7. Quiero ser feliz
— ¿Tío Liú? — dice Toph dudosa. Lo que podía detectar no se parecía en nada a un ser humano — ¿Pero… qué eres?
— Ya me esperaba esa reacción — contesta Liú con pesadumbre —. Aunque no lo creas soy tu tío, Toph querida. Bajo todo este montón de metales, late mi corazón, ahora con más fuerza por verte otra vez.
EL pequeño tanque que hacía las veces de piernas de Liú se acercó lentamente, mientras el agujero del que salió se cerraba. Los amigos veían a un ser bastante monstruoso acercándose a su amiga, y por si acaso se aprestaron para luchar.
— Toma mi mano Toph — le dice Liú acercándole su mano humana —. Es lo único que queda de mí como persona.
Toph tomó la mano que le ofrecían, y la sintió como cualquiera, pero algo más cálida. Y pudo detectar al contacto que su tío no mentía, y lo abrazó sin importarle que fuera de metal. Los demás se enternecieron ante la escena, y bajaron la guardia acercándose a la pareja.
— Deben estar cansados de viajar — les dice Liú —. Vengan, pasen a mi humilde hogar a descansar y a comer algo, yo los invito.
— Muchas gracias señor — dice Katara mirando alrededor —, pero; ¿a dónde vamos?
— Aquí mismo señorita — contesta el hombre metálico con cortesía —. Esta montaña móvil es mi hogar.
Al decir eso, parte de la montaña se abrió ante los chicos, dejando ver un pasillo que se internaba en la roca. Avanzaron lentamente detrás de Toph, y ella iba siguiendo a su tío Liú. Caminaba segura, mientras los demás iban oteando cada paso que daban, tratando de anticiparse a alguna sorpresa. Por fin, una gran caverna iluminada por unas raras antorchas metálicas se dibujó ante ellos.
— Éste es mi hogar sobrina mía — dice Liú orgulloso —. Ojalá y pudieras verlo.
— Lo veo tío, pero no puedo creerlo — dijo la chica ciega, asombrada por lo que percibía. La caverna entera estaba llena de piso a techo por maquinaria y tuberías, que en algunos sitios se veían como hechas de vidrio dejando ver los líquidos que circulaban. Por algunos tubos se escapaban vapores que las hacían silbar, y todo se llenaba de ruidos metálicos.
— ¿Tío, qué es todo esto? — pregunta Toph.
— Querida mía — le contesta Liú —, estás frente al mejor maestro-metal que existe hasta ahora. Y éste es mi taller, y mi casa también.
— ¿Taller? — se aventura a decir Sokka — Es decir, ¿usted trabaja los metales para vivir?
— Así es chico — dice el hombre-máquina —. Hago trabajos de herrería y piezas de…
— ¿De qué señor Liú? — pregunta Katara, viendo que el hombre callaba.
— De… de… ¡De puertas, sí de puertas metálicas! — se apresura a decir Liú, tratando de desviar la conversación. Naturalmente, Toph detectó que mentía, pero no dijo nada.
— Oiga señor Liú — interviene Aang —, ¿podemos preguntarle por qué está así, como lo vemos ahora?
— Es largo de contar jovencito — contesta Liú apesadumbrado —. Verán, yo me di cuenta muy joven que tenía mucha facilidad para el control-metal, pero nunca se lo dije a nadie, ni siquiera a mi familia. La madre de Toph, mi hermana; es la única que conoce este secreto, y lo ha guardado por mucho tiempo.
— ¿En serio? — dice Sokka, sumamente interesado — Bueno, somos todo oídos.
Toph hizo un gesto de resignación antes de que su tío comenzara su narración. Todos se sentaron como y donde pudieron, pues alrededor no había nada parecido a muebles, y prestaron atención al hombre-máquina.
— Sucede que, cuando era muy joven, al practicar como todos los maestros de la tierra-control, me di cuenta casi por accidente de que podía controlar también el metal. Eso era algo muy avanzado entonces, y quienes me enseñaban tierra-control decían que no era posible que alguien tan joven tuviese esas habilidades tan naturalmente. Peor yo las tenía, y decidí no contarlo hasta que aprendiera a controlarlas y saber hasta dónde podía llegar con ellas.
— Pero dijiste que mi madre lo sabe — dice Toph — ¿Cómo fue eso?
— Tu madre se enteró por casualidad — contesta Liú —. Yo practicaba a escondidas, pero una vez me atrapó, y se asombró tanto por lo que podía hacer que prometió no decirle a nadie, si prometía utilizar esta rara habilidad para el bien. Éramos jóvenes entonces, y ella esperaba ya el día de su boda con tu padre.
— ¿Mis padres se casaron por un compromiso arreglado? — dice la chica ciega sorprendida.
— Sí Toph — dice su tío —. Y debo confesarte que yo no deseaba esa boda. De hecho, fui el único que se opuso a ella. Yo no he llevado nunca buenas relaciones con tu padre, y tu madre lo sabía. Tal vez por eso me hizo prometer que no usaría metal-control para impedir que se casara. Pero bueno, por el amor de hermanos que siempre nos hemos tenido, no hice nada, y no me arrepiento. El día que naciste me hizo sumamente feliz.
— ¿De verdad señor? — dice Katara sonriendo — Toph no habla mucho de su niñez.
— Oh, Toph fue una niña preciosa — dice Liú recordando —. Me encantaba aparecerme por su casa, tan sólo para saludarla y hacerla reír con el juego que ya vieron. Pero por mi enemistad con su padre, no podía estar mucho con mi hermana y con Toph, y mis visitas se fueron espaciando más y más hasta que… bueno, hasta que ya no pude volver a verlas.
— ¿Qué fue lo que pasó señor Liú? — se aventura a preguntar Suki — ¿Por qué dejó de verlas, si las amaba tanto?
Liú suspiró antes de contestar, y miró hondamente a Toph como buscando su perdón por lo que iba a decir.
— Espero que puedas perdonarme Toph — dice él con amargura —. En realidad no fabricaba puertas ni herrería. Yo hacía piezas para el armado de máquinas de guerra… para la Nación del Fuego.
Todos se quedaron de una pieza ante la revelación. Rápidamente se pusieron de pie, menos Toph, que permaneció donde estaba.
— ¿Pe-pero… p-por qué tío? — le pregunta incrédula — ¿Por qué lo hiciste?
— Fui obligado Toph — dice Liú sin moverse —. No sé cómo ni cuándo mi habilidad fue descubierta por Ozai, y amenazó con hacerles daño si no cooperaba con él. Así fue que yo creé muchas de las armas que utiliza para su guerra.
— Esa guerra ha terminado señor — dice Aang bajando la guardia —. Ozai y su hija Azula están presos, y ya no harán ningún daño a nadie.
— Ay chico, quisiera poder creerte — contesta Liú —. Si sólo supieran las cosas tan terribles que ha planeado… La peor fue la creación de un arma especial, tan sólo para liquidar al Avatar, a manos de un cruel y despiadado asesino samurái llamado…
— Zen, tío — completa Toph —. Su nombre era Zen.
— ¿Eh, cómo lo sabes? — dice Liú sorprendido.
— Porque pudimos conocerlo tío, y nos enseñó mucho de lo que sabía.
— ¿De lo que sabía? ¿Acaso está…?
— Sí tío, él ya no está más por aquí.
Liú no atina a comprender cómo era que hubieran tenido un encuentro con Zen, y haber vivido para contarlo. Su experiencia con él no había sido muy buena, y aún la llevaba presente.
— No me esperaba eso — dice Liú al fin —. Tardé mucho elaborando esas armas, y por ellas quedé mutilado así. Sólo mi metal-control me permitió reconstruir mi cuerpo y seguir viviendo, aunque tuve que aislarme para siempre del mundo, para evitar que me confundieran con un monstruo… y para escapar de la ira de Ozai. Pero ahora podré buscar esas armas malditas, y destruirlas…
— ¡No tío! — grita la chica ciega — Esas armas están ahora en buenas manos, y no harán daño nunca más.
— Pe-pero Toph, hija, debes entenderlo — dice el tío —. Esas armas son muy peligrosas, y cualquiera que las tenga en su poder se volverá tan poderoso como el Avatar, y si lo encontraran…
— Ya lo han hecho señor — dice Sokka —. Pues resulta que, por cosas del destino, dos de esas armas están en mi poder, y yo soy muy amigo del Avatar.
— ¿Tú? — dice Liú — N-no, eso no es posible. El Avatar debe ser un gran guerrero, no me lo imagino junto a chicos como ustedes.
— Pues debería hacerlo señor — dice Aang —, porque el Avatar soy yo.
Liú se quedó sin habla. Sus miembros metálicos hicieron ruido cuando se giró para pasearse de un lado a otro, tratando de procesar lo que escuchaba.
— Oye chico — le dice a Sokka —. Dijiste que eras dueño de dos de las armas que hice. ¿Sabes quién tiene la tercera?
— Yo te lo diré tío — dice Toph —. El arma faltante está en mi casa. Bueno, la que será mi casa cuando contraiga matrimonio.
— ¡¿QUÉEEE? — exclama Liú más asombrado que antes — ¿Cómo dijiste sobrina, que tú te vas a-a…?
— Sí tío, voy a casarme — dice Toph con seguridad —. He encontrado el amor en un buen hombre, que me ama también tanto como para haber enderezado sus pasos por mí. Y ahora mismo me espera para casarnos.
— Pe- pero sobrina… — titubea el tío — Yo pensé que… Bueno, creí que ahora que volvimos a vernos, quizá… Quizá pudiéramos volver a ser una familia, y…
— ¡¿Qué insinúas tío? — dice Toph molesta — ¿Estás diciendo que no me case, para volver a casa contigo? ¿Qué renuncie a ser feliz, para que tú lo seas?
— Toph… yo… — balbucea Liú, sin saber qué decir.
— ¡No, nunca lo haré! — lo corta la chica ciega — ¡Ya he tenido suficiente amargura en mi vida, llegué a pensar que no habría otra vida para mí! ¡Pero ahora es diferente, tengo buenos amigos, y ahora tengo un novio que me ama, y que no le importa que no pueda verlo, y que desea casarse conmigo! ¡Y si tú, igual que mis padres, tampoco lo puedes entender, no me importa! ¡Quédate con la vida que elegiste, y déjame en paz!
El llanto ya no permitió que continuara. Toph se arrojó a los brazos de Katara y Suki, mientras los demás la rodeaban. Liú los miraba pensativo, hasta que tomó una decisión. Fue hasta un montón de trozos metálicos que se amontonaban tras una especie de fragua, y tomando uno pequeño, lo manipuló hábilmente con metal-control. Luego, se acercó lentamente al grupo.
— Sobrina — comienza a decir Liú —, Perdóname por ser tan egoísta. La imagen que me había quedado de ti era la de una pequeña bebé que solía sonreírle a su tío cuando la cargaba. Pero ahora eres ya una mujer Toph, y debo entender que como todas las mujeres, también tienes derecho a ser feliz. Y si eso te hace feliz, yo lo seré también. Si quieres, acepta éste humilde obsequio de bodas de mi parte, y felicita a tu futuro esposo. Ojalá y te haga una mujer muy dichosa.
Liú estiró la mano mecánica, enseñando lo que le llevaba. Los demás se asombraron al ver dos preciosos anillos dorados, que refulgían con la luz de las antorchas. Toph los recibió y se asombró al notar que pesaban un poco.
— Es una aleación especial que descubrí — explica Liú —. Hace más durable al oro, y resistirá cualquier cosa. Para ustedes sobrina, son de todo corazón.
