Capítulo 16

Holmes reprimió una réplica ante la imposibilidad de una noción tan ridícula al advertir que Watson volvía a deslizarse en la inconsciencia.

—¡Watson! —le espetó con toda la severidad que pudo reunir—. ¡Debe permanecer despierto!

Odiándose por ello, Holmes agarró con firmeza el brazo bueno de Watson y le dio un brusco tirón que lo dejó sentado. Watson aún temblaba incontrolablemente y parecía incapaz de centrarse en nada.

—¡Watson! —Holmes lo sacudió con suavidad, y eso hizo que el doctor levantara la cabeza.

—¿Holmes? —murmuró, confuso—. ¿Qué diablos…?

—Está sufriendo una hipotermia, mi querido doctor —dijo Holmes con voz pausada—. Debe permanecer consciente.

—No… no sea… ridículo —masculló Watson—. Dé… déjeme dormir…

Su cabeza empezó a caer hacia delante. Holmes alzó los ojos hacia sir Henry y éste le devolvió una mirada impotente.

—No hay forma de que podamos alcanzar al doctor Mortimer con este tiempo —dijo sir Henry, sentándose en el sofá junto al doctor y colocándole una manta sobre los hombros—. ¡Barrymore!

El mayordomo acudió rápidamente a su llamada, con los ojos muy abiertos pero, por lo demás, sereno, teniendo en cuenta los sucesos de la noche.

—¿Señor?

—Vaya a buscar el maletín del doctor a su habitación. Lo menos que podemos hacer es vendarle la herida.

—Sí, señor.

Barrymore desapareció a toda prisa mientras su esposa aparecía súbitamente con dos mantas más.

—Las he calentado junto al fuego en la cocina —dijo, tendiéndole una a Holmes.

Sacudió la otra y envolvió rápidamente con ella al aún tembloroso Watson. Luego, cogió la que le había dado a Holmes y cubrió las piernas del doctor.

—Gracias, señora Barrymore —dijo sir Henry, agradecido—. Puede… puede decirle a Sally que puede permanecer a mi servicio, pero… no debe volver a traicionar mi confianza, ¿entendido?

—Oh, sí, sir Henry—dijo la señora Barrymore, ruborizada, haciendo una reverencia—. Gracias, señor. Muchas gracias.

Sir Henry le dedicó una lánguida sonrisa.

—Todo el mundo merece una segunda oportunidad, señora Barrymore. Por favor…, vaya a ver a su sobrina. Y por favor…, tráiganos un poco de té caliente.

La señora Barrymore salió deprisa y Holmes volvió a centrar su atención en Watson. Los temblores del doctor parecían haber cedido un poco y Holmes lanzó un suspiro de alivio. Barrymore llegó con el maletín. Holmes lo abrió y examinó rápidamente su interior.

—¿Puede atender su herida? —preguntó sir Henry, ansioso.

—No soy un hombre de medicina —reconoció Holmes mientras sacaba las vendas—. Definitivamente, espero que esto no requiera puntos. Me temo que eso va más allá de mis posibilidades. Pero soy capaz de aplicar un vendaje rudimentario…

Holmes vendó la herida lo más aprisa que pudo, odiando la forma en que sus manos temblaban. Luego, volvió a envolver a Watson con las mantas. Se limpió la sangre de los dedos con un trozo de venda y lo tiró al fuego. Las cálidas mantas y la proximidad de la chimenea parecían estar surtiendo efecto. El doctor temblaba mucho menos y el color comenzaba a regresar a su rostro.

La señora Barrymore llegó con la bebida y, pese a las débiles protestas de Watson, Holmes logró persuadirlo para tomar dos tazas de té dulce y caliente. Parecía algo más espabilado, aunque Holmes aún tenía que sujetarlo para mantenerlo derecho.

—Creo que ya es seguro dejarlo dormir —dijo al fin Holmes a media voz, y sir Henry se levantó para permitirle tender a Watson en el sofá—. Pero me quedaré con él para asegurarme de que su estado no empeora...

—Una sabia precaución —respondió sir Henry—. Creo… creo que les haré compañía.