Capítulo 14

Holmes pidió a Barrymore que le trajera su pipa y se puso a fumar sin parar, paseándose incansablemente por el salón. La señora Barrymore se retiró a la cocina sollozando y murmurando algo sobre su incapacidad para lidiar con más parientes descarriados.

Sir Henry sirvió a Sally un vaso de brandy e hizo que les contara su historia entre sollozos ahogados. Automáticamente, Holmes filtró el llanto y la emoción para obtener tan sólo los hechos. Sir Henry se esforzó por conseguir un relato detallado de su desconsolada doncella. Holmes deseó que Watson hubiera estado allí para brindarle su amistosa sonrisa, una palabra amable y, posiblemente, un calmante. Aun así, al final la verdad salió a la luz…

Sally, devastada por el dolor tras la muerte de su madre, había sido enviada por su poco afectuoso padre a vivir con la hermana de su madre, la señora Barrymore. Sola y sin amigos en el pueblo, volvía un día de regreso a la mansión cuando un joven (alto, esbelto, de cabello oscuro, rostro pálido, apuesto, etc.) se ofreció a acompañarla parte del camino. Se había mostrado encantador, y ella, sola, temerosa, desfigurada por la viruela en su infancia, se moría por una palabra amable y una sonrisa gentil. Se vieron varias veces más, y él, aduciendo frío y pobreza, la persuadió de esconderlo en la casa menos de una semana después. Las apariciones comenzaron casi de inmediato, y Sally, colada por su amado y cegada por sus promesas de adueñarse de la fortuna de los Baskerville y la mansión, una vez abandonada ésta, se dejó arrastrar por una vorágine de romanticismo. Le había llevado comida, vino, ropa y mantas mientras él se dedicaba a su campaña de terror.

—Pero ¿quién es ese hombre? —preguntó sir Henry.

—Es el hombre que se casará conmigo y me convertirá en una dama —respondió ella, estúpida, desafiante y llorosa.

Holmes lanzó un bufido despectivo y Sally volvió corriendo a la cocina, donde, sin duda, recibiría un rapapolvo de la señora Barrymore, seguido por una comida caliente, una bebida fuerte y el mandato de irse a la cama temprano.

—Encienda las farolas ahí fuera, Barrymore —ordenó sir Henry—. ¡Diablos, encendamos las luces de toda la casa!

Barrymore asintió y salió presto a obedecer. Sir Henry cruzó la habitación y se reunió con Holmes junto a la ventana. Éste contemplaba los páramos barridos por la nieve. A Holmes le disgustaba aquella obstrucción de su campo visual. Odiaba aquel tiempo inclemente que le robaba toda oportunidad de seguirle el rastro a su amigo, un rastro que, de otro modo, habría sido muy fácil de localizar. Y lo peor de todo, detestaba la inactividad.

—¿Quién es ese hombre? —dijo al fin sir Henry—. ¿Quién es, quién se atreve a intentar echarme de la mansión de mis ancestros?

—En este momento no tengo evidencias suficientes para deducir su identidad exacta —respondió Holmes con voz tranquila, pese a que su mente rabiaba paralela a la tormenta del exterior—. Debo confesar, sir Henry, que estoy preocupado…

El joven lord del rostro marcado inclinó la cabeza en actitud comprensiva sin dejar de mirar por la ventana.

La nevada había amainado un poco y la pálida luz gris del amanecer pugnaba por traspasar los dominios de la noche.

De pronto, Holmes lanzó un grito agudo.

—¡Allí, sir Henry! ¿Lo ve? ¡Allí!

—No veo nada… —protestó sir Henry.

Pero Holmes ya había pasado a su lado como una exhalación, dejando caer descuidadamente la pipa en el alféizar de la ventana. Abrió de golpe la puerta principal y avanzó a zancadas sobre la espesa capa de nieve.

Sir Henry sólo se entretuvo en coger su pesado gabán, que se puso a toda prisa mientras seguía al detective al exterior. Holmes prácticamente corría hacia la verja y la atravesó antes de que sir Henry tuviera tiempo de llamarlo.