Capítulo 2

Por la mañana temprano tomaron un ligero desayuno a base de huevos cocidos, tostadas y café. Holmes continuó estudiando la carta de Mortimer, pese a que ya había deducido todo lo que necesitaba en su primera lectura. El equipaje, preparado la noche anterior, esperaba junto a la puerta. Habían dormido poco, y no hablaron mucho durante el desayuno, cada uno perdido en sus pensamientos.

Finalmente, como en respuesta a una señal, Holmes se levantó y cogió el abrigo y el sombrero. Watson lo imitó y, apoyándose ligeramente en su bastón, levantó su maleta con la mano libre. Holmes cogió la suya y ambos salieron en el mayor silencio posible, dejando a su estimada casera el trabajo de retirar los restos del desayuno.

Ya abajo, en las calles nevadas, Holmes llamó a un cabriolé. El caballo trotó hasta detenerse en el fango gris de la carretera, y Holmes le dio la dirección al cochero mientras Watson cargaba sus maletas detrás y subía al interior. El coche partió, traqueteando y dando botes, por las calles de Londres, y Holmes se asomó a la ventanilla para presenciar el despertar de la ciudad.

Aún caían blandamente algunos copos de nieve, y aunque el aire era frío, las calles comenzaban a revivir con la presencia de la gente. Decenas de imágenes, olores y sonidos asaltaban a Holmes mientras lo observaba todo con entusiasmo: la patrulla nocturna que regresaba cansada a casa; los tenderos que abrían sus tiendas; el olor del pan recién hecho en la panadería; el grito del chico de los periódicos. Oyó que Watson se removía, incómodo, en el asiento de enfrente, y se apartó de la ventanilla.

Holmes había aprendido a no preguntarle a Watson por su salud, ni siquiera a comentarlo. Aun así, observó que el doctor estaba incómodo, sin duda a causa del frío y del abandono de su concurrida consulta de Kensington. Con tantos pacientes aquejados por la gripe y otras dolencias propias del invierno o confinados en la cama, los médicos de la ciudad iban a estar bastante ocupados yendo de acá para allá en sus rondas.

—Creo que unos días en el campo nos vendrán bien a ambos —comentó Holmes con aire despreocupado.

Watson enarcó una ceja.

—¿En una vieja mansión encantada, en pleno invierno? —señaló, divertido.

Holmes soltó un resoplido.

—No creo en fantasmas, Watson, y tampoco debería hacerlo un hombre de ciencia como usted. No, tras el actual tormento de sir Henry se esconde un rostro humano, y voy a desenmascararlo.

—Eso espero —respondió Watson con un desenfado que habría engañado a cualquiera que no fuera Holmes—. Creo que sir Henry ya ha sufrido acoso suficiente para toda la vida.

Holmes se limitó a emitir un vago sonido de asentimiento, nuevamente enfrascado en el estudio de las calles.

Al llegar a la estación, el cochero los ayudó a bajar sus maletas. Holmes le pagó mientras Watson compraba los billetes.

—Por fortuna, el tren no se ha retrasado a causa del tiempo —informó el doctor, reuniéndose con el detective—. Pero me alegro de haber traído la bufanda y el gabán. ¡Detesto el frío!

Holmes, abrigado de manera similar para combatir el frío, mostró su acuerdo con un asentimiento mientras avanzaban con cuidado entre la trillada nieve hacia el andén.

El tren llegó minutos después y lo abordaron agradecidos, aunque dentro del vagón no hacía mucho más calor que en el andén. Encontraron un compartimento vacío y, tras dejar a buen recaudo sus maletas, pasaron al vagón restaurante para tomar un poco de café caliente.

El tren estaba prácticamente desierto. Estaba claro que aquel tiempo disuadía a mucha gente de viajar, y en cualquier caso, en la tregua post-navideña del Año Nuevo pocos tenían necesidad de hacerlo. Holmes observó la escasa actividad que tenía lugar en el andén mientras el camarero les traía el café. Watson sirvió dos tazas y echó un vistazo a su compañero, al otro lado de la mesa.

—¿Debo deducir por su expresión que alguien nos está siguiendo o que, como mínimo, nos vigila? —preguntó con familiaridad—. No vi a nadie desde el carruaje.

—En efecto —murmuró Holmes, volviéndose hacia él—. El muchacho en cuestión ya estaba esperando en la estación. Nos vio llegar y nos siguió, pero no subió al tren. Sospecho que le han pagado para avisar a alguien de Dartmoor de nuestra inminente llegada. Ah, sí, ahí va… Imagino que a enviar un telegrama.

Watson esbozó una leve sonrisa.

—Entonces tiene usted razón. Hay un factor humano implicado.

—¡Por supuesto que lo hay! —resopló Holmes—. Sólo necesito deducir quién desearía hacerle aún más daño a sir Henry… y no tiene sentido especular sobre este asunto hasta que la misma fuente nos proporcione más datos.

Watson captó la indirecta, volvió a sonreír y dio un sorbo a su café, disfrutando del calor de la taza entre sus manos. No tenía sentido tratar de persuadir a Holmes para jugar a las adivinanzas sobre lo que estaba ocurriendo en Dartmoor.

Un potente silbido hendió el aire y, momentos después, el tren se puso en marcha, rechinando y expulsando un intenso chorro de vapor mientras salía de la estación, ganando velocidad progresivamente.