Capítulo 19
El doctor Mortimer no tuvo inconveniente en ofrecerles su carro. Sir Henry ordenó a Perkins que enganchara al percherón del doctor y preparara el vehículo. El doctor Mortimer y sir Henry se sentaron delante, y Holmes y Watson en el asiento de los pasajeros. Holmes, Watson y sir Henry llevaban revólveres. El doctor Mortimer rechazó tomar parte en la acción, pero prometió estar presente para proporcionarles transporte y asistencia médica en caso de resultar heridos.
—Déjenos más allá de la Casa Merripit —ordenó Holmes—. Nos bajaremos al doblar la esquina y retrocederemos a pie. No quiero que nuestro hombre nos vea llegar. Creo que está armado, y no quiero darle la oportunidad de equilibrar la balanza.
Watson reprimió un escalofrío, aunque no lo suficiente para evitar que Holmes le dirigiera una mirada preocupada. Watson la rehuyó, ahogando un carraspeo. La Casa Merripit, desgarradoramente familiar, apareció ante sus ojos. Watson apartó la mirada. Guardaba dolorosos recuerdos de ese lugar, la mayor parte sobre la visión de una mujer inocente, maltratada hasta la muerte por su sádico esposo…
—Deduzco, por el aspecto de la finca, que nadie ha habitado la casa desde… ¿desde nuestra última visita? —inquirió Holmes con cautela.
—Han dejado que se convierta en una ruina —confirmó el doctor Mortimer—. Los aldeanos murmuran que el lugar está maldito… Embrujado, incluso.
—Embrujado por un fantasma de carne y hueso —declaró Holmes—. Aquí está bien, doctor. Ahora debemos regresar sobre nuestros pasos y tender nuestra trampa…
El doctor Mortimer obedeció y detuvo al caballo, permitiéndoles bajar.
—Siga hasta el pueblo —ordenó Holmes—, avise a la policía local y vuelva aquí a toda prisa, doctor.
—Por supuesto —asintió el doctor Mortimer—. Por favor, tengan cuidado. ¡Todos!
Puso al caballo a medio galope y los tres hombres contemplaron cómo el carro se alejaba traqueteando por el sendero. Watson y sir Henry se volvieron automáticamente hacia Holmes en busca de guía, y el detective los condujo cautelosamente entre la maleza hasta el mismo borde de la Casa Merripit.
Watson se estremeció al contemplar aquel lugar. Las dependencias anexas, en particular, atraparon su mirada; rememoró con claridad cómo había cortado el cruel nudo corredizo del que colgaba el cadáver de Beryl Stapleton, asesinada por su despiadado y ya difunto marido.
Holmes lo miró y Watson asintió, sacando el revólver. Estaba listo. Sir Henry asintió también. Llevaba una pequeña pistola plateada. Holmes permaneció desarmado y los tres avanzaron lentamente hacia la puerta trasera. Holmes forzó la cerradura y la puerta giró sobre sus goznes con un desagradable chirrido.
Hubo un instante de vacilación; luego, Watson entró furtivamente en la casa. Recordaba bastante bien su disposición y avanzó lentamente hacia las escaleras que conducían a la sala de estar. Lo asaltaron los recuerdos. Allí estaba la pared contra la que el enfurecido Stapleton había lanzado al inspector Lestrade; y en aquella otra aún había restos de la sangre de Watson, convertida en una vieja y descolorida mancha marrón… Siguió avanzando con sigilo, aguzando el oído, atento a cualquier sonido. Oyó algo en la cocina y vio que Holmes se tensaba y se quedaba quieto.
Permanecieron inmóviles durante un buen rato. Luego, Holmes volvió a asentir, transmitiendo con sus ojos grises un mensaje de cautela. Watson avanzó lentamente hacia la cocina. Había alguien allí, pero no advirtió ningún otro sonido o movimiento. Watson miró a Holmes; éste observaba la puerta de la cocina con el ceño ligeramente fruncido.
—Señor, somos tres contra uno —anunció súbitamente Holmes—, estamos armados y no tiene escapatoria. Le sugiero que suelte el arma y salga aquí…
Se oyó una leve risita, y una voz ronca replicó:
—Vaya, vaya… El famoso Sherlock Holmes. Cuando mi espía de Londres me avisó de que venía a Dartmoor, debí imaginar que mi jueguecito había terminado… ¡Una simple marioneta fantasma no podía engañar a un intelecto tan brillante como el suyo!
El hombre salió lentamente de la cocina, con los brazos relajados a los costados, esbozando una leve sonrisa. Holmes pudo ver la punta de un cuchillo oculto en una manga al tiempo que reparaba en su superficial parecido con Stapleton. El hombre era demasiado bajo y moreno para ser un auténtico pariente. Se había oscurecido el pelo con betún o algún tinte barato, lo suficiente para engañar a un observador casual, pero Holmes vio que sus raíces mostraban un tono más claro. Su voz revelaba una esmerada educación, pero sus ojos eran malévolos y la dureza de su mandíbula indicaba su tendencia a la brutalidad. Holmes se puso en guardia; dudaba que ese hombre fuera a dejarse arrestar pacíficamente.
—Queda arrestado por el acoso a sir Henry Baskerville —informó—, por el asalto al doctor Watson y sospecho que por varios delitos más. Le sugiero que nos acompañe fuera.
—Creo que no —replicó el hombre, y movió la mano.
Holmes se maldijo por ser tan lerdo: había olvidado la botella de cloroformo… hasta que se la tiraron a la cara. Sorprendido, lanzó un grito ahogado y aspiró una enorme bocanada del empalagoso sedante. Al instante, su cabeza empezó a girar y cayó de rodillas, conteniendo la respiración. Escuchó un forcejeo por encima de él mientras, cegado por los vapores, iba hacia la cocina medio a rastras, medio tambaleándose. Con los brazos extendidos, manoteó a tientas hasta encontrar el fregadero… una palangana con agua… y hundió sin dudar la cabeza en el líquido helado.
