2. El maestro del tiempo

El Avatar no estaba tan equivocado, al pensar que Toph era buena escondiéndose. Había aprovechado al máximo las enseñanzas de Zen, y pasó desapercibida hasta que salió de la ciudad y se internó en la campiña. Como suponían sus amigos, ella iba en busca de quien pudiera orientarla para tomar el camino correcto a la aldea donde la esperaba su prometido, Lee.

Anduvo un buen rato hasta casi anochecer y ya comenzaba a cansarse, pues no se le ocurrió traer consigo ni agua ni comida. Casi sin querer, encontró una casita cerca de un río, y pensó en pedir algo de comer a quien viviera ahí, pero al llegar a ella se dio cuenta de que la casa estaba vacía. Sin embargo, no se amilanó y fue a beber agua del riachuelo que corría al lado de la casa, poniendo su poder de tierra-control en alerta para sentir si alguien se acercaba demasiado.

Cuando hubo satisfecho su sed pensó en pasar la noche en la casa, pero al levantarse para dirigirse a ella la sobresaltó escuchar de repente una voz a sus espaldas.

— Qué bueno que apagaste tu sed pequeña — decía la voz en tono amable. El susto hizo que Toph se pusiera en guardia, atacando rápidamente el origen de la voz con una gran roca, pero increíblemente, la piedra se volvió polvo antes de siquiera tocar a quien había hablado.

— Esa no es la forma de saludar a alguien pequeña — reclama suavemente aquel personaje — y menos aún si se trata de un inofensivo anciano como yo.

Al poner atención, Toph se dio cuenta de que en efecto, la voz era de un hombre entrado en años, pero aún así mantuvo su guardia mientras le contestaba.

— ¿Quién e-es usted? — le pregunta con cautela — ¿Y cómo llegó ahí sin que me diera cuenta?

— Bueno, digamos que... tengo mis trucos — contesta el anciano, pero al decir las últimas palabras estaba ya muy cerca de Toph, asustándola de nuevo.

— ¡No- n-no se me acerque! — le dice la chica ciega tratando de disimular su miedo — Le j- juro que si se vuelve a acercar, lo aplastaré con...

— ¡¿Aquí estoy bien entonces, pequeña? — gritaba el viejo, ahora desde lejos. Toph está asombrada, pero empieza a molestarle que el anciano se estuviese burlando así de ella.

— ¡Ya basta anciano, deje de burlarse de mí! — contesta Toph, pero al hacerlo recuerda el por qué de su huida y una lágrima asoma a sus ojos.

— Oh pequeña lo siento, no fue mi intención — le dice el viejo en tono apenado, ya cerca de ella —. Por favor toma este pañuelo.

— ¡No, no quiero nada! — dice ella rechazándolo — ¡No soy nada, no merezco nada! Todos se burlan de mí por no poder ver, hasta un viejo como usted.

— Te entiendo pequeña — dice entonces el anciano —. Yo tampoco puedo ver.

Toph se asombra tanto de las palabras del viejo, que hasta olvida su tristeza, y automáticamente acepta el pañuelo que le ofrece.

— Creo que ya estás más tranquila, ¿eh, pequeña? — dice el viejo alegremente — Con gusto me presento, soy Kiang. ¿Y tú?

— Me- me llamo Toph — titubea la chica ciega, pues sigue sin reponerse de la sorpresa.

— Es un nombre muy bello Toph, encantado de conocerte. Dime, ¿te gustaría comer algo? Te invito a mi mesa.

— Eh, yo... n-no quisiera molestarlo, señor.

— Oh, vamos. No eres ninguna molestia, además a mí me encantaría. No recibo muchas visitas por aquí, ¿sabes?

— Eh... está bien, comeré algo.

— ¡Fantástico! Ven, la mesa ya está servida.

— Pero si ahí no hay na... ¿Eh? ¡Hummmm, que delicioso!

Hasta ese momento, Toph percibió el aroma de comida recién cocinada, y siguiendo los aromas llegó hasta la mesa donde prácticamente devoró todo lo que tenía enfrente.

— Vaya, fue atinado de mi parte el invitarte — dijo el viejo Kiang —. Si deseas algo más, sólo dilo pequeña.

— Ay (chomp), no, no gracias (chomp). Ya estoy (chomp) satisfecha.

— Muy bien. Entonces, ¿Puedo preguntarte qué hacías por aquí? Nadie visita estos parajes hace ya mucho tiempo.

— Eh, bueno... yo, buscaba a alguien que pudiera orientarme... Tengo estos mapas y...

— ¿Mapas? Ah vaya, te has escapado de casa, ¿verdad?

Toph se sintió avergonzada. El buen anciano la había atrapado con sus palabras.

— Descuida pequeña — dice entonces el viejo —, no se lo diré a nadie si no quieres. Pero dime, ¿qué hizo que una joven ciega tomara unos mapas y escapara con ellos de casa?

— Es largo de contar. ¿Tiene tiempo de escucharme?

— Je, je. Mi pequeña niña, si tan solo supieras... pero venga, cuéntame todo, a lo mejor sí puedo ayudarte.

Toph cuenta al viejo Kiang toda su historia, desde que conoce a sus amigos hasta el momento en que se marcha de la casa en la ciudad. La tarde va cayendo, y comienza a hacer algo de frío.

— Vaya, pero qué curiosa historia pequeña — dice Kiang, quien escuchó todo atentamente —. Se parece mucho a la mía. Yo también he sido un ser muy independiente, pero eso me volvió muy solitario.

— ¿De verdad? — dice ella, sintiéndose comprendida.

— Sí, y déjame decirte algo. Esta soledad fue mi elección, y como tal la acepto, pero, la verdad... he sufrido mucho por ella. Cambiaría con gusto todo lo que soy por tener siquiera un amigo. Tú tienes suerte de tener a los tuyos, y seguramente te estarán buscando.

— Sí... seguramente... pero yo no pienso regresar, yo también quiero ser feliz como ellos ya lo son, y no me detendré. Gracias por la comida señor, ahora me voy, tal vez encuentre a alguien que me lea estos mapas de la aldea que le conté y...

— No lo creo pequeña, ya es de noche y todo mundo duerme ya.

— ¡¿QUÉEE? Pe- pero cómo es posible, si acabamos casi de comer, y...

— El tiempo vuela cuando estás en compañía tan agradable, ¿no es verdad pequeña?

— Pu-pues sí, pero, ¿t-tan rápido?

— Yo lo sé muy bien Toph, y porque lo sé es que puedo ayudarte. Yo soy el Maestro del Tiempo.

La revelación fue sorpresiva para la chica ciega, y de momento no puede creer lo que escucha. Deseando estar segura, se atreve a decirle algo más al amable anciano.

— No, no es posible. El tiempo solo pasa, no se puede controlar.

— ¿Te gustaría una prueba de que sí es posible, pequeña? — contesta el viejo, pero al ir diciendo la pregunta, su voz cambia a la de alguien joven, y se escucha vigorosa y varonil. Toph toca su mano, y ya no está arrugada ni débil, es la mano de un joven fuerte y recio. La chica ciega se subyuga ante el prodigio, y se siente a punto de caer seducida, pero acude en su ayuda el recuerdo de Lee, su amado Lee.

—Así como tú, yo también me encontré un día con el Maestro anterior — explica el joven Kiang —. Por entonces, no me explicaba por qué mi vida no era nada, si había hecho grandes esfuerzos por mejorarla. Y él me lo aclaró todo, cuando me hizo volver a mi pasado y pude ver mis errores. Me dio la oportunidad de recomenzar mi vida, pero me advirtió que entonces mi futuro cambiaría, para bien o para mal.

— ¿Y lo aceptó, aceptó volver a su pasado?

— No. No lo hice porque también me di cuenta de que desde ese mismo momento podía decidir mi destino, y que ya nada tenía que ver mi pasado con eso. Se lo dije al Maestro del Tiempo, y me preguntó qué era lo que quería. Yo elegí ser su aprendiz, para tener por fin una meta, un destino, un lugar en el mundo. El Maestro lo entendió, y cuando tocó su momento de partir al mundo espiritual, me dejó su sitio. En el mundo solamente puede existir uno solo Maestro del Tiempo pequeña, y por ahora, soy yo.

— ¿Entonces, puede llevarme a cualquier momento de mi vida que desee?

— Sí Toph, pero sólo una vez. Y desde ahí, todas las decisiones que tomes son sólo tuyas, y considera que lo que decidas cambiar, cambiará inevitablemente tu futuro. Puedo controlar el tiempo, pero no puedo detenerlo.

La maestra-tierra lo meditó cuidadosamente, pues era una decisión difícil. Tenía en sus manos la oportunidad de volver a comenzar su vida, pero quizá significaría el no conocer nunca a sus amigos, ni tener las aventuras que la habían llevado hasta ese momento, ni haber conocido el amor en la amabilidad de Zen, y en los labios y el corazón de Lee...

— Ya lo decidí — dice al fin —. Kiang, por favor hazme volver al momento en que me encontraste en el río bebiendo. Eso es lo que quiero.

— Sabia decisión pequeña — contesta Kiang con la voz familiar de anciano —. Me dio mucho gusto conocerte. Quizá un día nos encontremos de nuevo, así que ¡hasta pronto Toph!

Hubo un momento de silencio, y Toph creyó que había imaginado todo. Sintió sed, y al escuchar el río cerca de ella se dirigió ahí para beber un poco, mas no bien se iba agachando, cuando desde el cielo escuchó un grito muy familiar.

— ¡Toooph, Toooph soy yo, Aang! ¡Espera ahíiii, traeré a los demás!