Capítulo 20
En cuanto el brazo del hombre se movió, Watson intentó gritar una advertencia, pero fue demasiado tarde. Vio que Holmes se desplomaba y percibió el olor del cloroformo en el aire. Volvió la pistola hacia su asaltante, pero el hombre fue más rápido. Arremetió contra él, lo hizo soltar el arma de un manotazo, lo agarró del brazo y lo obligó a darse la vuelta. Con un brazo rodeó el pecho de Watson; con el otro, apoyó un cuchillo de cocina perversamente afilado en su garganta.
—Si se mueve, lo mato —le dijo a sir Henry, que permanecía mudo de asombro junto a las escaleras.
Aquella breve pausa pareció durar una eternidad; luego, lentamente, a regañadientes, sir Henry dejó la pistola en un escalón.
—Suéltelo —dijo el americano con calma—. No sé quién es usted… pero no ha causado ningún daño irreparable. Si se marcha y no vuelve, no haré ningún esfuerzo por seguirlo o hacer que lo arresten. Puede marcharse sin más.
—Creo que no —gruñó el hombre, pinchando cruelmente a Watson con el cuchillo—. No conseguí lo que vine a buscar, pero puede que decida divertirme un poco antes de irme. Aquí ya no viene nadie… Me preguntó cuánto tiempo pasará hasta que encuentren sus cuerpos…
—La policía ya está de camino —replicó Watson con voz ronca, procurando no moverse demasiado al hablar—. Le queda poco tiempo para escapar…
—No sea tan impaciente, doctor —le susurró el hombre al oído—. Prefiero matar despacito a mis víctimas…
Apretó suavemente el cuchillo contra la garganta del doctor. Watson se tensó y cerró los ojos, esperando el golpe fatal…
El repentino clic de la recámara de un revólver hizo que Watson volviera a abrir los ojos, inundado por el alivio.
—Holmes —graznó cuando el cuchillo se apartó de su garganta.
—En efecto —respondió el detective sin apartar los ojos de su presa, sujetando con firmeza el revólver de Watson mientras éste se apartaba rápidamente—. Sir Henry, vigile a este hombre…
—No lo perderé de vista, señor Holmes —respondió sir Henry con frialdad, adelantándose—. Como se le ocurra parpadear, le pego un tiro.
Holmes no respondió. Se sacó las esposas del bolsillo y esposó a su trofeo a una de las sillas del comedor. Watson reparó en que estaba chorreando. Era obvio que se había esforzado por eliminar el cloroformo de su cara y su ropa antes de que los vapores lo abrumaran.
—Ahora —dijo al fin Holmes, devolviendo el revólver a Watson, que lo cogió agradecido— conozco su método, su objetivo y su motivación. Son fáciles de deducir. Usted es un timador profesional y, para colmo, sin duda, un ladrón y un asesino, a juzgar por su habilidad con las armas. Es médico, de eso no me cabe duda. Sé todo lo que hay que saber sobre usted… salvo su nombre, doctor…
El hombre lo miró con desprecio.
—No es tan clarividente como dicen… Váyase al infierno, Holmes. Yo ciertamente no lo haré. ¡El doctor Jim ha eludido la soga más veces de las que usted pueda imaginar!
—Ah. Usted es el doctor James Buckhannon. Buscado por el asesinato de tres pacientes ricos en Derbyshire, dos en Lancashire, un complicado asunto de malversación en Birmingham y, por supuesto, ese asunto de la hija del lord escocés de cuya confianza abusó usted tan despiadadamente para echarle el guante a una parte considerable de la fortuna familiar, junto con toda una gama de delitos menores —enumeró Holmes de memoria.
Buckhannon lo miró con expresión hostil.
—No hay celda que pueda retenerme. Ya lo verá. Y un día lo pillaré, Holmes. Los haré bailar a usted y al doctor Watson, ¡vaya que sí! Y además, me tomaré mi tiempo…
—Eso está por ver —replicó Holmes, volviéndose ligeramente hacia las escaleras—. Ah, se acerca un coche. La policía local…
En efecto, varios oficiales uniformados hicieron acto de presencia y, en cuanto Watson les presentó a Holmes, le mostraron sus respetos y se llevaron al prisionero. El doctor Mortimer, que entraba en la casa en ese momento, miró a su alrededor, contemplando aquel entorno familiar con un vago aire de disgusto.
Los cuatro guardaron silencio un momento, roto sólo por el ligero carraspeo de Watson. Éste enfundó su revólver y se apoyó en el respaldo de la silla.
—Vamos, Watson —dijo Holmes con inusual gentileza—, parece que ha pillado un buen catarro. Permitámonos disfrutar de la calidez y la hospitalidad de la mansión Baskerville.
—Faltaría más, caballeros —sonrió sir Henry—. ¡Agradeceré su compañía!
