Capítulo 11

Watson se sentía confuso. La nevada lo cegaba y había perdido todo sentido de la orientación, pero ni siquiera la densidad de la nieve podía sofocar por completo el sonido de los cascos ni ocultar la sombría figura del jinete que corría delante de él. Watson hincaba los talones en los ijares de su montura para estimularla. Los copos de nieve aguijoneaban sus ojos y azotaban su rostro como diminutas cuchillas. Se inclinó sobre el cuello del caballo, por escasa que fuera la protección que podía ofrecerle, y siguió adelante, luchando por mantener el ritmo sobre la gruesa capa de nieve.

De pronto, la montura del hombre tropezó con un profundo bache en la nieve y cayó emitiendo un potente relincho de terror. El caballo de Watson no pudo detenerse a tiempo. Sus patas delanteras se enredaron con las de la bestia caída y se derrumbó lanzando un chillido de miedo.

Watson salió despedido por encima de su cuello. Lanzó un grito de alarma y aterrizó pesadamente en la nieve. Magullado y sin aliento, rodó hasta ponerse de rodillas y se levantó, tambaleante. Avanzó, hundido hasta las espinillas en el profundo banco de nieve, luchando por abrirse paso hasta los caballos. Lanzó un rugido de desesperación: su montura estaba muerta; se había roto el cuello en la complicada caída.

El otro caballo relinchaba de miedo y dolor, debatiéndose en el suelo con los ojos desorbitados. Un somero examen le dijo que el caballo tenía una pata rota. Lanzó un suspiro. Sir Henry quedaría consternado por la pérdida de dos de sus corceles favoritos, pero Watson no podía soportar ver sufrir a nadie. Amartilló el revólver, apuntó con mano firme a la sien del animal y puso fin a su desgracia.

Sólo cuando llegó el golpe por detrás, Watson comprendió que, en su preocupación por el caballo, se había olvidado del jinete.