Capítulo 15

Haciendo caso omiso del hombre que lo seguía, Holmes avanzó a zancadas sobre la nieve, sintiendo su cortante frialdad a través de sus empapados pantalones. Tan intensa había sido la nevada durante los últimos días que en algunas zonas la capa de nieve tenía casi tres pies de profundidad. El punto oscuro que sus penetrantes ojos habían detectado a lo lejos desde la casa se iba haciendo más grande, más familiar, un regalo para sus ojos… Holmes acortó rápidamente las distancias y extendió los brazos…

—¡Watson! —exclamó—. Mi querido amigo…

Su alegría no tardó en dar paso a la inquietud, porque aunque sólo había estado en el páramo un par de horas, Watson estaba horriblemente pálido, casi amoratado de frío, y avanzaba tambaleándose, arrastrando torpemente los pies, como si ya no recordara cómo caminar.

—¿H-H-Holmes? —tartamudeó con los dientes apretados.

—Sí, Watson —Holmes lo cogió rápidamente, sujetándolo, y se pasó uno de los brazos del doctor sobre los hombros—. Vamos, viejo amigo, tenemos que hacerle entrar en calor…

—H-Holmes —tartamudeó Watson con voz débil—, l-l-l-lo he v-v-visto…

—Calle, Watson —lo reprendió Holmes, apresurándose cuanto podía para alcanzar lo antes posible el calor de la mansión—. Ahorre fuerzas… ¡Sir Henry! ¡Ayúdeme, si es tan amable!

—Buen Dios —dijo sir Henry, alcanzándolos.

Reaccionó enseguida, quitándose el gabán para envolver con él a Watson al tiempo que se pasaba el otro brazo del doctor sobre los hombros.

Entre Holmes y sir Henry consiguieron llevar, medio a rastras, medio en volandas, al semiinconsciente doctor de vuelta a la casa, donde un conmocionado Barrymore los estaba esperando.

—Haré que mi esposa traiga bebidas calientes, señor —dijo enseguida—. Hay un buen fuego ardiendo en el salón… Traeré unas mantas…

El mayordomo desapareció a toda prisa mientras Holmes y sir Henry metían a Watson en el salón. Sir Henry arrastró el sofá más cerca del fuego y Holmes depositó en él a Watson con cuidado. Luego, tomó una de las manos del doctor. Frunció el ceño.

—Está hipotérmico —dijo—. ¡Debemos hacerlo entrar en calor, y rápido!

—Señor Holmes… —El deje de preocupación en la voz de sir Henry bastó para hacer que Holmes levantara inquisitivamente la cabeza—. Estoy seguro de que esta sangre no es mía…

Holmes vio la mancha roja en la camisa del otro hombre y reprimió el impulso de soltar una maldición.

—¡Watson! Watson, ¿me oye? ¡Debe permanecer despierto! —gritó Holmes al exánime doctor.

Barrymore reapareció con una brazada de mantas, las cuales fueron rápidamente desplegadas y extendidas sobre Watson, que apenas fue consciente de ello.

—¡Démosle un poco de brandy! —exclamó sir Henry—. Seguro que lo hará entrar en calor.

Holmes lo ignoró y se sentó en el borde del sofá junto a su amigo medio congelado. Tomó la mano de Watson entre las suyas, y lo horrorizó lo helados que tenía los dedos. Su aguda mirada recorrió el brazo de su amigo, reparando en el desgarrón de su chaqueta y las manchas de sangre, y asimiló la palidez de su rostro, el tinte azul de sus labios y el oscuro cardenal purpúreo de su sien.

—L-l-l-lo vi —susurró Watson de pronto, con los dientes apretados—. Holmes, l-l-lo vi…

—¿A quién, Watson? ¿A quién vio?

Watson se volvió hacia él, temblando, con una expresión temerosa en su rostro.

—¡A S-S-Stapleton!