Capítulo 8

La mansión Baskerville no era precisamente pequeña, y registrar a fondo cada habitación, mirando debajo de cada cama y en el interior de cada alacena, fue una tarea titánica. Aun así, los dos hombres la afrontaron con sombría determinación. Sir Henry y su personal se encerraron en el comedor, donde pasaron el día sumidos en el aburrimiento mientras Holmes y Watson registraban la casa. No se detuvieron ni a comer ni a descansar, y sólo retrocedieron una vez para coger unas linternas cuando la oscuridad comenzó a envolver la casa. La noche se hizo más oscura, más fría, y extendería su manto hasta las primeras horas de la mañana. La nieve, que no había dejado de caer en todo el día, arreció con un viento violento y aullante cuando empezó a caer la noche y los dos hombres alcanzaron los áticos de la mansión.

—Según mis cálculos, estamos prácticamente encima de su habitación y de la de sir Henry —le dijo Holmes a Watson en un murmullo mientras entraban en el ático del medio, atestado de cajas y muebles—. Esté alerta, Watson, y tenga el revólver a mano.

Watson asintió en silencio y avanzó furtivamente, mientras Holmes comenzaba a mirar detrás de las cajas y a desplazar muebles.

Watson miró lentamente a su alrededor. Había algo extraño. ¿Qué era? Maldijo su lentitud mental…

—Holmes —susurró, levantando la linterna y atisbando en la oscuridad.

Holmes se enderezó al instante, alerta.

—¿Qué pasa?

—No estoy seguro… —confesó Watson—. Pero… esas cajas…

Holmes echó un rápido vistazo.

—Estas cajas han sido movidas recientemente —dedujo enseguida—. Las han empujado hasta aquí sin ningún propósito definido, y… ¡Ajá! ¡Mantas! Hay una cálida cama oculta en la zona más fría de la casa. Nuestro hombre no pertenece al personal, pero el personal está proveyéndolo…

—Como Selden… —murmuró Watson—. ¿No estarán otra vez los Barrymore…?

Holmes se volvió hacia Watson.

—Reservémonos el juicio hasta estar en posesión de todos los hechos —decretó—. Hasta entonces…

—Una medida prudente, señor Holmes —susurró de pronto una voz.

—¿Qué…?

Holmes se dio la vuelta y, por un momento, se quedó paralizado.

El espectral esqueleto venía volando hacia él a una velocidad antinatural con los brazos extendidos, un vestido que irradiaba un brillo verde en la oscuridad y el largo cabello castaño agitándose a su espalda.