Capítulo 13

Watson lanzó un grito, anonadado, y se dio la vuelta mientras su atacante se lanzaba a por el revólver. Watson se las arregló para levantarlo pero, para su sorpresa, su agresor le propinó una fuerte patada en el estómago que lo dejó sin aliento. Watson cayó de rodillas, jadeando, mientras le arrancaban el revólver de la mano.

Watson no vaciló: respiró hondo, llenando de aire sus pulmones, y se abalanzó sobre su oponente, derribándolo con un placaje a las rodillas. Watson luchó por recuperar el arma, pero el joven era extremadamente rápido y fuerte, y le propinó al menos dos buenos golpes que consiguieron aflojar la presa del doctor.

Watson peleó con valentía, pero no pudo contener un grito ahogado cuando el arma se disparó. Experimentó una sensación profundamente ardiente en el brazo derecho. Apretando los dientes, arremetió contra su adversario y agarró el revólver. Enzarzado en un intenso forcejeo, Watson sintió que el frío minaba sus fuerzas. Entonces, a través de la cortina de nieve, alcanzó a ver el rostro de su atacante y se quedó paralizado, presa de un repentino horror.

—¡No! —exclamó—. ¡No puede ser…!

Su asaltante arremetió contra él y le propinó un contundente golpe en la sien. Watson se tambaleó y cayó de espaldas en la nieve, mientras el hombre se levantaba de un salto y ponía pies en polvorosa, desapareciendo rápidamente en la ventisca.

Watson retrocedió arrastrándose torpemente sobre la nieve, profundamente impresionado. Era consciente del intenso dolor en el brazo y de la palpitación en su sien. La herida del brazo no era profunda: un rápido vistazo bastó para indicarle que la bala sólo lo había rozado, y lo consideró su primer golpe de suerte desde su llegada a Dartmoor. Aún tenía el revólver, pero la nieve y el viento lo habían dejado helado y calado hasta los huesos. Y tampoco era buena señal que estuviera empezando a esforzarse por pensar con coherencia.

Mientras retrocedía lentamente, sopesando sus opciones, chocó con uno de los caballos muertos y se dio la vuelta, horrorizado. Una imagen del pasado se alzó espontáneamente en su mente (en la guerra, los francotiradores siempre apuntaban a los caballos), y se estremeció. No estaba en el ardiente desierto de Afganistán, sino en un páramo helado, cubierto de nieve, sin montura que lo llevara de regreso a la mansión, y lo que era aún peor, sin ropa adecuada para protegerse del frío... y muy poca idea del camino de vuelta.

Los copos de nieve, alborotados por el viento, le aguijoneaban la cara como si fueran agujas mientras avanzaba dando tumbos de un lado a otro, intentando orientarse. Se sujetaba el brazo herido con la mano; la sangre brotaba extrañamente cálida bajo sus dedos helados.

La ventisca había cubierto rápidamente las huellas de los caballos sobre la nieve, y Watson buscó el camino con desesperación. Tenía que volver a la mansión Baskerville; de lo contrario, no tardaría mucho en morir congelado.