Capítulo 9

—¡Holmes! —gritó Watson, rompiendo el hechizo.

La esquelética figura chocó con el detective, haciéndolo caer al suelo despatarrado. En la oscuridad se oyeron unos pasos apresurados y una silueta sombría pasó como una flecha entre ellos.

—¡Holmes! ¿Está herido?

—¡Watson, vaya tras él! —exclamó Holmes, forcejeando con el esqueleto, que era, claramente, un objeto inanimado—. ¡No estoy herido, se lo aseguro!

Watson no necesitó más incentivo y salió corriendo tras su misterioso asaltante.

Oía sus pasos delante de él en la escalera. Los siguió y alcanzó a ver una esbelta y ágil figura de grasiento cabello oscuro, ataviada completamente de negro. La figura, un hombre nervudo y atlético, ya se estaba dirigiendo a la escalera principal. Watson levantó el revólver.

—¡Estoy armado! —gritó—. ¡Alto o disparo!

El hombre no le hizo caso y se lanzó escaleras abajo. Watson soltó un juramento; no podía disparar a un hombre desarmado por la espalda. Echó a correr de nuevo y llegó abajo a tiempo de ver abrirse la puerta principal. ¡Maldición, el hombre era rápido! Watson saltó temerariamente los últimos peldaños y lanzó una imprecación cuando el impacto hizo temblar la vieja herida de su pierna. Siguió adelante, tambaleándose, y salió al exterior.

La nieve caía copiosamente, pero las luces de la casa le permitieron ver al hombre. Iba hacia las cuadras. Watson corrió tras él trastabillando, revólver en mano, y se detuvo ante la puerta abierta del establo.

—¡Salga! —grito, cauteloso—. ¡No hay lugar donde…! ¡Ah!

Watson se hizo a un lado justo en el momento en que uno de los preciados caballos de caza de sir Henry salía disparado del establo.

El hombre de negro montaba a pelo, y lo hacía bien. Watson apretó los dientes. Él también montaba bien… pero no tenía tiempo de ensillar. Tomó una decisión: agarró el caballo más próximo, una fogosa saltadora de obstáculos, se sujetó a su crin y subió con esfuerzo mientras ella relinchaba y corcoveaba sin moverse del sitio. Watson respiró hondo, se aseguró de que estaba bien sentado y golpeó con los talones los ijares de la yegua.

—¡Yah! —gritó, y partieron al galope en la noche nevada.