Capítulo 21

Buckhannon declaró como imputado ante el magistrado al día siguiente. Holmes y Watson asistieron al juicio, el segundo pálido y esforzándose por contener la tos; el resultado del tiempo pasado en el páramo asolado por la nieve, creía Holmes. Ambos dieron su testimonio, junto con el doctor Mortimer y sir Henry. Sólo Sally, la sirvienta, intentó hablar en defensa de su amado, hasta que el juez desestimó con impaciencia el lacrimógeno relato de sus trágicas experiencias y, sin más demora, sentenció a Buckhannon a cinco años de cárcel.

—No es suficiente, Holmes —dijo Watson con amargura al salir del juzgado—. Puede que no haya llegado a causar daño aquí, pero se le busca por asesinato en otras partes…

—Asesinatos sobre los que no podemos testificar ni demostrar su implicación —replicó Holmes, sombrío—. Me temo que aún no nos hemos librado de él. Vamos; este tiempo no nos sienta nada bien. Mañana regresaremos a Londres; usted al calor de Baker Street y los tiernos cuidados de la señora Hudson, y yo a mis casos. He estado fuera demasiado tiempo.

Watson, que sabía cuan detestable le resultaba la inactividad a su compañero, sonrió.

—Como desee, Holmes —concedió—. ¡Quizá un día podamos volver aquí en circunstancias más agradables!

—Es posible, Watson —dijo Holmes, permitiéndose una levísima sonrisa—. Aun así le confieso que Dartmoor me parece un lugar deprimente y espeluznante; ¡muy adecuado para alguna de sus románticas historias!

—¿El sabueso de los Baskerville o El caso del fantasma vengativo? —sugirió Watson.

—¡Eso! —rió Holmes mientras se dirigían hacia la calesa reparada de sir Henry, que los aguardaba—. ¿Por qué no ambos? Pero ahora, déjeme hacer… los preparativos para nuestro retorno…

Subieron a la calesa, planeando ya el regreso a su hogar en Londres. Por lo tanto, ni siquiera el perspicaz detective reparó en los malévolos ojos que los observaban desde la ventana enrejada de la celda del juzgado. A decir verdad, ninguno estaba lo bastante cerca para oír la amenaza murmurada…

—Holmes, Watson, recuerden mis palabras, y recuérdenlas bien; el doctor Jim los tiene calados, oh, sí, ¡y pronto les llegará la hora!

CONTINÚA EN "UNA SOMBRA EN LAS CALLES DE LONDRES"