Capítulo 6

La luz de la mañana era gris y deprimente, y aún había frecuentes ráfagas de nieve. Espesas nubes grises colgaban a baja altura sobre el páramo, cubierto por un denso manto de nieve. Perkins había salido a caballo a comprobar los caminos y los juzgó intransitables para un carruaje, una calesa o un carro. El doctor Mortimer pidió, sin embargo, que le ensillaran el caballo para volver a casa con su mujer y poder ocuparse de su consulta, pues estaba seguro de que había pacientes que necesitaban su atención. Holmes, sir Henry y el doctor Mortimer compartieron un ligero desayuno a base de huevos, tostadas y gachas, aunque ninguno hizo más que picotear su comida.

—Me pregunto qué retiene al doctor Watson —dijo sir Henry, que aún estaba un poco pálido—. Creo recordar que había quedado muy impresionado por la cocina de la señora Barrymore… No puedo concebir que quiera saltarse el desayuno.

—En efecto —dijo Holmes con voz jovial—. Caballeros, si me disculpan un momento, voy a ver qué retiene al buen doctor.

Holmes dejó la mesa y salió al vestíbulo. Esperaba que Watson, cansado por el viaje y la inspección del terreno la noche anterior, simplemente se hubiera quedado dormido. Sin embargo… No solían gustarle las intuiciones ni las conjeturas, pero… Apresuró el paso y subió los peldaños de dos en dos, y aceleró sus largas zancadas hasta llegar a la habitación de Watson. Una vez allí, llamó bruscamente a la puerta. Como no percibió movimiento ni sonido alguno en el interior, lo intentó otra vez, y luego giró el picaporte. La puerta se abrió con facilidad y Holmes entró en la habitación.

—Watson, yo…

Holmes se detuvo en seco. La escena que se encontró hizo que le diera un vuelco el corazón.

—¡Watson!

Cruzó la habitación en tres rápidas zancadas y se dejó caer de rodillas junto a la figura inconsciente de su amigo al tiempo sus ojos barrían rápidamente la habitación, asimilándolo todo en un segundo. Reparó en la bata todavía mojada que colgaba de la puerta, en el fuego extinguido en la chimenea y en el vaso vacío en el suelo, no lejos de la mano inerte de Watson. La ventana estaba abierta de par en par y un montón de nieve se había acumulado en el interior. Holmes fue hacia la puerta, esperando que no le fallara la voz.

—¡Doctor Mortimer! —gritó—. ¡Necesito su ayuda, por favor!

Se agachó, cogió el vaso y lo olfateó: brandy, pero con un extraño aroma dulzón ajeno al habitual olorcillo del alcohol. Así que Watson había vuelto a entrar en la habitación la noche anterior, cambiado su bata mojada por la de reserva, ido hacia la ventana y, obviamente helado o tembloroso, se había volcado encima la bebida. Holmes dedujo todo esto mientras le tomaba el pulso. Oyó unos pasos en el corredor y aparecieron sir Henry, con el rostro ligeramente ruborizado, y el doctor Mortimer, pisándole los talones.

—¡Señor Holmes! —exclamó sir Henry.

—¡Dios mío! ¿Qué ha ocurrido?

Mortimer hizo a un lado al estupefacto lord y se arrodilló junto a Watson mientras Holmes le hacía saber sus conclusiones.

—…y yo diría que su bebida estaba… drogada —concluyó—. Doctor Mortimer, creo que Watson trajo su maletín con él… Ah, sí, ahí está.

Holmes le alcanzó el maletín. Mortimer vaciló un instante (revolver el equipo ajeno iba contra la cortesía profesional) antes de abrirlo cuidadosamente con una mano mientras le tomaba el pulso a Watson con la otra.

—Está vivo, aunque totalmente inconsciente —informó Holmes con prontitud—. Espero que sólo se trate de un simple sedante…

—Su pulso es débil, pero bastante regular —anunció Mortimer—. Llevémoslo a la cama.

Holmes ya se había dado cuenta de que la cama no estaba revuelta cuando el doctor Mortimer echó la colcha hacia atrás. Giró a Watson de espaldas, lo levantó con cuidado, lo llevó hasta la cama y lo depositó en ella. Mortimer cogió la mano del otro médico y la retuvo en la suya un instante. Luego se inclinó sobre él para comprobar su temperatura.

—Está frío, pero, afortunadamente, no febril ni hipotérmico —comentó—. Sir Henry, le agradecería que llamara a la doncella para que encienda el fuego. Esta habitación está helada.

Sir Henry asintió y salió rápidamente de la habitación, llamando a Barrymore y a la doncella. Holmes recorrió la estancia con cautela, observándolo todo, mientras el doctor Mortimer concentraba su atención en el paciente. La habitación estaba excepcionalmente fría; el fuego se había apagado, aunque los carbones no se hubieran consumido. La parte de la alfombra que quedaba bajo la ventana estaba empapada, aunque no había olor a alcohol. La nieve sobre la zona exterior del alféizar estaba bastante revuelta; la nevada de la noche anterior no había bastado para volver a cubrirla. Holmes frunció el ceño y dejó que su genial intelecto comenzara a encajarlo todo en su lugar.

—Volvimos dentro, helados y empapados. Watson entró en la habitación y automáticamente cambió su bata mojada por una limpia y seca. Puso el revólver sobre la mesa para poder servirse un trago. No detectó la presencia de un fuerte sedante en el vaso de brandy. Dudo que fuera él quien abriera la ventana.

—¿Cómo puede estar seguro de que el sedante estuviera en el vaso? —murmuró Mortimer, registrando el maletín de Watson.

—El vaso tiene un aroma inusualmente dulce —repuso Holmes con aire ausente—. Ese aroma no procede del decantador.

Holmes volvió junto a la cama y observó con el ceño fruncido la yaciente figura de Watson, mordiéndose el labio con aire pensativo. Mortimer había sacado el estetoscopio y escuchaba con atención. Finalmente lo retiró y se volvió hacia Holmes.

—¿Suele llevar cloroformo con él? —preguntó con curiosidad.

—Creo que sí —asintió Holmes—, junto con éter, morfina y otros productos químicos. Desgraciadamente, nuestra línea de trabajo requiere a menudo la experiencia de Watson como cirujano.

—En el maletín del doctor, el compartimento donde debería ir dicha botella está vacío —señaló Mortimer—. Es una botella de treinta mililitros… Señor Holmes, todo lo que exceda los diez mililitros (¡una cantidad ínfima!)… suele ser fatal.

—Entonces… hay alguien en la casa directamente involucrado en la campaña contra sir Henry —concluyó Holmes—. Nosotros, al acudir al grito de sir Henry, obligamos a ese alguien a esconderse. Entró entonces en la habitación de Watson, supuestamente para ocultarse. Mientras salíamos de la casa e íbamos hacia la parte trasera, temiendo ser visto por usted, sir Henry o algún miembro de la servidumbre, se escondió en esta habitación. Vio el maletín de Watson y, por la razón que fuera, creyó conveniente hacerse con un anestésico particularmente potente. Sin embargo, volvimos antes de lo que esperaba. No tuvo tiempo de escapar. Por lo tanto, drogó la bebida de Watson, se ocultó hasta que éste se quedó dormido y huyó…

Holmes fue hacia la ventana y la abrió, permitiendo que una ráfaga de aire ártico barriera la habitación pese al grito de protesta de Mortimer. Holmes se asomó a la ventana, quitó parte de la nieve del alfeizar, lanzó un gruñido de fastidio y volvió a cerrarla.

—Los arañazos en el borde de piedra indican que nuestro individuo llevaba un equipo de escalada: una cuerda y un gancho —informó Holmes, sacudiéndose la nieve fundida de las manos—. Por desgracia, la nieve de anoche ha ocultado sus huellas.

—Entonces, tiene usted razón —dijo Mortimer—: hay una fuerza mortal detrás de esta aparición aparentemente sobrenatural.

Sir Henry regresó acompañado de su nueva y recalcitrante doncella.

—Enciende el fuego —ordenó—. ¿Él está… bien?

Holmes asintió y volvió junto a Watson.

—No me cabe duda de que quienquiera que lo haya drogado posee ciertos conocimientos médicos y esperaba que, administrándole una pequeña dosis, Watson se quedaría dormido mientras él huía y no recordaría nada al despertar por la mañana. Por desgracia para él, tanto si Watson hubiera despertado a tiempo como si no, no me cabe duda de que el buen doctor sabría que lo habían drogado. Ya ha tenido que ser anestesiado en el pasado y a menudo se ha quejado de la jaqueca y la confusión posteriormente producidas por la droga.

—Ha tenido muchísima suerte —respondió Mortimer—. Es demasiado fácil sobrepasar la dosis del cloroformo líquido. Por lo general, preferimos confiar en los efectos de los vapores.

Holmes meneó la cabeza.

—No. Quien está detrás de esto desea mantener la farsa del fantasma a pesar de su presencia física. Si hubiera atacado directamente a Watson, éste habría denunciado de inmediato la existencia de un asaltante humano. Del mismo modo, si lo hubiera… ah… matado, nosotros habríamos sabido al instante que una presencia mortal...

Un leve gemido lo interrumpió y se inclinó inmediatamente sobre la cama con un leve gesto de preocupación en sus habitualmente inexpresivas facciones.

—¿Watson?

Otro gemido. Holmes miró a Mortimer, que asintió alentadoramente.

—Está volviendo en sí.

—¿Hay algún tipo de estimulante que pueda darle? —preguntó Holmes a media voz—. Creo que voy a necesitar… su ayuda esta mañana.

—No sin someter su corazón a un esfuerzo excesivo —respondió Mortimer—. Aunque… Sir Henry, ¿podría pedir que preparen una cafetera de café bien cargado? Con eso podríamos tenerlo en pie en una o dos horas.

—Ahora mismo —asintió sir Henry—. Sally, encárgate tú, por favor.

La doncella se incorporó, abandonando su batalla con el fuego, y salió. Sir Henry reparó en la chimenea apagada y lanzó un suspiro de frustración. La llegada de Barrymore un instante después le ahorró tener que disculparse.

—¿Va todo bien, señor? —inquirió el mayordomo, enarcando una ceja al oír gemir a Watson, que se agitaba ligeramente en la cama.

—Creemos que el doctor Watson ha sido deliberadamente drogado por un intruso —dijo sir Henry—. Barrymore, ¿puede encender el fuego de la chimenea? Parece que nuestra nueva doncella es incapaz de llevar a cabo tal proeza.

Barrymore miró la chimenea con fastidio, pero accedió. Holmes volvió a centrarse en Watson; el color comenzaba a regresar a su rostro y se movía ligeramente. Mortimer se inclinó hacia él, murmurando palabras de aliento, hasta que Watson finalmente abrió los ojos. Holmes sonrió aliviado ante la mirada confusa que el doctor le dirigió. Watson musitó algo, dio un respingo y se llevó una mano insegura a la cabeza.

—¿C…cloroformo? —murmuró.

—Un diagnóstico acertado, doctor —dijo Holmes con una vaga sonrisa pese a su tono distante—. Me alegra ver que ha vuelto con nosotros.

Atontado, Watson intentó sentarse, pero Mortimer lo empujó hacia atrás.

—Descanse un poco más, doctor. Sally ha ido a buscar café. Si toma un poco, eso lo ayudará.

—El fuego está encendido, señor —anunció Barrymore, enderezándose—. La habitación se caldeará enseguida.

—Gracias, Barrymore —asintió sir Henry, dejándose caer en la silla más próxima—. Muy agradecido…

Holmes se volvió a mirar al joven lord y captó la mirada vagamente preocupada que Barrymore le dirigió. Tal preocupación era difícil de fingir, y eso le confirmó que el leal matrimonio no era el culpable de su problema.

Por fin Sally reapareció con el café, abandonó la bandeja en la mesa y salió. Barrymore tuvo el decoro de mostrar cierta vergüenza y se acercó.

—Permítame, señor —dijo con una reverencia.