Capítulo 10

—¡No estoy herido, se lo aseguro! —gritó Holmes al estupefacto doctor.

Se vio recompensado al oír los pasos de Watson salir en pos de su desconocido agresor.

Holmes se quitó de encima el esqueleto y se detuvo a examinarlo. Ahora podía ver los pequeños ganchos e hilos prendidos al vestido. Tanto la ropa como el cráneo habían sido embadurnados de fósforo, como él había supuesto, y aquel cabello salvajemente alborotado era una peluca pegada al cráneo, que, a juzgar por su apariencia, era auténtico.

Holmes se levantó rápidamente y dio un respingo al sentir un sordo dolor en la nuca. Se había dado un buen golpe al caer al suelo, pero no había conmoción; sólo le quedaría un irritante cardenal. Cruzó el altillo a la carrera y, al bajar las escaleras, estuvo a punto de chocar con sir Henry.

—¡Holmes! —exclamó sir Henry con voz ahogada—. ¿Qué pasa? ¡Hemos oído gritos!

—Descubrimos a su asaltante escondido en las buhardillas —respondió Holmes—. Quédese aquí con el personal. ¡Watson ha ido tras él!

Sin más demora, Holmes cruzó de un salto la puerta principal, abierta de par en par.

Había huellas en el suelo, dos pares, fáciles de seguir. La nieve seguía cayendo sin cesar, impulsada por un viento helador. Holmes ignoró el gélido tiempo y siguió las marcas sobre la nieve. Descubrió que se dirigían al establo, cuya puerta permanecía entornada.

En las cuadras, los caballos resoplaban de miedo, con los ojos en blanco.

No hacía falta poseer el genio de Holmes para entender que su atacante había cogido un caballo para huir y que Watson lo había seguido sin reflexionar. Las huellas de las herraduras iban directamente hacia el seto de tejos que rodeaba el terreno. Holmes corrió hacia las puertas de la entrada y rodeó el seto hasta encontrar el rastro al otro lado. Watson era un jinete excelente, a pesar de sus heridas de guerra, pero en una noche como ésa…

Holmes no sabía montar, y se maldijo por ello. Parado en medio de la gélida y oscura tormenta, gritó su frustración al viento mientras la nieve cubría las huellas, impidiéndole seguirlas.

—¡Watson!

Holmes se quedó allí, con los ojos clavados en la vertiginosa danza de la tormenta, hasta que oyó el crujido de unos pasos sobre la nieve y un pesado gabán envolvió sus hombros.

—¡Señor Holmes!

Era sir Henry. El frío contraía sus preocupadas facciones.

—Señor Holmes, por favor, vuelva dentro… —suplicó—. Se va a helar aquí fuera…

—Watson…

—Vuelva dentro, señor Holmes…

No tenía otra opción. Holmes permitió que lo condujeran al interior.

Fuera, la tormenta de nieve seguía rugiendo.