Capítulo 3
Los dos viajeros salieron finalmente del vagón restaurante y regresaron a su frío compartimento. La estancia permanecía tal como la habían dejado, y Holmes sacó su pipa y comenzó a fumar con satisfacción, mientras Watson miraba por la ventana. No tardaron en dejar Londres atrás, atravesando a toda velocidad la campiña cubierta de nieve.
El viaje transcurrió sin incidentes; mantuvieron charlas intrascendentes, leyeron el periódico y se turnaron para echar breves siestas.
Finalmente, el tren llegó a la estación y los gritos del revisor anunciando la bajada los hicieron salir de su cabina. Se apearon del tren con su equipaje y se encontraron sobre un andén cubierto por una capa de nieve de varias pulgadas. Aunque no estaba nevando, el aire era frío y el cielo gris, plomizo y cargado con la amenaza de una inminente tormenta.
Watson se estremeció y avanzó unos pasos apoyándose pesadamente en su bastón, mirando a su alrededor. Aparte de ellos, sólo unos cuantos viajeros habían bajado del tren y no tardaron en desaparecer, dejándolos solos con el mozo de equipajes.
—¿Puedo ayudarles, caballeros? —preguntó el mozo con voz cansina, embutido en su gabán, su bufanda y su sombrero—. Hace demasiado frío para quedarse aquí parados.
—Estamos esperando a alguien —respondió cortésmente Watson.
—Bien, espero que no les importe quedarse aquí unos días —continuó el hombre como si no lo hubiera escuchado—. Sospecho que ya no saldrán más trenes cuando empiece a nevar. Como si no tuviéramos bastante.
—Ejem, sí, gracias.
Watson se tocó el sombrero y el extraño mozo desapareció.
Holmes levantó su maleta sin esfuerzo y avanzó a zancadas entre la nieve en dirección a la estación. Allí esperaron bajo el alero durante largos minutos. Finalmente, Watson rompió el silencio.
—Espero que el doctor Mortimer haya recibido su telegrama —comentó, lanzando una mirada a Holmes.
—Ciertamente —respondió el detective, frunciendo el ceño—, sería de lo más inconveniente tener que buscar a alguien que nos lleve a la mansión… Ah, espere… Se acerca un carro.
Watson se dio la vuelta y, en efecto, un carruaje abierto, del que tiraba un percherón, bajaba traqueteando por el camino, conducido por una figura familiar. Ésta descendió de un salto y los saludó calurosamente.
—¡Mi querido señor Holmes! ¡Doctor Watson! ¡Qué placer verlos de nuevo! Muchas gracias por venir, y además tan rápido. A sir Henry le encantó oír la noticia de su llegada. El pobre está desquiciado por todo lo que está pasando…
—De lo cual deberán hablarnos a fondo en cuanto estemos en la mansión Baskerville —decidió Holmes.
—Oh, sí, por supuesto —asintió rápidamente Mortimer—. Discúlpenme, deben estar muriéndose de frío… La calesa de sir Henry tiene una rueda rota, una extraña y desafortunada casualidad, así que me temo que tendremos que contentarnos con mi pequeño carruaje hasta que haya sido reparada...
Los ayudó a cargar el equipaje, colocándolo bajo el asiento, y los dos hombres se sentaron arrebujándose en sus abrigos, mientras Mortimer instaba al caballo a iniciar un trote rápido.
—¡Estaremos allí tan pronto como podamos, caballeros! —dijo, volviéndose a mirarlos por encima del hombro—. Por el momento, las carreteras no están muy mal, pero el mal tiempo dificulta el viaje…
El carro marchaba traqueteando a lo largo del camino, y Watson comenzó a dudar de la sensatez de emprender tal viaje de inmediato. Se preguntó si no habría sido mejor esperar una o dos semanas, hasta que el tiempo mejorara. Miró furtivamente a Holmes, pero nada en la expresión del gran detective traicionaba lo que estaba pensando. Tenía los ojos entrecerrados a causa del viento y la nariz y las mejillas enrojecidas por el frío. Watson era consciente de que él no tenía mejor aspecto. Un bache particularmente brusco le hizo soltar un siseo y agarrarse involuntariamente el hombro, que estaba empezando a dolerle por lo tenso que había dejado su cuerpo su lucha contra el frío.
Atravesaron la familiar villa de Grimpen y tomaron los angostos caminos rurales. El caballo redujo ligeramente el paso en los senderos menos transitados, pero se mantuvieron a un ritmo constante. Por fin, en la creciente oscuridad, brilló una diminuta lucecita y, cuando la mansión Baskerville apareció ante sus ojos, Mortimer animó al caballo a ir más deprisa. Mientras recorrían el sendero del páramo, la oscuridad hacía difícil ver si el lugar había cambiado algo. Sin embargo, en el camino de la entrada habían instalado una hilera de farolas, y todas las ventanas resplandecían como un faro en la noche.
El carro se detuvo finalmente ante la puerta principal, donde fueron recibidos por Perkins, el anciano mozo de cuadra de sir Henry. Los saludó con un rápido gesto y, llevándose los dedos a los labios, emitió un potente silbido. La puerta principal se abrió de golpe y Barrymore, el mayordomo, salió rápidamente para llevar dentro sus maletas.
Holmes bajó del coche sintiendo una dolorosa e intensa rigidez en los huesos, producto de la inactividad resultante de haber permanecido largo rato sentado y expuesto al frío. Se acercó a Watson cuando éste descendió con algo menos de gracia y maldiciendo para sus adentros al tiempo que se tambaleaba un poco. Holmes alargó un brazo para sostenerlo, pero Watson rechazó su ayuda con un gesto de la mano y una sonrisa de disculpa, y se volvió hacia la casa.
El doctor Mortimer decidió quedarse allí a pasar la noche, pues no deseaba arriesgarse a regresar al pueblo en medio de la helada oscuridad, y Perkins se apresuró a llevarse el carro y el caballo.
—Si quieren seguirme, caballeros… —dijo Barrymore, haciendo un gesto hacia la puerta.
El trío subió en silencio las escaleras de la entrada y entró en la mansión siguiendo al mayordomo, que, una vez dentro, cerró la puerta. Sus maletas fueron momentáneamente depositadas al pie de las escaleras, mientras Barrymore los ayudaba a quitarse y colgar sus abrigos. A continuación, los condujo al salón, donde un fuego ardía alegremente en la chimenea, el primer calor auténtico que Holmes y Watson experimentaban desde que dejaran sus habitaciones de Londres para emprender su largo viaje.
—¿Sir Henry? —aventuró Barrymore—. Ha llegado el doctor Mortimer con el señor Holmes y el doctor Watson.
—¡Oh! ¡Mis queridos amigos! —Sir Henry se levantó de un salto de su silla y los saludó con entusiasmo, estrechándoles las manos uno por uno—. Muchas gracias por venir. ¡Por favor, pasen, siéntense, caliéntense, que están helados! Barrymore, tenga la bondad de pedirle a su señora que nos traiga té caliente y que prepare la cena para nuestros invitados.
—Por supuesto, señor.
Barrymore hizo una leve reverencia y salió de la estancia mientras los tres recién llegados ocupaban alegremente sus asientos junto al crepitante fuego.
Watson se tomó un momento para asimilar la apariencia de sir Henry: las irregulares cicatrices que los colmillos del sabueso habían dejado alrededor de su oreja se habían atenuado hasta adquirir el blanco descarnado de las heridas antiguas, y se había dejado el pelo algo más largo de lo que dictaba la moda, sin duda en un intento de disimular aquel pequeño estropicio. Parecía mayor que la última vez que Watson lo había visto, y no sólo como resultado de los breves años transcurridos desde el incidente del sabueso: estaba más canoso, pálido y cansado, como si se hubiera visto sometido a un intenso estrés durante mucho tiempo. Estaba delgado y macilento y tenía cercos oscuros bajo los ojos. Pero seguía siendo aquel hombre vivaz, entusiasta y locuaz a la hora de dar la bienvenida a aquéllos a quienes consideraba sus invitados de honor.
Una joven sirvienta escuálida, de rostro cetrino y picado de viruelas, les trajo el té. Hizo una breve y huraña reverencia y desapareció por la puerta antes de que sir Henry tuviera tiempo de pedirle que lo sirviera. Éste lanzó un suspiro.
—Les ruego que disculpen a Sally —dijo—. La tomé a mi servicio hace sólo unas semanas. Es sobrina de los Barrymore... Su madre murió hace poco y su padre me preguntó si habría un lugar para ella entre mis empleados... Mi anterior doncella se marchó justo antes de Navidad, así que accedí a contratarla. Tiene mucho que aprender. ¿Té, caballeros?
—Permítame, sir Henry —se adelantó gentilmente el doctor Mortimer, y sirvió una taza a cada uno.
Mientras tomaban el té, Mortimer, sir Henry y Watson iniciaron una pequeña charla, comentando la modernización y los trabajos de decoración que sir Henry había llevado a cabo durante su estancia en la mansión Baskerville. También había aumentado la plantilla, según observó Holmes con interés. Además del señor y la señora Barrymore, Perkins, el mozo de cuadra, y Sally, la nueva doncella, estaba Jenkins, jardinero y guardés, que había llegado más o menos al mismo tiempo, procedente de la cercana villa de Grimpen.
Reconfortados por el té y el fuego, no tardaron en pasar del salón al comedor, donde los aguardaba una cena compuesta de sopa caliente, seguida de un asado de verduras, y de postre, un pudin de fruta. Tras cenar bien, sintiéndose completamente satisfechos, se retiraron de nuevo al salón, donde se sentaron frente al fuego con un decantador de brandy entre ellos. Holmes encendió su pipa y el doctor Mortimer lo imitó, mientras Watson y sir Henry optaban por los cigarrillos. Fuera hacía frío, estaba oscuro y nevaba. Dentro, todo era calor, luz y cordialidad.
Pero al final llegó el momento, y Holmes, removiéndose ligeramente en la silla, se inclinó hacia su anfitrión.
—Sir Henry —dijo con voz grave—, le agradezco su amable recibimiento de esta noche, pero creo que ya es hora de que hablemos del propósito de nuestra visita…
La atmósfera se ensombreció. Sir Henry asintió con lentitud.
—Por supuesto, señor Holmes —convino el americano. Sus dedos se tensaron sutilmente en torno al vaso—. Y les estoy muy agradecido a ambos por venir… Como ya sabrán por la carta del doctor Mortimer, he… quiero decir, hemos… estado sufriendo el… acoso… del espectro de Beryl Stapleton.
Watson apretó los dientes. Aún recordaba, con no poca rabia, la escena del cadáver de la pobre mujer colgando en un pabellón de la Casa Merripit. Había sido maltratada y asesinada por su marido. Ambos habían fingido ser hermanos, y aunque su apellido ni siquiera era Stapleton, era el que a sir Henry le resultaba más cómodo emplear. Mejor que recordar que aquel hombre atroz había sido un pariente cercano.
—Por favor, sir Henry —dijo Holmes con voz severa—, limítese a los hechos y yo deduciré de ellos sus desafortunadas circunstancias.
—¡Sólo puedo contarle lo que vi! —exclamó sir Henry—. La primera aparición se produjo hace tres semanas; poco antes de Navidad. La víspera de Navidad di una fiesta en la mansión para la gente del pueblo. La noche anterior a la fiesta me encontraba descansando en esta misma habitación. Estaba solo, leyendo un libro, cuando oí un golpeteo en el cristal de la ventana. Levanté la cabeza y no vi nada. Seguí leyendo y, momentos después, el golpeteo se repitió. No hay plantas, ni árboles, ni nada cerca que llegue hasta el cristal… Se me ocurrió que fuera habría algún pájaro u otro animal, así que levanté y me acerqué a la ventana con la intención de ahuyentarlo… y al acercarme… ella… eso… esa… esa cosa apareció de repente frente a mí, al otro lado de la ventana…
El color abandonó el rostro de sir Henry al recordar la visión que se había encontrado.
—Haga el favor de describirla, sir Henry —lo alentó Holmes.
Sir Henry miró con vago horror hacia la ventana y su voz se convirtió casi en un susurro.
—Era… era un esqueleto. Eso… ella… tenía el largo cabello castaño de Beryl, pero… sólo era una calavera. Llevaba ese encantador vestido amarillo… El mismo que cuando… cuando…
Se interrumpió y respiró hondo, estremecido.
—Sé… Sentí que era ella, que era Beryl… Lo asimilé todo en un instante… y entonces sonó un grito, tan potente, lúgubre y desdichado como no había oído desde… desde el aullido de ese horrible sabueso… y el espectro desapareció. No me importa confesar que sufrí una tremenda impresión… Tardé un buen rato en recobrar la compostura. Llamé a Barrymore, a Jenkins y a Perkins. Buscamos por los alrededores, pero no encontramos nada. No había huellas en el suelo, que estaba húmedo por la lluvia, y ni rastro de presencia mortal…
—¿Con qué frecuencia ha vuelto a ver al espectro desde entonces? ¿Y dónde? —lo interrumpió Holmes; Watson y Mortimer escuchaban con atención.
—Varias veces… Generalmente, una vez cada dos o tres días —respondió sir Henry, tragando saliva con nerviosismo al tiempo que lanzaba miradas vacilantes a la ventana—. La última vez fue… hace dos días. Siempre ocurre de noche, siempre bastante tarde… Siempre aparece fuera, y siempre en una ventana… aunque no siempre en la planta baja. En dos o tres ocasiones la he visto en la ventana de mi propia habitación. Cuando me mudé a un cuarto de invitados, el espectro… me siguió.
—Yo lo he visto —afirmó el doctor Mortimer—. Es como lo describe sir Henry. Lo he visto dos veces, una en esta ventana, con sir Henry presente, y la otra en la ventana de uno de los dormitorios, cuando accedí a pasar la noche en un cuarto de invitados. Es tan… perturbador… como sir Henry lo describe. En ambas ocasiones llevamos a cabo una búsqueda exhaustiva por los terrenos de la mansión y no hallamos ni una huella, pese a que salimos inmediatamente después y a la fría luz del día… El fantasma también fue visto por el personal, señor… Asustó a la pobre doncella e hizo que se fuera, junto con el anterior guardés y una fregona contratada hace un par de años para ayudar a la señora Barrymore...
—Gracias, caballeros —dijo Holmes, levantándose de un salto y dando una rápida calada a su pipa—. De lo más instructivo. Sir Henry, apuesto a que esa esquelética aparición no es más que una ingeniosa marioneta que maneja un amo humano, tal como ocurría con el sabueso. Y está preparando nuevos trucos, no lo duden. Alguien está intentando asustarlo, e incluso ha impedido que salga de la mansión. Este misterioso marionetista quiere retenerlo aquí y al mismo tiempo destruir su espíritu, y aún no logro entender por qué…
—¡¿Qué le hace pensar que me retienen aquí?! —exclamó sir Henry, inclinándose hacia delante—. ¡¿Cómo diablos ha llegado a esa conclusión, señor?!
—El doctor Mortimer señaló como una extraña y desafortunada casualidad que su calesa requiriera reparación, sir Henry —respondió Holmes con calma—. Deduje por su tono y su conducta que ni usted ni él entendían cómo se había producido la avería, sólo que se le había caído una rueda y que ni su mozo ni el personal de la casa fueron capaces de efectuar la reparación. Mi conclusión inmediata fue, por tanto, sabotaje.
—¡Vaya, ésa fue la conclusión del propio Perkins, que pensó que la avería había sido provocada, y todo esto sin haber visto siquiera el vehículo! —Sir Henry se echó a reír; era la primera muestra de genuina alegría que exhibía en toda la noche—. ¡Señor Holmes, por primera vez en las últimas tres semanas, usted me ha dado esperanzas de poder librarme de esta… esta aparición!
—Lo primero que haré mañana, en cuanto haya luz, será ir a inspeccionar sus terrenos —declaró Holmes—. Sir Henry, sospecho que su problema es simple: una o más personas desconocidas están utilizando esta "aparición", como usted la llama, para asustarlo. Alguien desea hacerle daño, y ha estado ahuyentando sistemáticamente a su personal, pero se asegura de que usted se quede. Alguien intenta asustarlo y aislarlo. ¿Por qué, sir Henry? ¿Por qué?
—Le aseguro que no lo sé, señor Holmes —respondió sir Henry, perdiendo su buen humor—, pero pido a Dios que usted pueda averiguarlo… La pobre señora Barrymore se desmayó cuando esa cosa apareció en la ventana del comedor la semana pasada, después de la cena.
—Sir Henry, emplearé todas mis facultades en resolver este problema —le prometió Holmes con voz grave—. Bien, creo que poco más puede hacerse esta noche. Sugiero que nos vayamos a dormir.
—Por supuesto, señor Holmes —asintió sir Henry, secundando la idea pese a su aprensión—. Me he tomado la libertad de asignarles unas habitaciones próximas a la mía… Creo que Barrymore ya ha subido sus cosas, así que, si quieren seguirme…
