6. Reunión Familiar

La mañana parece pintar diferente a todos, sobre todo a Toph. Siente un gran alivio luego de que comprende que todo ha sido una jugada de Kiang, el Maestro del Tiempo; para enseñarle que todo tiene su momento y lugar, que no se debe apresurar a la vida sino disfrutar de cada momento que llega a ella, pues no sabemos si volverá a repetirse. Y la chica ciega no desea perder lo que ha llegado a su vida, el amor verdadero.

La caravana viaja durante todo el día, y pasan la noche en un claro cercano a una montaña, que parece un volcán apagado. Todos charlan, ríen y tras una buena cena, se retiran a dormir. A la mañana siguiente nadie se espera la sorpresa que ven, ni siquiera Toph entiende cómo pasó. La montaña que veían lejana el día anterior, ahora está casi encima de ellos.

— ¡¿Pe-pe-pero c-cómo pasó esto? — dice Sokka, intentando corregir sus mapas — ¡No es posible, esto va a mover todo el itinerario que hice!

— Espera Sokka — le dice su hermana —, seguramente hay alguna explicación lógica para esto.

— La hay — dice Toph convencida —. La montaña se movió hacia acá.

— ¡Vaya lógica! — replica el moreno — Es la lógica de toda una maestra-tierra.

— Pues creo que puede ser posible — dice entonces el Avatar —, pero para eso se necesitaría el poder de cientos de maestros-tierra al mismo tiempo.

— O de uno solo — dice Toph pensativa —. Uno suficientemente poderoso para lograr mover tal masa de tierra y rocas. Pero los únicos que conozco con ese poder son los tejones-topo, y no he sentido su presencia en todo lo que llevamos de viaje.

— Pues aquí el único con un poder de ese tamaño eres tú Aang — dice Katara —, pero no creo que te hayas levantado a medianoche para…

— ¡Hey, cuidado! — grita Suki de pronto, esquivando una cadena larga terminada en punta, que va a clavarse en el árbol a cuyo pie está sentado Sokka. Todos se asombran y se ponen en guardia, mientras ven cómo la cadena se retrae soltándose del árbol, tan rápido como había surgido.

— ¡Ahí, salió de ahí! — indica Toph con decisión, señalando a unas rocas de la ladera de la montaña. Pero no bien emprenden la carrera hacia el sitio señalado, cuando una atronadora voz metálica resuena amenazante en sus oídos.

— ¡NADIE PUEDE PASAR POR AQUÍ, SE LOS PROHIBO! — dice la voz — ¡AQUEL QUE SE ATREVA NUNCA SALDRÁ DE LA MONTAÑA!

— ¡¿Y quién lo dice? — responde Toph desafiante — ¡Vamos, da la cara y pelea!

Cuando lo dice, Toph levanta algunas rocas y las arroja al sitio de donde salió la cadena. Entonces la voz vuelve a resonar.

— ¡¿AJÁ, CON QUE ERES MAESTRA-TIERRA? ¡A VER SI PUEDES CONTRA ESTO!

La chica ciega siente entonces algo extraño en la tierra bajo sus pies, algo que le costó tiempo y mucho esfuerzo aprender sin verlo, pero que reconoce al instante, y sabe lo peligroso que es para sus amigos. Intenta controlarlo, pero pronto se da cuenta de que se enfrenta a alguien muy poderoso.

— ¡Pronto, todos muévanse de donde están! — avisa a sus amigos. Pero es ya tarde, todos comienzan a ver crecer barras de fuerte metal de la tierra donde pisan, formando jaulas que los atrapan. Las barras se curvan sobre sus cabezas, cerrando por completo las jaulas.

Toph logra librarse por momentos de las jaulas al mantenerse en movimiento, pero no dura mucho. Largas cadenas parecidas a la primera comienzan a serpentear alrededor de ella como si fuesen tentáculos, y la persiguen hasta atraparla, sujetándola con fuerza por sus miembros. Por más que lo intenta, la chica ciega no puede ejercer su metal-control sobre las cadenas.

— ¡JA, JA, JA! — ríe la voz metálica — ¡NO PUDISTE CONMIGO MAESTRA-TIERRA, AHORA VAN A PAGAR SU OSADÍA!

Toph escucha cómo sus amigos comienzan a gritar su desesperación, pues las jaulas han comenzado a hundirse, y los comprimen en la dura tierra. Toph sólo puede escucharlos, pero no se amedrenta, y aún amenaza a la voz.

— ¡Eres un maldito cobarde, sal a dar la cara y deja tus juguetes!

— ¡¿JAA, AÚN CREES QUE PUEDES VENCERME? — le contesta la voz como un rugido.

— ¡Voy a aplastarte, o mi nombre no es Toph Bei Fong! — grita la chica ciega, tras lo cual sucede algo increíble. Las jaulas se detienen repentinamente, y Toph es bajada a tierra lentamente, aún sujeta por las cadenas.

— ¿Di-dijiste T-Toph… Bei F-Fong? — dice la voz, que ya no suena metálica.

— ¡Sí, eso dije! — responde la chica aún enojada, pero extrañada al notar que las cadenas la sueltan. Entonces, la antes atronadora y siniestra voz rompe en sollozos, repitiendo el nombre de la maestra-tierra.

— ¡Toph, hija, eres tú! ¡E-Es increíble, después de tanto tiempo, puedo volver a abrazarte mi pequeña niña!

— ¡¿Eh, de qué rayos hablas? — pregunta Toph confundida — ¡Mi padre nunca me hablaría así, dime quién eres ahora mismo!

— ¡¿Ya no me recuerdas Toph? ¡Yo soy Liú, el hermano de tu madre! ¡Soy tu tío Liú!

La memoria de Toph fue atropellada por los recuerdos al escuchar ese nombre. Recordaba una voz de hombre joven, que la hacía reír cuando era pequeña. El dueño de aquella voz le decía que repitiera su nombre, "tío Liú", y si lo hacía bien era lanzada al aire con alegría, y recibía al caer en los brazos de aquel hombre una oleada de besos y abrazos. Era la mayor muestra de cariño que podía recibir en casa, pero desafortunadamente no duró mucho. Un día no se supo más del tío Liú, y como nadie jamás lo mencionaba ella creció olvidándolo. El recuerdo terminó cuando ella volvió a la realidad, y enfrentó de nuevo a aquella voz.

— Si en verdad eres mi tío, demuéstralo — le dice Toph, y se quedó esperando. Entonces, dos de las cadenas que la sujetaban la tomaron a horcajadas, arrojándola hacia arriba de tal forma que su cuerpo hizo una pirueta, para volver a caer atrapada por las cadenas. Se repitió un par de veces más, con lo que Toph quedó alegremente convencida de que, en efecto, era su tío perdido quien hacía eso.

— Este… Oye Toph — le dice Sokka cuando ella bajó a tierra — ¿Serías tan amable de pedirle a tu tío que nos suelte? Esta posición es algo… incómoda.

Toph entonces recordó a sus amigos, y pudo sentir a través de sus pies que Sokka tenía razón. Todos estaban apretujados en sus jaulas, en posiciones bastante ridículas tratando de que las barras no les rompieran algún hueso.

— ¡Oh, oh, mil perdones a todos! — dice la voz del tío — Lo siento, los amigos de mi sobrina querida son mis amigos también. Permítanme.

Al instante, las barras se enderezaron y volvieron a enterrarse derechas en la tierra, liberando a todos.

— Gracias tío Liú — dice Toph —. Ahora, ¿Podrías salir de donde estás? Me gustaría que mis amigos te conocieran.

— Ay sobrina mía — dice la voz del tío con tristeza —. Si pudieras verme comprenderías por qué vivo escondido, y por qué no dejo que nadie me encuentre.

— Oh vamos tío — dice la chica ciega —. ¿Qué puede ser tan malo? Debiste ver a los enemigos que enfrentamos en el pasado.

— Está bien Toph, saldré — dice el tío con resignación —. Pero les advierto, quizá no les guste lo que verán.

Tras un breve silencio, la tierra se remueve lentamente, y un gran agujero se abre entre todos los presentes. Del fondo va saliendo una figura extraña, conformada por metal casi en su totalidad, parecida a un tanque de la Nación del Fuego pero en escala menor, y en el lugar de la torreta surge el torso de un hombre, formado de piezas metálicas con excepción de una parte de la cabeza y un brazo. Todos lo ven admirados, y el extraño ser los mira a todos antes de encontrar entre ellos a su sobrina.

— ¡Toph, al fin! — le dice a la chica ciega — ¡Ven, dale un abrazo a tu tío Liú!