente lo incapacitaban por horas; dejando de lado todo su desprecio por los hospitales, el día anterior había acudido finalmente a una revisión, para que le dijeran que se encontraba totalmente sano y no había causa física de su malestar.

Malestar. Una sencilla palabra para dar nombre a las náuseas y eventuales vómitos que podían dejarlo tirado en el baño de su casa, rogando misericordia a cualquier dios que lo escuchara.

Quizás… ¿podría ser una reacción física a su discusión con Mireille? En algún lado había leído sobre cosas similares ante situaciones traumáticas.

Porque la forma en que terminó con su amazona había sido traumante. En un momento su relación iba casi como un cuento de hadas (aunque jamás nadie lo oiría decir algo así), y al siguiente descubre que su adorada Miri llevaba meses lidiando con un acosador, otro plateado que incluso se había atrevido a intentar violarla.

Vio negro, poco faltó para asegurarse que el insolente de Canes Venatici se quedara con dicho color pegado en sus ojos por el resto de su vida. Como mínimo se le debió quitar la armadura y expulsarlo del Santuario.

Pero no, su terca amazona tenía que reclamarle a ÉL por haberse metido en medio, porque ella podía encargarse del problema y así lo haría, y que no quería saber que anduvo contando el chisme por ahí.

La pelea que tuvieron podría haber llegado fácilmente a dimensiones épicas si hubiese permitido que Mireille se fuera a los golpes. Al final, todo terminó con un par de gritos en los cuales manifestaron la intención de no volver a ver al otro jamás.

Y le dolía (y tampoco jamás nadie le oiría decir eso). En especial porque su orgullo herido le impedía aceptar los intentos de la amazona de hablar con él.

Se quedó otro par de minutos ahí respirando calmadamente, tratando de dejar en blanco su mente y olvidar a Mireille. Cuando estuvo seguro que las náuseas no lo atacarían nuevamente. Se puso de pie mientras endurecía su mirada. Llegaba tarde a su turno y no tenía ganas de responder preguntas estúpidas.


Poco más de dos meses después.

Estúpida, estúpida, ¡estúpida! En cuanto Juliana soltara aquella preocupada alusión a su subida de peso debería haber inventado una excusa para evitar el entrenamiento y largarse. Pero noooooooooo, su maldito orgullo la obligó a quedarse y compartir golpes con otras plateadas.

Un mal movimiento, un golpe directo al vientre y una mala excusa dieron como resultado su retiro anticipado para huir a la cabaña que (con la suerte que tenía) no compartía con ninguna otra amazona.

Si su maestra la viera le daría una pateadura que recordaría hasta su próxima reencarnación.

Aunque primero esperaría a que naciera el maldito bebé.

Que, ¿no se los había dicho? Oooops…

Mireille tenía unos 7 meses de embarazo, los que había ocultado fajándose y entrando en un estado de absoluta negación. Sólo las últimas semanas, cuando la panza comenzaba a mostrarse sin importar lo que hiciera por ocultarla, comenzaba a tomar el peso de de su situación.

Hasta ganas tenía de volver a intentar hablar con Antoine, no sólo para pedirle perdón por su terquedad, sino también para informarle que iba a ser padre.

Tomando en cuenta el dolor que comenzaba en su vientre e irradiaba hasta su espalda, y la humedad que había entre sus piernas, parecía que tendría que conformarse con sorprenderlo…

Ahora tenía que concentrarse. Ninguna de las chicas abandonaría el campo de entrenamiento en al menos unas dos horas, y no se atrevía a llamar a nadie con su cosmos, ya que corría el riesgo de dejar notar su angustia (y dolor) y de seguro terminaría con medio Santuario en la puerta de su casa.

Le tocaba hacer esto sola. Ya luego se las arreglaría para llegar con su bebé al hospital más cercano.

Entre contracciones se las arregló para terminar de sacarse la armadura y ropa de entrenamiento y colocarse una camisa holgada que le diera más comodidad. Se las arregló para dejar todo lo que creía necesario en el baño y se acomodó como pudo para pujar.

Nadie podría salvar a Antoine de la paliza que le daría por hacerla pasar por este calvario.

Se sujetó lo mejor que pudo a lo que tenía más a mano y se preparó. Aún sin tener nada con qué medir el tiempo, lograba calcular ya el intervalo de contracciones y cuanto le faltaba…

Levantó la cabeza, alerta. Por un segundo había sentido una presencia. Una súbita manifestación de cosmo nacida de la furia, que se apagó tan rápido que apenas si logró notarla.

Se mordió el labio, asustada. Reconocería ese cosmo en cualquier lugar.

X – X – X – X

- ¿Estás segura, Juliana? Mireille no se veía muy contenta cuando se fue. No creo que le guste que nos aparezcamos por su cabaña así como así.

- Relájate Ital. Mireille no es tan mala como la mayoría cree. A mi lado o al lado de Lümi es un conejito tierno que busca mimos.

- Si, bueno… ustedes no son las mejores referentes para medir el carácter de nadie. – Juliana se encogió de hombros.

- Da igual. Mireille me preocupa. Los últimos meses se ha comportado MUY extraña, y no me cuadra que casi de un día para otro comenzara a engordar.

- No es tan ilógico. Dicen que lo que tenía con Acuario era más serio de lo que la mayoría creía. Y al parecer rompieron muy feo. Si fuera ella también andaría errática por la vida, comiendo cuanta cosa se me cruce en el camino – razonó la amazona de Buril.

- Pues a mi no me cuadra. Conozco muy bien a Mireille y… - la dorada se detuvo tanto a mitad de su frase como en su camino, llamando la atención de la bronceada – Algo no está bien.

En silencio, las amazonas se acercaron lentamente a la cabaña que habitaba Mireille, casi en los límites del sector de las amazonas. El olor de la sangre comenzó a llegar a ellas, mientras sentían la presencia de la plateada disminuir su fuerza.

También sentían otras dos presencias en la cabaña. Una, pequeña y sutil que se apagaba lentamente. La otra, conocida y llena de furia y rencor.

Juliana le hizo una seña a la lemuriana, para que rodeara la cabaña e ingresara por la parte trasera. Luego de unos minutos, elevó su cosmo lo suficiente para hacer notar su presencia mientras pateaba la puerta de entrada.

Jack de Canes Venatici se encontraba de pie en medio de la sala, sosteniendo de una pierna a un extremadamente pequeño bebé. A sus pies, Mireille de Piscis Austrinus se encontraba inconsciente y bañada en sangre.

Diez segundos tardó en convertir al plateado en una pulpa sanguinolenta. Podría haber tardado menos, pero debía asegurarse de que el bebé no sufriera daños.

Tomando con cuidado al pequeño lo envolvió en su capa mientras se arrodillaba junto a la amazona herida, quien era ya atendida por la lemuriana.

- Por todos los dioses Mireille, ¿qué has hecho? – susurró con preocupación. La aludida abrió lentamente los ojos, mientras intentaba alcanzar a la dorada y al bebé con una de sus manos.

- Tenemos que llevarla a un hospital, ha perdido demasiado sangre y ni siquiera quiero pensar en el daño que pueda tener al dar a luz sin ninguna ayuda – señaló la bronceada. – Sin contar al bebé. Aunque…

Aunque lo más probable es que no sobreviva, pensó Juliana. Demasiado pequeño para ser un bebé completamente desarrollado, su energía se diluía con cada forzada respiración.

Sintió la mano destrozada de su amiga apoyarse sobre el bebé.

- … oine – susurró casi sin fuerzas. Juliana e Ital se miraron sin entender. – Anto… Antoine – repitió antes de desmayarse en los brazos de la lemuriana.

- Ital, ¿crees que sea seguro teletransportarla al hospital?

- En su estado, es eso o dejarla morir, ¿qué piensas hacer?

- Quiero ver si el padre de este pequeño es capaz de darle algo de dignidad antes de morir.

X – X – X – X

Antoine dirigió una patada con mucha precisión y fuerza contra Erich, tratando de sacar parte de la rabia y frustración que por nada del mundo se permitiría expresar de otra forma.

Desde la mañana y por un buen par de horas, un repentino y fuerte dolor que atacaba desde su vientre hasta su espalda le impidió continuar con el entrenamiento, lo que gatilló las burlas de algunos dorados, en especial las del santo de Escorpio. En cuanto sintió el dolor desvanecerse hasta permitirle moverse con comodidad, retó a su compañero a un combate intensivo… sin armaduras.

Había logrado ya acertar un buen par de golpes que aseguraban un nada despreciable dolor de espalda para el alacrán.

Mientras se daban una tregua estratégica para evaluar la mejor forma de golpear a su oponente, el furioso cosmo de la Amazona de Cáncer inundó el coliseo.

Por unos segundos se preocupó por su compañera de armas, al verla con su capa rota y manchada de sangre. Pero la forma en que se movía (y la furia que emanaba de su cosmo) le permitió a los presentes saber que la mujer no era la dueña de la sangre.

Antes de darse cuenta, Juliana se plantó frente a él mientras le acercaba el pequeño bulto que traía entre sus brazos.

- ¡Vamos! Míralo detenidamente, porque es imposible negarlo. Si tu hijo va a vivir tan poco, ¡que al menos sepa que tuvo un padre! ¡Porque su Madre apenas respira! – le gritó, sorprendiendo a todos los presentes.

Antoine se quedó de pie, helado, sin entender bien lo que pasaba. ¿Su hijo? Pero… ¿de qué demonios hablaba, un hijo? Imposible que tuviera un hijo, a menos que Mireille…

Creyendo que el dorado se negaba a reconocer a su hijo, la amazona de Cáncer encendió su cosmo, asustando a la mitad del Santuario. Dejando al bebé en los brazos más cercanos se lanzó contra el francés.

Hicieron falta dos dorados y tres plateados para sujetarla y evitar que despedazara al santo de Acuario. Aunque no podían impedir la colorida y larga lista de adjetivos que la amazona lanzaba al objeto de su ira. Quienes la sujetaban comenzaron a pedir refuerzos entre los santos que llegaban (alertados por el cosmo de Cáncer). Antoine aún no se movía, tratando de dar sentido a lo que pasaba.

Todo parecía indicar que el asunto terminaría en una carnicería, sin embargo…

- ¡Hey! – llamó la atención el escorpión. – Creo que este crío dejó de respirar.

Los presentes se permitieron 30 segundos de pánico al comprender que le habían entregado un bebé al santo menos confiable (en lo que a niños respecta) del Santuario.

Fue eso lo que finalmente hizo reaccionar al guardián de la onceava casa. Se arrojó contra su compañero y, con manos temblorosas, tomó al bebé de sus brazos.

Pequeño. Muy pequeño. La ligera pelusilla en su cabeza era del mismo color de su cabello. No respiraba. El bebé no respiraba ni hacía ningún movimiento. Antoine dejó de respirar junto al bebé. Instintivamente lo acercó a su pecho y lo abrazó.

Sintió una mano posarse sobre su hombro. Telémaco de Géminis lo observaba con una mezcla de comprensión, pena y determinación. Colocó su otra mano en la espalda del pequeño y encendió su cosmo suavemente.

Siguiendo su ejemplo, el francés elevó su cosmo mientras acariciaba la espalda del bebé. Su bebé.

Las palabras de Juliana lo golpearon nuevamente. Enfrentó a la mujer, permitiéndose mostrar (por primera vez en años) las emociones que acostumbraba reprimir.

- ¿Mireille?

Aún sujeta por varios santos, mirándolo de forma desafiante, la dorada se negó a responder. Sólo al sentir en su brazo la mano de Lümi (quien con mucho esfuerzo había llegado junto a ella) relajó su posición.

- Ital la llevó al hospital – respondió sin mirarlo.

Antoine desapareció antes de que cualquiera pudiera decir algo. Sin mirar a nadie Juliana se marchó ladrando órdenes a un par de plateados, para que fueran a buscar a su maltrecho compañero y lo metieran en los calabozos.

Teniendo una vaga idea de lo ocurrido, pero aún sin poder entender por completo la situación, el resto de los presentes comenzó a retirarse del lugar.

Fuera del coliseo, el patriarca suspiró con cansancio mientras dirigía su mirada hacia Atenas. Sentía un terrible peso sobre su corazón, que dudaba fuera producto de su enfermedad.


Brújula cultural: Los síntomas de Antoine son un mal intento mío de reflejar en él el Síndrome de Couvade. Este síndrome se manifiesta en la pareja (o personas más cercanas) de la embarazada, quienes sienten los síntomas del embarazo. Puede aparecer a partir del primer trimestre de embarazo o en el parto.