Nueva actualización del Fanfiception. Segunda parte del nacimiento de Camus.
Disclaimer: Lo de siempre. Lamentando todos los días el no tener derecho alguno sobre los Santos y otros personajes de la serie. Antoine, Mireille y todo otro personaje no canónico mencionado acá pertenecen a Misao y escribo esto con su aprobación (y fangirleo).
NADA SIN TI
17 de Febrero
Lo encontró de pie junto a la incubadora, una mano enguantada acariciaba suavemente al bebé a través de uno de los agujeros de la máquina. Se acercó y lo acompañó en silencio por varios minutos.
- El Patriarca inició una investigación sobre lo sucedido… aunque aún no logra interrogar a Jack. Parece que las amazonas no lo han dejado tranquilo el suficiente tiempo como para que se recupere y pueda dar su versión – si Telémaco no lo conociera lo suficiente creería que no escuchaba lo que le decía. Pero después de años había aprendido a leer hasta el mas mínimo movimiento de sus cabellos, y sabía que Antoine sólo se estaba haciendo el indiferente. – Supe que tú le diste una visita hace unos días.
Habían pasado diez días desde el improvisado parto de Mireille y el ataque que sufrió a manos de Canes Venatici. Durante ese tiempo sólo había dejado el hospital en la tarde del tercer día. El estrés acumulado por todo lo ocurrido, sumado a que Mireille aún no recuperaba la conciencia (luego de estar al borde de la muerte), estalló cuando su bebé había sufrido una especie de ataque que lo dejó nuevamente sin respirar. Tardaron un buen par de horas de descongelar al tipo para despegarlo de la pared y llevarlo a la enfermería… de donde aún no salía gracias a las visitas de cortesía de las amazonas del Santuario.
- ¿Cómo está Mireille? – Telémaco se sobresaltó, realmente no esperaba que le hablara.
- ¿No la has visto? – Antoine se quedó en silencio otro par de minutos.
- No quiere verme – respondió con simulada indiferencia. – Tampoco quiere ver al bebé – tras decir esto pareció encogerse un par de centímetros, como si comenzara a sentir el peso de todo lo ocurrido.
Telémaco no sabía exactamente que decir. Su esposa le había comentado el día anterior que la amazona no quería saber nada del bebé o su padre. Al parecer había despertado con una fuerte depresión post-parto y el estado de negación con el que había llevado todo su embarazo se mantenía vivo.
Volvió a observar al bebé. Mucho más pequeño que cualquier bebé que recordara haber visto, desnudo a excepción de un pañal demasiado grande para él, cubierto por cables y sondas que lo empequeñecían aún más, y la boca levemente abierta para permitir el paso del tubo que llevaba aire a sus aún inmaduros pulmones.
- Entonces, ¿cuál es su nombre?
- Camus
- ¿Sabes que ese es un apellido, verdad? – Antoine simplemente se encogió de hombros.
- Me gustan sus libros. Pero no quería llamarlo Albert.
Volvieron a quedarse en silencio. Telémaco se quedó junto a él durante un buen par de horas, sólo su mano en el hombro de su amigo era señal de su apoyo silencioso.
20 de Marzo, Recinto de las Amazonas
Mireille suspiró por enésima vez mientras observaba las manchas en su techo. Le habían permitido dejar el hospital hacía poco bajo la vigilancia de Astrea de Erídano, una amazona que pocos años antes había terminado sus estudios de enfermería, y que le había prohibido completamente cualquier tipo de entrenamiento por al menos una semana.
Hubiese podido ir a la zona de entrenamiento de las amazonas a distraerse, pero no soportaba las miradas (mezcla de lástima y curiosidad) que le daban sus compañeras. Si fuese por ella iría a la Casa de Cáncer para pasar el día con Juliana, pero ella ya tenía las manos llenas.
Porque no bastaba con toda la mi**** que era su vida actualmente, las tragedias seguían golpeando la puerta del Santuario.
Muy recientemente, en un extraño asalto a su local el esposo de Lümi, Axl Lüntz, había sido asesinado. Juliana y el patriarca pasaban cada minuto que podían junto a la lemuriana, intentando mantenerla lo suficientemente estable como para que su parto no se adelantara. Evitar que su compañera se desmoronara ocupaba hoy toda la atención de la amazona de Cáncer, por lo que ni siquiera podía pensar en aparecerse por esos lados con esa negra nube de dolor y melancolía sobre su cabeza.
Comprendía a Lümi con toda su alma.
Amar tanto puede dar las mayores alegrías o los más desgarradores dolores en la vida.
Suspiró nuevamente. Extrañaba a su dorado.
Lo había extrañado cada día desde esa maldita pelea. Cada día en que se fajaba y disimulaba para que nadie se diera cuenta de que estaba embarazada (y le fuera con el chisme). Cada día acostada en la cama de ese hospital…
¿Por qué se negaba a verlo? Luego de despertar en el hospital, él intentó hablar con ella cada día durante las dos primeras semanas. Sólo dejó de intentarlo cuando ella, en un histérico llanto, le arrojó el florero que alguna amazona había dejado cerca de su cama. Las enfermeras lo habían sacado del cuarto y le habían prohibido regresar.
Sabía que en un par de ocasiones, desde que le habían dado el alta, había rondado el recinto para hablar con ella, aunque sólo se había topado con él (por un descuido suyo) hacía dos días.
x - x - x - x
- Mireille – la amazona se estremeció cuando una voz muy conocida (y extrañada) la llamó detrás de ella. Sin saber como actuar, intentó simular no haberlo oído y seguir leyendo su libro. – ¿Ni siquiera vas a mirarme? – Para cualquier otra persona Antoine parecería frío e indiferente, pero ella lo conocía bien, y era capaz de reconocer esa nota de dolor escondida en sus palabras.
- No tengo razón alguna para querer mirarte, Acuario. Mejor te largas antes de que aparezca alguna amazona menos 'tranquila' que yo y te saque a patadas del Recinto.
- No salgas con esa tontera. Estamos en los límites del Recinto y estoy justo fuera de él. Y sí tienes razones para mirarme. Te has negado por semanas a hablar conmigo y Athena sabe que tenemos MUCHAS cosas que hablar.
Se quedó sentada, ignorándolo por varios minutos, hasta que en un movimiento demasiado brusco (lo resentiría luego esa noche) se levantó y volteó a ver al dorado.
- Habla si quieres hablar, pero que sea rápido – le dijo, cruzándose de brazos y adoptando una posición defensiva.
- No tienes intención de perdonarme, ¿verdad? – confiando en la soledad que los rodeaba, relajó el rostro y dejó ver el dolor que hacía meses lo ahogaba. – Te extraño. Te he extrañado desde que peleamos aquella tarde. Yo… fui un estúpido. Debí confiar más en ti y… debí haber hablado contigo cuando me buscabas días después. – Mireille se negó a verlo a los ojos, dirigiendo su mirada hacia la lejana estatua de la diosa. – Yo, hubiese querido estar contigo… debí haber estado contigo, y lamentaré el no haber estado a tu lado toda mi vida.
- … me hiciste falta – reconoció en un susurro, aún sin mirarlo.
- Lo sé, yo… lo siento.
- …
- Pasado mañana dan de alta a Camus, puedo traerlo a casa aunque hay mucho en lo que tener cuidado con él.
- Felicidades. Ya tienes un aprendiz.
- ¿No irás a verlo?
- … tú tienes a tu aprendiz, y él tiene a su maestro. No me necesitan.
- No puedes… no castigues al niño por mis errores… Mireille, él necesita a su madre…
- …
- Y yo… yo necesito a la mujer que amo… No soy nada sin ti…
x - x - x - x
Se abrazó a la almohada, tratando de ahogar su llanto.
¿Podría algún día perdonarlo?
… ¿podría perdonarse ella?
22 de Marzo. Casa de Acuario
Su bebé había llegado al Santuario dos días atrás, y todas las amazonas hablaban sobre él. Había escuchado a Astrea comentar a alguien que aún debían tener mucho cuidado, dado que su condición aún era delicada (había sobrevivido de milagro de acuerdo a los médicos) y lo más probable es que terminara con problemas pulmonares y constantes enfermedades durante su infancia.
Sabía también que Antoine había llevado al pequeño ante la presencia del patriarca ese mismo día (para presentar ante la estatua de Athena al futuro aprendiz de Acuario), pero se había encerrado en su casa desde entonces y sólo Ragnar y Telémaco (junto a Beatriz y los gemelos) lo habían visto en un par de visitas hechas para llevar todo lo que pudiera necesitar el nuevo padre.
Se apoyó en una columna para descansar. Aún no lograba acostumbrarse a esa debilidad y la falta de ejercicios, y subir hasta la onceava casa le estaba pasando la cuenta. Se dio dos minutos para recuperar el aliento antes de buscar las escaleras que llevaban al piso residencial.
Se sorprendió de encontrar el lugar en silencio. Su dorado tenía una curiosa (y secreta) predilección por el rock británico, y una espectacular colección de vinilos con un sonido de gran calidad. Hubiese esperado escuchar a los Rolling Stones o Queen en cuanto cruzó por la entrada.
Que había un nuevo residente en Acuario era evidente. La usualmente ordenada sala de estar estaba llena de cajas de pañales, regalos a medio abrir y juguetes de bebé que evidentemente habían sido usados por algún pequeño.
Dejando su máscara sobre uno de los sofás se dirigió a la cocina, para encontrarla en el mismo nivel de desorden que la sala. Tarros de fórmula infantil amontonados en la mesa de la cocina, mientras platos, vasos y algunas ollas usadas se amontonaban junto al lavaplatos. Lo único limpio eran las 3 mamaderas que se encontraban pulcramente ordenadas en un recipiente transparente junto a un par de chupetes y algunos implementos especiales para la limpieza de estos artículos.
En el refrigerador, sujetas por algunos imanes, varias hojas con horarios de alimentación, medidas e instrucciones de preparación de la fórmula, datos para el cuidado de bebés prematuros, etc.
Por curiosidad se metió al cuarto del lavado, para encontrar la ropa de Antoine amontonada en un rincón. Sobre la mesa del planchado varios enteritos de bebé y un par de mantitas estaban perfectamente limpias, planchadas y ordenadas.
Parecía que el dorado ponía más atención a todo lo relacionado con el cuidado de su hijo, dejando todo lo demás olvidado.
Cuando llegó a la puerta de su cuarto, no pudo detener las lágrimas.
Acostado sobre la cama, profundamente dormido, se encontraba Antoine. Sobre su pecho (y sujetándolo como si temiera perderlo) dormía tranquilamente su bebé.
Camus.
Era tan pequeño. Tan, tan pequeño. Las manos de Antoine parecían cubrirlo casi por completo, y el enterito azul que llevaba le quedaba evidentemente grande.
Se llevó las manos a la boca para ahogar el llanto. ¿Qué clase de madre era ella, que había sido capaz de abandonar a tan hermosa y pequeña criatura a su suerte durante tanto tiempo?
Estuvo a punto de abandonar el lugar, pero un sutil movimiento llamó su atención. Cuando volvió a mirar dentro del cuarto, encontró al dorado sentado en la cama, mirándola fijamente.
Se levantó con cuidado y, lentamente, se acercó a ella. Sin separar sus ojos de los de ella, acomodó al pequeño en sus temblorosos brazos. Mientras la amazona acurrucaba al bebé contra su pecho, la abrazó.
- Hola Camus… soy Mireille, tu mamá…
