Capítulo 5

Holmes no dormía. Fue derecho a su habitación y cogió su pipa, aún humeante, de la repisa de la chimenea, donde la había dejado para responder al grito de sir Henry. No dudaba que el hombre hubiera visto algo que lo había asustado: el esqueleto-marioneta construido para pasar por Beryl Stapleton. Apretando la pipa entre los dientes, reanudó su incansable paseo. No tenía duda de que se estaba utilizando algún tipo de marioneta, pero aún tenía que descubrir de qué forma era manipulada. O desde lo alto (quizá desde el tejado) o desde algún otro sitio (como una habitación contigua).

Holmes frunció el ceño. Un suave golpe en la habitación de Watson había interrumpido el hilo de sus pensamientos. Como si antes no le hubiera bastado con cambiar de sitio el mobiliario de su habitación a su conveniencia (y de un modo bastante ruidoso, además), ahora parecía haber dejado caer algo bastante pesado en su descuido.

Como no oyó nada más, Holmes ignoró el ruido y siguió fumando y paseando.

Sabía, sin asomo de duda, que quienquiera que fuese el que intentaba ahuyentar a los sirvientes de sir Henry y, al mismo tiempo, retenerlo allí, estaba en la casa. Descartó al matrimonio Barrymore: eran fieles servidores y, al parecer, ambos habían visto al espectro. La señora Barrymore incluso se había desmayado, y a Holmes no se le ocurría ninguna razón para que el señor Barrymore decidiera asustar a su esposa hasta tal punto. También se había fijado en la solícita y leal devoción que el mayordomo y la cocinera profesaban a su joven amo y señor.

Entonces, ¿podría ser Perkins, el mozo? ¿O los dos nuevos miembros del personal, la taciturna doncella Sally, o el hasta ahora desconocido jardinero Jenkins? ¿O quizá había otro, un agente desconocido, escondido en algún lugar de la casa? Holmes decidió que él y Watson registrarían la casa y los terrenos, completamente armados, en cuanto la cortesía lo hiciera posible, después del desayuno.

Paseando lentamente, sumido en sus pensamientos, Holmes no descansó en toda la noche.